Daryl no necesitó más de una mirada para darse cuenta de lo que Beth iba a decirle cuando llegó al coche aquél día, un par de meses después. Su cara irradiaba felicidad pura.

— ¡Me han aceptado! —gritó de golpe, ensordeciéndole momentáneamente. Eso no evitó que él la abrazara con tanta fuerza que por un momento temió romperle algo, hasta que ella se apretó aún más contra él cuando vio que aflojaba en su agarre—. No puedo creerlo.

—Yo sí —dijo él, con la nariz enterrada en su pelo—. Tendrían que ser gilipollas para no hacerlo.

—Daryl —le riñó ella levemente, pero sin dejar de sonreír de oreja a oreja. Se acercó y le besó con dulzura—. Estaba tan nerviosa… —soltó una risita—. No me lo creo.

Daryl le pasó el brazo por los hombros y la estrechó una vez más, dejando que su esencia le invadiera. Siempre le relajaba tenerla así, cerca de él, caliente y pequeña contra su cuerpo.

—Te quiero —murmuró sin pensarlo demasiado. La notó tensarse ligeramente antes de apartarse para mirarle a los ojos—. ¿Qué?

—Nunca me lo habías dicho antes —murmuró, algo sorprendida. Daryl bufó, tratando de refrenar la sangre circulando a toda velocidad hacia su cara bajo el intenso escrutinio de sus ojos, y le dedicó una media sonrisa.

—Bueno —dijo, mientras la rodeaba con el brazo para volver a acercarla—, ve acostumbrándote.

No estaba seguro de si algún día sería capaz de acostumbrarse de veras a expresar en voz alta lo que significaba para él, pero estaba dispuesto a decirlo mil veces más si eso significaba que volvería a mirarle con los ojos brillando como si le hubiera regalado la luna.


El primer semestre transcurrió con normalidad. Ahora que Beth iba a la universidad ya no podían estar juntos tantas horas como antes, pero solían apañárselas para verse aunque fueran cinco minutos.

La mayoría de los días tenía suerte y él acababa al tiempo que ella salía de su turno en su trabajo en una cafetería. Ella le vería al salir y se le iluminaría la cara como si no se esperara que fuera a venir otra vez, como si siempre le sorprendiera que estuviera allí. Dejaría de mirar a su compañera, obviando su parloteo incesante, la despediría con prisas y correría hacia él para abrazarle. Él siempre era capaz de alzarla un par de centímetros del suelo, porque universitaria y todo, seguía siendo tan ligera como un pajarito. Ella reiría y le daría un pequeño beso en los labios antes de subirse a la moto. Irían a casa de Daryl y cenarían allí, hablando de sus días. Beth podía hablar durante toda la cena sobre lo mucho que le encantaba estar en la universidad, sus compañeros y su trabajo, pero él apenas decía nada. Lo cierto es que para él, la única parte reseñable del día la estaba viviendo en aquellos momentos. La mayoría de los días ella conseguía quedarse el resto de la noche, pero había otros en los que tenía que estudiar, en los que no podía permitirse llegar tarde. No es que no confiara en Daryl para llevarla a tiempo, pero sabía que no sería capaz de moverse de la cama si se quedaba, y por mucho que le pesara, quedarse no podía entrar en sus planes. Esos días eran los peores para Daryl: él, que nunca había sido de estar entre grandes multitudes o acercarse a la gente, sentía que su minúscula cama era demasiado grande incluso para él. Era difícil dormir cuando las sábanas olían siempre a ella, y justo cuando alargaba la mano para encontrarla, se topaba con el hueco frío donde ella solía acurrucarse.

Pero en general, y afortunadamente, Beth pasaba más tiempo en casa de Daryl que en la suya propia. Sus padres ya no se preocupaban cuando su pequeña no aparecía después del trabajo. Sabían que estaría con él, así que si necesitaban algo, simplemente llamaban a su casa. Daryl comenzaba a cansarse un poco de este ir y venir constante. No entendía por qué no le decía que fuera a vivir allí sin más. Dios, si ya tenía una copia de las llaves. Simplemente tenía que decírselo y todo estaría bien.

Oh, pero entonces, ¿por qué se le quedaban las palabras atragantadas en la garganta cada vez que intentaba hablar?

No dudaba: quería a Beth y quería que viviera con él. Todo sería mucho más fácil así –y de todas formas, la mitad de sus cosas ya estaban desperdigadas por allí- así que tampoco sería un cambio muy brusco, pero era como si no pudiera vocalizarlo.

Pero entonces aquella noche, Beth se despegó de su abrazo y le miró, la decepción pintada en su rostro, antes de decirle que tenía que irse para estudiar. Y de pronto él no quiso que se marchara. La vio agacharse para buscar su ropa, y entonces se levantó y la sujetó por la cintura, tirándola de nuevo sobre el colchón, besándola con fiereza antes de que ella pudiera decir nada más. Beth abrió la boca casi al instante, como por instinto, y le agarró con tal fuerza que le clavó las cortas uñas en los hombros.

— ¿A qué ha venido eso? —jadeó, sin aliento, una vez sus bocas se separaron.

—Vente a vivir aquí —soltó, con la cara pegada a su cuello. Cuando pasó cerca de un minuto sin respuesta, se apartó para poder mirarla. Se arrepintió al instante: sintió algo parecido a un calambrazo recorriéndole cuando vio que en sus ojos brillaban las lágrimas—. ¿Qué te pasa? Si no quieres, no tienes que…

Pero ella ya había empezado a sollozar, mientras le daba suaves golpes en el pecho para apartarle. Él se quitó de encima y ella enterró la cara entre sus manos, tratando de sofocar las lágrimas. Él no sabía qué hacer: no estaba acostumbrado a consolar a nadie, y mucho menos si no sabía qué era lo que le pasaba.

—No es eso, no es eso… —suspiró profundamente y empezó a secarse las lágrimas. Se volvió y alargó la mano para acariciarle la incipiente barba—. Perdóname, Daryl, es mi culpa. No sabía cómo te lo iba a decir.

El nudo en su estómago iba tensándose cuantos más segundos pasaban sin que ella hablara.

— ¿Decirme qué?

— ¿Te acuerdas de Andrea, la amiga de Maggie? —Daryl tuvo que pensarlo unos segundos antes de asentir—. Su hermana pequeña, Amy, trabaja en una escuela de arte, y tienen un programa muy bueno. No suelen dar muchas becas, así que cuando eché la solicitud lo hice más por la tabarra que me dio Maggie que por nada. No es que creyera que cogerían…

—Pero eso es bueno, Beth —Daryl le limpió las lágrimas con cuidado, antes de pellizcarle la nariz suavemente—. ¿Y qué pasa, está muy lejos? Soy capaz de conducir…

—Está en Nueva York.

La temperatura parecía haber bajado varios grados de golpe. Daryl sabía que debía parecer estúpido, con la boca entreabierta y sin capacidad de hilar dos frases coherentes.

—Quería contártelo, Daryl, pero ni siquiera sabía si iba a aceptar. No sabía qué hacer. Es una oportunidad increíble, pero no quiero que esto se interponga entre nosotros. Ya nos vemos bastante poco entre la universidad y tu trabajo, imagínate si me fuera. No nos veríamos apenas.

—No es que… bueno, yo… —se aclaró la garganta, en un intento de ganar tiempo y poner sus pensamientos en orden—. Beth, deberías aceptar.

Beth agrandó los ojos.

— ¿En serio?

—Es buena oportunidad, ¿no?

—Sí, pero…

—Está claro que quieres ir.

—Es una gran escuela, eso sí… —Beth pareció meditarlo—. Sólo serían un par de meses.

Daryl asintió.

—Nos las apañaremos —dijo, antes de acercarla a él y darle un beso en el pelo. Beth suspiró entre sus brazos y le besó.

—Te quiero —musitó.

—Y yo a ti —respondió él, antes de volver a tumbarla. Beth decidió ignorar, por una vez, a la voz sensata que le decía que tenía que irse a estudiar. Dudaba que pudiera haber memorizado ni una sola palabra si se hubiera marchado.


Era sábado, y Beth llevaba tres semanas viviendo en Nueva York. Daryl llevaba, por ende, tres semanas sin apenas pegar ojo, y parecía estar empezando a pasarle factura. Gruñó cuando el teléfono comenzó a sonar, despertándole del poco sueño que parecía haber conseguido coger. Se dijo que ya pararía, pero quien fuera el que llamaba parecía tener mucho interés en hablar con él. Murmurando entre dientes y refunfuñando, se arrastró fuera de la cama y cogió el teléfono.

— ¿Mm? —ni se molestó en pronunciar una palabra.

— ¿Daryl? ¿Te he despertado? —reconoció la voz de Maggie al instante.

— ¿Tú qué crees?

—Son las doce, pensé que ya estarías en pie —replicó ella.

—Pensaste mal.

—Vaya, estamos gruñones hoy —comentó, divertida. Daryl soltó otro gruñido en respuesta y se frotó los ojos.

— ¿Qué pasa, Mags?

—Quería decírtelo en persona, pero estoy con la tesis y me parece que no voy a poder salir de mi habitación hasta que acabe la carrera, así que…

Daryl se masajeó el puente de la nariz mientras esperaba a que Maggie terminara de darle vueltas al asunto.

—Escúpelo, Greene.

—Me parece que a partir de ahora vas a tener que llamarme Rhee.

Hubo un breve silencio en la línea.

— ¿Eh?

No necesitó verla para saber que había puesto los ojos en blanco.

—El apellido de Glenn.

Otro breve silencio.

—Ah —soltó. Al cabo de dos segundos, algo hizo "clic" en su cabeza soñolienta—. No jodas.

De nuevo, podía imaginársela pegando saltitos en su silla en la habitación de la residencia mientras reía.

— ¿Qué, qué te parece? Maggie Rhee Greene. Suena bien, ¿verdad?

Daryl contuvo su lengua para no soltar algo que pudiera herir sus sentimientos o los de Glenn, a pesar de que él no estaba presente. Le caía lo suficientemente bien como para controlarse.

— ¿Lo sabe Beth? —preguntó.

—Pues claro, bobo —resopló ella—. Casi me deja sorda del grito que ha pegado. Ni yo me lo termino de creer.

—Así que el coreano tiene un par, eh…

—Daryl —dijo, aparentando un tono severo, a pesar de que podía oírla tratando de contener una risita—. Te ahorraré detalles porque sé que no los quieres, pero fue precioso. Pensaba que no me lo iba a pedir nunca.

Daryl bufó.

—Bueno, ahí lo tienes —se calló unos segundos—. Maggie Rhee. Joder, me dan pena vuestros hijos.

—Vete a la mierda, Dixon, no es que tú puedas presumir —dijo ella—. Dixon Greene. A mí sí que me dan pena mis sobrinos.

Hubo un silencio, más incómodo que los anteriores, y fue ella la que retomó la conversación:

—Daryl.

— ¿Qué? —respondió, en un tono más agresivo del que pretendía.

—Beth y tú… ¿estáis bien, verdad?

—Sí, todo bien.

—Me alegro —contestó Maggie cautelosamente. La oyó soltar un suspiro melodramático al otro lado de la línea—. Me parece que tengo que seguir con esta tortura. Ya hablaremos, Dixon —se despidió, en un tono que auguraba la llegada de la Santa Inquisición Greene. Oh, conocía demasiado bien cómo funcionaban aquellas hermanas como para pasarlo por alto.

—Ya hablaremos, Rhee —se despidió él con tono burlón. La oyó resoplar antes de colgar, seguramente volviendo a poner los ojos en blanco. Lo hacía con tanta frecuencia cuando hablaba con él que se sorprendía que aún no se le hubieran salido los ojos de las cuencas.

Se rascó la nuca y se dirigió a la ducha, dispuesto a llamar a Beth en cuanto saliera. Estaba convencido de que el colchón se había expandido el triple ahora que ella no estaba, y se preguntaba si a ella le pasaría lo mismo.


Odio separarles... lo odio mucho, pero es que es necesario para la historia. Auch, duele casi más que cuando se separaron en TWD... :_(

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