Pasó un mes y medio, y lo hizo de una forma tan lenta que Daryl se preguntó si el tiempo, al igual que su cama, se había alargado como un chicle. El hecho de que Maggie estuviera a dos semanas de graduarse y sólo a cuatro de casarse no facilitaba las cosas en absoluto. Tenía que soportar a su amiga en tal estado de agitación que simplemente la dejaba parlotear sobre los preparativos, la graduación, el título, el vestido de novia, y sus brevísimas pausas para coger aire antes de ponerse azul. Daryl la quería como si fuera su propia hermana, pero a duras penas podía controlar el impulso de cogerla por los hombros y zarandearla.
Una parte de él, la diminuta y racional, susurraba, no sin cierta maldad, que todo aquello venía de un sentimiento muy simple: envidia. La vida de Maggie estaba a escasas semanas de dar un giro de ciento ochenta grados, mientras que la de él no variaba en lo más mínimo. Era casi como si hubiera retrocedido: ya casi no pasaba tiempo con Maggie por lo ocupada que estaba y por lo insoportable que era estar con ella más de una hora, trabajaba y se marchaba a casa, y lo único que podía salvarle de tirarse de la moto en marcha cuando volvía del taller era saber que podría hablar con Beth.
La joven, por su parte, estaba casi igual de ocupada que su hermana: se pasaba la vida de un lado para otro, y cuando tenía un momento para hablar con él, lo hacía deprisa y sin dejar de moverse. Decía que había comenzado a colaborar en diferentes actividades para subir nota y convalidar asignaturas, y que aunque tuviera el horario hasta los topes, de una forma u otra siempre la liaban para que se uniera a cualquier otra cosa en el último instante. Como resultado, estaba tan estresada que no había podido volver a casa ni siquiera para ayudar a Maggie con los preparativos para la inminente boda. Maggie estaba que echaba chispas.
—Estuvo cerca de quince minutos chillándome sin parar, Daryl —le confió ella—. Solté el teléfono, me fui a la ducha y cuando volví, ella seguía gritando y ni siquiera se había dado cuenta de que no la estaba escuchando.
—Está como una puta cabra, ya lo sabes.
—Daryl —rió ella al otro lado del teléfono, tratando de sonar severa—. Te echo de menos.
—Yo también —murmuró él, en un tono mucho menos ligero que antes—. Ya queda poco.
—Estaré de vuelta antes de que te des cuenta, te lo prometo.
—Eso es imposible, chica —gruñó él—. Ya me he dado mucha cuenta.
Se hizo el silencio unos instantes antes de que ella volviera a hablar.
—Tengo que colgar, Amy me está buscando otra vez. ¿Te llamo mañana? —Daryl gruñó en respuesta—. Buenas noches. Te quiero.
Beth colgó antes de que él pudiera responder. Cuando soltó el teléfono en la mesa, decidió que aquella noche iba a salir. Si se quedaba en casa se volvería loco.
Así que llamó a Maggie y la convenció para irse a beber algo, como antes.
—Dentro de poco estarás casada y la gente nos mirará mal. Tengamos una despedida de soltera por los viejos tiempos —le dijo, y supo que aceptaría antes incluso de contestar.
—En una hora en el bar de siempre.
Daryl no supo cuántas horas llevaban allí metidos, sólo que, para cuando iban por la quinta ronda, ya se había vuelto a acostumbrar al olor de los bares, a esa extraña mezcla de sudor, cerveza y humo. El calor era lo único que no soportaba demasiado. Se pasó la mano por la cara y miró a su amiga, sentada a su lado en la barra.
— ¿Tú no quieres casarte con Beth? —Daryl tuvo que contenerse para no escupir la cerveza encima de ella.
— ¿Qué puta pregunta es esa?
Maggie se encogió de hombros.
—Lleváis mucho juntos, ¿no? Y bueno, tú no eres un veinteañero. Beth seguramente querrá terminar la carrera y tener el título antes de casarse, pero para entonces tú tendrás… ¿cuántos? ¿Treinta y siete? —Hipó antes de soltar una risita—. Joder, qué viejo eres.
—Gracias —gruñó él, llevándose el botellín de cerveza a los labios.
—Yo creo que sería bonito. Aunque no te veo arrodillándote —Maggie empezó a reírse, pero se cortó al ver la mirada envenenada del cazador—. Perdón, perdón. Venga, ¿por qué no? ¿No vais en serio?
—No es asunto tuyo.
—Yo te lo cuento todo, Dixon —protestó ella.
—Por desgracia.
—Eres un cascarrabias —le dio un golpe en el brazo—. Venga, dime. ¿Por qué no?
Daryl resopló. Sabía que la Maggie borracha era mucho más insistente que la Maggie sobria, y dudaba que su yo borracho fuera capaz de eludirla tan fácilmente.
—El problema es que ella no quiera casarse conmigo.
Se giró y la vio mirándole con los ojos de par en par.
—Creí que eras más inteligente, Dixon —dijo, alzando las cejas—. Mi hermana está loca por ti.
—Ya —murmuró, antes de volver a beber. Maggie suspiró melodramáticamente y dejó la vista posada en el vacío, con los ojos vidriosos por el alcohol.
—No sé, mi hermana es una romántica empedernida —ya empezaba la Maggie divagadora—. Siempre le han gustado ese tipo de cosas. Preparar una boda, vestirse de blanco… a mí también, pero yo tengo una imagen que mantener —sonrió ligeramente—. Seguramente aceptará el trabajo y cuando os mudéis ya podréis vivir juntos como si estuvierais casados, pero yo sé que a ella le haría ilusión tener tu apellido y-
— ¿Qué has dicho? —la interrumpió bruscamente. Maggie se volvió, confusa.
— ¿Eh?
— ¿Qué trabajo?
— ¿Qué dices?
—Acabas de decir que Beth aceptará el trabajo. ¿Qué trabajo? —repitió él, tratando de ser paciente con su amiga ebria. Maggie abrió ligeramente los labios, como si acabara de comprenderlo, y sacudió la cabeza de golpe.
—No sé de qué me hablas —replicó rápidamente.
—No te hagas la tonta conmigo, Greene. Ya no puedes escaparte —le dijo, usando el tono más amenazador que tenía. Maggie cerró los ojos con fuerza, en una señal inequívoca de que había metido la pata.
—Le han ofrecido trabajar a medio tiempo dando clases de música a niños pequeños hasta que termine la carrera —se mordió el labio, esperando a ver su reacción—. Se le escapó ayer y ahora se me escapa a mí. Soy una bocazas.
Daryl se levantó de golpe.
—Daryl, espera —le llamó, pero él no se volvió. Salió a toda velocidad hacia el parking y se montó en la moto. Ni siquiera pensó en que llevaba suficiente alcohol en sangre como para que apareciera un camión en mitad de la carretera y se lo llevara por delante, o de que podría acabar detenido en comisaría. Simplemente quería llegar lo antes posible a casa para poder meterse en la cama e hibernar durante un par de años.
Subió las escaleras de tres en tres, con más agilidad de la que esperaba en su estado, y se quedó de piedra al llegar a su planta. Había soñado varias veces con ese momento, pero ahora mismo era lo último que quería ver: a Beth sentada en el rellano, con la espalda apoyada contra su puerta, la vista perdida en un punto al final del pasillo. Se giró al oírle llegar y se le iluminó la cara al instante al verle aparecer.
—Daryl —dijo en voz baja, antes de ponerse en pie de un salto—. Espera, espera.
Vio que llevaba una pequeña magdalena de chocolate en una mano y que estaba rebuscando en el bolsillo, hasta que sacó un mechero. Encendió la vela que tenía la magdalena tras un par de intentos y alargó los brazos, acercándosela.
—Iba a consumirse antes de que llegaras —rio suavemente, pero su sonrisa se desvaneció en cuanto vio su cara—. Daryl, ¿qué pasa?
Daryl ni se molestó en contestar. Abrió la puerta del apartamento y entró. No la cerró, claro: no tenía estómago para hacerle algo así. No tardó en oírla entrar y cerrar ella misma la puerta con cuidado. Se sentía como un capullo, pero temía empezar a gritar de un momento a otro. Estaba demasiado borracho y demasiado cabreado para contenerse.
— ¿Has… has bebido? —preguntó tras él. Daryl resopló.
—Sí. Sí, he bebido. No me digas que no lo sabías —se giró y la miró. Tenía los ojillos abiertos de par en par, observándole en silencio, sorprendida por el tono descarnado de sus palabras.
—Es sólo que hacía mucho que no bebías —musitó ella. Apagó la vela y dejó la magdalena en la mesita de noche. Alargó el brazo para tocarle, pero él se apartó—. Daryl, ¿qué pasa?
—Dímelo tú —gruñó él, sin dignarse a girarse.
—No lo sé —respondió Beth, con la confusión haciendo mella en su voz—. Por favor, dime. ¿Qué ha pasado?
— ¿Por qué coño no vas a preguntarle a Maggie? Ya que sabe más que yo de lo que pasa en tu vida —esta vez sí que se giró. La vio allí plantada, con el dolor pintado en su rostro, un rostro que luego dejó paso a la comprensión, y sintió un nudo en la garganta.
—Te lo ha contado —murmuró.
—Sí, me lo ha contado. Estaba un poco ciega para darse cuenta. ¿Así que ahora somos así? ¿No eras tú la que decías que nosotros no nos mentíamos?
—No te he mentido —protestó ella débilmente.
— ¡Y una mierda que no! —exclamó Daryl, pegándole una patada a la mesilla del teléfono, que tembló peligrosamente—. Dime, ¿cuándo te lo dijeron?
Beth se mantuvo en silencio unos segundos. Daryl llegó a pensar que no iba a contestar, hasta que su vocecita se hizo paso a través de la habitación:
—Dos días.
Daryl la miró, pero ella tenía la vista clavada en el suelo. Estaba claro que se sentía avergonzada, pero no sintió pena por ella. Era él al que habían engañado, joder.
—De puta madre —dijo, con una voz más calmada de la que esperaba—. Genial.
—Daryl, siento no habértelo contado antes —comenzó ella—. No quería decírtelo por teléfono…
—Pero a Maggie sí —la cortó él. Beth frunció el ceño, dolida.
—Se me escapó.
—Qué casualidad, tuviste cuidado conmigo —escupió él, dejando que el alcohol hablara en su nombre—. ¿Qué? ¿Tienes un novio allí o algo?
Lo dijo sin pensar, pero fue suficiente para encender el fuego en los ojos de Beth.
—No estás en serio.
—Sí —respondió, aunque no era cierto. Ya se estaba arrepintiendo, pero su cabezonería le impedía retirarlo, y menos en un momento así. Beth se adelantó, toda la reticencia anterior olvidada.
— ¿Eso es lo que piensas de mí? ¿Piensas en serio que soy la clase de chica que saldría con alguien sólo para engañarle en cuanto se diera la vuelta? ¿Crees que te engañaría? —no había ni un ápice de debilidad en su voz. Era toda furia y rabia.
Fue el turno de Daryl para desviar la vista al suelo. Se sentía avergonzado por haber dicho algo así, pero no quería perder la discusión. No era justo.
— ¿Por qué coño no me lo has contado? ¡Pensé que eran dos meses! ¿Y ahora qué, quieres que me vaya contigo a Nueva York? ¿Vas a dejar la universidad de Atlanta?
— ¿¡Y qué si lo hago!? —gritó, casi envuelta en llamas— ¡Es mi vida y son mis decisiones!
— ¿¡Y yo no entro en esas decisiones!? —Daryl sabía que era tarde, que sus paredes eran muy finas y que seguramente no tardaría en oír a sus vecinos dando golpes para que se callaran, pero no podía evitarlo. Si se mordía la lengua se envenenaría.
— ¡Aún no he dicho que sí, Daryl! ¡He venido hasta aquí para hablarlo contigo, así que no me digas que no te incluyo en mi vida, como si yo pasara de ti! —Estaba casi a su altura, temblando de cólera—. ¡Para mí tampoco es fácil!
— ¡Joder, pues menos mal! ¡No he sido yo el que se ha ido y te ha dejado tirado!
— ¡Si tanto te molestaba que me marchara tendrías que habérmelo dicho!
— ¡Tampoco me dejaste mucha opción! ¡Te pido que te vengas a vivir conmigo y empiezas a llorar y a decir que no pensabas que te aceptaran, como si ya hubieras decidido marcharte! ¿Qué querías que te dijera, que te quedaras aquí?
— ¡Pues sí! —chilló ella.
— ¡No podía hacerte eso, Beth! Joder, ¿no lo entiendes? ¡Yo no podía hacerte eso! —sintió que se tambaleaba cuando notó los labios de Beth presionados con fuerza contra los suyos. Tuvo un segundo para estabilizarse antes de que ella le echara los brazos al cuello y lo lanzara contra la pared de golpe. No eran los mismos besos dulces y calmantes que solía darle: aquél estaba lleno de fuego, de pasión, presionándole más y más contra ella.
La reacción de Daryl no se hizo esperar. No tardó en rodearla con los brazos y devolverle el beso, abriendo la boca para dejarla entrar, pero esta vez para tomar el control del beso. Si ella era pasional, él no se quedaba atrás: la atacaba con su lengua, le mordía el labio, no dejaba un rincón de su boca sin explorar, volcando toda la rabia y la frustración, haciéndola gemir de dolor y placer.
Daryl llevó las manos hasta su trasero, alzándola hasta que ella envolvió las piernas alrededor de su cintura. Él la guió con pasos de ciego hasta el sofá, donde cayeron con un ruido sordo, sin separar los labios en ningún momento. Tuvo tiempo para quitarse la camiseta antes de que Beth le empujara de nuevo hacia ella para un nuevo beso, al tiempo que él intentaba entenderse con los botones de su blusa. Para entonces sus labios estaban peligrosamente cerca del lóbulo de su oído, depositando besos tan suaves y húmedos que provocaron que no tuviera ningún reparo en romper los botones de golpe, haciéndolos tintinear al golpear el suelo al caer. Pero a Beth no le importó. En su lugar, dejó que su lengua diera un pequeño paseo por su cuello antes de morder sin demasiado cuidado en la línea de su barbilla. Daryl gruñó y la apretó más contra él en el sofá, deslizando las manos por todo su cuerpo, presionando sus caderas contra las de ella, arrancándole suaves gemidos que le hacían perder todo el control.
Beth se alzó un momento para poder desabrocharse el sujetador, antes de dejarlo caer en el suelo, a su lado, y volver por otro beso que Daryl le concedió gustosamente. Dejó que sus manos vagaran por su vientre hasta llegar a sus pechos, cubriéndolos con cuidado. Beth suspiró dentro del beso, clavando las uñas en su espalda. Daryl abandonó sus labios unos instantes para rendir cuentas a su cuello. Vagó y vagó hasta llegar a las clavículas, dejando un pequeño rastro de besos. Cuando estuvo a la altura de sus pechos, notó que Beth contenía la respiración al tiempo que dejaba su lengua explorar por el suave tejido de su piel. Beth enterró una mano en su pelo, mientras afianzaba aún más el agarre de sus piernas en su cintura. Pero Daryl no se detuvo allí: continuó bajando hasta llegar a la cinturilla de sus vaqueros. Los desabrochó y se los bajó de un tirón hasta sacarlos por sus tobillos, quitándole los zapatos de paso. Beth se removía para poder ayudarle, sin saber que le estaba volviendo aún más loco. Verla así, sonrojada por la excitación, con las braguitas como única barrera entre ellos era una imagen demasiado bonita como para dejarla ir sin más. Hundió la cabeza entre sus muslos y contuvo una sonrisa cuando la escuchó soltar un gritito de sorpresa. Al principio eran simples caricias con los dedos o el roce de su aliento contra su humedad creciente entre las piernas, simplemente por aguijonearla, por ver hasta dónde podía llegar, para que sintiera un cuarto de la desesperación que él había sentido. No hace falta decir que no aguantó mucho así: Beth se retorcía y gemía, frustrada, y él tenía sangre en las venas.
Notó que ella le subía de nuevo de un tirón para poder besarle con fiereza, al tiempo que sus manitas se encargaban de su cinturón y sus pantalones. Él se dejó hacer, demasiado perdido en lo dulce que era su boca y en la forma que tenía de suspirar cada vez que él presionaba con el pulgar en el punto correcto de la manera adecuada, casi como si él fuera la única persona en el mundo que pudiera darle aquello.
Antes de que se diera cuenta estaba en calzoncillos, ambos con la misma cantidad de ropa encima, acalorados, besándose y acariciándose en su sofá, que no paraba de crujir, alzando al mismo tiempo las caderas para marcar un compás delirante que a punto estuvo de mandarle al borde del abismo antes de que hubieran podido empezar siquiera. Abandonó su puesto entre las piernas de Beth y le bajó las braguitas casi de una forma reverencial, antes de deshacerse él también de lo que le quedaba. Una de sus rodillas daba contra la espalda del sofá, así que tuvo que apartar más la otra con la mano, tratando de ser suave en aquella marea febril. Se detuvo un segundo para mirarla: casi podía oír su corazón desbocado, con los labios hinchados y rosas, las pupilas tan dilatadas que era casi imposible adivinar que tenía iris, jadeando de forma que su pecho subiera y bajara irregularmente, muerta de deseo, de rabia, de amor.
Y entonces él acercó sus labios hasta los de ella, sin llegar a besarla, simplemente dejándolos allí, balanceándose encima de su boca, antes de deslizarse dentro de ella con suavidad. Ambos gimieron al mismo tiempo y Beth levantó la cabeza para besarle débilmente, mientras trataba de hacerle moverse. Daryl se separó, lo suficiente para mirarla, y entonces salió y volvió a entrar.
No tardaron en encontrar un ritmo, lento e incitante. No apartó la mirada de ella ni una sola vez mientras la llenaba, y era casi como un hechizo, pues ella tampoco podía despegar sus ojos de los de él. A los pocos minutos, Daryl sintió que estaba peligrosamente cerca de hundirse en el ya conocido vacío, y apartó una mano de su mejilla para llevarla hasta el punto en el que se unían. Los ojos de Beth se abrieron aún más cuando él empezó a frotar rápidamente con su pulgar. Su respiración se volvió más y más irregular mientras trataba de acelerar sus movimientos, hasta que de pronto gritó y se estremeció, apretándole contra ella, temblando, con las uñas clavadas en su espalda con tal fuerza que creyó que le haría sangrar.
Y mientras ella trataba de volver él estaba a punto de llegar, acelerándose cada vez más y más, hasta que de pronto, como un jarro de agua fría, cayó en la cuenta de que no se había puesto un preservativo. Intentó apartarse, pero las piernas de Beth estaban fuertemente enlazadas, y se unieron aún más al notarle tratando de quitarse.
—Beth —suspiró, demasiado perdido en la sensación de estar enterrado en ella, en lo bien que sentía, en… sacudió ligeramente la cabeza y trató de apartarse de nuevo.
—No —susurró ella, casi sin aliento—. No.
Y entonces alzó la cabeza y comenzó a besarle el cuello, casi perezosamente, dejando ligeras marcas de saliva que se enfriaban al contacto con el aire.
—Te quiero —murmuraba ella—. Te quiero, te quiero, te quiero…
Y entonces le mordió con suavidad en el lóbulo de la oreja, y sintió como si todo su cuerpo estuviera en llamas. Tembló incontrolablemente, tensándose de pronto antes de dejarse ir hacia un abismo sin remedio alguno.
—Beth —tuvo tiempo de gruñir, antes de caer rendido encima de ella.
Permanecieron así unos minutos, en un cómodo silencio, mientras ella le acariciaba la espalda con la yema de los dedos. Hizo amago de levantarse, pero ella le presionó aún más.
—Te estoy aplastando.
—No —protestó ella, haciendo un pequeño pucherito. Daryl sonrió y volvió a enterrar la cara en su cuello. Beth giró la cabeza para darle un beso en la mejilla—. Perdóname por no contártelo.
—Da igual —dijo él.
—No da igual —murmuró Beth—. Es que me da mucho miedo. Una parte de mí quiere ir, pero la otra quiere estar aquí. Todo es demasiado repentino y me asusta.
Daryl se levantó ligeramente para poder mirarla. Le acarició la mejilla con el pulgar y ella sonrió.
—Podríamos irnos después de la boda de Maggie y Glenn —murmuró con voz ronca. Beth abrió los ojos de golpe, sorprendido.
— ¿Lo dices en serio? —preguntó. Él se limitó a asentir.
—Podría encontrar trabajo allí. Todo el mundo necesita que alguien le repare el coche o la moto —sonrió, dejando la palma de su mano presionada contra su mejilla. Ella puso su propia mano encima de la de él y le devolvió la sonrisa, pestañeando para mantener las lágrimas a raya.
—Te quiero —le dijo con sentimiento. Daryl la besó como única respuesta, y cuando sus labios se separaron, ella empezó a reírse.
— ¿Qué?
—No te he felicitado el cumpleaños.
A Daryl le parecía casi absurdo pensar en algo así en aquellos momentos, pero también le pareció tierno que ella lo recordara.
—Creo que me lo has felicitado de sobra —dijo, haciéndola enrojecer hasta la raíz del pelo. Se levantó y, antes de que ella pudiera decir nada, la cargó sobre su hombro hasta el dormitorio, dispuesto a disfrutar su cumpleaños lo máximo posible.
Bueeeeno bueno bueno. Detalles. No sé qué me gusta escribir más, momentos cursis y dulces o esto.
¡Gracias por leer! ¡Si os ha gustado dejad un review!
¡Un abrazo y feliz finde!
