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Canción de Navidad

por Maye Malfter

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Dos tazas de té

A la mañana siguiente, John se levantó un poco más tarde de lo usual, habiéndose quedado despierto hasta pasadas las tres pensando en su pequeña conversación con el detective.

Finalmente, y ya cuando el sueño ganaba la partida, el doctor decidió que tal vez el comportamiento de Sherlock no había sido más que uno de sus momentos de humanidad momentánea, en los que el hombre asomaba detrás de la máquina por un segundo o dos para luego volver a ser el mismo Sherlock de siempre. Nada más. Y honestamente, creerse la explicación que su cerebro somnoliento había creado para él hubiese sido sumamente sencillo de no ser porque al llegar a la cocina, John fue recibido por un Sherlock completamente vestido, una tostada en una mano y una taza de té recién hecha en la otra.

—Buen día, John —le saludó.

—Buenos… días —respondió John, sin saber qué decir pero sin querer parecer descortés.

El detective hizo un pequeño gesto con la cabeza para indicarle que se sentara en la silla frente a él, lo que John hizo sin pensar. De inmediato, Sherlock colocó frente a John tanto el plato con la tostada como el té. John entornó los ojos sin poderlo evitar.

— ¿Esto qué es?

—Desayuno. Hice desayuno.

—Té. Me hiciste té —aclaró John. Sherlock nunca le había preparado té, mucho menos en la mañana. Las tostadas eran más comunes. Pero, ¿tostadas y té? Raro.

—Así parece —fue la sencilla respuesta que recibió.

— ¿Qué tiene el té?

—No soy un experto —indicó Sherlock, con algo de sorna—, pero me parece que es té negro aromatizado con bergamota. Como todos los Earl Grey.

— ¿Drogaste mi té?

—No, no drogué tu té.

—Pero me hiciste té.

—Obviamente.

— ¿Por qué me hiciste té?

— ¡Por el amor de dios, John! ¿Podrías dejar de decir la palabra "té" y beberte la tonta infusión de una vez? —Exclamó Sherlock, finalmente, alzando la voz un poco y luciendo mucho más tenso que al comienzo del intercambio.

John apartó la mirada de Sherlock por un momento y tomó la taza entre sus manos. La temperatura era ideal así como el aroma, y tras darle un dubitativo trago, John decidió que el sabor no estaba nada mal. Volvió a mirar a Sherlock, quién seguía de pie frente a él.

—Lo siento —se disculpó John tras decidir que eso era lo más sensato—. Es solo… Bueno, tú nunca me habías hecho té.

—Que no lo haya hecho hasta ahora no significa que no supiera cómo —replicó el detective.

—Lo sé, lo sé… Gracias, está delicioso —dijo John honestamente.

—No hay problema —respondió el otro, dirigiéndose a la sala—. Yo que tú me apuraría, Lestrade nos espera a las once.

—Estoy en eso —aseguró John, engullendo la tostada casi de un mordisco y tomándose lo restante del té, para luego dirigirse a su habitación—. Bajo en cinco minutos.

Sherlock y John pasaron casi toda la tarde en el Yard respondiendo preguntas de rigor y otras de no tanto rigor, y para cuando regresaron a casa después de comer dim sum, todo lo que John deseaba era acurrucarse de nuevo en su butaca y leer otro capítulo del libro de turno. No habían pasado ni veinte minutos desde que el doctor reiniciara su lectura cuando algo nubló su vista por un momento. Algo con forma de taza.

John siguió la mano que sostenía la taza hasta mirar al dueño, con el ceño algo fruncido en confusión. Sherlock no le hizo el más mínimo caso.

—Sé que te gusta beber Lady Grey mientras lees pero siempre olvidas preparártelo antes de ponerte cómodo, así que casi nunca lo haces. Decidí ahorrarte el momento de indecisión.

John no supo qué decir, de nuevo, así que sólo tomó la taza y asintió ligeramente hacia su compañero de habitación. Sherlock asintió de vuelta y se marchó. John olió el té, lo degustó, se lo tomó, dejó la taza a un lado y luego dejó el libro completo. No, esa tampoco sería una noche de avanzar en su lectura.

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