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Canción de Navidad

por Maye Malfter

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Tres películas de James Bond

La mañana del veintidós de diciembre fue una como cualquier otra en el 221b de la calle Baker, sin desayunos tazas de té ni cumplidos provenientes de detectives consultores. Aunque, para ser justos, John no había visto a Sherlock desde que bajó de su habitación, y la señora Hudson le había confirmado que su compañero de piso había salido con rumbo desconocido desde bastante temprano.

El ambiente de Londres estaba comenzando a tomar su gélido carácter navideño, por lo que John decidió cerras las ventanas, encender un fuego y prepararse algo para comer. Un poco después de mediodía, cuando John acababa de pensar en ir a vestirse para salir a comprar un almuerzo para llevar, Sherlock apareció en la puerta del departamento abrigado de pies a cabeza, con la bufanda azul cubriéndole la boca casi por completo y con el cabello más revuelto de lo usual.

John lo miró desde su sitio en el sofá, tratando de obviar el repentino sentimiento de ternura que la escena le estaba produciendo. Sonrió un poco sin poder evitarlo.

— ¿Mucho frío allá afuera? —Preguntó, sin levantarse.

—Demasiado —Respondió el otro, al tiempo que se quitaba los guantes y la bufanda, sacudiéndose del cabello lo que parecían ser gotas de lluvia—. Tal parece que volveremos a tener una blanca navidad. O es eso, o estamos entrando en una nueva era del hielo.

John rió por lo bajo ante el comentario, debatiéndose internamente por no ser capaz de quitar la mirada de encima del detective. Igual Sherlock no parecía darse cuenta de nada, ocupado como estaba en colgar su abrigo y su bufanda del perchero cerca de la puerta. Cuando terminó de hacerlo, Sherlock metió la mano en uno de los enormes bolsillos frontales del abrigo y sacó algo envuelto dentro de una bolsa de plástico.

—Ten —dijo, caminando hasta el sofá y dándole el paquete a John, para luego virar y dirigirse a la chimenea—. Espero que sean de tu agrado.

John arrugó el ceño en gesto desconcertado, apartó la mirada de Sherlock y examinó lo que tenía en las manos. Era una bolsa blanca sin nada de particular, pero al sacar lo que había dentro, John no pudo contener el bufido que salió de su garganta.

— ¿James Bond? —Preguntó, con los ojos como platos y sin podérselo creer— ¿Me trajiste tres películas de James Bond?

—Las mejores tres películas de James Bond —corrigió Sherlock, girándose para verle—. O al menos eso dijo el dependiente de la tienda ¿Sabías que también hay libros?

—No —admitió John, volviendo a examinar los videos. En las carátulas se podía leer "De Rusia con amor", "Su nombre es peligro" y "Licencia para matar"— ¿También te lo dijo el dependiente?

— ¿Quién si no? —dijo Sherlock encogiéndose de hombros y sentándose en su butaca de cuero, todo líneas estilizadas y elegancia, salvo por la mata de rizos oscuros que comenzaban a esponjarse debido a la temperatura del salón. De nuevo, John se obligó a concentrarse en otra cosa.

—Y… ¿Qué hacías tú preguntando por James Bond en una tienda de videos? No me digas que saliste desde esta mañana solo para comprarme un regalo.

—Lestrade me pidió que fuera al Yard a darle mi opinión con algo y luego de guiar a su equipo de incompetentes en la dirección correcta, decidí tomar el caso por mi cuenta. Tengo la teoría de que la tienda de videos es una tapadera de algo más grande, y necesitaba saber que tan al tanto estaba el dependiente.

—Así que lo interrogaste —apuntó John, para nada sorprendido.

—Técnicamente, sólo conversamos —se defendió el detective, sin un ápice de remordimiento en el rostro—. Te sorprendería lo mucho que se puede sacar de alguien cuando finges que te gusta su personaje ficticio favorito.

—No lo dudo —dijo John honestamente—. Y para mí, mejor, si eso significa que puedo tener películas gratis ¿Necesitas que te acompañe hoy? ¿Hay algo que pueda hacer para resolver el caso?

—No de momento —negó Sherlock, levantándose de la silla y desperezándose sin pudor. John tuvo que hacer su mayor esfuerzo para mirar hacia cualquier lado menos en esa dirección—. No será hasta mañana temprano que podremos hacer otra cosa con respecto a este caso en particular, así que bien podrías hacer palomitas de maíz y sentarte a ver algo de lo que te traje. Si esperas a que me cambie de ropa puede que te acompañe, a ver si son tan buenas como el dependiente las describió.

—Espera… ¿Tú… quieres ver una de James Bond conmigo? —Preguntó John, aun procesando lo que Sherlock acababa de decir. El detective rodó los ojos y comenzó a caminar en dirección a su habitación.

—No tengo nada mejor que hacer ahora ¿o sí? —Se escuchó decir desde el pasillo— Vuelvo enseguida.

Para cuando John reaccionó, el sonido de la regadera había comenzado en el cuarto de baño. El doctor se sacudió la estupefacción y se dijo a si mismo que el raro comportamiento de Sherlock durante los últimos tres días no era más que simple coincidencia, y nada de qué preocuparse. Se levantó, colocó "De Rusia con amor" en la lectora de dvd y preparó un envase lleno de palomitas con mantequilla.

Sherlock se le unió un momento después, ataviado en sus pijamas y con el pelo revuelto de quién acaba de darse un duchazo sin haberse peinado luego. Ambos se sentaron en el sofá y John apretó "reproducir" en el control remoto, y en menos de cinco minutos Sherlock ya había deducido la trama completa, por lo que John agradecía haber visto la película montones de veces en el pasado.

No obstante, y a pesar de quejarse varias veces de que el argumento no tenía sentido y de que muchas de esas cosas no les serían asignadas a un agente del MI6, Sherlock terminó viendo la película completa junto a John. Y la siguiente. Y la siguiente.

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Notas finales: En mi canon mental, John es fan de James Bond desde niño y Sherlock lo sabe, pero John no sabe que Sherlock sabe. Como siempre. Porque John ve, pero no observa XD ¡Comenten, comenten!