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Canción de Navidad
por Maye Malfter
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Ocho minutos de introspección
La mañana del veintisiete John despertó rodeado de almohadas, con el edredón hasta la barbilla y con los brazos llenos de un durmiente detective consultor. O al menos John suponía que estaba durmiendo, dejándose llevar por el ritmo calmado de su respiración contra el pecho del doctor.
La maratón de Doctor Who terminó cerca de las diez de la noche, seguido por un par de películas navideñas bastante predecibles incluso para John. Sin embargo, se estaba tan cómodo dentro del pequeño capullo acolchado que era el sofá del salón, que ninguno de los dos hizo el esfuerzo de levantarse a cambiar de canal. Y en algún momento de la segunda película ambos debieron haberse quedado dormidos, lo que sin embargo no explicaba cómo habían pasado de estar sentados en el centro a estar acostados cuan largos eran, Sherlock de costado con el rostro hacia la chimenea y John detrás de él, abrazándole por la cintura.
De nuevo John se encontraba en una situación relacionada con Sherlock que no sabía ni como comenzar a explicar, pero esta vez le era imposible hacer otra cosa más que pensar en ello, porque o se quedaba cómo estaba o despertaba a Sherlock y se obligaba a enfrentar la incomodidad que eso podía conllevar, así que decidió que ya era tiempo de dejar de taparse el sol con un dedo.
Y es que ¿a quién quería engañar? Ciertamente no a la señora Hudson, Lestrade, Molly, Mike o a medio Londres, pues todos los anteriores parecían saber lo que ocurría mejor que él mismo. No. Si había alguien a quien John había estado tratando de engañar los últimos días - ¿meses? ¿años? - ese alguien era él mismo, tratando de enterrar todo lo que sentía y pensaba en el mismo rincón oscuro en el que logró enterrarlo mucho tiempo atrás, cuando Sherlock regresó de la muerte.
Aquella vez fue diferente, Sherlock estaba supuestamente muerto y John conoció a alguien con quién creyó que podía ser feliz. La misma persona que lo traicionó y casi asesina a su mejor amigo, la misma que siempre estuvo bajo las órdenes de Sebastian Morán. La misma a la que John tuvo que dispararle para evitar que hiriera a Sherlock otra vez.
No obstante, antes de que Mary se dejara ver como la psicópata que siempre fue, John llegó a amarla e intentó respetarla, aún a pesar de darse cuenta de qué quizás Sherlock no le era tan indiferente como él pensaba antes de su suicidio. Así que John guardó bajo llave todo lo que sentía por su mejor amigo, prometiéndose a sí mismo que jamás lo dejaría salir de ahí. Luego pasó lo de Mary, John regresó al 221b y las cosas entre Sherlock y él volvieron a ser tal y como fueran en el pasado. Exactamente igual. Hasta una semana atrás, cuando el detective comenzó a actuar extraño.
Según la cuenta de John este era el octavo día, y en los siete días anteriores Sherlock había pasado de ser su generalmente distante, frío y genial mejor amigo a ser alguien que se preocupaba por sus hábitos de sueño, le preparaba desayuno, convencía a su hermana de volver a la rehabilitación, veía películas con él y - aparentemente - hasta era capaz de dormir toda la noche siempre y cuando estuviera en el sofá de la sala y con John abrazándole por la espalda… ¡Abrazándole! Incluso en la mente de John, la simple frase sonaba por completo surreal. Y pensar que seis días antes su mayor preocupación era que Sherlock hubiese drogado su té.
Honestamente, y más allá del hecho de que su brazo derecho comenzaba a quedarse sin circulación, en lo que John no podía dejar de pensar era en el motivo del drástico cambio de Sherlock con él. Porque Sherlock seguía siendo el mismo Sherlock de siempre - ya lo había comprobado antes de navidad, corriendo detrás del detective mientras este deducía los cuatro casos del día hasta dar con los culpables - pero con todo y su "Sherlocksidad" se las había arreglado para girar la situación entre ellos casi ciento ochenta grados y, en la opinión de John, esto debía tener una razón de ser.
¿Qué había sucedido para que Sherlock decidiera que la situación tenía que cambiar? O aún más importante ¿Había sucedido algo en absoluto?
Ciertamente, John no hallaría demasiadas respuestas desde donde se encontraba, pero tampoco podía decir que quisiera de verdad estar en algún otro lado.
El olor del shampoo de Sherlock llegaba muy claramente a sus fosas nasales y a riesgo de ser descubierto, John se acomodó en el abrazo hasta que todo su torso quedó pegado a la espalda del otro hombre. El doctor descansó el rostro en la parte de atrás del cuello de Sherlock, hundiendo la nariz en la mata de cabello oscuro e inhalando profundamente, asiendo la cintura del detective con apenas un poco más de fuerza, permitiéndose a sí mismo dejar de pensar y simplemente estar.
Sherlock se removió entre los brazos de John y dio un respiro profundo, seguido de una repentina tensión de los músculos de su espalda y el cese del movimiento de sus pulmones al inhalar y exhalar. John supo de inmediato que su momento de introspección había llegado a su fin, junto con su oportunidad de seguir abrazado al hombre que tantas contradicciones causaba dentro de su cabeza.
— ¿John? —Escuchó decir a Sherlock, aunque con lo cerca que estaban el uno del otro, John podía literalmente sentir la vibración de la caja torácica del detective. No dijo nada— John, ¿estás despierto?
Había algo raro en la voz de Sherlock, un tinte de ansiedad que para John no pasó desapercibido. Decidió hacer como que se despertaba, más para beneficio de Sherlock que para el propio.
— ¿Hmm? —Preguntó, en el mejor tono soñoliento que pudo lograr.
—John, despierta —le apuró Sherlock en el mismo tono aprensivo, moviendo un poco el brazo que John aún tenía posesivamente enrollado alrededor de su cintura.
El doctor decidió que ya era suficiente teatro y liberó la cintura de Sherlock con la excusa de llevarse esa mano a la cara. Con los ojos cerrados, se alejó lo más que pudo de la nuca del detective y tomó una respiración profunda para enfatizar su punto.
— ¿Sherlock? —Dijo con voz pastosa al tiempo que el detective se incorporaba en el sofá, liberando al fin el brazo que John ya daba por perdido.
El doctor se enjugó los ojos y los abrió, encontrándose de frente con un Sherlock completamente despeinado, y con la forma de la almohada claramente marcada del lado derecho de su rostro. A John le pareció la imagen más adorable que hubiera visto en su vida, y sonrió sin poderlo evitar.
—John, nos quedamos dormidos —señaló Sherlock de inmediato, como si toda la situación no fuese en sí bastante auto-explicativa.
John se enjugó el rostro y se incorporó también, quedando sentado frente a Sherlock— Puedo notarlo ¿Acaso tenías que hacer algo temprano? Han de ser como las nueve.
—Y-yo…
Sherlock parecía no saber cómo procesar lo que estaba pasando, y mucho menos tener la capacidad de considerar lo que John acababa de preguntarle ¿Quizás esperaba que John se enojara por lo ocurrido? Si ese era el caso, honestamente no podía estar más lejos de la realidad.
Después de considerarlo por un par de segundos, y de que Sherlock no fuera capaz de articular palabra durante dicho espacio de tiempo, John decidió que ya estaba bien de torturar al pobre hombre. Le sonrió brevemente, se arrastró hacia adelante en el sofá y se puso de pie, desperezándose lo más que pudo y notando aún el hormigueo de la circulación restaurada en su brazo. Se volvió de nuevo hacia el detective, quién le miraba desde el lugar.
—Voy a preparar té y algo de comer para los dos, así que bien puedes recoger todo este desastre de almohadas.
Sherlock tardó un segundo en comprender, pero al final asintió. John asintió también y continuó su camino hacia la cocina, puso agua en la tetera, la encendió y se dirigió al cuarto de baño para lavarse la cara. Cuando regresó, el nido almohadillado había desaparecido del salón junto con su arquitecto.
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Notas finales: ¡Feliz año nuevo!
