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Canción de Navidad

por Maye Malfter

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Nueve minutos de sinceridad

—John, ¿estás ocupado? Te necesito para un experimento —anunció Sherlock tan pronto entró en el salón.

—Me gusta estar sano, gracias —respondió el doctor sin levantar la mirada del libro que estaba leyendo.

—No es esa clase de experimento —aclaró el detective, sentándose en su butaca de cuero—. Además, sólo fue una vez.

John bajó el libro y observó al hombre frente a él, al cual apenas había visto desde que el día anterior despertaran abrazados en el sofá de tres plazas.

El detective se las había arreglado para pasarse todo el veintisiete de diciembre encerrado en su cuarto, apenas saliendo para comer y siempre cuando John ya había terminado. El rubio se planteó seriamente irrumpir en su habitación para aclarar cualquier malentendido que hubiese podido surgir debido a lo ocurrido en la mañana, pero otra parte de él le decía que tal vez estaba siendo demasiado paranoico. Por el bien de su propia tranquilidad, John decidió darle espacio, fuera que Sherlock lo necesitara o no.

Sin embargo, ahora mismo Sherlock estaba sentado frente a él, ataviado en sus pijamas, con el cabello aún húmedo por haber salido de la ducha recientemente y con los pies descalzos como solía llevarlos cuando no había nada interesante qué hacer fuera del departamento. El mismo Sherlock de siempre. John cerró el libro definitivamente y lo puso en la mesita junto a su sillón.

— ¿Qué necesitas? —Preguntó resignado, ganándose una sonrisa por parte del detective.

—Sinceridad —dijo Sherlock, mirándole—. Nueve minutos de ella. Y luego un minuto más de… otra cosa.

— ¿Perdón? Sherlock, ¿te sientes bien? —El mencionado rodó los ojos.

—Estoy bien, John. No seas absurdo —se quejó, desestimando la pregunta con un ademán—. Es un experimento psicológico. Se supone que debe hacerse en treinta minutos o más pero para lo que quiero probar, nueve minutos son suficientes.

John lo consideró un momento, buscando en sus recuerdos algún ensayo psicológico reciente que tuviera las características que Sherlock describía, y pateándose mentalmente por no encontrar ninguno. Se prometió a si mismo leer más revistas médicas de ahora en adelante.

— ¿Si lo hago me dejarás leer en paz? —Inquirió, mirando a Sherlock y arrugando los labios en ese gesto tan suyo.

—Al menos hasta que vuelta a aburrirme —respondió el otro con honestidad, encogiéndose de hombros.

—Mejor que nada —aceptó finalmente el doctor—. Entonces, ¿más detalles? —Sherlock compuso un gesto complacido.

—Bueno, la idea es que utilicemos nueve minutos exactos para hacernos preguntas entre nosotros, por turnos, si prefieres. Tienen que ser preguntas personales, mientras más personales, mejor, y ambos estamos obligados a responder con la verdad y nada más que la verdad.

—Suena sencillo —dijo John, tratando de mantener un gesto calmado, pero comenzando a preocuparse internamente por el rumbo que esto podía tomar— ¿Y el otro minuto? Mencionaste un minuto extra…

—Ah, eso… —Sherlock desvió la mirada hacia su teléfono, en el cual posiblemente estaba programando el cronómetro. Se aclaró la garganta— Se supone que nos miremos a los ojos, sin hablar. Y después se acaba el experimento.

—Oh…

¿Hablar con sinceridad y luego mirarse a los ojos? ¿¡Pero qué clase de experimento era ese!? ¿El de "torturemos a John Watson y empujemos al límite sus recién desenterrados sentimientos hacia Sherlock Holmes"? John se removió en su asiento, comenzando a sentir calor en la base de la nuca.

Sherlock dejó el móvil en el reposabrazos de su butaca e inclinó el cuerpo hacia adelante, mirando a John de arriba abajo. Repentinamente, el doctor se sintió un tanto expuesto.

— ¿Algún problema? —Preguntó, entornando los ojos.

John dudó un momento— No entiendo el propósito de esto —confesó.

—Necesito la data —dijo Sherlock sin más—. Pero si no te sientes cómodo, siempre puedes negarte, John.

¿Incómodo? Aterrado era lo que estaba. Aterrado de tener que responder preguntas personales disparadas por Sherlock "máquina de analizar" Holmes, y aún más preocupado por tener que hacerle preguntas personales él también.

¿Qué preguntar? La verdad habían millones de cosas que John quería saber, pero no así, no durante un experimento, y mucho menos sabiendo que el sentimiento de seguridad brindado por las condiciones del ensayo sería temporal, ya que, experimento o no, después de esos diez minutos ambos tendrían que vivir con las consecuencias de cada cosa dicha o hecha.

Igual siempre estaba la posibilidad de mentir, pero John conocía a Sherlock lo suficiente como para no intentarlo. Si el detective descubriera que no estaba cumpliendo con las reglas a cabalidad, de seguro le haría repetir el experimento hasta conseguir la información que necesitaba. Exhaló.

—Hagámoslo, antes de que me arrepienta —soltó. Sherlock le sonrió de nuevo.

—Perfecto. Programé el cronómetro a nueve minutos primero y uno después, así que en el instante en el que suene debemos parar de hablar y mirarnos a los ojos hasta que suene de nuevo ¿Necesitas tiempo para pensar qué me vas a preguntar?

—Nah… —Negó, tratando de sonar confiado— Comienza tú y yo te sigo.

—Está bien —aceptó Sherlock, colocando una mano sobre la pantalla de su teléfono—. Comenzamos en tres, dos, uno… ¿Afganistán o Irak?

John no se esperaba eso, por lo que soltó una gran carcajada. Tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no echarse a reír por completo.

—Afganistán, pero eso ya lo sabías.

—Sí, pero no se me ocurría otra cosa. Tu turno.

—Está bien… ¿Perros o gatos?

—Perros. Los gatos son pretenciosos, arrogantes y se creen dueños del mundo. Como Mycroft.

John volvió a reír— ¿En serio acabas de comparar a tu hermano con un gato?

—Uno muy gordo y perezoso —agregó el detective, aparentemente divertido— Mi turno: ¿Café o té?

—Té. A menos que cierto detective consultor me haya tenido correteando criminales toda la noche y necesite una dosis extra de cafeína… Aunque puedo suponer que eso ya lo habías deducido en algún momento, ¿o no?

—Cierto —confirmo Sherlock, mirándole directamente—. Pero siempre es bueno tener confirmación. Lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿Mujeres u hombres?

Y eso en verdad que John no se lo esperaba. Se ahogó con su propia saliva, y tosió para despejar la garganta.

— ¿Qué rayos-?

—Ah, ah, John —le interrumpió Sherlock, negando con un dedo y con gesto inocente—. Completa sinceridad, ¿recuerdas?

John se mordió el labio inconscientemente, mirando a todos lados menos hacia Sherlock— Mujeres... generalmente —masculló.

— ¿Te importaría especificar? —Preguntó el detective en tono casual, y John no necesitó mirarlo para saber que tenía una sonrisilla burlona plasmada en el rostro. Se volvió para encararle.

—Sólo digamos que sé apreciar la belleza cuando la veo, independientemente del género —respondió sosteniéndole la mirada al otro, cuya sonrisa se volvió más arrogante, si es que eso era posible— ¿Qué hay de ti? —Inquirió sin perder el tiempo— ¿Mujeres u hombres?

—Hombres —respondió Sherlock, encogiéndose de hombros y adoptando una pose más relajada—. Mucho menos drama.

John rogó a todas las deidades que conocía no tener los ojos como platos en ese momento— ¿Menos… drama?

—Exactamente —confirmó el detective—. Las mujeres no son mi área de experticia y nunca lo han sido porque en realidad no las entiendo. Quieren lo que no pueden tener y cuando se los das no lo usan, lloran por todo, se quejan por todo y pretenden que seas telépata.

—Así que intentaste salir con mujeres —señaló John, aún un poco aturdido por recibir tanta información junta.

—Una vez, en mi onceavo año. Las peores dos horas de mi vida.

— ¿Por qué lo hiciste entonces?

—Para entrar en el laboratorio de la escuela a deshoras.

— ¿Y lo conseguiste?

—Por supuesto —afirmó el detective, sonriendo de forma autosuficiente—. Pero luego hice que Mycroft me comprara un equipo completo de laboratorio. Ni los aparatos más avanzados justificaban tener que soportar a una amante de los caballos por otras dos horas seguidas.

— ¿Has salido con hombres también?

La pregunta salió de sus labios sin que John pudiera hacer nada para evitarlo. Se quedó paralizado mirando a Sherlock, quién sólo amplió su sonrisa.

—Con un puñado de ellos, la mayoría en mi primer año de universidad. Aburridos, sosos y predecibles. Nadie que valiera realmente mi tiempo o esfuerzo.

John tragó con dificultad, intentando por todos los medios sostenerle la mirada al detective. Una inquietud rondando su mente, pugnando por salir. Decidió dejar de perder el valioso tiempo del experimento considerando tonterías.

— ¿Tuviste alguna relación? —Preguntó antes de poder arrepentirse, y Sherlock le miró con ese pequeño brillo en los ojos que dejaba entender que John había preguntado exactamente lo que él creía que preguntaría.

El detective apoyó los codos sobre sus muslos y descansó la barbilla sobre sus dedos entrelazados, sin dejar de ver a John ni un instante. John sintió los vellos de su nuca erizarse.

—Sólo una, casi al salir de la universidad.

— ¿Te importaría especificar? —Insistió John, con la garganta seca. Se estaba poniendo en evidencia y lo sabía, pero ¡al diablo con la lógica! Esta era su oportunidad de saber más acerca del pasado de Sherlock y no pensaba desperdiciarla por una nimiedad como el sentido común.

—Se llamaba Victor Trevor y era mi compañero de laboratorio —explicó Sherlock, después de un par de segundos de silencio y en el mismo tono que usaría si estuviera comentando el clima—. Pasé un mes en su casa de campo en Norfolk durante las últimas vacaciones antes de titularme. De hecho fue Victor quién sugirió que me dedicara a la investigación detectivesca de tiempo completo. Hasta ese momento sólo era una afición mía.

— ¿Y qué pasó? —John no estaba seguro de querer saber la respuesta, pero si iba a enterarse, lo haría correctamente. Se preparó para la respuesta.

—Me pidió que resolviera un misterio que involucraba a su padre recién fallecido y no le gustó lo que descubrí —dijo el detective simplemente, sin un ápice de sentimentalismo reflejado en el rostro—. No nos volvimos a ver después de eso.

John sintió algo extraño en el pecho, un nudo apretado e incómodo ¿Compasión, quizás? El hombre había tenido sólo una relación estable y esta se había desmoronado por la misma razón que hacía de Sherlock un ser humano extraordinario: Sus capacidades deductivas y su brillante cerebro. John se inclinó un poco más hacia adelante, quedando apenas a un par de palmos del detective.

—Lo siento mucho, Sherlock —dijo con voz queda.

—No lo sientas, eso pasó hace mucho tiempo —desestimó el moreno con un ademán, enderezándose un poco y chequeando su teléfono móvil. Desde donde estaba, John no era capaz de distinguir cuanto tiempo les quedaba— ¿Por qué habría de importarme todavía? —Inquirió sin verle aún.

—No lo sé, sólo… —John no supo qué decir a partir de ahí, así que decidió no decir nada— Olvídalo, no importa… ¿Alguien más aparte de Trevor?

—Nadie más —respondió Sherlock, encogiéndose de hombros y acomodándose de nuevo en su asiento, casi tan cerca de John que el doctor era capaz de ver la luz del sol de la tarde reflejada en las largas pestañas de su compañero de piso. Trató de concentrarse—. Ningún otro logró captar mi atención lo suficiente como para sentirme interesado. No hasta que…

Sherlock dejó de hablar y observó a John de nuevo, el azul vibrante de su mirada pareciendo atravesarle cual si fuera de mantequilla. Temió hacer la pregunta que estaba a punto de hacer, pues sentía que fuera cual fuera la respuesta todo cambiaría, y no estaba seguro de si eso era bueno o malo. Decidió no ser un cobarde.

— ¿Hasta que…? —Repitió con voz ronca, mirando directamente los ojos que tanto había extrañado en el pasado, y que hacía mucho tiempo que no miraba tan de cerca.

—Hasta que te conocí, John —Respondió Sherlock en un susurro, tan cerca de él que el doctor podía sentir el vaho caliente de su respiración contra sus propios labios.

¿Qué decir? ¿Qué hacer? Sherlock prácticamente acababa de confesarse ante él ¡Rayos! Acababa de decir que no se había sentido atraído por nadie desde más de una década atrás hasta que conoció a John ¡A John! Él definitivamente tenía que decir algo, y tenía que decirlo ya.

—Sherlock, yo-

Y eso fue todo lo que John pudo decir antes de que un pitido fuerte y claro se dejara escuchar en el salón, proveniente del teléfono móvil de Sherlock. Los nueve minutos de sinceridad habían terminado.

Sin embargo, Sherlock no dejó de observarle, y tomó el móvil entre sus manos sin moverse ni un milímetro de dónde estaba. John tomó todo eso como una señal de que terminarían el experimento después de todo e intentó seguir sosteniéndole la mirada al detective, aunque a decir verdad la tarea le estaba costando mucho más de lo que había pensado.

Los ojos de Sherlock eran hermosos e hipnotizantes, como si constelaciones enteras estuvieran contenidas dentro de sus irises. John intentaba mirarlos sin pensar en lo que acababa de pasar, pero le era virtualmente imposible hacerlo ¿Cómo no pensar en Sherlock diciéndole que estaba interesado en él como más que un simple compañero de piso? ¿Cómo obviar el hecho de que, al parecer, había estado interesado en él desde que se conocieron? ¿Acaso sus sentimientos siempre fueron correspondidos por el detective y él jamás se dio cuenta? ¿Acaso era tan ciego?

Sin proponérselo, la mirada de John se desviaba hacia los labios del otro hombre. Esos labios en forma de corazón que tantas veces habían dicho su nombre, y que tanto le habían hecho desvelarse pensando en ellos. Los labios que siempre se preguntó en secreto cómo sería besar, reprendiéndose luego a sí mismo porque "esas cosas no las piensan los mejores amigos."

¡Dios! ¿Cómo demonios se suponía que pensara en otra cosa ahora, sabiendo lo que sabía, sintiendo lo que sentía? Tal vez, por esta vez, no se suponía que pensara en otra cosa. Tal vez este era el momento de hacer caso a sus impulsos primitivos y probar esos labios que por tanto tiempo había deseado probar. Quizás, sólo quizás, este era el momento de dejar de pensar en las consecuencias.

John comenzó a acercarse a Sherlock sin perder contacto visual, determinado a hacer lo que estaba a punto de hacer pero aun así buscando alguna clase de permiso por parte del otro. Alguna clase de confirmación. Se relamió el labio inferior de manera inconsciente, esperando, anticipando…

Y de la nada, un nuevo pitido del teléfono en la mano de Sherlock los hizo dar un respingo a ambos, seguido del inconfundible tono del teléfono de John. El doctor lo sacó de su bolsillo y lo puso en su oreja.

—John Watson —dijo hacia el auricular, sin perder el contacto visual con Sherlock, quién también lo miraba desde el lugar.

¿John? ¡Qué bueno que te encuentro! ¿Estás ocupado?

— ¿Sarah? —Preguntó, frunciendo un poco el ceño. No era como si no hubiese trabajado con ella en la clínica más de un par de veces en el último trimestre, pero escuchar su voz justo en ese momento se le antojó a John de lo más extraño.

Sí, soy yo. Necesito que vengas a la clínica urgente. Dos de mis doctores se ausentaron hoy y esto es un desastre. Estoy hasta el cuello en pacientes y todos mis demás reemplazos están de permiso por las fiestas ¿Crees que puedas echarme una mano? ¿Por favor?

John miró a Sherlock una vez más, sabiendo que éste probablemente ya había deducido todo lo referente a su conversación telefónica. El detective levantó la barbilla ligeramente, en reconocimiento, y asintió una vez. John dijo un mudo "lo siento" hacia él antes de levantarse de su asiento y dirigirse escaleras arriba.

—Sí, por supuesto que puedo. Llego en cuarenta y cinco minutos —respondió al fin, subiendo los escalones de dos en dos y balanceando el móvil entre el hombro y la oreja mientras descolgaba su bata del perchero del armario.

Ay, gracias John, ¡eres un santo! —Exclamó la doctora desde el teléfono— Prometo que te compensaré.

Y colgó.

—A menos que tengas un detective consultor en pijamas escondido en tu consultorio, dudo que puedas hacerlo —farfulló John por lo bajo, quitándose el teléfono de la oreja y tomando su maletín de dónde siempre lo colocaba.

Se cambió la ropa por una más cómoda y adecuada, tomó sus cosas y bajó de nuevo. Cuando entró al salón para tomar su chaqueta del perchero junto a la puerta, Sherlock ya no estaba.

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*El experimento que Sherlock hace en este capítulo está basado en el estudio del Profesor Arthur Arun que dice (a grosso modo) que dos sujetos completamente desconocidos pueden llegar a enamorarse perdidamente si intercambian detalles personales de su vida durante 30, 60 ó 90 minutos consecutivos, seguidos de 4 minutos de mirarse a los ojos ¡Dos de las parejas del estudio hasta se casaron! Así que obviamente nuestros dos bebés de malvavisco nunca tuvieron oportunidad de salir ilesos de ésta.

*En Inglaterra, el 11avo año de escuela lo cursan generalmente alumnos de 16 años de edad. Es el último año en que se debe aprobar antes de pasar al college, que es donde puedes tomar materias que te interesen (o dependiendo la carrera que quieras seguir estudiando) durant años, y de allí a la universidad. No me voy a extender mucho en la explicación porque quizás me hago bolas y los confundo a todos XD


Notas finales: ¡Volví! Ya sé que tardé eones en actualizar y todo lo demás, pero tengo una excusa super justificable y secreta para haberme tardado tanto. Igual y con el largo del capi compenso un poquito que ya casi hayan pasado 12 días después del año nuevo, pero bueno, lo importante es que tenemos salud XD

Aprovecho para anunciarles que a su servilleta ¡La han nominado a unos premios! Son los Premios TJLC 2014 de Johnlock en español (los consiguen en facebook como "PremiosSherlockTJLC"), y Maye aquí presente está nominada a Mejor AU con el fic "Sherlock no es un nombre común", y a Mejor Drama y Mejor Romance con "Un último baile", "Quédate conmigo" y "Resistance". Las eliminatorias son hasta el 14/01, y si les gusta lo que hago y eso, son libres de apoyarme a mi y a mis fics. #findelapublicidaddescarada

En fin, que ya me extendí mucho. Espero que me digan qué tal les pareció este capítulo no-tan-drabble mediante comentarios ¿eh? *Abraza*