.
Canción de Navidad
por Maye Malfter
.
.
Diez dedos expertos
Eran pasadas las tres de la tarde cuando John por fin pudo regresar al 221b desde la clínica, con el cuerpo agarrotado por el frío que ya se dejaba sentir y los músculos del cuello y la espalda clamando a gritos por un par de analgésicos y un baño caliente.
Las nubes oscurecían el cielo y las calles estaban prácticamente despejadas. Se avecina una tormenta, pensó John mientras sacaba sus llaves y abría la puerta principal, refiriéndose tanto al clima como al hecho de llegar a su casa luego de los acontecimientos del veintiocho.
No había sabido nada de Sherlock desde el día anterior, lo que considerando las circunstancias quizás había sido lo mejor. Se pasó toda la tarde y parte de la noche ayudando a Sarah a atender emergencias bizarras propias de las fechas, desde quemaduras por pirotecnia hasta puntos de sutura por peleas en bares y huesos rotos por caídas desde bicicletas y patinetas.
Después de despejar la sala de emergencias, y de que John le echara un rápido vistazo a su muy vacía bandeja de entrada de mensajes, ambos doctores durmieron por lo que restaba de la noche, turnándose para atender recién llegados. No fue sino hasta el medio día siguiente que otros dos doctores acudieron a relevarlos, luego de lo cual Sarah le giró un cheque por sus servicios y le invitó a almorzar en un restaurante cercano.
En todo ese tiempo, el teléfono de John solo había sonado dos veces: un mensaje de Greg para preguntarle si estaba en la calle Baker y otro de Mike preguntándole dónde pasaría el fin de año. John no sabía si preocuparse o no por la falta de noticias, pues por un lado estaba todo lo ocurrido y por el otro estaba el hecho de que Sherlock era Sherlock y quizás simplemente estaba fascinado con un nuevo misterio. Decidió que lo mejor era abandonar el asunto hasta tanto no tuviera más datos.
Cerró la puerta tras de sí y miró las escaleras, tardando un par de segundos en reunir el valor para subirlas. Llegó al departamento y la puerta de la sala estaba abierta, pero Sherlock no se veía por ningún lado. John se quitó los guantes, la bufanda y el abrigo y los puso en el perchero, dejando su maletín también junto a la puerta.
Se asomó a la cocina y no vio rastros del detective, así que se encogió de hombros, encendió el fuego de la chimenea y se sentó en su sillón para calentarse un poco. Se recostó del respaldo y cerró los ojos, dejando la cabeza caer hacia adelante. Movió el cuello a ambos lados y escuchó varios cracs, rotó los hombros y respiró profundo, tratando de relajarse, intentando no pensar en nada más.
Llevaba así varios minutos cuando sintió el calor de alguien detrás de él seguido inmediatamente por un par de manos sobre sus hombros. John abrió los ojos y dio un respingo, tratando de apartarse pero siendo retenido en su asiento por el mismo par de manos.
—Relájate, soldado —escuchó decir desde algún lugar encima de él, al tiempo que las manos misteriosas comenzaban a masajear su cuello y hombros con inesperada delicadeza—. Soy yo.
— ¿Sherlock? —Preguntó John, aun sabiendo la respuesta. Las atenciones que estaba recibiendo y su propio cansancio sacando lo peor de él— ¿Qué estás haciendo?
—Pensé que era bastante obvio —dijo el otro simplemente, extendiendo las manos hasta cubrir por completo los hombros de John y moviendo los pulgares arriba y abajo sobre las vértebras más cercanas. El doctor tuvo que hacer un gran esfuerzo para no soltar un bochornoso gemido.
—Sé… lo que haces, pero me refería a… la razón —aclaró John con la voz más firme que pudo lograr, mientras Sherlock comenzaba a trabajar entre sus omóplatos.
—Vienes de trabajar en la clínica durante casi veinte horas, estás tenso y pensé que un masaje podría hacerte bien. Eso es todo —explicó, al tiempo que subía lentamente desde los omóplatos hasta el cuello del doctor, apenas palpando la piel bajo sus manos, explorando. John dejó caer la cabeza hacia adelante sin poder evitarlo— ¿O acaso quieres que pare? —Preguntó de repente, sosteniendo el cuello de John entre sus manos y palpando la línea de la columna.
—Oh, por dios, no —respondió John casi al instante, demasiado a gusto como para que le importara el tono necesitado de su voz.
Escuchó a Sherlock soltar una risilla mientras continuaba trabajando su cuello, deshaciendo nudos que John no sabía que tenía, ejerciendo presión en las áreas correctas y liberándole de un gran porcentaje de la tensión que había traído consigo del trabajo. John se dejó hacer sin protestar, sintiéndose adormecer a ratos y completamente despreocupado de los pequeños gemidos que salían de su garganta cuando Sherlock deshacía algún nudo especialmente apretado.
Fue sólo cuando el detective enterró los dedos en su cabello que John volvió a abrir los ojos, percatándose repentinamente de que las expertas atenciones del detective estaban liberando algo más que la tensión de sus músculos. Sherlock comenzó a masajear el cuero cabelludo de John con determinación, presionando la piel con las yemas de los dedos y pasándolas por toda la extensión de su cabeza. El moreno daba suaves tirones en su cabello de manera intermitente y los combinaba con alguna especie de movimiento ondulatorio que enviaba toda clase de señales calóricas a través del cuerpo de doctor, específicamente en dirección sur.
John tuvo que morderse la lengua varias veces para no soltar quejidos que lo pusieran en evidencia, pero con una semi-erección entre las piernas y el creciente deseo de terminar lo que habían comenzado el día anterior, el doctor daba gracias a todas las deidades que conocía de que Sherlock estuviera fuera de su alcance.
Hasta que de repente no lo estuvo más.
El cálido toque en su cabeza cesó y antes de que pudiera darse cuenta de lo que pasaba, Sherlock había rodeado el sillón y estaba de rodillas frente a él, abriendo los botones superiores de su camisa y metiendo las manos para masajear su pecho. John abrió los ojos de inmediato, viendo a Sherlock con lo que estaba seguro era una expresión de total terror. Pero el detective no lo miraba, demasiado ocupado en su tarea de liberar de tensiones todas y cada una de las fibras musculares del pecho de John.
Sherlock se dedicó a presionar y masajear cada nudo de su pecho como si fuese la cosa más importante en el mundo, con una determinación en el rostro que hacía que John simplemente no pudiera dejar de mirarle. A la pálida luz de la tarde nublada, los rasgos afilados del detective semejaban algo etéreo y delicado; su piel de alabastro, sus ojos grisáceos, sus pómulos marcados y sus labios en forma de corazón. Todo el conjunto era por demás hermoso, y John sintió la repentina necesidad de probar cada centímetro del hombre frente a él. De memorizar cada textura, de explorar cada recoveco, de besarlo hasta hacerle perder la razón y de hacer que de esa perfecta garganta suya salieran los más decadentes sonidos jamás escuchados entre esas cuatro paredes. John deseaba a Sherlock con tanta intensidad que las yemas de sus dedos quemaban por no estar tocándole, su corazón tan desbocado que le parecía curioso que el otro no lo hubiera notado ya.
Y sin avisar, el masaje terminó, dejándole con la respiración agitada y unas ganas tremendas de lanzarse encima del hombre frente a él.
Sherlock cerró de manera metódica los botones de John, alisó la tela de su camisa y apoyó las manos sobre sus muslos, haciéndole morderse la lengua para no jadear al sentir el contacto. Se reprendió mentalmente.
— ¿Mejor? —Preguntó Sherlock, buscando su mirada.
—M-mejor —aseguró John, con voz ronca, reparando en lo cerca que estaban ahora el uno del otro, apenas un palmo de distancia.
—Bien —indicó el detective con un asentimiento, comenzando a levantarse.
— ¡Sherlock, espera! —Le detuvo John antes de que pudiera hacer nada, logrando que el moreno permaneciera de rodillas. El gesto desconcertado del detective le hizo preguntarse si es que éste no se daba cuenta de lo que había causado en él, de lo que lo hacía sentir.
— ¿John? —Preguntó en tono expectante, y eso fue todo lo que John pudo hacer para contenerse. Acercó su rostro al de Sherlock, le tomó de la barbilla y le miró a los ojos por unos instantes antes de cerrar la distancia que los separaba y besarle en los labios.
El beso fue casto en un principio, no más que labios sobre labios tanteando el terreno inexplorado. A pesar de sus ganas de profundizarlo, John se obligó a mantener la poca compostura que le quedaba, pues aun con todo lo que había pasado en los últimos días nada le garantizaba que esto fuera lo que Sherlock en verdad quería. Fue sólo cuando advirtió cómo la lengua del detective se hacía camino tímidamente hasta el interior de su boca que John se permitió dejarse llevar por todo lo que sentía, y que había tratado de ocultar por tanto tiempo.
Acunó el rostro de Sherlock entre sus manos y le besó como siempre había querido besarle, lamiendo, succionando y mordisqueando en los lugares correctos, ganándose pequeños gemidos que lo aupaban a seguir en su tarea. Los labios de Sherlock sabían mejor de lo que había imaginado, con matices cítricos y dulces, como un Lady Grey perfectamente preparado.
Luego de lo que parecieron ser años, por fin se separaron, quedando tan cerca que aún podían respirar el aire del otro. Sin soltar su rostro todavía, John acarició suavemente los labios de Sherlock con sus pulgares, mirándole a los ojos y encontrando algo en ellos que no supo en realidad cómo interpretar.
Sherlock alzó una de sus manos y la colocó sobre la de John, su cálido toque haciéndole estremecer aún después de lo que había pasado. El gesto del detective cambió ligeramente, denotando cierto aire de disculpa que hizo que el estómago de John diera un pequeño tirón.
—John, yo… —Comenzó Sherlock, con voz ronca. Sus labios sonrosados invitando a John a repetir lo que acababa de pasar. Se obligó a concentrarse— Lestrade quiere vernos en el Yard. Debimos haber salido hace horas. Tenemos… tenemos que irnos.
El cerebro de John salió de su adormecimiento de endorfinas tras las palabras de Sherlock, el significado de las mismas resonando dentro de su cabeza: Greg tenía un nuevo misterio y Sherlock había esperado a que él llegara del trabajo para ir a verlo juntos. Sherlock le había esperado, ¡a él! Si antes tenía dudas ahora todo parecía tan claro como el agua.
Acarició los labios de Sherlock una vez más, robándole un rápido beso antes de soltar su rostro. Sonrió como idiota sin poder - o querer - evitarlo.
—Dame cinco minutos para cambiarme y soy tuyo —declaró John, mirándole a los ojos. Sherlock le sonrió de vuelta y asintió en reconocimiento, la promesa implícita flotando en el aire.
—No puedo esperar —dijo simplemente, componiendo un gesto seductor y levantándose del piso para dejarle pasar.
John gruñó para sus adentros y salió disparado hacia su habitación, maldiciendo su suerte por haberse decidido a dar el paso justo cuando un nuevo rompecabezas estaba a punto de comenzar, pero sin poderse creer que todo eso había pasado en realidad.
.
Notas finales: ¿Qué puedo decir? Yo también ya quería que se besaran OvO
Como se habrán dado cuenta, el fic acaba de subir de Rating un poquitito. Eso es porque en un principio yo no planeaba que la escena del beso (y los pensamientos de John) fuesen tan... gráficos como terminaron siendo, así que me parece que un cambio de rating es lo más apropiado. Sin embargo, aún no sé si el fic tendrá smut o no. Los que me conocen saben cómo soy con esos temas, y los que no, pues deben saber que no soy muy dada a escribir smut si no es realmente indispensable para mis musas, así que ya veremos a como nos toca. Lo que si prometo son más besos y más fluff y más idiotas enamorados \o/
Por ahora estaré esperando sus comentarios, ¿sí? *los pica con un palito*
