.
Canción de Navidad
por Maye Malfter
.
.
Once ramas de muérdago
Cuando el taxi giró en la esquina de la calle Baker, la misma estaba casi desierta y cubierta por una fina capa de nieve, como toda la ciudad.
No era muy tarde - apenas un poco más de las diez - pero considerando que John pasó de estar veinte horas de guardia en la clínica a ayudar a Sherlock en la localización de un peligroso asesino a sueldo recientemente avistado en la zona, decir que estaba cansado era quedarse corto.
Resultó que Lestrade llamó a Sherlock con la esperanza de que el detective consultor lo orientara en la dirección correcta, pero debido al tiempo que Sherlock se tardó en responder, el criminal en cuestión desapareció de los radares. Luego de más de un día, y de ir y venir del Scotland Yard al menos unas tres veces, Vladimir Ivánovich fue finalmente aprehendido y ambos, Sherlock y John, pudieron regresar al 221b a descansar. Sin embargo, cuando el taxi se detuvo frente a la conocida puerta negra, a John se le ocurrió que tal vez no estaba tan ansioso por llegar a casa.
Después del incidente de la tarde anterior, y de que este fuese interrumpido por un nuevo misterio que resolver, tanto Sherlock como John fueron succionados por la vorágine de acontecimientos que generalmente preceden al arresto de uno de los criminales más buscados por la Interpol. Tan pronto ambos subieron al taxi con rumbo al Nuevo Scotland Yard, Sherlock entró en lo que a John le gustaba denominar "modo detective consultor", y a partir de allí fue como si nada entre ellos hubiese cambiado, como si nada de lo que John estaba seguro de que había pasado en los últimos días hubiese ocurrido en realidad.
En la adrenalina del momento, el doctor militar no se paró demasiado a pensar en ello, pero ahora que la acción había terminado y estaban a punto de estar solos otra vez, un dejo de aprensión comenzó a apoderarse de él, haciéndole un nudo en el estómago. No podía evitar pensar que tal vez todo lo acontecido había sido simple casualidad tras casualidad, que él había entendido todo mal y que Sherlock en realidad no quería nada con él, o al menos nada diferente de lo que ya tenían.
Sintió el nudo en el estómago apretarse todavía más cuando el detective bajó del taxi sin mirarle, yéndose directamente a abrir la puerta y cerrándola tras él. John pagó al taxista, se bajó del auto y respiró profundo antes de caminar hacia la entrada, diciéndose a sí mismo que quizás esto era lo mejor, que después de una ducha y una buena noche de sueño las cosas volverían a ser como siempre habían sido y que eso estaba bien.
Haber podido besar a Sherlock aún si eso no estaba destinado a suceder otra vez era mejor que no haberlo hecho nunca, y John estaba dispuesto a tomar lo ocurrido como un pequeño regalo del destino especialmente para él; su regalo de navidad. Se sintió un poco más tranquilo cuando al fin abrió la puerta principal, cerrándola tras de sí un instante después.
El vestíbulo estaba en penumbras, apenas iluminado por la luz que se colaba por encima de la puerta de la calle. John parpadeó varias veces para ajustarse y dio un par de pasos tentativos hacia las escaleras, pero antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, algo - o mejor dicho alguien - le arrinconó, haciéndole pegar de espaldas contra la pared del recibidor.
Su primer reflejo fue tomar el arma guardada en la parte de atrás de sus jeans, pero tan pronto intentó hacerlo se dio cuenta de que su agresor le tenía las muñecas fuertemente aferradas por encima de la cabeza, a la vez que le inmovilizaba las piernas aprisionándolo por las caderas. No podía moverse ni ver absolutamente nada más allá de su nariz. Estaba acorralado.
—John.
El conocido barítono llegó a sus oídos y le hizo alzar la mirada, escudriñando entre las sombras, diferenciando el brillo de unos ojos etéreos a la poquísima luz del lugar.
— ¿Sherlock? —Preguntó, demasiado aturdido como para pensar con claridad— ¿Qué crees que estás haciendo?
—Muérdago —dijo el otro por toda respuesta, alzando la vista hacia el techo y con John imitando el gesto.
John tuvo que hacer un gran esfuerzo considerando el grado de oscuridad, pero después de un par de segundos vio que efectivamente, encima de sus cabezas y sostenido de sólo dios sabría dónde, había una pequeña rama de muérdago. El doctor bajó la cabeza y volvió a buscar los ojos de Sherlock con la mirada.
—Muérdago —repitió, sin saber que más decir.
Y tan de pronto como le había arrinconado, Sherlock le tomó por la nuca y estrelló sus labios contra los de John como si no hubiera mañana.
El detective asaltó su boca con ferocidad, tomando a John por sorpresa y haciéndole gemir de la pura impresión. Sherlock pareció tomar eso como carta blanca, aparentemente determinado en comerle la boca en todo el sentido de la palabra. Pequeños mordiscos, y algunos no tan pequeños; succión, humedad, calor y una lengua impresionantemente experta para alguien que afirma que esa clase de prácticas son cosa de mentes inferiores. John simplemente se dejaba hacer, demasiado alucinado como para negarse y demasiado débil como para intentar dominar la situación.
De un momento a otro, y sin saber cómo, las manos de John pasaron de estar sobre su cabeza a estar enredadas en los suaves rizos que siempre quiso acariciar, mientras las de Sherlock vagaban por su espalda baja y costados. Un instante más y Sherlock le había tomado de las caderas, pegándolo a su cuerpo de manera indecente, arrancando de John un sonoro suspiro que murió en los labios de su compañero.
Sherlock dejó su boca entonces, besando su camino desde los labios de John, pasando por la mandíbula y hasta alcanzar su cuello. El detective comenzó a besar y mordisquear partes sensibles que John ni siquiera sabía que tenía, mientras una mano traviesa abandonaba su cadera y deambulaba hacía el frente, buscando la cremallera de sus jeans. John podía sentir como las endorfinas se apoderaban de la poca consciencia que le quedaba, pero fue solo cuando a Sherlock se le ocurrió pasar de su cuello a la parte de atrás de su oreja que el doctor se dio cuenta de que este no era ni el mejor momento ni el mejor lugar para hacer lo que Sherlock claramente tenía intenciones de hacer.
Sintió sus rodillas fallar con el primer lametón de Sherlock cerca de la línea de su cabello, y cuando éste comenzó a succionar ligeramente el lóbulo de su oreja, John apenas y pudo sostenerse lo suficiente para no dejarse caer en el suelo, detective consultor incluido.
—Sherlock, Sherlock, ¡espera! —Dijo con toda la determinación de la que fue capaz en tales circunstancias, tomando ventaja de la posición de sus manos para obligar al detective a separarse de su cuello. Cuando le tuvo lo suficientemente alejado, John buscó su mirada, bastante acostumbrado ahora a la semi-penumbra del recibidor. Sherlock le miró de vuelta, y John aprovechó para bajar una de sus manos y detener la que casi le tenía desabrochado el botón del pantalón. Entrelazó sus dedos con los del otro— Tranquilo, soldado ¿Acaso quieres que caiga desmayado?
—Yo… John, yo pensé… yo quería-
—Lo sé —dijo sonriendo—. Y créeme que yo también lo quiero… ¡Dios! Creo que no he querido algo tan intensamente en toda mi vida. Pero llevo tres días seguidos sin dormir decentemente y ya no soy un veinteañero. Si te dejaba seguir, mis rodillas y yo íbamos a arrastrarte al suelo.
Sherlock tardó un par de segundos en volver a hablar, pero cuando lo hizo su tono era mucho más confiado, e incluso bajo la pobre iluminación el médico pudo notar que algo había cambiado en su expresión.
— ¿Quieres dormir conmigo, John? —Preguntó, sin quitarle la mirada de encima.
—Pensé que nunca lo ibas a pedir —fue la respuesta de John, una que ni siquiera tuvo que pensar.
Sherlock le sonrió en medio de la oscuridad y dejó de aprisionarle contra la pared, dirigiéndose hacia las escaleras e instándole a seguirle, con las manos aún entrelazadas. Sin embargo, no bien habían llegado al rellano intermedio cuando Sherlock ya tenía una mano en la base de su espalda y la otra en su nuca, mientras le besaba como si quisiera arrancarle los labios.
El detective le soltó sólo segundos después, con una sonrisa afectada en los sonrosados labios y un dedo señalando hacia arriba, donde John pudo vislumbrar otra pequeña rama de muérdago. Algo similar ocurrió después de pasar la entrada de la cocina, dónde John tuvo que hacer gala de todos sus reflejos para no darse de cabeza contra la puerta cerrada. Un beso justo al pasar al lado del refrigerador, otro contra la pared del baño y uno especialmente agresivo frente a la puerta del cuarto de Sherlock. John ni siquiera se molestó en verificar que hubiera muérdago en cada una de las "estaciones", demasiado ocupado tratando de recuperar el aliento que posteriormente volvía a serle arrebatado.
Cuando al fin alcanzaron la cama, la camisa de John ya ni siquiera estaba dentro de sus jeans y el cabello de Sherlock era una maraña oscura apuntando en todas direcciones. El gran abrigo belstaff y su chaqueta haversack olvidados en algún lugar que a John no podía importarle menos no poder recordar en ese momento.
Siguieron besándose y toqueteándose sobre el colchón, lanzando camisas, zapatos y calcetines al piso, quedando apenas en jeans en el caso de John y pantalón de vestir en el de Sherlock. Con el pasar de los minutos, los besos se hacían menos necesitados y los toqueteos menos urgentes, y John tuvo la certeza de que por mucho que quisiera demostrar lo contrario, Sherlock también estaba exhausto.
El frío ambiente de una habitación en donde la calefacción apenas había sido encendida se dejó sentir, obligándoles a ambos meterse bajo el cobertor sin pensarlo demasiado. Después de un rato, el besuqueo evolucionó en algo entre un arrumaco perezoso y un simple roce de labios, dejándoles abrazados uno frente al otro en medio del enorme lecho.
John se sentía adormecer cada vez más y más, apenas consciente de que los besos por fin habían cesado. Se acurrucó más cerca de Sherlock, tomándole de la cintura y descansando su cabeza sobre el pecho del detective. El latir de un corazón arrullándolo de manera dulce, haciéndolo sentir en paz, en casa.
—John —escuchó decir a Sherlock por encima de él. O eso, o ya estaba soñando.
— ¿Uhmm? —Preguntó, moviendo la cabeza ligeramente hasta encontrar el ángulo perfecto... Ah, ahí estaba.
—John, no te vayas —pidió el detective, casi en un susurro, uno apenas audible. Íntimo. Secreto.
—Jamás, Sherlock —respondió John con franqueza, suspirando profundamente y dejándose vencer al fin por el cansancio—. Nunca más.
.
*Para los que estaban contando, Sherlock y John se besaron bajo seis ramas de muérdago. Las otras cinco estaban una sobre la puerta que da al salón desde las escaleras, otra en la separación entre el salón y la cocina, una cerca de cada ventana y la última encima de la puerta de la habitación de John ¿Qué puedo decir? La señora Hudson ayudó a Sherlock a decorar, y ella nunca pierde la esperanza de que sus niños cabezotas se encuentren bajo el muérdago y al fin se dejen de tonterías.
Notas finales: Ya casi llegamos al final de este lindo fluff sin casi nada de plot y montones de ñoñería, y si godtiss y las musas están de mi lado, puede que lo termine esta semana (lo que sería genial para mi mente cíclica, ya que el 22 se cumple exactamente un mes desde que lo comencé a escribir/publicar y soy así de nerd e-e).
Hoy traigo un nuevo anuncio: ¿Recuerdan los premios que mencioné algunos capítulos atrás? Pues resulta ¡Que mis fics pasaron a finales! ¡Los 4! Estoy en una nube, y super agradecida con las lindas personitas a las que les gusta mi trabajo lo suficiente como para tomarse el tiempo de votar por mi. Si alguna está por aquí, reciba un caluroso y apretado abrazo de oso de mi parte *abraza a todos sus lectores por igual y los guarda en su cajita de tesoros*.
Para quien quiera votar por mi nuevamente, pueden conseguir los premios en facebook como "PremiosSherlockTJLC", en twitter como (arroba)PremiosTJLC y en tumblr como "premios-sherlock-tjlc". Recomiendo leer todos los fics finalistas, porque honestamente todos son geniales.
Y bueno, eso es todo por hoy. Espero sus comentarios acá abajo ¿eh? *les vuelve a picar con un palito*
