Lamento mucho haber tenido que aplazar unos días la actualización, pero mi vida está muy complicada ahora mismo. Gracias al cielo que todavía tengo tiempo para escribir, que es lo que me ayuda a seguir adelante. Así que ¡gracias a todas las maravillosas personas que me leéis!
Que el Ángel os proteja, la Fuerza os acompañe y la suerte esté siempre de vuestra parte.
¡Os adoro!
Sé que no es necesario que lo diga, y odio hacerlo porque recalcar lo evidente es algo que no soporto, pero lo que está en cursiva son flashbacks. Ale, ya me callo ¡A leer!
De sus sonrosados labios no hacían más que salir pequeños gemidos que excitaban mi cuerpo incluso más de lo que ya estaba. ¿Cómo podía una criatura tan simple tan absolutamente arrebatadora? Lo miré de nuevo, su cuerpo desnudo retorciéndose de placer bajo el mío. Sería tan fácil simplemente tomarlo…
—Vas a llegar tarde a la universidad, criatura.
Alexander comenzó a normalizar su respiración mientras yo me levantaba de la cama e intentaba serenarme a mí mismo. Sus ojos se abrieron lentamente y, como siempre había estado sucediendo durante las últimas semanas, Alexander me miró con curiosidad mezclada con decepción.
—¿Por qué- —Comenzó él.
—Vístete, criatura. —Lo interrumpí. Vístete y márchate antes de que mi autocontrol se vaya a la basura y no pueda seguir conteniéndome.
—¿Por qué no llegamos nunca hasta el final? —Me preguntó al atardecer del tercer día desde que habíamos cerrado el Contrato.
Nos habíamos pasado la práctica totalidad de las horas tumbados en su cama, desnudos. Su cuerpo respondía tan bien al mío… Simplemente con acariciar su piel me sentía mucho más completo que alimentándome de varias personas en una misma semana. Lo miré con detenimiento, fijándome en cada pequeño detalle de su cuerpo desnudo sobre el colchón. Lo deseaba tanto… Mi deseo por él no hacía más que aumentar conforme pasábamos tiempo juntos, pero si lo tocaba… si yo…
—Cuando te tenga por completo todo acabará, criatura. No pienso marcharme hasta haber podido disfrutar de tu glorioso cuerpo todo el tiempo que me sea posible.
Me dirigí hacia el armario para poder tenderle cualquier pieza de ropa, desesperado porque él cubriese su cuerpo con algo. Mi criatura, que se había incorporado hasta quedarse sentado sobre la cama, no hacía más que mirarme con el ceño fruncido mientras yo hacía lo propio con su fondo de armario. En todos mis largos años de existencia nunca me había encontrado con semejante insulto a la moda y al buen gusto en general.
—Esta camisa tiene que tener, por lo menos, el doble de años que yo. —Alexander bufó al tiempo que me arrebataba la prenda de las manos y empezaba a colocársela.
—¿Qué vas a hacer durante toda la mañana? —Reorganizar esta porquería de armario.
—Ver la tele, como siempre. —Alexander alzó una ceja, mirándome con la cara de escepticismo más evidente que he visto nunca. Este muchacho y sus costumbres me tienen completamente descolocado. —¡Oh, vamos! ¿Podrías tener un poco más de confianza en mí? Estoy todo el día aquí encerrado y todavía no ha pasado nada malo.
—La semana pasada te dedicaste a cambiar todos los muebles del salón y la cocina.
—A tu hermana le gustó. —Normal. Isabelle es una humana con buen gusto. Mi criatura en cambio…
—Siéntate a leer los cómics que te traje el otro día, ¿quieres? Los viernes solo tengo cuatro clases, así que volveré antes de lo normal.
—Más te vale, criatura. —Alexander terminó de abrocharse la camisa, escondiendo de mi vista su trabajado y delicioso pecho. Eso no me gusta. —Criatura…
Él alzó sus preciosos ojos y los clavó en los míos. Su mirada dejada bien claro que sabía en lo que yo estaba pensando y que él no estaba conforme. Tampoco es como si necesitase que él estuviese conforme con nada.
—Voy a llegar tarde. —Me avisó.
Como si a mí me importase su estúpida universidad.
—Magnus… —Volvió a avisar.
—Me encanta cómo suena mi nombre en tus labios, ¿te lo había dicho alguna vez? —Alexander dio un paso hacia atrás, tratando de alejarse de mí, con tan mala suerte que acabó sentado al borde de la cama con las piernas ligeramente abiertas. —¿Cómo sabías con tanta exactitud lo que me disponía a hacerte, criatura?
Él se sonrojó con violencia. En estas semanas por fin he comprendido que, por mucho que trate de evitarlo, llamar adorable a mi criatura es algo completamente natural.
..
..
Dos meses. Hacía ya dos meses desde que mi criatura era mía legalmente. Legalmente según las leyes de mi mundo, claro. A él no le hace ninguna gracia que vaya diciendo que "es mío".
Alexander seguía durmiendo. Su cabeza estaba recostada contra mi pecho y su cuerpo, desnudo y perlado de sudor, se enredaba entre el revoltijo de sábanas, mantas y ropa que había sobre la cama. Llevaba notándolo desde el día anterior, pero no había querido darme cuenta. Estoy débil; me debilito lentamente, sí, pero al parecer el simple hecho de tocar a Alexander ya no me satisface y cada vez necesito estar más tiempo con él y con más frecuencia. Llevo meses buscando una salida, pero no he hallado nada y me temo que finalmente tendré que aceptar de una vez la realidad.
—Magnus. —Me llamó entre sueños.
Mi corazón comenzó a latir de forma desigual mientras Alexander comenzaba a despertase poco a poco. Extrañamente su cuerpo se había ido adaptando al mío y ahora, cada vez que él notaba que yo necesitaba su fuerza, no era necesario que yo le advirtiese.
—¿Ya? —Me preguntó con la voz algo ronca y pastosa. —Solo hace unas horas que-
—Lo sé. Perdóname, criatura: no puedo controlarme.
Alexander me miró fijamente durante unos segundos antes de apoyarse en el colchón sobre su brazo derecho e impulsarse hacia arriba. Recibí su hambriento beso con deleite y me apresuré a guiar mi mano derecha a su nuca para profundizar más y hacer que mi lengua profanase su boca con rabia. Intenté guiar mi mano libre a mi miembro para comenzar a masturbarme, pero mi criatura me detuvo. Separé nuestras bocas, sorprendido, y clavé mis ojos en los suyos esperando una respuesta. Aunque dicha respuesta nunca llegó. No de la forma que yo esperaba, al menos.
—Déjame a mí. —Susurró contra mi boca antes de volver a unir nuestros labios y guiar su mano hasta mi ya adolorida erección.
Él solo era un humano al que yo quería poseer sin importar qué. Solo era un Candidato que me daría poder. ¿Por qué ahora él…? ¿Por qué? ¿Y desde cuándo?
—Préstame un poco de atención, por favor.
—Te estoy prestando toda la atención del mundo, preciosidad. —Él me dedicó un adorable puchero que yo me apresuré a atrapar en mi boca. Alexander gimió mientras colocaba una mano en mi pecho y me empujaba suavemente.
—¡No! —Ahora fue mi turno de hacer un puchero. —Quiero saberlo todo sobre los tuyos, por favor.
¿Qué está haciendo esta criatura conmigo? Ahora mismo debería estar sometiéndolo bajo mi cuerpo y haciendo que rogase para que yo lo tocase. Pero no: es él quien me tiene continuamente mendigando un poco de atención. Es humillante. Y placentero. Me tiene muy confundido. No me gusta.
—Por favor. —Volvió a pedir.
Pero yo no soy tan simple, cielo.
—Desnúdate. —Su mirada se endureció y me miró con rabia contenida. Adorable. —Desnúdate, déjame que te toque sin ningún tipo de impedimento, y responderé a todas las preguntas que salgan de esa hermosa boquita tuya.
Alexander me dedicó una mirada gélida antes de comenzar a desvestirse. He visto a focas en el zoo desvestirse con más gracia que mi criatura, pero, paradójicamente, nunca he visto nada tan sexy.
—La ropa interior también, dulzura. —Su cara estaba tan absolutamente roja para entonces que pensé que no podría sonrojarse más. Obviamente me equivoqué. —Eso es, criatura. Vamos, ahora ven aquí.
Mi preciosidad de ojos azules hizo exactamente lo que yo le pedí y se recostó apoyando su espalda sobre mi pecho, quedando ambos sentados sobre su cama.
—¿Qué quieres saber? —Susurré contra su oído. Él se estremeció, provocando con ello que su cuerpo se rozase todavía más contra el mío. Me hubiese gustado estar desnudo yo también, pero no quería asustarlo. No todavía.
—¿Qué eres? —Bufé con aburrimiento ¿Él también? ¿Acaso los humanos necesitan que les repitan diez veces las cosas para comenzar a entenderlas?
—¿No te quedó lo suficientemente claro ayer?
—Quería saber lo que tú tenías que decir sobre ello. Mis hermanos dicen que eres un demonio, y Jem asegura que sois monstruos. —Su mano acarició con delicadeza y algo de indecisión mi muñeca, que yo había reposado sobre su vientre cuando lo abracé por la cintura para juntar más nuestros cuerpos.
—Soy un demonio que se alimenta de la energía vital de los humanos a través del sexo. Y no, —Añadí cuando noté que él iba a hacer la típica preguntita. — no podemos matar a un humano de esa manera. Nuestro Consejo prohíbe que nos alimentemos más de una vez de un mismo humano.
—¿Y cómo puede ser que nosotros no sepamos de vuestra existencia?
—Cuando un íncubo o un súcubo se acuesta con un ser humano, éste suele olvidarlo todo o, en caso de que lo recuerde, suele culpar al alcohol o a un sueño extremadamente vívido. Los humanos os empeñáis tanto en que nada sobrenatural existe que nosotros no tenemos que hacer nada para tratar de ocultarnos.
Alexander se removió, incómodo. Yo me apresuré a apretar más mis brazos alrededor de su cintura, por si acaso pretendía escaparse. Aunque al parecer no era su intención, ya que alzó su hermosa carita y giró su rostro hasta que nuestros ojos se encontraron. Besé sus labios con lentitud y, por primera vez desde que el Contrato quedó firmado, Alexander movió sus labios en sincronía con los míos con una timidez adorable. Mierda, "adorable" otra vez.
—¿Qué es Consejo? —Susurró él cuando nuestros labios se separaron.
—¿El Consejo? —Alexander asintió levemente mientras yo me dedicaba a acariciar su rostro con toda la delicadeza que una criatura tan magnífica como él se merece. — Nuestro Consejo está formado por los más poderosos de mi raza. Son algo así como nuestros presidentes o reyes; ellos tienen el poder de crear, modificar o eliminar las leyes que los demás debemos seguir.
—Incluso los demonios necesitan una jerarquía para que no se venga todo su mundo abajo, ¿eh? —Preguntó mientras apoyaba su cabeza en mi pecho.
—Depende de la raza de demonio. Nosotros somos muy civilizados, pero no te pienses que todos somos así o acabarás mal, criatura. —Con la nueva posición que él había adoptado ahora era capaz de ver todo su pálido y escultural cuerpo desnudo con mayor facilidad. Simple y gloriosamente delicioso.
Alexander se quedó callado durante algunos minutos mientras yo aprovechaba sus divagaciones mentales para acariciar su cuerpo. Él se sobresaltó y se tensó en un principio, pero poco a poco su cuerpo se fue acostumbrando a mis caricias y puede acariciarlo con libertad. Aunque manteniendo ciertas distancias, obviamente. Tampoco quería que él se excitase y saliese corriendo. Otra vez. Tengo que tener cuidado de no asustarle.
—¿Qué es un Puro? Cuando te fuiste del salón, Jem y Will comenzaron a discutir sobre ello. Quieren que yo sea así. —Mi cuerpo se tensó ante la idea. No. Nunca.
—¿Crees que convertirte en íncubo es malo? —Él asintió afirmativamente. —Pues convertirte en Puro es peor. Esas… cosas. Son horribles, criatura. Fingen ser humanos y se comportan como tal, pero carecen de sentimientos y… —¿Cómo sería un Alexander incapaz de sentir amor por sus hermanos, por su familia? —No… Nunca dejaré que tú te conviertas en eso.
—¿Pero yo no era un futuro íncubo? No lo entiendo.
—Hay una edad límite, criatura. Si a los veinticinco años un Candidato ha conseguido evitar que un demonio sexual lo Convierta, dejará de ser un Candidato y podrá vivir una vida normal hasta su muerte. —Noté cómo su cuerpo se relajaba y pude ver cómo una sonrisa esperanzada se extendía por su rostro. —Pero, tras su muerte, su cuerpo es tomado y rejuvenecido hasta la edad en la que mayor fuerza y poder tuvo esa persona, y entonces se convierten en los guardianes eternos, en simples siervos sin voluntad a manos de los Cazadores de Sombras.
—¿Cazadores de Sombras? ¿Y esos quiénes son?
—Son los encargados de proteger este mundo para que los demonios y los subterráneos no se hagan con él.
—No lo entiendo. —Dijo con confusión. —Si ellos son los buenos, ¿por qué obligan a gente que ya ha vivido su vida a servirles?
—Porque no es oro todo lo que reluce, criatura. Los voluntarios para convertirse en Hermanos Silenciosos y Hermanas de Hierro son demasiado escasos como para cubrir todos los puestos que ellos necesitan.
—¿Hermanos qué? —Prácticamente gimió. Mi pobre e inocente ángel se había enfrascado tanto en lo que yo le contaba que no se había percatado de mi traviesa mano.
—Basta de preguntas, criatura. Simplemente disfruta. —Susurré a su oído mientras comenzaba a masturbarle.
Había vuelto a dormirse, pero yo seguía inquieto y no había podido pegar ojo. Desde un principio sabía que si no tenía sexo con él no podría alimentarme y estar al cien por cien, pero esperaba que al menos durante un tiempo pudiese bastar con lo que hacíamos. Acaricié su dulce rostro mientras él emitía pequeños ronquidos, inmerso en la tranquilidad de su sueño.
—Magnus. —Escuché que me llamaban desde el umbral de la puerta.
—¿Qué hora es? —No dejé de acariciar su rostro, disfrutando de la suavidad de su tersa piel.
—Queda media hora para que se tenga que levantar. —Volvió a susurrar Isabelle, mi despertador personal.
Suspiré con cansancio al tiempo que depositaba un último beso en la frente de mi criatura y me levantaba de la cama. Alexander necesita por lo menos una hora después de nuestras "sesiones alimenticias" para poder recuperarse del todo y no parecer un borracho al caminar. Odio no poder estar nunca ahí cuando él se levanta. Puñetera universidad…
Salí de la habitación intentando hacer el menor ruido posible y me dirigí con sigilo hacia la sala de estar. Isabelle estaba en la cocina, apurando los últimos sorbos de su café. Tanto ella como Alexander (y el rubito, aunque a éste último intento ignorarle en la medida de lo posible cuando viene aquí) tienen la costumbre de tomarse el café negro sin ningún tipo de edulcorante. Repugnante.
—¿Sabe ya mi hermano por qué sigues aquí? —Me preguntó. Y he de aclarar que me pilló por sorpresa porque ella nunca se inmiscuye en lo referente a Alexander. Al contrario que el rubito. Odio a Ricitos de Oro. —El verdadero motivo, quiero decir.
—No es necesario. —Le respondí mientras me servía a mí mismo un café con extra de dulce.
Isabelle me sonrió con malicia antes de desaparecer por el pasillo. Pocos segundos después escuché el ruido de la puerta de su dormitorio al cerrarse y cómo corría el pestillo. ¿Hoy no tiene instituto?
..
Alexander se levantó, con una puntualidad que nunca dejaba de sorprenderme, a las siete y cuarto de la mañana sin ayuda de ningún despertador. Según Isabelle era a causa de su inquebrantable rutina diaria. Inquebrantable, claro, hasta el día que yo llegué. Digamos que he cambiado un poco las cosas por aquí.
Mi criatura me dedicó su típico saludo escueto y malhumorado de las mañanas y, no obstante, hoy parecía menos antipático de lo normal. Y juraría que su olor ha… ¿empeorado? ¿Por qué narices se ha puesto él colonia? Nunca lo hace, y por supuesto que no le hace ninguna falta con la fragancia tan seductora que destila. Ese perfume enmascara su auténtico aroma. No me gusta.
—¿Estás bien? —Tanteé el terreno. Él se sobresaltó y estuvo a punto de volcar el café que se estaba sirviendo. Está claro que algo no va bien con él.
—Sí, claro, ¿por qué lo preguntas?
No me lo quiere decir. ¿Otro examen, quizás? Eso explicaría por qué está tan distraído y por qué sus manos están sudorosas y temblorosas.
—Nos vemos luego. —Se despidió cinco minutos después, tras terminar su desayuno.
Lo miré con reproche y él pareció comprenderme, pero me pidió disculpas con la mirada y salió por la puerta. Nunca se había marchado sin darme un beso de despedida. Algo rápido y casi sin contacto, sí; pero un beso suyo al fin y al cabo. ¿Qué te ocurre, criatura?
..
Sobre las once y media de la mañana ya he terminado de releer todos los cómics que me trajo el martes pasado y me aburro mortalmente. He conseguido reorganizar su armario, pero no estoy para nada orgulloso del resultado porque, básicamente, todo lo que había ahí guardado se merece estar en la basura. Pero si lo hubiese tirado él se hubiese enfadado conmigo, y bastante raro estaba hoy como para añadirle otro motivo para que me ignore.
Me dirijo al salón para intentar distraerme con el televisor cuando me encuentro a Isabelle recostada en el sofá viendo Project Runway con un gran bol de palomitas dulces en la mano. Esta chica me lee la mente.
No fue hasta que el reloj marcó la una del mediodía que empecé a preocuparme por él. Los viernes nunca llega tan tarde, ni siquiera cuando tiene que pasarse por el supermercado a comprar. Isabelle, a mi lado, me mira de reojo y sonríe con cierto aire pícaro. A la una y media finalmente me rendí.
—¿Tú hermano tenía algo que hacer hoy después de clases?
—¿Después de clases? —Preguntó ella tratando de sonar inocente y fracasando vilmente. —Pero si hoy es fiesta y no tenemos clase, ¿no lo sabías?
¿Cómo narices iba a saberlo? Mi criatura solo sale de casa para ir a la universidad y para hacer los recados de la casa. ¿Habrá quedado con Jace? ¿Con Will y Jem, quizás? No lo parecía, a juzgar por la sonrisita de la pelinegra. Me estaba empezando a poner nervioso.
—Díselo, Magnus. —¿Decirle? —Dile la verdadera razón de por qué todavía no has hecho nada con él.
Puñetera Isabelle.
..
Estaba asomado al balcón mirando con ansia el portal del edificio cuando los vi aparecer por la esquina. Desde tanta altura sería imposible para un humano ver nada, pero yo era capaz de distinguir sus caras con total precisión. Eran las dos y cuarto y Alexander venía en dirección a su casa hablando animadamente con un muchacho de pelo y ojos negros. Cuando mi criatura le dedicó la sonrisa más hermosa que yo había visto hasta entonces, la ira se apoderó de mí. ¿Cómo se atreve?
No quise precipitarme. No quise pensar en que yo no debería estar sintiéndome así porque un simple humano hubiese hecho sonreír a mi criatura. No quise darme cuenta de que Isabelle tenía razón y de que yo estaba empezando a entender los motivos de Jem para hacer lo que hizo.
Su respiración seguía agitada mientras yo seguía lamiendo con deleite mi mano cubierta de su semilla. Cuando por fin pudo recuperarse, mi criatura me miró con cara de repugnancia.
—¿Qué haces? —Lo miré con la ceja alzada y seguí lamiendo mi mano con lentitud, para hacerlo más evidente. —Eso es una guarrada.
—¿Por qué? Tú semen es delicioso.
Alexander lanzó un chillido indignado y escondió su rostro entre sus manos.
—Eres insoportable. —Gimió.
Yo simplemente sonreí divertido antes de terminar con mi "merienda" y volver a abrazar su cuerpo contra el mío a la espera de que él descansase y poder volver a probar algún jueguecito.
—Sigue preguntando lo que quieras, criatura.
Él se quedó callado algún tiempo, al parecer todavía en shock por verme tragar sus fluidos corporales.
—¿Hasta qué punto se considera tener sexo? —Preguntó al fin mientras el sonrojo en su rostro se acrecentaba. —Quiero decir: ¿tú no acabas de beberte mi...eh…?
—Semen. —El sonrojo se hizo de un tono exageradamente imposible.
—Sí. Eso.
—Ni el Contrato ni tu Conversión se cumplirán hasta que yo haga lo que más deseo hacer contigo, tranquilo.
—¿Y qué es lo que más deseas de mí? —Preguntó con inocencia.
—Deseo enterrarme en ti tan profundamente que sientas que te estoy partiendo en dos.
—¿Magnus? —Me llamó Alexander cuando entró en la sala de estar. Mi criatura dejó las llaves sobre el mueble de la entrada y se encaminó al sillón donde yo estaba sentado. —¿Qué te ocurre?
¿Ocurrirme? ¿A mí? Maldito humano desagradecido.
Atraje su cuerpo hacia el mío en un rápido movimiento y lo tomé entre mis brazos, alzándolo. Pasada su sorpresa inicial, mi criatura trató de bajarse con todas sus fuerzas, pero de nuevo la debilidad de los humanos jugó en su contra. Conseguí llevarlo hasta el cuarto de baño de su habitación y dejarlo en el suelo sin mayores daños que un arañazo superficial en mi clavícula.
—¿Quién era él? —Le exigí con rabia mientras cerraba la puerta de una patada y lo acorralaba contra la pared de baldosas azules.
—¿Quién era quién? —Preguntó él con su característico tono de malhumor. Pero hoy no me resulta divertido, criatura; hoy no eres adorable para mí.
—¿Crees que puedes mentirme? ¿A mí?
Alexander trató de alejarme, pero él es solo una indefensa criatura ¿qué podía hacer?
—¡Basta! —Lloriqueó mientras yo seguía mordiendo con más dureza de lo habitual la pálida piel de su cuello. —¡Por favor, para! —Suplicó cuando mis dedos abandonaron su interior. —No, por favor. —Alineé mi erección con su entrada, dispuesto a cumplir con lo que debería haber hecho meses atrás. —Magnus…
No fue hasta que mi nombre salió de sus labios que lo miré a la cara. Su hermoso rostro estaba empapado de lágrimas y tenía el labio inferior ajado por la dureza con la que yo lo había estado mordisqueando.
—Por favor. —Volvió a pedirme, mirándome a los ojos. —No quiero esto.
Lo miré con horror antes de separarme todo lo que el pequeño baño me permitía. ¿Qué diablos he estado a punto de hacer? Alexander seguía pegado a la pared, mirándome con miedo mientras las lágrimas seguían brotando de sus zafiros.
—Márchate. —Le dije con la voz más tranquila que pude articular mientras abría la cortina de la ducha y me metía dentro.
No tardé en escuchar la puerta abrirse y, algunos segundos que se me hicieron eternos pensando que quizás él pudiese olvidar lo que yo iba a hacerle, cerrarse. Abrí el grifo del agua fría y dejé que me cayese encima, intentando olvidar la mirada de auténtico horror con la que él me había mirado. En todos mis años de existencia nunca había sido tan consciente como ahora de que verdaderamente soy un monstruo.
Una cálida mano se aferró a mi cintura, sobresaltándome. Me di la vuelta esperanzado y mis ojos se encontraron con su hermosa mirada.
—Criatura. —Susurré mientras lo atraía hacia mí bajo el grifo. El agua cayó también sobre él, borrando cualquier rastro de lágrimas de su cara. —Perdóname. —Le supliqué mientras besaba su frente. —Perdóname.
Alexander no dijo nada. Su mirada seguí clavada en mí cuando su otra mano se colocó al otro lado de mi cadera y él juntó nuestros cuerpos desnudos. Su boca buscó la mía con timidez y suavidad; una suavidad tan pura que me hizo sentirme humano por primera vez en siglos. Mi criatura me soltó el tiempo suficiente como para cerrar el agua y tomar la toalla que había sobre el colgador. Nuestros labios volvieron a unirse y Alexander me guió hasta el inodoro, donde dejó caer la toalla antes de empujarme a mí sobre él. Desde mi posición no pude hacer más que maravillarme de cómo el sonrojo se apoderaba de su rostro mientras él abría sus piernas y se sentaba a horcajadas sobre mí.
—Criatura… —Lo llamé, esperando que no fuera un sueño.
—Llámame por mi nombre. —Me suplicó él mientras comenzaba a mover sus caderas y hacía que nuestras erecciones se frotasen entre sí.
Agarré con fuerza sus nalgas, provocando que un más que sonoro y excitante gemido saliese de sus apetitosos labios.
—Alexander. —Gemí. Mi criatura me sonrió con dulzura antes de comenzar a mover su cuerpo más rápido, creando una deliciosa fricción. —Alexander, tócame. —Le pedí pese a saber que él ya estaba haciendo más incluso de lo que yo podría desear debido a la circunstancias.
Tal y como yo esperaba, mi criatura dejó de moverse y me miró a los ojos mientras se mordía el labio inferior con indecisión, otorgándole un aspecto entre lo tierno y lo sexy.
— ¿Tú…? ¿Tú podrías…? —Alexander inclinó su rostro hacia abajo, usando su habitual técnica de esconder sus ojos tras su flequillo.
Coloqué la mano en su mentón e hice que el alzase su rostro. Nuestros ojos se encontraron y Alexander contuvo el aliento, mirándome como si yo fuese algo precioso para él.
—Dime lo que deseas y lo tendrás, criatura. —¿Y si me pide que me vaya? ¿Y si me pide que no vuelva a tocarlo nunca?
—Tus dedos. —Dijo simplemente. Yo lo miré fijamente, tratando de llegar con esas simples palabras a la conclusión que él pretendía. —Se sentían bien. —Dijo mientras desviaba la vista y la fijaba en cualquier cosa ajena a mi persona.
—Eres tan perfecto… —Le sonreí. Alexander al fin alzó su vista hacia mí. Justo en el momento en el que su boca se abría por la sorpresa y su cuerpo cedía y se apoyaba completamente sobre el mío. —Tan perfecto…
Alexander volvió a moverse sobre mí mientras se deshacía en gemidos provocados por mis dedos en su interior. Supuestamente hacer algo así era una simple preparación para lo que vendría después, pero de momento para nosotros era más que suficiente.
—Tócame. —Volví a implorarle mientras yo guiaba su mano a mi erección.
Alexander rodeó ambos miembros y comenzó a masturbarnos a ambos mientras sus caderas seguían balanceándose sin cesar.
No puedo perderlo.
Sus ojos se abrieron con lentitud, desvelando unos zafiros oscurecidos por el placer y la lujuria. Alexander me besó con ternura, acariciando mi rostro con su mano libre.
No puedo perderlo. Ya no.
—¿Y qué hay de ti? ¿Hubieses preferido seguir siendo humano? ¿O convertirte en Puro, tal vez?
—No. Definitivamente no.
—¿Por qué?
—No era feliz como humano.
—¿Eres feliz ahora? —Miré a la hermosa criatura que tenía entre mis brazos con atención.
¿Soy realmente feliz?
Tuve que cargar a un debilitado Alexander hasta su cama, donde lo acosté antes de tenderme yo a su lado. Mi criatura me miró con fascinación mientras yo cubría nuestros cuerpos con una delgada sábana gracias a mi magia.
—Me gusta cuando haces esas cosas. —Le sonreí mientras acariciaba su rostro, mimándole. —Pero también me aterra.
—¿Por qué? A ti nunca te haría daño, criatura. —Imágenes de lo ocurrido minutos atrás acudieron a mi mente, pero las deseché con rapidez. —Nunca volveré a hacerte daño.
Sus ojos me miraron con fijeza antes de que él se moviese ligeramente y depositase un beso en mi hombro, la zona de mi cuerpo más cercana a su boca.
—Quería sentirme normal. —Dijo. —Quería sentir que le importo a alguien que no sea de mi familia. Por eso quedé con Sebastian hoy. Él me confesó que yo le gusto y pensé que quizás… No lo sé. —Sebastian. Grabé a fuego su nombre en mi mente para preguntarle por él más adelante, en otro momento que no fuera tan especial para mí.
—A mí me importas, criatura.
—A ti te importa mi cuerpo. —Las palabras salieron como un susurro de entre sus labios. El dolor era tan claramente perceptible que incluso a mí me atravesó como un puñal. —Te importa el poder que yo te daré cuando tú-
Coloqué mi mano sobre su boca, acallándole. Mi criatura me miró con incertidumbre mientras yo me acercaba hasta él y sustituía a mi mano con mis labios, besándolo lentamente.
—Los demonios sexuales se repelen entre sí. —Dije cuando nos separamos. Alexander me miró con curiosidad. —Cuando estamos en una misma habitación durante más de una hora, nuestros cuerpos comienzan a arrebatar la fuerza vital del otro y acabamos exhaustos y agotados.
—No sé qué-
—Si te transformo en uno de los míos jamás podré volver a estar cerca de ti. Nunca podré volver a hablar contigo de estupideces ni podré ver cómo estudias de esos estúpidos libro, poniendo esa cara tan dulce que pones cuando te concentras en algo. Tampoco podré verte sonreír cuando haces enfadar a tu hermana. Ni ver cómo machacas a Jace en los videojuegos de deportes… —No puedo transformarle. No puedo. No puedo. —No podré tenerte a mi lado. Necesito tenerte a mi lado, Alexander.
Y entonces la vi.
Hace unas horas creí haber visto la sonrisa más hermosa cuando él hablaba con Sebastian. Pero ahora, mientras me sonreía con una sonrisa tan tierna que le iluminaba todo el rostro y hacía que sus ojos brillasen con más fuerza de lo habitual, me di cuenta de que no podía haber sonrisa más preciosa que la que él me dedicaba a mí en estos momentos.
—Necesito que estés siempre aquí, criatura. Necesito que seas siempre mío.
Sé que son inmortales y eso, pero siempre me he preguntado de dónde salen tantos Hermanos Silenciosos si cada dos por tres los están atacando y masacrando. He aquí mi enmarañada explicación de su superpoblada existencia xD
La verdad es que no sé siquiera cómo apareció tal idea en mi mente, pero tenía que escribirla y... bueno, ahí está xD
Además, me gusta que de algún modo aquí también existan los Cazadores de Sombras.
El Sebastian al que me refiero en este capi es Sebastian Verlac, no Jonathan Morgenstern. Las personas que leyeron mi anterior fic saben que amo a ese personaje pese a su nula aparición (como él mismo, quiero decir xD)
