Me gustan las vacaciones de navidad. Hace días que mi criatura está en casa y casi no sale al exterior, lo que equivale a pasar más tiempo conmigo. Aunque también equivale a que su hermano el rubito esté por aquí con más frecuencia, y eso sí que no me gusta.
Acaricié distraídamente sus marcados pómulos, maravillándome como siempre con la suavidad y la calidez de su pálida piel. A veces me asusto; me asusto al pensar en lo importante que se ha convertido esta pequeña y simple rutina para mí.
—Buenos días. —Le dije.
Sus maravillosos ojos azules me miraron durante unos segundos antes de volver a cerrarse. Mi criatura apretujó más su cuerpo contra el mío mientras murmuraba algo inaudible, seguramente algo como "cinco minutos más". Adorable. Mis dedos, inconscientemente y sin que yo tuviese oportunidad de guiarlos, volvieron a retomar su camino y se dedicaron a juguetear con su cabello y volver a acariciar su rostro.
Tras unos cuantos minutos, al fin sus párpados comenzaros a pestañear rápidamente y sus adormilados, pero ahora sí despiertos, ojos me miraron con dulzura.
—Buenos días. —Repetí.
Alexander me sonrió con ternura antes de girar su rostro y besar cariñosamente la mano que hace escasos segundos estaba acariciando sus mejillas. Mi corazón latió con fuerza ante la simplicidad y al mismo tiempo complejidad del gesto. Desde que hace escasos días le había dicho a mi humano más de lo que yo creí necesario sobre mis intenciones con él, Alexander parecía feliz y no asqueado cada vez que me tocaba. Isabelle tenía razón: se lo tendría que haber dicho antes.
—Buenos días. —Volví a repetir, a la espera de que él por fin me dijese algo.
Alexander volvió a depositar un beso en mi mano, esta vez en el dorso. Guié mi otra mano a su nariz con la intención pellizcarla, pero él fue más rápido y alzo su rostro lo suficiente como para depositar allí otro beso. Mosqueado, agarré a mi criatura de la cintura y lo hice ascender hasta quedar frente a frente.
—Bue-nos dí-as. —Le dije intentando sonar enfadado y fallando miserablemente. Su rostro se vuelve insoportablemente hermoso cuando me mira a mí, sin prestar atención a nada más. —¿Sabes? Preferiría que beses otra cosa que no sean mis manos. Y que fueses educado. Repite conmigo: bue-nos dí-as, Mag-nus.
Mi criatura rodó los ojos. Sus ojos… son tan brillantes y puros…
Alexander unió nuestras bocas con delicadeza. Su labios y los míos se movían en sincronía mientras sus manos acariciaban sutilmente la piel de mi estómago, justo en el lugar donde debería haber estado mi ombligo.
—¿Por qué no tienes ombligo? Fuiste humano una vez, deberías tener uno.
—¿Crees que mis ojos también eran así cuando era humano? Hay ciertos cambios que se producen cuando un humano pasa a ser un demonio de los míos.
—¿Yo también cambiaré? —Me preguntó.
No. Yo nunca permitiré que nadie te cambie. Encontraré la manera de tenerte conmigo, lo prometo.
Alexander posicionó su cuerpo sobre el mío al mismo tiempo que profundizaba más el beso. Mi antaño tímida criatura coló su lengua en mi boca con maestría, dominando por completo a la mía propia. Debería ser al contrario. Yo debería ser quien lo domine por completo a él; pero su sabor es tan exquisito, su aroma es tan embriagador… todo él es un pecado.
Cuando el aire se hizo asquerosamente necesario para él, mi criatura separo nuestros labios y se quedó reposado en mi pecho sobre sus brazos, mirándome con fascinación. ¿Cómo puede una criatura tan preciosa como él mirarme a mí de esa manera? Debo enseñarle a quererse. Él debe saber lo hermoso y especial que es. Debo decírselo… algún día.
—Cuando te dije que besases otra cosa no me refería precisamente a mi boca, ¿sabes? Sino a algo muy grande y duro que tiene muchas ganas de sentir cómo tu sonrosada lengua lo… ¿Alexander?
Mi criatura se había sonrojado con fuerza, sí, pero contrariamente a lo que solía pasar cada vez que yo le decía algo así, él no se enfadó. Sus zafiros me miraron fijamente a los ojos antes de besar mis labios una última vez y bajar hasta mi cuello.
—¿Criatura?
Alexander mordisqueó suavemente mi piel mientras iba marcando un camino descendente a lo largo de mi pecho desnudo.
—Criatura. —Gemí cuando él se detuvo a la altura de mi ingle, besando y mordisqueando la piel expuesta con parsimonia. Su mano, mientras tanto, se entretenía masturbando con lentitud mi ya dolorosa erección ¿Pretendía matarme? —Criatura…
Él se detuvo, alzando su cabeza para mirarme con atención. Su mano se separó de mi miembro y yo solté un gruñido involuntario al perder contacto con tan perfecta calidez.
—¿A qué juegas, criatura? Chúpame, por favor. —Él alzó la ceja y me miró fijamente, esperando ¿esperando a qué? ¿Qué demonios quiere...de mí? Oh.—Alexander. —Lo llamé. Él sonrío mientras su boca descendía hasta colocarse peligrosamente cerca de donde yo deseaba que estuviese.
—¿Sí? —Preguntó inocentemente, el cálido aliento que escapaba de su boca haciéndome estremecer.
—Por favor. —Rogué sin más.
Y a él no le hizo falta que se lo dijese de nuevo. Mi criatura me engulló de golpe, sin juego previo y sin su típica indecisión. Su húmeda y caliente boca cubriendo mi erección casi por completo, llevándome a un lugar supuestamente vedado a los de mi raza. Su nombre salía una y otra vez de mis labios mientras él me metía y sacaba de su preciosa boquita, su lengua jugueteando con mi miembro sin cesar. Esto no debería suceder así. Yo soy el íncubo, el que debería hacer que él se derritiese por mí. Pero…
—¡Joder! —Grité sin poder evitarlo cuando Alexander comenzó a masajear expertamente mis testículos.
A él no le gusta que grite. Sé que su hermana está fuera y a él no le gusta que nos escuche y…De pronto su boca había abandonado mi erección. Estaba a punto de pedirle perdón por mi descuido cuando su mano intercambió puestos con su boca y comenzó a masturbarme mientras su boquita lamía y jugueteaba más abajo. Dulce criatura… ¿cuándo le he enseñado yo a hacer eso?
—Alec, más rápido. —Salió una súplica desesperada de mi boca. Mi criatura obedeció sin rechistar, otorgándome más placer del que nunca había sentido con algo tan simple como el sexo oral. —No voy a aguantar mucho más.
Entonces su boca volvió a engullir mi miembro, mi criatura metiéndome y sacándome de aquella húmeda cavidad con mucha más rapidez. Sus ojos, por primera vez desde que yo le había enseñado a esto, estaban fijos en mí, mirándome con adoración. Mierda. Es imposible que nadie pueda estar haciendo algo tan excitante y que a la vez parezca el ser más puro del mundo.
Recuerdo aquella primera vez que toqué su cuerpo, que lo masturbé. Mi criatura me miró con auténtico asco mientras yo lamía sus fluidos. Ahora él engullía con deleite mi semen, su hermoso rostro reflejando pura satisfacción.
—¿A qué ha venido éste glorioso regalo? —Pregunté mientras con mi dedo recogía un poco de mi semilla que había escapada de su boca.
Estaba a punto de limpiar mis restos en las sábanas cuando la mano de Alexander me detuvo, guiando mi dedo hasta su boca y lamiendo mi esperma con glotonería sin dejar de mirarme fijamente a los ojos.
—Quería darte los bueno días, nada más. ¿Acaso lo he hecho mal? —Me preguntó con incertidumbre. No supe qué contestarle, así que él decidió por su cuenta. —Lo siento mucho. Yo quería… creí que…
Tomé su rostro con quizá más violencia de la necesaria, atrayéndolo hacia mí.
—Haces que sea muy complicado para mí contenerme, criatura.
Y entonces dijo algo que yo nunca pensé que escucharía salir de sus labios:
—Ojalá no tuvieras que contenerte.
—Eres un monstruo. —Me siseó. —¿Crees que es normal hacer algo como…? Por el Ángel, ¡es asqueroso que tu existencia se base en acostarte con cientos de personas y tener sexo con ellas!
—Es placentero.
—Es repugnante. Lo que haces me asquea. —Me dijo con su voz repleta de desprecio. —Tú me asqueas. Preferiría estar muerto antes que dejarme controlar por algo tan sucio.
—Encontraré la manera de poder hacerlo, te lo prometo. —Alexander me dedicó una enorme y radiante sonrisa antes de besarme.
Me he esforzado en encontrar algo que nos permita estar juntos, pero hasta el momento no he podido hallar ninguna solución. Ya no es solo el hecho de que mi cuerpo cada vez se debilita más rápido, sino que no poder tenerle… la distancia entre nuestros cuerpos me resulta horriblemente dolorosa.
—Son las siete de la mañana. —Se quejó cuando su mirada se fijó en el despertador de su mesita de noche.
—No podía dormir y quería estar un rato a solas contigo antes de que lleguen tus insoportables visitas.
—Estar cerca de Jem… te duele, ¿verdad? Cuando él ha estado por aquí luego siempre estás más débil y hambriento de lo normal. —Me dijo con voz temerosa. —Siento tener que obligarte a esto. Pero ellos… todos ellos son mi familia.
—Lo entiendo. —Intenté tranquilizarle. —Me basta con que luego me compenses adecuadamente, preciosidad.
Alexander me miró durante unos segundos antes de sonreír con picardía.
—¿Y por qué no comienzo a compensarte ahora? —Ronroneó contra mi oído. Su cuerpo todavía estaba excitado y su excitación no hacía más que acrecentar la mía. —¿Quieres jugar conmigo?
Este humano será mi perdición.
..
Alexander se había marchado con Isabelle hacía horas. A hacer la compra, creo. Y por supuestísimo el rubito tenía que llegar cuando sus hermanos no estaban, por lo que yo fui el encargado de tener que abrirle la puerta y dejarle pasar. Si fuese por mí se quedaría bajo la nieve durante horas, a ver si el frío le bajaba un poco su enorme ego. Para mi sorpresa, no obstante, Jace no venía solo.
Nunca me había parado a mirar con atención a una cría humana. Después de todo son pequeños, bajitos, delicados y están fuera de mi dieta de alimentación. Aunque conozco a alguno de mi clase que sí se alimenta de niños. Es algo asqueroso y repugnante hacer algo así a un ser tan inocente, incluso entre los demonios.
—Él es Max. —Dijo Ricitos de oro señalando al niño con la cabeza. —Y él es Magnus. —Concluyó señalándome a mí. —Y yo me voy a recoger a Clary y su estúpida rata de compañía.
Y entonces se marchó por donde había venido. Realmente me sorprende ver lo descuidados que son los humanos. Isabelle me permitió firmar el Contrato con su hermano mayor, ¿y ahora el rubio anormal me deja a solas con su hermano menor? ¿Qué parte de "soy un demonio" no entienden en esta familia de desquiciados? Desde luego mi criatura es el que se llevó todos los genes buenos.
—¿Quieres ver la tele? —Le propuse al mocoso, que se me había quedado mirando fijamente y ya me estaba poniendo de los nervios. Ahora entiendo por qué al principio Alexander odiaba cuando yo lo hacía.
El pequeño asintió con la cabeza en silencio y se dirigió hacia el pasillo. No me había dado cuenta de que hay muchas cosas en las que se parece a Alexander: su cabello oscuro y desordenado, su pálida piel, sus enormes ojos (aunque Max los tenía oscuros y cubiertos por unas enormes lentes), una cara realmente bonita y… Mierda. A mi criatura esto no va a gustarle en absoluto.
..
—¿Magnus? —Preguntó desde la puerta de entrada. —¿Dónde estás?
—¡Estamos en tu habitación! —Le grité.
Max se llevó un dedo a los labios, instándome a guardar silencio. Yo asentí.
—¿Estáis?¿Quiénes? —Mi criatura entró en el cuarto y nos miró a ambos con sorpresa. —¡Max! ¿Cuándo has llegado?
El pequeño se llevó el dedo a los labios en señal de silencio. Alexander sonrió a su hermano antes de depositar un beso en su frente y sentarse a su lado. Al ver lo que veíamos en la televisión, no obstante, su ceño se arrugó.
—¿Bob Esponja?
Por tercera vez, Max nos instó a estar callados.
..
—Tu hermano parece muy maduro para ser tan pequeño. —Dije intentando animarle a hablar.
Mi criatura había estado muy callado desde que entró y nos vio a los dos juntos en la habitación. Puedo llegar a comprender que no me dijese nada porque estaba su hermano pequeño, pero después de lo bien que habíamos estado últimamente… Al menos esperaba un mísero beso de bienvenida.
—Lo es. —Afirmó él. Acto seguido volvió a quedarse callado mientras seguía troceando las verduras para la comida.
No sé cuánto estuvimos en silencio. Incluso cuando llegó el resto de la tropa de gente insoportable, Alexander casi no dijo una palabra. Así que, cuando él se dirigió a su habitación para cambiarse la camisa que se le había ensuciado tratando de evitar que su hermana entrase a la cocina a ayudar, yo le seguí.
—¿Te ocurre algo conmigo? —Alexander, tan ensimismado que iba en sus propios asuntos, pegó un pequeño saltito la mar de cómico por la sorpresa.
No es nada raro, en realidad: mi preciosa criatura es bastante torpe por norma general. Aunque tiene bastante fuerza y sincronización cuando se centra en ello. Es una persona de la que nunca dejas de averiguar pequeños detalles, supongo. Adorable.
—No.
—Incluso aunque sea una simple respuesta monosilábica, eres incapaz de mentir. —Su rostro se sonrojó, pero no dijo nada y siguió hurgando en su cómoda en busca de una camisa. Aparté suavemente su mano, cerré el cajón que él había abierto y abrí el superior. —Dime qué te ocurre.
Mi criatura tomó la camisa que yo le tendía y me miró con indecisión.
—Tengo miedo. —Aquello sí que no me lo esperaba.
—¿De mí? ¿Crees que voy a hacerte daño?
—¡No! —Se apresuró a añadir. Sentí cómo el nudo que se había formado en mi pecho al escucharle se deshacía poco a poco, pero… —Es solo que antes, al verte con Max… yo…
—¿Creías que le haría daño? —Me molestaba que Jace e Isabelle fueran tan inconscientes, pero me molesta incluso más que mi criatura dudase de mí.
—No. Eso precisamente es lo que me molesta. —Mi cara de perplejidad debió ser más que evidente, porque mi criatura se sonrojó con fuerza antes de proseguir. —Eres un demonio, Magnus. Sé que a mí no me harás daño, pero Max es muy pequeño y… Cuando os vi a los dos mirando la tele tranquilamente pensé que era una escena normal, que nada en ella era extraño. Pero todo es extraño. Mi vida es extraña ahora y no sé cómo afrontar todo esto.
Era eso. Claro.
—Estabas tardando demasiado, criatura. —Susurré en su oído mientras lo abrazaba con fuerza contra mi pecho. —Es normal que estés asustado y confundido. Esto va más allá de lo que tú hubieses podido imaginar, y entiendo que te cueste aceptarlo; pero yo estaré aquí para ti. Haré lo que sea por ti, mi criatura.
Alexander me devolvió el abrazo. Con timidez, al principio, pero luego me estrechó con fuerza entre sus abrazos.
—Yo también haría cualquier cosa por ti. —Susurró contra mi pecho.
—Mi hermosa criatura… —Alcé su rostro y nuestros ojos hicieron contacto. Sus hermosos zafiros me miraron con esa adoración que hacía que mi marchito corazón humano volviese a latir. —Ya has hecho más por mí de lo yo hubiese podido imaginar.
..
Aquella noche, tras un largo día con James haciéndome sentir más débil de lo que ya estaba y el rubito de las narices poniéndome de los nervios, Alexander y yo nos acostamos, exhaustos, sobre su cama. No fue hasta el momento en el que él se estaba acurrucando junto a mí para dormir que recordé lo que había sucedido.
—Criatura. —Él centró su mirada en mí. —Tengo algo que decirte, pero no quiero que te vuelvas loco por ello ni que hagas alguna locura ¿entendido? Es sobre Max.
Su cuerpo se tensó al instante y solo tardó un segundo en sentarse sobre la cama y mirarme con expectación.
—¿Qué pasa? ¿Le ocurre algo malo? —Mierda. Odio esto. Pero si no se lo digo yo y él llega a enterarse (y sé que lo hará)…
—Creo que él podría ser como tú. Él podría llegar a ser un Candidato.
..
..
Cada vez es más complicado para mí permanecer aquí dentro. El ático de los hermanos Lightwood está bien, y además, como Isabelle está la mayoría del tiempo fuera de casa, Alexander y yo podemos estar a solas. Pero cuando mi criatura no está… Toda la casa se me viene encima. Es horrible.
Quizás la que acabo de tomar no sea la mejor decisión del mundo, pero no pienso seguir quedándome solo todo el santo día.
—Déjame salir aunque sea un rato. De compras o a acompañarte a la universidad, o-
—No, de ninguna manera.
—¿Tienes idea de lo que es estar encerrado todo el día en tu casa? Mi maravillosa piel no ve la luz del sol desde hace semanas, ¡me voy a quedar paliducho como un cadáver! —Alexander me lanzó una mirada irritada por encima del libro de álgebra que estaba estudiando. —A ver: que no es que tú parezcas un cadáver. Eres el ser más delicioso y más absolutamente arrebatador que he visto en toda mi vida; pero debes comprender que yo-
—No, Magnus.
—Unas horas al día ¡no pido más!
—No.
—¿Tú sabes lo que es estar encerrado todo el día? Es una crueldad. Yo no le haría algo así ni a mi peor enemigo.
—No vas a salir, Magnus, y punto.
Alexander y yo ahora estamos mucho mejor. Mi criatura es muy complaciente conmigo y parece feliz cuando él y yo estamos juntos. Eso me gusta. Verle feliz, quiero decir. Su hermosa risa es lo más maravilloso que he escuchado jamás. Solo por detrás de sus excitantes gemidos, por supuesto.
Pero tengo que salir. Necesito salir.
Nueva York no es de mis lugares favoritos del planeta, pero no descartaría quedarme aquí un tiempo. El tráfico, aunque agotador y demasiado ruidoso, es reconfortante de alguna manera. Solo los humanos son capaces de crear ciudades como estas: calles repletas de dinero y riquezas por un lado, y pobreza y miseria unas manzanas más abajo. Esta ciudad es como un infierno en miniatura.
La universidad a la que acude Alexander es bastante elitista, al parecer. Aquella donde seleccionan a los más inteligentes y preparados… y que tienen más dinero. De entre todas las personas del mundo es curioso que un Candidato sea de tan alta cuna y que además sea una preciosidad y posea una inteligencia como la de mi criatura. Adorable. Y él es solo mío.
Hay mucha gente en los jardines que bordean la escuela. Miro mi reloj y me doy cuenta, alarmado, de que el timbre que señala la última hora ha sonado hace más de diez minutos. Mierda. Me he entretenido más de la cuenta mirando el maravilloso escaparate de esa tienda. Alexander es extremadamente puntual y seguramente ya esté de camino a casa. Y yo que quería tener un detalle con él pasando a recogerle…
Su exquisito aroma inunda mis sentidos como siempre lo hace y mis instintos hacen que mi cuerpo se gire hacia la izquierda y camine unos cuantos pasos. En uno de los edificios más alejados de la puerta principal está él. Parece algo nervioso y retuerce las mangas excesivamente largas de su suéter una y otra vez, pero no es hasta que un grupito de alumnos se quita por fin de mi campo de visión que veo que está acompañado. De él. Sebastian. Debí haberle preguntado en aquel entonces. Debí haberlo hecho.
Ignoro deliberadamente al grupito de post-adolescentes que me miran embelesadas y a las que solo les hace falta babear por mí y me dirijo hacia donde ellos se encuentran. Creí que todo iba bien, creía que él ya no me odiaba. ¡Joder! ¡Incluso había llegado a pensar que él estaba feliz de verdad cuando estaba conmigo!
Aún estoy demasiado lejos de ambos, pero no soporto no saber de qué demonios hablan. Necesito saber por qué Alexander ha estado jugando conmigo.
—…no es tan fácil. —Me llega la voz de mi criatura.
Es complicado centrarme en escucharles solo a ellos cuando están a tanta distancia y hay tanta gente vociferando de por medio, pero me centro en ello con todas mis debilitadas fuerzas.
—Sí lo es, Alec. Si no hay nadie, ¿por qué no lo intentamos? —El rostro de mi criatura se contrae en una mueca mientras agacha la cabeza y comienza a mirar sus zapatos para distraerse.
—No es tan fácil.
—Alec, escucha. Tú me gustas y sé que yo podría-
—Hay alguien. —Le interrumpe Alexander mientras el rubor se apodera de su rostro. —Creo. No lo sé. Es complicado.
—El amor no tiene por qué ser complicado. —¿Amor? ¿Mi criatura está enamorado de otra persona? Tengo que detener mi camino, ya que mi pecho ha comenzado a doler de forma lacerante. —Quizás él no sea el adecuado para ti.
¿Por qué? ¿Por qué nunca me dijo que amaba a otro?
—Tienes razón: no es el adecuado para mí. Ni para nadie, en realidad. —Una sonrisa triste se extendió por sus labios. —El amor no debería ser complicado, pero incluso respirar es complicado cuando se trata de Magnus.
..
Llegué al apartamento media hora antes que él. No es como si yo me hubiese dado prisa en volver o algo por el estilo, pero seguramente ambos se quedaron hablando durante más tiempo. O quizá mi criatura tenía que comprar algo para la comida de hoy.
—Hey. —Me saludó él mientras entraba por la puerta. Una bolsa del supermercado en su mano, me lo imaginaba. —He ido a por setas frescas para poder hacer el risotto. Esta mañana dijiste que… ¿Magnus? ¿Estás bien?
—No. —Respondí con simpleza.
Mi criatura dejó la compra y su mochila sobre la encimera de la cocina y se acercó hasta mí con rapidez.
—¿Qué te ocurre? —Alexander se agachó en el sillón junto a mí y me inspeccionó atentamente. —¿Tienes hambre? No, no puede ser eso, yo lo habría notado. Magnus, ¿qué-?
Besé suave y brevemente sus labios una y otra vez. Una sonrisa se extendía por mis labios, pero ni siquiera soy capaz de comprender por qué.
—¿Qué te pasa hoy? —Me preguntó él mientras reía.
Es verdad, ¿qué me pasa? Puede que Alexander lo dijese simplemente para quitarse de encima a aquel humano, al fin y al cabo. Una simple excusa.
—Que te echaba de menos, criatura. —La sonrisa de Alexander se hizo más amplia al tiempo que se aferraba con sus brazos a mi cuello y me abrazaba.
Y en todo caso Alexander no dijo que me amaba en ningún momento.
—Y yo a ti. —Dijo él mientras tomaba mi cara entre sus manos y besaba mis mejillas con dulzura antes de unir nuestros labios.
Pero quizás yo siento que es así. Quizá no había querido darme cuenta por miedo a lo que ello pudiese significar. Pero llevo demasiado tiempo entre los humanos y no me es demasiado complicado entenderlos.
El amor no existe entre nuestra raza, pero ¿y James? ¿Acaso él no ha incumplido las leyes en dos ocasiones por haberse enamorado? Yo solo amé una vez, y ese amor fue lo que me condujo a ser un íncubo. Pero quizás… solo quizás…
—Me gusta verte feliz. —Me dijo con esa sinceridad suya tan pura.
Feliz. ¿Feliz? Sí… Ahora sí.
..
No me alimenté apropiadamente de él durante aquella tarde. Ambos nos quedamos acostados en el sillón viendo reposiciones de series de televisión de las que yo desconocía por completo el argumento. Pero no importaba, porque estaba con mi criatura. Nuestras piernas estaban entrelazadas, al igual que los dedos de nuestros manos, que descansaban sobre mi pecho.
—Criatura. —Lo llamé cuando el sueño estaba cercano a vencerme y sabiendo que al día siguiente no recordaría lo que quería decirle.
—¿Mmm? —Respondió él, tan o más adormilado que yo.
—Como vuelva a ver a ése Sebastian cerca de ti pienso matarlo. —Alexander me miró con los ojos abiertos como platos durante unos segundos, pero luego simplemente hizo un puchero, negó repetidamente con la cabeza, y murmuró algo como "desobediente".
No pienso permitir que nadie trate de alejar de mí lo que es mío.
Que el Ángel os proteja, la Fuerza os acompañe y la suerte esté siempre de vuestra parte.
¡Os adoro!
..
*Eliza: Es gratificante hacer saltar a las personas. Y más aun si esa persona está enferma (?) xD
¡Muchas gracias por pasarte a leer mi fic! Me alegro de que mi actualización de esta semana pueda alegrarte de algún modo así que ¡espero que te haya gustado el capi!
Un abrazo, querida ¡cuida tu salud!
