¡Hola!
Estoy escribiendo esto bastantes días antes de que se publique el capi, así que o yo estoy escribiendo en futuro o vosotros estáis leyendo en pasado :D
Lo más deprimente de todo esto es que mi cabeza siempre está llena de pensamientos tan idiotas como este. Penoso xD
En fin… Cualquier cosa sobre las próximas semanas en el fic está al principio del todo de mi perfil y mmm… solo disculparme por no poder contestar nada las próximas semanas y eso… ¡lo haré en cuanto esté de nuevo en casita! :D
Ale, ¡ya dejo de molestar!
Que el Ángel os proteja, la Fuerza os acompañe y la suerte esté siempre de vuestra parte.
..
*Eliza: ¡Alec no es idiota! ... Bueno, venga, vale: sí lo es, y mucho ¡pero por eso lo amo! ¡Es casi tan idiota como yo! :D (?)
Sergio es un nombre horrible para Simon, no le pega nada. Así que le quedará perfecto :D
Aish... Qué mente tan condenadamente cruel tienes... pobre Serg- ¡Simon! ¡Pobre Simon!
¡Me confundes!
xD
Abrazos confusos para ti. Tan confusos que seguramente en lugar de llegarte a ti le lleguen a tu vecina.
*Shingryu Inazuma: ¡A nadie le importa si a Magnus le gusta o no el lado pervertido de Alec! Quiero decir, por el Ángel, es obvio que lo escribo para mi propio disfrute personal. Magnus aquí es secundario, que conste. Aunque sé que me lo agradece enormemente. Nos entendemos a la perfección, él y yo (?) xD
Gracias por los ánimos (ooooodio estar ingresada en el hospital ¿¡Te puedes creer que solo te dan de comer 3 veces al día!? ¿¡Qué clase de persona come tan poco!? D:) y por tus lindas palabras al fic. Es hermoso recibir ánimos para seguir escribiendo ^^
Un abrazo muy fuerte desde el pasadoooooo (?)
Ayer fue un día muy extraño. En primer lugar una adolescente humana me dio consejos sobre cómo debo tratar a mi criatura para hacerle feliz. Consejos. A mí. Alucinante. Y muy humillante. Si no fuese por el cariño que he desarrollado por Isabelle ahora mismo estaría pensando en una venganza que seguramente acabaría con ella bajo tierra en un bonito cementerio. Luego estaba mi enfadadizo humano, al cual parece divertirle no dirigirme la palabra. O gritarme incoherencias. Eso también se le da bastante bien.
Pero ha decidido saltarse un día de clases de su amada universidad. Mi estricta y organizada criatura ha decidido dejar de lado sus estudios durante un día entero para estar conmigo. Puede no parecer algo demasiado importante, pero es una de las mayores muestras de afecto que él me podría haber dedicado. Lo cual es bastante triste, a decir verdad.
—Me pone de los nervios que hagas eso. —Rezongó al tiempo que retiraba una de las sartenes que había sobre la vitrocerámica. Un día de estos tengo que probar a aprender cómo funcionan esos cacharros. —En serio: para.
¿Parar de qué?
Por Lilith, qué culo le hacen esos pantalones. Tengo que encargarme de comprarle yo mismo la ropa más a menudo.
Un palpitante dolor en la sien me hizo salir de mi ensimismamiento. Me ha vuelto a lanzar el bote de detergente a la cabeza ¿Cómo puede una persona tan torpe tener tan buena puntería? Los humanos son desconcertantes.
—Como no pares de mirarme de ese modo te lanzo un cuchillo. —Amenazó mientras dejaba frente a mí un plato lleno de tortitas con nata y sirope de chocolate.
Cuando vi por primera vez a Isabelle Lightwood me pareció curioso encontrar a una persona sin aparentemente ningún tipo de inhibición. Obviamente mi criatura se había quedado todos los genes conservadores de la familia. Y la mano en la cocina, al parecer. Madre mía, ¡qué delicia de tortitas! Así sí que me merece la pena perder mi tiempo comiendo alimentos humanos.
—Cualquier persona se sentiría honrada de que yo la mirase, mocoso desagradecido. —No puedo alabar sus ojos, no puedo mirarle el culo… Los humanos tienen unas reglas de convivencia absurdas.
—Me estabas mirando como si... Bueno, ya sabes.
—¿Cómo si quisiera estamparte violentamente contra esa encimera y-?
—¡Magnus! —Me interrumpió con una vocecita estrangulada que sonaba completamente escandalizada. Adorable.
—Y abrazarte. Quería decir que iba a abrazarte mimosamente y sin ningún otro tipo de intención oculta. ¿En qué pensabas tú, humano pervertido?
Como lo estaba esperando, al menos esta vez pude evitar que el tarro de azúcar me diese de lleno. Voy a tener que encontrar alguna actividad que haga que se desestrese y deje de usarme a mí como diana.
—¿Hay algún sitio donde te apetezca ir? —Me preguntó amablemente, como si no hubiese tratado de estamparme un bote de cristal segundos atrás.
El armario. Quiero renovar su armario para que todas sus camisas sean como la que lleva y se le ajusten en los lugares ideales. No hace ni un ápice de deporte y aun así tiene unos abdominales bendecidos por los ángeles, ¿Se puede saber por qué todos los Lightwood son atractivos?
—¿Me estás escuchan-?
—Al centro. —Le dije con alegría. Notaba una enorme sonrisa extenderse por mi rostro al pensar en tener todo el día a solas para ambos. —Nos vamos de compras.
Alexander me miró con cara de aburrimiento extremo, pero no puso ninguna objeción. ¿Entonces es verdad que durante todo el día de hoy lo único que quiere es hacerme feliz a mí?
Cuando él se puso en pie y comenzó a recoger todo yo traté de ayudarle pese a mis nulas dotes de ama de casa. Él no quiere que yo use mi magia porque eso no hace más que desgastarme y no sabemos hasta qué punto seguiré aguantando con la escasa fuerza que me proporciona estar con él sin tener sexo. Tendré que apuntar en mi lista de tareas pendientes aprender a barrer, porque no hay manera de recoger todo el azúcar del suelo.
—Déjame a mí. —Me dijo mientras me arrebataba delicadamente la escoba de la mano. —Torpe.
Creí que, para variar, mi falta de conocimientos sobre las tareas humanas le había hecho enfadar. Pero no. Él… sonreía. Su sonrisa es tan pura y cálida que podría iluminar cualquier cosa. Incluso mi corazón.
—Criatura. —Él alzó su rostro hacia mí, todavía sonriente. —Gracias.
Su sonrisa se hizo más amplía antes de que se alzase ligeramente y depositase un suave beso en mi mejilla, sus labios apenas rozando mi piel. Mierda.
—¡Ey! ¡¿Qué haces?! —Se quejó mientras se revolvía entre mis brazos para intentar que lo volviese a dejar en el suelo. —¡Magnus!
—¿Pretendes que salga de casa sin alimentarme apropiadamente? No llegaríamos ni a la vuelta de la esquina, criatura.
—¿Y creías que me iba a negar? ¡Déjame en el suelo!
—Si te dejo en el suelo primero intentarás ir a la cocina a terminar de arreglar las cosas. —Alexander se quedó quieto entre mis brazos, permitiendo que al fin pudiese usar mi codo para abrir la puerta de su dormitorio. —Necesito sentir tu piel ahora, Alexander.
Un escalofrío recorrió su cuerpo y lo sentí temblar de excitación entre mis brazos. Esta vez, cuando trató de bajarse de encima de mí, se lo permití.
—No siento que tengas necesidad de alimentarte aún. —Dijo mientras desabrochaba el cinto de mi batín.
—No necesito sentir hambre para desear fervientemente estar contigo, criatura.
Sus mejillas se sonrojaron mientras desviaba la mirada de mis ojos a mi cuerpo desnudo. Alexander se relamió los labios. De manera inconsciente, lo sé, pero fue el último detonante que necesitaba.
..
Tener un vehículo propio en una ciudad como Nueva York es algo completamente inviable, lo sé, pero es que no me acostumbro a tener que usar los lentos y abarrotados autobuses. Si mi criatura tuviese un poquito de buena voluntad me permitiría al menos alquilar un taxi. "Son más contaminantes", "es mucho más caro", "a donde vamos se llega perfectamente en transporte público". A veces me pregunto qué es lo que me atrae tanto de él cuando es obvio que no tenemos nada en común.
—Vamos a tener que volver antes de las cinco para asegurarnos de que no te entre hambre estando en la calle. —Me dijo al oído.
Ni siquiera sé por qué hablaba en voz tan baja, teniendo en cuenta que el maldito aparato infernal estaba tan lleno de ruidosos humanos que no era capaz de oír ni mis pensamientos. Lo único bueno de la horrible situación es el poco espacio disponible, que obligaba a mi preciosa criatura a estar deliciosamente pegado a mi cuerpo. Él parecía no percatarse de ello, aunque en realidad todos estábamos apretujados con todos, así que creo que yo tampoco le daría tanta importancia si no fuese porque era él.
—Algún día tendremos sexo en un lugar público.
No hay absolutamente ningún tipo de fantasía sexual que no haya realizado ya. He de admitir que hay algunas que preferiría olvidar y que no repetiré por nada del mundo, pero… Santo Infierno, necesito cumplir algunas de ellas de forma inmediata con él de protagonista principal.
—¿Qué? —Me preguntó. Obviamente no me había escuchado, porque se alzó ligeramente y colocó su oreja a la altura de mi boca.
A veces creo que hace estas cosas adrede para provocarme. Aunque a juzgar por el fuerte pisotón que me dio cuando usé mi lengua para lamer y juguetear con el lóbulo de su oreja creo que no fue una idea muy acertada.
—¿Crees que podríamos bajar en la próxima parada y meternos en algún tipo de lugar privado? Creo que tengo que alimentarme. —Me fascina ver cómo se reflejan los cambios de humor en sus preciosos ojos. Aunque los ojos de asesino psicópata no son mis favoritos.
—Yo creo que voy a matarte.
—¿Eso es un sí?
Obviamente era un no
..
—¿Sabes? Cuando te dije que quería pasar el día a solas contigo no me refería precisamente a esto. —Refunfuñó mientras yo le pasaba otra bolsa.
—¿Preferirías que nos hubiésemos pasado el día en la cama? Tampoco me desagrada la idea. Me gusta mucho, a decir verdad. ¿Volvemos a casa? —Después de todo ya he comprado la suficiente ropa como para renovarle medio fondo de armario.
He hecho que Alexander se pase más de dos horas entrando y saliendo de distintos probadores con infinitas prendas de ropa. Ahora mismo más que verle ponerse otra prenda nueva lo que me apetecería de verdad es quitarle a bocados la que lleva puesta.
—No me refería a eso. —Se quejó. —Quizá tendrías que ir de compras con Isabelle. A ella sí que le gusta elegir ropa, zapatos y cosas brillantes.
—Accesorios, Alexander. Se llaman accesorios.
—La mayoría de esas cosas que tú llevas brillan. Da igual cómo se llamen.
Estuve a punto de decirle algo como "me gustan las cosas que brillan, como tus preciosos ojos" o "nada brilla más que tus hermosos zafiros". Menos mal que recordé a tiempo lo que me dijo Isabelle sobre alabar su aspecto y no fastidié las cosas.
—Bueno, vale ¿Qué te apetece a ti? —Un gruñido proveniente de su estómago fue quien me dio la respuesta. Alexander me miró con mala cara mientras yo soltaba una risita. Demasiado a menudo olvido que él debe ingerir comida por obligación y no por glotonería, como es mi caso. —Vayamos a un restaurante, entonces.
Nos acercamos hasta los restaurantes que había en la última planta del centro comercial. No había demasiada gente, lo que era de agradecer, pero igualmente no me convencía que mi criatura comiese en ninguno de estos sitios.
—Tengo hambre y ahí venden comida ¿qué problema hay? —Me dijo mientras se ponía a la cola de un horrible local de comida rápida.
—¡Eso no es comida! Tienes que alimentarte mejor y no comer tan poca cosa a mediodía. —Tampoco es que esté flaco o mal alimentado, pero que a estas horas se coma un mísero sándwich no es normal. —Vas a engordar si solo comes porquerías.
Alexander se quedó rígido mientras miraba con inusual atención el contenido de su billetera.
—Y eso sería muy desagradable para ti, ¿no? —Preguntó sin ningún tipo de emoción reflejada en el rostro.
Mierda. Al final tendré que admitir mi derrota y suplicarle a Isabelle que me dé un curso intensivo sobre qué comentarios hacer y no hacer. Los humanos ya de por sí están siempre a la defensiva y se toman cualquier palabra como un insulto, pero es que mi criatura saca conclusiones completamente idiotas de comentarios inocentes. No entiendo por qué no puede darse cuenta de lo especial que es.
..
El mal humor se le había pasado en cuanto hubo llenado su estómago y salimos al exterior. Quizá la mezcla entre el ambiente sobrecargado del centro comercial y el hambre lo tenían un poco desquiciado, qué sé yo.
Pese a que seguíamos yendo de tienda en tienda ahora a él parecía no importarle. Puede que fuera porque ya no lo obligaba a probarse nada ni lo arrastraba por todas las secciones para encontrar lo que más me gustase a mí, sino que íbamos más relajados y mirando sin ninguna prisa. Aunque prefiero pensar que su repentino buen humor se debía a que yo lo había tomado de la mano mientras caminábamos. No es como si fuese algo realmente especial, pero todo su rostro se iluminó mientras apretaba mi mano con firmeza.
—¿Magnus Bane? —Oí una voz a mis espaldas.
Habíamos entrado a una enorme librería que al parecer él visitaba con bastante frecuencia. Ya habíamos buscado unos libros que mi criatura necesitaba para la universidad, unos mangas para el adorable Max y ahora Alexander se había alejado a buscar algo de lectura para entretenerse mientras yo hacía lo propio. Desgraciadamente para mi ego me había acostumbrado tanto a leer los cómics de Spiderman que él me compraba que había acabado enganchándome a las historias de ese tío hortera. Alguien debería enseñar a los dibujantes de Marvel lo que es la moda y el buen gusto.
No era ningún demonio de los de mi clase, eso lo tenía muy claro porque no me sentía débil. Quizá podía ser algún humano con el que me había acostado o incluso algún demonio de un rango inferior al mío. Sea como fuere no tenía ninguna intención de dejar que alguien que me conoce lo suficiente como para saber mi nombre completo se acerque a Alexander. Recuerdo perfectamente cómo se puso cuando conoció a Tessa Gray y no tengo ninguna intención de volver a hacer que él esté triste.
Me escabullí entre la gente y los estantes dejándome guiar por el olor que desprendía mi criatura. Lamentablemente no hubo suerte.
—¡Magnus! —Me volvieron a llamar mientras una mano me sujetaba del hombro y me instaba a darme la vuelta. Mierda, es peor de lo que imaginé. —¿Qué te pasa? ¿Andas huyendo de algún mundano al que has enfadado?
—Ahora no tengo tiempo, Ragnor. —Lo único peor que una persona que le hable a Alexander mal sobre mí es una persona que realmente me conoce y puede hablar bien. —Tengo que-
—¿Magnus? —Su cálida vocecita me llegó desde la derecha y logré reaccionar a tiempo para evitar que un hombre que iba a toda prisa se chocase contra él.
—Ten más cuidado. —Le siseé al maleducado cuarentón antes de tomar entre mis manos algunos de los múltiples libros que mi criatura llevaba entre sus brazos. —¿Pretendes que vayamos hasta casa con todo esto en transporte público? Te recuerdo que en la taquilla de la entrada tenemos guardadas como treinta bolsas llenas de ropa.
—¿Y eso de quién es culpa? —Murmuró. Entonces Alexander dejó de mirar lo que llevaba en las manos y alzó la vista, fijándolo de inmediato en Ragnor. La desconfianza inundó de inmediato sus facciones al fijarse en la mano de Ragnor, que con mi movimiento había acabado apoyada en mi brazo. —¿Quién es él?
—Joder… —Dijo Ragnor antes de que yo pudiese abrir la boca. —Dime que estás tratando de seducirle y que lo que yo creo que no es verdad.
Mierda.
—¿Y qué es lo que cree usted? —Preguntó mi criatura con altanería. Había olvidado lo antipático que es cuando se lo propone. Adorable.
—Ragnor, hablaremos en otro momento. Te llamaré esta noche y-
—¿Y por qué no hablamos ahora? Hay una cafetería aquí al lado donde la camarera es realmente encantadora. —Su ceño se frunció antes de mirarme de arriba abajo. —Ni se te ocurra acercarte a ella. Ahora que casi he conseguido que me haga caso no quiero que me lo estropees.
—No podemos. Tenemos que irnos a casa y-
—¿A casa? —Volvió a interrumpirme mientras fruncía incluso más el ceño.
—Es un Candidato. —Me apresuré a añadir mientras tomaba del brazo a Alexander y lo colocaba tras de mí. —Y tenemos que irnos.
—¿Por qué no aceptamos ir a la cafetería? —Dijo Alexander mientras deshacía todo contacto conmigo. —Me encantaría tomar algo con tu "amigo".
¿Acaso nunca voy a poder pasar un día tranquilo con él? Pienso secuestrarlo y llevarlo muy lejos, donde nadie pueda encontrarnos.
..
Alexander había aceptado que yo llamara a un taxi para poder regresar al ático de los Lightwood. Realmente creo que ni sabía lo que estaba aceptando cuando me dijo que sí. Estaba así desde entonces.
Lo sabía. Sabía que no tendría que haber dejado que ellos dos hablasen. Ragnor era de los pocos seres a los que he llegado a considerar como "mis amigos". Y es un buen tipo, de verdad; pero no sabe callarse. No sabe callarse y yo ahora no sé qué debo hacer para arreglar las cosas con mi criatura.
—¿Así que es un Candidato que ha aceptado ser él quien cumpla el pacto de Invocación?
Debí haber sabido por dónde iría la conversación si seguía por ahí.
—¿No serás también virgen, verdad Alec?
Debí haberle detenido entonces, pero fui un idiota.
—¡Vaya! ¡Hay algunos que nacen con suerte! ¿Te das cuenta del tremendo poder que te dará cuando lo transformes en uno de los tuyos?
El taxi ha parado frente al edificio y Alexander me ayuda a bajar las bolsas amablemente. No parece enfadado a simple vista, pero yo he aprendido a leer en su rostro las señales lo que ocurre en su interior. No está enfadado; mi criatura está dolida. Está dolida porque yo no fui capaz de callar a tiempo a un maldito brujo que sé más que de sobras que es incapaz de mantener su verduzca boca cerrada.
—Lo único que tendrías que hacer para poder acceder al Consejo y convertirte en uno de los líderes es hacer que él se enamorase de ti. —Alexander miró a Ragnor con curiosidad, todavía sin comprender nada. —Esas son las leyes de los tuyos, ¿no? Los Candidatos, los humanos que te ha llamado mediante una Invocación, aquellos que nunca han tenido relaciones sexuales y los que se enamoran de vosotros ¿cada uno de esos factores no os hace más poderosos? —Alexander me miró fijamente con el temor grabado en sus facciones. —¡Si consiguieses que él se enamorase de ti sería perfecto! ¿No crees?
—Voy a ducharme, ¿vale? —Me dijo mientras entrábamos a su dormitorio y dejábamos todas las bolsas sobre la cama. —Luego puedo ayudarte a guardar toda la ropa y eso.
El teléfono móvil de Alexander, sobre la mesita, comenzó a sonar en ese momento. Me apresuré a contestar cuando vi de quien se trataba.
—Isabelle no va a venir. —Le comenté mientras él buscaba su pijama bajo la almohada. —Dice que ella y Sergio se van a quedar todo el fin de semana en casa de Clarissa y el retrasado.
—Vale. —Fue su escueta respuesta antes de meterse al baño. Joder, tengo que aclarar las cosas.
—¿Os queréis apuntar? Vamos a salir a una discoteca nueva que han abierto. Seguro que te lo pasarás bien. —Preguntó Isabelle. De fondo podía escuchar con cierta interferencia cómo Salomon se quejaba de que no me aprendo su nombre. El chaval es un poco cortito de sesera.
—Tengo cosas que hablar con tu hermano. La verdad es que estoy agradecido de poder estar a solas parar conversar tranquilamente. —Tendí toda la ropa sobre la cama y me dispuse a llevar todas las etiquetas que había cortado, los tickets y las bolsas al cubo de basura de la cocina.
—No le hagas daño. —Amenazó Isabelle antes de colgar.
Demasiado tarde.
..
Alexander estaba tardando más de lo normal. Normalmente él no tarda más de cinco minutos en salir de la ducha. Diez, si quiere relajarse. No me gusta que tarde tanto. Tengo que hablar con él.
—No sé por qué tanta prisa.
—Algo no va bien con Alec.
—Desde que llegó el demonio purpurina nada ha ido bien con Alec. —Se quejó.
—Te recuerdo que él y yo somos de la misma especie.
—Sí, pero él es gilipollas y tú no. —El ascensor por fin se detuvo al arribar al último piso. —Jonathan y yo somos humanos y, además, de la misma familia; ¿tú ves acaso que él haya heredado mi espectacular atractivo? No, ¿verdad? Pues eso, que no por ser de la misma especie tenéis que ser iguales.
— Un día de estos tu ego va a acabar matándote.
Introduje la llave en la cerradura y abrí la puerta con todo el sigilo posible. Algo bastante innecesario teniendo en cuenta que Magnus estaba sentado en el sofá viendo la televisión y en seguida se percató de nuestra presencia.
—En todo caso te matará a ti. Mi ego me ama con locura y está realmente celoso de lo nuestro.
Magnus no dijo nada, pero volvió la vista a la televisión mientras soltaba una de sus clásicas bombas:
—Tessa al menos merecía la pena, ¿pero éste? No entiendo cómo puedes jugártela por un humano tan vulgar.
Cuando ambos empezaron a lanzarse frases envenenadas y palabras malsonantes decidí que lo mejor era marcharme a hablar con Alec, que es a lo que había venido en un principio. Hoy lo he notado más que otras veces, me temo. Magnus se va debilitando. Poco a poco, sí, pero dentro de poco llegará a un punto de no retorno.
—¿Alec? —Llamé a la puerta de su habitación. —¿Puedo entrar?
Como no me apresure en lograr que Alec termine su aprendizaje esto va a acabar francamente mal.
Ni siquiera me había percatado de cuándo se había marchado mi congénere, pero al escuchar el grito proveniente de la habitación de mi criatura mi corazón dio un vuelco.
—¡Will! —Llegó la voz encolerizada de James a través del pasillo. —¡Nos vamos! ¡Ahora!
El Jace moreno y yo nos miramos con asombro antes de que él se irguiese y se marchase a toda prisa tras el peliblanco. Cuando la puerta se cerró con un fuerte portazo tras ellos al fin fui capaz de reaccionar.
—¡Alexander! —Grité fuera de mí.
Mi criatura, mi dulce y adorable criatura apareció en ese momento en la estancia, mirándome con preocupación.
—¿Qué ocurre? —Preguntó.
Ni siquiera le di tiempo a dar un paso más antes de ir hacia él a toda velocidad y estrecharlo entre mis brazos.
—¿Qué ocurre? —Volvió a preguntar cuando al fin aflojé mi agarre e hice que su rostro se alzase para poder mirarle a los ojos.
—¿Qué te ocurre a ti? ¿Qué ha pasado con James?
Alexander me miró con indecisión antes de tomarme de la mano y guiarme de nuevo hasta el sillón, donde me hizo tomar asiento junto a él.
—Creo que tenemos que hablar. —Dijo mientras escondía sus ojos bajo el flequillo, como hacía siempre que estaba nervioso.
—Lo sé. Mira, Alec, lo que dijo Ragnor fue una idiotez.
—¿Era mentira?
—¿Qué? No, era cierto. Pero yo nunca haría algo-
—Magnus. —Me interrumpió. Durante unos minutos de angustiante silencio pareció estar debatiéndose entre decirme o no decirme algo que era obvio que para él era sumamente importante. —Ya puedes. —Dijo finalmente. —Pero tiene que ser ya. O mañana. Antes de que venga Isabelle, en todo caso.
Ahora sí que me he perdido.
—Criatura, no sé de qué estás hablando, pero primero tenemos que aclarar lo que ha sucedido hoy, ¿de acuerdo?
—Es lo que estoy haciendo. —Dijo al fin alzando los ojos y fijándolos en los míos. —Ya está: lo has conseguido. Ya puedes Convertirme.
Espera, ¿qué?
—Querías que me enamorase de ti para hacerte más fuerte y eso, ¿no? Pues ya está. —Una solitaria lágrima se deslizó por su mejilla, avivando incluso más la rabia que había comenzado a arder en mi interior. —Te a-
Coloqué mi mano sobre su boca con quizá más brusquedad de la necesaria, pero tenía que parar todo esto si no quería acabar explotando. Me pone enfermo. ¿Acaso no sabe quién soy yo? Humano estúpido…
—No hables, ¿quieres? Tu voz es molesta. —Sus ojos me miraron con dolor mientras yo me ponía en pie. —¿A qué esperas? —Le pregunté con altivez mientras comenzaba a desabrochar mi cinturón. —Desvístete.
La rabia comenzó a apoderarse de mí cuando él se levantó y comenzó a hacer exactamente lo que yo le había ordenado. No… no era rabia…. Era dolor. Dolor al percatarme del concepto que él tenía de mí.
Cuando estuve completamente desnudo me dediqué a observarle mientras él terminaba de hacer lo propio. Su rostro trataba de mostrarse decidido, pero yo podía ver la verdad a través de sus sinceros ojos. Eres incapaz de mentir, criatura, por mucho que lo intentes. Y me pone enfermo que trates de mentirme a mí.
—Vas a hacerlo todo tú. —Le dije mientras me tumbaba en sofá, colocándome lo más cómodamente que podía debido a mi altura y el tamaño del mismo. —Vamos ¿a qué esperas?
Cuando él me miró con pánico mezclado con vergüenza tuve que recordarme a mí mismo que esto lo estaba haciendo para darle una lección. También tuve que recordármelo cuando se subió a horcajadas sobre mí y su perfecto trasero rozó mi erección. Un gemido salió involuntariamente de mis labios y Alexander de inmediato alzó la vista hacia mí.
—Ahora penétrate. —Le dije con toda la indiferencia que fui capaz de fingir.
—¿Sin preparación? —Preguntó mientras volvía la vista y la fijaba en mi erección. Mi criatura tragó grueso antes de mirarme con ojitos de cordero que va directo al matadero. —Dolerá.
—¿Crees que me importa?
Y entonces llegaron. Nada más salir esas cuatro palabras de mi boca las lágrimas comenzaron a inundar sus ojos y pronto mojaron sus pálidas mejillas. Mi intención era llegar más lejos. Quería que él estuviese a punto de penetrarse a sí mismo para detener todo en un último y dramático segundo. Pero no puedo verle llorar. Es desgarrador ver triste a un ángel.
—Estúpido. —Le dije mientras lo abrazaba por el cuello y hacía que su cuerpo se doblase hasta que nuestros rostros quedasen frente a frente. —Estúpido, ¿de verdad creíste que yo solo te quería para volverme más fuerte? ¿Que no eres nada más para mí? — Repetí mientras repartía pequeños besos por su cara, recogiendo sus lágrimas con mis labios. —Eres un humano estúpido.
—Y tú estás loco. —Dijo lentamente cuando al fin pudo calmarse lo suficiente. —Por un segundo creí que lo harías de verdad.
—Parecía que era lo que querías. Tú mismo lo ofreciste, ¿recuerdas?
Alexander se incorporó levemente, apoyándose sobre sus antebrazos. Sus ojos, aun brillantes por las recientes lágrimas derramadas, se cerraron lentamente antes de que él uniese nuestros labios. No quise intervenir más de lo necesario. Quería dejar que mi pequeño humano me demostrase lo que él desea.
Sus carnosos labios me besaron con una lentitud exasperante pero extremadamente caliente, llevándome por la frágil línea que separa el "quiero abrazarte y demostrarte lo importante que eres para mí" del "quiero enterrarme dentro de ti hasta que te vuelvas loco de placer y tus labios sean incapaces de volver a pronunciar otra cosa que no sea mi nombre". Cuando su ahora experta lengua se coló en mi boca al tiempo que sus manos acariciaban sin sutileza alguna mi torso desnudo tuve muy claro que el sendero que él había tomado era el segundo.
Haciendo alarde de mi fuerza sobrehumana lo tomé de las caderas y nos alcé a ambos lo suficiente como para poder adoptar una postura mucho más cómoda y placentera para mis sentidos. Mi criatura seguía a horcajadas sobre mí, pero ahora ambos nos encontrábamos sentados. No es que la otra postura me molestase, pero estando acostado no era capaz de ver con tanta precisión su espectacular cuerpo. Teniendo algo tan delicioso frente a mí ¿por qué desperdiciar la oportunidad de contemplarlo?
—Me estás mirando de esa manera otra vez. —Me dijo con suavidad. Sus manos se acercaron a las mías, que aún seguían aferradas a sus caderas, e hicieron presión para que mi agarre descendiese y se centrase en algo mucho más apetitoso.
—Tú me provocas para que lo haga, ¿qué culpa tengo yo? —Sonreí con malicia mientras apretaba sus firmes y deliciosas nalgas.
Alexander pegó un respingo de sorpresa, pero inmediatamente después se relajó y me dedicó una mirada llena de dulzura que no se correspondía en absoluto con los sensuales movimientos que estaban haciendo sus caderas en ese momento para frotar ambas erecciones. Un suave beso fue depositado en la comisura de mis labios antes de que él cesase todo movimiento por parte de ambos sujetando mis muñecas de nuevo. ¿Y ahora qué? Necesito sentir ese precioso culo entre mis manos. YA.
—Magnus, yo- —Empezó.
Lo miré con curiosidad mientras él me devolvía la mirada con vergüenza, sus pálidas mejillas adquiriendo ese color rosado que lo hace ver tan adorable. Cuando cerró los ojos creí que nunca sabría lo que quería decirme. Y, bueno, en cierta forma él no me dijo nada. Mi criatura hizo más fuerte el agarre en una de mis muñecas y guió mi mano hasta su boca, donde se encargó de impregnar mis dedos con su saliva.
—¿Tienes hambre? —Intenté bromear para tratar de controlarme a mí mismo. No quiero interrumpirle. Quiero que él disfrute de lo que deseé.
Mi criatura soltó mi mano y se sujetó con fuerza a mis hombros, alzando sus caderas y dejando que boca descansase junto a mi oído.
—Magnus —Pidió mientras con una de sus manos comenzaba a tocarse a sí mismo. —Mételos dentro, por favor.
No te hace falta rogar por nada, mi criatura.
Su cuerpo ya casi no notaba la intromisión inicial; ya no sentía dolor al principio, solo malestar. Mis dedos no pueden compararse a lo que vendrá cuando por fin encuentre una solución a todo esto, pero al menos me siento orgulloso de estar adiestrando bien su cuerpo. Puede que no quiera estar junto a Alexander solo por el sexo, pero desde luego es algo que no pienso dejar de lado en ningún momento.
Mi criatura se estremecía cada vez que sacaba y metía mis dígitos, moviéndolos en su interior, expandiendo y tocando todo lo que me era posible. Pequeños jadeos se escapaban de sus labios. Cuando al fin alcancé su próstata mi humano pegó un saltito encantador y chupó con fuerza mi cuello para no gritar.
—¿Se siente bien, criatura? —Él gimió más fuerte, como queriendo demostrar el placer que estaba sintiendo a través de esos preciosos sonidos y no mediante las palabras. —¿Te imaginas cómo se sentirá cuando sea algo mucho más grande, duro y caliente lo que se abra paso en tu interior?
Su cuerpo entero se tensó y lo sentí temblar sobre mí. Mis dedos, todavía enterrados profundamente en su interior, notaron cómo sus paredes se contraían deliciosamente. Santo infierno, no quiero ni imaginar lo magnífico que debe de ser correrme yo mismo dentro de él, sentir sus músculos apretando deliciosamente mi miembro mientras-
—Magnus. —Gimió mi pequeño en voz baja cuando al fin retiré mis dedos. —Gracias.
¿Gracias? ¿A mí?
..
Mi criatura aún respiraba agitadamente a causa de su reciente orgasmo cuando escuchamos voces a través de la puerta de entrada. Al parecer Isabelle estaba rebuscando las llaves en alguno de sus enormes y desordenados bolsos mientras Severus se quejaba de que fuesen a llegar tarde a no me importa dónde.
—Dijiste que mi hermana no vendría hoy. —Dijo Alexander mientras me besaba delicadamente en la mejilla. Me extrañó no encontrar rastro alguno de nerviosismo en su voz pese a que ambos estábamos desnudos y cubiertos de sudor y semen sobre el sofá que daba directamente hacia la puerta. —Todavía le costará otros tres minutos encontrar las llaves. —Respondió a mi pregunta silenciosa mientras se bajaba de mi regazo.
Estuve a punto de levantarme yo también para dirigirnos a su dormitorio cuando mi criatura colocó su mano en mi pecho e hizo presión para que no me moviese de donde estaba. Cuando se puso de rodillas frente a mí mientras me miraba con los ojos cargados de lujuria me creí morir.
—Todavía no has terminado de alimentarte. —Comentó como si tal cosa mientras separaba mis piernas.
—Tu hermana está a punto de entrar, criatura. —Me obligué a decir, por su bien. Mi entrepierna, en cambio, no parecía estar de acuerdo con las palabras que salían de mi boca. —Yo ya estoy completamente saciado con lo que hemos hecho, créeme.
Y tan saciado. Hacía días que no me sentía tan bien.
—¿Estás seguro? ¿Has recuperado tus fuerzas? —Asentí lentamente con la cabeza, incapaz de abrir a sabiendas de que lo único que saldría de ella serían gemidos de súplica. —Entonces utiliza tus truquitos de magia para hacer que se vayan.
Lo miré durante unos segundos con estupefacción. ¿Mi criatura? ¿Tirando a su hermana de casa para poder practicarme sexo oral?
—¡Las encontré! — Escuché el grito triunfal de Isabelle.
—Alec. —Gemí mientras mi pequeño humano usaba sus manos para separar incluso más mis piernas e inclinarse sobre mí hasta depositar un para nada inocente beso en la cabeza de mi erección.
—Quiero saborearte. —Dijo con simpleza antes de cerrar los ojos y volver a rozarme con sus labios.
Y entonces lancé el conjuro e hice que Isabelle y su nerd perrito olvidasen por qué habían venido hasta aquí y se dieran la vuelta para volver a marchase a casa del rubio o a cualquier sitio a una distancia considerable de nosotros. Los conjuros sobre la mente y la memoria de las personas son demasiado poderosos y durante un instante me sentí desfallecer. Pero entonces su húmeda y caliente boca comenzó a engullirme con maestría.
..
—Antes me asustaste mucho. —Dijo con la cara todavía enterrada en la curvatura de mi cuello. —Creí que de verdad llegarías hasta el final y me transformarías en un monstruo.
—Eso ha dolido. —Dije mientras fingía una exagerada mueca de dolor.
Mi criatura soltó una risita antes de depositar un suave beso en mi cuello, justo donde yo sabía que me había dejado un precioso chupetón que yo me encargaría de lucir con orgullo.
—Tú no eres un monstruo, pero estoy seguro de que yo lo sería. —Alexander se alzó levemente, lo suficiente para poder encararnos. —No quiero transformarme en algo así.
—Tú no podrías transformarte en un monstruo, criatura.
—Lo haría. Sé que lo haría si me separan de ti.
Mi corazón latió con fuerza ante aquellas simples palabras. Tan simples y sinceras, tan puras y llenas de amor. Amor.
—Criatura. —Susurré contra sus labios. Alexander gimió y acercó más su rostro hasta unir nuestros labios. Le devolví el beso gustosamente durante unos segundos, pero enseguida me separé, ansioso de escuchar cómo me lo decía. —Dime lo que sientes por mí.
La sonrisa boba que iluminaba su rostro desapareció y fue sustituida de inmediato por una mueca de confusión que milésimas después se convirtió en un puchero. Adorablemente hermoso.
—Dijiste que no querías oírlo. —Dijo mientras trataba de alejarse de mí.
Que te lo has creído. Lo sujeté con fuerza de la cintura, impidiendo que se moviera más de lo necesario. Es más: los pequeños movimientos que hacía tratando de liberarse lo único que conseguían era provocar un placentero roce en cierta parte de mi anatomía que a este paso no tardaría en volver a despertar.
—Y tú dijiste que querías que te transformara en un demonio que te alejaría para siempre de tu familia y de mí.
—Yo no dije eso. No literalmente, al menos. —Se quejó. Pero yo ya había ganado. Lo supe cuando un precioso sonrojo cubrió sus mejillas y él me miró con la mirada más pura y hermosa que he visto jamás. —Te amo.
Su voz diciendo esas dos palabras traspasó mi corazón, mi alma y todo mi ser, dejándome vacío y perdido como un niño indefenso; como un demonio que cometió el terrible error de enamorarse de un ángel pese a saber que lo suyo nunca podría salir bien.
—¿Magnus? —Preguntó con angustia en la voz. —¿Por qué lloras?
Lloro porque te amo. Lloro porque he comprendido que aunque consiga encontrar una solución y logre mantenerte humano tú algún día morirás y yo seguiré aquí, viviendo infinitas vidas sin volver a escuchar esas dos palabras saliendo de tus labios.
—Tengo miedo. —Dije en su lugar.
Alexander me miró con cautela, acariciando mi rostro tranquilizadoramente.
—¿De mí? —Parecía ansioso, perdido. Quizás incluso temeroso de haber hecho algo indebido. Mi siempre inseguro humano.
—Sí. —Dije mientras alzaba mi mano y comenzaba a acariciar yo también su rostro del mismo modo que él acariciaba el mío. —, de lo que siento por ti.
..
Alexander no me pidió que le aclarase qué era lo que sentía por él. Puede que por miedo a que mi respuesta fuera diferente a la suya. Puede que por miedo a que fuese la misma. Sea como fuere, ambos descansamos sobre el sofá con nuestros cuerpos entrelazados antes de que mi frágil humano me besase una última vez y se pusiese en pie, echando a andar en dirección a las habitaciones.
Desde mi posición en el salón escuché el sonido de la ducha al abrirse y, por un momento, pensé en ir corriendo a unirme a él. Pero algo me frenó.
—Te amo, Magnus. Siempre te amaré —Susurró contra mis labios. —Te lo prometo.
—No eres más que un necio humano.
Alexander no es Camille. Sé que él no me hará daño, sé que él no me traicionará. ¿Y entonces por qué no he podido decirle nada? No me ha presionado. Él no me ha presionado y yo se lo agradezco, pero duele saber que él seguramente necesite tanto como yo escuchar esas palabras y yo no he sido capaz de dárselas. En realidad no soy capaz de darle nada y lo único que hago es quitarle cosas. Le quito su tiempo, su energía, le obligo a hacerme caso, a dejar de lado a su familia y amigos… prácticamente lo he obligado a amarme. Necesito cambiar. Necesito hacerle feliz de la forma en la que él ha conseguido volver a hacerme feliz a mí.
Mientras me dirijo hacia nuestro dormitorio, con su hermosa voz diciéndome aquellas dos palabras todavía resonando en mi cabeza, la ducha se cierra y el agua deja de caer contra la cerámica. Ale, adiós a mi fantástico plan de confesarle mis sentimientos estando ambos empapados y desnudos, listos para un precioso final lleno de gemidos.
Cuando abro la puerta del baño, silenciosamente para al menos tratar de darle una sorpresa, me encuentro a mi criatura apoyada en el lavabo mirándose fijamente al espejo. No debería ser nada extraño (quiero decir: siendo tan jodidamente perfecto como lo es él, ¿quién no se pasaría el día contemplándose en un espejo?), pero mi criatura nunca ha prestado demasiada atención a su aspecto. Creo que nunca lo he visto peinarse o mirarse en un espejo para ver si está arreglado antes de ir por las mañanas a clase.
—Criatura. —Lo llamo mientras me acerco a él y lo abrazo por la espalda. —¿Qué haces?
—¿Por qué? —Pregunta él mientras me mira a los ojos a través del cristal. —¿Por qué sigues aquí? ¿Por qué yo?
Porque te amo. Pero las palabras no salen de mi boca. No puedo. ¡Joder! ¡Quiero que él lo sepa!
—Quiero decir —Continúa al no recibir ninguna respuesta por mi parte, ignorando la batalla contra mí mismo que se libra en mi interior. —: hay miles de personas ahí fuera mucho más interesantes que yo. O con un físico muchísimo mejor, para ser el caso. ¿Por qué entonces yo? —Alexander se llevó una de sus manos a su cabello, enredando y dando tirones a un pequeño mechón entre su pelo. —Sé que te gusta eso de que tenga los ojos azules y el pelo negro, pero según Ragnor si me transformas en uno de los tuyos podrás ser muy poderoso ¿no? ¿Por qué no lo haces, entonces? ¿Por qué luego no buscas a otro?
Tanta tontería junta me está dando dolor de cabeza.
—Alexander, ¿sabes la historia del percebe feo? —Su cara de estupefacción no tiene precio.
—¿Qué?
—El percebe feo.
—Magnus tú- —Su mirada ahora parecía preocupada. Mi criatura giró su rostro y colocó su mano contra mi frente. —¿Estás enfermo? ¿Te encuentras mal?
—Una vez hubo un percebe feo. —Comencé a relatar. —Era tan feo que todos se murieron. Fin.
—¿Eso era una indirecta?
—No, no ¡es una historia muy famosa del mundo humano!
—Tú no estás bien de la cabeza. ¿De dónde has sacado semejante imbecilidad
—No es una imbecilidad. Simplemente quería animarte explicándote algo muy sencillo. —Me quejé. —Tu hermano pequeño sí lo entiende. Debería darte vergüenza que sea más inteligente que tú
—¿Qué debería entender?¿Qué soy tan feo que todos a mi alrededor se van a morir cuando me miren? Sigo sin comprender exactamente cómo debería ayudarme todo esto.
—Sí, la verdad es que no es una historia muy buena, pero ha cumplido su cometido. —Alexander me miró como queriéndome decir "¿en serio?". —Te ha quitado tus estúpidas ideas de la cabeza y te ha hecho sonreír.
Alexander volvió la cabeza de nuevo al espejo y se miró durante unos segundos antes de estallar en carcajadas. Lo he escuchado reír varias veces, y a mí me sonríe casi a diario; pero esto… nunca había escuchado algo tan hermoso. Todo su rostro se ha iluminado y pequeñas lagrimitas se acumulan en el borde de sus ojos. Es precioso. Nunca pensé que me gustaría verle llorar.
—Mi ángel. —Susurré contra su cabello aún húmedo por su reciente ducha.
Lo que me recuerda que yo todavía estoy desnudo y cubierto de nuestro semen. Tengo que oler a rayos.
—Por el Ángel, ¡eres tan idiota! —Dijo cuando al fin se calmó.
Mi criatura se volteó hacia mí y me miró con una sonrisa enorme aun cubriendo su rostro. Mierda. Acabo de caer en la cuenta de que está escasamente cubierto con una pequeña toalla en la cintura que no cubre más de lo necesario.
—¿Quieres que nos duchemos juntos? —Preguntó cuando vio hacia dónde se dirigían mis pensamientos.
—Por Dios ¡sí!
Alexander me guiñó el ojo de forma pícara antes de dejar caer la toalla y dirigirse de nuevo hacia la ducha de la que acababa de salir. Quise decírselo en ese momento, pero ¿cómo iba a pensar yo en cualquier otra cosa cuando tenía a mi hermosa criatura en la ducha esperándome para que lo haga mío?
Sí, lo confieso: amo Bob Esponja. Es una serie tan endiabladamente estúpida que parece la vida real. Dios, ¡Si yo misma soy una extraña mezcla entre Calamardo y Gary! Lo cual es un poco traumante, para ser sinceros.
Mmmm… Eeeeeen fin, que sí, que ya me voy xD
Capi dedicado a ti, mi pequeño percebe, por demostrarme que no soy la única loca inmadura que se divierte viendo a una esponja y una estrella diciendo idioteces. El poder del humor idiota se extenderá hasta los confines del universo algún día *-*
