Pedir disculpas por el retraso en mi fic durante el mes de diciembre sería una tontería, ya que creo que cualquier persona que me haya leído durante un tiempo sabe perfectamente que solo me retraso a causa de mi salud. Sería raro disculparme por haber estado ingresada en el hospital (?)

Por lo que sí debo pedir perdón es por no haber actualizado desde que me dieron el alta. Después de un mes entero sin escribir nada no venía la inspiración a mi mente pese a tener planeado cómo seguiría la historia ¡mis dedos se negaban a moverse sobre el teclado! Como mucho podía escribir 100 palabras antes de borrarlas porque no me gustaban.
Fue muy frustrante, pero al no estar enganchada a la historia semanalmente creo que me resultaba imposible seguirla. Durante la primera semana pensé en volver a leer el fic de nuevo para así poder revivir la historia, pero luego pensé ¿acaso las personas que leen mi fic y que han pasado tanto tiempo sin leer un capi nuevo van a querer volver a leerse el fic completo para entenderlo? Obviamente no.
La respuesta me llegó en forma de mensaje cuando mi amado algodoncito dejó un maravilloso mensaje en mi correo personal. Fue el detonante para no poder parar de escribir. Yo con este capi (el capítulo individual más largo que he escrito) he conseguido volver a la normalidad, así que me gustaría saber si no soy la única y si merece la pena gastar las pocas horas libres que tengo (debo guardar reposo absoluto durante, por lo menos, otros dos meses) en continuarlo.

Por el Ángel, ¡qué tostón acabo de soltar! Si nadie lo lee entenderé perfectamente el motivo xDD

Que el Ángel os proteja, la Fuerza os acompañe y la suerte esté siempre de vuestra parte.

¡Os adoro!


—¿De qué le conoces? ¿Él y tú…? —Él me lanzó una mirada curiosa mientras entraba al recibidor y cerraba la puerta tras de sí con una fuerte patada de sus botas irritantemente fosforescentes. —Bueno, ya sabes…

Magnus dejó caer sus dos últimas maletas de forma teatral, fingiendo estar exhausto cuando yo sabía a la perfección que la fragilidad de su cuerpo es solo aparente y en realidad tiene mucha más fuerza que cualquier humano. Más de una vez me ha cargado sobre su hombro cuando yo me negaba a seguirle a algún sitio y me ha trasladado como si yo no pesase más que un pequeño gatito.

—¿Con Ragnor? ¡Oh, Infiernos, no! —Se carcajeó alegremente. —Solo es un viejo amigo.

Observé con detenimiento todo lo que me rodeaba. Esperaba algo más grande y glamuroso, quizás algo al estilo Magnus. Pero no. La casa de Ragnor era de tamaño medio y más bien escasa en detalles y decoración. Demasiado normal para lo que yo esperaba de un brujo. Aunque también es cierto que yo de brujos y demás seres mágicos solo sabía lo que había leído en los libros, donde no es que se hable mucho precisamente de su estilo y moda. Y encima, desde que sucedió todo aquello con el portal, Magnus no me deja acercarme a nada que él considere peligroso. Valga decir que todo le parece peligroso para mí.

—¿Como Tessa y Catarina? —¿Ellas podrán venir hasta aquí? Magnus asegura que el grupito de demonios sumamente controladores que nos vigilan constantemente ya no están tan interesados en mí y no tendrá que estar marchándose constantemente, pero no sé si acabar de creérmelo. Demasiado bueno para ser verdad.

—Sí, como ellas. —Lo miré con desconfianza mientras él caminaba de un lugar a otro abriendo las ventanas y dejando pasar aire puro. Me dirigió una mirada de reojo antes de que su sonrisa se ampliara. —Solo amigos, criatura. Te lo prometo: nada de sexo con ellos. Si vas a seguir poniéndote celoso cada vez que intente presentarte a alguien vas a volverte loco.

Si no me volví loco cuando un demonio que se alimenta teniendo sexo con los humanos me secuestró de mi casa y eliminó cualquier rastro mío de los recuerdos de mis seres queridos para así poder mantenerme junto a él no creo que vaya a volverme loco nunca. Al menos puedo vanagloriarme de mi buena salud mental, ya que parece que cada vez me encuentro más débil y me mareo con mayor frecuencia. Magnus dice que es por haber pasado demasiado tiempo encerrado en su dimensión demoníaca, y por eso le pidió a un amigo suyo que nos permitiese quedarnos en su casa hasta que encontremos una para nosotros. Y aquí estamos, en la casa del Gran Brujo de Londres (sea lo que sea que signifique eso).

Definitivamente a estas alturas debería de haberme vuelto completamente loco.

Ignoré los silbiditos y canturreos de mi extraño ¿amigo? ¿amante?, y me aventuré al piso de arriba por la ruinosa escalera. El segundo piso no era mucho más grande. Un pequeño pasillo daba a tres puertas: la que sería nuestra habitación por ahora, la de Ragnor y el estudio del brujo. Gracias al Ángel que Magnus me había dicho qué puerta era la nuestra, porque no quiero saber qué puede tener un brujo en su despacho. Me gusta investigar en la teoría, pero la práctica no es lo mío.

La habitación era tan normal como el resto de la casa, aunque, sabiendo que voy a compartirla con Magnus, no creo que dure demasiado así. Miré a mi alrededor fijándome en los aburridos pero prácticos muebles y dejé la mochila que guardaba mis escasas pertenencias sobre la cama. Una cama de matrimonio. Mierda ¿cómo no pensé en ello? Cuando Magnus tenga que alimentarse, ¿cómo lo haremos para que su amigo no se entere? De momento no va a estar en casa, pero cuándo vuelva… Joder, ni Magnus ni yo somos precisamente silenciosos en la cama.

—¿Pensando en cómo vamos a entrenar nuestro nuevo nidito de amor? —Debería haberme sobresaltado cuando me abrazó por la espalda susurrando a mi oído, pero lo hace tan seguidamente que ya es una costumbre.

—¿"Nidito de amor"? ¿En serio? —¿Podría existir una expresión más cursi a la par que vergonzosa?

—Completamente en serio. Y apropiado, dicho sea de paso. —Magnus se alejó de mí y miró con horror el edredón que cubría el colchón. —¡Qué horror! ¿Cómo puede alguien poner tal monstruosidad en su casa por propia voluntad? ¡Esto es una tortura digna de la Gestapo!

En su defensa tengo que aclarar que dicho juego de sábanas era realmente horrible. El estampado efectivamente parecía un nido; un nido hecho por algún pájaro borracho.

—¿No habías traído tú sábanas limpias?

—Sí, —Siguió quejándose mientras se apresuraba a sacar toda la ropa de cama. — pero eso no quita que en mis largos años debería haber podido encontrar a algún amigo con mejor gusto.

Me dediqué a ayudarle mientras me mordía la mejilla, intentando no reírme. Siempre que no me involucraran a mí, sus manías me resultaban bastante divertidas.

El sonido de una puerta al cerrarse con violencia nos sobresaltó a ambos. La misma sorpresa que debía estar reflejada en mi cara apareció en la suya. Al menos durante unos segundos, porque instantes después dejó lo que tenía entre manos y salió de la habitación a toda prisa. Todo el temor que me estaba carcomiendo por dentro desapareció en cuanto bajé de nuevo por las escaleras y lo vi charlando animadamente con el que debía de ser Ragnor Fell. Ahora comprendo las bromas que había estado haciendo los últimos días sobre el color verde.

El brujo es una persona curiosa. Piel de color verde, ojos asombrosamente oscuros y unos pequeños cuernos que sobresalen de su blanco cabello. Por fin entiendo a qué se debe la existencia de los glamour ¿cómo si no iba a pasar desapercibido alguien como él? No quiero ni pensar en la cantidad de seres extravagantes con los que me habré cruzado a lo largo de mi vida sin percatarme.

Cuando terminé de bajar los escalones la mirada de ambos se centró en mí. Magnus me miraba con la misma expresión despreocupada que tenía la mayoría de las veces, pero la mirada de Ragnor parecía estar escaneándome hasta el alma.

—¿Este es el Lightwood? —Preguntó finalmente. Su voz sonaba extrañamente sombría, poniéndome nervioso de nuevo al instante. Y además se estaba dirigiendo a Magnus en lugar de a mí. ¿Se cree que soy mudo? ¿O quizás me toma por imbécil?

—Alexander Lightwood. —Respondí yo antes de que Magnus pudiese hacerlo. —Un placer conocerle, señor Fell. Gracias por su hospitalidad.


Era un mundano curioso. Me miraba con desafío, pero sin atreverse a mostrarme lo que verdaderamente pensaba ¿Por Magnus? ¿Le tenía miedo? No. Lo suyo parecía algo más profundo, algo arraigado en su mente. A Magnus nunca le han atraído las personas inseguras. Dan demasiados problemas, en su opinión ¿Y ahora arriesga todo lo que conoce por un simple muchacho que no parece tener claro ni su color de piel?

—Me gustaría hablar a solas con Magnus, si no es molestia. —Dije dirigiéndome al ojiazul.

Alexander me lanzó una última mirada envenenada antes de volver a subir por las escaleras. El ruido de la puerta de invitados al cerrarse sin delicadeza alguna me indicó que ya estaba fuera del alcance de escucha.

—Le has enfadado. —Se quejó Magnus mientras se dejaba caer en el sofá, haciendo caer algunos de los papeles que había encima. Tampoco recuerdo muy bien de qué eran, así que no le di importancia. —Ahora me dejará sin sexo durante unos cuantos días.

—Creía que él era tu fuente de alimento personal y que estaba a tu disposición siempre que quisieras. —La esquina izquierda de su labio se alzó en una especie de mueca de disconformidad. —¿No acata todas tus órdenes?

La mueca se hizo mucho más pronunciada.

—Alexander no es mi perrito. —Con un simple giro de muñeca, la taza de café que estaba en mi mano apareció en la suya. La magia de los demonios es muy superior a la de los brujos, pero nunca he visto a Magnus hacer más que estúpidos trucos. —Yo no le doy órdenes.

Me pregunto si lo dice para tratar de convencerme a mí o porque trata de engañarse a sí mismo. Me parece bastante obvio que el mundano no tiene mucha libertad de movimientos precisamente. Su mirada parece perdida; como la de un pajarillo nacido en libertad al que han encerrado en una jaula simplemente porque a alguien le parecía algo sumamente hermoso que contemplar a su antojo.

—¿Por qué no me hablaste antes de él? No es que me interese de con quién te acuestas o te dejas de acostar, pero me parece que al menos podrías haberme comentado la locura que estabas haciendo. —Los Candidatos son importantes para los demonios de su tipo. Son escasos; muy escasos. Que Magnus les haya arrebatado a un futuro miembro debe de haber sido un duro golpe para su Consejo. Y por algún motivo también ha habido revuelo entre la Clave. Esto no me gusta. —Es solo un mundano.

—Él no es como los demás.

—He visto a muchas de las personas con las que te has acostado, Magnus. —Él apuró la taza de café y la dejó sobre la mesita antes de estirarse perezosamente. —Ni siquiera es de las personas más hermosas con las que-

—No lo compares con otros. Eso le hace daño.

—No es más que otro mundano trivial. Explícamelo, porque no lo entiendo. —Magnus fijó entonces sus ojos en mí. No estaba furioso, pero había algo peligroso en su mirada.

—Creí que no te importaban este tipo de cosas.

Un pequeño crujido casi imperceptible llegó a mis oídos. Vivo en esta casa desde que me otorgaron el puesto de Gran Brujo de Londres, hace más de cincuenta años. Conozco a la perfección cada mínimo detalle de su estructura.

—Y no me importan. Por lo menos mientras eso no haga que te borren del mapa. —Una risita irónica salió de sus labios. «Que lo intenten» parecía querer decir. —¿Acaso sientes algo por él? —Tanteé. —¿Lo amas?

Esta vez su carcajada fue enorme.

—¿Amar? Ragnor, en serio ¿Te estás escuchando? —Una exhalación. Ruido de pasos. —Sabes que los seres como yo no podemos tener ese tipo de sentimientos y-… Espera, ¿qué estás haciendo?

La no-mascota de Magnus bajó las escaleras a toda prisa mientras se ponía una chaqueta que parecía tan desgastada como el resto de sus prendas. Sigo sin encontrar ni un solo punto en común entre ambos.

—Voy a salir a dar una vuelta.

—¿Ahora? —Magnus parecía sorprendido, pero no tardó ni dos segundos en ponerse en pie y encaminarse hacia el perchero donde se encontraba su propio abrigo.

—Déjalo. —Prácticamente escupió Alexander antes de abrir la puerta de la entrada. —Después de salir al fin de tu prisión me apetece estar a solas un rato.

La puerta se cerró al mismo tiempo que la boca y los ojos de mi amigo se abrían con sorpresa.

Ahora puedo entender a medias el interés de Magnus. Es fuerte. Su hermosa fragilidad esconde un alma fuerte.

Interesante. Debería posponer mi viaje a Nueva York.


Normalmente las calles del centro de Londres, llenas de tráfico y ruido, no serían precisamente un lugar agradable para mí. Ahora mismo me resulta relajante. Después de tanto tiempo a solas, con Magnus, Tessa y Catarina como única compañía, ver la vida cotidiana de otras personas me resulta reconfortante.

No hice demasiado. No tenía nada de dinero y, obviamente, tampoco llevaba encima mis tarjetas de crédito o mi identificación. Supongo que se quedarían atrás el día que todo cambió.

Estuve prácticamente toda la tarde visitando librerías y diferentes tiendas de ropa. Supuse que Magnus querría llevarme a comprar cosas cuando nos hubiésemos instalado definitivamente, así que intenté adelantar algo de trabajo. Nunca me ha gustado malgastar el tiempo.

—Me ha costado un buen rato encontrarte. —Me hallaba en una enorme tienda de libros atestada de personas. Una de esas grandes multinacionales, supongo. —Supuse que estarías en algún sitio de estos, pero por alguna razón no podía concretar tu ubicación.

—Podrías haberme llamado al móvil.

Yo personalmente prefiero las pequeñas tiendas de barrio. Menos gente y una mejor atención al cliente. Los libros suelen estar menos manoseados y puedes hallar pequeñas joyas descatalogadas a buen precio.

—¿Móvil? Tú no tienes móvil. Cuando te llevé conmigo yo-

—Catarina. —Contesté con simpleza. —Quería mantener el contacto conmigo.

Finalmente me decidí a mirarle a la cara y me encontré con su ceño fruncido. Ni siquiera yo sé qué me pasa. No debería estar enfadado, ni triste, ni pensativo. Por fin he conseguido volver al mundo real y debería estar eufórico. ¿Por qué no puedo estar eufórico?

—¿Estás enfadado conmigo o con Ragnor? —Me dijo mientras todavía me miraba con esa cara malhumorada que solo ponía cuando pasaba algo realmente grave. Yo no puedo haber sido, así que al parecer el señor verde ha seguido con la preciosa conversación que estaban manteniendo antes. —Lo digo para saber si tengo que estar a la defensiva o puedo hablar normalmente contigo sin estar preocupado de que vayas a morderme.

Debo aprender a controlar mis impulsos. Y mis celos, que ni siquiera sé de dónde provienen. No debería sentir absolutamente nada por alguien como él. Amistad, tal vez. Eso es lo que debería considerarle: un amigo. Con el que tengo sexo diariamente y que me trata como si yo fuese alguien especial cuando en realidad lo único que soy para él es un menú de comida completa andante.

—No estoy enfadado con ninguno. Supongo que se me ha ido un poco la cabeza por el cúmulo de emociones.

Magnus tomó entre sus manos uno de los libros que yo había estado ojeando y lo miró con atención. Cuando su mirada volvió a clavarse en la mía sus ojos parecían mucho más suaves y tranquilos. Por el Ángel, sus ojos son los más hermosos que he visto en mi vida.

—Es una de las cosas que más me gustan de ti. —Dijo mientras tomaba mi mano. —Lo mucho que sientes las cosas. La intensidad de tus sentimientos es maravillosa. Antes de conocerte había estado a punto de olvidar cómo sentir. —¿Acaso hace unas horas no había dicho que él no podía sentir? ¿O es que simplemente a quien no puede amar es a mí? —Pero a veces me vuelve loco no saber cómo entenderte.

Espera, ¿de verdad lo que me provoca este sentimiento de dolor es que Magnus haya dicho que no siente nada por mí? Esto es… Definitivamente se me está yendo de las manos. Necesito aclarar todo esto. Necesito aclararme yo. ¿Acaso siento yo algo por él? Eso no puede ser. No quiero que sea así.

—Criatura, ¿tú…? —Comenzó con voz insegura.

¿Magnus inseguro? Justo lo que me faltaba ahora mismo para asustarme más de lo que estoy en este momento.

—¿Yo…? —Lo animé a continuar.

Él se quedó callado durante un largo rato mientras yo seguía rebuscando entre las múltiples estanterías, tratando de alejar los confusos pensamientos de mi cabeza.

—¿Te has enamorado alguna vez? —Preguntó finalmente. Inmediatamente desvió la vista y se puso a revisar los títulos de los libros que teníamos junto a nosotros, haciendo una pila con aquellos en los que yo me había interesado.

¿A qué viene esto? ¿Es por la conversación que ha tenido antes con Ragnor? Quizás él sabía que yo estaba allí y se siente culpable por ello. O puede que intuya lo que yo siento y quiera librarse de mí. No. No, espera. Yo no siento nada. Él solo es un amigo. ¿Cómo lo llamaba Izzy? "Amigos con derechos", creo. Suena horrible y vulgar. Aunque mejor que "follamigos", que es la palabra que usaría Jace.

—Sí, claro. Como todos, supongo. —Contesté fingiendo indiferencia.

Porque eso es lo que hace la gente normal. Enamorarse, salir con la persona que les gusta, ser pareja… La gente normal definitivamente no tiene sexo con demonios monopolizadores. Y mucho menos comienza a sentir cosas por ellos.

Necesito un café.

—¿Cuándo? ¿De quién? ¿Yo le conozco? ¿Todavía sientes algo por él? —Con cada pregunta se había ido poniendo más nervioso, hasta el punto de apretar fuertemente sus puños.

—¿Estás bien? —Pregunté suavemente, intentando serenarme a mí mismo. ¿Estoy a punto de tener un ataque de nervios en mitad de una librería de Londres?

Pude apreciar cómo sus pupilas se estrechaban incluso más, haciendo que los tonos dorados destacasen por encima del hermoso verde. Aproveché su aparente desconcierto para tomar una de sus manos, acariciando suavemente sus nudillos hasta conseguir que por fin se relajase. Trato de convencerme a mí mismo de que tomé su mano para tranquilizarle y no porque ansiara su contacto.

Café. Ahora.

—¿Qué ocurre? Podríamos ir a una cafetería para hablar tranquilamente. Parece que has venido algo nervioso. ¿Has discutido con Ragnor? ¿Quiere que nos vayamos de su casa? —Ahora mismo tampoco es que me apetezca demasiado seguir quedándome allí, así que sería un gran alivio.

—No ha ocurrido nada de eso. Es más: creo que deberíamos volver allí para no estar rodeados de humanos y poder hablar con tranquilidad.

—O podríamos ir de compras. —Lo que sea con tal de no enfrentarme de nuevo al brujo verde. Viéndolo en perspectiva me doy cuenta del enorme ridículo que he hecho antes al comportarme así con él. —Necesitamos más ropa de cama si no queremos tener que usar las cosas de tu amigo, ¿no? Eran horribles.

Magnus siguió mirándome con esa mirada tan extraña antes de que sus ojos volviesen a la normalidad y su rostro se iluminase con una sonrisa.

—Sí, por supuesto que sí. Y también necesitamos una vajilla nueva. Y cubertería. No quiero ni pensar en qué clase de cosas tendrá en su cocina. También necesitaremos ir a por comida para ti y-

Su interminable lista de compras fue seguida por un igualmente extenso discurso que hablaba sobre la irresponsabilidad, la falta de higiene y el mal gusto de Ragnor. Magnus me comentó que Ragnor, Tessa y Catarina son sus únicos amigos. No soporta que Catarina se meta en su vida, se burla constantemente de Tessa sobre lo ocurrido con Jem y no le he escuchado decir ni una sola palabra agradable sobre Ragnor. Si así es como habla de sus amigos prefiero no imaginar qué es lo que habla sobre mí a mis espaldas, y más teniendo en cuenta que ni siquiera sé qué soy para él. "Mascota" es el término que encuentro más adecuado, pero él se enfada cada vez que lo insinúo.

Café. ¿Dónde está mi café?

Magnus insistió en comprar los libros que había estado apilando, aquellos en los que yo me había sentido interesado aunque fuera brevemente. Cuando salimos a la calle Magnus tomó mi mano como si fuese un gesto natural. Y de algún modo también se sentía natural para mí. El frío me calaba los huesos, pero la sensación de sentir el aire sobre mi piel era indescriptible. Era libertad.

..

Las tiendas de decoración y los grandes almacenes se sucedieron uno tras otro hasta que finalmente llegamos de nuevo a nuestra residencia temporal, atestados de bolsas y más bolsas de cosas que yo no estaba muy seguro de necesitar. Tampoco tengo muy claro de dónde saca Magnus el dinero.

Cuando entramos de nuevo a la sala de estar, Ragnor estaba tumbado sobre el sofá con los ojos adormilados clavados en la pantalla de televisión. La expresión aburrida que mostraba en ese momento parecía tan natural en su rostro que empezaba a sospechar que no podía reflejar otra cosa.

—Sube a nuestro dormitorio, criatura. —Me dijo mientras él se dirigía hacia la cocina con las bolsas de comida. —No tardaré.

Decidí hacer caso sin rechistar. Lo que fuese con tal de alejarme de una posible conversación incómoda con Ragnor.

Durante el tiempo que había pasado fuera Magnus se había dedicado a ordenar nuestras pertenencias dentro del armario. También había colocado algunas cosas de decoración dolorosamente coloridas y una gran televisión con un potente equipo de sonido que hubiese hecho babear a mi hermano.

Supuestamente nuestra estancia aquí debería ser temporal. Magnus me ha asegurado que nuestros planes de salir a buscar una casa propia mañana no han cambiado, pero el hecho de que su amigo esté en la casa ya ha trastocado bastante todo. Ragnor debía estar durante toda la semana en Nueva York por negocios, pero al parecer han habido problemas y adelantó su regreso. No creo estar preparado para convivir demasiado tiempo con alguien del pasado de Magnus que me hace sentir tan incómodo y confuso. Mañana me aseguraré de encontrar la mejor casa posible para salir de aquí de inmediato.

—¿Te puedes creer que no tiene sales de baño? —Magnus entró en la habitación con aire indignado, como si el hecho de que un hombre adulto no tuviese sales de baño en su casa fuese el problema más grave del planeta. —Mañana tendremos que ir a comprar al supermercado. Es increíble cómo alguien puede ser tan condenadamente despistado.

¿Al supermercado?

—Pero mañana iremos a mirar casas, ¿verdad?

Su mirada se suavizó cuando me miró. Una sonrisa dulce se instauró en sus labios mientras se acercaba hacia mí y me acurrucaba entre sus cálidos brazos. Me gusta cuando me abraza sin motivo aparente, simplemente porque desea hacerlo. Es como sentirme querido de nuevo. Es una hermosa ilusión.

—Sé que te sientes incómodo conviviendo con Ragnor, pero te prometo que no durará mucho. —Su mano acarició sutilmente mi nuca; un movimiento que yo había aprendido a identificar. Alcé mi rostro y nuestros labios se rozaron perezosamente. —En realidad no tendría que durar nada. El muy idiota tendría que largarse de aquí y dejarnos la casa a nosotros.

—Es su casa, ¿recuerdas? —Su hermosa cara formó un tierno puchero. Como un niño al le han prohibido comer más dulces. —Nosotros somos los invitados y, por ende, los que deberíamos marcharnos para no molestar.

Estoy prácticamente seguro de que él iba a soltar algún improperio sobre nuestro anfitrión, pero su boca se cerró antes de soltar una sola palabra. En su lugar, Magnus se separó de mí y me indicó por gestos que me quedase en la habitación antes de salir por la puerta. Lamentablemente yo ya sabía qué iba a hacer. A veces me pregunto si su falta del sentido de la vergüenza le viene desde que es un demonio o si también era así cuando todavía era humano.

—Ya le he dicho que se largue durante lo que queda de tarde. —Exclamó cuando volvió a entrar. —¡Tenemos la casa para nosotros solos durante unas horas!

Vale, debe de ser así de desvergonzado desde que nació. Esto tiene que ser un defecto de fábrica.

..

Normalmente era yo el que me dormía después del sexo. Mantener relaciones con Magnus era placentero, pero también agotador. Había algunos días en los que literalmente sentía como si mi alma estuviese abandonando mi cuerpo. Sobre todo aquellas veces en las que él se sentía particularmente motivado y no me dejaba ir hasta que yo prácticamente acababa desmayado. Hoy, sin embargo, Magnus había caído rendido a los pocos segundos de terminar.

A veces hablaba entre sueños, diciendo palabras en una lengua incomprensible para mí. Otras veces no cesaba de repetir mi nombre. Luego estaban las ocasiones como ahora, en las que se removía entre sueños, gimiendo. Esas veces él se despertaba sobresaltado y sudoroso. En días como este no solía dejar que yo me alejase de la cama.


Tengo hambre.

Los días como estos son los más horribles para mí.

Odio esto, La simple idea de tener que tocarle por un motivo tan sucio me asquea por completo.

Tengo hambre.

Sé que necesito despertar de una vez para poder alimentarme y saciar mi cuerpo, pero el placer es tan inmenso que no quiero abrir los ojos y perder la oportunidad de seguir con este perfecto sueño.

Mi necesidad de alimentarme está disminuyendo.

Sus gemidos cada vez son más vívidos y sonoros.

Esto es…


Incluso antes de abrir los ojos soy capaz de percibir que ya no está dormido. En realidad no esperaba que esto llegase tan lejos. Últimamente no soy capaz de reconocerme.

—Y pensar que había imbéciles que me decían que tú nunca podrías adaptarte a esto. ¿A qué debo semejante regalo? —Sus ojos finalmente se abrieron. Esos iris que tanto me fascinaban mostraban un brillo inhumano que lo hacían ver excitantemente peligroso.

Estaba tratando por todos los medios de ser yo quien llevase el control de esto, pero cuando noté cómo sus cálidas manos comenzaban a acariciar mis muslos mis caderas se sacudieron sin que pudiese evitarlo. Mi cuerpo enteró tembló de placer cuando el movimiento provocó un nuevo roce en mi próstata.

—Quería d-darte los buenos días. —Pequeños jadeos salían de mi boca pese a que trataba de aparentar normalidad. Aunque la idea era estúpida ¿Cómo no gemir cuando me sentía tan deliciosamente lleno?

—Creo que podría acostumbrarme perfectamente a despertarme así. —Sus manos ascendieron hasta mis caderas, sujetándolas con firmeza y alzándome hacia arriba, provocando un quejido lastimero cuando su erección abandonó mi interior.

—¡No! —Intenté detenerle. Fue en vano.

Sus fuertes brazos me hicieron descender de nuevo con dureza. Lancé un grito de dolor cuando aquel enorme trozo de carne volvió a profanar mi interior escasamente dilatado. Magnus en cambio parecía incapaz de respirar con normalidad mientras notaba su cuerpo temblar bajo el mío.

—Te dije que no lo hicieras. —Solté con un quejido. Él ignoró mi comentario y volvió a alzarme, esta vez más lentamente. Centímetro a centímetro pude ir notando cómo de nuevo el placer me era arrebatado. —No lo hagas. No- —Otro descenso fuerte, brusco. Mi interior ardía mientras una oleada de placer recorría cada célula de mi cuerpo. —Oh, Ángel.

—Creía que no querías que lo hiciera. —Se burló. Incluso a través del placer que nublaba mi mente fui capaz de distinguir que su tranquilidad solo era aparente. Es ahora o nunca. Sé lo que provocará en él.

—Quería hacerlo yo. —Dije, haciendo que se detuviese justo cuando él parecía querer volver a alzarme sobre su miembro. Noté su depredadora mirada sobre mí y supe con certeza que ya lo tenía justo donde quería. No tuve que fingir mi siguiente movimiento. Mis caderas se sacudieron gustosamente, provocando que él se moviese en mi interior sin llegar a abandonarlo. —Quería ser yo quien te diese placer.

—Joder, criatura. —Volví a mover mi cuerpo como a él le gustaba y me aseguré de que mis pequeños gemidos fueran perfectamente audibles para él. Esta vez sí obtuve el resultado deseado: su sonoro grito llegó como música para mis oídos. —Hazlo. Muévete más, mi pequeño.

A mi mente le hubiese gustado llegar más lejos y hacerle suplicar por mí, pero mi cuerpo estaba en su límite y lo necesitaba con tanta intensidad como yo sabía que él me necesitaba a mí.

..

—Me encanta cuando tomas la iniciativa. —Sus manos seguían firmemente sujetas a mis caderas, impidiendo que yo pudiese siquiera cambiar de posición. —Realmente me encanta.

Si mi rostro no hubiese estado ya al rojo vivo, estoy seguro de que me hubiese sonrojado al ver la manera en la que me miraba. Sus manos comenzaron a descender lentamente, acariciando la piel a su paso y haciendo que deliciosos escalofríos recorriesen mi cuerpo.

—A mí me gusta cuando me tocas. —Su pícara sonrisa se volvió hambrienta.

—¿En serio? ¿Y qué más te gusta?

Un ruidoso gemido escapó de mis labios cuando sentí cómo volvía a endurecerse estando todavía en mi interior. Oh, joder ¿Es esto normal? No sé por qué, pero mi intuición me dice que un humano normal no podría tener tantas erecciones seguidas y seguir tan tranquilo. Quizá yo me excito por alguna especie de efecto secundario de estar expuesto a él, o porque es cierto lo que él dice y me estoy volviendo un adicto a esto. Genial. Jace estaría orgulloso de mí.

—Dime qué te gusta, criatura. —Sus caderas comenzaron a balancearse perezosamente, apenas rozándose en mi interior. Sentí cómo todo mi cuerpo cedía a él, a sus deseos. No. Yo también quiero esto. —Dímelo y te lo daré.

—Quiero- —Comencé.

—Quiero que bajéis el volumen de una vez, a ser posible. —Dijo una voz sombría a mi espalda. —Estoy tratando de hablar con Raphael por teléfono y vuestras actividades para nada silenciosas me impiden concentrarme.

Mi mente no era capaz de procesar lo que estaba pasando; no entendía qué estaba diciendo el ser que se hallaba a mis espaldas. Notaba que mis ojos estaban abiertos, pero era incapaz de ver nada. Todo estaba en negro.

Puede que yo fuese incapaz de reaccionar, pero Magnus no tardó en recomponerse de la sorpresa. Lo primero que hizo fue cubrir mi cuerpo con una sábana, tapando mi desnudez. Algo en mi cerebro no estaba conforme con que él siguiese desnudo, pero en ese momento no acababa de comprender el porqué.

Supongo que en algún punto de mis dos minutos de semiinconsciencia Ragnor se había esfumado, ya que no estaba allí cuando mi cerebro volvió a hacer clic.

—Criatura, mírame. —Al fin Magnus, que había estado dando vueltas por la habitación como una peonza enloquecida, se detuvo y tomó asiento junto a mí. —Por favor, dime que no ha vuelto a darte uno de esos ataques raros de los que Catarina me dice que vigile.

"Ataques raros". Buena descripción. Si alguna vez alguien me pregunta sobre esta etapa de mi vida podré decir que todo fue cosa de un "ataque raro". O puede que en realidad yo esté chiflado y encerrado en un manicomio. Esto podrían ser las fantasías de una mente perturbada. Sí… Debe de ser eso. Ahora todo cobra sentido.

—Estoy soñando. —Murmuro mientras él cogía su teléfono móvil y miraba la pantalla.

—Vale, te ha dado otro ataque de esos. Espérame mientras voy a llamar a Catarina, ¿de acuerdo? ¡Joder! —Exclamó mientras miraba de nuevo la pantalla. —¡Esta porquería no tiene batería!

Su mirada se suavizó cuando me dirigió una última mirada antes de salir por la puerta.

Tardé menos tiempo de lo que esperaba en asimilar todo. En el fondo era muy sencillo: un brujo verde con poderes mágicos ha entrado en la habitación cuando el demonio por el que creo que me estoy enamorando y yo estábamos empezando a tener sexo. ¡No pasa nada! El sexo es algo completamente natural. Y el cuerpo humano desnudo también lo es, así que ¿de qué preocuparse? A lo mejor Ragnor también se nos une un día de estos. Eso también es natural, ¿no? Vale, creo que sí necesito hablar con Catarina. O salir a desfogarme. Hace demasiado que no practico ningún deporte. Podría ir a correr un rato. De ese modo podría ir conociendo Londres a mi ritmo.

Me visto con las primeras prendas que logro alcanzar de las bolsas que compramos esta tarde y salgo al pasillo. Mi atontamiento debe de haber sido más profundo de lo que pensaba, porque no es normal que no haya escuchado esa especie de discusión que están teniendo mis dos compañeros de piso. No es como si estuviese gritando, sino que están hablando de forma muy rara: Ragnor en un tono terriblemente aburrido que, unido a su sombría voz, está entre lo espeluznante y lo desagradable; mientras que cuando me acerqué más pude comprobar cómo Magnus se dedicaba a soltar palabras sueltas mientras lanzaba su mirada asesina contra el brujo. Pequeños reflejos de llamaradas azules salían de sus manos. Preocupante.

No quería interrumpir sus "interesantes" intercambios de opiniones (y mucho menos enfrentarme cara a cara a Ragnor después de que me viese de esa forma), por lo que opté por dirigirme al sofá para pasar el tiempo Ni siquiera había alcanzado el mueble cuando escuché un gran estruendo a mis espaldas. Me giré de inmediato, temiendo que algo malo le hubiese pasado a Magnus.

—Problema resuelto. —Me comunicó de lo más feliz mientras se dirigía hacia mí. Los dedos de su mano izquierda se movían en el aire trazando movimientos a mi parecer aleatorios, pero que estaban volviendo a unir los pedazos de la ventana por la que yo sospechaba que había salido despedido cierto brujo. —Ya podremos estar tranquilos. Oficialmente Ragnor viajará a Nueva York una semana más.

Estuve a punto de sentir lástima por él, pero recordé la comprometedora escena en la que me había pillado y se me pasó. Y, ¿qué demonios? Él había hecho que no pudiese tener lo que seguramente sería una sesión de sobras placentera de sexo con mi demonio.

Por mí como si Magnus le ha mandado a Australia.

..

—¿Recuerdas la conversación de antes?

—¿Esa en la que hablabas sobre cómo llamaste "Ragnor" a un mono que tuviste? —Él puso los ojos en blanco. Sus suaves dedos siguieron trazando patrones sobre mi espalda, provocando que poco a poco me derritiera en sus brazos. —¿O la de Perú? Magnus, no creo estar lo suficientemente recompuesto como para volver a hablar de lo que sucedió en Perú.

Él soltó una carcajada al tiempo que pasaba el brazo sobre mis hombros y me atraía más hacia sí, dejándome descansar sobre su pecho.

—No me refería a eso, sino a cuando te hablé sobre el amor.

—Ah, ya. Eso. —Su rostro ahora parecía relajado, y no tenso como cuando habíamos estado en la librería. Supongo que era cierto lo que me dijo una vez de que no le gustaban ese tipo de tiendas. —Parecías Isabelle cuando me preguntaba sobre alguna cita.

Vi algo extraño en su mirada, pero se fue tan rápido que no pude acabar de identificarlo.

—¿Saliste con esa persona? ¿Con el humano al que amabas? —Siempre me resulta gracioso cuando habla de los "humanos" como si yo no fuese parte de ellos. O espera, ¿yo sigo siendo humano? Antes era un Candidato, ¿qué se supone que soy ahora? —¿O solo fue algo platónico?

—No sé a qué viene sacar el tema de esto ahora. —Claramente estaba tratando de evitar hablar sobre ello, pero a Magnus pareció animarle más que yo pareciera incómodo.

—Así que fue un amor platónico y totalmente inocente. Qué tierno. —Tenía una cara de satisfacción tan enorme que me hizo poner furioso. Idiota… —¿Fue en prescolar? ¿O en la escuela primaria? ¿O quizás-?

—Fue en el último año de instituto, y él no era ningún crío idiota. —«Al contrario que tú» quise añadir, pero me contuve al recordar que él era un demonio que hacía escasos minutos había hecho saltar a su mejor y único amigo por la ventana.

Magnus se quedó callado, mirándome fijamente. Esperé pacientemente para que me siguiese interrogando o burlándose de mí, pero ninguna de las dos cosas acabó ocurriendo. En su lugar él atrajo mi rostro hacia el suyo y besó suavemente mis labios. Dulce. Todavía sabe a los arándanos de su brillo de labios.

—¿Quieres saber algo más o preparo alguna cosa para cenar? —Le pregunté cuando nos separamos. Magnus comenzó a acariciar mi rostro con una mano mientras con la otra me mantenía fuertemente sujeto. Respuesta captada. —¿Hay algo más que quieras saber?

—¿Le conozco?

—No, no. Él era… —Noté cómo mi rostro se sonrojaba, pero intenté con todas mis fuerzas continuar sin que me temblase la voz. — …Un profesor del instituto donde estudiaba.

Tres. Dos. Uno.

Su carcajada resonó por una casa por lo demás vacía. Capullo.

—No tiene ninguna gracia, pedazo de idiota. —Su risa se hizo más fuerte, aunque yo sabía perfectamente cómo pararla. —Cada vez te pareces más a Jace.

Su risa se paró en seco. No tenía ni idea de cómo, pero en las pocas horas que habían compartido juntos mi hermano se había clavado profundamente en el alma de Magnus, y no precisamente de un buen modo. Jace es único para estas cosas.

—Es una historia ridícula y lo sabes, criatura. Es muy típico para los adolescentes enamorarse de un profesor maduro e inteligente con el que pasan gran parte del día. Lo he visto en muchas ocasiones, ¿sabes?

—Él no era un "hombre maduro". Acababa de graduarse en la universidad. Y sí: — Añadí cuando él estaba a punto de burlarse de nuevo. — salimos juntos. O algo parecido. —Magnus seguía mirándome con esa sonrisa idiota en los labios, lo que no hacía más que enfurecerme. Era un tema que ya había superado hace años, pero no me gusta que alguien como él se meta con algo tan personal de mi vida. De la vida que él mismo me arrebató. —Era joven, y muy guapo. Y era muy inteligente, pese a que no solía hacer gala de ello.

—Eso ya me había quedado bastante claro. Era un profesor que se lió con un alumno, obviamente no usaba demasiado la cabeza. Eso es grotesco. —Claro, porque un demonio que secuestra a un humano y se dedica a mantenerlo prisionero para jugar a la parejita feliz es muy lógico. Todo muy normal. —¿Por qué acabasteis? Es obvio que no llegasteis demasiado lejos, ya que nunca os acostasteis juntos ¿Pillaron al asaltacunas y lo metieron en la cárcel?

—Algo así.

Tras varios intentos al fin logré zafarme de su agarre y me puse en pie. La cocina de Ragnor era pequeña y los armaritos y despensa estaban llenos de tarros cuyos contenidos yo prefería no averiguar. Al menos antes de que se marchase involuntariamente tuvo la cortesía de indicarle a Magnus un hueco desocupado que yo podría usar. La nevera estaba completamente vacía, así que en eso no habría problema.

Magnus siguió mirándome con su cara carente de emociones hasta que terminé de guardar todos los alimentos que habíamos comprado. Sus pies, que él estaba balanceado como un crío aburrido en mitad de clase, chocaban constantemente contra la madera de la encimera en la que estaba encaramado. El ruidito me resultaba realmente familiar.

—Alguien os descubrió y amenazó con denunciar a ese hombre si seguíais juntos. —Claro, de eso me sonaba. Mi hermana es terriblemente mala en la cocina, pero le gustaba sentarse de ese mismo modo mientras yo cocinaba para contarme qué había hecho durante el día. —Él se marchó sin siquiera despedirse y no volitéis a contactar.

Terminé de lavarme las manos y alargué el brazo para alcanzar un trapo con el que secarme. Desgraciadamente dicho trapo parecía lleno de manchas de un color verde fosforescente absolutamente sospechosas. Decidí usar mi propia sudadera como toalla. Por seguridad.

—¿A qué viene sacar este tema? Pasó hace mucho tiempo.

—Tú estabas enamorado de ese humano. Es importante para mí.

—Tú mismo lo has dicho: estaba —Recalqué la palabra con énfasis y haciendo gestos con las manos. — enamorado.

—¿Te resulta doloroso hablar del tema? —Y ahí estaba otra vez. Cuando yo pensaba que al fin comenzaba a tratarme como a su igual, él empezaba a tratarme de nuevo como a una frágil muñequita de porcelana.

—No me resulta doloroso, sino aburrido. ¿Puedes decirme a qué viene este repentino interés sobre mi vida? —Magnus bajó de un ágil salto y se acercó a mí. No pude ver claramente sus intenciones hasta que me tuvo arrinconado contra la nevera. —Si hay algo concreto que quieras saber sobre mí puedes preguntármelo. Sabes que no te oculto nada.

—Tú ocultas muchas cosas, criatura. Lo fascinante es —Su rostro se acercó hasta quedar a escasos centímetros del mío. Sus manos seguían firmemente apoyadas a cada lado de mi cabeza, pero su mirada parecía estar acariciándome. —que parece que ni tú mismo te percatas de ellas.

Me quedé callado mientras él seguía exactamente en la misma posición, poniéndome nervioso. Parecía estar esperando algo ¿que le dijese aquello que él creía que yo escondo? Pues lo siento, pero soy bastante simple y transparente. Hasta mis vecinos se conocían mi vida con todo detalle. Pensándolo bien es bastante triste. Alguien me dijo alguna vez que guardar secretos para un mismo hacía más interesante a dicha persona. Quizá debería probar a hacerlo. Tal vez así Magnus no se canse tan pronto de mí.

—Fue un idiota. —Dijo entonces, sacándome de mi hilo de pensamientos. —Tu profesor. —Añadió cuando se dio cuenta de que yo no estaba muy centrado en sus palabras. —Yo nunca hubiese permitido que me alejasen de ti.

—Eso es muy cursi. No sabía que los demonios podían ser cursis. —Aunque el lleno de brillos y colores fluorescente Magnus tampoco es precisamente lo que yo tenía en mente cuando de pequeño me asustaban con seres infernales. —¿Has pensado en acompañar tus palabras con un ramo de flores?

—Creía que eras alérgico ¿Pretendes hincharte como un globo para alejarte de mí? ¿O es que quieres ver a Catarina? Espera, ¿es eso? ¿Quieres verla a ella? —Esta vez fue mi turno de soltar una risita. ¿Cómo se puede llegar a semejante conclusión simplemente por unas palabras tan simples? —Criatura, ¿tú deseas estar aquí?

La pregunta me pilló por sorpresa y me dejó la misma sensación de malestar que cuando Ragnor nos había visto en la cama. Esto no está bien. Él está demasiado serio como para que se trate de un simple "¿preferirías que nos fuésemos a otro país?". Quiere echarme. Ahora. Creí que al menos tendría más tiempo para tener algún plan de reserva y saber qué hacer cuando él se fuese. No tengo nada.

—¿Q-qué? Yo… —Por mi boca comenzaron a salir balbuceos que ni yo mismo comprendía. Magnus me seguía mirando con el rostro serio, lo que hacía que me pusiese todavía más nervioso. —¿M-me estás echando?

—¿Echarte? —Su mirada se suavizó. Casi me había olvidado por completo de la posición en la que estábamos. Por lo menos hasta que mi vista comenzó a intentar evitar su mirada y mis ojos se clavaron en sus labios. Un pequeño ruidito similar a un gemido se me escapó cuando recordé qué parte de mi anatomía habían estado apresando esos labios hacía escasamente una hora. —Alec, no me mires así. Deja de intentar desviar la conversación.

—¿Desviar la conversación? —Repetí. ¿A qué se refiere?

—Estás tratando de seducirme, pero eso ahora no te va a servir. —¿Seducirle? ¿Yo? ¡Pero si es él el que me está mirando como si quisiese comerme! —Respóndeme. —Ordenó con aquel tono de voz; con aquel tono que me impide negarle nada. —¿Quieres alejarte de mí?

—No.

—Sé sincero, Alec. Te juro que no te haré nada. —¿Me ha llamado por mi nombre dos veces en menos de un minuto? Algo no va bien.

—Hey, —Dije tratando de aparentar una entereza que estaba lejos de sentir en esos momentos. —¿qué te ocurre? ¿Por qué no paras de hacerme preguntas extrañas? Sé que algo no va bien. Dime ya lo que sea, pero no me tengas así. Prometiste no volver a ocultarme nada, ¿recuerdas?

—Sí. Eso te dije.

Yo no era el único que se hallaba perdido. Magnus dejó que el peso de su cuerpo se recargase sobre mí, su cabeza apoyada en mi hombro. Parecía como si de repente se hubiese quedado sin fuerzas, convirtiéndose en un enorme muñeco de trapo. Nunca supuse que los demonios también pueden sentirse débiles. Creo que la mayoría de mis suposiciones son basadas en leyendas y cuentos. No puedo creer que en todo este tiempo que he estado con él me haya resultado más interesante aprender sobre otras razas y no sobre la suya.

—Cuéntame.

Durante unos minutos se mantuvo en silencio, sin moverse. Su cálido aliento traspasaba mi delgado suéter y acariciaba mi piel, haciéndome sentir vivo, importante. Puede que por primera vez sintiese que Magnus y yo realmente compartíamos algo. Algo real.

—Antes, cuando te has marchado, he estado hablando con Ragnor. Hemos estado hablando de ti. De nosotros. —Besé con ternura la parte superior de su cabeza, queriendo transmitirle mi apoyo sin necesidad de interrumpirle. Él prosiguió sin descanso. —Tú eras humano, criatura. Yo te saqué de tu casa a la fuerza y te obligué a permanecer conmigo. Te mantuve prisionero durante un mes porque me negaba a que te alejases de mí. Y luego te forcé, criatura; te forcé a aceptar el Contrato y a tener sexo conmigo. ¿Crees que no lo veía? Sabía perfectamente que durante meses hiciste todo lo que yo quería por miedo a que os hiciese algo malo a ti o a tu familia. ¿Me equivoco en algo?

Imágenes de aquellos días llegaron a mi mente, recuerdos del miedo y el dolor. No sé cuándo dejé de sentir aquello. Nunca entenderé cómo pasé del temor al… ¿qué es ahora? No puede ser amor. Simplemente es una buena amistad, como con Will y Jem. Solo eso.

—No, no te has equivocado en nada.

Un suspiro. Un fuerte abrazo.

—Hace tiempo que creo que ya no es así, pero después de hablar con Ragnor tengo miedo de equivocarme. ¿Simplemente ahora sabes mentir? ¿Sabes ocultarme las cosas? —Al fin la vida pareció volver a circular por su cuerpo. Volvió a erguirse y a sujetarse con sus propios pies, pero todavía dejando que su cuerpo siguiese haciendo presión contra el mío, manteniéndome atrapado entre la pared y él. —Sé que disfrutas del sexo, pero eso no significa nada. Los íncubos somos así; disfrutarás del mínimo roce que yo te haga si es lo que yo deseo.

»Ahora dime, criatura, y piénsalo detenidamente: A parte del sexo, dejando de lado que ya no te queda nadie más ni tienes un lugar donde regresar: ¿quieres seguir junto a mí?

Seguir junto a él. Hace unos minutos temía que me dijese que me marchase porque se había aburrido de mí, pero esto es incluso peor. ¿De verdad pretende que sepa así por las buenas lo que deseo? Ya no tengo a nadie, lo sé, pero eso no significa que no pueda empezar de nuevo. Puedo volver a trabajar en cualquier cosa. Ahorraría el dinero necesario para empezar de nuevo. Tengo a Tessa y a Catarina, también. Puedo hacerlo, ahora lo sé. Puedo marcharme y volver al mundo real.

—Sí. —Su cuerpo se presionó más fuerte contra el mío, robándome la respiración. ¿Acaso pretendía nublar mi juicio distrayéndome? No. Él tiene razón. Puede que no sepamos todo el uno del otro, pero sí que nos conocemos. Magnus no quiere interferir en mi decisión. Él no está tratando de excitarme, es mi cuerpo el que responde a él. —Sí.

—¿"Sí" qué? Alec, por favor, no-

—Quiero quedarme contigo. —Debería haberme dado cuenta hace mucho de lo que realmente siento. Isabelle tiene razón cuando dice que soy completamente inepto en estos temas. «Él no puede sentir lo mismo» me repite una vocecita en mi cabeza una y otra vez. No importa. No me importa. Sé que le importo lo suficiente como para querer estar conmigo; con eso me basta. —No quiero ir a ningún lado sin ti.

Creí morir de pura dicha cuando sus labios buscaron los míos. Era dulce y sincero. No debería ser posible que un ser que nunca podrá amarme me haga sentir tan querido.

—Repítelo. —Pidió.

Sus labios bajaron hasta mi cuello dejando un reglero de pequeños besos. Curiosamente no había nada sexual implícito en sus caricias. Sus dedos desabrocharon mi camisa sin prisa alguna, acariciando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto.

—Quiero quedarme contigo. —Otra sonrisa. Otro beso. Lo amo. Por el Ángel, lo amo. —Magnus, te quiero.

Sus movimientos se detuvieron en seco. La calidez de su cuerpo se alejó de mí, trayendo un frío repentino que heló mi cuerpo. Cuando Magnus había estado apresándome creí que me faltaba el aire, ahora simplemente es como si hubiese perdido la capacidad de respirar. La noche había caído sobre el ya de por sí oscuro cielo de Londres, y la tenue luz que llegaba desde el salón no ayudaba mucho a saber con qué tipo de expresión me estaba mirando. Pero me miraba. Notaba sus ojos quemándome. La gente tenía razón cuando me decía que tenía que aprender a cerrar la boca.

—Lo siento mucho. —Dije a toda prisa. Quería que dejase de mirarme. No me importaba que me gritase o que incluso se riese de mí, pero esto era insoportable. —No era mi intención decírtelo. No volverá a ocurrir, te lo prometo. —Nada. Mierda. Ni tan siquiera Jace, alérgico a la palabra "amor" hasta que conoció a Clary, había reaccionado quedándose petrificado. —Lo siento. Yo-

—No lo sientas. —Gruñó.

Su voz sonaba profunda, oscura. No era mi Magnus.

—¿Qué te-?

Su boca se estrelló contra la mía con fuerza, provocando que mi cabeza golpease con fuerza la superficie que tenía detrás. Sus manos ahora parecían ansiosas; como si el simple hecho de no estar tocándome fuese doloroso para él.

La situación se puso demasiado caliente demasiado deprisa.

—Lubricante. —Gemí contra su oído mientras él parecía empeñado en dejar en carne viva mis pezones de tanto chuparlos y tironear de ellos con sus dientes. —Tenemos que subir arriba,

—Tú no vas a irte a ninguna parte. —Me gruñó. Sentí cómo me endurecía más ante aquello, volviendo increíblemente incómodos mis vaqueros. —No vas a moverte de esta cocina hasta que yo lo diga, ¿está claro?

Como respuesta mis brazos se aferraron a su cintura y busqué su boca con desesperación. Él fue quien vino a mi encuentro, tomándome de la nuca y cumpliendo con perfección mi deseo de saborearle.

Magnus caminó hacia atrás, tirando de mí en el proceso. Finalmente él topó con una de las desparejas sillas y me soltó antes de dejarse caer sentado sobre ella. Tuve que desviar la vista cuando me percaté de que sus pantalones y su ropa interior (si es que hoy se había puesto, cosa que dudaba) habían desaparecido por arte de magia. La lujuria se expandió por mi cuerpo sin poder remediarlo cuando me imaginé a mí mismo de rodillas, entremedio de esas piernas abiertas, chupando y lamiendo aquel caliente y duro trozo de carne.

Magnus pareció adivinar rápidamente lo que se me pasaba por la cabeza mientras le miraba. Aunque supongo que la forma en la que estoy mirando su erección mientras trato de contener los pequeños jadeos que pugnan por salir de mi boca es bastante esclarecedora.

—Hoy no, criatura. No pienso correrme en ningún sitio que no sea tu estrecho interior.

Aquello era incluso mejor. Gemí sin poder evitarlo al imaginar la nueva escena. Sus fuerte manos tomándome de la cintura, forzándome a ponerme en cuatro para luego colocarse tras de mí y… Oh, por el Ángel.

—Con esa carita que estás poniendo parece que me estés provocando para que viole sin cesar tu agujerito. —Emití un bufido de protesta, pero tanto él como yo sabíamos que eso era exactamente lo que yo deseaba. Y él también, a juzgar por el aspecto necesitado de atención que mostraba cierta parte de su anatomía. —¿Te gusta? —Volvió a burlarse de mi indiscreta mirada. Su mano derecha se dirigió hacia su pene, comenzando a tocarlo perezosamente, —¿Quieres sentirlo dentro de ti?

Mi boca se había quedado completamente seca mientras observaba cómo comenzaba a masturbarse sin pudor ni recato alguno, por lo que simplemente asentí con docilidad. Su sonrisa se volvió depredadora de nuevo al tiempo que sus ojos volvían a mostrar aquel brillo de peligro que hizo estremecer cada partícula de mi cuerpo. Incluidas mis malditas hormonas, que al parecer habían decidido permanecer ocultas durante mi adolescencia para surgir ahora, deseosas de convertirme en un desastre necesitado de sexo. No… Necesitado de Magnus.

Sus manos no tardaron demasiado en volver a engancharse en la cinturilla de mis pantalones y atraerme hacia él. Magnus trató de tirar de mí para que acabase sentado sobre él, pero yo lo detuve como buenamente pude, enojándolo. Su cara pasó del enfado a la satisfacción en milésimas de segundo cuando comencé a librarme rápidamente de mi ropa ante sus ojos. Una vez desnudo quise lanzarme directo hacia el calor de su cuerpo, pero esta vez fue él quien me detuvo.

—Abre tus piernas y acércate más. —Mi cuerpo tembló ante sus palabras, sabiendo lo que mis acciones conllevarían. —Vamos, criatura, o puede que decida acabar con esto antes de comenzarlo.

Alertado por sus palabras, y temeroso de que él ciertamente hubiese decidido negarse a complacerme por mi estúpido desliz al decir aquellas dos palabras, obedecí sus órdenes. Era, cuanto menos, vergonzoso, y de haber estado en esta situación con otra persona sé que ahora mismo querría morirme de la vergüenza.

—Es hermosa. —Murmuró Magnus, lanzando su aliento sobre mi erección y haciéndome gemir con fuerza. Con cualquier otro podría sentir vergüenza, pero Magnus parecía idolatrar hasta la más insignificante mancha en mi piel. —Quiero tu semen, criatura. Asegúrate de dármelo todo.

Oh, joder. Su boca no se detuvo a juguetear antes de engullirme por completo. Mientras el placer hacía flaquear mi cuerpo y embriagaban mente en lo único en lo que podía pensar con claridad era en que realmente él debía estar muy desesperado por mi semen si se aseguraba de llenar su boca totalmente para lograr tragarme al completo. Mis manos buscaron apoyo para no derrumbarme, acabando finalmente aferradas al respaldo de la silla donde él estaba sentado. No duré demasiado. Es imposible durar cuando esa experimentada y deliciosa boca te succiona con fuerza.

Cuando mi orgasmo llegó, Magnus se aseguró de llevar sus manos a mis nalgas y empujarme con rudeza dentro de su boca hasta que terminé de vaciarme por completo. Su cara llena de satisfacción mientras yo observaba los movimientos de su garganta al tragar fue suficiente como para traer de nuevo a la vida a mi miembro. Magnus lo sacó de su boca y lo miró con deleite al tiempo que acariciaba la cabeza con ternura.

—¿Otra vez erecto? Está claro que no podría haber buscado un compañero sexual mejor. —Compañero sexual. Claro, eso es lo que soy para él. Por eso su reacción cuando le dije lo que sentía. Supongo que nadie desea que su consolador se enamore de él. —¿Y esa repentina carita de tristeza? ¿Ansioso por sentirme dentro tuyo? ¿Acaso no puedes esperar más?

—Sí, claro. —Respondí poniendo mi mejor sonrisa.

Deslicé mi agarre desde el respaldo, donde la astillada madera había estado irritando mi piel, hasta sus hombros, tomándolo como apoyo para, esta vez sí, sentarme en su regazo. Magnus se aseguró de acomodarse sobre el mueble para que su palpitante erección quedase justo a ras de mi entrada. Mordí mi labio con impaciencia, deseando realizar el último movimiento y conseguir llenarme por completo de él. Pero si lo hacía, ¿estaría entonces aceptando que él y yo nunca seríamos más que esto? Perderé la oportunidad de tener lo que realmente quiero.

—Penétrate. —Noté cómo sus uñas se clavaban en mis caderas debido a la fuerza con la que se estaba aferrando a ellas. Magnus parecía perdido y me miraba como si yo fuese su salvación; como si el simple hecho de poseerme fuera a librarle de una condena a muerte. —Hazlo, ¡ahora!

Si cedo esta vez acabaré con mis esperanzas de que él pueda verme como algo más que su juguete, pero si no lo hago él podría decidir que esto ha llegado a su fin. A nadie le interesa tener un juguete roto que es incapaz de entretener a su dueño. Solo es cuestión de elegir el mal menor. Puede que yo nunca llegue a ser nada para él, más podré seguir a su lado durante un tiempo si le obedezco.

No podría adoptar la postura que más me gustaba debido a la falta de espacio en la silla, que evitaba que pudiese apoyar mis rodillas, por lo que tuve que afianzar los pies en el suelo buscando una posición que no me hiciese perder el equilibrio. Finalmente estuve lo suficientemente cómodo como para comenzar.

Comencé a bajar mis caderas lentamente. Mi interior parecía debatirse entre expulsar el cuerpo extraño que trataba de invadirlo o hacerlo entrar a mayor profundidad. Magnus gruñía, clavando incluso más sus uñas en mi carne. Puede que incluso estuviese sangrando, pero el ardor de mi piel no era comparable al que estaba sintiendo en mi interior.

Me costó a horrores conseguir que su erección entrase por completo en mi en absoluto preparada entrada. Magnus, que había estado gimiendo entrecortadamente durante el proceso, lanzó un último grito, una palabra en el idioma de los demonios que el repetía constantemente mientras estábamos teniendo sexo. Moví mis caderas tratando de aliviar el horrible malestar, deseando sentir algo de ese burbujeante placer que solía acompañar a su miembro cuando entraba en mi interior.

—Penétrate. —Dijo entre gemidos. Yo volví a mover mis caderas con la esperanza de que al menos la segunda penetración no fuese tan dolorosa. —¡Penétrate!

Otra orden. Cerré mis ojos con fuerza. Ya estaba hecho. Cualquier relación de igualdad que hubiese podido haber entre nosotros desapareció cuando yo acepté ser esto, su juguete; cuando acepté callarme lo que siento.

—Eres tan bueno en esto… Nngh… Más fuerte, pequeño. Méteme hasta el fondo.

El dolor de mi interior se fue disipando poco a poco conforme fui capaz de moverme con mayor rapidez, logrando alcanzar aquel lugar que daba rienda suelta a un agradable placer que adormecía mis sentidos. Lamentablemente no era capaz de acallar la voz en mi interior que no cesaba de repetir la idiotez que había cometido al echar por tierra lo que mi corazón y mi alma ansiaban

—Criatura, eres-… —No supe por qué se había callado, ni tampoco por qué sus manos me habían apretado con fuerza para evitar que volviese a moverme.

Abrí mis ojos y me sorprendí cuando noté mis pestañas húmedas. Magnus me miraba con la expresión en blanco, indescifrable. Una de sus manos soltó mi cadera y se acercó hasta mi rostro, donde acarició la mejilla. Cuando la apartó de nuevo, su mano estaba mojada. ¿He estado llorando?

—¿Qué te ocurre? —Negué repetidas veces con la cabeza. Intenté volver a alzarme, pero su mano me lo impidió. —Criatura, ¿qu-?

—Por favor. —Le supliqué. Su rostro por fin cambió, mostrando una intensa mirada de preocupación. Su mano seguía limitando mis movimientos, por lo que acabé aprovechando mi postura sentada para comenzar a mover mis caderas en círculos. Su miembro rozaba con mis paredes, alcanzando mi próstata en más de una ocasión. —Por favor, déjame moverme.

—No, tienes qu- —Parecía querer discutiendo, pero otro movimiento de mi cadera, esta ve mucho más brusco, consiguió hacer que su concentración se fuese por la borda. —Bebé, basta. No te hagas es-…Oh, santo infierno. —Su despiste me había permitido volver a moverme, hecho que aproveché para volver a comenzar con mi vaivén. —¡joder! Criatura, tu cuerpo es perfecto.

Ojalá pudiese ser perfecto en todos los sentidos. Ojalá no solo mi cuerpo te resultase atractivo.

Un sollozo escapó de mis labios mientras más lágrimas caían por mis ojos. Magnus me miró con preocupación, por lo que decidí por mi propio bien dejar mi mente en blanco y pensar solo en su grueso pene entrando en mi cuerpo sin cesar. Funcionó. Cualquier pensamiento pesimista se esfumó de mi mente y mi boca a partir de ese momento solo fue capaz de emitir sonoros gemidos que se entremezclaban con los propios de Magnus.

El placer era inmenso. Mi cuerpo aceptaba a Magnus en su interior como si siempre debiese haber estado allí.

Cuando solté sus hombros y con una mano me dediqué a masturbarme mientras la otra masajeaba mis testículos dejé de gemir. Estaba seguro de que mis gritos de placer podrían escucharse incluso en las casas vecinas. Pero no importaba. Nada importaba salvo el placer. Nada más es importante.

..

—Hoy ha sido un día perfecto, ¿no crees? Creí que debería estar enfadado con Ragnor, pero ahora no podré hacer más que darle las gracias por su inintencionado empujón hacia esto. —Magnus me tomó de las caderas, tiró de mí lejos de su regazo y me puso en pie sin esfuerzo alguno. Mi agitada respiración solo fue sustituida por un sonoro quejido cuando su miembro abandonó mi cuerpo. Antes me avergonzaba mostrar los sonidos instantáneos que salían por mi boca e intentaba acallarlos; ahora sé lo mucho que a él le gusta escucharlos. —¿Qué ha sido esa protesta, criatura? ¿Acaso tu cuerpo se siente vacío sin mí?

—Sí. —Contesté francamente, sin detenerme a pensar, Siento mi mente turbada. No puedo pensar con claridad y nada parece tener sentido a mi alrededor. Esto es-…—Magnus.

—¿Quieres otra ronda? —Preguntó alegremente. Cualquier rastro de su extraños sentido de humor anterior se había esfumado. —Movámonos hasta el dormitorio esta vez. Hay una cosa que quiero-

—Magnus ayúdame. —No lo entiendo. Mi cuerpo no-

La sonrisa de superioridad que había en su rostro se esfumó de inmediato. Magnus se puso en pie a una velocidad sorprendente y me atrajo contra su cuerpo justo cuando sentí que mis piernas no podían sujetarme durante más tiempo.

—¡Mierda! —Exclamó.

Creí sentir cómo me alzaba del suelo y nos movíamos hacia alguna parte, pero no estoy seguro de ello.

Catarina. Es su voz la que escucho, ¿pero cuándo ha venido ella aquí?


—Te encanta montarme, ¿no es así? Las pocas veces que eres tú quien toma la iniciativa es lo que haces. —Acaricié su cabello con suavidad. Necesito hablar con él para mantenerlo despierto según órdenes estrictas de Catarina, y lamentablemente me acabo de dar cuenta de que no sé qué temas de conversación usar con él. Lleva meses conmigo y no sé nada. —¿Es porque llego más profundo dentro de ti? —Mi criatura soltó un sonido estrangulado y un rubor se extendió por su blanca tez. Que sea un íncubo no significa que no sepa hablar sobre otra cosa que no sea el sexo, pero no sé qué hacer ahora. Es la primera vez que me ocurre algo así. Nunca había necesitado cuidar de alguien con tanta intensidad. —¿O es por otra cosa?

¿Se puede saber qué me pasa? ¿Cómo puedo estar hablando de algo como esto cuando es precisamente tener sexo conmigo lo que ha hecho que enferme? Mierda, no sé qué hacer. Estando Catarina y Tessa fuera de juego él no tiene a nadie más, pero esto es demasiado para mí. No puedo hacerlo. No podré aguantar.

—Me gusta sentirte profundo, llenándome. —Joder, y ahora esto. ¿No podría haberle hablado del tiempo? —Pero no es eso lo que más me gusta.

Alec no hablaría de esto tan abiertamente conmigo. No me mentiría si yo le preguntase, pero daría rodeos sin cesar y acabaría confesándomelo mucho después, entre balbuceos. Saber que su mente sigue sin poder reaccionar normalmente me hace sentir incluso peor por las ganas que tengo de volver a sentir su cálido interior rodeándome.

—Alec, no hace falta que- —Traté de detenerle.

—Me gusta escuchar tus gemidos. —Lo miré fijamente, atónito. —Cuando yo estoy arriba penetrándome a mí mismo hablas más, gimes con fuerza. Me gusta saber que disfrutas teniendo sexo conmigo.

—¿Crees que normalmente no disfruto teniendo sexo contigo?

Mis ganas de lamer su piel se vuelven insoportables cuando me percato de que ha vuelto a sudar y las pequeñas gotitas bajan por su piel hasta mojar la almohada. Desearía tanto poder atraparlas en mi boca…

—Lo haces por obligación, —Finalmente encuentro algo que me distrae lo suficiente de su cuerpo. ¿Qué idioteces está diciendo? —Te sientes culpable por haberme quitado mi vida. —Eso es cierto, pero-. —Sé que te obligo a estar conmigo.

—Eso no es verdad. —¿Acaso no se percata de que es justo al contrario? Soy yo el que lo ha encadenado a mí, el que le ha arrebatado su libertad de escoger.

—Sí lo es. —Su cara se contrae en una mueca que va más allá del dolor físico. Le estoy haciendo daño. Yo lo estoy destrozando. —Yo te obligué a no estar con otros. Te supliqué que no buscaras a otros humanos. ¿Crees que no me he dado cuenta de cómo mirabas hoy a la gente en la calle? Crees que tienes una obligación hacia mí y por eso cumples mis estúpidos caprichos infantiles. —Una risa cansada escapa de sus labios mientras mi boca es incapaz de articular palabra, incrédula ante lo que estoy escuchando. —No deberías hacerlo. Soy un egoísta.

Cierro los ojos con fuerza tratando de controlarme. Entonces escucho un débil sollozo salir de sus labios y mi autocontrol se va a la mierda. El sonido de la madera al astillarse bajo mi puño es lo único que me indica que definitivamente mañana tendré que comprarle una cómoda nueva a Ragnor. Miro mi mano con indiferencia, hallándola llena de sangre. ¿Tan mal lo he hecho? Sabía que no podíamos seguir así sin que esto se viniera abajo, por eso tras la conversación con mi amigo me decidí finalmente a aclarar las cosas con Alexander. Mi criatura me había dicho que él quería seguir conmigo. Joder, me había dicho que él…

—Magnus, te quiero.

Deslizo de nuevo mi vista hacia él y lo encuentro mirándome con horror. ¿Tiene miedo de mí? Cuando sus esfuerzos por incorporarse no dan sus frutos y en su lugar él extiende su mano hacia mí intentando alcanzarme me llega la respuesta. Por supuesto que no me teme. Él nunca me ha temido realmente. Por eso yo-

—Magnus. —Me llama.

Me acerco de nuevo a él y por fin su mano alcanza mi muñeca. Su cuerpo tiembla y está anormalmente frío, pero igualmente su tacto consigue calentar mi corazón.

—No me duele. —Contesto a su pregunta no formulada. Sus ojos se clavan en los míos y noto el miedo en ellos; miedo a que me ocurriese algo malo.

Agito mi mano, dejando que la magia fluya por ella con su habitual hormigueo. Las pequeñas pero aparatosas heridas formadas por las astillas comienzan a cicatrizar cada vez con mayor rapidez hasta que finalmente desaparecen y mi mano queda limpia y lisa de nuevo. La mano de mi criatura me ha soltado y su brazo se halla ahora colgando sobre el borde del colchón. Una sonrisa cansada se desliza por su rostro mientras sus ojos parpadean con rapidez, tratando de mantenerse despierto. Él no debe dormirse.

—Criatura, no puedes- —En el momento en el que toco la piel de su mejilla mi criatura abre los ojos desmesuradamente, asustándome. —¿Qué te ocurre? Alec, ¿qué te duele?

Me siento en el borde de la cama y deslizo mi mano hasta su frente en un acto instintivo de tomarle la temperatura. Sus labios se aprietan con fuerza mientras mi corazón amenaza con salírseme del pecho.

—Alec, por favor.

Sus labios se abren entonces. Parece querer decirme algo, pero en su lugar es un excitante gemido lo que sale de su boca. Intento que mi mente vuelva a centrarse en la frágil criatura a la que tengo que cuidar y que se aleje del bulto que ha vuelto a hacerse más que evidente entre la delgada tela de mi albornoz.

—Te advertí sobre esto, Magnus. Te dejé bien claro que no debías forzarlo hasta tal punto. —Catarina es de las pocas personas en las que realmente confío, y es la única a la que le confiaría algo tan importante para mí como lo es mi criatura. —Si hubieses llegado un poco más lejos lo habrías matado.

Tragué con dificultad al escuchar aquellas palabras. Lo había sospechado al ver su estado, pero recibir una confirmación clara por parte de Catarina era cien mil veces peor.

—Tengo que marcharme de nuevo a Palestina. Allí me necesitan más.

—Catarina no-

—Esto es tu culpa, Magnus. Yo no puedo hacer nada más por él. Vendré a visitaros mañana en cuanto pueda. —Su rostro normalmente serio me miró con desprecio. —Sabes lo que ocurrirá ahora con su cuerpo; sabes lo que él querrá. Si eres incapaz de controlarte y lo matas… Ni siquiera intentes volver a ponerte en contacto conmigo.

Vuelvo a mirar su rostro cansado, su cuerpo débil, prácticamente sin vida. He estado a punto de matar a lo único bueno que me ha sucedido nunca.

Y esta no es la primera vez que me percato del daño que le provoco. Por eso decidí sacarlo de mi mundo e intentar normalizar las cosas con él. No es la primera vez que su estado se desestabiliza por mi culpa.

—Cuando insististe en mantenerle a tu lado te di un consejo.

—No podía seguirlo. Él me pidió que no lo hiciera. —Aún recuerdo su mirada llena de dolor, sus lágrimas. "Me estás matando", me había dicho. —Y no solo eso. Mi cuerpo dejó de reaccionar a otros ¿recuerdas? Llegó un punto en el que follar con otros humanos sabiendo que lo tenía a él en casa no-… —Pensaba en él a todas horas. Cuando salía a alimentarme de otros humanos no hacía más que ponerles su hermoso rostro. —No podía seguir acostándome con otros sabiendo que lo tenía a él esperándome.

—¡Pues tendrías que haberte controlado! —Catarina nunca perdía los nervios. Nunca. A no ser que se pusiera en riesgo la vida de alguien inocente. Mi dulce criatura… —Está débil y deprimido, ¿es que no lo ves? Sus heridas tardan en cicatrizar y su cuerpo no tiene suficiente fuerza ¡le estás extrayendo toda su energía vital! —Catarina respiró hondo durante varios segundos, tratando de serenarse. —Debes dejarlo ir.

—Nunca. —Le gruñí antes de abrir bruscamente la puerta de su consulta y salir hacia el pasillo del hospital en busca de mi humano. No permitiré que me aparten de su lado.

No. No lo haré de nuevo.

Me puse en pie, alejándome de él a una distancia prudencial. Mi criatura soltó un quejido y me miró con sus zafiros llenos de frustración.

—No podemos, criatura.

—¿Lo ves? Ya te has cansado de mí. Sabía que la conversación de antes en realidad era porque deseabas echarme sin sentirte culpable

Llegados a este punto yo ya no sabía si reír o llorar. Opté por lo más rápido y sencillo. Al menos en teoría.

—¿Lo notas, criatura? —Gruñí mientras me contenía para no comenzar a mover mis caderas. —¿Crees que esto pasaría si no te deseara?

Su hermoso rostro seguía escarlata cuando finalmente solté su muñeca y su mano se alejó de mi erección. Él me miró con esos brillantes ojos repletos de confusión y las ganas de besarle hasta dejarle sin respiración comenzaron a desgarrar hasta mi alma.

—Necesitas alimentarte, por eso estás excitado.

Lancé un grito de frustración ante su tozudez ¿Por qué le resultaba tan complicado confiar en mí?

—Sabes por qué ahora mismo estás débil, ¿verdad? —Él asintió levemente. Noté sus ganas de cambiar de posición, así que usé mi magia para elevar su torso levemente y colocar cojines bajo él para mantenerlo recostado. Alexander suspiró con satisfacción.

—Sí. —Me callé, animándolo a continuar. —Te has alimentado de mí más de lo normal.

Cerca.

—Algo así. Verás, criatura, no todos los íncubos necesitan alimentarse con la misma frecuencia. Cuanto más fuerte y poderoso es uno, más tiempo puede pasar entre cada vez que su cuerpo vuelva a necesitar el sexo ¿comprendes? —Él asintió. —Actualmente yo necesito alimentarme cada dos semanas, por eso-

—¿Qué? —Me interrumpió. —¿Cada dos semanas?

Me mordí el interior de la mejilla, con miedo de continuar. Ya era hora de que él supiese todo, pero eso no lo hacía más sencillo.

—Sí. —Su cara estaba tan adorablemente confusa que esta vez no pude detenerme y tuve que pellizcar cariñosamente su moflete. Alexander ronroneó felizmente ante el contacto.

—Pero tú me dijiste que necesitabas alimentarte cada día.

—No, criatura: yo nunca te dije eso.

—Pero tenemos sexo cada día. —Afirmó. —Todos los días. —Insistió ante mi silencio. —Cuando no lo hacemos noto tu frustración y tu desánimo. Cuando tienes que salir a ver al Consejo y tardas unos días siempre vienes a mí con desesperación.

—Eso es porque te deseo, Alec, no porque necesite alimentarme. —Parecía incapaz de entender lo que le decía; como si no estuviese diciendo más que locuras. —¿Por qué crees que solo te sientes débil tras el sexo una vez cada muchos días? Alec: solo me alimento de ti cada vez que tengo hambre. —Finalmente parecía empezar a comprender. Su mirada se volvió cautelosa, mirándome con desconfianza. —Cada vez que tenemos sexo algo de tu energía pasa a mí y me ayuda a estar más fuerte, pero no es nada significativo. Si de verdad yo me acostase contigo solo por lástima, como tú afirmas, solo tendría que hacerlo cada dos semanas. Dos semanas, Alec.

Mi criatura bajó la mirada hasta su regazo, donde sus dos manos se mantenían entrelazadas. Vi cómo su boca se abría y cerraba en varias ocasiones sin alcanzar a articulas palabra alguna. Cuando pensé que finalmente no diría nada, él habló:

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Antes tú me has dicho que creías que te mantenía conmigo porque me sentía culpable y no quería echarte. —Él asintió, todavía sin alzar la mirada. —Yo creía lo mismo. Eres tan bueno, criatura. Yo… Creí que el único motivo por el que no me habías abandonado ya era porque creías que me moriría si no me alimentaba de ti.

Aquello fue en lo primero que pensé el día que se escapó a través del portal. Creí que finalmente había leído algo esclarecedor en los libros de mi biblioteca y había comprendido que no le necesito en absoluto para mantenerme con vida y que por ese motivo me había abandonado.

—Magnus. —Pegué un respingo al salir de mis pensamientos y percatarme de lo cerca que estaba de mí. Mi criatura había gateado desde su posición y ahora se encontraba frente a mí. Catarina dijo que no podría moverse con normalidad durante días, por lo que esto debería haber sido una buena noticia. Y lo hubiese sido si no fuera porque ahora tenía al objeto de mis más oscuros deseos a cuatro patas y completamente desnudo frente a mí. —Magnus.

—¿Qué? —Mi voz sonó ronca por el deseo. La hortera lámpara que Ragnor tenía sobre la mesita de noche alumbraba su cuerpo haciéndolo ver más apetecible de lo que yo creí capaz ¿o es simplemente mi deseo el que me hace ver lo que no es?

—¿Por qué entonces hoy ha pasado esto? Ahora comprendo lo raro que estás durante algunos días, y sé por qué a veces me siento extraño; pero sigo sin comprender por qué hoy ha sido diferente. —Su boca formó un tierno puchero que se deshizo rápidamente cuando se percató de qué parte de mi cuerpo estaba justo frente a su carita. Su rostro se volvió carmesí una vez más y sus brazos le fallaron, haciéndole caer de bruces sobre el colchón.

Sería tan fácil... Solo tendría que dar unos pasos, subirme a la cama justo tras él y mover lo suficiente la tela que me cubría como para poder deslizarme en el interior de ese perfecto cuerpo que él me estaba ofreciendo en bandeja.

—Hay que tener cuidado al alimentarse de un humano. —Dije en su lugar. Tomé a mi criatura suavemente entre mis brazos y lo ayudé a incorporarse de nuevo. —Fácilmente nuestro deseo puede nublarnos el juicio y hacernos perder el control, llegando a arrebatar a un humano toda su fuerza vital. Hoy he perdido el control, Alec. Si hubiese llegado solo un poco más lejos podría haberte matado.

—Eso hubiese estado mal, ¿eh? —Intentó bromear.

—Muy mal. —Le seguí el juego.

Dejé de luchar contra mí mismo y abracé su cuerpo contra el mío. Inmediatamente sus temblorosos brazos se aferraron con toda la fuerza de la que fue capaz a mi cintura y su boca buscó la mía. Esto podría matarlo si vuelve a salirse de control, pero si no lo beso ahora seré yo el que muera.

Sus labios saben tan deliciosos como siempre, incitándome a ahondar todavía más en esa húmeda y caliente cavidad que me pertenece solo a mí. Su lengua comienza a tantear mis labios con más decisión de la habitual y yo no tardo en abrir mi boca para dejarle entrar. Alec gime de placer y su cuerpo comienza a temblar con más fuerza.

Abro los ojos, asustado de haber llegado demasiado lejos. Mi criatura me mira con los ojos nublados por el placer, sin comprender por qué he soltado su boca.

—¿Qué pasa? —Me pregunta. —¿Por qué te niegas a hacerlo conmigo? Dijiste que me deseabas.

—Y lo hago, preciosidad. —Su cara parecía incluso más confusa que antes. Y no me extraña. Han pasado demasiadas cosas en un solo día; demasiadas emociones y demasiada información. —¿Notas ese deseo que parece querer devorarte cada vez que yo te toco?

—Sí. —Gimió. —Te necesito.

Autocontrol. Autocontrol.

Mierda, esto sería mucho más fácil si él no estuviera desnudo. O gimiendo. O poniendo esa carita que dice claramente "quiero sentirte muy dentro de mí".

—El deseo que estás sintiendo ahora es artificial, criatura. Sientes esto por un efecto secundario de tu debilidad.

Cuando un íncubo quiere atraer a un humano a sus garras no tiene más que pensar en ello e inmediatamente el humano sentirá una atracción insoportable por él. Es muy raro que nos topemos con un humano lo suficientemente fuerte como para resistirse a nosotros, pero mi Alexander es así. Por eso decidí no tomarlo la primera noche que lo traje conmigo. Su mirada de desafío y su rechazo hicieron que mi curiosidad por él fuese más fuerte que mi deseo.

—Te aseguro que no. Yo también te deseo, Magnus. —Mierda, ahora no,

—Alec, escucha atentamente, ¿vale? —Su cara dejaba claro que no iba a convencerle con mis argumentos. Bueno, al menos tengo que intentarlo. —Mi cuerpo desea terminar con lo que empezó. Ahora mismo siento la necesidad de tomar el resto de tu energía para poder sentirme mucho más fuerte. Tú ahora estás débil y percibes mi deseo tan fuertemente que lo asimilas como tuyo. Tú no quieres esto, Alec, y no pienso aprovecharme de la situación. Además, es muy peligroso debido a tu debilidad. Si pierdo el control de nuevo aunque sea mínimamente…

Ni siquiera quiero pensar en ello. No podría vivir en un mundo en el que mi criatura no estuviese a mi lado. Ahora no.

—No me harás daño. Confío en ti.

—Oh, preciosidad, no tienes ni idea de lo mucho que desearía poder satisfacerte. —Me encantaría poder demostrarte que puedo hacerlo. Te demostraría que puedo responder correctamente a tus esperanzas. Necesito demostrarte que puedes confiar en mí. —No puedo arriesgarme a esto.

—Pero yo te quiero.

—Es una ilusión, Alec. Tu deseo-

—No, Magnus: te quiero.

Otra vez. Aquellas dos palabras otra vez.

—No vuelvas a decirlo, criatura. —Lo amenacé.

Alec se quedó tenso durante unos segundos, aunque esta vez no sentí el temor que había percibido antes en la cocina. Cierto, su mente ahora está completamente atolondrada y solo es capaz de decir la verdad y… Espera: solo es capaz de decir la verdad. Antes dudé al pensar que sus palabras podían ser dichas con cualquier otra intención, ¿pero ahora?

Necesito saberlo.

—¿Me quieres?

Su rostro volvió a girarse hacia mí. Esta vez permití que él se moviese con libertad, lo que pareció gustarle. Mi criatura se arrastró como pudo hasta acabar acostado sobre mi cuerpo. Otra vez. Joder, amo cuando está subido sobre mí. Él pareció notar lo mucho que me gustaba, porque movió juguetonamente su trasero y se frotó descaradamente contra mi erección. Ambos soltamos un gemido; el mío de pura frustración por no poder sentir más de aquel cuerpo, el de mi criatura lleno de placer.

—¿Quieres que te penetre?

—¡Sí! —Prácticamente suplicó.

—Entonces sé un buen chico para mí. —Con mis brazos hice lo que él no había podido hacer debido a su debilidad y terminé de colocarlo a la perfección. Ahora su boca estaba soltando pequeños gemidos justo sobre la mía mientras la abertura de su delicioso trasero se rozaba deliciosamente sobre mi cubierta erección. —¿Serás un buen chico y contestarás a todo lo que te pregunte?

—¿Me la meterás si lo hago? —Tuve que morder con fuerza mi labio inferior para no gruñir ante sus palabras. Mi criatura nunca es tan directa con lo que desea, y esta faceta me está volviendo loco. Asentí con la cabeza para responder a su pregunta mientras me aseguraba de apretar con fuerza sus caderas para que dejase de moverse y mandase al traste mi plan. —Lo haré.

—Bien. —Alcé ligeramente mi cabeza y besé sus labios delicadamente. La delicadeza no es lo que yo deseaba ahora mismo, pero yo sabía que tampoco es lo que él quería y que eso lo animaría a seguirme el juego. —¿Tú me quieres?

—No. —Dijo con simpleza. Casi pude escuchar con claridad cómo mi corazón se rompía en pedazos. Otra vez. Me lo han hecho de nuevo. Este maldito humano ha estado jugando con-. —Antes me equivoqué. —Continuó ajeno a mis ganas de echarlo lejos de mí y de destruirle como él acababa de destruirme a m- —No te quiero. Magnus: te amo.

Amor.

El amor es…

No. Imposible.

—¿Me amas?

—Sí. —Gimió impacientemente. Me apresuré a besarle de nuevo, sabiendo que era eso lo que él deseaba. Esta vez me resultó incluso más complicado soltar su boca.

Espera. El amor es muy amplio. Él también amaba a sus hermanos. Uno puede amar a su familia, a sus amigos. Incluso se puede amar a tu mascota.

—¿De qué manera me amas? —Me forcé a preguntar. No sabría qué hacer si la respuesta volvía a decepcionarme.

—No sé explicarlo. —Se quejó.

—Inténtalo. —Lo apremié. Él seguía pensativo, volviéndome loco. Moví mis caderas levemente, rozándome contra él. Esta vez su gemido fue desesperado mientras trataba inútilmente de moverse para forzar un nuevo roce. —¿Quieres más? Sigue.

—Por favor. —Suplicó.

—Más respuestas dan como resultado más placer para ti. —Y para mí, dicho sea de paso. Mis ansias por saber lo que siente no hacen que mi deseo disminuya. Aunque él parece no percatarse de que yo deseo su cuerpo tanto como él desea el mío. —¿Me amas como a un amigo?

—No. —Sé que no debo hacerme ilusiones, pero todo está ya demasiado claro para mí y no puedo soportarlo más. —Sabes perfectamente de qué modo te amo.

Lucidez. Sus ojos parecen mucho más centrados que antes, más enfocados.

—¿Te encuentras mejor? ¿Puedes pensar con claridad?

Definitivamente su mirada ahora volvía a ser la de siempre. Mi criatura frunció el ceño mientras me miraba con desaprobación.

—Puedo pensar con la suficiente claridad como para saber que te estabas aprovechando de mi debilidad para sacarme información.

Tragué saliva con fuerza esperando lo inevitable. Para mi sorpresa, en lugar de un sermón o la bofetada que merecía, lo que él me entregó fueron sus labios. Mis manos apretaron con más fuerza sus caderas mientras abría mi boca para dejar que su adiestrada lengua entrase en ella.

—Sabes que te hubiera respondido igualmente, ¿cierto?

—Sí. —Gemí mientras su boca se deslizaba hasta mi cuello. Moví mi cabeza hacia un lado para dejarle espacio para moverse con mayor libertad, a lo que él respondió con un pequeño gritito de felicidad.

—¿Por qué lo hiciste, entonces? —Mi piel, extremadamente sensible por los deliciosos besos que él me había estado repartiendo por allí, ahora estaba siendo succionada con fuerza por esos labios que me volvían loco.

—Q-Quería… Oh, mierda. Criatura, más. —Alec se alejó de mi cuello tras una última lamida a la sensibilizada zona. Su boquita ahora se centró en mi clavícula, —Quería que me hablaras sin ningún tipo de prejuicio. Sé que no me mientes, pero lo que yo quería era saber lo que se te pasaba por la cabeza sin que tú necesitases tener que pensar sobre ello.

Noté cómo intentaba incorporarse para poder mirarme a los ojos, pero sus brazos fallaron de nuevo y no fue capaz de hacerlo. Una agradable sensación de ternura se extendió por mi cuerpo cuando lo noté tan confiado hacia mí. Él estaba débil y completamente vulnerable e igualmente seguía sin importarle estar junto a mí. Dios, sabe que podría matarle ahora mismo si así lo desease y sigue amándome. Amándome. ¡Amándome!

Pasé mis manos bajo sus brazos e hice fuerza para levantar su cuerpo. Una vez estuvo sentado sobre mi cuerpo acostado lo tomé de la cintura y dejé que sus manos se aferrasen a mis brazos para tratar de sostenerse lo mejor posible. Esa maldita ternura me invadió de nuevo cuando sus dedos acariciaron distraídamente la piel bajo ellos.

—Creo que no te comprendo. —Dijo finalmente.

—No te gusta mentir, mi criatura, lo sé. Pero también sé que siempre piensas demasiado en las cosas y acabas aplicándole tu lógica a todo, impidiendo que tus verdaderos pensamientos salgan a la luz. —Imité sus movimientos y aproveché que tenía mis manos sobre su piel desnuda para comenzar a trazar patrones sobre ella.

—A eso se le llama sentido común. Hay que pensar las cosas antes de hablar. —Suspiró. Mi pequeño abrió la boca para decir algo más, pero sus palabras fueron sustituidas por una retahíla de preciosos gemidos provocados por mis caricias. —Sigues aprovechándote de la situación.

—¿Eso te dice tu sentido común?

—Sí. —Gimió cuando mis manos descendieron hasta su culo.

—Entonces creo que deberíamos parar. —Me recreé acariciando la suave y tersa piel, deseando poder sustituir mis manos por mi boca para saborear su perfecto trasero. El simple recuerdo de cómo su entrada se contraía alrededor de mi lengua cuando lo penetraba con ella hizo que la maldita tela que me cubría terminase de volverse incómoda para mí. —No debemos ignorar a tu brillante sentido común.

Obviamente mi intento de conseguir que mi criatura suplicase por mí hubiese sido más efectivo si no fuese evidente que mi cuerpo estaba desesperado por sentirle. Que alejase durante unos segundos una de mis manos de su piel para poder desabrochar el maldito cinto y poder abrir el batín tampoco ayudó demasiado a disimular. Cuando un gemido escapó de mis labios al sentir el frío aire sobre mi ardiente piel miré a Alexander buscando alguna muestra de desaprobación por su parte. Sus ojos me miraron durante un instante mientras él parecía tratar de decidir lo que hacer.

—No pienses, criatura. Aleja de tu mente tus dudas y limitaciones y céntrate en lo que de verdad deseas.

Al contrario de lo que yo creía, su rostro no tardó en mostrarse comprensivo. Mi criatura alargó su mano con rapidez hacia mi rostro. Cerré los ojos esperando la bofetada que yo sabía que me merecía, ¿acaso no lo había llevado al límite de la muerte y luego me había estado aprovechando de su estado? Sentí su brazo pasar de largo y volví a abrir los ojos para ver cómo su mano tanteaba bajo la almohada. ¿Qué narices hay debajo de la almohada que no sean pelusas o los slips que uso para dormir?

—¿Qué haces? —Le pregunté con el corazón en la garganta cuando vi qué era lo que había estado buscando.

—Seguir mis deseos. —Sus temblorosos dedos tardaron más de lo habitual en abrir el tapón, pero yo no pude hacer más que maravillarme por la fuerza que él estaba demostrando. Después de la enorme cantidad de energía que le había sustraído hace unas horas mi criatura no debería ni poder mover un dedo sin sentir dolor. Es fuerte. Parece frágil, pero él es más fuerte de lo que yo he sido jamás. —Te deseo a ti.

El frío tacto del espeso líquido que él vertió sobre mis dedos me hizo estremecer. Jugueteé con el lubricante entre mis dígitos, esparciéndolo hasta cubrirlos por completo.

—Mi deseo está influyendo en ti. Eres consciente de eso, ¿no es así?

Guié mi mano de nuevo a la parte baja de su espalda. No obstante me negué a rozarle siquiera hasta estar seguro de su decisión.

—Lo sé.

Sus manos se movieron de nuevo. Esta vez viajaron hasta su propio cuerpo, alejándose de mi vista debido a nuestra posición cuando las colocó tras su espalda. Tampoco es que me hiciese falta verlo pasa saber lo que sucedía; el movimiento de sus brazos y el suspiro encantado que surgió de sus labios fue suficiente para que yo pudiese visualizar a la perfección en mi mente cómo él separaba sus glúteos para darme un mejor acceso a su entrada.

—Podría matarte. Ya estás demasiado débil. —Lo único mayor a la lujuria que siento ahora mismo es mi ansia de protegerle. Me prometí a mí mismo que nunca dejaría que le hiciesen daño, y eso, por descontado, me incluye a mí. —No eres consciente de lo que esto podría significar.

Él pareció querer dar una respuesta física a mis palabras en lugar de responderme. Mi criatura intentó mover las caderas para provocarme, pero lo único que consiguió fue que su agotado cuerpo temblase de nuevo. Si no hubiese sido por el fuerte agarre que yo aún tenía sobre su cadera hubiese caído irremediablemente sobre mí, incapaz de sostenerse a sí mismo.

El dolor me invadió al ver lo que le había hecho. Él, sin embargo, parecía resulto a no dar su brazo a torcer.

—Soy consciente de ello. Simplemente yo sé algo que tú no sabes.

Incapaz de soportarlo más guié mi extremidad hacia el lugar que tantas otras veces había albergado partes de mi cuerpo. Mis dedos, mi lengua, mi erección. El cuerpo de Alexander siempre aceptaba mi intrusión en su interior como si los dioses lo hubiesen esculpido especialmente para darme placer.

—¿Qué sabes?

El primer dedo tocó tentativamente la sensible zona. Sus manos temblaron, esta vez de excitación y no por la falta de fuerza que experimentaba su cuerpo.

—Sé que no me harás daño. —Confianza. Amor.

Mío.

Ni siquiera traté de ser delicado. Mi dedo se internó con fuerza en la caliente cavidad, provocando que un grito de puro placer saliera de su boca. Alexander hizo más presión sobre sus manos para abrirse más a mí, dejándome perfectamente claro sin la necesidad de palabras lo necesitado que estaba de esto. Necesitado de mí.

Ninguno de los dos podíamos soportarlo más. No esperé a que su cuerpo se acostumbrase a la invasión de mi primer dígito, sino que añadí un segundo con impaciencia. Mi Alec trataba de enfocar sus ojos en mí, pero sus párpados parecían pesados y pronto sus ojos estuvieron cerrados. Una retahíla interminable de jadeos se escapaba de sus labios entreabiertos y me sorprendí a mí mismo repitiendo sin cesar su nombre mientras seguía contemplando su rostro.

Cuando el tercer dedo se unió a los anteriores y su entrada comenzó a palpitar alrededor de ellos supe que yo no podría soportarlo más.

—¿Estás listo para mí, criatura? —Ambos soltamos un quejido cuando mis dedos abandonaron su interior. Penetrarle con ellos no es lo mismo que hacerlo con mi miembro, pero los íncubos obtenemos placer incluso de la más inocente caricia. Penetrar a Alexander es placentero siempre, no importa con qué lo haga.

—Siempre.

Había sido brusco con su preparación por la inmensa lujuria que me había desbordado. Ahora ya no era así. Mi máxima necesidad ahora era que mi pequeño sintiese todo el placer posible y de ese modo demostrarle que no se equivocaba al confiar en mí.

De nuevo yo fui el encargado de mover su cuerpo. No es como si me importase, por supuesto. Mi agarre en su cintura me ayudó a levantarlo lo suficiente, colocándolo justo donde ambos deseábamos que estuviese. Mi punta rozando su entrada fue suficiente como para robarle el aliento. Ningún sonido escapó de sus labios mientras me encargaba de hacer descender su cuerpo lentamente, asegurándome de que las sensaciones fueran lo más intensas posibles para él. Aunque tampoco quiero engañarme a mí mismo diciéndome que todo era por él. Hacérselo de forma dura y brusca es jodidamente placentero, pero sentir cómo me voy introduciendo en su cuerpo y sus paredes se van abriendo para mí es irresistible.

Finalmente llegué hasta el fondo y dejé que su cuerpo volviese a descansar sobre mi regazo. Sus manos soltaron sus glúteos y se dirigieron a mi vientre para apoyarse en él como acto reflejo. Era lo que siempre hacía, al fin y al cabo. Sus manos siempre se afirmaban ahí cuando él me montaba, tomándome como punto de apoyo para mover sus caderas con total libertad. Cuando se percató de lo que sucedía abrió sus ojos y me miró con la desesperación marcaba en esos hermosos zafiros.

—No voy a poder hacerlo. —Él es plenamente consciente de lo mucho que me gusta cuando es él quien se sube a mi regazo y comienza a penetrarse, dejándome a mí acostado bajo él sin tener que hacer esfuerzo alguno. Y ahora se siente culpable por no poder hacerlo debido a la debilidad de su cuerpo. Adorable.

—No te lo he pedido, mi ángel.

De nuevo deslicé mis manos hasta que lo sujetaron por las caderas, esta vez asegurándome de apretar su suculento trasero al mismo tiempo. Alec volvió a mover sus manos, esta vez colocándolas sobre las mías y haciendo presión sobre ellas. Siguiendo sus deseos, apreté con más fuerza su lindo culo y volví a alzarlo hasta que solo la cabeza de mi pene permaneció en su interior. En esta ocasión bajé su cuerpo con rapidez, iniciando un ritmo suave y tranquilo que parecía estar derritiendo a mi criatura. Sus ojos permanecían entreabiertos, apenas unas finísimas rendijas de puro azul que me miraban sin apartarse de mi rostro. Tampoco es que yo pudiese dejar de mirar cómo el suyo se contraía cada vez que golpeaba su próstata y mi nombre escapaba de sus húmedos labios entre excitantes gemidos.

—¿Qué te he dicho antes sobre contener lo que deseas? —Sus ojos se abrieron solo unos milímetros más y al fin pude ver la desesperación y la lujuria plasmados en ellos. —Simplemente dilo, criatura.

Su rosada lengua volvió a lamer sus labios una vez más, movimiento que me había alertado de lo que quería. Nuestros dedos seguían entrelazados mientras yo continuaba con el placentero vaivén. Los imbéciles íncubos que dicen que el sexo suave no es tan placentero como el salvaje es porque nunca han probado a una criatura tan perfecta como mi humano.

—Necesito besarte.

Mis manos subieron hasta colocarse tras su espalda, sujetándolo mientras yo me incorporaba hasta quedar sentado. Mi criatura no perdió ni un segundo antes de elevar sus brazos hasta enredarlos en mi cuello y unir nuestros labios. Sus piernas se movieron hasta entrelazar sus tobillos tras mi espalda, lo que debería hacer más complicado elevar su peso sin ayuda. O lo sería para un simple humano. Yo solo pude lanzar un gemido que quedaría atrapado en su boca cuando la nueva posición me permitió alcanzar su próstata con mayor precisión.

Mi golpeo constante contra su bolsa de nervios debería haber provocado que mi criatura soltase mis labios para poder respirar y gemir incontrolablemente, pero en su lugar lo único que consiguió fue que su boca se apretase con más ansia sobre la mía mientras sus manos se enredaban en mi pelo, manteniéndome bien sujeto. Como si yo quisiese irme a cualquier sitio que me alejase de él.

Mi mano acariciando su erección pareció ser la única pieza que faltaba por encajar en el puzzle de su cabeza. Finalmente sus labios, ahora hinchados y llenos de mi saliva, se separaron de los míos. La forma en la que lo masturbaba y mis movimientos de cadera mientras lo seguía levantando y bajando para empalarlo se hicieron más rápidos y fuertes cuando él volvió a abrir la boca. Ya no había gritos ni jadeos, ni tampoco gemidos ni "Magnus".

—Te amo. —Repetía una y otra vez, como si aquellas dos palabras fueran lo que le ayudasen a mantener la cordura. —Te amo. Te amo.

En todos estos meses nunca había sido yo el que se corriese primero. No obstante me sentí plenamente satisfecho cuando noté mi semen llenando su interior mientras mi mano seguía masturbándole a él con fuerza. Me gustó estar más tranquilo después de mi orgasmo para poder disfrutar de toda la belleza de su rostro cuando terminó y su semilla bañó mi mano y mi estómago.

..

No recordaba haberme quedado dormido. Cuando abrí los ojos lo primero que noté fue el cuerpo de mi criatura durmiendo sobre mí. Su rostro estaba completamente relajado, en armonía. Nunca pensé que alguien como él podría aparecer en mi vida; alguien que me ama incluso sabiendo quien y lo que soy.

Intento no molestarle demasiado mientras lo aparto y hago el menor ruido posible mientras me visto y maquillo. Tampoco es que importe mucho, ya que ahora mismo sé que podría estar durmiendo durante días. Por mi culpa. Trato de sacar los malos pensamientos de mi cabeza mientras salgo del dormitorio y cierro la puerta tras de mí. Huele a café.

—Qué desagradable sorpresa, Ragnor. Creí que a estas alturas estarías en Nueva York, tal y como te sugerí amablemente. —Y lo cierto es que había sido bastante amable dado lo maleducado que fue conmigo. Que eso no quita que tuviese razón en lo que decía, pero a mí no me gusta que me lleven la contraria.

—Catarina me llamó. Estaba preocupada, así que yo me preocupé también. ¿Cómo está el mundano?

—Se llama Alec. —Le sermoneé mientras entraba en la cocina. Ragnor estaba repantigado sobre una de las sillas de la cocina, mirando al techo con fascinación. Necesito llamar a Catarina para que me recuerde cómo llegamos éste ser y yo a ser amigos. —Bien, creo. No lo sé.

—Si todavía respira es que tiene solución. —Sí, claro. Tú respiras y eso no significa que tu cerebro funcione. —¿Cómo estás tú?

Buena pregunta. Estoy mal porque he hecho daño a lo más importante que hay en mi vida, y al mismo tiempo estoy maravillosamente porque eso ha provocado que por fin nos abramos el uno con el otro. Lamentablemente, y por mucho que sus "te amo" sean lo más maravilloso que he escuchado nunca, el hecho de que él esté en cama por mi culpa de momento ocupa un primer plano en mi mente.

—Hoy queríamos ir a mirar casas.

—¿Y por qué no vas tú y así adelantas algo de trabajo? —La idea ni siquiera se pasó por mi mente. Esto era algo que debíamos hacer juntos, y más después de saber lo que él piensa.

—No. —Contesté sin ánimos de darle ningún tipo de explicación.

—¿Y por qué no te vas de compras? Yo me quedaré con él hasta que vuelvas.—¿Irme de la casa dejando a Alec aquí? No. Nunca.

—No me apetece.

Durante más de veinte minutos ambos nos quedamos en silencio. Yo me dedicaba a mirar distraído un periódico local mientras pensaba en las palabras de mi criatura la noche anterior. Él creía que no era más que una mascota para mí. Seguía creyéndolo porque, por mucho que yo había insistido en decirle que no lo era, no había sido capaz de demostrárselo con hechos. Eso se acabó. Basta ya de hacerle sufrir.

—Pues tú dirás lo que quieras, —Soltó Ragnor cuando finalmente decidió que el techo no era una obra de arte y se levantó. — pero creo que es evidente lo que sientes por él.

Evidente para todos menos para él ¿Pero cómo puedo culparle si ni yo mismo sabía el alcance de mis sentimientos hasta ayer?

—Puede.

Ragnor me dedicó una extraña mirada antes de coger un manojo de llaves que había sobre la encimera de la cocina y dirigirse a la entrada.

—Por cierto: —Me dijo mientras abría la puerta. — tu mundano lleva cinco minutos despierto.

Mierda.

La puerta se cerró tras Ragnor mientras yo subía las escaleras lo más aprisa que fui capaz. Cuando abrí la puerta de nuestro dormitorio temporal lo primero que vi fue a Alexander mirándose fijamente la cadera. Conforme me fui acercando me percaté de las pequeñas heridas en forma de medias lunas que marcaban su piel ¿Otra cosita más que añadir a la lista de ataques contra su persona?

—Buenos días. —Le dije para hacerme notar, ya que parecía no haberme visto.

Alexander alzó la vista hacia mí y se me quedó mirando con expresión contemplativa.

—¿Te encuentras mejor? —Dije intentando fingir que su silencio no me importaba. Después de lo que sucedió ayer no podría soportar volver a una relación tan impersonal con él, ¿pero cómo saco el tema? —¿Puedes ponerte en pie?

Cuando bajó ambos pies al suelo y retiró la sábana pude comprobar con satisfacción que seguía desnudo, señal de que no está enfadado. Aunque puede que simplemente no haya tenido fuerzas para alcanzar cualquier prenda de vestir.

Durante unos segundos pudo mantenerse en pie. Solo unos segundos. Me aseguré de ayudarle a volver a sentarse cuando sus piernas volvieron a fallar. Mi criatura soltó un resoplido de frustración.

—Si a ti ayer no se te hubiese ido la cabeza ahora podríamos estar mirando casas para lograr alejarnos del rarito de tu amigo. —Si no hubiese visto su cara posiblemente hubiese tenido un paro cardíaco al creer que estaba furioso conmigo.

—En realidad creo recordar que fue culpa tuya por provocarme. —Le seguí el juego.

—¡Yo no te provoqué! Bueno, —Rectificó. Una mueca apareció en su rostro antes de ser sustituida por un brillante sonrojo. — en la cocina no te provoqué.

—Pero cuando estábamos aquí sí lo hiciste. Recuerdo perfectamente cómo suplicabas para que te metiese mi- —Su pierna derecha se movió con rapidez hasta engancharse tras mi rodilla y hacer presión sobre ella. Perdí el equilibrio a causa de la sorpresa, cayendo irremediablemente sobre Alexander en la cama, donde de inmediato él se encargó de intercambiar posiciones. Alexander se hallaba sobre mí mirándome con suficiencia y era la cosa más hermosa que había sobre la Tierra. —¿Sigues con tu manía de estar encima mío? ¿No tuviste bastante ayer?

Su mirada se volvió fría. De nuevo fui incapaz de ver venir sus intenciones hasta que él alargó el brazo para hacerse con un cojín y apretarlo contra mi cara.

—Eres odioso. No pienso volver a tener sexo contigo en mi vida.

—Shi efo fufediese zufriríaf máf tú que yof. —Farfullé. Obviamente la presión que ejercía sobre mi rostro era mínima y ni de lejos llegaba a ahogarme, pero era divertido hablar así. Ahora entiendo a Goofy.

—Mmm… —La almohada se retiró parcialmente de mi rostro, dejando al descubierto únicamente mi boca. Aspiré aire con fuerza involuntariamente, lamiendo mis labios con anticipación. —Puede que eso sí sea cierto.

Su dedo llegó a mis labios, acariciando sutilmente el inferior antes de retirarse. Mi pulso se volvió irregular al comenzar a percatarme de algo en lo que no que no había caído antes: sus piernas están haciendo presión sobre mis costados para mantenerme sujeto ¿Estaba fingiendo cuando se desplomó antes?

—Quiero besarte. —Dijo contra mis labios.

No tengo muy claro de si era una advertencia o simplemente un pensamiento expresado en voz alta, ya que inmediatamente después sus labios capturaron los míos. No era un beso caliente ni apasionado, ni tampoco era dulce y delicado. Parecía como si Alexander simplemente quisiese probar que y no iba a negarme a besarle tras lo sucedido anoche. Espera un momento ¿es eso? ¿piensa que lo que le dije ayer es mentira?

Él se separó lentamente y volvió a cubrir mi rostro completo con el cojín ¿Se puede saber qué demonios le pasa hoy? Quizá lo sucedido ayer no le afectó al cuerpo, sino al cerebro. Sentí su cuerpo desplomarse contra el mío antes de escuchar la carcajada. Sus manos habían soltado el dichoso objeto, que resbaló hasta volver a dejarme ver su hermoso rostro radiante de felicidad. Nunca lo había visto así. Nunca. ¿Antes pensaba que él era hermoso? Esto es…

—Dios, eres un ángel. —Su risa disminuyó hasta convertirse en una cálida sonrisa. —¿Por qué estás tan feliz?

Que no es que me queje. Mataría a quien fuera necesario con tal de ver siempre esta versión de mi criatura.

—Porque te importo de verdad. —Dijo como si aquello fuese la razón de la mismísima existencia del mundo. —No soy solo un juguete.

—Por supuesto que no lo eres. Tú eres mucho más, Alexander Lightwood. —Mi mano alcanzó su nuca y lo atraje de nuevo hacia mi rostro, deseoso de volver a sentirle. —Tú eres todo.

Otra sonrisa sincera. Unos preciosos ojos que me miran con adoración.

—Te amo.

Después de siglos de existencia al fin he conseguido aquello que nunca pensé que necesitaba pero que siempre eché en falta. Después de meses a su lado al fin he alcanzado lo que yo deseaba desde el principio. Después de poseer su cuerpo al fin he conseguido tener lo más importante.

—Repítelo, mi vida. —Su rostro se sonrojó con fuerza ante el apodo cariñoso. Podría acostumbrarme perfectamente a llamarle así, ya que es exactamente lo que es.

—Te amo.

Por fin he conseguido que su corazón sea mío.


Me gustaría agradecerle a todas las personas que me han escrito este tiempo, de las que he recibido notificaciones ¡o simplemente a las que hayan empezado a leer ahora o hayan seguido esperando un nuevo capi!
Mañana comenzaré a contestar todos los mensajes que tengo pendientes, y lo haré por el orden que los recibí ¡siento también la tardanza en eso!
De paso me gustaría volver a revisar este capi, porque hoy lo he subido con prisas y la última mitad no me ha dado tiempo a revisarla bien. Asco de reposo de las narices... Ni estando fuera del hospital me dejan tranquila los médicos e.e

Y por supuesto también se lo agradezco a mi artistaza favorita (¿Conocéis los fanarts de Zuly-ang en DeviantART? ¿No? ¿Y a qué esperáis para ver sus preciosos Malec *-*?) por semejante dibujazo de mi Alec para mi cumple. Ouch, eso me llegó al alma y me animó muchísimo en unos días muy duros.

Y de nuevo gracias por todo y disculpad mis desvaríos. Mi salud sigue delicada, pero el ritmo semanal vuelve a la carga. No tengo muy claro cuándo actualizaré aún ¡avisaré en el capi de la semana que viene, que espero que sea el jueves 29!
¡Un abraaaaazo de pato para todo/as!