De nuevo mi preciosa y adorada salud me ha impedido actualizar adecuadamente. Aunque en esta ocasión no fue nada grave decidí (bajo amenaza de mi doctora (que en mi opinión me ha cogido demasiada confianza y es medio psicópata) y de cierto algodoncito diabólico) dejar esto el tiempo suficiente como para estar perfectamente de nuevo. Igualmente sigo opinando que actualizar un fic cada tanto tiempo no es lo mío y no pienso meterme en un lío así a no ser que sepa que podré seguir un fic semanalmente. Ya es algo personal e.e

Pasando ya a cosas importantes alejadas de mi odiosa salud...
A este fic le quedan exactamente tres capítulos, o eso tenía yo pensado. He decidido que los dos últimos capítulos los subiré juntos, por lo que en realidad actualizaré en otras dos ocasiones: el jueves 12 y el domingo 22. Así me dejo un poco de margen para poder terminar los últimos dos capis tranquilamente.
Gracias por vuestra paciencia y por haber seguido leyendo mis locuras n.n
¡Os adoro!

Que el Ángel os proteja, la Fuerza os acompañe y la suerte esté siempre de vuestra parte.
...

*Angel: ¡Holaaaa! Encantadísima de conocerte-escribirte (?)
Para mí es un placer que te hayas pasado a leer mis desvaríos sobre estos dos y que encima te gusten (lo que sí es raro xD), ¡muchísimas gracias! Un abrazo, querida :D

*Rumiko no Haru:

¿Con "minino favorito" te refieres a Presidente o a Iglesia? xD
Presi aparecerá de forma muy breve, pero lo hará. Y Camille… Camille aparecerá, también. De una forma u otra (?) Nunca sé cómo contestar estos comentarios sin hacer spoiler. Aunque por otro lado a mí me encanta hacer spoilers…¿puedo contarte el final? ¿Porfis? xD
Y por favor, te estará muy agradecida de que no volvieses a llamar "zorra" a Camille. Sé que es un insulto muy extendido, pero los zorros son mi animal favorito y esa…cosa, no se merece siquiera que usen "zorra" sobre ella xDD
Habrá que inventar un nuevo apodo para ella. Le daré vueltas xDD
Gracias por seguir leyendo una semana más, ¡eres un amor!
¡Abrazos! :D

*Shingryu Inazuma: Jajaja yo directamente no les cobraría nada. Es más, creo que incluso pagaría con tal de ver a Alec desnudo paseándose por mi casa *-*
¡Oh! A mí me encanta Raphael. No es de mis personajes favoritos, pero desde luego me gusta como personaje. Y sobre todo me encanta su extraña relación con Ragnor. En "Las Crónicas de Bane" me pasaba el rato riéndome con estos dos. Es más: solo leía las partes en las que salían ellos dos o Catarina xD
A mí también me agrada que por fin se empezase por fin a ver un poquito al verdadero Alec en el "B". Me cansaba mucho escribirlo tan "débil", pero no podía ser de otro modo si quería escribir una reacción coherente a todas las cosas extrañas que habían aparecido en su vida e.e
¡Abrazos esponjositoooos! *-*


El despertador lleva por lo menos cinco minutos sonando de manera estridente. Si sigue así lo único que va a conseguir es romperme los tímpanos, ¿quién demonios lo encendió anoche? Nunca me ha hecho falta para despertarme. El maldito sonidito me recuerda a los gritos histéricos de Jace aquella vez que probó los macarrones cocinados por Isabelle. Horrible.

Intento levantarme por todos los medios, pero mis brazos vuelven a fallar y caigo de nuevo sobre la cama. Me gustaría poder decir que esto es culpa de Magnus y que ayer necesitaba alimentarse más de lo normal, por lo que yo acabé agotado. Decir que estoy enfermo por haber disfrutado con mi pareja es mejor que haberme resfriado porque a él se le olvidó venir a recogerme porque estaba entretenido viendo discutir a mis amigos. Espera, ¿pareja?

A la quinta va la vencida, supongo. Al fin consigo sentarme sobre el borde. Por primera vez en días, paradójicamente, mi aletargado cerebro parece procesar los grandes cambios en mi dormitorio. Hace menos de un año yo odiaba las cosas que se salían de mi preciada monotonía, ¿por qué entonces estoy bien con el nuevo estilo de vida que él ha impuesto? No creo que sea bueno que me acostumbre demasiado a esto cuando nuestra relación pende de un hilo. Sea cual sea esa "relación". Debería definir la relación; hablarlo con él. Creo que mi hermana tenía unas siglas para eso. Mierda, la cabeza me da vueltas.

—¿Criatura? Tu hermana acaba de irse, ¡tenemos toda la casa para noso-!—Incluso enfocar la vista es una tarea complicada. Quizá se deba a lo mucho que me pesan los párpados. —Ey, —Ni siquiera me he percatado de cuándo se ha acercado a mí, y la verdad es que no sé si es por lo idiotizado que me encuentro o por su rapidez sobrehumana de ser del inframundo. —¿qué te ocurre?

—Tengo frío. —Noto mi boca pastosa y mi lengua parece entumecida, a juego con el resto de mi cuerpo.

Incluso aunque no pueda verle puedo saber que está sonriendo de esa manera que normalmente hace que mi vello se ponga de punta. Supongo que es gracias a la extraña conexión que nos une y que me permite saber cuándo tiene necesidad de alimentarse y si está excitado. ¿Cómo se llamará ese extraño vínculo a lo X-Men? ¿Y por qué estas preguntas solo se me ocurren cuando no puedo formularlas y luego se me olvidan?

—¿Quieres que te haga entrar en calor?

Pese a mi estado de confusión y adormecimiento mi cuerpo reaccionó a sus palabras con un escalofrío de placer. Magnus dice que esa cosa mágica que él desprende y que seduce a los humanos no funciona conmigo, pero empiezo a sospechar que sí lo hace. Es completa y absolutamente imposible que yo haya acabado siendo todo lo que le reprochaba a Jace. Yo no me dejo guiar por mis deseos ni soy una hormona con patas.

—Tengo frío. —Insisto. Puede que porque eran las únicas palabras que mi mente era capaz de procesar con la suficiente claridad.

—Luego no te quejes si no puedes moverte de la cama en todo el día por estar débil. —Ahora ni tan siquiera hubiese necesitado esa conexión; el tono en su era claramente esclarecedor. —¡Oh, mierda! —Exclamó al tocar mi mejilla. Es curioso oír maldecir a un demonio, ¿tendrán algún tipo de normas de conducta? Castigos o algo por el estilo. —¡Estás ardiendo!

Sí. Me lo imaginaba.

El rápido movimiento que Magnus me forzó a hacer para acostarme hizo que me dieran arcadas. Tuve que ponerme de lado y encoger las piernas para aliviar un poco la sensación de vértigo. Por favor: cualquier cosa menos vomitar. Cuando vomitas te pasas horas con ese asqueroso sabor en la boca, por mucho que trates de eliminarlo. Prefiero un dolor de cabeza perpetuo, gracias.

—¿Qué te ocurre? ¿Es mi culpa? —Pues…lo cierto es que…de algún modo…sí.

—Los humanos enfermamos todo el tiempo. —Aunque yo en concreto no recuerdo haber tenido fiebre desde los nueve años. —Solo necesito descansar.

—¿Estás seguro? Tengo una amiga que es experta en medicina y puede venir a verte. —¿"Amiga"? No, gracias. Lo que me faltaba ahora mismo es que una de sus antiguas amantes me vea en un estado tan lamentable como el que debo de mostrar en este instante.

—Solo quiero dormir. ¿Puedes hacerme compañía mientras me recupero? —Pregunté con la voz más empalagosa que pude poner, tratando de evitar que se fuese demasiado lejos de mí. Vete tú a saber qué desastre podría armar. Llamar a mi hermana para que me hiciese de enfermera, por ejemplo.

Dado la nula colaboración de mis cuerdas vocales más bien pareció que estuviese intentando no vomitar en lugar de sonar encantadoramente necesitado, como yo pretendía. Aunque por otra parte intentar no vomitar es exactamente lo que estaba haciendo.

—Por supuesto que sí.

Sus palabras sonaron huecas en mis oídos. Sabía que me estaba mintiendo y que iba a marcharse a alguna parte, pero ni tan siquiera mi enfado y preocupación pudieron hacer que me mantuviese despierto el tiempo suficiente como para replicar.

..

Soñaba con Max. Hacía tiempo que no soñaba con él.

Últimamente mis sueños estaban ligados a los pensamientos de Magnus; retazos de su pasado o recuerdos confusos se colaban en mi mente, desvaneciéndose y tan solo dejando un débil recuerdo cuando yo despertaba.

Pero estaba Max. Y había algo mal en él. Le pasaba algo.

Tengo que ayudarle.

..

Quien dijo que dormir ayudaba a la curación es un mentiroso y un chalado. Mi dolor de cabeza no ha hecho más que aumentar. Y mi sed. Necesito agua.

Tal y como imaginaba Magnus no está a mi lado, así que debo volver a mi lucha anterior y tratar de incorporarme por mi cuenta. Tengo que hacer un gran esfuerzo que me deja momentáneamente mareado, pero al menos he podido hacerlo a la primera. Ponerme en pie es mucho más fácil. Por desgracia mi vista no parece lo suficientemente centrada como para encontrar mis zapatillas. Es igual, el frío del suelo me ayudará a aguantar el insoportable calor que siento ahora mismo.

Mi mano tiembla cuando tomo el pomo y tengo que usar toda mi fuerza para lograr abrir la puerta. Debo estar incluso peor de lo que imaginé. Cuando uno tiene fiebre no puede quedarse sin hidratar, por lo que sé. Beberé algo y le dejaré una nota a Izzy por si hoy se le ocurre venir antes de las tres de la mañana. Siendo sábado es algo harto improbable, pero esa alocada mocosa tiene cierta tendencia a destrozar mis expectativas.

Oigo voces que provienen el salón.

A veces odio tener razón. Solo espero que no haya traído a Simon para presentármelo como su novio formal o algo por el estilo. No necesito enfrentarme a eso hoy.


Las cosas se están poniendo feas. Magnus es uno de los demonios más humanos que he conocido a lo largo de mi vida. Por una parte esto podría parecer bueno, pero a los demonios no les gusta la debilidad. Gracias al Ángel que al menos Magnus es un íncubo y ellos no están obsesionados con el caos y la muerte. De igual manera bastante delicada era ya su situación al estar tan apegado a seres terrenales como el brujo Ragnor Fell o incluso Catarina o yo; encontrar al Candidato es lo peor que lo podría haber pasado a su parte demoníaca. Desgraciadamente, como persona que se preocupa por él y su bienestar, no puedo evitar sentir que Magnus nuca ha estado tan vivo, pese a la debilidad más que evidente de su cuerpo.

—He estado revisando en todos los libros sobre el tema que he podido encontrar, Magnus; pero no hay nada que pueda hacerlo.

—¿Vas a dejarme tirado ahora? ¿Vas a rendirte? —No se trata de rendirse, sino de aprender cuándo debe uno retirarse para evitar la mayor cantidad de daño posible. Aunque viendo la desesperación que refleja su rostro el daño ya está más que hecho. —¿Acaso no te hubiese gustado que alguien encontrase una solución para James y tú?

Jem…

—Eso fue hace mucho tiempo, ya ni lo recuerdo.

No recuerdo lo que sentía estando con él, sólo mantengo una vaga sensación de pérdida cada vez que le veo. Incluso he llegado a experimentar cierto malestar al verle con el señor Herondale. No obstante hace mucho que no le echo de menos; que no le añoro. Yo ya no puedo sentirme así.

—Sabes que te aprecio, Tessa; y no te ofendas, pero no voy a permitir que Alexander se convierta en algo como tú. —¿Ofenderme? No puedo ofenderme cuando sé que lo que me dicen es cierto.

Magnus llevó sus manos hasta su rostro, frotándolo vigorosamente. Cuando volvió a mirarme parte de su maquillaje se había corrido y estaba ahora manchando sus manos.

Está cansado. Sus ojos se ven somnolientos y todo su cuerpo parece al borde del colapso.

—¿Cuánto hace que no te alimentas?

—¿Apropiadamente? Desde el veintinueve de octubre del año pasado. Dos días después esos mocosos me Invocaron y empezó todo este lío. —Mi mirada debió ser tan severa como yo pretendía, ya que otro suspiro salió de sus labios antes de que me respondiese. —Desde hace dos días. A mediodía, si no me equivoco.

Una sonrisa placentera recorrió su rostro. Era más que obvio en lo que estaba pensando. Si todavía siguiese siendo humana me hubiese avergonzado su actitud.

—Dada tu delicada situación debes alimentarte cada doce horas como mucho, aunque suponga un esfuerzo.

—¿Esfuerzo? —Sí, claro. Seguro que a un demonio del sexo le supondría un esfuerzo tener relaciones sexuales. Parece que yo también estoy más cansada de lo que creía.

—¿Y entonces a qué se debe? ¿El Lightwoo-? —Comencé. Su mirada se clavó en mí, penetrándome hasta el alma. Hay veces en las que se me olvida que por muy humano que pueda ser su carácter muy en el fondo hay algo oscuro en él. —¿Alexander —Añadí, tanteando. Él pareció complacido de escuchar su nombre. — está enfadado contigo?

Puede que encontrarnos ayer a Jem, su maleducado compañero y a mí no le hiciera ninguna gracia, y mucho menos si estábamos invadiendo su casa para discutir. No fue mi culpa que esos dos aparecieran en el momento justo en el que yo había quedado con Magnus para tener la conversación que habíamos estado manteniendo hoy.

—Él está enfermo. No voy a forzarle a hacer nada que lo deje incluso más débil de lo que ya está. —Y ahí está otra vez esa preocupación por el contrario. Magnus nunca ha sido tan humano como lo es Jem, así que sigue asombrándome cada vez que antepone al humano sobre él. —¿Qué hay de los Sellos? ¿Algo nuevo? Una ley que contradiga a otra o-

—Peligroso, —Volví a centrarme en lo realmente importante. —muy peligroso. Seguiremos manteniéndolo como plan de emergencia y nada más. No he podido encontrar ninguna laguna en su funcionamiento.

—Podría funcionar.

—O podría no hacerlo. Recuerda lo que ocurrió con Hellen y Aline. —Una pequeña gran lección para todos los de su raza, me temo. Nada de relaciones que vayan más allá de lo físico con los humanos, esa es su única norma.

Para ser un mundano era muy sigiloso. Si no hubiese sido porque Magnus repentinamente cambió su expresión a una mucho más dulce mientras olfateaba el aire y giró su rostro en dirección al pasillo, ni siquiera me hubiese percatado de que había salido de su habitación.

—Criatura. —Lo llamó Magnus mientras extendía su brazo hacia él.


Miré a Tessa con desconfianza. Sé que Magnus me ha dicho que los que son como ella no pueden tener relaciones de ningún tipo, y mucho menos tener sexo, ¿pero y si me ha mentido? Tal vez siempre que yo estoy en la universidad ellos dos están…

—¿Alec? —Volvió a llamarme.

Me acerqué hasta donde ellos se encontraban y me senté junto a Magnus, ignorando la mano que él me tendía para que me sentase sobre su regazo. De reojo pude ver su ceño fruncido, que estoy seguro de que desapareció cuando dejé que mi cabeza cayese sobre su hombro. El brazo que anteriormente estaba estirado hacia mí pasó tras mi cuerpo y se enredó en mi cintura, atrayéndome más hacia él.

—Sigues demasiado caliente. No deberías haberte levantado, criatura.

—Tú no estabas. —En realidad en lo único en lo que había pensado al despertar era en mi necesidad de beber agua para aliviar el escozor en la garganta, pero de vez en cuando está bien pagarle con su propia moneda. —No quería estar solo.

Si yo sufro, tú sufres. Simple.

—Seguiremos hablando otro día, Magnus.

La interrupción de Tessa entorpeció mi táctica de hacerle sentir mal y Magnus dejó de mirarme con culpabilidad para mirarla a ella. Intenté que no se notase demasiado mi frustración mientras me alejaba de su lado y me dirigía a la cocina.

—¿Dónde vas?

Como si realmente le importase. Que se vaya con su "amiguita" Tessa a juguetear y tener todo el sexo que no puede tener conmigo porque soy un inútil bicho raro.

Rompiendo mis propias normas de higiene (que en más de una ocasión me habían hecho enfadarme con Jace), tomé la botella de agua fría de la nevera y la llevé directamente a mis labios. El frío líquido descendió por mi garganta, aliviando mi sed pero provocándome un terrible malestar. Genial.

Mientras me dirigía de vuelta a mi habitación pude escuchar cómo Magnus conversaba en susurros con Tessa mientras ella se encaminaba a la salida. Ni siquiera sé por qué se molestan cuando tengo los oídos casi completamente taponados. Las únicas dos palabras que consigo distinguir no hacen más que aumentar mi furia y, por ende, mi cansancio. "Hellen" y "Aline". No es la primera vez que oigo mencionar esos nombres. Por no añadir el nombre que había escuchado cuando ninguno de ellos me había detectado todavía ¿Estarían haciendo un recuento de las antiguas amantes de él, quizás?

Ahora mismo ni tan siquiera puedo recordar qué es lo que me hacía ayer tan feliz sobre estar con él. Está claro que un demonio siempre será un demonio, por mucho que trate de hacerse creer a sí mismo lo contrario.

Tengo mucho sueño.

Me acosté en la cama y me tapé hasta la cabeza con todas las sábanas y mantas que yo obviamente no había escogido para MI dormitorio. Sigo teniendo calor, pero en algún lugar he leído que sudar hace bajar la fiebre. Creo. No lo sé, de esto se encargaba mi madre. En esa época en la que de verdad se preocupaba por nosotros y no por su carrera profesional, claro.

—¿Criatura?

Quise apartar la mano que sentí acariciando mi pelo, pero no fui capaz de mover mi cuerpo. Pesa. Y duele.

—Déjame solo. —Creo que conseguí decir. O tal vez simplemente las palabras sonaban una y otra vez en mi cabeza.

Sentí cómo su cuerpo helado se colaba bajo las capas de ropa de cama y se acercaba a mí, abrazándome. Él está muy frío, y yo lo que quiero es sentir calor. Lamentablemente mis ojos comenzaron a cerrarse contra mi voluntad antes de poder siquiera pensar en decirle que se marchase.

Un murmullo. Una palabra.

¿Qué significa?

..

— Alec… ¿Qué…pasa? … ¿…mañana? Max.

Mis ojos únicamente consiguieron abrirse en dos pequeñas rendijas, tan solo divisando de forma borrosa retazos del pecho color caramelo de quien seguía manteniéndome sujeto entre sus brazos; un abrazo firme y suave al mismo tiempo.

—Estará mejor, tranquila.

¿Ya está aquí Izzy? ¿Cuántas horas he pasado durmiendo?

El pequeño clic de la puerta al cerrarse con delicadeza me insta a volver a descansar.

—Pequeño. —Le escucho llamarme.

Estoy demasiado cansado como para abrir los ojos, por lo que muevo ligeramente mi cuerpo, trasladándome más cerca del suyo.

—¿Estás mejor? —Si estar mejor significa que el dolor ha bajado su intensidad de "quiero morir" a "insoportable" supongo que sí. —Perdóname.

Solo en ese momento recupero un poco más de consciencia y soy capaz de percibir cómo sus manos acarician mi espalda con delicadeza. Al contrario que antes ahora su cuerpo está caliente, instándome a acercarme más a él. Y eso es precisamente lo que hago.

—Perdóname. —Repite. ¿Perdonarle por qué? No fue culpa suya que el paraguas de Sebastian resultara ser defectuoso. —Si tuviera mi fuerza normal podría curarte en menos de un segundo.

¿Por eso pide perdón? Es un simple resfriado, se me pasará en unas horas. Unos días, como mucho.

Me acurruco más cerca de su pecho, acercando el oído para escuchar el suave latir de su corazón. Magnus comienza a tararear algo en un idioma completamente desconocido para mí. Definitivamente su voz no está hecha para cantar, pero hay algo atrayente en ella. Me dejo llevar por la melodía y sus suaves caricias y vuelvo a quedarme dormido.

..

Los domingos por la mañana Isabelle no se levanta hasta por la tarde y encima lo hace con resaca, por lo que Magnus y yo tenemos todo el día para nosotros solos. Despertarme un domingo por la mañana porque mi hermano está levantando mis párpados no es para nada divertido. Ahora entiendo a mi demonio cuando insiste en que deje de celebrar tantas reuniones familiares. A partir de ahora solo reuniré al desastroso grupo de mis seres queridos cuando mis padres se pasen por la ciudad y dejen quedarse a Max con nosotros. El resto del tiempo que se meta cada uno en sus asuntos. Para eso se inventaron los teléfonos, ¿no? Llamas, preguntas si todo va bien, te responden y no vuelves a saber nada de ellos hasta que vuelves a llamar, pero igualmente te sientes realizado como hermano. Gloriosa paz.

—¿Por qué no te vas a discutir con Will un rato y me dejas tranquilo? —Mi voz sonaba algo ronca, pero nada más.

Dormir durante todo el sábado al menos me ha servido de algo, ya que me siento muchísimo mejor y solo un leve dolor de cabeza que una aspirina se encargará de eliminar persiste todavía. Aunque esta tarde tendré que pasármela estudiando y poniéndome al día con las clases. A Magnus eso no le va a gustar.

Magnus.

Sigo notando su brazo sobre mi cintura y su pecho desnudo pegado contra mi espalda. Gracias al cielo que hace frío y todavía tenemos que taparnos. ¿Cómo sería que Jace nos encontrara en una escena de este tipo en pleno verano? No quiero ni pensarlo.

—Creía que lo bichos como él no dormían.

Magnus no suele dormir por obligación a no ser que esté extremadamente débil, e incluso así siempre se despierta con el mínimo ruido. Jace debería haberle despertado con esa voz que Magnus parece odiar tanto.

—Tiene que alimentarse. —Digo más para mí mismo que para mi hermano. ¿Cuánto hace que no tenemos ningún contacto físico? Días. Seré imbécil. —Márchate, Jace.

—¿Por qué? —Ahora entiendo por qué esa manía con su voz. Jace puede ser odioso cuando se lo propone.

—¿Quieres quedarte a mirarnos? Quizás eso excite más a Magnus y nos sea de utilidad.

Su rostro normalmente burlesco adoptó una expresión que seguramente sería muy similar a la mía cuando el día anterior tenía ganas de vomitar. Ni siquiera fue capaz de soltarme uno de sus típicos e hirientes comentarios antes de marcharse. Supongo que se pasará un rato pensando en qué hacer y decir para avergonzarme durante la comida.

Ahora mismo eso no importa.

—Magnus. —Intento llamarle.

Al no recibir respuesta comienzo a moverme hasta conseguir liberarme de su brazo y poder incorporarme. Me encuentro demasiado bien. ¿Ayer estaba agonizando por mi malestar y hoy me levanto tan tranquilo?

—Si tuviera mi fuerza normal podría curarte en menos de un segundo.

Oh, por el Ángel.

—¿Magnus? —Vuelvo a intentar mientras lo zarandeo levemente. —Dime que no has sido tan idiota.

Definitivamente lo ha sido.

—Inconsciente, cabeza hueca, —Echo hacia atrás las malditas mantas que nos cubren. De inmediato siento el frío recorrer mi cuerpo, pero ahora no es momento de pensar en eso; enseguida entraré en calor. — descerebrado, imbécil, tarado.

—Lo que más me gusta de ti es tu extenso vocabulario. —En su rostro aparece una sonrisa cansada, aunque sus ojos siguen sin abrirse.

—Idiota. —Me quejo. Intento sonar enfadado, pero es obvio que el alivio que siento al ver que no está tan mal como yo pensaba se refleja en mi tono de voz. —Estaba preocupado.

—Un humano preocupado por el demonio que pretende alimentarse de él. Suena a tragedia shakesperiana.

Mi ropa interior ya se encuentra en algún lugar indeterminado del suelo, por lo que ahora es su turno. Magnus suelta un pequeño gemido casi inaudible cuando comienzo a desnudarle sin mi típica vergüenza. No es que ahora me sienta más cómodo ni que no tenga ganas de esconder mi rostro al verle desnudo (es más: apostaría lo que fuese a que estoy completamente sonrojado), pero su bienestar es más importante en estos momentos.

—Deja que yo me encargue de todo. —Susurro contra sus labios antes de besarle.

Su cuerpo está tan débil que ni siquiera es capaz de enredar su mano en mi pelo como sé que le gusta hacer. No sé cómo no lo he sentido antes a través del maldito vínculo mágico-defectuoso. Supongo que ahora tampoco es un buen momento para preguntar qué nombre recibe.

—Esa es mi criatura. —Me sonríe cuando me coloco sobre él.

..

—Ayer parecías enfadado conmigo. —Siempre me resulta entretenido ver cómo se arregla. Los días de diario nunca puedo hacerlo, por lo que los fines de semana, en cuanto termino de arreglarme yo mismo, me paso un buen rato viéndole ir de aquí para allá poniéndose y quitándose cosas.

—Lo estaba. Creo. —No recuerdo demasiado bien nada de lo que sucedió ayer. Solo sé que tenía mucho sueño y ganas de matar a alguien. Dado que Izzy no estaba en casa supongo que lo del enfado es cierto. —Creo que estar enfermo me pone de mal humor.

Ahora está frente al espejo, observando con ojo crítico el maquillaje que acaba de aplicar sobre sus párpados. No sé por qué se obsesiona tanto con estar impecable si él ya viene perfecto de fábrica. Si yo fuese como él no me preocuparía en absoluto de mi aspecto. Aunque Izzy también se pasa horas arreglándose… quizá cuanto más guapo eres más ganas de serlo tienes. Algo así como cuando los ricos son los que más ansían tener más dinero.

—Parecías estar sufriendo. —Al fin dejó el estuche de maquillaje sobre el tocador y se dio la vuelta para encararme. Sombra de ojos lila con brillos naranjas. Esa combinación seguramente signifique que ha usado el brillo de labios que huele a cítricos. —En sueños no parabas de removerte mientras llamabas a Max. Tuve que hacer algo para aliviarte de aquello.

Max. Recuerdo haber soñado con Max, ¿pero qué era lo que soñaba que hizo que Magnus se preocupase tanto?

—No vuelvas a hacer nada que te ponga en peligro para protegerme. —Eso sonaba estúpido incluso a mis oídos. Más que una orden era un ruego, un intento de mantenerle a salvo. Es complicado proteger a alguien que está intentando protegerte a ti.

—Haré lo que sea necesario, criatura. Tú no tienes nada que opinar sobre el tema.

¿Perdón?

—Supongo que algo sí que tendré que opinar, ya que es mi vida de la que estamos hablando. —Por su cara él parecía tan enfadado como yo lo estaba, lo que es completamente absurdo. No es a él a quien están tratando como a un perrito al que su dueño debe decidir qué vacunas ponerle.

—No, Alexander. —Abrí mi boca para objetar. Obviamente él me detuvo. —Si tengo que dar mi vida para que tú estés a salvo, lo haré.

Melodramático, estúpido y cabezota ¿se supone que eso debía consolarme o algo por el estilo?

—Entonces yo también daré mi vida por protegerte a ti.

—Tú no harás eso. —Gruñó con voz amenazadora.

A estas alturas ya debería saber que no puede amedrentarme. Si no pudo nada más conocerme, mucho menos le permitiré hacerlo ahora.

—Haré lo que me dé la gana. —Me mantuve firme. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, todavía sentado sobre el colchón mientras él estaba en pie frente a mí. —¿No comprendes que el hecho de que tú mueras por mí es una idiotez? No quiero un mundo sin ti.

Estaba enfadado, y mucho. Mi frase no pretendía ser cariñosa ni mucho menos tierna, sino que quería transmitirle mi determinación y mi negación a ceder en esto. Él obviamente lo entendió a su manera.

Como era habitual en él ni siquiera fui capaz de enterarme de lo que pasaba hasta que me tuvo aprisionado contra el colchón, su boca profanando la mía de una forma que escandalizaría incluso a mi hermana. Yo todavía estaba enfadado. Cuando mis empujes sobre su pecho parecieron no funcionar intenté decir algo. Segundos después me percaté de que es imposible hablar cuando la lengua de otra persona parece empeñada en recorrer cada rincón de tu boca.

Seguía enfadado por su estúpido pensamiento retrógrado, pero era incapaz de resistirme a él. Mis manos dejaron de intentar alejarlo para aferrarse con fuerza a su camisa púrpura al tiempo que mi lengua se unía a la suya. Su cuerpo reaccionó a mi colaboración presionándose más contra el mío, lo que provocó que mi boca se abriese más en busca de aire. Magnus pareció no entender el gesto, porque sus labios se adaptaron a los míos, impidiéndome conseguir ni una pizca de mi ansiado oxígeno.

Cuando se alejó de mí mi mente estaba completamente en blanco. Mi cuerpo entero ardía, pero de una manera muy diferente a como lo hacía ayer. Notaba cómo saliva resbalaba por la comisura de mi boca y bajaba por mi mandíbula hasta llegar a mi cuello, su sabor a cítricos aun embriagando mis sentidos.

—No tienes ni idea de las cosas que me gustaría hacerte ahora mismo. —Ronroneó contra mi cuello, pasando su lengua por el rastro de saliva y dejando mi piel incluso más húmeda.

Cerré los ojos, intentando alejar de mi mente mis propias fantasías. Todo fue en vano, pues cerrando los ojos todo se hacía más vívido.

—Mi familia está esperándonos. —Reaccioné al fin.

Ni siquiera pude convencerme a mí mismo con esas palabras.

—Ni James ni Max han llegado todavía, criatura. No pienso dejarte ir hasta que sea completa y absolutamente necesario.

Es la primera decisión de las que ha tomado hoy con la que estoy completamente de acuerdo.

..

Dejé que el agua siguiese cayendo por mi cuerpo durante otros quince minutos después de que Magnus hubiese salido. Sabía que él tardaría un buen rato en volver a estar "presentable", por lo que me decidí a disfrutar durante un buen rato del agua caliente. Ducharse junto a Magnus podía ser muchas cosas, pero desde luego no era algo relajante. Paradójicamente la mayoría de las veces que me ducho junto a él acabo sudando más que antes de entrar.

Tardo menos de cinco minutos en secarme, vestirme y dar por perdido mi pelo tras un único fugaz intento de arreglarlo. Para cuando salgo a mi habitación Magnus ha avanzado bastante y está de nuevo frente al espejo poniéndose porquerías en la cara.

—Sabes que no te hace falta ponerte tanta cosa artificial para ser perfecto, ¿verdad? —Su mirada no se despega de su reflejo ni tan siquiera cuando paso mis brazos por su cintura y lo abrazo por la espalda. —Me gusta más cuando tu cabello está limpio y libre de tanta parafernalia.

—Y a mí me gusta cuando estás tan relajado que ni siquiera te das cuenta de lo dulce que estás siendo. —Es cierto que no soy muy partidario de las muestras de afecto en público, pero tampoco me he considerado nunca una persona fría ¿lo soy? —Sigo queriendo secuestrarte para no tener que pasar por esta estúpida comida y poder tenerte solo para mí.

—Va a venir Max.

—Ni tan siquiera el pequeño y adorable Maxwell podría hacer que hoy tuviese ganas de soportar esto. Ayer no fue un buen día. —Finalmente el rímel fue devuelto de nuevo al estuche de maquillaje que yo mismo le había regalado por navidad. Me parece curioso que con todo el dinero que se gasta en decorar la casa siga usando algo tan básico como lo es ese estuche. —Para un día que podemos pasar a solas y todo se echó a perder.

—¿Quieres que me disculpe por haberme puesto enfermo? —Estuve a punto de añadir "porque fue culpa tuya". Menos mal que logré contenerme. Ahora mismo no me apetece otra discusión, por más que estas suelan acabar en una agradable sesión de placer.

—¿Disculparte? Me disgusta mucho no haber podido hacer nada en nuestro único día a solas, pero ayer estabas tan absolutamente tierno mientras te acurrucabas entre mis brazos buscando calor… Adorable. —Al fin terminó de examinarse en el espejo y, tras darse el visto bueno, su mirada se alzó y se clavó en mi reflejo. —Te has puesto la camisa que te compré el lunes.

Desvié mi mirada hasta la prenda en cuestión. Era muy simple y no tenía nada de especial. Lo único que hacía evidente que era una elección de Magnus y no mía era lo exageradamente estrecha que era. Prácticamente me sentía desnudo; como si la estúpida camisa fuera más una segunda piel que una prenda.

Magnus se volteó lentamente entre mis brazos, encarándome.

—Deberías dejar de comprar tantas cosas azules. —Su obsesión por encontrar alguna prenda que hiciese conjunto con mis ojos rozaba lo ridículo. Sobre todo porque cada vez se enfadaba más cuando yo me probaba algo y se percataba de que no era el tono exacto de mis ojos. —En realidad creo que deberías dejar de hacer tantas compras en general.

Ni tan siquiera estaba tratando de fingir que me escuchaba. Sus ojos recorrían mi cuerpo lentamente y en mi cabeza no hacía más que aparecer un cartel luminoso gigante con la palabra "peligro".

—¿Hoy hay alguna otra festividad de las vuestras? De esas en las que se hacen regalos. —Sus manos se aferraron a mis caderas del mismo modo que las mías lo hacían en las suyas. La diferencia es que yo no me lo estoy comiendo con los ojos. —Te falta el lacito, preciosidad.

—¿Quieres tener que arreglarte otra vez?

—¿Me estás proponiendo otra maravillosa sesión d-?

—Te estoy avisando porque pienso lanzarte uno de tus botes de polvo brillante por encima.

Me liberé de su toque y aproveché su estado de confusión para salir lo más aprisa posible por la puerta.

—¡Se llama purpurina! —Escuché su grito mientras me apresuraba por el pasillo.

"Purpurina" es lo que tiene que tener en el cerebro en lugar de neuronas.

..

—¿Ya habéis hecho lo que teníais que hacer?

Sabía que iba a estar burlándose de mí y no me pilló por sorpresa. Lo que sí me sorprendió fue que empezara esta conversación cuando ambos estábamos a solas ¿no era él el que pensaba que hacer quedar a alguien en ridículo era mucho mejor cuanto más público haya?

—Sí.

Jace se quedó callado durante unos minutos mientras yo seguía sirviendo la comida en los platos. Jace callado. Esto cada vez me gusta menos.

—Hacía tiempo que quería hacer esto… pero no sabía cómo hacerlo. —Un Jace dudoso es peor que un Jace callado. —Perdóname por haberte metido en todo esto.

Un Jace pidiendo disculpas ya roza la línea de lo imposible.

—¿Meterme en qué? —La respuesta era obvia, pero seguía pareciéndome todo demasiado surrealista.

—Magnus. —Respondió intentando sonar casual y fallando estrepitosamente. Creí que el que no sabía mentir era yo. —Tú siempre has sido el más sensato de nosotros, el que siempre nos protegía. Cuando sucedió todo aquello y lo trajimos aquí… Debí suponer desde un principio que tú harías lo que fuese por protegernos.

—No entiendo a qué viene esto ahora.

—Viene a que para ti ya se ha convertido en algo normal y eso no está bien. —Jem ya estaba en el comedor, por lo que me fue fácil sentir cuándo empezó Magnus a acercarse hasta donde nos encontrábamos nosotros. —Sé que piensas que sientes algo por él y- —Jace clavó sus dorados ojos en la puerta, mirando fijamente a Magnus. —Por muy humano que pueda parecer él nunca será como nosotros. Todo esto solo es un divertido pasatiempo para él; tú solo eres un entretenimiento.

Creí que Magnus saltaría al escuchar sus palabras, pero se mantuvo callado, todavía sin despegar de mí su mirada.

—Todo está bien, Jace. —Ahora eran dos los pares de ojos que me observaban con curiosidad. Nunca me ha gustado ser el centro de atención. —Gracias por querer hablar conmigo.

Como era obvio él no me respondió. Se dedicó a coger dos de los platos y a marcharse con la cabeza bien alta al puro estilo Herondale.

—Te mataré si algo le ocurre. —Escuché cómo le gruñía a Magnus.

El demonio continuó mirándome sin despegar sus ojos de mí ni un instante. Finalmente me cansé de la situación y volví a prestar atención a lo que estaba haciendo en un principio, intentando alejar de mi mente demasiadas incógnitas sin resolver.

No me sorprendió cuando sentí unos dedos acariciar mi mejilla dulcemente antes de descender hasta mi mentón y hacerme alzar el rostro.

Besó mis labios con ternura, como temiendo que yo fuese a romperme si no era lo suficientemente gentil. Era tan tierno que no podía comprenderlo. ¿Dónde estaba el íncubo que pretendía dejarme encerrado en el dormitorio todo el día?

—Hace bien en tratar de protegerte.

—Tú no me harás daño.

—Ojalá yo pudiese estar tan seguro como tú de ello.

..

—¿Cómo se te ha ocurrido semejante idiotez? ¿Es mucho pedir que pienses un poquito las cosas antes de hablar?

La reunión familiar había ido bien hasta que, para variar, alguien hizo que las cosas se salieran completamente de control. Normalmente de eso se encargaban Will y Jace sin necesidad de nadie más, pero en esta ocasión, al parecer, Simon y Magnus necesitaban llamar la atención. Y cabrearme. Mucho

—Puede que en esta ocasión tengas cierta razón, pero hay algunas veces en las que decir las cosas sin pensar puede ser beneficioso.

—Hay que tener sentido común, Magnus. Tener aquí a Simon no va a hacer más que complicar las cosas, ¿es que no te das cuenta? —Eso sin tener en cuenta la tremenda incomodidad de vivir entre dos personas que incluso para mí es bastante obvio que se atraen. Y eso sin meter por medio a mi propio problema demoníaco. —¿Cómo demonios puedes siquiera pensar que vamos a poder estar cómodos cuando te toque alimentarte? —Lamento mucho que a la madre de Simon se le haya ido completamente la cabeza y lo haya echado de casa, de verdad. Es un buen tío y no se merece eso ¿Pero tenerlo aquí? Por ahí sí que no paso. —Ya es lo suficientemente engorroso hacerlo con mi hermana bajo el mismo techo como para que ahora encima tú invit-

—Quiero que tú y yo nos vayamos de aquí. —Me quedé mudo por la sorpresa. Su rostro no mostraba ningún signo de nerviosismo ni de duda; simplemente estaba ahí, mirándome como si acabase de decirme que quería tortitas para desayunar. —Vámonos juntos, a nuestra propia casa. No nos iremos lejos, e Isabelle estará bien con Sasha.

—Simon. —Corregí de forma automática.

Magnus frunció el ceño.

—Eso no era precisamente la respuesta que estaba esperando, Alexander.

Una proposición así tampoco es lo que yo había estado esperando, y menos ahora. Por el Ángel, ¡si no hacía ni tres meses que había aparecido en mi casa como por arte de magia!

—En realidad la semana pasada hicieron tres meses, por lo que eso no me sirve como excusa.

Y ahora hablo en voz alta sin percatarme de ello. Mi cerebro está más dañado de lo que creí en un principio. Y que ya hayan pasado tres meses no mejora la situación.

—La gente normal no se marcha a vivir junta tan pronto.

—¿Y exactamente cuál de los dos es normal, tú o yo?

—Yo sigo siendo humano. —Más o menos. Menos que más, pero humano a fin y al cabo.

Su ceja se alzó mientras una sonrisa divertida se extendía por su rostro.

—¿Qué clase de humano se enamora del demonio que lo usa de alimento? —Eso mismo me he estado preguntando yo los últimos días. Si al menos el demonio en cuestión fuera alguien interesante… pero no, es un simple demonio tremendamente sexy pero con la cabeza hueca. —Vámonos juntos, Alec. Estoy cansado de tanta interrupción a todas horas y de tener que estar pendiente de si hay o no gente en casa para poder estar preparado para tus cambios de humor. ¿No te das cuenta de lo diferente que te vuelves cuando hay gente alrededor? Te retraes en ti mismo como un caracol asustado. —Bonita metáfora. Preciosa. Y muy elaborada. —Sé que necesitas estar con los tuyos y eso lo respeto, pero estoy harto de tenerlos rondando a todas horas. Vámonos.

¿Irme de aquí y dejar a mi hermana a solas? ¿Acabar con las interrupciones inoportunas de Jem, Will y Jace? ¿Evitar otro encontronazo con las amistades de Magnus?

—No puede ser muy lejos. —Una cosa es no querer tenerlos todo el día encima y otra muy diferente es darles carta blanca para que sigan haciendo de las suyas. Como invocar íncubos debido al aburrimiento, por ejemplo.

La sonrisa es su rostro se hizo más amplia, triunfal. Tenerle todo el día planeando una posible mudanza es justo lo que me faltaba para terminar de distraerme de mis obligaciones. Al final acabaré suspendiendo el cuatrimestre por no poder concentrarme ¿Cómo puede cambiar tanto la vida de una persona en tres míseros meses?

—Eres perfecto, preciosidad.

—Como vuelvas a llamarme así te juro que viviremos aquí hasta que me muera. O mejor: nos mudaremos a casa de Jace.

Isabelle apareció en ese momento, abriendo la puerta del dormitorio con estrépito y campando a sus anchas por la habitación sin prestarnos atención alguna. La sonrisa de niña consentida que consigue todo lo que quiere todavía no había desaparecido de sus labios, haciéndola ver más hermosa de lo que ya era. Me avergüenza darme cuenta de que en algunas ocasiones siento celos porque sé que Magnus consideró seriamente la posibilidad de alimentarse de ella antes de que mi maldito olor a ambientador demoníaco y yo apareciésemos por medio.

Mientras Izzy seguía rebuscando entre el maquillaje y demás cosas brillantes de Magnus, éste ignoró completamente el desastre que estaba ocasionando mi hermana y mis propias cavilaciones y se sentó a horcajadas sobre mí, captando mi atención de inmediato. Sabe que odio que se siente sobre mí.

—¿Ves a lo que me refería? Ahora mismo tú y yo podríamos estar celebrando que has aceptado mi proposición y no mirando cómo tu hermana desbarata mi estudiado desorden sobre nuestra cómoda. —MI cómoda. Aunque gracias al cielo que no se le ocurrió decir en voz alta qué tipo de proposición había aceptado. Quizás Isabelle estuviese pensando que se trataba de algo sexual, lo que me sería de lo más conveniente por el momento. —¿Recuerdas lo que te dije el otro día?

Finalmente ocurrió lo que tenía que ocurrir y él ignoró completamente mis miradas asesinas. Su cuerpo se presionó deliciosamente contra el mío mientras él abría más las piernas para acomodarse mejor y sus brazos se entrelazaban tras mi nuca. Un gemido ahogado escapó de mis labios sin que yo pudiese evitarlo. Sabe que odio que me haga esto. Está mi hermana a quince metros, por el Ángel.

—Te pasas la mayor parte del tiempo hablando y diciendo tonterías, ¿a cuál de ellas se supone que te refieres? —«Y bájate de encima», quiso añadir la zona racional de mi cerebro. La otra zona quería empujar a mi hermana fuera de mi cuarto para poder seguirle el juego a mi demonio.

—A cuando te hablé sobre mi mejor orgasmo. —Oh, por el Ángel. Esto sí que no ¿En los meses que llevamos juntos no ha podido darse cuenta de lo nervioso que me ponen estas conversaciones? —Lo dije por el calor de momento. No pensaba con claridad.

Me lo imaginaba, gracias. Pero eso sigue sin ser relevante teniendo en cuenta que mi hermana está presente. ¿Acaso él no es capaz de verla o algo por el estilo?

—No necesito hablar de esto; no quiero hablar de esto. —Ya tengo suficiente información innecesaria sobre sexo para lo que me resta de vida. Y mi hermana ya conoce demasiado de mi vida sexual, gracias.

—Tu masaje erótico-

—¿Masaje erótico? —Saltó Isabelle mirándome con picardía. ¿No se supone que estaba tratando de parecer distraída robándole pintauñas a Magnus?

—No era un masaje erótico. Solo pretendía relajarle. —Me quejé.

No creo que ningún humano deba pasar por la tortura que me están haciendo pasar estos dos ahora mismo. Ni siquiera quiero verme en un espejo para comprobar lo colorado que estoy.

—Oh, cariño, y lo hiciste. —Sus caderas volvieron a sacudirse contra mi ingle, aunque para su desgracia en esta ocasión estaba preparado y pude morderme los labios antes de gemir. Lo sujeté con fuerza de la cintura mientras le lanzaba la mirada más mortífera que pude. Obviamente me ignoró y siguió parloteando. —A lo que iba: tu masaje erótico y su posterior jugueteo entre mis-

—No te estoy escuchando, no te estoy escuchando. —Canturreé.

Isabelle por su parte parecía la mar de divertida mientras dejaba de fingir hacer otra cosa y nos observaba con total descaro. Odio a mi familia. Y ahora sé a qué demonios está jugando el maldito demonio cabeza hueca, ¿pero no le acabo de decir que sí? ¿Qué gana con esto?

—Mientras delirabas por la fiebre estuve pensando detenidamente y llegué a la conclusión de que mi mejor orgasmo fue el que tuve cuando me practicaste sexo oral por primera vez. —Por favor, dime que no he escuchado lo que creo que he escuchado. Dime que mi hermana no ha escuchado lo que creo que ha escuchado.—Recuerdo tu cara llena de angustia, de temor por hacerlo; pero también llena de excitación y ansias de-

—Por favor: cállate. —No solo es una conversación completamente indecorosa, sino que además es absolutamente vergonzosa e innecesaria. —Ya te he dicho que sí.

—No tienes ni idea de las ganas que tengo de poder tenerte al fin completamente. Me pregunto si la primera vez que te penetre pondrás también esa deliciosa carita. Sería peligroso para ti, amor; no creo que pueda ser delicado si te veo haciendo esa-

—¡Isabelle, largo! —Mi hermana me sacó la lengua como una cría antes de marcharse canturreando. No me digné a mirar a Magnus hasta que escuché el repiqueteo de sus pasos sonando en el interior de su habitación. —¿Se puede saber qué demonios te pasa? ¡Es mi hermana!

—La escuela de tu hermana es el colmo de la vagancia de este mundo; como mucho tiene tres horas al día de clases. He pasado el suficiente tiempo hablando a solas con ella como para saber qué podría ser demasiado para ella y qué no. No me seas ñoño.

—Sé que para ella o para ti no es nada del otro mundo, pero a mí no me gusta.

—¿Lo ves? Eso no hace más que darme la razón en cuanto a que tenemos que irnos a una casa propia.

—¿Para que no te dediques a hablar de mi vida sexual con mi hermana pequeña? ¿Qué clase de "buena razón" es esa? Y te repito que ya te había dicho que sí.

—No estabas del todo convencido y no quería que volvieses a cambiar de opinión por tu "sentido común".

No contesté a eso ¿de qué serviría? Dejé que él siguiese acariciando durante unos minutos más mi cabello mientras yo permanecía quieto, evitando su mirada. No pareció captar la indirecta hasta un buen rato después.

—No me gusta que me manipules a tu antojo para hacer lo que te dé la gana. —Utilicé mi agarre en su cintura para apartarlo de mí y conseguir levantarme.

No pretendía hacer una montaña de un grano de arena, pero es que cada vez que parecía que lo nuestro iba por buen camino surgía alguna fisura que me hacía replantearme las cosas de nuevo. Cosas como que estoy echando mi vida por la borda y que ni siquiera sé si él podrá ayudarme a librarme de esto ¿Y si no lo consigue? ¿Y si me convierto en un íncubo? Ahora mismo estar enamorado de alguien que se empeña en seguir tratándome como a su mascota es el menor de mis problemas.

—Lo siento. —Se disculpó.

Curiosamente repetir tan a menudo esas dos palabras hace que pierdan completamente su significado.

—No pasa nada. —Me senté en mi escritorio, dispuesto a, al menos, tratar de fingir durante unas horas que todo seguía como el día anterior a halloween.

..

Para mi sorpresa él había estado callado prácticamente toda la tarde. Algún suspiro ocasional, pero nada del otro mundo. Estaba tan gratamente sorprendido que casi podría haber olvidado las cosas que nos separaban. Secretos, manipulaciones, engaños.

—¿Quién es Camille? —No esperaba una respuesta clara, por lo que no me sorprendió cuando repentinamente él pareció muy interesado en mi libro de Psicopatología. —Magnus, ¿recuerdas aquel viaje a Los Ángeles que mi universidad organizó pero yo rechacé para no alejarme de ti? —Al fin dejó de fingir que comprendía mis apuntes y me prestó atención. — Estoy pensando seriamente en ir.

Él dejó caer mis libros y libretas al suelo mientras fingía un desmayo de forma exageradamente teatral y caía sobre la cama con una mano en la frente. Al más puro estilo Romeo y Julieta. Qué poético.

—Me gustabas más cuando eras un inocente animalillo incapaz de chantajear ni manipular a las personas. —Es curioso que precisamente él piense que manipular está mal.

—Si de vez en cuando decidieses contarme las cosas en lugar de hacer todo a mis espaldas podría volver a ser un "inocente animalillo".

Al fin terminé el maldito esquema que me había llevado gran parte de mi tiempo. Me aseguré de guardarlo en un portafolios y después meterlo en el cajón, asegurándome de que Magnus no acabase doblándolo o manchándolo como suele hacer con cualquier cosa que dejo a la vista. Parece un niño de dos años que todavía no puede entender que restregar las cosas por todas partes no es de buena educación. Aunque preferiría a un niño pequeño; la papilla y los mocos son más fáciles de limpiar que la endemoniada purpurina.

—Te lo contaré si tú me cuentas qué haces con James cuando os marcháis los dos solos durante horas. —Una cosa; hay una única y maldita cosa que yo le oculto a él y siempre se encarga de sacarla a relucir cuando quiero que me explique alguno de sus quinientos mil secretos. Y como sabe que no pienso decírselo la cosa siempre acaba igual. —El viernes de la semana que viene te saltarás las clases y tendremos todo el fin de semana para nosotros solos. Podemos buscar casas y eso. Aunque también había pensado en manipular la mente de alguno de tus vecinos para que de repente decidiese que alquilar su casa era lo mejor.

Deseché la idea rápidamente. Si de verdad me iba a marchar de casa pensaba alejarme por lo menos dos manzanas de cada uno de mis conocidos. Y eso sin contar el desgaste que un truquito así podría hacerle a Magnus.

—No voy a saltarme las clases.

—Entonces nada de reuniones con tus estúpidos congéneres. Tú y yo solos, criatura. Echarás a tu hermana y tendremos la casa para ambos. Podemos hacer una especie de fiesta de despedida o algo así.

Ni que hiciese falta echar a Isabelle los fines de semana. Lo raro sería que ella se quedase voluntariamente.

Me crucé de brazos y giré la maldita silla fucsia con rueditas que había sustituido a mi antigua y cómoda silla de madera. A mi padre le daría un infarto al ver en lo que se había convertido mi dormitorio.

—¿Quién es Camille?

—¿Dónde has escuchado ese nombre?

—Cuando hablabas con Tessa. —Porque por supuesto él no sería tan idiota de dejarme saber algo así por las buenas. —Estaremos tú y yo solos, prometido. Ahora habla.

Una sonrisa de triunfo apareció en su rostro. A veces desearía poder odiarle.

—El viernes llegarás de la universidad, te meterás directamente a la ducha y cuando salgas no te pondrás ropa alguna. Estarás desnudo todo el fin de-

—No abuses, Magnus.

Su cara hizo un tierno puchero ante el que me negué a ceder. Dada mi negativa, su boca formó una sonrisa mientras abría sus brazos, invitándome a acurrucarme en ellos. Mis dudas no duraron ni tan siquiera dos segundos.

Me acerqué hasta él y dejé que sus brazos me rodearan, lo que pareció otorgarle un estado de felicidad similar a la embriaguez. Tiró de mi cuerpo hasta sentarme sobre su regazo, dejándome en la misma posición que él había adoptado antes sobre mí. Su sonrisa era tan estúpida que me dieron ganas de pegarle una bofetada para quitársela. Al final va a resultar que es verdad que estar enfermo me ha puesto de mal humor. Si ayer hubiese estado más fuerte estoy prácticamente seguro de que hubiese intentado matarle.

—¿Quién es?

—Fue el súcubo que me Convirtió. —Así que fue una mujer… Sabía que sus gustos eran distintos a los míos, pero sigue siendo extraño percatarme de ello. Quizá porque nunca me cuenta nada y sigue escondiéndome hasta el mínimo detalle. Por el Ángel, ¡si descubrí su apellido por casualidad! —No hay nada más que añadir. Es algo que pasó hace mucho tiempo.

Desgraciadamente su necesidad de alejarme del tema era tan obvia que lo que él trataba de ocultarme acabó siendo claramente visible para mí. Aunque el motivo de dicha ocultación sigue pasándome desapercibido ¿Para no hacerme daño porque nunca podrá sentir por mí lo mismo que sintió por ella, quizás?

—¿Cómo puede Jem amar a Will? —Le pregunté. Mi voz sonó quebrada, como un susurro. Sentí cómo sus ojos se clavaban en mí con preocupación, pero no desvié la mirada de mis dedos, que acariciaban suavemente un mechón de su pelo que había logrado escapar de la gomina gracias a las prisas del mediodía. —¿Qué puedo hacer para que tú me ames?

Magnus contuvo el aliento. En esta ocasión sí me atreví a mirarle a los ojos, solo para comprobar que ahora era él quien evitaba mi mirada. Su rostro reflejaba tanta tristeza que al instante me arrepentí de mi egoísmo. Él me apreciaba a su manera, y eso debía ser suficiente para mí. Me aprecia y por eso sufre al no poder darme lo que yo quiero. Soy un egoísta.

—Perdóname. —Susurré. —Voy a prepararme algo para cenar.

Al contrario de lo que pasaba siempre, Magnus no trató de detenerme cuando me levanté y me alejé de él.

..

Ayer no durmió en la cama conmigo. Nunca había hecho algo así.

Intenté no sentirme demasiado afectado por ello mientras me preparaba para las clases. Sin embargo todo calló ante mis ojos cuando giró levemente su rostro para que mi beso de despedida fuera depositado en su mejilla en lugar de en sus labios. Ni siquiera él parecía consciente de haber realizado dicho movimiento. Durante cinco eternos segundos nos miramos a los ojos sin saber qué decir. No sé qué reflejarían los míos, pero los suyos eran indescifrables, irreales.

El reloj me anunció que quedaba menos de media hora para mi primera clase.

—Luego nos vemos. —Intenté aliviar el ambiente.

En cualquier otro momento él hubiese intentado decir algo para arreglar las cosas antes de que yo saliese por la puerta.

..

Me fijé con curiosidad en la piel expuesta del brazo de Sebastian mientras éste tomaba apuntes a mi lado. Es curioso cómo la vida decide ir poniendo piedrecitas en mi camino para que sea incapaz de concentrarme en mis malditos estudios.

Seb desvió una vez más la mirada hacia mí, aunque en esta ocasión no fui lo bastante rápido como para desviar la mía a tiempo. Pareció momentáneamente sorprendido, pero de inmediato su rostro adoptó esa expresión pícara que lo hacía ver tan atractivo. Espera, ¿qué? ¿Desde cuándo Sebastian me parece atractivo?

—¿Te gusta lo que ves? —Preguntó en tono jocoso.

—La verdad es que no. —Aunque más que no gustarme es una extraña sensación de que todo se viene abajo a mi alrededor. Las cosas están cambiando demasiado en muy poco tiempo. —¿Cuándo pensabas decírmelo?

..

La conversación con Sebastian se alargó más de lo que pensaba. Ni siquiera entramos a las clases siguientes. Aunque por otro lado supongo que a él eso tampoco es que le importase demasiado.

Para cuando ambos salimos por la entrada sur del campus Magnus parecía estar al borde de un ataque de furia, cosa que empeoró cuando se percató de quién me acompañaba. En mi defensa debo decir que no esperaba que viniera a recogerme después de la extraña despedida de esta mañana. En el fondo creo que pensaba que para cuando yo volviese a casa él se habría marchado, dejándome solo. Ver su rostro lleno de furia contenida fue increíblemente hermoso.

Cuando volvió a apartar su rostro, sin embargo, las cosas volvieron a como estaban antes. De nuevo esa sensación de soledad invadió mi cuerpo, atenazándolo. Magnus echó a andar sin esperar siquiera a ver si yo le seguía, lo que me obligó a despedirme con un gesto fugaz de Sebastian mientras aceleraba el paso para ponerme a su altura.

Ni una palabra durante el camino a casa.

Escasas y escuetas respuestas durante toda la tarde.

Al llegar la noche ni siquiera quise quedarme para saber si él querría volver a dejarme toda la noche esperando a que apareciese. La casa de Will siempre ha sido mi refugio cuando quería alejarme del mundo durante una noche, y además podría ver a Jem y aclarar algunas cosas sobre cómo proteger a Max en un futuro. Tanto mejor.

..

Cuando Sebastian no se presentó al día siguiente en las clases no pude hacer más que sentirme decepcionado. Imaginé que algo así pasaría, pero seguía soñando con que al menos algo se mantendría constante en mi vida. Con mi único amigo (lejos de mi variopinto grupito familiar) fuera de juego ya no sabía a qué aferrarme.

Marqué su número de nuevo y una vez no fui recibido por otra cosa que no fueran constantes pitidos.

Puede que fuese mi estado de desánimo el que me llevó a la oficina de administración. O también puede ser que por primera vez en mucho tiempo fui capaz de comprender que vida ya nunca volvería a ser como hasta ahora.


Madonna siguió cantando durante al menos veinte segundos más antes de volver a permanecer en silencio. Magnus miraba su móvil con expresión contemplativa. A parte de Jem no conozco a ningún otro demonio, pero el que está sentado en mi salón debe ser, con diferencia, el más idiota de todos ellos.

—¿A qué se debe esta vez? El domingo me quedó bastante claro que Alec había aceptado irse a vivir contigo. —Lo que fue una gran sorpresa, por otro lado. Cuando Magnus me lo comentó creí que la primera reacción de mi hermano sería enumerarle al demonio los veinte mil motivos por los que no podía dejarme sola. Eso le llevaría por le menos un mes.—¿Qué ha pasado?

—Quiere saber qué puede hacer para que yo le ame.

Supongo que tiene su lógica que el demonio más idiota se haya ido a juntar con el humano más idiota. El móvil sonó otra vez, en esta ocasión durante un periodo más largo de tiempo.

—Habla con él.

—No sé cómo hacerlo.

Le comprendo. Para mi desgracia comprendo cómo se siente. El problema es que también sé cómo se siente mi hermano, y por muy bien que haya congeniado con Magnus nadie dañará a mi familia si yo puedo evitarlo.

—Conozco a Alec mejor que tú, Magnus. —Madonna volvió a acallarse, seguida de un pequeño pitido. Un mensaje en el buzón de voz. —Mi hermano va a hacer alguna locura si su vida sigue yendo a pique de una manera tan pronunciada. Son demasiados cambios para una cabeza tan predispuesta al orden y la disciplina.

—No sé cómo hacerlo. —Repitió. —¿Cómo decirle lo que siento por él sin temer que todo se vuelva en mi contra de nuevo?

—Si no le dices pronto lo que sientes no tendrás nada que volver en tu contra, Magnus. Alec se irá.

Al fin el cabeza hueca pareció reaccionar. Tomó el móvil con decisión y lo llevó a su oreja para escuchar el mensaje de mi hermano. Por su expresión cada vez más aterrada supuse que yo había estado en lo cierto. Si algo malo le pasa a Alec yo misma le mostraré lo que es un auténtico infierno.

Magnus dejó caer el móvil sobre el sofá y se dirigió a toda velocidad hacia la puerta, dejándola abierta tras su paso. Ni siquiera se había mirado al espejo para retocarse antes de partir.

No me di demasiada prisa en ir hacia el teléfono; ocurriese lo que ocurriese él estaba más capacitado que yo para solventar el problema. Pulsé la pantalla para repetir el mensaje y la voz tranquila de mi hermano me llegó desde el otro lado. Curioso. Por sus palabras era obvio que por fin había sentado la cabeza, que comprendía mejor las cosas. Y el final del mensaje no hizo más que sacarme una carcajada.

— […] Voy a intentar centrar las cosas, adaptarme mejor a lo que me rodea para hacer las cosas más fáciles para ambos. No sigas enfadado conmigo. Perdóname. Te juro que voy a intentar dejar de sentir lo que siento por ti para así poder tener una relación de iguales.

Será divertido ver cómo trata Magnus de arreglar todo el embrollo.

Debería preparar palomitas.


Supuse que sería complicado, pero al parecer dejar la universidad es más fácil que inscribirse en ella. Supongo que porque ellos ya te han cobrado el dineral de la matrícula y, si quieres largarte y darles menos trabajo, mejor para ellos. En menos de cuarenta minutos me encontraba de nuevo al aire libre, bajo el frío viento invernal.

No tenía ni idea de qué hacer a continuación. No me apetecía volver a casa sabiendo que Izzy estaría allí y me bombardearía a preguntas nada más entrar, y tampoco sabía dónde estaba Magnus. Necesitaba hablar con él, pero sería muy complicado hacerlo cuando no tengo ni idea de dónde está y tampoco me coge el móvil. Ni siquiera sé por qué lo intento. Tal vez debería dejar que fuese él el que diese el primer paso; sea en la dirección que sea. No puedo forzarle a perdonarme, al fin y al cabo. No es mi estilo.

Ir a Central Park tampoco era mi estilo. Mucha gente decía que era un oasis de tranquilidad en medio de la agobiante Nueva York, pero a mí no me parecía más que otro parque lleno de gente ruidosa practicando deportes en grupo y haciendo cabriolas. Supongo que venir a las once de la mañana de un día de diario ayudó a no encontrar tanta cantidad de gente. O puede que el frío fuese lo que hacía que solo un puñado de locos se dedicasen a pasear así porque sí.

No me esperaba verle aquí, aunque tampoco estuve sorprendido por ello. Cuando alguien se hace tan necesario en tu vida supongo que tenerle a tu lado se siente tan natural como respirar. Lo realmente extraño había sido pasar tanto tiempo lejos de él.

Parecía algo agitado, mirándome prácticamente sin verme. Su aspecto dejaba mucho que desear; todo desarreglado y con el maquillaje de los ojos algo corrido. O por lo menos él pensaría que estaba horrible. A mí me parecía hermoso. Incluso más de lo habitual. Aunque…

—¡Por el Ángel! —Exclamé. Sus ojos seguían clavados en mí y no se despegaron de mi rostro mientras me acercaba a él. Ni tan siquiera cuando llegué a su altura movió un solo músculo. —¿Por qué no has cogido algo más abrigado? —Me quité mi propio abrigo y lo pasé por sus hombros, indicándole con lo sujetase para entrar en calor. Con una simple camisa debía estar helándose de frío, el muy idiota. —¿Cómo me has encontrado?

—Tu olor. —Respondió simplemente.

Ya. Mi tan cacareado olor, delicioso para los bichos como él. No entiendo cómo puedo seguir oliendo igual si ahora he cambiado todos mis geles habituales por los que tienen olor a sándalo que compra él.

—Debes alimentarte. Desde el domingo por la mañana no lo has hecho. —Demasiado tiempo. Debe de estar débil. Otra vez. Por mi culpa. —Vamos a casa.

Él negó suavemente con la cabeza. Sus manos, anormalmente cálidas pese a estar desnudas a tan baja temperatura, acunaron mi rostro con delicadeza. A él le encanta hacer eso cuando está cariñoso. Acaricia suavemente mi rostro, mimando mi piel.

—Alec, tenemos que hablar.

—Lo sé. Lo haremos en casa, cuando hayas comido.

Un resoplido molesto escapó de sus labios. Mierda, necesito besarle.

—Puedo aguantar sin alimentarte un poco más. Lo primero es hablar, Alexander. Tu mensaje me ha-… ¿Alec? ¿Qué ocurre?

Odio ser tan obvio.

—¿Puedo besarte? —Pregunté, incapaz de apartar la mirada de sus labios.

Sin embargo él sí dejó de mirar, rompiendo también el contacto con mi piel.

—Tienes razón, —Dijo tras unos segundos de silencio mirando a los bichos plumíferos. A Jace le daría un ataque si viera a tanto pato junto. — vámonos a casa.

Asentí en silencio, consciente de que seguramente había vuelto a decir algo indebido. Miré una última vez hacia el más pequeño de los lagos artificiales del parque, donde estaba el adorable pato cotilla que no había parado de mirarnos.

—A casa, Alec.

Miré a Magnus con preocupación.

No me ha llamado "criatura" ni una sola vez.

..

La casa estaba vacía cuando llegamos. Supongo que Isabelle, por una vez en su vida, ha decidido dejarme un poco de espacio. O dejárselo a Magnus. A veces pienso que le cae mejor el demonio que yo.

Magnus se dirigió de inmediato al dormitorio donde, supongo que más que nada por costumbre, comenzó a desvestirse para ponerse cómodo. Mientras él seguía a lo suyo sin prestarme atención yo me dedicaba a observarle, seguro de que algo muy malo estaba a punto de suceder ¿Querría irse? ¿Habría cambiado de opinión?

El sonido del timbre me sacó de mi ensimismamiento. Estuve a punto de ir a abrir, pero un fuerte agarre sobre mi brazo me detuvo.

—Iré yo. No te muevas de aquí, ¿entiendes? No he olvidado nuestra conversación pendiente.

—Necesitas alimentarte. —Traté de detenerle.

Él esquivó mis movimientos e ignoró mis palabras antes de salir al pasillo y cerrarme la puerta en las narices. Esto tiene que cambiar.

No llevaba ni un minuto fuera del dormitorio cuando esa horrible sensación de malestar se adueñó una vez más de mi mente. Algo no va bien. Ha pasado algo.

El pasillo que me conozco de memoria se me hace infinito cuando salgo en su búsqueda. Esperaba que hubiese ocurrido algo horrible para él. En mi alarmista mente había llegado a la conclusión de que su endiablado Consejo por fin se había puesto a hacer su trabajo apropiadamente y nos había pillado. O quizás algo peor. Cuando llegué al salón, sin embargo, la cosa no es nada grave. Por lo menos para él.

—Alexander. —Me llamó su fría voz mientras desviaba su atención de Magnus y la clavaba en mí. No recuerdo cuándo fue, pero desde hace años no soporto cómo él pronuncia mi nombre.

—No sabía que ibas a venir de visita. —El domingo, cuando habían venido a recoger a Max, comentaron algo sobre que iba a quedarse unos días más por algún asunto de negocios, aunque yo no me enteré muy bien del tema porque en ese momento tenía a un debilitado Magnus esperando en mi habitación para poder alimentarse.

Magnus seguía mirando a mi padre con desconfianza. Es extraño verle con una expresión tan arisca, sobre todo si es ante un desconocido. Normalmente él es un claro ejemplo de falsa simpatía y fingidos buenos modales.

Él seguía como siempre: buena ropa, buen porte y una expresión enfurecida que demostraba lo mucho que lo había decepcionado como hijo. El padre de mis recuerdos.

—¿De verdad creíste que pasaría por alto lo que has hecho hoy? —Oh, mierda. Se me había olvidado completamente. —¿Cómo te has atrevido a hacer algo así?

Finalmente la mirada de Magnus se clavó en mí, lo que por fin me hizo reaccionar. Obligué a mi atontado cerebro a ponerse en marcha y me dirigí hasta él, dejando que pasase su brazo por mi cintura mientras enterraba su cara en mi cuello, haciéndome cosquillas mientras restregaba su nariz contra mi piel. Magnus sabe lo mal que lo paso cuando está mi padre y está tratando de hacerme sentir mejor a su manera. Dulce.

—No creo que tenga que darte explicaciones de lo que hago con mi vida, y menos cuando fuisteis vosotros los que decidisteis desentenderos de vuestros propios hijos a la primera de cambio.

Mi padre ni tan siquiera parecía estar prestando atención a mis palabras. Más bien parecía que estaba intentando matarnos a Magnus y a mí con la mirada.

—¿Por eso has dejado la universidad? ¿Por una pataleta de adolescente necesitado de atención paternal? Un poco tarde para eso, Alexander.

Tal y como suponía, sus palabras pusieron en alerta a Magnus. El demonio se separó lentamente de mí, mirándome con el ceño fruncido y lleno de reproches. Al menos ahora no parecía estar enfadado ni me miraba con la expresión vacía.

—¿Has dejado la universidad?

Intenté contestarle, darle mis razones. Aunque obviamente fue interrumpido. Magnus tiene razón; cuanto antes nos marchemos de este sitio mucho mejor. No pienso decirle a nadie dónde voy a mudarme.

—¿Y este quién es? ¿Otra muestra de tu necesidad de llevarme la contraria?

Magnus siguió ignorando a mi padre como si no estuviese, tal y como hacia yo. Su mirada seguía vagando por mi rostro hasta detenerse en mi cuello, donde yo sabía que a través de mi camisa abierta podrían apreciarse perfectamente los últimos rastros de uno de sus chupetones. Percatarme de que la única prenda que cubría su cuerpo eran unos de mis slips al menos sirvió para darme cuenta de parte del cabreo monumental de mi padre.

—Sé que tengo terminantemente prohibido hacer daño a tus seres queridos, pero si no me equivoco él no entra en la lista. —Una de sus radiantes sonrisas seguida de un cálido beso hizo que mi padre finalmente estallase.

—¿Quién es él? ¿Qué es esto, Alexander? ¿Una broma de mal gusto? Esta casa la mantengo yo y no voy a permitir que traigas aquí a los degenerados con los que te acuestas y se paseen libremente en ropa interior ¡¿Acaso no te das cuenta de que tu hermana vive contigo?! —Si yo tuviese que numerar a todos los hombres con los que mi hermana se ha acostado y que he visto pasearse por aquí medios desnudos no acabaría ni en una semana. —Lárgate. —Ordenó, esta vez dirigiéndose a Magnus.

Obviamente el demonio no se movió. Su mirada volvió a centrarse en mi padre, fría, amenazadora. Algo de lo que él había dicho había causado una erupción en el interior de Magnus, estaba claro. Sé que no le gusta que le den órdenes.

—Él no se va a ninguna parte. Es mi amigo y va a quedarse cuando a mí me dé la gana.

—¿Amigo? —Preguntaron ambos a la vez.

Magnus se quedó callado mientras apretaba la mano que seguía sobre mi cintura. Mi padre, por su parte, continuó:

—Uno no se acuesta con sus amigos.

Eso mismo debió pensar mi madre cuando el muy cabrón le fue infiel con una compañera de trabajo. Qué hermosa es la hipocresía.

—Alec y yo somos pareja, y tú no tienes nada que hacer ni que decir en esta casa. Lárgate. —Su voz sonaba seria, poderosa. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando sus ojos, normalmente amables, me miraron con enfado. —Al dormitorio, Alexander. Ya.

Estuve a punto de replicar con alguna excusa sobre la presencia de mi padre o el hecho de que por muy demonio que fuese y por mucho que su mirada me estuviese intimidando yo seguía siendo el único que podía tomar decisiones por mí. Eso fue hasta que vi cómo mi padre se marchaba por la puerta sin volver a soltar ni una palabra. Supuse que Magnus había usado alguno de sus truquitos mentales con él y que, obviamente, acabaría casi muerto en media hora si no le ayudaba a recuperar fuerzas. El día no podía ser más surrealista.

Prácticamente me arrastró hasta mi habitación, empujándome sobre mi cama para a continuación subirse sobre mí. En cualquier otro momento supondría que lo que quería era alimentarse. Y así lo hubiese supuesto de no ser por esos ojos. Seguían tan hermosos como siempre, pero el peligro que transmitían era casi físico, tangible.

—¿Amigos? —Preguntó tras seguir observándome durante un buen rato.

Mi garganta se cerró tras escuchar su tono de voz. Este no es el íncubo de siempre.

—¿Amigos? —Repetí sin mucha convicción, incapaz de seguir su línea de razonamiento. Quizá podría haber pensado mejor si sus ojos no estuviesen quemándome, calentando mi cuerpo.

—¿Desde cuándo somos tú y yo amigos, Alec?

—¿No lo somos?

Por su clara expresión de frustración pude percatarme de que yo no soy el único al que no le gusta que le hagan preguntas para contestar a otras.

—No. —Noté cómo el latido de mi corazón retumbaba en mi pecho, impidiéndome oír con claridad. —Tú y yo nunca hemos sido amigos, y lo sabes.

—¿Y qué somos?

—No entiendo la necesidad de los humanos de ponerle etiquetas a todo. Sabes lo importante que eres para mí y tus sentimientos por mí han quedado más que claros ¿Por qué ponerle un nombre? ¿Qué necesidad tienes de ello? —Ninguna, en realidad. Ni yo mismo entiendo el porqué, solo sé que necesito saber y que el silencio me duele.—¿Por qué necesitas que le ponga un nombre a lo que siento por ti?

—¿Entonces estás de acuerdo con mi mensaje?

Su rostro cambió de nuevo. Pensativo, contemplativo.

—¿Tu mensaje?

Su cuerpo se retiró poco a poco hasta que él estuvo sentado a mi lado, con las piernas colgando del borde del colchón. Dada la incomodidad que me ocasionaba seguir tumbado mientras él me miraba desde una posición elevada, seguí su ejemplo y me senté.

Su mano se movió de forma rápida, veloz. Ni aunque hubiese querido hubiese podido pararla o esquivarla antes de que chocase contras mi rostro; sin embargo fue él quien la detuvo. Su palma abierta se paró en seco a escasos milímetros de mi mejilla. Sentí cómo mis ojos se abrían de forma desorbitada mientras seguía mirándole, atónito. Él nunca había siquiera insinuado un movimiento que supiese que podría hacerme daño.

—¿Quieres una relación de iguales? Es lo que quieres, ¿no es así? —Asentí levemente con la cabeza, incapaz de articular palabra alguna. Su mano, esta vez sí, se posó en mi piel delicadamente. No me acarició como solía hacer, sino que dejó la mano quieta sobre mi rostro, demostrándome que de haber querido podría hacerme daño en cualquier momento. —Recuerdo cada momento que he estado a tu lado, Alec. Recuerdo tus pataletas los primeros días, y sobre todo, recuerdo los bofetones que me diste en más de una ocasión cuando creíste que me los merecía.

—Te los merecías. —Me quejé. Sobre todo en aquella ocasión, una semana después de llegar, en la que me comparó con una puta. "En lugar de por dinero tú te vendes por protección a tu familia". Sigo pensando que no le di lo suficientemente fuerte, por capullo.

—Y estoy de acuerdo. Antes no sabía cómo comportarme a tu alrededor, y aún sigo muy perdido en muchas cosas. Son ochocientos años, Alec; ochocientos años contra los tres meses que llevo contigo. Si para ti es complicado adaptarte imagínate para mí. —Abrí la boca intentando darle la razón, ya que por una vez me parecía obvio que la tenía, pero uno de los dedos que todavía estaban en mi mejilla se deslizó hasta hacer una ligera presión sobre mis labios, instándome a guardar silencio. —Te merecías una buena bofetada, Alexander. Una muy fuerte. ¿"Voy a intentar dejar de sentir lo que siento por ti para así poder tener una relación de iguales"? ¿Qué gilipollez es esa? Si por mucho que he tratado de explicártelo aún no lo entiendes no sé qué más puedo hacer. Que no sea capaz de ponerle una estúpida etiqueta a lo que yo siento por ti no significa que mis sentimientos sean menos fuertes que los tuyos.

Me quedé mudo, en esta ocasión por la vergüenza. Él no ha hecho más que repetirme una y otra vez lo importante que soy en su vida, pero mi cabezonería se empeña en escuchar dos estúpidas palabras que en el fondo son eso, palabras.

—Mírame. —Susurró.

Alcé la vista para clavar mis ojos en los suyos. Su mirada volvía a ser la de siempre, lo que en cierta medida ayudó a que mis nervios disminuyesen. Mis ojos no tardaron demasiado a descender hasta sus labios, lo que le hizo soltar una risita divertida antes de concederme mi capricho. Unió nuestros labios de forma dulce, tierna. Sigo notando cómo su cuerpo necesita alimentarse con urgencia, pero él se dedicaba a mimarme, porque está preocupado por mí y yo soy un idiota al necesitar algo más por un simple capricho.

—Sigo sin saber muy bien cómo afrontar estos problemas. —Susurró contra mi boca cuando nuestros labios se separaron.

—Yo no creo ser el más indicado para enseñarte. —Su sonrisa se hizo más amplia, volviendo a conferir a su rostro esa alegría que siempre consigue transmitirme algo de estúpida felicidad. —No vuelvas a dormir en el sillón solo porque no estemos de acuerdo con algo.

Al igual que minutos atrás, en el salón, enterró su rostro en mi cuello y comenzó a olisquearme. A veces odio que esté tan obsesionado con mi maldito olor, pero ahora mismo solo siento placer al sentir su piel pegada a la mía.

—A cambio de que a ti no se te vuelva a ocurrir dejarme mensajes ultimátum.

—Eso me parece bien.

Un cómodo silencio se instauró entre ambos. Durante unos minutos simplemente dejé que él siguiese mimando mi cuello, provocándome suspiros de placer. Cuando al fin creí que las cosas pasarían a mayores, él se alejó de mí. A veces creo que el que necesita alimentarse de sus caricias soy yo.

—¿Por qué has dejado la universidad?

Es increíble lo mucho que había echado en falta su piel en tan solo veinticuatro horas. Dada su nula intención de hacerme caso seguí acariciando su antebrazo, lo único que tenía a mi alcance. Cosa que a él por otro lado, no parecía molestarle demasiado.

—No puedo con ello. Hay demasiado en lo que pensar ahora y voy a necesitar encontrar un trabajo si vamos a mudarnos de aquí.

—Yo puedo pagar todo. Que tú busques un trabajo es completamente innecesario, criatura. —Hice un mohín, pellizcando la piel que estaba rozando en ese momento. Por un momento creí que se había olvidado de una vez por todas de sus estúpidos "criatura". —No quiero que dejes de estudiar.

—No voy a dejar de estudiar. Cuando hayas arreglado todos nuestros problemas volveré a ello. Será solo un año, no es demasiado. —Él seguía pareciendo disconforme con la idea, por lo que traté de cambiar de tema a algo que me preocupaba desde hacía rato. —¿Qué le has hecho a mi padre?

—Tu estúpido progenitor ahora estará en su hotel durmiendo plácidamente, no te preocupes. El que debería preocuparse es él, que como vuelva a hablarte en ese tono va a acabar con su cabeza colgada de alguna de las paredes de nuestra futura casa. —Por algún motivo la imagen no me desagradó, sino que me pareció incluso divertida. Me estoy volviendo rarito como él, qué horror. —Y por cierto, —Su mano alzó mi rostro hasta que de nuevo nuestros ojos se encontraron. Para variar tuve que esforzarme por no mirar fijamente sus labios. — como vuelvas a decir que somos amigos te daré la bofetada que te debo. Déjate de tonterías, criatura; hace mucho que somos una pareja. Eres mi novio, o como demonios quieras llamarlo, y como vuelvas a intentar negarlo-

No pude contenerme. Necesitaba besarle urgentemente.

Su sonrisa cuando al fin necesité soltarle para poder respirar me confirmó que no le molestaba demasiado mi interrupción.

—Novio, ¿eh? —Intenté bromear, fallando estrepitosamente. La sonrisa tan enorme que tenía en mi cara y que me hacía doler las mejillas no ayudaba mucho a fingir indiferencia.

—Debo confesar que incluso a mí me gusta cómo suena. De vez en cuando los humanos inventáis términos útiles. —Rodé mis ojos, divertido. Siempre es curioso ver cómo habla de los humanos como si él nunca hubiese sido uno de nosotros. —Novios. Mi novio. Mío.


Me encantaría poder hacer todos los capítulos tan largos como este...
En fin...
¡Hasta la semana que viene!
*-*

PD: Que conste que el capi lo iba a subir ayer por la mañana, pero a fanfiction le ha parecido divertido no dejarme guardar las modificaciones y enviar los mensajes como le daba la gana. Llevo horas con esto e.e
Odiosa tecnología...