¡Yap! ¡Lo conseguí!
El miércoles de madrugada me cargué mi portátil (La tecnología de hoy en día no dura nada. Simplemente por caer rebotando por la escalera ya se rompió. Tsé (?) ) y entre ayer y hoy he tenido que reescribir todo el capítulo. Me ha costado bastante, porque estoy en el ordenador de mi madre y solo puedo cogerlo cuando ella viene del trabajo. Genialoso todo.
Pero bueh, soy feliz porque he logrado no retrasarme tanto como pensaba que haría. No he dormido nada los últimos días, pero soy feliz xD

Lamentablemente no creo que pueda subir los dos últimos capítulos para la semana que viene. Todavía no sé si voy a poder recuperar los fragmentos que ya tenía escritos de la memoria de mi ordenador y encima sigo con la muñeca derecha fastidiada. A eso sumémosle que el ordenador de mi madre solo lo puedo usar por las noches y quiero hacer las cosas bien. Para la semana del 23 al 29 de marzo espero poder tenerlos listos, pero no sé exactamente cuándo.

¡Oh, y esa es otra! Recordad que subiré los dos últimos capis el mismo día (lo que vendrían a ser los caps. 18 y 19), porque si no los leéis en orden va a ser un lío monumental xD

En fin, ¡al capi!

Qué el Ángel os proteja, la Fuerza os acompañe y la suerte esté siempre de vuestra parte.

¡Os adoro!

..

*Eliza: Seps, son novios por fin. O al menos el señor brillitos ha querido admitirlo de una vez, porque a mí me parece que son pareja desde hace tiempo. Parecen el típico matrimonio disfuncional xD
Me gusta eso de "suerte en la vida". Suena místico y, como diría cierta amiga mía, llama a mi hippie interior (?)
Últimamente no sé qué me pasa que estoy más loca de lo normal. Creo que es el sol. Hace demasiado calor como pare ser invierno x.x
Gracias por tus buenos deseos y por tus lindas palabras ¡abrazos! n.n

*Rumiko No Haru: Uish, ¿yo encantadora? Mujer, es la primera vez que me dicen eso. ¿Te importaría decírselo a mis amigas? Tienden a decir que soy un poco desagradable…Pfff… ¡Si soy un amor! (?) xDD
Te contaría el final, pero si lo hago sería muy raro. Principalmente porque si quiero explicarte bien el final tendría que escribirlo entero, porque no va a ser corto xDD
Si tantas ganas tienes de spoilearte puedo mandarte mis apuntes y mis esquemas de ideas. Si las entiendes… xD
¿Presidente…? … Nah, no creo que aparezca. O sí. O no. lalalalaaaa(?)
xD
Ale, aquí tienes el capi B. Todo para ti, te lo regalo ¡feliz no-cumpleaños! :D
Abrazooooos

*Angel : ¡Holap! Me alegro de que te gustase el capi :D
Yo sigo pensando que me hubiese gustado añadir más cosas y hacerlo más largo, pero la maldita realidad no me deja T_T
En fin, muchas gracias por seguir la historia n.n
Un abrazo n.n

*Megalex: ¡Hola! ¡Encantaaaada de conocerte! ¿Sabes? Cada vez que una persona me dice que ha leído algo de lo que escribo más de una vez me pongo realmente contenta. Uno puede leer una historia simplemente por aburrimiento, pero si la vuelve a leer es porque algo le ha gustado, ¿no? Estoy feliz *-*
Aquí está el próximo capi ¡espero que te guste! Un abrazo muy fuerte, querida ¡gracias por leer! n.n

*Shingryu Inazuma: Me acaba de llegar tu review, justo antes de subir el capi. Dos segundos más y no te habría podido contestar xD
El fic se termina porque mi descerebrada mente lo planeó así desde el principio y no me gusta cambiar mis planes. Si fuese por mí seguiría años escribiéndolo T_T
Lo echaré de menos.
Un abrazo, querida, que quiero subir el capi ya xD


—Estoy empezando a cansarme de esto.

—¿Solo estás empezando a cansarte? Yo estoy harto de ellos desde el primer segundo en que entraron por la puerta. —Seguí acariciando su cabello, pasando los dedos a través de los suaves mechones tan negros como la tinta. A veces logra sacarme de mis casillas que con el poco cuidado que pone a su imagen sea tan increíblemente perfecto. —Si no los he matado todavía es porque no quiero que te hagas una mala imagen de mí.

Lo que es incluso peor. Desde el momento en el que me percaté de que soy incapaz de hacer algo si sé que eso va a perjudicarle de alguna forma supe que estaba perdido. Y pese a todo, hasta hacía unos días, mi criatura no hacía más que pensar que no era más que una mascota para mí. Sigo sin comprender cómo no se ha dado cuenta todavía de que su mascota he acabado siendo yo.

Soy un demonio patético, y lo peor es que no me importa serlo si es por él. Supongo que eso me hace doblemente patético.

—Gracias, supongo. —Una sonrisa pícara se extendió por sus labios, haciendo que mi vista se clavase inmediatamente en ellos. —Lo cierto es que a mí también me dan ganas de matarles de vez en cuando. A todas horas, siendo completa y absolutamente sincero.

Esa tierna y sincera sonrisa… He pas-…Hemos pasado por tanto para llegar a esto... Por fin mi criatura puede ser él mismo, y eso me llena de una dicha que no sentía desde hace demasiado tiempo.

¡HORA DE DESAYUNAR!

Mi criatura me miró con hastío, tan cansado de la absurda convivencia como lo estaba yo. Raphael se alimenta exclusivamente de sangre, Ragnor tiene un hábito alimenticio completamente anormal que hace que básicamente se alimente de café y sopas de lata sin horario establecido; luego estaba yo, que me alimento del placer, y más concretamente, ahora me alimento de mi Alexander; y luego estaba él, por supuesto, que es el único que se alimenta como se supone que es normal. ¡¿Por qué entonces ese condenado chupasangres se empeña en reunirnos a todos en la cocina cinco veces al día?! Se acabó: en cuando Alec mire para otro lado pienso desangrarle.

—¿Recuerdas lo que te dije el otro día? —Volví a fijar mi mirada en él, lo que hizo que volviese a relajarme casi por completo. Esos ojos azules deben de poseer algún tipo de magia. —¿Aquello de que no quería que usaras tu magia para agilizar las reformas porque quería que todo fuese más "normal"?

Para mí usar magia es lo normal, así que en todo caso me está obligando a tener un comportamiento anormal para poder mantener él uno normal. Eso es injusticia.

—Lo recuerdo perfectamente. —Si no fuese por esas malditas palabras ahora mismo podríamos estar él y yo a solas en nuestro hogar, lejos de estos paletos anormales.

Alexander abrió la boca para proseguir con lo que trataba de decirme, pero un estruendoso ruido procedente de la planta inferior lo hizo enmudecer. Seguramente Ragnor habrá abierto la puerta y la luz de la mañana habrá quemado mínimamente la piel de Raphael. Por tercera vez en tres días. Sigo sin comprender cómo han podido sobrevivir por si solos tanto tiempo.

—Criatura-

—¿Podemos irnos ya a nuestra casa? Me da igual si tenemos que terminar nosotros mismos lo que todavía esté inacabado.

Eso sí era una buena noticia.

Obviamente no pensaba dejar que se lo pensase mejor, por lo que decidí que tras el desayuno no iríamos derechitos a nuestro nuevo hogar. Intenté darme ánimos mentalmente mientras bajaba por las escaleras con el brazo de mi criatura rodeando mi cintura. Y pensar que si no fuese por esa pareja de subterráneos subnormales ahora mismo podría estar disfrutando de lo relajado que parece Alexander… Yo mismo me ocuparé de que esos dos ardan en el infierno lentamente cuando les llegue la hora. Y por la sonrisita socarrona con la que nos miraba Raphael cuando entramos a la cocina era obvio que su hora no tardaría mucho en llegar.

No pasaron ni cinco minutos.

El tiempo suficiente como para que mi criatura ignorase educadamente el apetecible plato de huevos revueltos que Ragnor le ofrecía y se sirviese un tazón de los cereales que yo le había comprado.

No pasaron ni cinco puñeteros minutos antes de que los muy hijos de puta le fastidiasen el desayuno a Alexander. Cabrones.

—No tienes ni idea de lo que hablas. Yo sí que lo sé. —Prosiguió Ragnor como si no se diese cuenta de que yo había tenido que intervenir para evitar que Alexander se ahogase con lo que estaba tragando. O al parecer sí se dio cuenta, porque giró el rostro y se dirigió a él. —Os vi en la cama haciendo... eso. Él tenía su... metido en tú...

El sonrojo en la cara de Alexander cuando finalmente pudo dejar de toser era tan evidente como una mancha de rotulador en una pared totalmente blanca. Me pregunto por qué me resulta tan fascinante que se sonroje.

—Pene, Ragnor. Se llama "pene". Y tú también tienes uno. Aunque no estoy seguro de si sabes usarlo. —Me quejé.

Alexander ocultó el rostro tras sus brazos, emitiendo un casi inaudible ruidito muy raro. No sé si está riendo o le está a punto de dar uno de sus ataques nerviosos.

—Por no hablar de vuestro ruidoso polvo en la cocina. —La cabeza de mi criatura se alzó como un resorte, mirándome con horror. Si todavía no ha tenido uno de sus ataques es un milagro. O lo saco pronto de aquí o estos dos van a conseguir matarlo. —Debiste colgar el teléfono si no querías que os escuchara. —Prosiguió la sanguijuela mientras me miraba socarronamente. —Tiene unos preciosos y excitantes gemidos, para ser un hombre.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Nadie que no sea yo puede escuchar gemir a mi criatura.

Sentí la magia fluyendo por mis venas libremente, acumulándose en mis manos. Raphael continuó parloteando mientras Ragnor seguía de espaldas a mí, ajeno a su muerte inminente. El único que vio cómo mis manos se iluminaban con llamas azules fue Alexander, que, por primera vez, no pareció encontrar ningún motivo válido como para que no usase mis poderes.

Perfecto.

..

—¿Crees que estarán bien?

Me las he ingeniado para encerrar a esos dos en el armario de la limpieza de Ragnor sin armar demasiado revuelo. Incluso he creado un escudo que impide que la magia del guisante verde los ayude a salir de allí; por lo menos durante cinco días. Sinceramente pensé en matarlos, pero después no podría mirar a los inocentes ojos de Alexander si lo hacía frente a él.

—Perfectamente. —Siempre había tenido curiosidad por ver si esos dos se atraían sexualmente tanto como parece. Supongo que lo averiguaré dentro de seis días.

Alexander no insistió más sobre ello, tal y como supuse que haría. Lo más seguro es que él tuviese tantas ganas como yo de darles una buena lección. Ragnor nunca había sido tan estúpido, y Raphael no es así cuando está con su grupito de chupasangres en Nueva York ¿Entonces por qué la idiotez acudía a ellos cuando se juntaban?

Miré cómo Alexander entraba en nuestro hogar y miraba hacía todos lados, emocionado como un crío la mañana de navidad. Su expresión es tan malditamente adorable que le compraría una casa nueva para cada día del año si supiese que podría verla diariamente. Desgraciadamente creo que gastar mi dinero de esa forma haría que él frunciese el ceño y no al contrario. Alexander debe de ser la única persona del mundo a la que no le gusta que le hagan regalos caros. Siempre escoge ponerse las prendas baratas (que yo le compro simplemente para que tenga algo para andar por casa) y deja las fabulosas prendas de diseño relegadas al fondo del armario. Es desconcertante.

—¿Qué te han dicho los obreros?

—Las tareas de mantenimiento ya están hechas. Han revisado y arreglado los problemas de humedades y han insonorizado absolutamente toda la casa. —Alexander rodó los ojos ante esto, sabiendo claramente por qué alguien como yo querría tener insonorizada hasta la cocina. Sobre todo la cocina. Tengo una enorme necesidad de volver a repetir lo que hicimos hace semanas en la encimera, pero esta vez en nuestra propia casa. —Básicamente falta pintar las paredes y amueblar las estancias.

Lo alcancé cuando él se encontraba justo en el centro de la futura sala de estar, mirando los paquetes amontonados de todos los aburridos muebles en serie de IKEA que eran un homenaje a la falta de gusto de la gente. Obviamente a Alec le encantaban.

La casa me seguía pareciendo demasiado pequeña para lo que yo estoy acostumbrado. Absolutamente acogedora y cálida. No sé cómo no me di cuenta de que era justo lo que Alec necesitaba. Pero el mocoso hadito sí se percató. Un gruñido escapó de mi boca antes de que pudiese evitarlo mientras rememoraba la desgarradora sensación que se había apoderado de mí cuando él tocó a mi criatura. Los celos son un precioso paseo por el campo comparado con ello.

Alexander me miraba con obvia preocupación, por lo que decidí intentar sacar el maldito recuerdo de mi mente. Lamentablemente ese recuerdo llevó a esa misma noche, tomando a mi criatura sin descanso sobre el maldito colchón de invitados de Ragnor. Mierda. No sé qué cara estaré poniendo, pero el ceño de Alexander se ha fruncido hasta límites insospechados.

—¿En qué piensas?

—Adivina. —Tampoco soy demasiado complicado de entender.

Él volvió a rodar los ojos, en esta ocasión con una sonrisa en sus labios. No recuerdo que estuviese tan hermoso el día que lo traje conmigo. Si hubiese estado tan terriblemente irresistible el primer día que lo vi sé que no hubiese podido aguantar y hubiese acabado Convirtiéndole.

—¿En lo que vas a prepararme para desayunar? Tengo hambre. —La verdad es que yo también, pero de una manera muy distinta.

Él pareció saber a la perfección lo que se me pasaba por la cabeza, como siempre.

Otra hermosa sonrisa. Un tierno beso en la mejilla.

—Después de que yo haya comido podremos ocuparnos de saciarte a ti.

Mierda. Ragnor y Raphael fuera de combate, mudándonos a nuestra nueva casa, y mi criatura ofreciéndome estrenar a lo grande nuestra cama ¿Podría haber algo mejor?

..

Es glorioso alimentarse de él sabiendo que ahora conoce todo lo que ello implica. Esta noche mi Alexander ha estado tan entregado a satisfacerme que el simple recuerdo hace que mi cuerpo despierte de nuevo. Pero hoy no pienso tocarle. No de esa manera, al menos. No pienso dejar que su cuerpo vuelva a estar tan debilitado por mi culpa.

Sigue durmiendo pese a ser las doce de la mañana. Sé que es para recuperar las fuerzas que mi maldita condición de demonio-chupa-energía le ha robado, pero sigo sintiéndome solo mientras acaricio su pecho desnudo, donde he reposado mi cabeza para descansar durante toda la noche. Siempre me había preguntado por qué le gusta tanto reposar su cabeza justo a la altura de mi corazón. Ahora creo comprenderlo. Es hermoso. Y yo me estoy ablandando por momentos por culpa del humano más tierno que hay sobre la faz de la Tierra. No comprendo cómo pudo haber sido un Candidato. ¿No debería haber algo en él; algo que indicara que podría llegar a ser un buen demonio? Un corazón tan puro no hubiese soportado lo que ser uno de los míos conllevaría.

A regañadientes me incorporo y salgo de la cama. Intento hacer el mínimo ruido posible mientras me coloco un par de pantalones y salgo de nuestra habitación. Nuestra. Porque ya no estamos en mi casa, en mi dimensión. Ahora estamos aquí, en nuestra casa. El simple pensamiento de compartir algo real con él me hace recuperar mi ánimo de inmediato. Quizá pueda terminar alguna de las habitaciones pendientes antes de que mi pequeño despierte.

..

Mi despacho y el vestidor están completamente acabados y repletos de mis trastos para cuando por fin su carita adormilada aparece ante mí.

Son las siete de la tarde y yo estoy sentado en un comodísimo puf morado viendo un interesante programa de cocina cuando lo veo bajar por las escaleras. Jesús, sabía que cuando dijo que iría desnudo por nuestra casa era mentira, pero tampoco imaginaba que fuese a pasearse simplemente con unos ceñidos bóxer que por su colorido estampado es obvio que no son precisamente suyos. Verle únicamente vestido con mi ropa interior debería ser sexy, no tierno. Es culpa de esos ojitos todavía empañados por el sueño que no se despegan de mí ni un instante, estoy seguro.

—Buenos días, criatura. —Alexander gruñe como respuesta antes de sentarse sobre mí. Otro punto a favor para no haber colocado todavía ningún otro mueble para sentarse. —¿Tienes hambre?

Yo desde luego no.

Otro pequeño gruñidito sale de sus labios antes de que su cuerpo definitivamente se quede reposando sobre el mío. Su respiración acompasada y murmullos ocasionales pronunciando mi nombre cuando vuelve a dormirse me distraen de las últimas indicaciones sobre cómo preparar una tarta de queso. Sigo sin comprender por qué no me abrí a él antes. Para ser una raza muy superior a los humanos los demonios somos realmente idiotas.

Ahora mismo debería estar empezando a preparar nuestro dormitorio ¿pero de dónde saco la fuerza de voluntad necesaria para apartar a mi bello durmiente de mi regazo? Mañana será otro día.

..

—Me duele el cuello a horrores. —Me quejo mientras vuelvo a subir por las dichosas escaleritas metálicas.

Dejo el cubo de pintura morada sobre el último peldaño y hundo con demasiada fuerza el rodillo en él. La pintura salpica mis ropas y parte de mi piel, llegando incluso a manchar el suelo. Por quinta vez en media hora.

—Deja de quejarte tanto. —Se ríe él mientras sigue completamente impoluto; su pared casi completa y perfectamente pintada. Arg.

—Fue culpa tuya que nos quedásemos a dormir sobre el puf toda la noche. Y encima te niegas a dejarme usar mi magia para curarme. Eres diabólico.

Empiezo a restregar el rodillo por la pared con toda la mala leche de la que soy capaz, volviendo a salpicarme, esta vez en la cara. Gruño de nuevo. No puedo verle, pero estoy seguro de que él está sonriendo como el diablillo que es.

—Me prometiste que nada de magia para arreglar la casa, y ayer pintaste las paredes del despacho y montaste los muebles con tus truquitos —¿Y qué esperaba? No se pensaría de verdad que yo iba a ponerme a leer instrucciones en sueco para poder montar unas estanterías, ¿verdad? —Este es tu castigo.

Esto no es un castigo, sino una tortura.

—A veces te odio. —Dije en broma. O eso intenté, porque cuando la pintura llegó a mi pelo realmente quise odiarle.

—Yo a ti te amo. —Susurró a mis espaldas. Demasiado cerca.

Alejé el rodillo de la pared solo para ver cómo él había terminado el resto de la habitación y me miraba desde debajo de la escalera con una radiante sonrisa enamorada. Mis ojos recorrieron completamente su cuerpo, buscando aunque sea una mínima mancha inexistente. Su rostro y sus hermosas palabras casi me hicieron recuperar mi buen humor. Casi.

Su grito cuando agité el rodillo sobre su cabeza y la pintura calló sobre él sonó benditamente encantador.

..

Únicamente conseguí que mi criatura me dejase completar la cocina cuando le dije lo carísima que nos costaría si llamaba a alguien. Curiosamente Alexander parecía realmente avergonzado de hacerme gastar dinero. Y también curiosamente se quedó embobado mientras yo hacía aparecer y desaparecer diferentes muebles y accesorios hasta conseguir la cocina de mis sueños. Bueno, al menos en algo me había salido con la mía.

Cuando terminé mi maravilloso despliegue de magia (que, sinceramente, podría haber acabado en menos de cinco minutos pero alargué media hora solo para poder disfrutar de su expresión maravillada), miré a mi criatura toquetear todo lo que encontraba a su alcance, abriendo y cerrando las alacenas y electrodomésticos.

—¿Qué otras cosas puedes hacer? —Me preguntó maravillado.

¿En serio? ¿Hacer aparecer y desaparecer mobiliario mundano le parece algo magnífico? Santo infierno, si le enseñase a lo que de verdad llega mi potencial podría matarlo del susto. Los humanos son criaturas muy asustadizas e impresionables, debería ir con cuidado.

—Podría hacer todos tus deseos realidad. —Susurré contra su oído. Prácticamente pude sentir cómo su cuerpo se derretía en mis brazos, lo que no hizo más que alentarme. —Vámonos arriba. Ahora. Quiero hacértelo en mi escritorio.

Alexander se giró lentamente, mirándome con los ojos como platos.

—¿En el escritorio? —Preguntó confundido.

Claro, porque hacerlo en la encimera, la bañera, y sobre el suelo está bien. Pero un escritorio no, ¿eh? Que tener sexo sobre un escritorio es de gente rara.

Sinceramente ahora mismo no estoy de humor como para perder el tiempo en algo que sé que él acabará por ceder. Necesito tenerle. Ya.

Prácticamente lo fui empujando a través de la cocina y el salón mientras él se dejaba guiar mansamente. El problema fue cuando Alexander se tropezó mientras subíamos por las escaleras, quedándose momentáneamente apoyado sobre sus manos y rodillas a diferentes alturas. Curioso ¿Por qué nunca se me había ocurrido?

Cuando Alec trató de incorporarse tiré de su brazo, volteándole, y volví a empujarle hacia abajo. Una mirada de reconocimiento pasó por su rostro mientras me devolvía la mirada.

—¿Aquí? —Preguntó. Su voz parecía ronca, excitada.

Mierda, es perfecto.

—Aquí.

Alec seguía pareciendo algo inseguro, seguramente debido al hecho de que todavía no podía sentirse completamente cómodo no llevando ni veinticuatro horas en la casa. Igualmente no opuso resistencia alguna cuando hice presión en su pecho, acabando él recostado a lo largo de las escaleras, apoyado en sus codos. Está acostado y al mismo tiempo no lo está. Esto me recuerda al comentario que Ragnor hizo ayer sobre regalarnos un columpio sexual. Repentinamente me parece un regalo inmejorable.

Decidí actuar antes de que mi criatura se lo pensase mejor y quisiese mover su culo hasta nuestra cama o mi despacho. Ya tendremos tiempo de estrenar el dichoso escritorio más tarde.

Me apresuré a deslizar por sus piernas la única prenda que lo cubría, dejándolo completamente desnudo y a mi merced. Precioso. Bajé la cabeza lentamente, sin despegar mis ojos de los suyos. Alexander parecía estar conteniendo la respiración, cosa que se hizo evidente cuando saqué mi lengua y di la primera lamida. Alec se arqueó, aspirando aire en grandes bocanadas mientras sus ojos se cerraban con fuerza ¿Podría haber una imagen más deliciosa? Volví a descender sobre su longitud, en esta ocasión permitiéndome saborear su esencia con más tranquilidad. A mi memoria acudió la primera vez que había captado su olor, en la casa de aquellos humanos. Esa fragancia que los Candidatos destilaban y que volvía locos a súcubos e íncubos por igual había desaparecido en el mismo momento en el que yo lo había reclamado como mío. El olor de Alec seguía siendo delicioso, pero ahora lo que me volvía malditamente loco es su sabor.

Me introduje la cabeza de su miembro en la boca, explorándola experimentalmente y disfrutando de los gemidos que llegaban a mis oídos. No fui demasiado rápido. Trataba de saborear su dulce esencia con cada lamida, cada vez que lo sacaba y volvía a meter de mi boca. Alec gemía, sus inhibiciones desechadas hace rato.

Una fugaz imagen apareció ante mis ojos, haciéndome perder el ritmo momentáneamente. Alexander sobre mí, sus ojos cerrados mientras gruñidos salen de sus labios cada vez que su miembro entra en mi interior igual que ahora lo está haciendo en mi boca.

Abrí los ojos, alejándome de Alec lo suficiente como para tener una vista completa de su cuerpo. Su pecho subía y bajaba con dificultad mientras mi criatura comenzaba a abrir los ojos lentamente.

—Magnus, —Gimió él, suplicando. — no pares.

Mientras volvía a descender sobre su erección una idea pareció parpadear con luces fosforescentes sobre mi cabeza. En cuanto consiga que las cosas se establezcan lo primero que voy a hacer es llevar a mi pequeño a un sex shop. No puedo esperar para poder disfrutar a fondo de nuestra nueva vida juntos.

—Ponte en cuatro, amor. —Le ordené.

Definitivamente pienso disfrutar de cada rincón de esta casa.

..

—¿Magnus?

—¿Mmm? —Abro los ojos con pereza y miro a mi Alexander, que parece más pensativo de lo normal. Normalmente después del sexo duerme una buena siesta, no se pone a pensar ¿Estaré perdiendo facultades? —¿Qué ocurre? —Insisto ante su silencio.

Alexander se voltea para quedar apoyado sobre su costado, encarándome. Así, completamente desnudo y con su cabeza apoyada sobre su brazo flexionado, parece un modelo de revista erótica. Una revista que yo pagaría lo que fuese por tener. Me pregunto si me dejaría hacerle fotografías desnudo…

—He estado pensando en lo que ocurrió el otro día, con Mark ¿Recuerdas cuando la cosita esa que dibujaste sobre mi corazón hizo que te pusieras hiper celoso? —Los celos no tuvieron nada que ver, pero bueno. —Hay algunas cosas que no entiendo.

—¿Sobre los Sellos? ¿O sobre por qué no maté a ese imbécil cuando te tocó? —La respuesta a esa última es fácil: estaba demasiado desesperado por enterrarme en el cuerpo de mi criatura como para fijarme en gilipolleces.

—Sobre los Sellos esos. ¿Por qué no funcionan siempre? —¿No funciona siempre? ¿Cómo ha llegado a esa conclusión? Con un movimiento de cabeza lo insto a seguir con su explicación mientras mi mano "involuntariamente" acaricia sutilmente su torso en camino descendente y luego va más allá, deteniéndose en su maravilloso trasero. Ahora mismo tendría una imagen perfecta de él si pudiese ver al mismo tiempo ese culo que me vuelve loco. Creo que voy a revestir las paredes de la habitación con espejos… — Raphael y Ragnor me han rozado en más de una ocasión cuando estábamos en su casa, ¿por qué con ellos no pasó nada?

Ah, eso.

Mi mano ahuecó una de sus mejillas, haciendo que sus caderas se sacudiese de placer. Alec entrecerró los ojos mientras dejaba que pequeños gemiditos escapasen de sus labios. Hace unos meses intentaba por todos los medios acallar sus gemidos. Ahora cada vez que toco su sensible cuerpo él parece encantado de demostrarme lo mucho que le gusta. Definitivamente él no era tan jodidamente sexy cuando lo encontré ¿O puede que ahora me resulte tan sexy porque sé el placer que puede provocarme este pecaminoso cuerpo?

La idea de volver a estar penetrando sin cesar a esta perfecta criatura se pasa fugazmente por mi mente. No, debo dejarle aclarar sus dudas si quiero que esta relación siga yendo por el buen camino que ya ha empezado a tomar. Además de que me prometí a mí mismo que habría una separación mínima de dos horas cada vez que fuésemos a tener sexo. Por su seguridad.

—Ni Ragnor ni Raphael están interesados en ti sexualmente, criatura. —En realidad creo que ambos son asexuales. O gilipollas a secas. —El señor Blackthorn, sin embargo, sí lo estaba.

—¿Eh? —¿Ni siquiera de eso se había dado cuenta? Tan tierno… —¿Mark estaba interesado en mí?

¿Quién no estaría interesado en tener este cuerpo para su disfrute personal? Pero Alec es mío, y no me gusta compartir.

—¿Estás pensando en dejarme para irte con él? —Su mirada de confusión fue tan genuina que estuve a punto de comérmelo a besos.

—¿Por qué haría yo semejante idiotez?

Si se diera cuenta del valor que tienen esas frases que él suelta de forma natural no lo haría tan a menudo. Cualquier otra persona se aprovecharía de lo vulnerable que me vuelven sus palabras para conseguir lo que desea. Pero él no es así, ¿verdad? Quizá por eso sus palabras pueden llegar a mi corazón; quizá por eso él me ha recordado puedo seguir sintiendo.

—¿Y qué me dices de Jem y Will? —Prosiguió él, sin percatarse de las emociones que estaban inundando mi interior en ese momento. —¿Will tiene un Sello como el mío?

—Ajá. —Respondí sin realmente prestarle atención. Por mí como si Bill tiene la lepra.

Él me miró suspicazmente, la sonrisa de su rostro haciéndose más amplia.

—¿Te apetece otra ronda? —Preguntó antes de inclinarse sobre mí y besarme con hambre.

Tanta perfección en una única persona no debería ser legal.

—¿Mi gatito en celo ataca de nuevo?

..

Terminé de prepararle la cena y miré el plato sin demasiada confianza. A él no parece importarle mi limitada variedad de conocimientos culinarios, pero creo que debería ir aprendiendo a aumentar mi recetario. No puede ser sano alimentarse de lo mismo una y otra vez. Supongo que ahora que él va a estar ausente por las mañanas yo podría apuntarme a clases de cocina o algo por el estilo. Porque él va a decir que acepta mi regalo, ¿verdad?

—¿Echas de menos a tu familia? —Puede parecer una pregunta obvia, pero nunca se me había ocurrido preguntar directamente. Se acabó evitar hablar las cosas.

Alec se giró hacia mí, mirándome con sorpresa. Su rostro parecía confundido mientras me acercaba hasta él, dejando la bandeja con su cena sobre la mesilla de café y sentándome a horcajadas sobre su regazo. Su cuerpo se movió automáticamente para dejarme acomodarme a la perfección. Me fascina ver hasta qué nivel estamos compenetrados. Y hasta ahora no me daba cuenta de estos pequeños detalles porque estaba demasiado ocupado siendo un imbécil. Incluso él se había percatado de que mi comportamiento era anticuado ¿"Hombre de las cavernas", me llamó el otro día?

—Cada día. —Respondió al fin.

Su mano comenzó a recorrer mis pómulos lentamente, tan solo unos simples y ligeros toques sobre mi piel. Cerré los ojos, deleitándome con su tacto.

—¿Me culpas por ello? —Sabía que debería haberle mirado seriamente, conforme la situación lo dictaba. Lamentablemente mis ojos se negaron a abrirse mientras él siguiera acariciándome.

—Sé que hiciste lo que debías hacer. Tú me salvaste de convertirme en uno de los tuyos. —Eso dolió.

Abrí los ojos solo para encontrarme con su mirada. Su preciosa y dulce mirada. ¿Lo que siento yo por él se reflejará del mismo modo en mis ojos que sus sentimientos en los suyos?

—¿Tan malo hubiese sido ser como yo? —Pregunté. Aunque lo que realmente quería saber es si él piensa en mí como en una monstruosidad abominable. Soy un demonio, pero no un monstruo.

—No podría estar contigo. —Respondió con simpleza, encogiéndose de hombros.

Sigue sin darse cuenta de las cosas que dice.

Si no hubiese necesitado quitarme de encima de una vez esta conversación lo hubiese hecho mío en este mismo instante.

—Podríamos volver a verlos. —Su rostro relajado se tensó de golpe, al igual que el resto de su cuerpo. Intenté aliviarle acariciando dulcemente su pecho desnudo, pero no pareció surgir demasiado efecto. —No puedo hacer que recuperen la memoria, Alec, pero quizá puedas volver a conseguir su amor. Aunque no todo sea como antes creo que podrías recuperar una relación con ellos.

Seguí acariciando su pecho tratando de relajarle mientras él se quedaba callado, sumido en sus pensamientos. Cuando creí que realmente mis movimientos no servían de nada intenté cesarlos. Sus manos impidieron que las mías se alejaran y me instaron a reanudar mis caricias. Por fin sus ojos volvieron a centrarse en mí.

—¿De verdad crees que ellos podrían volver a quererme empezando desde cero?

Maldito humano cabezota…

—Alexander, eres un humano que consiguió el amor de un demonio, ¿de verdad crees que ellos no van a amarte?

Su cara fue todo un poema. Parecía más sonrojado de lo normal mientras su boca se abría y cerraba constantemente, como la de un pececito. Tuve que repasar mentalmente mis palabras unas tres veces antes de comprender lo que había dicho para generar tal reacción.

Él debió notar mi repentina incomodidad, porque su rostro de inmediato volvió a la normalidad antes de depositar un corto beso sobre mis labios y comenzar a hablarme sobre todos y cada uno de los miembros de su familia con todo lujo de detalles. Esa sonrisita boba, sin embargo, no abandonó su rostro en ningún momento.

Jonathan Cristopher (alias el rubito insoportable), Max (el hermano pequeño al que nunca conocí), Isabelle y Cecily (las únicas cuyos nombres recuerdo), Clarissa (la pequeñita de enormes ojos verdes), Samantha (el nerd de las gafas que parecía tener un serio problema para decir si le gustaba la pelirroja o la hermana de Alec), Will (el moreno de ojos azules que ahora mismo, comparándolo con mi criatura, ni siquiera sé por qué me pareció atractivo) y James. De vez en cuando nombraba a otras personas como Gideon, Gabriel o Henry, pero básicamente se pasó una hora y media hablándome de su familia. Era hermoso verle hablar tan emocionado sobre algo. Sus recuerdos, sus vivencias… La vida que yo le arrebaté. Intentó sacar el dichoso malestar de mi mente sin éxito, logrando exasperarme a mí mismo. Me estoy volviendo demasiado humano.

—…Cuando Sebastian y yo comenzamos el segundo año de universidad tuvimos al profesor... —Alexander proseguía con su tierno parloteo cuando mi cabeza decidió volver a conectar en sus palabras. — …y entonces él y yo-

¿Cuánto rato he estado en la luna?

—Creo que me he perdido, Alec. —Él parpadeó varias veces, mirándome extrañado durante unos segundos. Creo que ni él mismo puede creerse que haya estado tan hablador durante tanto tiempo seguido. —¿Quién es Sebastian?

—Mi compañero en la universidad. —No, no me suena. No recuerdo que el Consejo me dijese que borrase la memoria de ningún Sebastian. —Le vimos el primer día que me trajiste de nuevo al mundo humano, ¿recuerdas?

Como para no recordar la primera vez que tuve un ataque nervioso siendo demonio. Cuando volví a la mesa de la cafetería y vi las bolsas sobre las sillas pero él no estaba… Ni siquiera quiero recordar lo que sentí al pensar que nunca volvería a tenerle entre mis brazos. Espera ¿de verdad aquel día lo dejé solo para ir a enrollarme con un estúpido humano en un cuartucho? ¿Qué mierda se supone que tenía en la cabeza? No puedo explicarme cómo es que Alec puede amarme después de todo por lo que ha pasado por mi culpa.

Espera, algo no me cuadra.

—¿Compañero en le universidad? ¿Le conocías mucho?

—Compartimos la mayoría de las clases desde que empecé la carrera, ¿por qué? —Eso es imposible. Yo eliminé los recuerdos de Alexander de la mente de aquel muchacho porque estaba celoso, no porque me lo ordenasen los demonios del Consejo. —¿Magnus? ¿Qué ocurre? —Fui mandado a eliminar los recuerdos de cualquier persona lo suficientemente cercana a Alec como para que pudiera ser un problema. —Magnus, me estás asustando.

Es imposible que el Consejo dejase pasar a alguien tan evidente. Ellos nunca cometen errores cuando se trata de mantener a La Clave contenta.

¿Quién demonios es Sebastian?

—¿Magnus? —Su vocecita asustada consigue sacarme de mis pensamientos.

Sea quien sea ahora no es importante. Este día es para él, para hacerle feliz. Ya tendré tiempo de pensar en lo raro que está comenzando a parecerme todo lo que ocurre a mi alrededor.

—Tengo un regalo para ti.

Alec parece sorprendido al principio, más sus labios no tardaron en formar una pequeña sonrisa que yo tuve la necesidad de besar.

—Me gusta tu regalo. —Susurró contra mis labios.

¿Se piensa que un beso es su regalo? Adorable.

..

..

Intento no estar nervioso mientras espero en la entrada del complejo. London School of Economics and Political Science. Incluso el nombre es pretencioso. Sigo sin entender por qué volver a estudiar lo hizo tan feliz, pero ver la cara de felicidad que puso cuando le dije que había logrado convencer al director de la universidad (a golpe de talonario, obviamente) para que lo admitiesen en medio del curso fue suficiente para mí. Sigue molestándome estar horas alejado de él, pero sé que tanto Alec como Catarina tienen razón y debo darle más libertad.

Mis manos están sudando y sé que ahora mismo debo tener una apariencia espantosa. Bueno, espantosa para mis estándares; obviamente sigo estando magnífico y mucho mejor que cualquiera de estos mundanos. Aunque no más magnífico que ese mocoso descuidado que viene hacia mí con una sonrisa en el rostro y las manos llenas de libretas y hojas sueltas. Por Dios ¿no es su primer día?

—Estamos a medio semestre, debo ponerme al día. —Responde a mi pregunta silenciosa antes de besarme.

Dulce. Echaba demasiado en falta sus labios.

—¿Cómo ha ido todo?

—¡Fantástico! —Exclama felizmente. Ni siquiera parece él.

Su voz cargada de entusiasmo mientras habla de sus clases y profesores nos acompaña todo el recorrido por las distintas tiendas de decoración, papelerías y librerías que recorremos antes de tomar un taxi para volver a casa. Debería comprar un coche.

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..

La universidad no es tan mala como yo pensaba. Alexander se marcha por las mañanas mientras yo me dedico a ir de compras o simplemente a hacer las tareas cotidianas que hacía antes de que él apareciese en mi vida. Incluso estoy yendo a un taller de cocina junto a un puñado de marujas cincuentonas que insisten en que debo comer más porque estoy muy delgado. Ja. Si fuera por mí estaría alimentándome de Alexander todo el día.

A mediodía, cuando vuelve, parece haberme echado tanto de menos como yo a él y la mayoría de las veces ni siquiera somos capaces de llegar al dormitorio antes de echarnos el uno sobre el otro. Parecíamos una parejita de colegialas enamoradas.

Por lo menos hasta hoy.

Hace dos horas, dos malditas y agonizantes horas, que él debería haber vuelto de la universidad. Estoy tratando por todos los medios de tranquilizarme, de repetirme a mí mismo que no le ha pasado nada y que simplemente se está retrasando por algún profesor hijo de su grandísima madre que ha decidido extender su clase más de la cuenta. O puede que se esté refugiando en algún lugar hasta que la lluvia amaine.

Vuelvo a mirar el reloj. Ha pasado un único minuto. Mierda.

Aprieto con fuerza los reposabrazos del sillón mientras mi vista sigue clavada en la puerta de entrada. Podría ir inmediatamente donde él está, guiándome por el vínculo que lo une a mí. Podría curarle si algo malo le ha sucedido. Mierda, hasta ahora no había pensado en la posibilidad de un accidente. Los humanos tienen accidentes todo el rato. Un gemido estrangulado sale de mis labios al tiempo que la madera finalmente cede bajo mi fuerza y se astilla. Haber roto el único sillón que pude escoger libremente sin que él me increpase por su elevado precio podría haberme resultado horroroso en cualquier otro momento. En su lugar ahora estoy muriéndome por dentro porque no sé dónde está el único ser sin el cual sé que soy incapaz de seguir adelante.

Diez minutos más.

Creo que voy a morirme.

Media hora.

—¿Magnus?

Mientras esperaba a que apareciera por la puerta había estado pensando en cuáles podrían ser mis posibles reacciones. Ira, por haber tardado tanto. Alivio, por saber que está bien y no le ha sucedido nada. No esperaba ni de lejos sentirme tan vacío.

A parte de que está empapado de la cabeza a los pies no hay nada en él que indique por qué ha tardado tanto. No hay nada mal en su cuerpo, ni hay nada preocupante reflejado en su rostro. Culpabilidad, quizás. En cualquier otro momento me hubiese parecido tierno que se sintiese culpable por tardar en llegar a casa. En cualquier otro momento que no fuesen casi tres horas de amarga espera.

—¿Dónde estabas?

—La has mantenido. —Decimos a la vez.

Ambos nos quedamos callados mirándonos el uno al otro. ¿"La he mantenido"? ¿La promesa que le hice? Como se atreva a decirme que me ha tenido en un sinvivir porque quería probar si yo estaba mintiéndole o no cuando le dije que le daría libertad para ir y venir a su antojo sin estar controlándole pienso azotarle hasta que me ruegue perdón. Y no precisamente en el sentido sexual. Más bien en el sentido de madre enfadada con su hijo pequeño.

—No has venido a por mí, —Insiste cuando es obvio que no pienso volver a abrir la boca. — confiabas en que yo volviera.

Parpadeo varias veces, atónito.

Curioso. De entre todas las atroces explicaciones a su tardanza que se habían pasado por mi mente ni por un segundo pensé en que él podría haber decidido marcharse.

La puerta sigue abierta a su espalda mientras él continúa tiritando sin parar, con los brazos apretados protectoramente sobre su pecho. Mierda. Al fin salgo de mi estúpido estupor y me levanto del sillón para dirigirme hacia mi humano, que sigue mirándome dulcemente. Si ahora mismo no estuviese esperando una buena respuesta a mi pregunta lo estamparía contra la pared y no lo dejaría ir hasta que su interior estuviese lleno de mi semilla.

Intento alejar mis fantasías sexuales mientras cierro la puerta y me giro hasta el armarito de la entrada para sacar algunas mantas para cubrirle y mantenerle caliente el tiempo que yo tarde en caldear el cuarto de baño. Por las miradas fugaces que le echo parece bastante claro que su culpabilidad va creciendo conforme pasa el tiempo y yo sigo sin articular palabra. Se lo merece.

Subo a nuestra habitación, todavía ignorándole, y entro en el baño, donde enciendo el calefactor y dejo que el agua de la ducha comience a caer para conseguir que salga caliente. Cuando me giro, Alec está en el marco de la puerta, mirándome con indecisión.

—¿Vamos a ducharnos juntos? —Pregunta.

Tendría que decirle que no y ponerme a exigirle respuestas de inmediato, pero esa carita que está poniéndome es una incitación al pecado. Debe tener más de demonio de lo que yo pensaba.

Me acerco a él en dos zancadas y prácticamente lo fuerzo a presionarse contra la pared. Sus ojos cargados de lujuria no se despegan de mi boca ni un instante, haciéndome perder el poco control que me quedaba. Demonios. Uno nuestros labios. Suavemente, en principio, tratando de no llevar las cosas demasiado lejos antes de obtener respuestas, pero al parecer yo no soy el único que ha estado ansioso por volver a estar juntos. Alec muerde con saña mi labio inferior, obligándome a abrirlo para colar su juguetona lengua. Desde que sabe que puedo sanar cualquier herida rápidamente a voluntad no hay límite que le frene cuando está particularmente brusco. Jodidamente perfecto.

Su carita sonrojada se separa de la mía unos centímetros y debo obligarme a abrir los ojos, frustrado. Su mano izquierda, que él había enredado en el cabello de mi nuca, masajea distraídamente el cuero cabelludo mientras mi criatura se muerde el labio nerviosamente, sin decidirse a decirme lo que sea que quiere decir. Ahora mismo prefiero guardar las palabras y explicaciones para luego, y más cuando puedo notar a la perfección cómo sus caderas se mueven en contra de su voluntad para buscar alivio con mi pierna. Mi sexy cachorrito en celo…

—He hecho algo que no sé si va a gustarte. —Sus ojos finalmente se clavan en lo míos, antes de desviarse de nuevo, en esta ocasión hasta el brazo que aún mantiene sobre su pecho. —No podía hacer otra cosa. Estaba empapado y completamente solo y… No podía dejarle morir de frío en la calle.

Su mirada vuelva a hacer el mismo recorrido una y otra vez; mis ojos, su pecho, mis ojos, el bultito que acaba de moverse bajo su chaqueta. La madre que lo-.

—¿Qué has hecho? —Como si no fuese lo bastante evidente. —No me gustan los perros. —Siento la necesidad de añadir.

Bueno, no es que no me gusten. Creo que más bien es que yo no les gusto a ellos. Al parecer esos bichos pueden olisquear algo en los demonios que no les gusta en absoluto y se pasan el día gruñendo y ladrando con espumarajos por toda la boca. No es agradable.

—No es un perro. —Sonríe mientras al fin abre su chaqueta y me deja ver lo que tiene escondido.

El bicho parece haber evitado la gran mayoría del agua que mantiene empapado a mi Alexander, aunque su pelaje está algo húmedo y pegado a su cuerpo.

—¿Has rescatado a un hámster de la calle? —Por otra parte es un poco mayor a un hámster. Santo infierno, espero que no se le haya ocurrido traer a una rata. La rata en cuestión parece feliz de poder respirar al fin algo de aire puro, ya que maúlla agradecida. —¿Eso es un gato? Será un recién nacido, supongo.

Seguramente de la camada no deseada de algún gato doméstico.

—En realidad no, —Alec me tiende al bichito, que parece completamente aterrado ante la idea de separarse del pecho de MI Alexander. No te jode, a mí tampoco me gusta tener que levantarme cuando he dormido sobre él. — el veterinario me ha dicho que tiene poco más de dos años. He estado allí durante todo este tiempo, esperando para que le hicieran una revisión completa y me dijeran cómo cuidarle.

Es imposible que un gato sano pueda ser tan diminuto ¿Qué clase de mutación genética es esta? Los humanos deberían dejar de crear su propia magia y guardarse sus experimentos para ellos mismos.

El minino, por llamar de alguna forma a la bola de pelo, por fin parece un poco más receptivo y deja que Alec lo ponga en mis brazos. Sigue asustado por su nuevo entorno, pero al menos de momento no me ha bufado ni sacado las uñas. Vete tú a saber si la bolita mutante tiene uñas, por otro lado.

—Puede quedarse en nuestra casa, ¿verdad? —Ignoro las miradas curiosas que me está lanzando Misifú para volver a mirar a mi criatura. Por su tono de voz al decir ese "nuestra" ya estaba claro, pero al ver su rostro es mucho más evidente que no me está pidiendo permiso en absoluto.

—¿Y cómo piensas llamarle? —El gatito parece entretenido alzándose sobre mi pecho y jugueteando con sus patas delanteras entre los mechones de mi pelo, seguramente atraído por los colores brillantes. Como se le ocurra darme un tirón va a seguir el ejemplo de Ragnor y saldrá volando por la ventana.

—Había pensado en Presidente Miau.

¡Venga ya! Está de broma, ¿verdad?

—Nos acabamos de mudar juntos. —Me quejé, aun a sabiendas de que la batalla ya estaba perdida. —No quiero un gato.

—Bien, pues tú no tendrás un gato. Será mío.

Alexander me arrebató cuidadosamente al minino de entre los brazos y lo dejó en el suelo, donde supongo que se dedicaría a investigar. Tampoco es que me importase mucho en este instante; no cuando Alexander se ha aferrado a mi cintura y ha tirado de mí hasta que mi cuerpo ha chocado con el suyo.

—Tuyo, ¿eh?

Alec asintió mientras enterraba su cara en mi cuello y comenzaba a mordisquear la sensible piel de la zona. Sus ropas todavía empapadas estaban comenzando a ser demasiado estorbosas. Las uñas de su mano derecha hicieron ese movimiento para arañar mi pecho que sabe que me vuelve loco, pero mi camisa le impidió llegar a mi piel. Un quejido de protesta salió de sus labios.

Mi gatito en celo quiere su propio gatito, ¿eh?

Me apresuré a tirar de él hacia atrás, guiándonos a ambos hacia la ducha y el bendito calor del agua. Aunque tampoco es que él y yo no nos hubiésemos calentado bastante para entonces. Alec gimió cuando volví a unir nuestros labios.

Por mí que el gato con complejo de roedor se quede donde quiera, siempre y cuando Alexander siga siendo solo mío.


No me puedo creer que ya esté casi al final de otro fic. Qué depresión...

Capi dedicada única y exclusivamente a mi algodoncito, por soportar mis gilipolleces y quejas sobre el capi y sobre mi vida en general a las tantas de la madrugada, haciéndome compañía hasta que he terminado.
Te quiero pequeña.