Glups. Han sido unas semanas bastaaante duras, y escribir con el ordenador mac de mi madre (en serio, ¿por qué narices las cosas tecnológicas de Apple son tan complicadas de usar para mí?) durante un máximo de tres horas al día...pfff… Me ha sido imposible poder terminar el fic, y, aunque las circunstancias son completamente ajenas a mí, debo disculparme por ello. Entre unas cosas y otras empiezo a creer que este fic está gafado. No es bueno escribir sobre demonios (?)
Lo único bueno que puedo hallar sobre esto es que si no he podido terminar es debido a que me he alargado más de lo que me imaginé que lo haría y no quería tener que ir con prisas para acabar ni nada por el estilo (es mi fic, y me niego a terminarlo deprisa y corriendo. Pobrecito, luego me sentiría culpable). Así que bueno, tal y como prometí he subido dos capis a la vez. Tenía pensado subir los dos capis "9" en un mismo archivo, ya que básicamente el epílogo va a ir alternándose de "A" a "B", peeeeeero… En fin, dije que dos capis y he subidos dos capis, por no marear xD
Os veo en el 9B, supongo (?)
Hasta dentro de… ¿unos minutos? n.n
Que el Ángel os proteja, la Fuerza os acompañe y la suerte esté siempre vuestra parte.
¡Os adoro!
..
A Lavi, por atreverse a compartir un paopu conmigo cuando nadie más haría tal locura, incluso sabiendo lo que ello conlleva.
Ich liebe dich.
—¿Sabes? No había pensado en esto cuando decidiste dejar tus estudios. Sigo sin estar conforme con ello, pero poder holgazanear contigo en la cama es un buen incentivo para que no te esté repitiendo durante todo el día lo idiota que eres por haber dejado la universidad. —Será algo bueno para él, porque en lo que a mí me concierne… Me están empezando a doler músculos de la espalda que ni siquiera sabía que existían.
—Magnus, en serio: bájate de ahí. No sabes dar masajes, acéptalo. —Él siguió a lo suyo, ignorándome mientras tarareaba alguna de sus estúpidas canciones. Otro de sus excesivamente fuertes pellizcos me hizo soltar un grito. De nuevo.
—¡Ja! ¡Sabía que acabaría por cogerle el tranquillo! —Exclamó.
Si no fuese porque cada centímetro de mi piel chilla de dolor su entusiasmo me podría parecer adorable. Una hora y media de tortura es más de lo que puedo soportar.
—No era un grito de placer, idiota.
No tuve que hacer demasiada fuerza al moverme para que su delgado cuerpo, sentado a horcajadas sobre mi espalda, cayese de lado sobre el colchón. Obviamente no se lo esperaba. Magnus me miró con sorpresa antes de cambiar su expresión y mirarme con ojitos de cordero degollado mientras hacía pucheros. Ay, por el Ángel, me he enamorado de un demonio con la mentalidad de un niño. ¿Tener una relación con alguien de ochocientos años con una mentalidad de siete cuenta como gerontofilia o pedofilia? No quiero ni pensarlo.
—¿A dónde vas? —Se quejó mientras yo intentaba salir de la cama por undécima vez. Y por undécima vez él se aferró a mi cintura con sus brazos, impidiéndome moverme ni un ápice. —No tienes nada que hacer ni clases a las que ir. Quedémonos en la cama hasta tarde, anda.
Lo de dejar la universidad lo hice para poder trabajar y ayudar a pagar nuestra mudanza, no para quedarme todo el día haciendo el vago. Sus ojitos de cachorro y su puchero, que se iba acentuando progresivamente, me hicieron recordar que todavía quedan días por delante para buscar empleo. Total, estamos en crisis y no creo que vaya a encontrar nada a la primera.
Agarré sus brazos, desenredándolos de mi cuerpo. En su lugar fui yo el que lo tomó de sus caderas y tiré de él hacia mí. Magnus ahogó un grito mientras lo sentaba sobre mi regazo, su cuerpo desnudo presionándose contra el mío. Ahora me arrepiento de no haberme quitado la ropa interior después de ir a la cocina para traerle el desayuno a la cama.
—¿Te apetece jugar un rato conmigo, hasta que venga mi hermana? —Intenté hacer que mi voz sonase seductora, pero no creí haberlo conseguido. Por lo menos no lo creí hasta que escuché su gemido y noté cómo cierta parte de su anatomía comenzaba a despertar y a presionarse contra mi estómago.
—Debo de haber hecho algo muy bueno en otra vida. —Creí escucharle murmurar.
..
Teniendo en cuenta que no he hecho nada de provecho en todo el día no entiendo cómo puedo estar tan cansado. A no ser, claro, que las estúpidas afirmaciones de Jace sobre que el sexo es como cualquier otro deporte no fueran tan erróneas como pensaba. Por el Ángel, un solo día fuera de la universidad y ya siento cómo van muriendo mis neuronas ¿cómo se me ha podido pasar por la cabeza que Jace tuviese razón en algo?
—Estás haciendo una cara muy rara, cielo. —Dijo tranquilamente mientras acariciaba un mechón de mi cabello. Me atraganté con una de mis bolitas de cereales ¿"cielo"? —No debería de comer esas porquerías a estas horas. Ya casi es hora de comer.
—Creo recordar que no he podido desayunar. —Principalmente porque alguien se tomó las cuatro tostadas y los dos cafés que había llevado a la cama esta mañana. Es curioso que se haya aficionado tanto a comer cuando no le es necesario hacerlo. Aunque ahora también duerme, y eso tampoco lo necesita.
—¿Quién es el que quería quedarse en la cama "a jugar"? —Se burló.
—¿Quién es el que se va a quedar sin alimento una semana? —Contraataqué.
Su respuesta se quedó en el aire cuando la puerta de entrada se abrió con violencia. Está claro que las calidades del edificio son magníficas, porque unos goznes normales no hubieran aguantado los maltratos de mi hermana durante tanto tiempo.
—Magnus, ¿sabías que tu suegro está en la…? —Isabelle entró en la cocina y al momento se topó con mi mirada desaprobatoria. Esa falda que lleva no podría ni clasificarse como cinturón ¿Dónde ha quedado la decencia hoy en día? Hace unos años la hubiesen colgado por hereje. — …ciudad. Alec, ¿qué haces aquí? ¿Ha pasado algo?
Isabelle siempre se marcha antes que yo a su escuela de moda, pero supuse que Magnus le habría comentado algo. Aunque ahora que lo pienso Magnus no se ha movido de la cama hasta hace unos quince minutos.
—Voy a tomarme un año sabático. —Dije sin más, adelantándome a las quejas y reproches que comenzarían a salir de la boca del demonio. Tengo un dolor de cabeza terrible de tanto escuchar cosas como "no tenías por qué hacerlo" o "con mi maravilloso dinero, sacado fraudulentamente de algún sitio que no te quiero contar, yo podría pagar todo a la perfección".
En lugar de la cara de perplejidad o el quejido desaprobatorio que yo esperaba, mi hermana se acercó en dos grandes zancadas de sus altísimas botas, se agachó junto a mí y me abrazó con fuerza. Dada la incómoda posición, su pecho, del que poco quedaba resguardado bajo la ropa gracias a su generoso escote, estaba prácticamente ahogándome. Seguro que Simon me envidiaría ahora mismo. Si es que ellos dos todavía no se han acostado. No, no. Borrar. Borrar.
—Qué orgullosa estoy de ti ¡por fin eres un Lightwood completo! —Que mi hermana esté orgullosa de mí no es buena señal. A ver si Magnus va a tener razón y he hecho una gilipollez…
Intenté decir algo, lo que sea, pero Isabelle me apretó más contra ella.
—Isabelle, querida, ¿podrías intentar no asfixiar a tu hermano? Llevo meses intentando mantenerle con vida y no me haría mucha gracia que se me muriese de forma tan idiota. —En otro momento yo hubiese pensado que eso era una exageración y nadie podía morir por un abrazo, pero creo que me estoy volviendo azul, y mi cabeza da vueltas.
Izzy me soltó, pero no sin antes darme un sonoro beso en la mejilla.
—Voy a llamar a Jace ¡esto hay que celebrarlo! Pediré unas pizzas para comer e iré al supermercado a por algo de alcohol. Will se acabó lo que quedaba de vodka el otro día. —Dicho lo cual se marchó de nuevo por donde había entrado minutos atrás.
Magnus me miró con una sonrisita pretenciosa mientras guiaba una cuchara llena de cereales y leche hasta mi boca. Abrí la boca por inercia y mastiqué los alimentos sin ganas. De repente se me ha quitado el hambre.
—Te dije que tendríamos que habernos ido a pasar el día tú y yo solos. A buscar casa, ¿recuerdas? —Ni siquiera me digné a mirarle. No pienso admitir que un demonio con dos neuronas tenía razón y yo no. —Y hablando de casas… ¿No crees que podríamos decirles ya que vamos a mudarnos? Después de todo Snow va a traer las cosas desde casa de su hermana mañana por la mañana.
No debería de haberme despertado esta mañana.
..
—Me dan ganas de comerte con esa ropa que llevas puesta. —A mí, sin embargo, me dan ganas de esconderme bajo las sábanas y no salir de ahí. —Tienes un gusto exquisito.
—Las has escogido tú. —Obviamente. Yo no elegiría ninguna de estas prendas ni aunque mi vida dependiera de ello. No pienso volver a hacer ninguna apuesta con él. Nunca.
—Lo sé ¿no es maravilloso? Soy un genio. —Rodé los ojos ante eso. A veces creo que el motivo por el que no puede amarme es porque ya está enamorado. De él mismo. —Y deja de poner esas caras, he elegido prendas que no están demasiado alejadas de tu típico vestuario.
En eso lleva razón. Soy plenamente consciente de la ropa que llena ahora mi cómoda y mi armario, y sé que podría haberme hecho poner cosas mucho peores. Básicamente es el mismo tipo de ropa que llevaría yo, pero unas ocho tallas más pequeña. Y hablando de esto, ya es hora de poner las cartas sobre la mesa.
—Quiero que dejes de comprarme ropa. De comprar cosas, en general. Ahora que vamos a mudarnos a una casa que será de ambos quiero que compartamos las decisiones y dejes de hacer lo que te dé la gana con todo.
—Eso es aburrido. —Para mí es desquiciante. La otra noche me levanté a por un vaso de agua y casi me mato al tropezarme con un paragüero que había plantado en mitad del salón y que yo no había visto en mi vida. —Tener siempre el mismo mobiliario es muy monótono, y tu ropa es incluso más sosa que un traje de presidiario.
—Lo sé, pero es MI ropa, por lo que soy yo quien debe decidir qué vestir y qué no. Podemos ir de compras juntos, porque sí es cierto que necesito un poco más de ropa formal para ocasiones como esta, pero quiero tener yo la última palabra. —Nada de trajes completamente perlados de purpurina como el que acabo de ver colgado de una percha. Y nada de azul. Estoy cansado de tanto azul. — Yo soy así, Magnus, mal gusto por la moda incluido. —Aunque yo no lo considero mal gusto. Simplemente se me olvida cambiar la ropa de un año al otro y acaba desgastada. Tampoco quiero matar a las polillas que viven en mi armario; les he cogido cariño. —No intentes cambiarme.
Él soltó mi camisa, que había estado recolocándome, y se alejó dos pasos hacia atrás para dedicarse a mirarme de arriba abajo, inspeccionándome. Repentinamente sentí frío, y no me hizo falta mirarme para saber que toda mi ropa había desaparecido. Tampoco me hizo falta revisar mi mobiliario para saber que ahora estaba completamente vacío.
—Nunca pienses que quiero cambiarte, Alec. Es por ti por quien sigo aquí, no por un maniquí precioso a quien vestir con ropa fabulosa. —Lo de "fabulosa" es cuestionable. Parece que no le entra en la cabeza que a la mayoría de las personas vestirse como lo hace él les hace parecer payasos de circo. —En lugar de ir a la inmobiliaria iremos a un centro comercial y te compraré todo lo que necesites. —Por una vez no me quejé de sus gastos exorbitados de dinero. Fue él quien quemó o donó toda mi ropa, a fin de cuentas. —Después seguiremos con nuestros planes y te llevaré a cenar y pasear bajo el romántico cielo de Nueva York.
No creo que "romántico" y "Nueva York" puedan ir en la misma frase a no ser que haya algún complemento negativo de por medio. Aunque se podría decir que esta va a ser nuestra primera cita como pareja oficial, ¿no? No debería de sentirme tan emocionado por algo tan simple, no después de todo por lo que hemos pasado.
—¿Magnus? —Lo llamé.
—¿Mmm? —Su dedo llevaba unos minutos jugueteando con mi labio inferior. Está claro que no saldremos de aquí hasta que él logre alimentarse, por mucho que sé a la perfección que ahora mismo no tiene tal necesidad.
—¿Cómo quieres que vaya a ningún sitio si has hecho que toda mi ropa se esfume? —Por su expresión supe que mi pregunta no le tomaba por sorpresa. El movimiento sobre mi labio se intensificó. No lo está acariciando por gusto, sino como un reflejo nervioso. —¿Qué ocurre?
Definitivamente hay algo malo, ¿le habrá molestado algo de lo que he dicho? ¿Se habrá retractado de su decisión y ha decidido que es mejor seguir vistiéndome como si fuese su muñequita de trapo? ¿O se ha terminado de cansar de todas mis gilipolleces y exigencias y ha decidido-?
—¿Recuerdas el día que nos conocimos? —¿Se refiere al día en el que mi vida dejó de ser monótona y pasó a ser una telenovela? No, no me suena. —Cuando estuve reorganizando tus cosas —"Reorganizando", traducción: tirando tus cosas apolilladas a la basura para poder meter mis propios trastos brillantes. — no pude deshacerme de las prendas que llevabas la primera vez que te vi.
Eso es terriblemente tierno, aunque raro.
Separé los labios y estiré mi cuello mínimamente, lo suficiente como para hacer que su dedo entrase en mi boca. No hizo nada por ocultar sus gemidos mientras yo seguía lamiéndole con parsimonia, disfrutando de las expresiones que estaba poniendo al imaginarse mi boca en otro lugar. Cosa que tampoco era de extrañar, ya que estaba simulando una perfecta felación con toda la intención de provocarle.
—¿Tienes hambre? —Me preguntó fingiendo indiferencia. Nunca creí encontrar a nadie que fingiese peor que yo.
Un quejido escapó de sus labios cuando le solté.
—De ti. —Fue lo único que logré decir antes de que él se abalanzase sobre mí.
..
Miré de nuevo hacia el espejo de cuerpo entero que había frente a mí. La tienda era demasiado cara, demasiado pomposa y demasiado sofisticada; un sitio en el que yo no hubiese entrado voluntariamente. Magnus, a mi espalda, me miraba con una sonrisa complacida en el rostro.
—¿Qué te parece? —Preguntó.
Negro, soso y aburrido.
Después de pasarnos toda la tarde en el centro comercial yendo de un sitio a otro para que yo pudiese volver a llenar mi armario de ropa que sí usaría, al íncubo se le había ocurrido la brillante idea de insistir en comprarme un traje elegante para ocasiones especiales. No sé si se pensará que la reina de Inglaterra tiene por costumbre invitarme a sus banquetes reales de vez en cuando, pero, teniendo en cuenta que se había comportado perfectamente y no había puesto demasiadas pegas a mis elecciones de vestuario durante toda la tarde, no tuve valor para decirle que no.
Volví a mirar mi reflejo. No entiendo cómo él ha podido elegir algo tan fuera de su brillante y multicolor gusto.
—Es perfecto. —Le respondí.
Y lo era.
..
—¿Crees que podrías presentarme a tu madre? —Preguntó de pronto.
De camino al restaurante donde él había hecho una reserva habíamos estado hablando de muchas cosas. Nunca teníamos demasiado tiempo a solas, y cuando lo teníamos solíamos pasarlo en la cama, así que Magnus decidió que hoy no cogeríamos ningún tipo de automóvil para trasladarnos de un lugar a otro, lo que nos otorgaría más tiempo para hablar. Había sido muy placentero poder hablar de tonterías durante horas, pero para cuando nos sentamos a la mesa tenía los pies destrozados. No tengo ni idea de cómo mi hermana logra sobrevivir pasándose horas caminando a veinte centímetros del suelo sobre dos palillos.
—No entiendo a qué viene eso ahora. —Intenté suavizar el tema sin necesidad de decirle claramente "no". —Recuerda lo que sucedió con mi padre. No creo que lo que necesites ahora mismo es tener que usar tu magia para controlar a otro progenitor furioso.
—Ajá. —Dijo con una sonrisa ladeada en el rostro mientras seguía jugueteando con la copa de vino en su mano. —¿Y el verdadero motivo por el que no quieres presentármela es…?
Ser incapaz de ocultar cualquier cosa es una porquería.
—Acabo de dejar la universidad para buscar un trabajo que a ojos de mis padres será mediocre, mañana mismo voy a ir a buscar casa para irme a vivir con mi novio —Una sonrisita complacida adornó su rostro cuando pronuncié la última palabra. Creí que el que estaba obsesionado con las etiquetas era yo. — y dicho novio es un demonio que intentó acostarse con mi hermana la primera noche que la vio.
—En mi defensa debo decir que fue tu hermana quien me llamó a mí. Yo estaba tan tranquilo en mi casa viendo la tele por cable. —¿En los reinos demoníacos tienen televisión por cable? ¿Pero qué clase de tarado escribió la Biblia y decidió poner a los demonios como monstruos terribles? —Y sigo sin encontrar ningún motivo válido para no presentarme a tu madre. ¿Acaso te avergüenzas de mí?
Lo miré detenidamente, fijándome en cada uno de los detalles del ser que tenía frente a mí. Cabello gelificado lleno de mechas de colores y brillantina, un llamativo traje lila metalizado con una camisa amarillo mostaza abajo, acompañada de un chaleco cuyo color ni siquiera soy capaz de definir. Oh, y sus ojos. Sus gatunos ojos parecen más grandes de lo normal al estar completamente rodeados de sombra negra. Si él fuese cualquier otra persona estoy seguro de que parecería un arbolito de navidad; sin embargo es él, y es completamente hermoso.
—Si me avergonzara de ti no saldría contigo de casa, ¿no crees? —Haría lo mismo que hago con mis hermanos: darle esquinazo en cuanto me fuera humanamente posible.
—¿Y entonces qué es? —Sus dedos se entrelazaron con los míos sobre el mantel borgoña. Hasta el momento no me había dado cuenta de que mi mano estaba temblando. —Confía en mí, Alexander.
Clavé mis ojos en los suyos, tentado de estirar el brazo para poder acariciar su perfecto rostro ¿Cómo he conseguido que un ser tan perfecto en todos los sentidos se sienta atraído por mí?
—Confío en ti. —Me animé a hablar por fin. Este pensamiento llevaba demasiado tiempo en mi cabeza, y ya era hora de compartirlo. Magnus apretó mi mano, animándome a continuar. —Sé que estás haciendo todo lo posible para conseguir salvarme, ¿pero y si no lo consigues? ¿y si todo sale mal? —Noté en su rostro el mismo cúmulo de emociones que me embargaba a mí cada vez que la idea se me pasaba por la cabeza: ira, desilusión, tristeza, miedo, esperanza. —Sé que si no consigues encontrar una solución no permitirás que sea uno de los tuyos, Magnus, pero es lo que yo deseo.
Su rostro se desencajó y sus ojos brillaron más de lo normal, consumidos por la furia.
—No sabes lo que dices. Al menos si dejase que te transformases en un Puro podría verte, estar contigo. Eternamente.
—A cambio de perder mis sentimientos. ¿Es eso lo que quieres, que olvide mi amor por ti?
—¡Por supuesto que no! —Gritó.
El camarero, que se dirigía hacia nosotros con los postres, se quedó helado a cinco metros de la mesa. Le pedí amablemente que se llevase los dulces y trajese la cuenta y, en cuanto se hubo marchado, Magnus prosiguió:
—No puedes pedirme que te tenga una noche, Alec; una única y jodida noche, y luego vea durante siglos cómo te acuestas con otros humanos. Dios, no puedes pedirme que no vuelva a tocarte, a besarte.
—Si muero y me transformo en alguien como Tessa tampoco podrás tocarme, y entonces ni siquiera podrás saber que yo sigo sintiendo lo que ahora siento por ti. Mi amor se irá, Magnus, tú mismo lo dijiste.
Esta conversación no iba a ningún lado, ambos lo sabíamos. Ni él ni yo estábamos dispuestos a ceder con esto. Pero cuando, al salir del restaurante pude ver que él se dirigía a coger un taxi para volver a casa, decidí que hasta aquí había llegado la tontería. No nos pondremos de acuerdo nunca, eso está claro ¿entonces por qué preocuparse de algo que puede que ni suceda? Los problemas hay que afrontarlos cuando vengan, no antes.
—Magnus. —Tiré de su chaqueta para alejarlo del borde de la acera. —No quiero ir todavía a casa.
—Estoy cansado, Alec. Otro día volveremos a ir de paseo. —Ni siquiera se giró para contestarme. Él nunca pierde la oportunidad de mirarme a los ojos.
—Pues entonces espérame en casa, ya llegaré cuando me apetezca. —Le dije, logrando sonar completamente desinteresado.
Ni por un segundo pensé que él me fuese a dejar solo, por supuesto ¿qué clase de demonio sobreprotector sería si dejase que su humano de cristal deambulase a solas por la noche en las calles de Nueva York? No me giré en ningún momento, logrando fingir que realmente no necesitaba su compañía. Fueron un total de seis minutos y treinta y cuatro segundos de trayecto hasta que llegué a la puerta abarrotada de gente del Pandemonium.
Entrar sin necesidad de esperar en la larga fila fue sencillo. Lo único que tuve que hacer fue mencionarle al aprendiz de gorila que guardaba la puerta que uno de los dueños era mi primo. Gabriel Lightwood y yo nunca hemos tenido mucho contacto que digamos, pero es bueno poder aprovecharse de la familia de vez en cuando. Para eso existe, ¿no?
—¿Vienes conmigo? —Pregunté sobre mi hombro cuando King Kong me sujetó la puerta para que pasara.
Un gruñido fue la única respuesta que conseguí. Suficiente.
Nunca me han gustado estos sitios, y ahora, mientras lucho por poder deslizarme entre lo que a mí me parecen miles de cuerpos sudorosos, recuerdo el porqué. Aunque noto cierta satisfacción cuando una mano desconocida se desliza por cierta zona bajo mi espalda y enseguida oigo un gruñido conocido seguido de un chillido de dolor de una voz extremadamente aguda. Cuando por fin llegué a la barra y el cuerpo de Magnus se inclinó sobre el mío en una postura claramente protectora supe que ya se le había olvidado por completo nuestra conversación desastrosa.
—¿Qué quieres beber? —Le pregunté mientras intentaba no reírme de las miradas mortíferas que les enviaba a todos aquellos que miraban en nuestra dirección, aunque fuese de pasada.
—¿Qué hacemos aquí? —Preguntó en lugar de responderme, por lo que acabé pidiéndole dos refrescos a ¿Bat? Mis primos me lo presentaron en una ocasión, pero nunca puedo acordarme muy bien de su nombre. —Sé perfectamente que no te gustan estos sitios.
—Pero a ti sí. —Le contesté mientras le tendía una coca-cola.
Él me miró alzando una ceja antes de devolverle el vaso al barman, haciéndole unas señas que yo no fui capaz de identificar pero que al parecer él sí. Cuando la bebida volvió a las manos del demonio olía tan fuerte a alcohol que creí que me marearía solo por respirar cerca del líquido. Magnus prácticamente se lo bebió de un trago antes de pedir otra igual. Cuando Max no está en casa no es raro que Will, Jace o Izzy saquen bebidas alcohólicas para beber mientras charlamos, pero nunca he visto a Magnus borracho. Me pregunto si será otra de las cosas que hace especiales a los suyos.
—Solía venir a menudo. —Me dice mientras mira a su alrededor, revisando entre la gente. Inmediatamente supe lo que estaba haciendo y un ataque de celos estuvo a punto de conseguir que me marchase por donde había venido. Conseguí relajarme a tiempo, antes de que él volviese a fijarse en mí. —Obviamente no siempre, pero la gente que acude entre semana a estos sitios suele estar muy a favor de tener relaciones de una noche.
—Pensaba que podías usar tu imán demoníaco para convencer a cualquiera. —Magnus se rió ante el nombrecito. Dado que parece ser que los suyos no ponen ningún interés a nombrar sus habilidades sobrehumanas he decidido empezar a nombrarlas yo. Es más fácil decir "imán demoníaco" que "sustancia hormonal expandida por el aire que mezclada con los poderes psíquicos enfocados en una persona concreta hace que se derrita ante ti y ceda a hacer lo que desees, aunque normalmente estuviese en contra de ello".
—Que pudiese usarlo no significa que tuviese que hacerlo. Siempre me ha parecido algo cruel y despiadado. El sexo es placer y diversión, pero nadie debería obligar a otro a realizarlo en contra de su voluntad. Es cruel.
—¿Entonces nunca lo has hecho? —Antes de terminar de preguntar supe la respuesta. Sí, sí lo había hecho.
Obviamente Magnus percibió mi malestar. Dejó su tercera copa sobre la barra y me acorraló contra esta, formando una jaula con sus brazos para impedirme huir. Él siempre sabe cuándo tengo ganas de escapar.
—Tuve que hacerlo. —Su voz sonaba arrepentida y avergonzada. Lamentablemente eso no me hizo sentir mejor. —Fue una única vez. Estaba desesperado, Alec.
—Eso puede considerarse violación.
—No funcionó.
—Pero podría haberlo hecho; si hubiese funcionado tú me hubieses violado. —Actualmente mantener relaciones sexuales con Magnus no podría considerarse de ese modo en ningún caso, ya que mi deseo es igual al suyo; ya no me siento obligado a alimentarle, sino que deseo hacerlo. Pero hace unos meses…
—Tú no lo entiendes. Yo… estaba fuera de mí. Ese olor, tú olor… No podía pensar con claridad. Me estaba volviendo loco por la necesidad; la necesidad de tenerte. —Tiene razón, no lo entiendo.
—¿Entonces ahora ya no te afecta igual? —Es perturbador. Es perturbador y horrible que de quien estoy enamorado decidiese quedarse junto a mí porque soy un ambientador con patas.
—¿No afectarme? —Soltó una carcajada sin humor. —Ni siquiera sé cómo he podido mantenerme cuerdo durante tanto tiempo. Y es peor cuando te vas de mi lado, cuando estás lejos. No tienes ni idea de lo que siento cuando te marchas.
Mi mente viaja tiempo atrás, a nuestra primera semana de convivencia. Yo acababa de llegar de la universidad y estaba completa y absolutamente asqueado de todo. Seguía sin poder procesar del todo bien lo que estaba sucediendo y a cada paso que daba por el pasillo de camino a mi dormitorio deseaba encontrar mi cuarto vacío cuando entrara. Pero Magnus estaba allí, retorciéndose entre las sábanas, masturbándose mientras apretaba una de mis sudaderas contra su rostro, oliéndola como si fuese una tarta recién horneada. Entonces me pareció algo horroroso y salí corriendo de allí.
Y así, tan rápido como había aparecido, esa sensación de incomodidad y desasosiego desapareció y fue sustituido por la lástima. No por Magnus, ni por mí. Ni siquiera sé por qué me siento así.
Magnus seguía mirándome fijamente mientras la música estridente amenazaba con dejarme completamente sordo. Hay demasiadas cosas que hablar entre nosotros, demasiados problemas a los que buscar una solución. Pero lo haremos, lo sé. Si alguien puede somos nosotros ¿acaso no hemos pasado más en tres meses que lo que una pareja normal pasa en toda su vida?
—¿Alec? —Preguntó. Sonaba asustado, quizá temeroso por lo que podría significar mi silencio.
Me elevé mínimamente sobre las puntas de los pies, sonriendo como siempre ante el gesto porque sé que es algo innecesario, ya que los centímetros que nos separan son ínfimos. Pero a él le gusta el gesto. "Adorable", suele llamarme inconscientemente.
—Adorable. —Leo en sus labios, ya que el ruido infernal me impide oír su susurro.
Beso sus labios suavemente, sin ninguna intención detrás más que la de estar más cerca de él.
—Vamos a bailar. —Propone cuando nos separamos. Ni siquiera me hace falta explicarle por qué es una idea horrible, mi carcajada es más que suficiente. —Yo te guiaré, no te preocupes. Nadie más que yo se fijará en ti.
Y sin dejarme replicar volvió a arrastrarme por entre la marea de personas. Me guió hacia uno de los lugares menos concurridos, cerca de la pared. No tenía vergüenza porque gente que no había visto en mi vida y que seguramente no volvería a ver me viese haciendo el ridículo, pero sí me importaba lo que Magnus pudiese pensar sobre mí. Esto no me gusta, nada.
—Me debes una, ¿recuerdas? Perdiste la apuesta esta mañana. —Hice un mohín al recordarlo. Magnus aseguraba que mi hermana y Simon (bueno, "Sigmundo" según él) todavía no se habían acostado, ¿pero cómo iba yo a imaginar que eso fuese en verdad cuando Isabelle nunca había tenido prejuicios con acostarse con quien quiera y cuando quisiese? Para una vez que el que ella tuviese sexo podría resultarme de ayuda… —Baila conmigo, Alexander.
Su mano se deslizó hasta sujetarme de la cintura, demasiado bajo, diría yo. Cuando apretó con picardía mi culo lo confirmé.
—No está bien comer en lugares públicos, ¿sabes? Es de mala educación. —Comentó una voz a mis espaldas.
Repentinamente noté muchos cambios en Magnus de forma muy rápida: sus manos, sobre mis caderas, habían comenzado a temblar; sus ojos se habían abierto enormemente, mirando con terror a mi espalda; pude notar cómo él comenzaba a debilitarse a pasos agigantados. Cuando Magnus me atrajo hacia él con violencia y me apretó contra su pecho de forma protectora cerré los ojos con fuerza, tratando de aislarme de lo que sucedía.
Por favor, no. No ahora. No hoy.
—¿Quién eres tú? —Preguntó mi íncubo.
Abrí los ojos para ver cómo el otro íncubo sonreía socarronamente, con prepotencia. Magnus me dijo que todos los demonios sexuales debían ser hermosos para poder atraer mejor a los humanos, pero él era aterrador. Había algo en él, algo oscuro. Los únicos demonios que había conocido eran Magnus y Jem, y no había nada maligno en ellos. El chico frente a nosotros, en cambio, estaba claro que no podía ser otra cosa más que un monstruo.
—¿Es tuyo? —Ignoró la pregunta de Magnus. El agarre sobre mí se hizo más fuerte, pero yo no me quejé ni intervine de ningún modo, negándome a desbaratar lo que Magnus estuviese orquestando en su cabeza. —Mierda, ¿cuándo lo encontraste?
—Lárgate. —Finalmente habló. Había recuperado la compostura y miraba a su congénere con una calma que yo sabía que estaba muy lejos de sentir. —Él es mío, y lo estás asustando.
—Lástima. —Dijo con fingida tristeza. Sus ojos negros no transmitían nada, solo vacío. —Es curioso, porque no recuerdo que el puñetero Consejo dijese nada de un Candidato reclamado en Nueva York.
—Él es mío, y sabes lo que intervenir ahora significaría para ti.
El íncubo alzó las manos en gesto de rendición. Se movió rápido, demasiado para que yo pudiese siquiera verlo. Estaba frente a mí y en un parpadeo su mano había cogido un mechón de mi cabello y lo aspiraba como si fuese heroína.
—Delicioso. —Gimió.
Le hubiese pegado un buen puñetazo si Magnus no se me hubiese adelantado. El cráneo de cualquier humano se hubiese destrozado por semejante impacto, pero el demonio simplemente se tambaleó hacia atrás unos pocos metros antes de recobrarse. Magnus no esperó para saber su reacción, simplemente nos guió a toda prisa hacia la salida.
En cualquier otro momento me hubiese quejado de su inconsciencia por hacernos aparecer directamente en el salón de mi casa y el desgaste innecesario que ello le conllevaría, pero mi cerebro era incapaz de entender qué había pasado en los últimos cinco minutos. Se supone que esta iba a ser nuestra primera cita normal, ¿cómo ha sucedido esto?
Por no darme cuenta ni siquiera me percaté de que Jem estaba intentando tranquilizar a mi desquiciado íncubo hasta que Will me zarandeó con violencia. Traté de enfocarme mejor en lo que me rodeaba mirando un punto fijo de la habitación que me ayudase a centrarme. Magnus. Tengo que estar con él.
Aparté las manos de William de mis hombros y me dirigí al íncubo de pelo oscuro justo a tiempo para que él me dedicase una última mirada cansada y dos palabras que nunca pensé que él podría pronunciar para mí.
—¡Ni se te ocurra! —Le grité justo antes de llegar hasta donde él estaba y toparme con… nada. Se ha ido. —Ni se te ocurra. —Repetí para mí mismo.
Estoy soñando. Debo de estar soñando.
Jem parece cansado, mirándome con lástima y algo de culpa. Ni siquiera tengo que ver a Will para saber que él me está mirando del mismo modo.
Nada de esto es real.
..
Creo que me abalancé sobre James Carstairs para golpearle. Y también creo que fue Will quien evitó que siguiese pegándole puñetazos en su etéreo rostro. Aunque eso es completamente absurdo, ¿no? Jem es un íncubo con sus capacidades a pleno rendimiento que podría defenderse a la perfección por sí mismo. A no ser, claro, que él tenga tan claro como yo que se merecía cada uno de mis golpes.
Le ha dejado ir solo. No hay que ser muy inteligente para saber que Magnus se ha marchado a intentar detener al íncubo del Pandemonium antes de que se vaya de la lengua y nos descubra ante el Consejo. Me descubra. Magnus está debilitado y furioso, lo que le hace doblemente vulnerable. Mi demonio podría morir por toda esta mierda y Jem no ha hecho nada. Yo no he hecho nada.
—El Consejo ya me tiene vigilado, Alec. Compréndeme. —Sigue siendo un cobarde. Yo intentaría ayudarle si fuesen Will y él los que estuviesen en peligro. Al menos hubiese intentado detenerle hasta tener un plan mejor que simplemente ir de cabeza hacia el peligro. —Tú puedes hacerlo, Alec. Sé que puedes. Magnus volverá y entonces tú harás lo que tienes que hacer. —Un objeto frío y rígido se presionó contra mi puño cerrado. Agarré lo que Jem me tendía, sin despegar mis ojos de él. Cobarde. —Sé que puedes.
..
Izzy no se había despegado de mí desde que Jem y Will se habían marchado a recoger a Jace, Clary y el resto de la tropa. Mi hermana puede ser un engorro a veces, pero siempre sabe cómo comportarse cuando la gente de verdad la necesita. Había escuchado toda la conversación entre Magnus y Jem, y también la mía con James. No interrumpió entonces y no ha preguntado ahora. Simplemente está acurrucada a mi lado, sin preguntar, dejándome abrazarla.
—Tú puedes. —Dijo mientras yo seguía tirando de mechones aleatorios de mi cabello excesivamente largo.
Ella nunca ha estado en contra de esto. Siempre me he preguntado por qué, ¿por qué no teme por mi seguridad? ¿Acaso no le importa lo que pueda sucederme, en lo que pueda convertirme? Pero no es eso, ahora lo sé. Isabelle sabe que haga lo que haga, pase lo que pase, podré arreglármelas.
..
Jace no es como Isabelle y no se mantuvo callado ni un instante, haciendo preguntas, soltando maldiciones y yendo de un lado a otro de la sala de estar como un león enjaulado. Clary estaba sentada en uno de los sillones rosas (esos que hace tan solo unas horas me habían parecido tan horribles, pero que ahora me resultaban incluso adorables), alternando miradas preocupadas hacia su novio y de lástima hacia mí. Simon parecía demasiado ocupado fijándose en los enormes fragmentos de piel desnuda que dejaba a la vista el camisón de mi hermana, y Cecily estaba echándole en cara a Will y Jem todo lo que yo mismo pensaba sobre su cobardía. Me estaban poniendo más nervioso de lo que estaba. O Magnus aparecía ya o iba a ir yo mismo a buscarle.
No me resultó complicado levantarme y escabullirme hasta el pasillo. La única que se percató de mi ausencia fue Clary, que no abrió la boca, y Jem, por supuesto, que me siguió hasta mi habitación para seguir con su plan de no dejarme sin protección ni un solo segundo. No me dijo en ningún momento el porqué de dicha protección, pero estaba todo más que claro: si Magnus no conseguía vencer al otro demonio, éste vendrá a por mí. La simple idea de que él no volviese me volvía loco, y quise tirar al peliblanco a patadas de mi dormitorio solo por pensar remotamente en la posibilidad.
..
Paradójicamente, cuando Magnus aparece de la nada en el centro de mi habitación, en un estado deplorable y prácticamente muerto; no siento nada. No puedo asustarme de algo que estaba esperando, y tampoco puedo alegrarme por la misma razón. En algún punto en la última media hora había comprendido que Magnus no perdería ante aquel mocoso, tenía demasiado que perder; pero al mismo tiempo también supe que estaba débil por no haberse alimentado correctamente durante meses. No iba a perder, pero tampoco iba a ganar.
Dejo que sea Jem quien lo ayude a mantenerse en pie mientras lo guía hasta la cama donde yo estoy sentado. Me levantó mecánicamente, sin pensar siquiera en qué estoy haciendo, y le dejo vía libre para que pueda acostarle.
—No quería que llegases a esto, Alec. Nunca lo quise. —Lo sé. Y también sé que no es un cobarde. Siento haber pensado mal de él. —Aún puedes negarte. Lo sabes, ¿no?
—¿Dejarías tú morir a Will pudiendo salvarle? ¿Hubieses dejado morir a Tessa de haber sabido que el Consejo mataría a Hellen y Aline para servir de lección para ti y los que piensan como tú?
Él no respondió, la respuesta era obvia. Jem siguió trabajando sobre el cuerpo de Magnus, curando las heridas visibles y haciéndolas cicatrizar con una rapidez extraordinaria. Me pregunto qué ocurriría si los humanos poseyéramos también ese poder ¿acabaríamos con las dolencias del mundo, o lo usaríamos como excusa para cometer más atrocidades? Sería muy útil para un torturador. Podría torturar a su víctima y después sanarla justo cuando estuviese al borde de la muerte, y así una y otra vez en un ciclo continuo de dolor. Es horrible.
—Alec. —Me llama. Miro en su dirección y veo al Magnus de siempre tendido sobre nuestra cama. Pero está demasiado callado, demasiado quieto. — Sus heridas físicas ya están del todo sanadas, lo que ahora necesita es reponer la fuerza que ha gastado.
—Tengo miedo. —Mucho miedo. Admitirlo, sin embargo, me hace sentir mejor, no sentirme como un cobarde,
—Si alguien puedes eres tú. Harás lo que tengas que hacer, lo sé. —Hay una fotografía sobre mi escritorio, una de mi familia que yo nunca había visto antes. Navidades, a juzgar por el horrendo jersey de Darth Vader con un gorrito de Papá Noel que lleva Simon. Si salvo a Magnus no le veré morir, pero viviré eternamente y algún día les veré morir a ellos. A todos. —Puedes hacerlo. —Repitió una última vez antes de marcharse como si nunca hubiese estado aquí.
Miré el cuerpo tendido junto a mí, incapaz de creer en aquellas dos palabras por muchas veces que las oyera. ¿Pero qué otra opción tenía? Magnus había hecho su movimiento para protegerme, ya era hora de que yo hiciese lo mismo por él.
Convencerme a mí mismo de que todo saldría bien e infundirme el valor suficiente para actuar fue sencillo, lo complicado fue soltar la mano de la débil criatura que yacía sobre mi cama. "Criatura". Nunca llegué a decirle lo mucho que me enfadaba ese apodo, que no hacía más que confirmarme el abismo tan grande que existía entre nosotros.
Finalmente hice lo que tenía que hacer y me dirigí al escritorio, tanteando a ciegas en busca aquello que me infundiría el valor y la fuerza necesarios. Mi mano se topó con un objeto cilíndrico que acabé volcando, llenándome la mano con esos malditos polvos infernales. Ahora mi mano parecía un farolillo de reflejos multicolor que se distinguía incluso entre la oscuridad que nos envolvía. Cuando todo esto acabe y nos mudemos a esa casa que él me prometió pienso impedir la entrada de cualquier cosa que contenga brillantina. Nos mudaremos, lo sé. Tenemos que hacerlo. Tenemos que hacerlo.
Seguí tanteando hasta encontrar lo que buscaba, y una vez con ello en la mano no volví a dudar. Me convertiría en un íncubo, sí. Necesitaré alimentarme de la energía vital de otras personas teniendo sexo cada dos por tres. Vale. Joder, es una mierda, pero es lo que debo hacer para poder salvar a quien amo. Y me haré más fuerte al tiempo que Magnus recuperará su fuerza, o mejor: la aumentará. Siendo uno, Jem pudo esconderme durante años de los de su especie; entre los tres podremos esconder a Max el tiempo suficiente como para encontrar la solución que no encontré para mí.
—Alec. —Su voz casi me hace perder la concentración, pero logré que mi pulso aguantara firme durante los segundos que necesitaba.
Tres. Dos. Uno.
—Alec. —Volvió a llamar con esa voz rasposa que sonaba más a gato bufando que a mi nombre.
Me acerqué de nuevo a la cama. Lentamente, deshaciéndome de cada una de las prendas que me cubrían en el proceso. Sus ojos estaban entrecerrados, mirándome, alentándome y ayudándome a ver que esto era lo correcto. Él nunca debió conocerme ni llegar a estos extremos.
—No. —Pronunció. Su voz era más clara, ahora. Quizá por la simpleza del monosílabo, o puede que porque mis intenciones eran tan claras que incluso estando medio moribundo y semiinconsciente podía entenderlo. —No. —Repitió cuando retiré la fina tela que lo cubría y me subí a horcajadas sobre él. Ahora que estaba a punto de hacerlo me percaté de que todo el temor se había disipado. Todo saldrá bien, no pasa nada. Puede que me convierta en un demonio, pero seguiré siendo yo. Y Magnus estará vivo. —Por favor, no.
—Shhh. —Lo silencié, sellando sus labios con un dedo. —Todo irá bien.
Lubricante… ¿Dónde estaba esa porquería artificial? Al menos cuando me convierta en bichito con andromanía no lo necesitaré. Magnus me explicó que el dolor de la penetración no es igual para ellos.
Nunca me había hecho esto a mí mismo. Antes de que Magnus llegase a mi vida estaba demasiado ocupado centrándome en los estudios y en mis hermanos como para pensar en el sexo. Me había masturbado, como todo hombre sobre la faz de la Tierra, pero no creo que fuese ni siquiera consciente de que se sintiese tan bien ser penetrado. Igualmente la sensación es extraña y confusa, muy alejada del placer burbujeante que siento cuando es él quien lo hace. Noto cómo los dos dedos que hay en mi interior, y que estoy asegurándome de mover adecuadamente de todas las formas posibles, me ayudan a abrirme para lo que vendrá, pero tener que hacer fuerza con mis piernas para poder seguir reteniendo sus brazos a los costados hace que me tense y no consiga relajar del todo los músculos. Quizás es por eso que cuando empujo el tercer dedo en mi entrada mi cuerpo parece no querer aceptarlo. Gruño ante la pesadez y lo absurdo de toda la dichosa situación. No estoy disfrutando, y prácticamente voy a forzar a la persona que amo a tener sexo conmigo para convertirme en algo que odiaré ser.
Respiro una última vez, mirando sus ojos para encontrar las fuerzas que me faltan. Le amo. Le amo y eso es lo único que importa.
Mi cuerpo arde, pero no duele tanto como imaginé. Es… raro. Se siente bien. Magnus ni siquiera está del todo en mi interior y yo no puedo evitar cerrar los ojos y gemir con fuerza. Bajo mi cuerpo de golpe, con violencia, ansiando más de esa sensación. Tendría que doler, pero no lo hace.
—Como Candidato, tu cuerpo está preparado para aceptar al demonio que te Convertirá. No habrá dolor durante la parte sexual de tu Conversión, solo una muestra de lo que sentirás a partir de entonces cada vez que te alimentes.
Siento la necesidad de volver a subir y comenzar a montarle, pero otra parte de mí desea seguir lleno de él. Solo un poco más. Muevo mis caderas, disfrutando de cómo se siente su erección al frotarse con cada partícula nerviosa en el interior de mi cuerpo.
Un sollozo me saca de mi espiral de placer y me obliga a abrir los ojos y a cesar mis movimientos. Magnus me está mirando con una expresión indescifrable, pequeñas lágrimas cayendo por sus ojos.
—¿Por qué? —Susurra.
¿Acaso no es obvio?
Inclino mi cuerpo, quedando recostado sobre su pecho para poder tener vía libre y besar sus suculentos labios. No recordaba que él supiese tan bien.
—Porque te amo.
Le besé una última vez antes de volver a erguirme. Mi movimiento anterior había provocado que gran parte de su miembro se deslizase fuera de mi cuerpo, y ahora había vuelto a entrar, llenándome. Más. Necesito más.
Hay una vocecita en mi cabeza que insiste en decirme que esto lo estoy haciendo para lograr que Magnus se recupere y vuelva a ser el de siempre, pero el placer es demasiado intenso. Me ciega por completo y solo puedo pensar en lo bien que se siente. Es como si hubiese estado toda mi vida comiendo pan duro y de repente alguien me entregase el más delicioso de los manjares. ¿Cómo ha podido Magnus aguantar tanto tiempo alejado de esto?
Por mí. Por protegerme.
La niebla, el placer desquiciante que estaba cegándome, desaparece poco a poco, siendo sustituido por una sensación mucho más humana, menos… animal. Desacelero mis movimientos poco a poco hasta adoptar un ritmo tranquilo y abro los ojos una vez más. Magnus me mira ahora con sus ojos completamente despiertos, brillantes como nunca antes los había visto. Ni siquiera había notado cómo él se ha librado del agarre de mis piernas y ahora sus manos están acariciando mis muslos. Arriba y abajo, arriba y abajo. Las manos de Magnus siguen los movimientos pausados de mi cuerpo hasta que termino por detenerme, volviéndome a quedarme sentado sobre él.
Magnus ronronea, literalmente. Sus manos ascienden por mi piel hasta llegar a los glúteos, que masajea con más cuidado del habitual. Normalmente es duro, apremiante por tocar la mayor cantidad de mi piel en el menor tiempo posible; ahora es suave, relajante. El motivo de tal cambio llega a mi mente como un rayo, iluminando la oscuridad: quiere recordar esto. Eso es.
—¿Cómo te encuentras? —Sus manos vuelven a ascender. Acaricia cada centímetro a su paso. Mis caderas, mi cintura, mi pecho. Cierro los ojos y me entrego al placer de sus caricias, muy diferente y mucho más satisfactorio que el placer salvaje que experimenté minutos atrás.
—Fuerte. Poderoso. —Su mano derecha llegó a la altura de mi corazón, deteniéndose ahí. —Triste.
—Deja la tristeza para mañana. —Mi anterior visión fue completamente cierta. Sus ojos ahora están maravillosamente vivos, completamente distintos a los ojos cansados que me había acostumbrado a ver. Incluso su piel parece tener un color más saludable. Pero todavía no lo suficiente, puedo notarlo. —Ahora disfruta. —Parece renuente al principio, pero me basta con sacudir mis caderas un única vez para arrancarle un gemido y extender una sonrisa torcida por su rostro. —Disfruta de mí.
—Siempre. —Cuando se aferra a ambos lados de mi cadera con excesiva fuerza puedo ver claramente cuáles son sus intenciones. En esta ocasión me fuerzo a mí mismo a mantener los ojos abiertos mientras él me levanta y vuelve a tirar de mi hacia abajo. Su gruñido suena como música para mis oídos. —No tienes ni idea de lo que es estar dentro de ti. —Gime mientras vuelve a penetrarme una vez más.
Río sin ningún tapujo, y mi risa se mezcla con mis gemidos, produciendo un hipido muy curioso que a él parece encantarle, porque me sonríe con dulzura. Magnus se incorpora, sin dejar de mecer sus caderas contra mi cuerpo en ningún momento. Paso los brazos por su cuello cuando él llega a mi altura, besándole con todo lo que tengo, sabiendo bien que esta será la última vez que podré tocarle de esta manera.
De repente Magnus sale de mi cuerpo y me guía hasta acostarme sobre la cama. Parece imposible, pero sus ojos brillan cada vez más. Solo las pequeñas rendijas de sus felinas pupilas me evitan creer con certeza que se trata de dos piedras preciosas ¿Normalmente son así? Y pensar que hasta ahora había pensado que sus ojos eran hermosos…
Creí que lo único que quería era cambiar de postura, pero lleva demasiado tiempo lejos de mí y empiezo a impacientarme. A regañadientes consigo dejar de maravillarme con sus ojos y sigo la dirección de su mirada a tiempo para ver cómo su mano se dirige a mi entrada. Gimo cuando acaricia la sensibilizada zona con sus dedos y pierdo del todo la cabeza cuando dos de sus dedos se cuelan en mi interior. Magnus parece maravillado mientras observa cómo sus apéndices desaparecen en mi interior.
—Magnus. —Le llamo, rogando.
Él hunde los dedos con más fuerza, más profundo. Esto sí es real. Yo tenía razón, cuando es él quien lo hace me siento en el cielo ¿Cómo sería si lo hiciese otra persona? Sacudo mi cabeza con violencia para intentar borrar esas ideas de mi mente. No es momento para preocuparme por eso. Yo también quiero recordar esto, aferrarme a la imagen de sus ojos mirándome con dulzura antes de que todo cambie para siempre.
Cuando vuelvo a abrir los ojos él me está mirando con una sonrisa ladeada, curioso por saber qué se me pasaba por la cabeza. Abro la boca para hablar, pero de nuevo me deshago en gemidos. Aunque a él no parece importarle demasiado.
—¿Se siente bien? —Se regodea. Capullo, ¿gemiría si se sintiera mall?
—Te necesito a ti. —Veo con claridad y fascinación el movimiento de su nuez al tragar. Su mirada vuelve a bajar y mira con añoranza mi entrada. Por un segundo sus dedos dejan de moverse y creo que va a complacerme, pero de nuevo comienza a penetrarme con ellos, en esta ocasión casi con brutalidad. Es glorioso.
—No tienes ni idea de lo que es estar dentro de ti. —Repite.
Y entonces lo entiendo. Cuando él se corra en mi interior todo terminará para ambos, y ha estado a punto de hacerlo. No solo quiere recordarlo, sino que quiere alargarlo todo lo posible.
—Tú tampoco sabes lo bien que se siente el sentirte dentro. —Magnus gruñe. Cierra los ojos con fuerza e incluso soy capaz de distinguir el sonido de su rápida y agitada respiración por encima de mis constantes gemidos. —Te amo.
No sé por qué lo digo, pero necesitaba hacerlo. También quiero que recuerde eso, que lo recuerde para siempre cuando todo cambie.
Sus dedos abandonan mi interior, ganándose otro gemido inconforme de mis labios que se corta de inmediato cuando algo más grande comienza a presionar en mi contra. Magnus inclina su cuerpo hasta situarse sobre mí.
—Y yo a ti, mi vida. —Suspira contra mis labios antes de besarme.
Siento las lágrimas agolparse en mis ojos, pero me niego a soltarlas. No voy a llorar, no pienso empañar este recuerdo.
Magnus comienza de nuevo a penetrarme y me olvido de todo, porque ahora, y solo ahora, el mundo se reduce a él; y él es lo único que me importa.
..
Los párpados me pesan más de lo habitual, como si estuviesen hechos de hormigón. Esto no es normal, ni siquiera cuando tengo mucho sueño me siento así. Y ahora no lo tengo, ni estoy cansado; simplemente mi cuerpo no parece querer responderme.
Noto los movimientos de Magnus a mi lado y me gustaría poder verle; me gustaría poder verle y tranquilizarle, ya que sé el tipo de expresión que está mostrando ahora mismo. «Esto no es culpa tuya» me gustaría poder decirle, más mi boca ni tan siquiera logra abrirse para emitir un balbuceo. No creo siquiera estar respirando, ¿cómo puede ser eso?
Una mano acaricia mi mejilla con dulzura, pero tiembla demasiado como para que pueda resultarme tranquilizadora. «Todo irá bien, al menos no te perderé», «No me arrepiento de nada», «No te preocupes, nada es culpa tuya», «Te amo». Mierda. Ser completamente consciente de tu entorno pero no poder interactuar con él debe de ser una de las peores torturas que puede experimentar una persona, y lo peor es que no parece que vaya a mejorar ¿Acaso me quedaré así para siempre?
—No te preocupes, esto se pasará. —Me susurra. ¿Cómo sabía en lo que yo estaba pensado? Él siempre me conoce, demasiado bien. —En unas horas todo habrá acabado.
¿Horas?
Durante mucho rato Magnus sigue acariciando mi rostro, pero llega un punto en el que siento cómo su mano, pegada a mi mejilla, pierde su fuerza. Se ha quedado dormido, ¿verdad? Dime que no ha sido algo peor, que no le ha pasado nada. De nuevo intento por todos los medios abrir los ojos, pero solo consigo hacerme daño. Mierda. ¿Qué es esto? Jem me dijo que sufriría al empezar a transformarme en un bichito como él, pero supuse que se refería a un dolor físico, no a esto. ¿Y si Magnus está muerto porque he llegado demasiado tarde y mi fuerza no ha sido suficiente? ¿Y si yo me quedo así para siempre por culpa de las malditas ideas de Jem?
Necesito salir de aquí. Necesito respirar. Necesito comprobar que Magnus está bien. Necesito ir a decirles a mis hermanos que no pasará nada, que ha sido mi elección. Necesito…
..
Cuando al fin puedo abrir los ojos me sorprendo tanto que prácticamente pego un grito asustado. Parece mentira, pero lo cierto es que había perdido toda esperanza de volver en mí. Hay algo mal en todo esto, puedo sentirlo. Si soy ahora un demonio, ¿Por qué no me siento diferente? Nada de visión amplificada ni de oídos superdesarrollados ni… espera. Bajo la vista hasta fijarla en mi abdomen, donde todavía se encuentra mi ombligo. Eso también continúa siendo normal.
¿Y si todo lo que creía estaba equivocado? ¿Y si en verdad todo esto no ha sido más que un sueño, o el delirio de mi mente perturbada, o el cansancio acumulado por la semana de exámenes? O simplemente puede que Jem y Magnus estuviesen equivocados y yo no fuese un Candidato, ¿pero entonces de dónde ha salido la parálisis de antes? ¿Autosugestión? La cabeza me da vueltas. Nada tiene sentido.
Desvió la mirada hacia Magnus. Mi demonio está acurrucado junto al hueco que segundos atrás era ocupado por mi cuerpo, completamente desnudo y dormido como un bebé. Es muy raro que yo consiga verle dormir, así que normalmente, cuando la rara situación se da, me recreo admirándole hasta que despierta. Suele parecerme tierno, dulce, pese a saber muy bien que eso no es precisamente lo que es. Pero ahora no. Me obligo a levantarme de la cama cuando una sensación desconocida recorre todo mi cuerpo de la cabeza a los pies. Me tambaleo hacia atrás, tratando de alejarme de él y la sensación de repugnancia que siento cada vez que le miro.
Mierda.
Tengo que alimentarme. Necesito sexo.
Salgo de la habitación sin darme cuenta de que no soy precisamente silencioso y podría despertar a Magnus, pero no me importa. La mayoría de mis invitados se han ido, pero Jace está dormitando en el sillón. Solo cuando me mira de arriba abajo con sorpresa recuerdo que estoy desnudo. La idea de estar vestido se cruza por mi mente y así como si nada la ropa que llevaba antes está sobre mi cuerpo ¿Qué infiernos…?
—¿Qué haces? —Pregunta con voz falsamente calmada. Algo en mi rostro debe mostrar lo que estoy sintiendo, o puede que él simplemente pueda intuir que hay algo malo en mí. Su postura es tensa, a la defensiva. —¿Qué es eso?
¿Qué es el qué?
—Alec, —Escucho otra voz desde la cocina. Giro la cabeza tan rápidamente que durante unos segundos me mareo y soy incapaz de enfocar con claridad. Cuando al fin lo consigo Jem me está devolviendo la mirada con cautela. —¿Cómo ha ido?
La fragancia del peliblanco llega a mis fosas nasales y me da ganas de vomitar, al mismo tiempo que siento mis fuerzas flaquear y las ganas de sexo aumentan ¿Qué mierda está pasando?
—¿Qué le ocurre? —Escucho preguntar a Jace.
—Tu hermano… —No escucho completamente la respuesta de Jem, pero tampoco me hace falta para saber qué le contará. Tampoco me hace falta estar mirando para saber que mi hermano va a intentar pegarle una buena paliza antes de venir hacia mí y recriminarme mis acciones.
Necesito alimentarme.
Un olor delicioso inunda mis sentidos y me hace gemir de placer, estando a punto de llevarme al orgasmo solo con eso.
—¿Alec?
No me paro a escuchar quién me llama y ni tan siquiera abro los ojos para ver hacia dónde me dirijo; simplemente abro la puerta de entrada y cuando me quiero dar cuenta estoy bajando en el ascensor.
Mi mente trata de recordar algo, un nombre, pero no hay manera de lograr entender por qué ese nombre es tan importante. Necesito alimentarme, y eso es lo único que me importa.
Cuando me despierto me niego a abrir los ojos. Sé lo que me encontraré al abrirlos y no estoy preparado para ello. Lamentablemente mis ojos no son algo primordial para darme cuenta de la realidad. Su olor prácticamente ha desaparecido de mi alrededor, quedando intoxicado por una fragancia desconocida que odio desde el mismo momento en el que soy capaz de procesarla. Él no debería haberlo hecho. No él.
La luz que entra por la ventana me indica que es de madrugada, quizá cerca de las seis. De nuevo tengo que luchar contra la tentación de quedarme donde estoy para así poder conservar el recuerdo de lo sucedido hace unas horas lo más vívidamente posible.
Pero no puedo hacerlo, tengo que encontrarle. Me da igual lo que sea ahora, tengo que dar con él y verle con mis propios ojos.
La fuerza que siento latiendo en mi interior me desconcierta por unos segundos ¿De dónde ha salido este poder? Eso no importa, no ahora. Como íncubo recién Convertido, Alec tratará de tener sexo con el mayor número de personas durante su primera semana. La idea de que el dulce humano que ayer tuve entre mis brazos sea tocado por otros vuelve a marearme, y en esta ocasión no encuentro motivo para tratar de mejorar. Mi Alec está con otro en este momento.
¿Por qué? Esto es injusto. No debería ser así, no después de todo lo que he hecho para tratar de mantenerlo a mi lado. Pensé… Fui tan idiota como para pensar que él siempre sería solo mío.
Por ciertoooo, que casi se me olvida por despistada xD
Importante importantísimo importantoso (?): Mi adorada Inés (Alias "ILSLy", alias "soy cabezota porque me gusta molestar a Ice") escribió hace unas semanas (o unos días, estoy tan mal de tiempo que no controlo bien en qué día vivo) un genial one shot llamado "Alquimia" sobre este fic. Yo sinceramente espero que no lo leáis, porque esta mujer tiene mucha más experiencia que yo escribiendo y su forma de narrar me deja por los suelos, pero en fin xD
Nah, habla la envidia, no yo. Soy inocente, lo juro (?)
Muchisísimas gracias por el regalo amore. Eres infinitamente adorable, como Alec. Te amo (no tanto como al one shot, ya que lo mío con "Alquimia" fue amor a primera vista, peeeerooo…).
