En fin, si estáis leyendo esto y no habéis leído el "9A" es porque os habéis saltado un capi, en cuyo caso tirad para atrás, que os recuerdo que esta semana iba a subir dos capis al mismo tiempo y si no leéis ambos "9", el epílogo será un lío monumental. Bueno, más lío, quiero decir.
Y hablando del epílogo… Como dije en el capi anterior, estará intercalando ambas realidades, así que me temo que no se podrá leer el final de "A" y luego de "B". Debéis leerlo tal y como lo publique para no liaros. No me hagáis trampas al leer, ¿eh? Eso sería autospoilearse, y es malo para la salud. Para la salud mental, obviamente, porque ya bastante lío es el fic en general como para leerlo saltándose cosas xD
La idea es subirlo la semana que viene. Tengo mucho adelantado, así que calculo que el jueves 9 (o incluso antes, porque me tienen que enviar mi nuevo portátil esa misma semana y a lo mejor puedo terminar antes de lo previsto) estará acabado y colgado.
Graaacias por seguir hasta aquí. Ahora sí que sí ¡hasta el último capítulo!
Que el Ángel os proteja, la Fuerza os acompañe y la suerte esté siempre de vuestra parte.
¡Os adoro!
..
A mi amore, por hacerme sonreír cada mañana al despertarme y ver un diminuto minino de ojos porpurinosos entre mis brazos. Las palabras no son suficientes para describir lo agradecida que estoy contigo, señorita cabezota. Simplemente imagínatelas, ya que tu imaginación es muy superior a la mía (y sí, eso va con recochineo. Amo el one shot, pero te odio por escribir mi fic mejor que yo. Jums).
Te amo.
—¿Sabes? No había pensado en esto cuando decidí apuntarte de nuevo a la universidad. Haber tenido que dejar de quedarme todas las mañanas en la cama a holgazanear contigo es una tortura. —Soy un maldito idiota por haber pensado en que esto era una buena idea. Y encima el gato. El puñetero gato que parece empeñado en escaparse de casa cuando yo estoy pero que vuelve a tiempo para el regreso de Alexander y que me roba tiempo con él. Asco de hámster.
Alec apareció por la puerta que daba al baño de nuestro dormitorio, ya vestido para empezar un nuevo día. Ni siquiera he podido verle desnudo, y no tendré una nueva oportunidad hasta dentro de interminables horas. Mierda de día. ¿Cómo pueden los humanos soportar esta tortura? No me extraña que tengan una esperanza de vida tan corta, con tanto estrés encima.
—Ya es viernes, Mags. Tenemos todo un fin de semana libre para nosotros solos. —Un fin de semana ¡Dos míseros días! Si está tratando de animarme se le da de pena. —No pongas esa cara.
—No quiero que te vayas. —Le dije mientras le dedicaba mi mejor puchero.
Misma rutina, distinto día. Él me mirará con compasión, como cada día. Después se acercará hasta mí me dará un beso con sus perfectos labios que me hará quedar con ganas de más. Y luego se irá mientras yo me quedo en la cama revolcándome en mi autocompasión durante otra hora hasta que me toque levantarme.
..
Cuando bajé media hora más tarde y me puse a mirar en todos los muebles de la cocina para saber qué hacerle a mi ojiazul para comer, me di cuenta de que ya estaba preparado para dejar las clases de cocina. Con la escasa cantidad de ingredientes que había en casa se me habían ocurrido ocho platos distintos que a él podrían gustarle. Quizás estudiar recetarios mientras él se dedicaba a hacer lo propio con sus apuntes de la universidad había sido más útil de lo que esperaba. Puede que tenga un don para esto.
Llamé por teléfono a Kaelie, la responsable de las clases, quien no se esforzó demasiado en fingir la alegría que le causaba mi marcha. Por mucho que tanto las hadas como los brujos posean sangre demoníaca no se sienten cómodos teniendo a un demonio en libertad tan cerca de ellos. Ragnor es un caso aparte, por supuesto. Bueno, Ragnor es un caso aparte en muchas cosas.
Una vez arreglado ese pequeño asuntillo me decidí a salir al supermercado para intentar hacer algo de tiempo y no aburrirme. Ese tiempo se me echó encima y no llegué a casa hasta quince minutos más tarde del horario habitual de Alexander. Mierda. Acaba de llegar cansado de clases y todavía no está preparada su comida. Espera, ¿qué narices ha sido eso? Creo que me estoy empezando a convertir en un ama de casa de los años sesenta.
—¿Dónde estabas? —Dijo a modo de saludo, besándome ligeramente antes de arrebatarme algunas de las bolsas para ayudarme a llevarlas hasta la cocina.
—Comprando. —Le contesté burlonamente mientras señalaba las bolsas. —¿Tienes hambre? Me temo que se me ha hecho tarde. Por aquí no hay demasiados lugares de buena comida, ¿tienes idea de lo que me ha costado encontrar carne de wagyu? Por no hablar del Kopi luwak.
—¿Carne de wagyu? ¿ Kopi luwak? —En ese momento sacó la única lata de caviar de Almas que había conseguido y la miró con recelo. —¿Esto es oro de verdad?
—¿En qué otro tipo de lata iban a venderlo? —¿En un tetrabrik? Por favor.
—¿Cuánto dinero te has gastado en la compra de hoy?
—¿En total? —Él movió la cabeza afirmativamente mientras yo le cogía la lata de caviar de las manos. Alexander aprovechó mi acercamiento para volver a besarme con suavidad. Adorable. —Pues… Ni idea, la verdad. A partir de los 100.000 he perdido la cuenta. Mi tarjeta no tiene máximo, así que…
Su adorable ceño fruncido me hizo sonreír sin remedio ¿Cómo se puede estar tan hermoso haciendo tan poco?
—¿Se puede saber de dónde sacas tanto dinero?
—Del banco, como la gran mayoría de las personas. Hoy en día ya no se lleva eso de guardar los ahorros bajo el colchón, Alexander. —Aunque teniendo en cuenta su mentalidad medieval es posible que él todavía crea en el trueque.
—Lo despilfarras de tal manera que empezaba a creer que se lo robabas a alguien. —Hombre, pues hubo una época no hace demasiado tiempo… — o que lo hacías aparecer mágicamente. —Y eso también, claro. Pero me daba mucha pereza tener que llevar dinero en metálico. Donde esté una tarjeta de crédito… —¿Y cómo lo ganaste? ¿Trabajando?
Sí, claro, trabajando. Al final va a resultar que pasar tanto tiempo en cautiverio le ha afectado al cerebro mucho más de lo que pensaba. "Trabajando", dice.
—Básicamente hace muchos años —Unos ciento cincuenta. — ingresé una gran cantidad de dinero —Una gran, gran cantidad. — y ahora puedo disfrutar de los enormes beneficios producidos por los intereses.
—¿Y de dónde salió esa gran cantidad de dinero?
La interrupción del timbre fue un regalo más que bienvenido. Que haya empezado a confiarle más cosas sobre mí no significa que necesariamente tenga que contarle los momentos más turbios de mi pasado. Por lo menos no de momento.
—Mira a ver si te ha sobrado algo de dinero después de comprar medio país, —Me dijo con retintín mientras yo iba a abrir la puerta y él se dirigía hacia las escaleras. —como no sabía cuándo volverías he pedido una pizza. Aunque supongo que me la tomaré yo solo, porque no está hecha de diamantes.
Pero mira que es cascarrabias.
..
La pizza no estaba mal. Claramente yo podría haber preparado algo muchísimo mejor, pero me conformo con esto si significa poder disfrutar de unos minutos en paz junto a él. Y mi Alexander también parece conforme si tenemos en cuenta la velocidad a la que está devorando la masa redonda. Esto no es normal.
—Estás empezando a mosquearme, ¿me puedes decir de una vez dónde metes la enorme cantidad de calorías que ingieres diariamente?
Ambos nos encontrábamos sentados en uno de los sofás sosísimos que yo me había encargado de redecorar a mi gusto para darle algo más de vidilla a la casa. Mi espalda estaba apoyada sobre el pecho de Alexander. Un pecho sin nada de grasa y con unos jodidos abdominales sexys y perfectos que no entiendo de dónde han salido.
—Buena genética. —Respondió mientras se hacía con otro enorme pedazo de pizza barbacoa. Una persona que comiese la mitad de él debería pesar unos ciento cincuenta kilos, como poco. —O puede que mi hermano tenga razón y tener sexo diariamente es como salir a hacer footing todas las mañanas.
—Tú ya tenías este cuerpo antes de que yo apareciese en tu casa. A no ser —Añadí con algo de dramatismo. — que me mintieses y yo no fuese el primero con el que estuviste. Confiesa.
Su risa silenciosa hizo vibrar su cuerpo y, por ende, el mío, recordándome la posición en la que me encontraba. Hace demasiado que tengo esto en la cabeza, y como no lo haga salir va a acabar desquiciándome.
—Nadie aparte de ti, demonio estúpido. Sabes perfectamente que-… Oh, mierda. —Gimió. Sus manos se aferraron a mis caderas, intentando parar mis movimientos. Por muy fuerte que sea un humano nunca podrá superarme, pequeño. —Magnus, ¿qué haces?
—Quiero tu virginidad. —Gemí. Abrí mis piernas y afiancé mis manos entre ellas, ayudándome a seguir impulsándome hacia atrás, hacia el objeto de mis deseos.
—Tú ya me quitaste la virginidad. —Pese a su rechazo inicial, él ha comenzado a moverse contra mí, aumentando la fricción.
—Sabes a lo que me refiero, pequeño. —La presión sobre mis caderas se hizo más fuerte, haciendo innecesario que yo me moviese cuando él se estaba encargando de todo. —¿No quieres estar dentro de mí?
Un gemido y un tímido "sí" eran lo que me esperaba; un vergonzoso Alexander que me dejase enseñarle y guiarle pacientemente. Lo último que esperaba es que mi inocente humano gruñese como un animal mientras pegaba tanto mi cuerpo a él que por un segundo creí que acabaríamos fusionados. Su boca se enterró en mi cuello, sus dientes mordiéndome con fuerza (de esa forma que él sabe que me vuelve loco) y después lamiendo la superficie dañada.
¿Cuánto tiempo llevará desenado esto?
—Vámonos a la cama. —Conseguí decirle. Cosa complicada teniendo en cuenta el ataque a todos y cada uno de mis sentidos que él estaba provocando. —Ya tendremos tiempo de hacerlo en otros sitios, criatura.
No quiero hacerlo aquí, no su primera vez. Ya lo fastidié bastante la primera vez que me acosté con él. Recordar que prácticamente lo forcé ya era bastante duro; Cuando supe que él había perdido su virginidad sobre una alfombra de alguno de los salones de mi casa fue devastador.
De repente él se detuvo, haciéndome soltar un quejido indignado que se transformó en un grito de sorpresa cuando él me empujó y casi me choco de lleno con la grasienta caja de pizza semivacía. Logré parar a tiempo, pero unos cuantos mechones de mi pelo cayeron sobre un trozo de peperoni. Oh, mierda.
—¿Qué haces? —Me quejé mientras frotaba mi pelo vigorosamente con un puñado de servilletas que había sobre la mesa.
—Creía que tú y yo habíamos hablado ya sobre eso. —Incapaz de comprender sus palabras, repasé mentalmente mis acciones y mis palabras en busca de un fallo. No logré encontrarlo hasta el quinto repaso. Mierda. —Nada de "criatura", ¿recuerdas? Me lo prometiste.
—Solo ha sido un acto reflejo, Alec. Estoy acostumbrado a que todos los humanos sean eso, criaturas. —Criaturas débiles, inmundas e insustanciales que sirven para un único motivo. Todo lo contrario a lo que es él. —Tú no eres así, mi vida.
Alexander se sonrojó, y por un segundo creí que podríamos volver a nuestra placentera sesión. Debería aprender de una vez que a él no le gusta dejar las conversaciones a medias.
—¿Y ahora? ¿Qué se supone que soy ahora?
—¿Qué eres? —Cama. Sexo. Ahora.
Su erección todavía era claramente perceptible a través de sus desgastados vaqueros, haciéndome la boca agua.
—Siempre creí que era humano, ¿qué otra cosa podía ser? Luego apareciste tú y me dijiste que era un Candidato, una especie de humano especial que podría convertirse en demonio teniendo sexo con uno de los tuyos. Todo muy normal. —Para mí lo es. El problema es que los humanos tenéis un concepto atrofiado de la normalidad y la realidad. —Y luego tú me pusiste un tatuaje sobre el corazón. No, perdón: "una runa". Me dibujaste una runa en el pecho y pasé a ser… ¿qué?
Los humanos y sus estúpidas manías de ponerle nombre a todo me ponen de los nervios.
Resignado ya a que tendría que dejar el placer para más tarde, me agaché hasta ponerme de rodillas frente al sillón y poder mirarle cómodamente a los ojos.
—Tú eres mío. —Por su cara supuse que eso no le hacía mucha gracia.
Efectivamente. Pude evitar su guantazo por milésimas.
—¿Que soy qué? —El tono de ira contenida en su voz hacía claramente palpable su odio. Qué manera tan sencilla de echar a perder un día precioso con una conversación estúpida.
—Ya te lo dije el otro día, Alec. Para los de mi clase es como si tú fueras de mi propiedad.
El refunfuñó, cruzando los brazos y echando su cuerpo hacia atrás sobre el respaldo del sillón. Intenté relajarme a mí mismo, tratando de hacerle comprender a mi cerebro que esta conversación y todas las que él necesite para poder hallar la igualdad entre ambos tendría que suceder tarde o temprano. Él lo necesita.
—¿Y tú? ¿Tú piensas que soy tuyo?
Lo miré fijamente, viendo con claridad cómo la duda se reflejaba en sus ojos.
—¿Tú qué crees que pienso? —Le pregunté tomando la mano que él reposaba sobre su pierna y entrelazando nuestros dedos.
Esta vez, cuando me miró, sus ojos se mostraban despejados y resueltos.
—Que no lo soy. —Sonrió. —Por lo menos no de la manera que ellos piensan.
Ah, eso me gusta más. Mío, pero no de la manera que los demonios retrógrados piensan. Perfecto.
Alec se agachó, buscando mis labios para volver a unirlos con los suyos. Sus manos acariciaron mis pómulos, dándome pequeños y suaves tirones para que yo subiese de nuevo al sillón. Me hice de rogar, manteniéndome en mi sitio, tratando de que él sintiera el mismo sofocante deseo que recorría todo mi cuerpo cada vez que nuestras pieles se rozaban.
—Magnus. —Gimió. O al menos creo que eso es lo que intentó pronunciar , porque me negué a dejar que alejase su boca de mí.
El timbre de la puerta logró sobresaltarle a él, pero no a mí. Esas dos tienen un sexto sentido para saber cuándo aparecer y tocarme las narices. Adoro a Tessa y Catarina, pero es que son odiosas cuando se lo proponen. Y sin proponérselo también.
—Sigo deseando esto. —Le dije mientras volvía a incorporarme y me arreglaba la ropa para ir a abrir. Nunca se debe dar paso a invitados a no ser que mi presentación sea impecable. —No creas que vas a librarte.
Alexander me dedicó una sonrisa ladeada que yo sabía a la perfección qué trataba de transmitir, ¿por qué querría él librarse de esto si lo deseaba tanto como yo? Y, como siempre, la simple idea de Alec deseándome hizo que cada partícula de mi piel ansiase su contacto.
Cuando pasé de largo el sillón para dirigirme hacia la puerta, Alec me sujetó del brazo. Mi humano me miraba con esa cara que pone siempre que desea algo y que sabe que consigue que le diga que sí, sea lo que sea. Debo de aprender a lograr hacer lo mismo.
—Fin de semana, ¿recuerdas? —Dijo mientras se estiraba mejor para adoptar una postura que no hiciese que el brazo que me agarraba, que sobresalía por el respaldo del sillón, le doliese. —Son solo dos días para nosotros dos, a solas. —¿Y a mí me lo dices? En cuanto le den las vacaciones no le voy a dejar salir de la cama. Va a olvidarse incluso del calor del sol. —No abras.
Dudé por un segundo, tentado de complacer el deseo de ambos. Pero el timbre volvió a sonar y escuché a Catarina mascullar acerca de la impuntualidad y la tardanza.
—Catarina usará su magia para entrar si no le abro. —Me resigné.
Alec apretó con más fuerza su agarre.
—Entonces llévanos fuera, a cualquier sitio que desees. ¿De compras? ¿A un parque? Me da lo mismo. Por favor.
Esta vez ni siquiera tuve que pensármelo.
..
Alec miró la entrada de la enorme tienda con duda mezclada con temor.
—No sé si quiero entrar ahí. Sea lo que sea que necesites puedes comprarlo tú. Yo te esperaré en la cafetería de la tercera planta.
Tiré de su brazo cuando él trataba de escabullirse y volví a colocarle a mi lado. Después de toda una tarde dando un agradable paseo por el centro comercial donde Alec básicamente se dedicaba a sonreírme amorosamente y con paciencia mientras yo miraba en cada perchero de cada tienda; lo cierto es que no me extrañaba que estuviese cansado y quisiese ir a cenar algo y descansar. Sin embargo, mientras nos dirigíamos a uno de esos horribles puestos de comida rápida que a él tanto le gustan, la tienda se había cruzado en nuestro camino. Después de la espantosa interrupción del mediodía, necesitaba algo así.
—Tenías muchas cosas de esas en tu casa, ¿por qué no vas allí y coges lo que necesites?
Por un segundo me sorprendí de qué el supiese qué guardaba yo en mi dimensión. Luego recordé que lo mantuve encerrado durante meses mientras yo me largaba y lo dejaba solo y sin nada que hacer. De nuevo ese malestar provocado por la culpa se expandió por mi cuerpo, así que usé lo único que sabía a ciencia cierta que me haría sentir mejor: sus labios. Alec correspondió a mi beso gustosamente, demostrándome que su reticencia a las muestras de cariño en público estaban prácticamente vencidas.
—No pienso usar contigo nada que haya usado antes con otra persona. —Le respondí mientras tiraba de él hacia el interior.
Para ser un sex shop era bastante amplio, lleno de estantes y más estantes por todas partes. Y pensar que hasta no hace más de cincuenta años este tipo de cosas debías adquirirlas de contrabando como si fuese droga porque estaban mal vistas… Los humanos tienen una capacidad para evolucionar fascinante. O la mayoría, al menos. Mi humano en concreto parece un conejillo metido a presión en una jaula demasiado pequeña, apretujándose contra mi espalda mientras yo miro por encima el contenido de cada sección. Adorable.
Hay bastante gente, para el concepto que yo tengo de la mayoría de estos sitios, donde la gente prefiere comprar las cosas por internet, desde el anonimato, a que les vean comprando algo sexual. Como si el sexo fuese algo malo. Frígidos. La mayoría son críos adolescentes mirando entre una colección de películas mientras sueltan risas y se pegan codazos entre ellos, pero también hay un par de mujeres que miran constantemente hacia sus lados, obviamente nerviosas, y un hombre con cara de violador que está muy entretenido decidiéndose entre un disfraz de caperucita roja sexy y uno de enfermera putilla. Curioso, ¿de qué podría yo disfrazar a Alexander? Bah, con su carácter que se disfrace voluntariamente es tan improbable como que Catarina ponga una bomba.
Un dependiente se dirige hacia nosotros. Aproximadamente de la edad de Alexander, rubio de ojos azules, con una sonrisa de sabelotodo petulante y un piercing en el labio inferior que en lugar de hacerle resultar más atractivo le hace parecer un niño que quiere rebelarse contra sus papis. Seguramente sea así.
Cuando el niñito de papá llegó hasta nosotros y pasó olímpicamente de mí para dedicarse a mirar con lujuria a MI Alexander, supe que me había declarado la guerra. Miré en la plaquita que llevaba en el pecho, donde rezaba su nombre. "Taylor" es nombre de perro, por favor.
—Buenas tardes, ¿necesitan ayuda?
Alec estuvo a punto de contestar a su saludo educadamente, como siempre hace, pero yo me adelanté.
—Quiero comprar varias cosas para poder disfrutar de nuevas experiencias con mi novio. —Le dije con la sonrisa más falsa del mundo, recalcando las dos últimas palabras. Mío, mío, mío. Alexander, por su parte, se llevó la mano a su rostro para ocultarlo debido a la vergüenza.
—¿Algún tipo de fantasía que quieran probar? —¿Que dejes de mirar a mi pareja como si quisieras comértelo cuenta como fantasía? Como siga mirándole así voy a castrarle.
—Hace años que probé todas y cada una de mis fantasías. Ahora lo que quiero es repetir mis favoritas con él. —Gruño.
Alec se remueve a mi lado, incómodo. No sé si debido a mis palabras, al lugar en el que nos encontramos o a las miradas que le lanza el señor Taylor.
—Entonces perfecto. —Sí, una maravilla. Espero que la "felicidad" que siento ahora mismo se note en mi rostro y el mocoso risitas se dé por aludido y nos libre de su presencia. —¿Qué clase de fantasías tienes, cielo? —Le preguntó directamente a Alec. Partirle la cara por llamarle "cielo" sería poco castigo para lo que se merece. Solo yo puedo llamarle de forma tan vergonzosa. A juzgar la cara de horror de mi humano, él pensaba lo mismo. —¿Alguna parafilia concreta? ¿A tu novio le va el candaulismo? —¿Perdón? ¿De verdad crees que yo dejaría que una criatura inferior como tú tocase a mi Alexander? —¿Te apetece hacer un trío, tal vez? No me importaría ayudar, y no cobraría nada.
Que se estuviese dedicando a hablarle a Alexander como si yo no estuviese ahí me estaba poniendo enfermo. Sé que no puedo obligar a Alec a permanecer a mi lado, ya no; y también sé que él no quiere irse, que este hombre no hace más que asquearle del mismo modo que me asquea a mí. ¿Y entonces por qué estoy tan ansioso? Quizá porque ahora sé lo que él sentía cada vez que yo me iba y lo dejaba en mi casa, que lo dejaba solo para irme a tener sexo con otros. La simple idea hace que me asqueé y me da ganas de vomitar.
Alec ni siquiera me miró antes de responder:
—Mi única fantasía es la demoniofilia. —El señor Taylor frunció el ceño, mirándole con duda. Yo por mi parte estaba sonriendo como un auténtico idiota.
—¿Demoniofilia? ¿Eso siquiera existe?
—Oh, claro que existe. Lo único que logra satisfacerme es complacer a los demonios. —A un único demonio, para ser más específicos. Mío.
Aproveché que me encontraba a su espalda para apretar más su cuerpo contra el mío, demostrándole cuánto me habían "alegrado" sus palabras.
El ceño del vendedor se hizo más profundo, mirándonos con desaprobación.
—¿Eres satánico? ¿Por qué todos los tíos buenos estáis pirados? —¿"Tío bueno"? Creo que ahora el que va a intentar matarte va a ser él, no yo. Por favor, ¿qué clase de vocabulario es ese para seducir a alguien? ¿No se supone que Londres es hogar de caballeros? —¿O te van los disfraces?
Un grupito de veinteañeras entró en ese momento, distrayendo su atención. Le dediqué un simple gesto con la cabeza y él lo aceptó sin más, yendo a atenderlas. Por fin. En cuanto me cercioré que ninguno de los demás clientes estaba siquiera cerca nuestro, lo aferré por la cintura mientras comenzaba a mover mis caderas contra él. Alec soltó un único y pequeño gemido, pero no me apartó de su lado. Últimamente me he dado cuenta de que sus ganas de sexo son casi idénticas a las mías, algo muy raro incluso a sabiendas de que mi presencia influye en su lívido. A mi bebé la adolescencia le ha llegado un poquito tarde y sus hormonas revolucionadas le hacen perder el control. Mejor para mí.
—Así que lo único que logra satisfacerte es complacer a los demonios, ¿eh? —Mis movimientos se hicieron más lentos, pausados. Acerqué mi boca a su oído, susurrándole. —Gracias a Dios que es algo que se te da de maravilla, ¿no crees?
Alexander se alejó de mi cuerpo lo suficiente para darse la vuelta y encararme. No fueron más de tres centímetros y un segundo, pero fue suficiente como para romper la magia. Gruñí ante la pérdida sin poder evitarlo.
—¿Así que ahora que ya has tenido el placer de cumplir todas tus fantasías quieres usarme a mí para repetir tus favoritas, eh? —Ups. — Oh, qué honor tan grande. En cuanto estemos a solas en casa vamos a tener una larga conversación sobre las cosas que puedes y no puedes decir en público. Y sobre el hecho de que no soy una muñeca hinchable.
—Créeme, el simple hecho de hablar contigo me hace disfrutar más que tener sexo con cualquier desconocido. —Es otro tipo de placer distinto, pero… Por su cara es obvio que él también sabía que no era cierto. —Lo que tengo contigo es diferente a todo lo anterior, Alec.
Él se mordió el labio mientras fingía mirar lo que estaba tras de mí. Cuando se percató de que eran consoladores su cara se tornó completamente roja antes de devolver su mirada hacia mi rostro.
—Magnus, hay algo que quiero preguntarte desde hace tiempo, pero no sé cómo hacerlo y-
—¿Todo bien por aquí? —Interrumpió el dependiente imbécil. Si supiese lo cerca que está de la muerte sería más inteligente y se marcharía de aquí a toda prisa.
Cuando yo despaché al imbécil mundano, y mientras escogía lo que había venido a buscar, Alexander se mantuvo callado, siguiéndome por entre los estantes sin prestar verdadera atención a lo que le rodeaba. ¿Qué es lo que ronda por su cabeza ahora?
—¿Hay algo más que necesiten? Los preservativos de sabores está-... —La corté educadamente con un movimiento negativo de la cabeza. Los demonios sexuales no necesitamos métodos anticonceptivos porque ni podemos procrear ni podemos contraer o transmitir ETS. Además, esas cositas son terriblemente incómodas e inoportunas de poner. Lo último que necesito cuando estoy excitado es ponerme a jugar con un plastiquito.
Pagué a la cajera dejándole una buena propina (se la merece si tiene que aguantar a su compañero durante todo el día) y me dirigí a la puerta, donde se supone que me esperaba Alexander. Y ahí estaba mi precioso ángel, con cara de malas pulgas y mirando con odio a Taylor, que se está ganando a pulso que use mi magia para pegarle ladillas. Sus azules ojos se suavizaron cuando vio que yo iba en su dirección y trató de venir hacia mí. Y entonces el hijo de puta trató de sujetarle del brazo para evitar que Alec se marchase de su lado.
Otra vez. Ese maldito dolor otra vez.
En esta ocasión, sin embargo, Alexander estaba sobre aviso. Se soltó de un tirón del agarre y vino corriendo hacia mí.
—Ven, vamos. —Tiró de mí en alguna dirección durante varios minutos, pero no fui capaz de ver hacia donde hasta que me encontré encerrado en un ascensor. —Aquí no hay nadie, llévanos a casa. Yo cuidaré de ti.
..
Dos horas después Alec seguía tendido sobre mí. La maldita locura y el desenfreno que me había cegado por culpa de aquel mocoso habían desaparecido gracias a la dedicación de mi pequeño humano. Mi Alexander se había ocupado prácticamente de todo y ahora estaba completamente rendido, tendido sobre mí. No podría estar más orgulloso.
Lo primero que había hecho al terminar y recuperar la consciencia había sido usar mi magia para sanar y relajar todos los músculos de su cuerpo, evitando así los malestares que acabaría teniendo dentro de un par de horas. Había hecho especial hincapié en cuidar de su perfecto culo, como no. Y fue completamente involuntario hacer que mi magia se pasase de la raya y su piel acabase excesivamente sensibilizada, lo juro. Yo solo tuve un 99,9% de culpa, el resto fue cosa de mis impredecibles dones demoníacos.
No pude evitarlo.
Es la segunda vez que esto ocurre y, pese a que cuando despierto de esa inconsciencia me siento completamente satisfecho y saciado, no puedo recordar demasiado del acto en sí. Es como si otro hubiese estado manejando mi cuerpo, y eso me enfurece, porque nadie más que yo tiene derecho a estar con Alexander. Es una sensación terriblemente extraña.
Mis dedos siguen jugueteando en su interior, todavía resbaladizo por mi propio simiente. La simple idea de que su interior esté lleno de mi semen me enciende tanto que me empieza a resultar complicado no volver a penetrarle. Pero quiero que sea él quien me lo pida, que me suplique que le penetre. En lo que no había pensado es en que quizás he sensibilizado tanto la zona que mis dedos se sientan tan bien que él no necesite nada más. Es igual, no importa. Puedo esperar el tiempo que sea necesario. Tenerle suspirando de placer mientras me mira con esa carita adormilada es un pasatiempo más que suficiente para pasar las horas.
—¿En qué piensas? —Pregunta mientras reparte pequeños besos de mariposa por mi rostro.
—En lo hermoso que eres. —Él pone los ojos en blanco, incrédulo ante mis palabras. En cierta parte sí lo pensaba, así que no es del todo mentira. —Estoy asustado. Es la segunda vez que alguien te toca y a mí se me va la cabeza. No me gusta.
Me había prometido a mí mismo que no estimularía su próstata todavía, pero cuando uno de mis dedos se encontró peligrosamente cerca no pude evitar rozarla. Alec soltó un gemido angustiado al tiempo que sus manos, en mi pecho, arañaban mi piel.
—Más. —Suplicó.
Estuve muy tentado de ceder ante su pedido, pero logré controlarme a mí mismo. Reafirmé mi agarre sobre su cadera, que había estado impidiendo que él se moviese en mi contra como un gatito desesperado, y volví a mis movimientos habituales. Alec hizo un mohín, aunque en seguida retomó su aspecto relajado. Sus uñas, sin embargo, siguieron acariciando mi piel, demostrándome que no está tan calmado como parece. Perfecto.
—¿Qué es lo que no te gusta? ¿El sexo? —Se rió.
No pude hacer más que unirme a su risa. Me había corrido un total de cinco veces en una hora, dos de ellas en su boca. No, no es el sexo lo que me molesta.
—¿Y si alguna vez ocurre esto justo cuando yo tenga la necesidad de alimentarme? Bastante me cuesta ir con cuidado esos días, si pierdo el control… —La idea de tener a Alec al borde de la muerte por mi culpa una vez más me aterra. No creo que pudiese soportarlo.
—No creo que eso suceda nunca. —No tengo ni idea de cuándo ha sucedido, pero una de sus manos se ha alejado de mi pecho y ha viajado hasta mi erección. Alexander me acaricia con el mismo ritmo lento y pausado que yo mantengo en su interior, torturándome. —Cuando tienes hambre nunca salimos de casa, tú no me dejas.
Por no dejarle no le dejo ni ir a la cocina. Aunque él tampoco se queja. Su parte humana se siente obnubilada por mi deseo y se muestra complacido a todo lo que yo le hago. Bueno, o al menos así era antes, cuando estábamos en mi dimensión. Desde que vivimos juntos su cuerpo parece tan necesitado de sexo como el mío y es de ese modo prácticamente siempre ¿"Demoniofilia", lo había llamado él? Adorable.
Su estómago gruñe sonoramente, lo que me hace soltar una risita. Alexander me mira enfurruñado antes de pegarme un manotazo juguetón en el pecho y ponerse en pie.
—Voy a comer algo y subo, no hace falta que me sigas.
—No pensaba moverme de aquí. —Le guiñé un ojo pícaramente.
Alexander me ignoró, pero yo había visto ese gesto de dolor que había hecho cuando mis dedos se deslizaron fuera de su interior. No tardará en volver.
Miré mi erección con aburrimiento. Teniendo en cuenta que puedo tener tantas erecciones como quiera y en el momento que me dé la gana, en cualquier otro momento me hubiese masturbado para ocupar el tiempo que él tardaría en comer. Lamentablemente el otro día me di cuenta de otro de los endiablados efectos colaterales que han surgido a partir de conocerle: soy incapaz de sentir placer al masturbarme a no ser que él me esté mirando con su precioso rostro lleno de lujuria. En cuanto comienzo a tocarme me acuerdo de la sensación de sus dedos en mi piel, o la humedad de su cálida boca, y se me hace imposible sentir placer con mi tacto.
Nuestra conversación de esta mañana llega a mi memoria de repente. Nuestra conversación y, obviamente, lo que sucedió después. La bolsa con los elementos que había comprado en la tienda del estúpido de Taylor (que mañana por la mañana despertará con un precioso sarpullido en sus partes nobles, por capullo), llama mi atención al instante. No he comprado nada del otro mundo, solo cosas normales que podría tener cualquier pareja en casa. No quería llegar demasiado lejos sin saber qué le gustaría probar a él. Y como él parecía tan incómodo en la tienda me parece que ir despacio será lo mejor.
Alec entra por la puerta mientras yo examino cuidadosamente un consolador de lo más ordinario. Mientras lo escogía pensaba que no compraría nada excesivamente grande ni estrafalario para que no se asustase Alexander; Ahora que lo veo con más detenimiento me percato de que su forma me recuerda vagamente a la mía pero varios centímetros más pequeño. Al parecer mi ego no quería escoger nada que pudiese hacerle sentir mejor que yo. ¿De dónde ha salido esta posesividad, este ansia de ser lo único en su vida? Hace unos meses me hubiese reído de cualquier idiota que tuviese celos de un pedazo de plástico que vibra, y ahora el imbécil soy yo.
Antes de que me dé cuenta Alec ha terminado de comerse la manzana que tenía en la mano y se acerca hasta mí, arrebatándome el artefacto y dejándome el corazón de la fruta en su lugar. Hago desaparecer la basura y miro la expresión contemplativa de mi ojiazul.
—¿Nunca has jugado con uno de ellos a solas? —Pregunto con algo de molestia.
La imagen de Alec masturbándose siempre me había parecido encantadora. Luego me di cuenta de que cuando él se masturbaba antes de conocerme debía de imaginarse a alguien más, fantasear con otro. Imaginar que Alec soñaba con que algún humano lo penetrase mientras él se introducía un juguete por ese culo que es mío y solo mío me enfada tanto que me dan ganas de matar a alguien. A ese sujeto desconocido, más concretamente.
—No. —Me contesta con sinceridad al tiempo que me lo devuelve. Siento mi corazón más ligero, lo que me hace sonreír bobamente. —No pensaba mucho en el sexo antes de que vinieses tú.
—¿Nunca te habías masturbado?
Ahora que estoy sentado me resulta incluso más placentero tenerlo sobre mí. Quiero estirar de él hasta sentarlo en mi regazo, pero que él esté en pie me resulta demasiado tentador, al estar mi boca a la altura ideal para lamer su miembro en cualquier momento. No tomo una decisión sobre lo que hacer hasta que él me responde.
—Por supuesto que me había masturbado, no seas idiota. Es solo que… Bueno, no sé, nunca me imaginé como el pasivo en una relación.
Ah, los humanos y su maravilloso orgullo masculino. Cuántas maravillas se pierden por ser tan cabezotas y tener una mentalidad tan cerrada.
Tomo la bolsa con el resto de mis compras y la vuelco sobre el colchón, esparciendo el contenido con la mano para que todo quedase visible.
—Quiero que mires detenidamente todo lo que hay aquí y me digas qué cosas no estarías dispuesto usar. —"Aún", quise añadir, a sabiendas de que cuanto más supiese más querría experimentar.
Alec miró la cantidad de juguetitos y accesorios durante unos segundos antes de volver a mirarme, con la cara completamente sonrosada de la vergüenza. Cuando comprendí que esa vergüenza no era provocada por los objetos, sino por su falta de conocimiento sobre ellos, creí que moriría de una sobredosis de azúcar. Cuando me topé con él supe de inmediato que era un regalo del cielo, pero es que cada maldito día que pasa se confirma más que debo de haber hecho algo que le ha encantado a Dios, Buda, Alá, Ra, o quien puñetas esté ahí arriba. Debo haber hecho algo muy bueno en otra vida.
—No sabes ni qué son la mayoría de ellos, ¿verdad? —Alec se mordió el labio nerviosamente y asintió con la cabeza.
De alguna manera intentó demostrarme que quería que yo le enseñase, así que se inclinó y cogió lo primero que vio. Adorable.
—¿Qué es?
—Un anillo, cielo. —Le respondí. Su cara de confusión fue todo un poema.
—Esto es muy grande para ser un anillo.
—No se pone en el dedo, Alexander.
Durante unos segundos se quedó callado. Luego intentó dejar el anillo a toda prisa, cosa que yo le impedí sujetando su muñeca.
—Eso vamos a probarlo dentro de un ratito. —Y tengo una idea muy concreta de cómo. Mi miembro pareció muy feliz ante la idea.
—¿Duele? —Preguntó mientras yo me acercaba hasta su erección.
Le sonreí intentando relajarle, y él me respondió dejándome colocárselo a la perfección. Lamentablemente parece que la idea no le había gustado mucho y su excitación había caído en picado, literalmente. Bueno, yo me encargaré de devolverle los ánimos.
—Nada de dolor. Incomodidad las primeras veces, por la novedad, pero te acostumbrarás. Merece la pena. —Alec asintió y dejó que mi mano comenzase a acariciarle con lentitud, devolviéndole la erección. —¿Entonces nada de dolor?
—De momento no. —No pude evitar sonreír complacido ante ese "de momento".
—Nada de masoquismo, entonces. —Dije volviendo a guardar lo que no utilizaríamos "de momento". —Tampoco sado, obviamente. —Volví a guardar cosas, reduciendo las opciones. Cuando mis manos alcanzaron unas esposas sonreí. —¿Nada de sumisión?
Alec detuvo mi mano antes de que volviese a meter las esposas en la bolsa.
—Eso —Se sonrojó, evitando mirarme a los ojos. —puedes dejarlo.
Dejarse atar por otra persona requiere una gran capacidad de confianza con el otro, no es un juego, por mucho que puedan llegar a creer los más inexpertos. No se trata solo del placer puramente sexual, sino de algo mucho más profundo. Poner tu vida en manos de otro no es sencillo. No hubiese escogido algo así para nuestro primer tanteo con juguetes de no ser porque fue lo único en lo que vi a mi Alexander interesado cuando estuvimos en la tienda. Puede que lo mirase con desaprobación, no podía estar seguro, pero tenía que intentarlo. Que me deje atarlo o que él me ate a mí es…
Sacudí la cabeza para intentar vaciar las ideas de mi mente; ya sé lo que deseo para hoy, y esto va a tener que esperar. No quiero estar torturándome con la idea todo el santo día. Tenemos todavía el sábado y el domingo para ello. Y la idea de tenerlo atado a mi cama durante dos días seguidos no está nada mal.
—¿Algo más que te dé miedo?
—Cualquier cosa de estas en tus manos es aterradora.
No me habían hecho un cumplido tan bonito desde hacía tiempo.
Abro el único cajón vacío de mi mesita de noche y meto los objetos que serán mi diversión durante todo el fin de semana. Los nervios de Alexander parecen disiparse conforme las cosas van desapareciendo, y poco a poco, con cada juguete que sale de su campo de visión, sus caderas comienzan a moverse para acompañar el movimiento de mi mano.
Definitivamente voy a tener que comprar una nevera para el dormitorio, porque a partir de ahora los fines de semana no pienso dejarle salir de aquí.
..
—Cintaku. —Murmuré una última vez.
Alec me miró durante unos segundos, con los ojos todavía entrecerrados y el ceño algo fruncido, antes de dejarse caer como un peso muerto sobre mi cuerpo. En ocasiones como esta agradezco enormemente que mi fuerza sea muy superior a cuando era un simple humano. No hay ni un solo gramo de grasa fuera de lugar en su cuerpo, pero esos músculos, que me seguiré preguntando siempre de dónde diablos saca, lo hacen bastantes kilos más pesado que yo.
—¿Qué es eso? —Preguntó. Su cálido aliento hizo cosquillas sobre la húmeda piel de mi cuello, provocándome placenteros escalofríos. —¿Qué significa?
—¿"Cintaku"? —¿Es posible que todavía no lo hubiese adivinado? ¿Aunque sea por el contexto?
—Sí.
—Significa "Alexander Lightwood es un completo idiota". —Era incapaz de ver su rostro, todavía enterrado en mi cuello, pero estaba completamente seguro de que su ceño estaba fruncido. — o también podría significar "eres lo mejor que me ha pasado nunca".
Estaba sonriendo; no lo veía, pero lo sabía.
—¿Qué significa? —Repitió.
Significa todo, y no significa nada. Significa que te amo, pero que eso son simples palabras.
..
Después del fin de semana más espectacular que he tenido jamás no puedo, simplemente no puedo dejar que se marche a la universidad. Quiero usar esas esposas de nuevo. Lo necesito.
—Voy a llegar tarde a la primera clase. —Intenta quejarse. Y digo "intenta" porque es él, y no yo, quien se está dedicando a mordisquear mi cuello juguetonamente.
—Del mismo modo que compré tu entrada en la universidad puedo comprarte un título universitario. O varios. ¿Quieres ser doctor? ¿Astronauta? Tú dímelo y yo-… ¡Joder! —Gimo cuando su boca se traslada hacia arriba y comienza a juguetear con mi sensible oreja.
El reloj marca la hora al mismo tiempo que suena el timbre de entrada y el gato de las narices se aferra a la pierna de Alec, instándole a no llegar tarde como el puñetero bicho molesto que es.
Como esto siga así de estresante voy a quedarme calvo antes de cumplir los novecientos.
Alexander me dedica un último beso seguido de una radiante sonrisa y un "te amo" antes de salir corriendo por la puerta, por la que entra Ragnor Fell segundos después. El cambio no podría ser peor.
..
Alexander me dijo que hoy saldría pronto y cocinaría él alguno de sus espectaculares platos, así que no tengo prisa alguna mientras paseo de un lado a otro frente a la casa de los Herondale-Fray. Llevo un tiempo observándoles para saber cómo puedo conseguir que Alec vuelva a entrar en su vida de la forma más rápida y menos dolorosa para él. Saber que la bajita pelirroja está embarazada de dos meses no creo que vaya a hacerle mucha gracia. Ahora no solo le he quitado a sus hermanos, padres, primos y amigos, sino que también a su sobrino no nato. Genial.
Regreso a Londres un poco más tarde de la hora prevista. Ciertamente no ha sido mi culpa; Alexander me habló de una maravillosa pastelería a la que solía ir con sus hermanos y no he podido evitar pasarme a ver qué vendían. Teniendo en cuenta que son dulces que a él le encantan no creo que vaya a quejarse de que prácticamente haya comprado todo lo de la tienda, espero.
Cuando abro la puerta, sin embargo, no es la imagen acogedora que yo esperaba con lo que me encuentro.
Sigue tan hermosa como siempre, o al menos así me lo parece a mí. Su cabello rubio y brillante está perfectamente peinado, su piel de porcelana no tiene una sola mancha, y sus brillantes ojos verdes se asemejan demasiado a dos esmeraldas. No hay nada en su aspecto que no pueda parecerme perfecto, y es precisamente eso lo que la hace imperfecta. No es real.
Hacía meses que no la veía. Ella pertenecía al Consejo, pero no había estado presente en mis últimas reuniones con el mismo. Nunca estuvo a mi favor, y se oponía fervientemente a que Alexander y yo permaneciésemos juntos. Durante todo este tiempo pensé que se había rendido. No puedo creerme lo ingenuo que fui.
—¿Qué haces aquí, Camille? No recuerdo haberte invitado a mi casa. —«Nuestra casa» trata de recordarme una voz en el fondo de mi mente a la que ignoro deliberadamente. El Consejo no necesita saber que Alec no es mi mascota, sino mi igual. No les sentaría nada bien.
—Tu gusto ha decaído mucho en los últimos años. —Comenta ella mientras pasa sus largos dedos con una perfecta manicura sobre la tapicería del sillón.
—Sigo sin saber qué haces aquí. —Dejo todas las cajas y bolsas llenas de dulces sobre la isleta de la cocina, asegurándome de no chafar ni estropear nada en el proceso.
Camille se acerca hasta mí con sus andares regios, dignos de una noble de la corte parisina de hace trescientos años. Ahora solo resulta ridícula. Una viajera de otra época que no se molesta en aprender a vivir el presente.
—Venía a hablar de tu humano.
¿Mi humano?
Alec. Mi Alec.
El shock de ver al súcubo aquí ha sido tan grande que no me he percatado de que él debería haber llegado a casa hace más de una hora. Mis manos tiemblan incontrolablemente, haciendo caer una bandeja de bocaditos de nata que acaban esparcidos por todo el suelo.
Alec.
—¿Dónde está? —Me las apaño para preguntar a través del nudo que se ha formado en mi garganta. —¿Qué le has hecho?
No está en casa, no puedo sentirle. No puedo sentirle en absoluto.
—¿Yo? Yo no le he hecho nada a tu juguetito. —Le quita importancia con un gesto de su pálida mano. —Has sido tú.
—No. Yo nunca haría nada que-
—Sebastian Verlac. —Pronuncia ella, deleitándose con cada una de las sílabas del nombre. —¿Te suena?
¿Sebastian?
—¿Quién es Sebastian?
—Mi compañero en la universidad. Le vimos el primer día que me trajiste de nuevo al mundo humano, ¿recuerdas?
—Un simple humano. Fue compañero de Alexander en la universidad y-
—Le borraste la memoria. —Vuelve a interrumpirme. Sí, lo recuerdo. Estaba celoso. —Usaste tu magia contra un nefilim, y ellos lo han descubierto.
—¿Nefilim? No, no. Él era humano. Un mocoso universitar-
—El Consejo tenía que hacer algo. No podemos dejar que un desliz así rompa nuestra buena relación con ellos. —No, no. Esto no… No pueden… —No somos como el resto de demonios, Magnus. Nosotros necesitamos a los humanos ¿te imaginas que repentinamente los cazadores de sombras empezasen a cazarnos? Nos extinguiríamos en menos de un año.
Me importa una mierda. Me importa una mierda quién fuese Sebastian o lo que mierdas quieran los nefilim. Quiero a mi Alexander aquí ¡Ahora!
Al fin consigo calmarme. El temblor de mis manos desaparece para ser sustituido por un rastro de resplandor azul. Dejo que la magia fluya libremente por mi cuerpo, llenándome.
—¿Dónde. Está. Alec?
—Teníamos que entregarles a alguien para calmar su ira. —Su sonrisa se hace amplia, enorme. Sus perfectos dientes brillan como perlas cuando rompe mi corazón en mil pedazos. —No podíamos entregarte a ti. Eres fuerte, y uno de los nuestros. Él es un simple humano; una necia criatura que nunca debió meterse donde no la llamaban.
La ira estalla en mi interior y por primera vez desde que me convertí en lo que soy ahora no trato de contenerme. Ataco a Camille con todo lo que tengo, sujetándola del cuello y estampándola contra la pared. Escuchó el crujido de toda la casa por el fuerte impacto, pero no me importa. No me importa.
—Él no es una criatura. —Le gruño mientras aumento la presión.
Algo va mal. Siento más fuerza que nunca, pero noto cómo eso no es suficiente. Camille forma parte del Consejo gracias a mí, al poder que le otorgué cuando me enamoré de ella y dejé que me Convirtiera. Y ahora de nuevo esa parte de mi pasado se está volviendo en mi contra.
Todo mi cuerpo arde como si estuviese siendo recorrido por lava ardiendo. Grito y me aparto de ella, pero el dolor no desaparece. Solo hay dolor, dolor por todas partes. Mi cuerpo arde por su magia y mi alma llora por lo que me ha arrebatado.
—Debiste aprender la lección hace mucho, Magnus. El amor entre un humano y un demonio no es posible.
..
En ochocientos años nunca me ha importado ser más bien escaso en amistades. Pero ahora, cuando he reunido a las únicas personas en las que confío para que me ayuden a encontrar mi razón de vivir, me parecen demasiado pocos.
Tessa y Catarina no podrán hacer nada contra los nefilims, ya que ellas mismas pertenecen a ese mundo, pero se están esforzando en buscar información sobre el paradero de Alexander. Ragnor y Raphael tampoco podrán hacer mucho. La magia de Ragnor y su habilidad para sortear con facilidad los pliegues dimensionales me servirá para colarme en Idris sorteando sus torres de cristal, y Raphael y su clan de vampiros de Nueva York serán una gran distracción si arman el suficiente revuelo como para enfadar a la Clave. Pero nada más. Estoy solo.
—¿Qué es eso? ¿Qué significa?
Veo su hermosa sonrisa en todas partes, a todas horas. Incluso ahora puedo sentirle a mi lado.
—¿"Cintaku"?
Significa todo, y no significa nada. Significa que te amo, pero que eso son simples palabras.
Él siguió mirándome, esperando una respuesta que yo era incapaz de darle.
El peso de las palabras no pronunciadas amenaza con asfixiarme, pero no puedo permitirme decaer, no ahora. Debo permanecer fuerte para liberarle de aquellos que deberían servir al bien pero que no hacen más que hundirse en las tinieblas.
Te amo, Alexander, y pienso matar a todos los nefilims que sea necesario para encontrarte y decírtelo en persona.
Nadie daña lo que es mío.
Sé que a nadie le interesará, pero hoy hace un año justo que empecé a publicar en fanfiction, de ahí que esté a las tantas de la madrugada todavía con esto para poder subirlo a tiempo. Estoy tan rematadamente feliz que voy a hacer una fiesta (?)
Muchas gracias a todas las personas que alguna vez me han leído, dejándome compartir las ideas de mi mente perturbada ¡gracias!
..
*Shingryu Inazuma: ¡Hey! ¡El minino diminuto es mío, no intentes quitármelo! (?)
Jajaja ¡otra persona a la se le vino a la cabeza una escena con Raphael y Ragnor! Ya somos cuatro, soy feliz jajajaja
Seps, el próximo capítulo será el último, y eso a mí me entristece mucho ¡así que no me lo recuerdes! ¡Te lo prohíbo! (?)
Oish, yo también te echaré de menos, linda ¡abrazotes de oso! n.n
*lalla: ¡Hola! Encantada, soy el fantasma de las navidades pasadas (?)
Uish, mujer ¡muchas gracias! Soy tremendamente pesada, siempre repitiendo lo mismo, pero realmente soy así de cansina ¡así que gracias por leer mis locuras!
Cuando Alec se escapó, ¿eh? Aish, qué recuerdos. Qué joven éramos todos (?) A mí sin embargo no me gustó escribir ese cap, sin embargo. En mi opinión Alec debería haberse cargado a Magnus por subnormal xDD
¿Tu versión favorita es la B? Yo no sabría decirte, estoy algo confusa sobre ello ¿Será porque las escribo yo? Cuando escribo un capi de la A esa es mi favorita, pero a la semana siguiente, cuando escribo la B, mi favorita cambia xD
En fin, querida, que estoy encantada de conocerte ¡y gracias de nuevo por leer el fic hasta el final!
De momento me tomaré un tiempo de fics largos y me dedicaré a escribir varios one-shots que tengo en mente, pero cuando vuelva a la carga me alegraré si vuelvo a verte por aquí.
¡Besos y abrazos de patooo! :D
*Angel: A Magnus le está pasando… eh… bueno, vale, lo confieso: Magnus se ha intoxicado con tanta purpurina y se ha quedado trastornado (?) Ejem, quiero decir…
xD
Gracias por pasarte una semana más, linda ¡abrazotes!
*Megalex: Uy, mira que se me sigue haciendo raro que se alabe mi forma de escribir, ¿eh? Pero al mismo tiempo me anima y me da muchas ganas de seguir escribiendo para mejorar ¡intentaré seguir mejorando!
Me alegro muchísimo de que te guste la historia, de verdad. Me haces muy feliz :D
Mmmm… ¿Alec activo en el B? Pues ahora mismo no sé qué decirte, porque por mucho que quise escribir una escena así para este capi no pude hacerlo por falta de tiempo. Igualmente la poca insinuación sobre ello es por y para ti, te lo dedico ¡siento no haber podido escribir un lemon completo sobre ello! (Créeme, yo también tenía ganas xD)
Un abrazo esponjosito *-*
*Rumiko No Haru: Lo de Presidente fue graciosísimo, porque la primera vez que escribí el fragmento del gatito (en mi ordenador, antes de que se rompiese) fue cuando leí tu review. Fue curioso, oportuno y gracioso xDD
Jous, estaba super nerviosa con ese capítulo porque tuve que reescribirlo prácticamente entero y cuando lo subí por aquí eran las 5 de la mañana y estaba casi muerta. No estaba muy conforme, la verdad. Pero me alegro de que te gustase, eso me hace feliz n.n
Créeme, comprendo lo que me quieras decir, pero no opino igual que tú. Cuando uno lee un libro es fácil tener una idea clara de los protagonistas, porque los describen cada dos por tres. Con los secundarios, sin embargo, es más fácil que haya diferentes opiniones. Si no aclaro que hay OoC o alguna de sus variantes (a parte de por el hecho de que no me gusta poner "advertencias" del mismo modo que no pongo "disclaimer", porque me parece completamente innecesario) es porque yo tengo una versión diferente a la tuya de Alec. Para mí el OoC es cuando a Jace le gustan los hombres, por ejemplo. O cuando a Alec le gusta que Magnus lo maquille como él; o cuando hablan de "los ojos claros de Alec", siendo que en los libros se especifica claramente que Alec tiene los ojos azul oscuro; o que Alec es serio, cuando yo lo veo formal y tímido, pero nunca serio (hace bromas idiotas cada dos por tres. Tiene un humor absurdo adorable)… En fin, cosas que he leído y que yo no considero que sean así, pero que puede que al autor del fic sí se lo parezcan. Yo plasmo mi visión de Alec, y por eso no voy a especificar algo como OoC, lo siento de veras si te molesta.
Un abrazo, querida :D
