Cuando en la anterior actualización comenté que me parecía que este fic estaba gafado lo dije en plan broma… Pero definitivamente lo está. Parece como si cualquier mínimo problema que pudiese provocar un retraso en un fic hubiese surgido en estos meses. Me resulta curioso a la par que inquietante. Si fuese supersticiosa estaría aterrada xD
En fin, lamento mucho el retraso. Aunque francamente pensé que tardaría bastante más en poder terminar, y poder actualizar un día como hoy (que hacen 7 meses desde que empecé a publicar el fic) … Simplemente me hace feliz. Por eso quiero agradecérselo a cualquier persona que se haya tomado su tiempo en leer mis majaderías, le hayan gustado o no. Gracias simplemente por permitirme compartir mis ideas.
¡Os adoro!
Que el Ángel os proteja, la Fuerza os acompañe y la suerte esté siempre de vuestra parte.
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Empecé este fic dedicándole el capi a ella, y ha hecho inevitable que este sea para otra persona.
A mi artistaza favorita, mi dulce Merry Weather/ Zuly-ang/ DibujotanbienaAlecquehagoqueIceseobsesionetodavíamás. Siempre es un placer que leas mis estados de ánimo con tu telepatía y logres alegrarme el día con tus preciosas palabras o tu indescriptible arte.
Siempre te admiraré, ilustradora personal de mi corazón n.n
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Estoy agotada y no tengo fuerzas para nada. He intentado contestar a algo, pero sinceramente no puedo.
Todavía no tengo mi ordenador y las limitadas horas me han pasado factura.
Siento no poder contestar a nada, pero en cuanto las cosas vuelvan a la normalidad contestaré a todo lo atrasado, palabra.
Pfff... y en cuanto a los reviews de personas anónimas/sin cuenta... pues los contestaré en mi perfil, al final del todo. O si averiguo cómo se hace actualizaré este cap y contestaré por aquí. En todo caso contestaré sí o sí, manías mías.
¡Hasta entonces!
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Tal y como me sucedió en determinado capítulo de mi anterior fic, lo que quiero transmitir con este capi es algo complejo y las palabras y párrafos pueden resultar confusos si no se leen atentamente. Al igual que entonces recomiendo leerlo con calma, sinceramente. O leerlo dos veces, no sé xD
La cosa es que en un principio pensé en cambiar esos detalles para que el fic fuese más fácil de comprender, pero precisamente lo que pretendía con este fic es alejarme del argumento sencillo y fácil de leer de "10 meses, 10 años".
Desde ya os ruego me disculpéis, pero tenía que hacerlo así.
Culpad a mi cerebro, por favor.
Gracias (?)
B
Nunca me han gustado este tipo de celebraciones, ni siquiera cuando era humana, hace siglos, y el mundo era mucho más tranquilo a su manera. No hay tantas diferencias entre los regios bailes de la edad de oro de Inglaterra y las actuales fiestas. Gente amontonada bebiendo y comiendo en exceso, buscando necesitadamente el contacto de otros. Los humanos avanzan en muchas cosas, pero no en las más importantes. Si todos los recursos monetarios gastados en esta fiesta hubiesen sido destinados a la ayuda humanitaria el mundo sería mucho mejor. Siempre es más fácil girar el rostro ante los problemas ajenos para fingir que no existen.
Me muevo a la izquierda justo a tiempo, antes de que la camarera feérica, que parece tan borracha como la gran mayoría de los invitados, choque contra mí y me derrame el contenido de las copas que lleva en su bandeja. Ragnor no tiene tan buenos reflejos. Su voz siempre suena hastiada, así que me resulta complicado discernir si está o no molesto por la gran marcha color burdeos que ahora adorna su camisa. Lo único que puedo saber es que él está tan fuera de lugar aquí como lo estoy yo.
Malcolm Fade, Gran Brujo de los Ángeles, tampoco es muy propenso a este tipo de reuniones. Hay algo raro en él, algo diferente. La mayoría de los seres inmortales acabamos siendo excéntricos tarde o temprano, algunos en mayor medida que otros. Lo de Malcolm es distinto. Un hechizo que salió mal, creo.
En todo caso, y pese a estar en la casa del Gran Brujo, está claro que esto no ha sido cosa suya. Magnus Bane se mueve de un lugar a otro, atendiendo a los invitados e inmiscuyéndose en la mayoría de las conversaciones, flirteando tanto con los mundanos que siguen creyendo que esto es una fiesta de disfraces como con subterráneos. Ríe, bebe y se mezcla a la perfección con el ambiente festivo de la reunión, tal y como siempre ha hecho desde que lo conocí.
—Ni tan siquiera sé qué hacemos aquí. —Se queja Ragnor, hablando por primera vez en la noche. O al menos creo que se está quejando. —Está claro que no tenemos que velar por su seguridad ya que está perfectamente.
Yo no lo creo. Estoy demasiado acostumbrada a tratar con el dolor en todas sus formas, y sé que ahora mismo Magnus es una bomba de relojería que podría estallar a la mínima.
—Es una lástima que el mundano acabase siendo tan fácilmente reemplazable para él. —Continúa parloteando. A lo lejos veo cómo Magnus se aleja disimuladamente del gentío, dirigiéndose a unas escaleras ascendentes al fondo de la enorme estancia. —Realmente creí que se había enamorado. Qué tontería, ¿verdad? Los demonios no pued-…
Ni tan siquiera creo que se percate de mi ausencia. O por lo menos no lo notará hasta dentro de un buen rato, espero. Su bocaza y su falta de inteligencia emocional y tacto no es lo que necesito ahora mismo.
Me dirijo hacia las mismas escaleras por las que él ha subido hace escasos minutos y comienzo a ascender piso tras piso. El edificio parece completamente desierto salvo por la planta utilizada para la fiesta, lo que explica el porqué de la falta de quejas de los vecinos por el alboroto a las cuatro de la mañana de un jueves.
Cuando llego al final de la escalera acciono la manivela de la puerta metálica y salgo al exterior. No es un edificio alto, pero está lo suficientemente alejado del abarrotado centro de la ciudad como para permitir admirar unas hermosas vistas y un precioso cielo nocturno que podría ser mejor si la contaminación lumínica no evitase el avistamiento de estrellas.
Magnus se encuentra justo en la otra punta de la azotea, sentado sobre el borde con las piernas colgando del vacío hacia el cual mira sin emoción alguna en el rostro.
—¿Vas a tirarte? —Pregunto. Está en mi naturaleza ayudar a los demás, y si él decidiese tirarse no sabría qué hacer ¿Ignorar mis instintos y dejarle liberarse de su sufrimiento o dejarle vivir su eterna vida recordando?
—Si supiera que moriría con ello, lo haría. —No parece sorprendido de verme aquí. No parece sentir nada, en realidad. La máscara que muestra ante el resto de personas cae cuando estamos a solas y me deja ver a un ser cansado y abatido. —A Alec le gustaban los sitios altos. —Sus palabras me sobresaltan enormemente. Es la primera vez que lo nombra desde que sucedió. —A mí, sin embargo, no me gustaba verle en ellos.
—¿Tenías miedo de que saltara? —No puedo ver a Alec Lightwood haciendo algo así. Fue capaz de soportar los enormes cambios en su vida sin perder la cabeza, aprendiendo a aceptar las cosas y amoldándose a ellas.
Magnus ríe.
—Tenía miedo de que le saliesen alas de la espalda y se marchase volando, alejándose de mí. —Su brazo derecho se estira hacia el cielo, como tratando de alcanzar la brillante luna que iluminaba la noche. —Siempre supe que se iría.
No supe que contestar a aquello. Intenté pensar algo con rapidez, más el momento se perdió y supe que no volvería. Por lo menos por un tiempo.
La falsa sonrisa de Magnus que conseguía engañar a todos salvo a mí volvió a apoderarse de su rostro conforme bajábamos los peldaños. Planta a planta pude percatarme de la repentina tranquilidad. La música se había acallado y solo un eco de risas y conversaciones rompía el silencio. Los pocos invitados que quedaban estaban reunidos frente a un enorme espejo de dos metros y medio de alto y por los menos cinco de ancho.
Mientras nos acercábamos me sorprendí gratamente de ver a James Carstairs junto a Ragnor, ambos sentados en algunos de los múltiples y dispares asientos que había repartidos por la zona. Yo misma tomé una hermosa silla de caoba y la acerqué lo suficiente hasta ellos. Magnus, por su parte, se dirigió a la pequeña mesita de café repleta de bebidas alcohólicas y se sirvió un buen vaso de un líquido azulado que olía lo suficientemente fuerte como para sedar a un elefante.
—Catarina. —Dijo a modo de saludo James cuando afiancé la silla entre su butaca y el puf de Ragnor y me senté en ella.
Le devolví el saludo con una inclinación de cabeza y miré con curiosidad hacia la superficie reflectante. Había escuchado varias veces hablar de esto entre los submundos. Malcolm estaba sentado en el suelo, frente al espejo. Tenía las piernas cruzadas y los ojos cerrados en una mueca de concentración. Los finos hilos de magia morada que recorrían su cuerpo se dirigían hacia el espejo, rodeándolo y formando imágenes y sonidos en él. Se estaba reproduciendo una escena, un momento no ocurrido en este mundo pero que sí ocurrió en otro lugar. La vampiresa cuyos fragmentos de vida estábamos viendo, Lily, parecía complacida viéndose a sí misma como líder del clan de Nueva York. Por lo que sé ahora mismo está bajo las órdenes de Raphael. Yo también estaría desesperada por matarle y darle un líder apropiado a mi grupo.
La imagen se fue difuminando hasta apagarse por completo. Jem aplaudió junto al resto de invitados, siendo Ragnor y yo los únicos que nos manteníamos en silencio. Quedaban otros tres vampiros sin contar a Lily; dos hombres lobo, un brujo, tres hadas, James, Magnus, Malcolm y yo. Y Ragnor. Aunque no sé si a este último se lo puede considerar presente, teniendo en cuenta que por sus ronquidos calculo que lleva por los menos quince minutos durmiendo.
El anfitrión abre los ojos y mira a sus espaldas, buscando entre la multitud. Hay humanos que opinan que cuanto más deseas que una cosa no suceda más probabilidades tienes de que ocurra. Cuando los ojos de Malcolm se detuvieron sobre mí y me observó fijamente antes de volver la vista al frente y cerrar de nuevo los ojos supe que era cierto.
La imagen frente al espejo comenzó a formarse de nuevo. Había una batalla en la Ciudad de Cristal. Idris estaba bajo el ataque de los demonios. Sus torres habían dejado de funcionar y se mostraban opacas e inservibles recortadas contra un cielo lleno de humo y cenizas. Cientos de gritos distintos llenaban el aire; gritos de dolor, de batalla, de auxilio. El espejo fue viajando a través de las normalmente inmaculadas calles, pasando de largo a cazadores de sombras que se afanaban por llegar al Salón de los Acuerdos. Y ahí estaba yo. Había una enorme multitud allí reunida, no solo nefilims. Los submundos tenían sus brazos adornados con una extraña runa que no debería estar ahí y parecían preparados para luchar junto a los hijos de Raziel. Yo no tenía ninguna runa manchando mi piel. Me encontraba arrodillada en el suelo, al fondo de la gran sala, curando a heridos en una especie de enfermería improvisada. No era mundana, ni llevaba el uniforme de las Hermanas de Hierro. Allí soy una bruja, y mi piel azul se refleja en la magia que libero para sanar las heridas de los combatientes.
La imagen del espejo vuelve a difuminarse y de nuevo la gente aplaude, aunque en esta ocasión el motivo parece ser diferente. No creo que a ninguno de los presentes les haya desagradado en absoluto ver la muerte diseminada por la ciudad de los nefilim.
El espejo vuelve a cambiar sin que el brujo vuelva la vista atrás, señal de que ya sabía de antemano a quién mostrar a continuación.
Londres. Un puente, el de Blackfriars. Durante unos segundos creo que va a mostrar otro retazo sobre mí, pues Tessa está mirando hacia el infinito con aire soñador; luego me percato de que un vestido de novia dorado y bordado con runas viste su cuerpo. Hay otros nefilim en escena, pero se mantienen fuera del plano del espejo y solo puedo apreciar sombras de brazos repletos de runas. Y entonces James aparece allí, sonriente. Parece feliz y relajado, vestido con un traje ceremonial que es la contraparte del de Tessa. Ambos novios se besan, y la imagen es tan encantadora y feliz que por un instante creo poder sentir la calidez del amor. Algo demasiado efímero.
Cuando la imagen se marcha Jem parece tan concentrado en los cordones de sus zapatos que prefiero dejarle su espacio y no comentar nada.
Todos permanecen callados hasta que Magnus aparece como salvador de un momento lo suficientemente tenso como para amenazar con fastidiar la noche.
—¿Y se puede saber por qué todavía no has escogido a mi magnifica persona? —Pregunta con aires de diva ofendida. El resto le ríe la gracia y el ambiente vuelve a la normalidad. Las copas vuelven a llenarse de alcohol y Ragnor acaba despertándose por la ruptura de una botella. —Llevo tiempo deseando verme en otra vida, ¿a qué esperas?
Una sonrisa ladeada aparece en el rostro de Fade y su magia vuelve a fluir.
Magnus y yo estamos junto a un granero. Yo sigo siendo bruja, y él parece serlo también. Hay una celebración, una boda. Una mujer pelirroja a la que nunca he visto baila con su reciente marido, un hombre lobo con cara simpática pero de aspecto algo desaliñado. Mucha gente baila, en realidad. Lily está ahí, tocando el piano.
—Pareces preocupado. —Le digo, colocándole una mano sobre el hombro. —¿Qué pasa? Antes te he visto besándote con ese chico cazador de sombras, así que no puede ser eso.
Magnus negó con la cabeza.
—No. Con Alec todo está bien.
El nombre me descoloca por completo y me saca de mis pensamientos. Puedo ver la tensa postura que ha adoptado Jem e incluso Ragnor parece preocupado. Miro a Magnus tratando de indicarle que salgamos de aquí, pero él no aparta la mirada del espejo.
Cuando vuelvo la vista al frente Alec aparece a lo lejos, riendo junto a dos hombres lobo.
Magnus y yo seguimos hablando mientras Alec sube la colina hacia nosotros; una sombra oscura contra un cielo aún más oscuro. Él llegó hasta nosotros, inclinando cortésmente la cabeza en mi dirección antes de dirigirse a mi amigo:
—Magnus, vamos al lago. —Dijo. —¿Quieres venir?
—¿Por qué? —Preguntó Magnus.
La hermosa sonrisa en el rostro de Alexander antes de responderle es lo último que veo antes de que el cristal des espejo se rompa en mil pedazos, seguido de cerca de la ruptura de cualquier objeto de cristal de la sala. Algunos chillan cuando sus vasos les cortan las manos al quebrarse, pero la mayoría no empieza a asustarse de verdad hasta que el suelo tiembla bajo nuestros pies.
Incluso Jem parece momentáneamente aterrado cuando el edificio tiembla desde sus cimientos. Las paredes crujen y la estructura parece chillar, imitando a la perfección gritos desgarradores cargados de dolor.
El temblor no se detiene hasta que él sale por el portal y desaparece en la noche.
A
No presto verdadera atención a la ropa que me estoy poniendo, lo que se confirma cuando noto sobre mi cuerpo el viejo jersey de Alexander que yo había estado guardando como un tesoro. Ni tan siquiera se me pasa por la cabeza intentar quitármelo, pues sé que no seré capaz de hacerlo.
Teniendo en cuenta las tempranas horas no esperaba encontrarme con nadie, por lo que el escándalo proveniente del salón me alarma. Camino hacia allí, esperanzado. Quizás Alexander ha vuelto e Isabelle se ha encontrado con él y está alarmada con el cambio. O puede que haya intentado acostarse con Jace. La simple idea me da nauseas.
La escena que me encuentro es bastante distinta.
Jace parece empeñado en pegar a James, que lo esquiva en el último segundo una y otra vez. El rubio exasperante, sin embargo, no parece querer rendirse. A saber cuánto tiempo llevan así. Ya han roto más de la mitad del mobiliario del salón.
Ninguno de los dos parece percatarse de mi presencia. Lamentablemente no puedo decir lo mismo de Isabelle. Su puño choca contra mi cara con tanta fuerza que estoy seguro de que me ha desencajado la mandíbula. Inmediatamente mi magia se centra en la zona para sanarla, pero eso no hace que desaparezca el dolor emocional provocado por la mirada de odio de la única humana a la que he considerado mi amiga en mis largos años de vida.
—Confié en ti. —Sisea con rabia.
Su puño vuelve a alzarse hacia mí. Al contrario que James, yo no trato de esquivarlo. En esta ocasión el golpe recae sobre mi estómago, impidiéndome respirar.
—¡Confié en ti! —Grita.
James y Jace dejan lo que están haciendo y giran el rostro hacia nosotros.
Sé que debería quedarme y enfrentarme a la ira de ambos hermanos. Y lo haré, en otra ocasión. Ahora mi prioridad es Alexander y debo encontrarle.
..
Parece tan normal…
Me negué a acercarme a él, demasiado asustado por lo que sabía que vendría. No sabía cómo había llegado hasta aquí, pero por algún motivo mis pasos me habían traído por su cuenta. Si me hubiese puesto a pensar en ello lo más seguro es que hubiese ido al Pandemonium, o al restaurante donde compartimos nuestra último momento de felicidad a solas. El Alexander sentimental lo hubiese hecho: el Alexander humano lo hubiese hecho. Pero él ya no es el mismo. Y yo quiero salir corriendo de aquí. En mis largos años de vida nunca había echado en falta la mortalidad. Repentinamente lo hice. ¿Cómo se puede echar tanto en falta algo que solo ha sido parte de mi vida durante tres meses?
De nuevo mi cuerpo se movió por su cuenta, sin el consentimiento previo de mi cerebro. Poco a poco me fui acercando a él, atraído por una fuerza invisible. Deseaba cerciorarme de una vez de que lo que teníamos se acabó, de que debía alejarme de él. No deseaba hacerlo. Tenía que saberlo. No tenía que hacerlo. Ahora comprendo por qué mi cuerpo decide ir por su cuenta: tan solo escoge lo que mi cerebro no puede elegir.
Creo que si ambos hubiésemos sido humanos y este hubiese sido nuestro primer contacto habría sentido eso que los humanos erróneamente llaman "amor a primera vista". No es más que una simple atracción basada en el físico y algún comportamiento que nos hace ver al otro semejante a nosotros mismos, pero igualmente para algunos es suficiente como para obsesionarse. Ahora que lo pienso eso es precisamente lo que nos sucede a los míos cuando captamos el olor de un Candidato, ¿no? Sentimos el deseo irrefrenable de conseguirlos para nosotros, pero en cuanto los tenemos se pierde toda la emoción y ese "sentimiento" se marcha. Fuerte y efímero. No somos tan diferentes como se esfuerzan en hacernos creer. No somos superiores. En nada. Alexander era mejor de lo que yo seré jamás.
«Es» me tuve que recordar a mí mismo. «Es mejor de lo que yo seré jamás». Él no está muerto. Yo no estoy muerto. Ambos estamos aquí, ahora. Hay muchas formas de estar juntos ¿Acaso no me he pasado tres meses bajo la vigilancia continua de James? Vale, ambos tendremos que alimentarnos por nuestra cuenta y eso es una mierda, pero podremos vernos, de vez en cuando. Cuando él no tenga que estar teniendo sexo con otras criaturas insignificantes y mediocres. Criaturas imbéciles que no sabrán apreciar lo que tienen y que disfrutarán de algo que debería haber sido solo mío.
Cerré los ojos con fuerza mientras seguía acercándome, tratando de borrar las imágenes que venían a mi mente. No vale la pena seguir torturándome con algo que sé que es inevitable.
Si se percata de mi presencia no muestra ningún signo que lo evidencie. Sigue estando en cuclillas, jugueteando con uno de los patos del lago. Normalmente los animales no se acercan por propia voluntad a los demonios. Hay algo en la naturaleza arisca de los gatos que los hace más propensos a ignorar lo que somos, pero el resto de las especies tratan de alejarnos de ellos o directamente nos atacan, tratando de defenderse. Ver a un demonio jugando con un pato es una de las cosas más raras que he visto jamás. En una de las interminables reuniones familiares James nos contó una historia bastante divertida sobre cómo él y el simpatiquísimo William fueron atacados por un grupo de patos mientras paseaban por este mismo lugar. Will les tiene pánico desde entonce.
Sonreí a mi pesar, tanto por lo divertido del relato como por la adorable imagen que tenía ante mí. Demasiado pronto estuve tras él, captando otra vez ese nuevo olor tan distinto y a la vez tan conocido. El plumífero bichejo fue el primero en verme, marchándose de vuelta al agua. Cuando él comienza a girarse tengo el leve impulso de salir corriendo, temeroso de verle el rostro. ¿Será ahí donde han aparecido o desaparecido aquello que lo hará diferente, que lo marcará como uno de los nuestros? ¿Esto habrá cambiado también sus preciosos ojos, volviéndolos monstruosos como los míos? ¿Qué más pueden arrebatarme?
B
Todo aquí me recuerda a él. Lo que es extraño, pues la casa la adquirí hace unos setecientos años y él solo estuvo aquí durante un periodo de tiempo fugaz. Un periodo fugaz que, por otro lado, fue el más horroroso de su vida. No sé cómo ni por qué no me quise dar cuenta de que todo era tal y como él decía. Alec era mi mascota, a la que yo mantenía cautiva y con la que jugueteaba cuando tenía tiempo o me aburría. Algo bonito de ver cuando llegase a casa.
Logré solventar ese error demasiado tarde. Si Alexander no hubiese estado tan desesperado por huir de mí aquel primer día que volví a llevarle al mundo humano puede que ahora ambos siguiésemos con nuestra vida normal. Él solo estaba intentando huir para ser feliz y se topó con el que él siempre creyó un compañero más. Sabía que Alexander tenía sangre nefilim y tanto Catarina como Tessa me habían dicho en muchas ocasiones que la Clave lo vigilaba. Creí que eso acabaría cuando se percatasen de que no pensaba convertirle en demonio, y así fue. Pero tuve que joderla con el dichoso Sebastian.
Cuando llego al dormitorio principal y capto el débil rastro de su aroma que todavía perdura me veo obligado a salir corriendo de allí en busca de una de las habitaciones pequeñas, aquellas que siempre permanecieron vacías y que Alec no usó en ningún momento. El diminuto cuarto de invitados es perfecto. Hago aparecer un cómodo sillón y un minibar repleto y me siento a esperar tranquilamente mientras bebo. Después de lo que ha pasado hoy mis "amigos" no tardarán en venir a visitar al pobre Magnus demente mental.
—Magnus, vamos al lago. —Dijo. —¿Quieres venir?
Su sonrisa era tan preciosa como siempre. Él era mi Alexander,
Pero no lo era.
Siempre había querido ver de primera mano los jugueteos de Malcolm Fade entre los mundos paralelos, y antes era la oportunidad perfecta para dejar que James se relajara con lo de Tessa. Si James había aparecido con Tessa, su gran amor, no sé cómo demonios se me ocurrió pedirle que me mostrase algo. Llevo dándole vueltas a esto desde entonces. Aquel Alexander era un cazador de sombras y yo un brujo, y estábamos juntos, incluso por encima de las leyes de la Clave. Hay muchos mundos paralelos ¿puede que en todos ellos yo conozca a Alexander? ¿Puede que en este, y solo en este, yo haya sido lo suficientemente imbécil como para dejar que lo mataran?
Estampo la botella de coñac contra la pared que hay frente a mí y me deleito con la caída y el esparcimiento del líquido. Dentro de poco me dedicaré a esparcir un líquido mucho más espeso y granate por todos los suelos y paredes de la sede del Consejo.
No tengo que esperar demasiado para que mi no deseada compañía llegue a donde me encuentro. Esperaba a James, Tessa, Catarina y Ragnor, pero la visita de Malcolm Fade es toda una sorpresa. ¿Querrá echarme la bronca por arruinar su fiesta y romper sus utensilios?
—Sabemos lo que pretendes hacer. —Sentenció Catarina. No me hizo falta mirar a Ragnor y Malcolm para saber que ellos no tenían ni idea de a qué se refería la peliblanca. —Atacar al Consejo tú solo es un suicidio.
Pronunció la palabra "solo" como queriendo dejar bien claro de qué lado estaba. Catarina apreciaba a Alec por ser un humano de corazón puro y una buena persona, pero eso no significaba que ni ella ni Tessa fuesen a involucrarse en una guerra si su espléndida Clave no se lo autorizaba. James no se arriesgaría a perder a William, pues ambos sabíamos que si enfadase al Consejo su humano acabaría igual que él mío. Ragnor no era un tipo precisamente guerrero y, en cualquier caso, siendo tan solo nosotros dos contra el mundo ambos acabaríamos muertos. Alexander murió por mi culpa; no pienso permitir que mi amigo también lo haga.
—Moriré, pero me llevaré a cuantos pueda por delante.
Catarina, Tessa y James comenzaron a protestar y a discutir entre ellos mientras yo los ignoraba totalmente, inmerso en mis propios pensamientos.
El recuerdo del mensaje de Tessa diciéndome que la mente de Sebastian Verlac había vuelto a ser la de siempre tan solo una hora después de mi hechizo y que la Clave no le había dado importancia fue lo primero en llegar. James y Catarina me acompañaron a la sede del Consejo, donde los gritos resonaban en todas partes. Sigo sin saber qué ocurrió allí aquella noche. Yo solo recuerdo sentirme atraído hacia una celda en particular y ver el cuerpo sin vida de mi Alexander. James asegura que había demasiados cadáveres por el suelo, gente de nuestra raza y nefilims por igual. A mí ellos no podían importarme menos. Me arrebataron mi razón de vivir, y ahora que están más débiles que nunca usaré todo mi poder por débil que sea para destruirles.
Siempre me han dicho que las pamplinas sobre Dios son meros cuentos. Los ángeles y demonios existimos, pero yo nunca he sabido nada del gran Lucifer ni del jefe de arriba. Hay muchos infiernos, pero las almas no son llevadas a ellos una vez muertas; no a no ser que se hubiese realizado algún pacto con uno de mi raza. Del mismo modo las almas no pueden ir al Paraíso, ¿verdad? ¿Habrá un círculo de reencarnaciones, tal vez? No lo sé, y no me importa. Lo único que quiero cuando muera es ser llevado al mismo lugar que mi criatura, verle una vez más. Decirle que le amo.
El trío sigue discutiendo a su bola cuando Malcolm se acerca a mí silenciosamente, haciéndome a un lado y sentándose junto a mí en el sillón.
—¿Recuerdas la escena que te mostré? —Un gruñido fue mi única respuesta. Ese retazo de una vida que nunca tendré me perseguirá para siempre. —Es un mundo paralelo, Magnus ¿Sabes qué significa eso?
—Un mundo similar al nuestro que coexiste al mismo tiempo.
—Exacto. ¿Y sabes cómo se forman?
—Hay muchas teorías al respecto. —Como en todo lo que los humanos todavía no han terminado de etiquetar.
—Imagínate a ti mism-
—Prefiero imaginar a otro. —Le corté, por miedo a que usase como ejemplo aquel lugar donde yo era feliz con mi Alexander.
—Bien. Imagina a Jonathan Cazador de Sombras, ¿listo? —Bueno, podrías haber puesto algo más evidente, pero… —Imagínatelo cuando Raziel le otorgó el poder de proteger a los humanos, ¿qué opciones tenía?
Durante unos segundos me quedé mudo, pensando en la enorme infinidad de respuestas a la pregunta.
—Podría haber usado ese poder para lo que se lo concedieron, o dejar de lado a los humanos, o crear su propia raza y dominar él mismo a los seres inferiores.
—Exacto. ¿Y si te dijese que todo eso ha pasado, solo que en diferentes mundos?
—Eso es imposible. No solo existen las respuestas que yo te he dado, sino cientos de variedades de ellas.
—Hay infinitos mundos paralelos, Magnus, surgidos por acciones tan cotidianas como lavar o no lavar una manzana antes de comértela. Cuando yo elijo mostraros esos mundos para entreteneros escojo los hilos más lejanos que alcanza mi vista, aquellos mundos que sean lo más diferentes posibles. Pero hay mundos más cercanos. Mundos donde ahora mismo yo he decidido quedarme en casa a limpiar el desorden que provocaste y nosotros no estamos manteniendo esta conversación.
La información se va acumulando en mi cabeza en mil retazos de azul que se unen para formar sus ojos.
—¿Puedes llevarme? ¿A un mundo donde paralelo donde yo pueda estar con él? —Pregunto esperanzado. Por primera vez en días me siento vivo.
—¿Y meterte en un mundo completamente desconocido? ¿Qué harías si acabas en un mundo donde eres mundano o vampiro? —Estuve a punto de darle la señal más sencilla, lo más obvio. —No puedo enviarte a uno donde seas un íncubo y le hayas conocido a él, Magnus. Eso está demasiado cerca de ti y las leyes físicas lo prohíben ¿Y qué harías, matar al otro Magnus?
Mis esperanzas se hicieron añicos, convirtiéndose en pequeños cristales que apuñalaron mi ya mutilado corazón.
—Hay pequeños cambios que provocan distintos mundos, pero los más importantes son aquellos cambios, aquellas decisiones que son realmente importantes.
Me levanté del sillón, dispuesto a irme. Al final Malcolm al menos les había servido a mis amigos de algo. Ahora mismo me encuentro tan deprimido que ni siquiera tengo ganas de vengarme. Dejaré al Consejo para mañana.
—¿Qué hubiese pasado si nunca te hubieses traído a Alec contigo a esta casa? —Yo me quedo completamente rígido, mientras el resto deja de conversar y nos mira a ambos. —¿Qué crees que pasaría si en lugar de secuestrar a Alexander lo hubieses dejado quedarse en su hogar?
—El Contrato con alguno de sus familiares hubiese seguido intacto, y tras alimentarme de cualquiera de esas criaturas hubiese ido a por él.
—Puede… —Jugueteó él con uno de los pompones de su chaqueta. — … O puede que no.
Lo miré con odio, la ira resurgiendo de mí a una velocidad alarmante.
—Acabas de decirme que no podré viajar a ninguno de tus mundos, ¿a qué coño juegas? —Le grité.
James me sujetó de un brazo, considerado como siempre con el bienestar de las personas. Malcolm sonrió como un niño feliz con su bolsa de golosinas.
—Viajar a un mundo paralelo sería una auténtica gilipollez pudiendo viajar hacia atrás y arreglar tus errores, ¿verdad?
—Eso es imposible. No seas idiota.
—Tienes a tu lado a un demonio capaz de controlar la velocidad del tiempo —Dijo refiriéndose al peliblanco, que todavía me sujetaba. — a un brujo que puede viajar a mundos paralelos y a otro brujo que puede saltar a su antojo entre las grietas dimensionales. Quizá el idiota sea usted, señor Bane.
A
—Magnus. —Dice.
No es una llamada, ni una súplica. Ni siquiera parece que lo pronuncie por algún motivo. Es una palabra, como otra cualquiera. Puede que esté demasiado confundido, que no sepa qué hacer o esté sobrepasado por lo que le ocurre. Puede que no sepa qué decir, puede que no le salgan las palabras.
Él no parece opinar lo mismo, porque una sonrisa se ha extendido por su rostro. Un rostro que, por otra parte, sigue igual de hermoso que siempre. No puedo evitar suspirar de alivio cuando me percato de ello.
—Magnus. —Vuelve a repetir. Y ahora comprendo que precisamente lo que quiere es decir eso, mi nombre. Lo paladea como si fuese algo importante; algo que fuese necesario. —Magnus.
—Alec. —Respondo, sin saber muy bien qué otra cosa decir.
Durante unos minutos ambos nos quedamos ahí, simplemente mirándonos el uno al otro. No sé qué decir, y él parece demasiado ocupado mirando mis labios con deseo como para darse cuenta de lo frágil y vulnerable que me está haciendo sentir con cada segundo que pasa.
—¿Dónde has ido? —Pregunto finalmente. Me arrepiento prácticamente mientras lo digo. Soy imbécil.
Antes de que pueda suplicarle que no me lo cuente él habla.
—A ver a Sebastian. —Sebastian. El mocoso universitario. Hijo de puta. Pienso torturar a ese débil humano hasta que suplique por su vida. —Me hizo prometerle que le avisaría si ocurría algo importante. —Alec se arremangó las mangas de la camisa, mirándose los brazos con cierto asco. —Creo que lo que sucedió ayer fue importante.
—¿Qué le has contado?
Sigo la dirección de su mirada y fijo mi vista en su pálida piel. Al principio no puedo ver nada por los reflejos del brillante sol matutino. Cuando Alexander mueve los brazos, las pequeñas cicatrices plateadas quedan a la vista.
—No hacía falta, él sabía todo. —Sus ojos vuelven a enfocarme. Hay cierto enfado en ellos, pero sigue siendo una emoción muy secundaria comparada con la lujuria que poco a poco irá consumiéndole hasta llevarlo a la locura.
No sé por qué me sorprende su velocidad, pero lo hace. Desde que me desperté he estado pensado en los cambios evidentes en Alec: en las modificaciones de su cuerpo, en que tendrá que acostarse con otros y nuestros cuerpos se rechazarán mutuamente, y, sobre todo, en si su amor por mí seguirá intacto o habrá sido sustituido por la indiferencia que caracteriza a los míos. Cuando se mueve a una velocidad sobrehumana y sus manos se aferran a mi cintura mientras me besa ferozmente entro en shock. No estaba preparado para esto. Tampoco estaba preparado para que su contacto no me hiriese, como sé que lo hace cuando un demonio de los míos toca a otro. Tampoco estaba preparado para tenerle entre mis brazos.
Alec se aparta levemente de mí, mirándome con sus preciosos ojos nublados por el deseo.
—Magnus, —Dice. Y en esta ocasión sí suena como una súplica. — tengo hambre.
Esto no está bien, tengo que alejarle antes de que se haga daño. Bastante debilitado se encontrará durante sus primeros días como para que encima se le añada la debilidad física que lo inundará si está cerca de mí. Mis razones son puramente egoístas, ciertamente: cuanto más débil esté él más necesitará alimentarse, tener sexo con otros.
Trato de empujarle delicadamente, como siempre. Alexander no se mueve ni un ápice, y solo cuando ejerzo toda mi fuerza sobre él consigo separarlo de mí siete escasos centímetros. A parte de su rapidez también había olvidado que su fuerza aumentaría, que ya no habría tantas barreras entre nosotros.
—¿Cómo te encuentras? —Pregunto como un idiota.
—Tengo hambre. —Vuelve a repetir. Ante mi silencio y mi nula colaboración, él añade, como queriendo aclararme algo sumamente complicado: —Necesito sexo.
«Yo también». El simple pensamiento me sorprende hasta tal punto que por un segundo me olvido de todo lo que me rodea. Durante un único e infinito segundo ni tan siquiera él está aquí. Y luego repentinamente todo vuelve a su lugar y mi Alexander sigue mirándome con necesidad, como si yo fuese un menú completo de un restaurante de lujo y él hubiese estado meses sin comer. Debería sentirme incómodo por su mirada. En otro momento seguramente lo hubiese hecho.
Coloco una mano sobre su mentón, tanteando. Incluso un simple roce accidental de las manos con James Carstairs me hizo debilitarme hasta el punto de necesitar a Alec en la cama durante horas. El tacto con la piel de Alexander no me debilita, ni me asquea. Esto es de todo menos normal. Alec cierra los ojos, complacido, cuando comienzo a mover mi mano, acariciando sus pómulos, deslizando mis dedos y dejando un rastro de caricias hasta su nuca, desde donde hago presión para atraerle de nuevo a mí. Él no se queja en absoluto ¿por qué debería hacerlo?
Cuando Alec me empuja trato de recobrar el equilibrio, pero la cama que hay tras de mí me hace tropezar y caer sentado sobre ella. Yo no nos he trasladado hasta aquí y sin embargo aquí nos encontramos. Mi casa. Mi dimensión. ¿Cómo conocía Alexander este lugar?
Él me mira desde arriba, todavía en pie frente a mí. Alexander cierra los ojos y gime con satisfacción cuando se sube a horcajadas sobre mi regazo. Su voz, ronca por el deseo, me hace perder completamente la razón mientras él no hace más que susurrar mi nombre.
—Ven aquí. —Le ruego, incapaz de contener mis ansias de tocarle una vez más y saber si esto es solo un sueño.
Alec no duda en hacerme caso, afianzando su postura e inclinándose hasta unir nuestros labios.
No me asquea. No odio su sabor. No me debilita.
Esto es…
—Magnus. —Gime él mientras cuela una de sus pálidas manos bajo mi ropa y comienza a acariciarme.
Esto es deseo. Lujuria.
Tengo hambre.
B
(Before)
Segismundo parece tan concentrado diciendo cosas sin sentido alguno que no se percata de mi presencia aunque me haya mirado a la cara ya tres veces. Eso es raro. Ni siquiera este mundano es tan idiota como para no sorprenderse de mi repentina y magnífica presencia. Quizá lleve las gafas sin graduar.
El timbre de la puerta suena de nuevo y ahora les toca el turno de entrar a la prima de Alexander, a la hermosa Isabelle y a cierto rubio que despierta mis instintos asesinos mejor que nadie. Este grupito me suena, mucho. Y todos ellos han pasado frente a mí sin verme.
Espera, ¿no pueden verme? Cuando el cabrón de James me dijo que me resultaría complicado arreglar las cosas pensé que se refería a eso, a que sería complicado. Lo último que me esperaba era que los mundanos del demonio no pudiesen verme. Y al intentar apoyarme en la mesa me he dado cuenta de que tampoco puedo tocar nada. Nada de que me vean ni me oigan y no puedo tocar nada. Esto no es complicado: es imposible.
Sigo frente a la puerta esperando a que mi Alexander sea quien toque al timbre, pero pasan los minutos y empiezo a cansarme de ello. Deseo verle con todas mi fuerzas, pero si no sé ni dónde ni cuándo estoy ¿cómo sé que vendrá?
No vendrá, es obvio.
Cuando al fin me giro y veo al variopinto grupito formando un pentagrama algo hace clic en mi cabeza. Alec no vendrá porque nunca ha estado aquí.
Estoy en el 31 de octubre de 2014 y ellos ni siquiera me han llamado todavía. Durante unos segundos me cuesta respirar, incrédulo. Jem es muy poderoso, y juntando sus poderes con los dones de Malcolm y Ragnor podrían salir cosas asombrosas ¿pero que esta locura funcionara? Nunca se me pasó por la cabeza.
Comienzo a moverme entre ellos, riendo ante el mal genio de Jace y los refunfuños de Saruman.
—Simon, en serio, ¿Por qué no te has quedado con Alec si esto te parece tan absurdo? —Preguntó Isabelle.
El nombre hace palpitar mi corazón de forma extraña. Temor de que esto sea una broma del destino, felicidad de poder volver a ver a mi pequeño con vida. Estoy aterrado.
—¡Joder!, ¡Joder, joder, joder!
El cúmulo de maldiciones me sobresaltó y me hizo mirar de nuevo al frente con curiosidad. Ese tío no soy yo. Está clarísimo que yo estoy muchísimo más bueno
—Madre mía.
—Imposible…
—Os dije que mi hermano también lo había conseguido —Se regocijó Cecily mientras su primo tiraba de ella, Clary e Isabelle a su espalda para tratar de protegerlas.
Dado que los mundanos no me habían visto intenté averiguar si yo mismo podría verme. Negativo. Soy como un fantasma. ¿Qué mierda de conjuro me han lanzado esos tres tarados? ¿Cómo se supone que voy a cambiar nada estando así? Al menos intento controlar a esa cosa que se asemeja a mí, pero me es imposible. Joder, mierda ¿estoy destinado a ver todo desde el principio de nuevo? ¿Pretenden que vea cómo mi criatura pasa de temerme a amarme, a ser feliz, y luego me la arrebatan? ¿Qué juego diabólico es este?
Recuerdo el trayecto en coche de la última vez, así que sé hacia dónde se dirigen. Utilizo mi magia para aparecerme en el ático de los Lightwood en cuestión de milésimas y camino hasta el dormitorio de Alexander para al menos poder ser consciente de que él está aquí y dentro de poco yo le veré. Debo prepararme.
Por muy delicioso que sea el aroma que estoy captando no puedo estar más que agradecido cuando escucho la puerta de entrada abrirse y el murmullo del grupito de humanos vuelve a llegar a mis oídos. Este olor… es el olor de un Candidato, y por eso me atrae. El sutil aroma que desprende mi Alexander al salir de la ducha después de haber usado mis geles y champús sí es maravilloso, y no esta porquería artificial creada para atraernos.
Cuando llego al salón Isabelle se encuentra apoyada sobre la isla de la cocina y empieza teclear en la pantalla para llamar. Recuerdo esa conversación.
—Alec, soy Izzy. …¿Qué? No, por supuesto que no hemos hecho nada raro. Vamos a beber y eso, así que te llamaba para saber si volverías por la noche. Ya sabes, para poder usar tu habitación y que Jace no conduzca borracho. … Sí, vale. Muy bien…. Que sí, Alec. Y yo a ti.
Si tengo que actuar, empezaré desde ya.
Me cuesta a horrores y debo de usar una gran cantidad de energía en ello, pero segundos después me encuentro dentro de la mente de Isabelle Lightwood manejando su cuerpo a mi antojo. El sonido de llamada en espera sigue resonando en su oreja a través del móvil.
—¿Diga? —Pregunta su tierna voz adormilada. Esa misma voz que yo escuchaba todas las mañanas dándome los buenos días. Tengo que contenerme para no llorar. —¿Diga? —Repite.
—Alec, soy Isabelle. —No, no lo soy. Soy yo, mi amor. Vuelve a mi lado.
—¿Izz? ¿Qué haces llamándome desde un teléfono móvil privado? —Su voz suena mucho más despierta, alerta. Siempre listo para defender a sus hermanos. Lo tengo. —¿Ha ocurrido raro? ¿Qué habéis hecho?
Invocarme a mí, que seré tu ruina. Bonito regalo.
—Pues… Creo que la hemos fastidiado. No te enfades, todo va bien y eso… sí, bien. Cuanto más tardes en venir mejor, para que estés tranquilo, ya sabes. A veces somos muy pesados. —Prácticamente pude ver su ceño frunciéndose ante mi elección de palabras, escogidas adrede para mosquearle.
—Iré en cuanto me sea posible. —Al otro lado del teléfono escuché al que supuse sería William Herondale llamándole. —Me tengo que ir. Haz el favor de no hacer nada más hasta que yo vaya. Te quiero.
Ante las dos últimas palabras no pude contenerme. Curiosamente los lagrimales de Isabelle Lightwood parecían secos, por lo que tuve que esperar para poder liberar mis emociones.
—Y yo a ti, mi amor.
—¿Eh?
Colgué el teléfono antes de que él pudiese decir nada más.
—Alec volverá mañana por la mañana, así que acabemos esto cuanto antes.
Y entonces dejé libre la mente de Isabelle.
De nuevo en mi no-cuerpo pude dejar caer las lágrimas que llevaba tiempo intentando soltar. Isabelle, por su parte, miraba el registro de llamadas con asombro.
..
El resto de horas siguió transcurriendo exactamente igual, lo que fue mortalmente aburrido. Después de seguirme a mí mismo durante un rato y verme masturbarme con el olor de Alexander tuve suficiente de toda esta porquería. A ellos todavía les quedaba ir al centro comercial y entonces yo entraría por la puerta y Alec lo haría poco más tarde que yo.
Me acosté cómodamente en la cama de Alec y dejé que mi agotada mente se relajase lo suficiente como para dormir durante un buen ratito, hasta la hora oportuna.
..
No me desperté al sentir de nuevo la presencia de mi otro yo en la casa, tal y como tenía planeado. En su lugar mis ojos se abrieron para ver a mi ángel tendido justo a mi lado, durmiendo. Obviamente él tampoco podía verme, pero su cuerpo se había adaptado perfectamente al mío para que ambos cupiésemos sin molestar al otro. La parte racional de mi mente me decía que se acostó de cualquier manera; yo quise creer que algo en él le avisaba de mi presencia.
Disfruté de su durmiente compañía como hacía días que no disfrutaba de nada. Todavía no había tenido el placer de ver sus ojos ni oír su sonrisa y aun así el momento me parecía tan perfecto que no quise romperlo. Por mi mente se pasó la idea de controlar su cuerpo para así poder defenderle de mí mismo. Lo deseché de inmediato; me niego a volver a utilizarle de cualquier modo ni a seguir controlando lo que hace. Si tengo que matar a mi otro yo para protegerle lo haré.
Y hablando del rey de Roma…
La puerta se abre silenciosamente para dejar paso a mi señor imitador. Yo… o sea, Magnus2, se queda ahí plantado, mirando a mi preciosidad como si fuese un auténtico manjar. Gruño en señal de advertencia pese a saber que él no puede escucharme. Ya estoy adoptando una postura defensiva y acumulando mi magia cuando Sakura y Jace entran por la puerta y se llevan al impostor a rastras. Quiero seguirle para darle una lección, pero Alec acaba de abrir los ojos y, desde entonces, soy completamente incapaz de separarme de su lado.
..
Las últimas semanas han sido una auténtica tortura. Ya no solo por el hecho de tener que estar con Alexander sin poder tocarle y sin que él sepa de mi existencia, sino porque Magnus2 sí puede tocarle y eso me pone enfermo. Sé que soy yo; SIENTO que soy yo, pero cada vez que los veo tocándose o teniendo… Arg. Mis ataques de celos pueden ser injustificados, pero son reales y me hacen doler el pecho de forma desgarradora.
Cuando ellos se ponen a juguetear yo me marcho con James. Ah, James. Él sí puede verme. No tengo ni la más mínima idea de si es porque es un íncubo o porque James1 formó parte del conjuro que me mandó aquí.
Es una buena compañía, aunque tiene cierta tendencia a empujarme a toda prisa hacia los armarios cuando su humano viene a verle. No sé, si yo fuese él se lo contaría. Sería más fácil que creyese mi historia a que se creyese que hay un hombre escondido en su armario porque sí. No veo a William una persona celosa, pero tampoco quiero que me peguen un puñetazo por una estúpida confusión. Y eso, claro, dejando de lado el hecho obvio de que Will no puede verme. Pero nada, que en cuanto él entra por la puerta a mí me toca esconderme. Es una idiotez.
En esta ocasión mi congénere y yo habíamos estado hablando durante toda la noche sobre las consecuencias que podría tener en el mundo que he dejado atrás lo que yo he hecho. Según James mi aventura al pasado no tendrá ninguna repercusión en la vida de aquellos a los que he dejado atrás, ya que en un principio lo que he hecho es crear otro mundo paralelo completamente separado del suyo. Sigo confuso al respecto, pero me alegro de que al menos él crea que a mis amigos no les ha sucedido nada.
Miro el reloj sobre la chimenea y me sobresalto. Ayer, al salir de la universidad, Sebastian Verlac le pidió una cita a mi Alexander y éste aceptó. No entiendo el motivo por el cual mi pequeño haría tal cosa; y mucho menos comprendo qué demonios hace un nefilim yendo a la universidad. Es obvio que está allí para vigilar los pasos de Alec, ya que al ser Candidato y medio nefilim es una rareza singular, pero no entiendo por qué no se lo han llevado o qué es lo que pretende tratando de enamorar a mi dulce niño. Me pone enfermo.
..
La cita ha sido hermosa. Una preciosa cita humana llena de risas y de diversión, de charlas entretenidas entre ambos. Alec y yo nunca compartimos algo así, y Magnus2 tampoco ha tenido jamás una cita como esta con él. Por ese motivo no puedo comprender por qué Alexander se ha negado a besar al nefilim y le ha dicho que ya hay alguien en su corazón. No puedo comprender cómo se ha enamorado de Magnus2 cuando éste parece querer usarlo solo de alimento y de mascota; al igual que yo hice en su momento. Es incomprensible que en dos ocasiones distintas bajo una misma influencia, él decida quedarse conmigo. Siempre.
No descansaré hasta averiguar cómo puedo estar junto a ti, mi amor. Hasta entonces me bastará con protegerte.
..
La confesión de los sentimientos de Alexander y mi falta de respuesta me hacen querer patear a Magnus2 hasta matarlo. "No seas tan imbécil como yo" quiero gritarle. "No dejes que se muera sin saber lo que sientes por él".
..
—Debes seguir mis condiciones al pie de la letra, Magnus. —Lo sé, y lo haré. Asiento enérgicamente con la cabeza para darle la razón. —Nunca debes hacerlo mientras Will esté cerca, nunca. Alec no debe saber nada de esto, compórtate como lo haría yo. —Ser soso y aburrido. Apuntado. —Y nada de besos ni de intentar acariciarle, Magnus. Tengo pareja y no voy a dejar que uses mi cuerpo para tus tonterías.
—Créeme, no tengo ningún interés en dejar que tu cuerpo toque a mi Alexander, aunque sea yo quien lo controle.
James sonrió de forma ladeada.
—Pero no es "tu" Alexander, ¿verdad?
..
El poder que siento fluir a través del cuerpo de James me hace perder la conversación en más de una ocasión mientras trato de explicarle a Alexander el funcionamiento y los efectos secundarios que puede conllevar la colocación de un Sello para mantener sujeto a un humano. Sigue resultándome complicado eso de manejar un cuerpo ajeno. Creo que me he acostumbrado demasiado a no tener un cuerpo físico.
Alec absorbe toda la información como una esponja, haciéndome preguntas que ya me hizo en una ocasión y otras que me son completamente nuevas.
En algunas ocasiones probamos a dibujar runas sobre folios para que practique, pero me temo que tendré que encontrar algo mejor para que pueda estar completamente listo cuando llegue el momento. Otras veces simplemente hablamos sobre la jerarquía y las diferentes clases de demonios. Hablamos sobre los cazadores de sombras y nuestros pactos con ellos, y sobre lo especial que es él al tener sangre nefilim. También suele preguntar cosas sobre mí. Sé que James no le diría nada por conservar mi intimidad y sé que Magnus2 tampoco le cuenta las cosas porque se siente incómodo; pero yo le he perdido, he sentido cómo me alejaban de él. No me importa responder a su curiosidad.
Estos ratos a solas se han convertido en mi razón para vivir, para seguir aguantando esta mísera existencia en un mundo que no es el mío.
..
El día veintisiete de enero creí que todo había acabado para siempre, que volvería a ver nuestra separación aunque de forma muy distinta.
Alexander y Magnus2 estaban teniendo una agradable cita por Nueva York cuando se encontraron con Ragnor. Mi alegría por ver a mi descerebrado amigo se esfumó en cuanto abrió su enorme bocaza e hirió profundamente a mi humano. No tenía ni idea de cómo acabaría aquello y, sabiendo que no puedo controlar el cuerpo del otro Magnus y que me sigo negando a usar el de Alec, solo podía llamar a James y esperar para que él resolviese el problema.
Todo se salió de control cuando William y James llegaron a la casa y yo seguí al último hasta el dormitorio de Alexander. Éste se puso en modo cabezota y no hubo manera humana de hacerle entrar en razón: creía que yo solo lo quería para hacerme más poderoso y pensaba tener sexo conmigo para darme lo que quería.
Hasta el momento en el que Magnus2 no rechazó los intentos de Alec y le demostró cuánto le importaba no pude darme cuenta de que era verdad: él soy yo. Y yo soy él. Yo nunca hubiese hecho daño a Alexander, y él tampoco se lo hará.
..
Hay algo amable y encantador en Will Herondale, por mucho que él trate de ocultarlo. Paso tanto tiempo con James que al final he acabado cogiéndole cierto cariño al mocoso. Aunque cada vez que se reúnen y hay multitud vuelve a ser un gilipollas. Tiene una bipolaridad interesante…
..
Siempre voy con él a la universidad. Intento no inmiscuirme en su vida de pareja con Magnus2, pero no puedo evitar ir a su lado durante el resto de horas. Simplemente verle sentado, prestando atención a una pizarra o tomando apuntes me parece encantador.
Precisamente porque siempre estoy con él en clases es por lo que puedo presenciar la curiosa escena y despejar dudas que llevaban mucho tiempo en mi mente.
—¿Te gusta lo que ves? —Preguntó en tono jocoso Sebastian.
Alec sigue mirando sus brazos descubiertos de manera obsesiva. Es raro y se siente mal que mire a alguien que no seamos yo o el otro yo de esa manera. Mis celos estás a punto de surgir cuando me percato en lo que rodea a Sebastian. Un glamour, uno de los más fuertes que he visto jamás. Me fuerzo a mí mismo a atravesar las capas mágicas y poder encontrar lo que esconde.
Runas. Alexander le mira los brazos repletos de runas.
—La verdad es que no. —Responde Alec con tono cansado. Y no me extraña. Su vida últimamente no ha sido fácil. Me pregunto por qué aquí puedo percatarme de las cosas con facilidad y en mi mundo no me enteraba de lo que le ocurría a mi humano. —¿Cuándo pensabas decírmelo?
El sonido del timbre los sobresaltó a ambos, pero Alec se aferró a la muñeca de Sebastian, poco dispuesto a dejarle marchar.
El nefilim asintió en silencio y dejó que Alexander lo guiase por los pasillos hasta acabar en un aula completamente vacía. Mi humano se sentó sobre el pupitre del profesor y clavó sus glaciales ojos azules en su acompañante.
—Eres un cazador de sombras. —Afirmó. Sebastián asintió. —Y estás aquí para vigilarme. —Sebastian volvió a asentir. —¿Por qué?
El muchacho parecía realmente inquieto. Evitaba mirar a los ojos de Alec de cualquiera de las maneras mientras restregaba sus manos sudorosas, haciéndolas sudar más.
—La Clave lo ordenó. —Alec se quedó callado, instándole a seguir. —Nunca se había dado un caso como tú en la historia de la Clave. Tienes sangre nefilim, Alec. —Él asintió; ya lo sabía. Yo se lo dije, en ambas vidas. —Solo Jonathan Morgenstern comparte eso contigo; Ambos Candidatos con sangre de Raziel al mismo tiempo. El poder que conseguiría aquel demonio que te Convirtiese sería… No queríamos arriesgarnos a que nadie de su Consejo volviese a conseguir algo así. Llevan tiempo interfiriendo con nosotros y tratando de sobreponerse a nuestras leyes, y un poder así es lo único que les faltaba. —Y una mierda. Sois vosotros los que nos masacráis sin motivo alguno con la excusa de "todos los demonios son iguales". —Cuando llegó James Carstairs nos alegramos, porque él nunca ha sido una amenaza para nosotros y es lo más humano que puedes encontrarte entre ellos.
Pero cuando se dedicó a protegerte ya fue maravilloso. Con la protección de Jem y si yo seguía vigilando para que no te sucediese nada, tú podrías llegar a convertirte en un Puro, un Hermano Silencioso.
Temblé solo de oír ese título. Los Hermanos Silenciosos son monstruos, por mucho que se afanen en decir lo contrario.
—¿Pretendéis hacerle daño a Magnus? —Me volví hacia Alec, incapaz de creer el tono de voz tan siniestro que había utilizado. La mirada que le estaba echando a Sebastian era completamente demoníaca. Y eso, en lugar de asustarme, me hizo desearle más.
—Al principio pensamos en ello, sí; pero cuando vimos que él tampoco tenía intención de Convertirte… No dijimos nada a su Consejo, por supuesto. —Sebastian se acercó hasta Alexander, cogiendo sus manos entre las de él. —No tienes ni idea de lo grande que es esto, Alec. Hay dos demonios cuya naturaleza les obliga a tomarte pero que se niegan a hacerlo. Por ti.
—Porque se preocupan por mí.
—Porque quieren sacar algo, obviamente. El caso es que de momento nos ha servido de gran ayuda. —Alec seguía mirándole con desconfianza, pero ya no había odio en sus ojos. —¿Me avisarás si algo sucede? Yo te protegeré. Mis sentimientos por ti son reales, Alec. Él nunca podrá amarte.
¿Quieres jugarte algo?
..
—¿De dónde has sacada una estela? —Me preguntó emocionado mientras daba vueltas al artilugio entre los dedos, tan inocente como un niño pequeño. No es la primera vez que lo veo juguetear de ese modo con uno de esos artefactos.
Tuve que contener mi infantil alegría para que Alexander no notase nada raro en el apacible rostro de James.
—La encontré. —Sí, la encontré en la taquilla de tu amigo Siegmund. Pobrecito, qué lástima me da por la bronca que le van a echar. —Hoy vamos a usar una estela auténtica para que sientas su poder ¿crees que podrás formar un portal?
..
La presencia de aquel íncubo en un bar de Nueva York me tomó por sorpresa, pero no desprevenido. De inmediato fui en busca de James y le indiqué que fuésemos al ático de los Lightwood, donde yo sabía que Magnus2 intentaría esconder a Alec para protegerle.
El otro Magnus hizo exactamente lo que yo hubiese hecho y se lanzó de cabeza al peligro con tal de intentar proteger a quien amaba. James, por su parte, fue tan amable de dejarme su cuerpo para darle el último empujón a mi pequeño.
—Alec. —Lo llamo. Mira en su dirección e inmediatamente su vista se desvía hacia Magnus2, lo que hace que mi corazón se hinche de amor. — Sus heridas físicas ya están del todo sanadas, lo que ahora necesita es reponer la fuerza que ha gastado.
—Tengo miedo. —Parece vulnerable, perdido. Sin embargo hay fuerza latente en su interior que sé que lo guiará a hacer lo necesario.
—Si alguien puedes eres tú. Harás lo que tengas que hacer, lo sé. —Sus ojos viajan hasta una fotografía de todos ellos reunidos. Sé que tiene miedo de perderlos, pero no lo hará. Con su sangre nefilim podrá ponerse él mismo la runa y así impedirá todos los efectos secundarios que yo mismo provoqué por mi impaciencia a la hora de tenerle y que el otro yo ha estado tratando de evitar. —Puedes hacerlo. —Le repito una última vez antes de dejar libre la mente de James y permitir que él se marche, algo aturdido, como siempre que vuelve en sí.
Desde mi incorpóreo cuerpo miro al Magnus debilitado tendido sobre la cama. Soy yo, soy yo y estoy muriendo. Y estoy débil.
Es ahora o nunca.
A
(After)
Repentinamente el pelinegro se quedó quieto, mirándome con una mezcla de miedo y adoración que hizo enternecer mi corazón. Esos ojos que pensé que jamás volverían a pertenecerme solo a mí seguían mirándome como siempre, sinceros y transparentes. El corazón me latía a mil por hora pensando en todas las posibilidades que esto conllevaría.
¿Pero cómo exactamente se había llegado a esto?
—Mi niño, —Pronuncié. Incluso a mí me sorprendió el amor que destilaban mis palabras. Alec ronroneó como un gatito. — ¿qué has hecho?
Un intenso escalofrío recorrió mi columna. Un recuerdo medio olvidado. Alec preguntándome sobre los Sellos.
Desabotoné su camisa con brusquedad hasta poder tener una vista perfecta de su pecho. Un Sello, una Marca de los nefilim creada para la utilización exclusiva de los demonios de nuestra raza, destacaba negra como la tinta sobre su pálida piel. Durante unos segundos olvidé cómo respirar.
—¿Cómo? —Le pregunté, temeroso.
Podía sentir el poder de Alec, los cambios su aura. Era un íncubo, lo sentía. Pero los íncubos no pueden llevar Sellos, solo hacerlos sobre los humanos.
Alec me sonrió cálidamente, haciendo que la lujuria desapareciese completamente de su rostro por unos instantes.
—Tú me diste la clave. —Dijo mientras tomaba una de mis manos entre las suyas y la guiaba hasta su rostro. Acaricié su tersa piel, gozando del tacto. —Mi sangre nefilim.
Tessa me dijo que Alexander descendía de una larga estirpe de cazadores de sombras que se había echado a perder hacía tres generaciones. Obviamente yo se lo comenté a Alexander como un dato sin importancia, como curiosidad. No sé qué tiene eso que ver con nada.
—No lo entiendo.
Alexander seguía sentado sobre mi regazo, mirándome con indecisión.
—¿A quién pertenece el Sello? —Es el demonio quien lo pone en la piel del humano al que quiere reclamar, no al contrario. Esto es completamente nuevo para mí. —¿Quién te ha marcado? ¿A quién perteneces?
Otro retazo de memoria: Alec presionando una estela contra su pecho mientras yo yacía sobre su cama, moribundo. Esta vez perdí la capacidad de respirar completamente.
No puede ser. Es imposible. Los demonios no podemos llevar marcas del Ángel ya que-… no tenemos su sangre. Esa runa se hizo para los humanos, y Alec era humano cuando se la hizo. Pudo hacerla por su sangre.
La realidad me golpeó como un mazo.
—A ti. —Respondió, aunque yo ya lo sabía.
Era obvio, pero igualmente escucharlo de sus labios lo hizo más real. Es mío. Mi íncubo, mi Alexander. Mío.
Poco a poco él acercó su rostro, de modo que pude ir sintiendo su aliento en las mejillas con cada vez más intensidad. El corazón me latía de forma desesperada mientras el abanico de posibilidades se abría ante mí.
—No te has alimentado todavía. —Afirmé.
Su cuerpo rezumaba lujuria y necesidad al mismo tiempo que debilidad. Si el Sello marca que me pertenece solo podrá estar conmigo, alimentarse de mi energía. Si yo me alimento de la suya, ¿será una especie de círculo cerrado? ¿Yo le pasaré mi energía vital al mismo tiempo que él me pasa la suya? ¿Eso es siquiera posible?
—Necesito sexo. —Dijo, haciéndome perder el hilo de mis pensamientos.
Era la segunda vez en la última hora que esas palabras abandonaban sus labios. Ahora las escuchaba como una bendición, no como una dolorosa condena.
Al fin volví a sentir sus labios contra los míos. Él me besó, moviendo seductoramente su boca contra la mía, dejándome sin aliento y obligándome a abrir la cavidad. Alexander aprovechó el momento para colar su maravillosa lengua, jugueteando.
Envolví mis brazos alrededor de su cintura, atrayéndolo más contra mi cuerpo. Acto seguido me eché de espaldas hasta acabar tendido en el colchón con él sobre mí e inmediatamente nos volteé hasta invertir posiciones. Alec se dejó manejar mansamente, sin abandonar mi boca en ningún momento. Mi cuerpo temblaba por la anticipación y el deseo.
Por fin. Por fin.
Finalmente dejé que todos y cada uno de mis miedos se esfumasen y me centré completamente en el ser que tenía debajo de mí. Alec pareció percibir mi aceptación, ya que su suave beso comenzó a tornarse más agresivo. La lengua de mi ya-no-tan-humano abandonó su boca, internándose en la mía y recorriéndola al completo, haciéndome derretir de placer. Flexioné mis brazos, cada uno situado a cada lado de su rostro, para permitirle mayor acceso y, dicho sea de paso, más contacto entre nuestros cuerpos y más placer para mí. Alec gimió dentro de mi boca cuando mi entrepierna se rozó con la suya sobre nuestras ropas. Más placer para ambos.
Muy a regañadientes dejé ir sus labios y me incorporé hasta apoyarme sobre mis rodillas, tirando del suéter sobre mi cabeza para comenzar a desvestirme. Alexander sollozó ante la pérdida y segundos después me sentí completamente desnudo. Ambos estábamos completamente desnudos. Mi bebé está desesperado.
—Tendré que enseñarte a controlar tu magia, amor. —Volví de nuevo a mi postura anterior, poco a poco. Sus ojos me miraban fijamente, sin desviarse en ningún momento. Sentirme el centro de su mundo es jodidamente caliente. —No será bueno que hagas cosas así cuando estemos frente a los humanos.
—No quería esperar. —Su voz ronca de nuevo. Esa voz que me informa de que me desea. Solo a mí.
Repentinamente sentí algo tirar de mí, una lucecita en mi cerebro encendiéndose y emitiendo destellos de advertencia. Miré a Alec con más detenimiento y corté intencionadamente todo el contacto entre nuestros cuerpos. Alec volvió a sollozar, y en esta ocasión sí vi su carita desesperada mirándome con anhelo. Aquello que tiraba de mí se hizo más fuerte. Ahora entiendo lo que él decía. No pude evitar reír ante el cambio de roles. Ahora es mi cuerpo el que siente la necesidad del suyo de alimentarse.
Cerré los ojos y solté un largo gemido, completamente complacido. Alec es mío. Antes, debido a que él decidió hacerse responsable del contrato de Invocación, yo solo podía alimentarme de él. Ahora eso es mutuo. Imágenes de todas y cada una de las fantasías que había tenido a lo largo de los interminables meses de sequía sexual a su lado llegaron a mi cabeza y me hicieron la boca agua. Ni tan siquiera sabía por dónde empezar a disfrutar de mi propia fantasía hecha carne. Mi paciencia había sido recompensada con creces. Debe ser un sueño. Esto es demasiado perfecto para ser real.
—Magnus. —Rogó él. —Por favor.
Sonreí con suficiencia antes de volver a atacar sus labios. Alec enroscó sus brazos alrededor de mi cuello y tiró de mí sin delicadeza alguna. Los besos de Alexander eran abrasadores y excitantes, pero había algo que los manchaba y hacía que toda la situación perdiese parte de su encanto. Tuve que volver a separarme de él para intentar arreglarlo.
—Alec. —Esta vez no se quejó. Cerró los ojos con fuerza y llevó sus piernas a la altura de su pecho, enroscándose como un enorme, precioso y sexy bicho bola. Tengo que dejar de compararle con bichos. —Necesito que te tranquilices.
No tuve la necesidad de explicar nada. Cuando volvió a abrir los ojos noté el reconocimiento en ellos. Alec comenzó a respirar pausadamente, intentando relajar su cuerpo.
—No quiero que nuestra primera vez sea obra de la lujuria demoníaca de nuestra raza. —Y eso va por ambos, le recalqué a la parte de mi cerebro que se desviaba hacia el perfecto culo que él había dejado completamente expuesto y a mi merced.
—Esta no es nuestra primera vez. —Parecía más tranquilo.
Me sonrió con dulzura mientras me tendía la mano. Tiré de él hasta incorporarle, sin apartar mis ojos de los suyos ni un instante.
—Recuerdo el placer, Alexander. Sin embargo también recuerdo el dolor de saber que nunca más podría tenerte entre mis brazos empañándolo todo. —Bajé mi rostro hasta su cuello e inspiré con fuerza, llenándome los pulmones del nuevo aroma. Delicioso. —Tuviste una desastrosa primera vez como humano. No permitiré que tu primera vez como demonio sea igual.
Alec soltó una risita encantada. Podía sentir perfectamente que seguía teniendo necesidad de alimentarse, pero él luchaba con todas sus fuerzas para mantenerse a raya y no dejar que eso lo dominase. No podría estar más orgulloso.
—Confío en ti.
Recorrí una cicatriz de su pecho con adoración.
—Voy a hacer que te deshagas de placer por mí, cintaku.
..
—¿Te parecen feas? —Me pregunta con la voz todavía cansada.
Yo sigo recorriendo las cicatrices de su pecho con deleite, disfrutando de los suspiros de placer que escapan de sus labios cuando mi piel roza la suya. Me pregunto si, ahora que está tan sensible y necesitado, podré hacer que se corra simplemente con mis caricias. Luego me aseguraré de comprobarlo.
—Son horribles. —Se apresura a confirmar él mismo, alzando el brazo y mirando las que recorren el mismo. —Tú tienes esos preciosos ojos, y la falta de ombligo te hace interesante, misterioso. —Mmm… ¿Misterioso? "Magnus el magnífico misterioso". Me gusta. Debo buscar más adjetivos con "M". —Yo tengo cicatrices que me hacen parecer el monstruo de Frankenstein
—Las cicatrices son sexys. —Afirmé. Y para demostrárselo bajé hasta su cintura y lamí una cicatriz ubicada deliciosamente cerca de su ingle que me había estado llamando a gritos desde el principio.
Alec gimió, pero no desvió su concentración en lo que hablábamos. Que siga manteniéndose como siempre no hace más que excitarme dolorosamente. Parece que al que acaben de Convertir fuese a mí y no a él.
—Algunas cicatrices de peleas pueden ser sexys. Tener el cuerpo lleno de ellas no lo es.
Suspiré dramáticamente, derrotado. Me incorporé hasta quedar sentado sobre el colchón y lo admiré desde arriba. El dolor de mi entrepierna comenzó a volverse una tortura mientras repasaba cada parte de su cuerpo con la mirada.
—Nunca me había parado a considerar las cicatrices de los nefilims. Forman parte de ellos, y ellos son unos estirados y unos elitistas con los que no me mezclaría por nada del mundo. Pero tú… —Acaricié con un dedo la misma cicatriz que acababa de lamer, quedándome con parte de mi saliva impregnada. Nunca me había dado cuenta de que soy bastante baboso. — Creo que no hay nada mejor que pudiese haber elegido para ti.
Y no lo dije solo para tranquilizarle. Por nada del mundo hubiese deseado que sus pupilas cambiasen como las mías o que sus iris se volviesen tan brillantes como los de Camille. Ni de lejos desearía que hubiese perdido ese ombligo con el que me encanta torturarle, fingiendo penetraciones con mi lengua, haciéndole rogar para que hiciese eso mismo en otra zona mucho más placentera de su cuerpo. He visto a súcubos con uñas de oro puro y a íncubos con orejas y cola de gato. Incluso sé de la existencia de un íncubo al que se le duplicó el miembro, literalmente, no en tamaño. Durante mucho tiempo me pregunté cómo conseguiría atraer a un humano con algo así y que no saliese despavorido. Por cambios anatómicos de ese tipo supongo que es tan necesario para nosotros poder "convencer" a los humanos de tener sexo cuando queramos.
Volví a recorrer el perfecto cuerpo desnudo sin perderme un solo detalle. Las cicatrices lo hacían sexy, deseable. Y no solo eso, sino que eran un recuerdo tangible de su sangre nefilim; de esa sangre que nos había otorgado seguir juntos al permitirle hacerse el Sello de posesión. Ronroneé ante aquel pensamiento. Él se hizo un Sello para pertenecerme a mí.
—Amo esas cicatrices. —Me incliné sobre su cuerpo agotado, besando sus labios dulcemente, tratando de ser lo más tranquilo posible para no volver a excitarle. —Te amo, Alexander.
Sus adormilados ojos brillaron y de nuevo pude ver cómo intentaba esconder una enorme sonrisa. No era la primera vez desde que lo encontré esta mañana en el parque que le decía lo que sentía, y tampoco era la primera vez que él intentaba fingir que no le importa. Sé que es por mí, porque sabe lo que me cuesta decir esas dos palabras y no quiere asustarme haciendo o diciendo algo que pudiese ponerme más incómodo. Lamentablemente ahora entiendo cómo se sintió él todo este tiempo. Cuando le digo "te amo" y él no me responde mi corazón se oprime y tengo ganas de gritarle y forzarle a decir que él también lo hace.
Para cuando me quiero dar cuenta sus ojos ya están cerrados y sus suaves ronquidos acompasados son el único sonido que llega a mis oídos.
Dios, "amor" es una palabra demasiado pequeña para abarcar lo que siento por el ser que tengo a mi lado. No puedo hacer más que taparme la boca cuando siento que un grito de júbilo pugna por salir de ella. Le amo y estamos juntos. Estamos juntos y ya no tenemos nada que temer. Salvo al Consejo, claro. El Sello de Alec y lo que va involucrado sobre la forma en la que se lo ha hecho…
Necesito hablar con James.
Me vestí con un batín que hacía meses que no veía (y que, dicho sea de paso, tendría que tirar de inmediato por estar pasado de moda) y me dirigí a la planta inferior, donde estaba colocado el único teléfono que mantenía como recurso de emergencia para contactar con Ragnor.
Mientras marcaba el teléfono de la casa de William (que no sé por qué me sé de memoria) mi mente, una vez alejada de Alexander, comenzó a pensar con claridad y la ira se fue apoderando de mí. Tanto el uno como el otro sabían que podían hacer esto en cualquier momento, ¿y me lo habían ocultado?
—¿Desde cuándo sabíais esto? ¿Desde cuándo me lo habéis ocultado? — Le grité enfurecido a través del teléfono en cuanto él descolgó. —¿Tienes idea de por lo que he pasado estos meses? ¿A esto es a lo que estabais jugando cuando os ibais a solas?
Demasiadas preguntas cuya respuesta ya conocía. Sola hay una importante, una que todavía no he formulado.
—Magnus. —Me llamó una voz desde mi espalda. —Basta.
Demasiado tarde me percaté de que la persona al otro lado del teléfono no era James, sino su humano, que se dedicó a soltarme una innumerable retahíla de insultos. Colgué el teléfono de inmediato.
Me di la vuelta para encarar a James, que se encontraba de pie y con cara de estar realmente agotado.
—¿Ha funcionado? —Preguntó. —¿Él te pertenece ahora?
Asentí, demasiado molesto como para hablarle sin gritar.
James parece aliviado, mirándome con… no sé ni cómo me está mirando. Está poniendo una cara muy extraña.
—¿Qué se supone que te pasa? —Le espeté.
James no me contestó. Se acercó a mí con paso vacilante y colocó su mano en mi mejilla. Si no se la aparté de un manotazo fue porque estaba demasiado sorprendido como para hacerlo.
—Todavía no has recordado. —Recuperado de la impresión, aparté su mano de mi rostro de mala manera.
¿Recordar qué?
..
Mi primera semana como íncubo es un borrón en mi memoria, algo parecido a los recuerdos de una noche de borrachera. Recuerdo la necesidad, los cuerpos desnudos y el placer, pero no hay nada preciso en mi mente. Estaba desquiciado, pero Alec parece seguir siendo demasiado… humano. ¿Puede eso ser un efecto secundario? No entiendo nada y entiendo todo al mismo tiempo, y eso me pone furioso.
Alec se apartó hacia un lado para hablar con James entre cuchicheos, dándole cortas y concisas explicaciones. Cuando el íncubo me dedicó un gesto de despedida y se esfumó, Alexander volvió su vista a mí y yo por fin pude respirar tranquilo. La furia que había estado sintiendo durante mi conversación con el peliblando y su posterior jugueteo en el interior de mi cabeza desapareció para dar paso al agradecimiento. El mismo agradecimiento que llevo sintiendo desde que en Central Park me había percatado de que él y yo no somos como el resto, de que él puede seguir a mi lado. Aunque eso no quita que siga tremendamente molesto y confundido. Con todo.
—¿Por qué? —Pregunté tras un rato de silencio. No sé a qué me refiero y dejo que él escoja la respuesta. "¿Por qué?" es una pregunta tan corta y al mismo tiempo abarca tanto…
Sus dedos acarician mi pecho desnudo y es entonces cuando me doy cuenta de que está intentando contenerlo. Sus manos tiemblan mientras me toca, con anticipación ante lo que podría ocurrir. La determinación en sus ojos, sin embargo, estaba decidida a aplacar ese leve rastro de lujuria que luchaba en su interior por dominarle por completo. En cualquier otro momento le hubiese dicho que dejase de luchar, que se entregase al placer. Pero ahora que le conozco por partida doble sé que no es la lujuria lo que le aterra, sino perderse a sí mismo. Le agarro gentilmente de las muñecas, llevándolas a los labios para besar los dorsos de ambas manos.
—¿Por qué? —Repito.
—Había una mínima posibilidad de que no saliese bien. —Cree que me refería a por qué no había decidido hacerse el Sello antes.
Ha elegido contestar algo que yo ya conozco, pero que no debería conocer. Sin embargo no le interrumpo. Me gusta cuando se abre a mí, cuando no trata de ocultarme nada.
Ni tan siquiera me hace falta mirarle de manera diferente para que él se percate de que esa no es la respuesta real. Ambos sabemos que no puede mentirme. Él es demasiado dulce para eso, incluso ahora.
—Tenía miedo.
Y ahora sí dice la verdad al completo.
—¿De que saliese mal? —Sus ojos evitan los míos, fijándose en el polvoriento lugar que pronto abandonaré para siempre. —¿De qué, Alec?
—De que te cansases de mí. —Mi mirada mortificante fue más que suficiente para hacerle enrojecer y que comenzase a balbucear explicaciones. —No… Verás… Sé que no te cansarás de mí ahora, pero… Jem me lo dijo y… Si eso ocurriese yo…
—Alexander, tranquilízate. —Me incliné sobre él para besarle, todavía sin soltar sus manos. —Comunicación, ¿recuerdas?
Aunque no fue él el que me exigió comunicación. No exactamente.
—¿Pero sabes qué es lo que realmente me molesta? Que no me comentases nada de esto. Y de muchas otras cosas en general.
—Lo cierto es que sí fue culpa tuya. Debiste contarme lo que sucedía hace mucho tiempo. Si yo hubiese conocido todos los riesgos o hubiese estado preparado quizá hubiese podido evitar que las cosas llegasen tan lejos.
—Me prometiste que no me ocultarías nada más.
Trato de serenarme inspirando y exhalando pausadamente, intentando centrarme en la conversación que sí estamos manteniendo ahora.
Él al fin dejó de evitarme y volvió a clavar sus zafiros en mí. De nuevo pude ver esa lucha interna a través de ellos, cómo su parte racional luchaba por seguir mirándome a los ojos mientras que su necesidad de alimentarse le dictaba que su vista se desviase al resto de mi cuerpo. Es increíble lo orgulloso que puede hacerme sentir cosas que él hace inconscientemente.
—Solo puedo alimentarme de ti. —Dice rápidamente, del tirón. ¿Y dónde está el problema? —No, no lo entiendes. —Responde ante la descarada sonrisa de complacencia que se ha apoderado de mi rostro. —Solo-puedo-alimentarme-de-ti.
Me costó entender a qué se refería, ya que ni mi otro yo lo sabía. El Sello que ahora adorna su pecho lo marca como mío, pero, pese a que es algo sumamente extraño porque los demonios se encargan de tenerlos completamente obnubilados, ha habido casos en los que los humanos han decidido alejarse y eso han hecho. El pacto acordado con los nefilims era que si el humano no estaba conforme siempre podría irse, huyendo del súcubo o íncubo que lo había reclamado como suyo. Quizá tardé demasiado en percatarme de que Alexander ahora no es humano, y de que tampoco fui yo quien le puso el Sello.
—¿Sabes qué es lo que implica? —Inmediatamente la respuesta llega a mi cabeza. Claro, yo sí lo sé.
—Jem no lo sabía con seguridad, —Me mordí la lengua para no decirle que Jem en realidad no sabe nada, que todo es cosa mía. En su lugar dejé que siguiese desahogándose. —ya que nunca había sucedido. Estuvimos trabajando con hipótesis basadas en leyendas y suposiciones acordes a vuestras leyes y, dado que parece ser que estábamos en lo correcto en todo lo demás…
Alec no es humano, por lo que es su propia lujuria, y no la mía, la que lo mantiene atado a mí. Tampoco fui yo quien colocó el Sello, y éste solo puede ser removido por la contraparte de la pareja. Yo no soy humano, por lo que no puedo retirarlo, y, al no haber estado de acuerdo con esto a la hora de hacerlo, tampoco tengo ninguna necesidad de cumplir con las condiciones del mismo. Cuando un humano queda marcado como propiedad de uno de los míos solo puede tener sexo con él, pero el demonio podrá seguir acostándose con cuantos humanos deseé, tal y como sucedió cuando fui yo quien marcó a Alec. Espera. Como humano, a Alexander aquello no le supuso ningún daño físico, solo emocional. Ahora él no puede alimentarse de otro que no sea yo, ¿no es cierto? Si yo decidiese alejarme de él…
—No voy a marcharme, Alec. Y tampoco pienso alimentarme de otros, no de nuevo. —Del mismo modo que yo sentí dolor cuando Mark o el estúpido Taylor tocaron a Alec, ahora será él quien sufra. Nunca permitiré eso.
—¿De nuevo? —Pregunta con un hilo de voz. —¿Mientras yo dormía has…?
Mierda.
—No, no. A lo que me refería es a que no debes preocuparte por estupideces. Ni me he ido ni me iré, Alec. Es una auténtica gilipollez que tenga que decirte esto cuando debería estar más que claro. Te amo, Alec.
Él me miró con timidez y mi corazón latió con fuerza.
Las escaleras se hacían interminables mientras seguíamos bajando piso tras piso. Desde el principio supe que algo se cocía cuando fue Camille quien acudió a avisarme, pero nunca pensé que llegasen tan lejos como para hacer algo así frente a mis narices. Los demonios inferiores debemos obedecer las órdenes de los miembros del Consejo pase lo que pase, se supone. Yo ya me he cansado de esto.
Mientras me sigo internando por innumerables pasillos con Catarina como fiel escudera no puedo evitar pensar en que sé perfectamente con lo que me encontraré cuando llegue a la sala donde lo mantenían cautivo. Pero igualmente corro, porque necesito verlo con mis propios ojos; necesito verle una vez más.
Los cadáveres que hay esparcidos por la sala me desconciertan, aunque no tanto como comprobar que uno de ellos es Camille.
Cuando veo a mi pequeño agazapado en una esquina no puedo evitar sonreír, porque le he encontrado.
—Magnus. —Intenta devolverme a la realidad Catarina.
La ignoro deliberadamente y me acuclillo frente a él, acariciando su cabello apelmazado por restos de sangre.
—Te amo. —Le digo, a sabiendas de que no puedo escucharme. Él ya no me escuchará. —Te amo.
Tomo su rostro entre mis manos y me aseguro abarcar todo espacio de piel posible, obligándome a volver a mi presente y a comprobar que él está vivo. Que lo he conseguido. Estamos juntos, y estamos bien.
—Te amo. —Escucho las palabras que nunca pensé volver a oír de sus labios.
Me lo arrebataron una vez. Ellos.
Me he cansado de dejarme gobernar por seres que serían capaces de arrebatarme lo que más amo solo por diversión. Eso se acabó.
..
Ella fue la primera.
No es más que un aburrido juego de niños. Recuerdo lo que sentí al enfrentarme a Camille y ser tan vulnerable ante su poder cuando se llevaron a Alexander, y recuerdo las dificultades que pasé para matar a aquel joven íncubo del Pandemonium. Lo que no recuerdo es haberme sentido nunca tan vivo.
Mientras paseo por los pasillos llenos de cuerpos sin vida y me dedico a seguir buscando por si ha habido algún superviviente al que matar a continuación sigo asombrándome del enorme poder que ahora recorre mi cuerpo gracias a Alexander. Nadie volverá a tocarle, no pasaré por lo mismo otra vez. Voy dejando mis huellas manchadas de sangre demoníaca por las blancas paredes de su sede mientras tarareo a mi propio ritmo "Te Show Must Go On", dispuesto a destruir hasta la última pizca de vida de este lugar.
..
Cuando llego a casa me quedo durante varios minutos parado en el umbral de la puerta principal, pensando. Ahora que me he cargado a todos los demonios que nos gobernaban ¿qué hará mi raza? Si por mí fuese Jem se encargaría de todo él solo, pues ha demostrado enormemente que es capaz de velar tanto por la seguridad de nuestra raza como la de los humanos. Tendré que hablar con él. Aunque ya de buenas a primeras sé que no querrá hacerlo si está solo; habrá que reunir un nuevo grupo de dirigentes.
Loa ruidos provenientes del dormitorio distrajeron mis pensamientos en cuanto abrí y di un paso hacia el interior. Ya habría tiempo de pensar en qué hacer con la sustitución del Consejo.
Me quito la chaqueta manchada, dejándola caer al suelo de cualquier manera. Había pensado en enmarcar la ensangrentada prenda y ponerla de decoración en el salón, pero repentinamente un trofeo por mis hazañas ya no me parece tan importante. Tengo mi propio trofeo esperando por mí.
La habitación está prácticamente a oscuras, tal y como yo la dejé. Ahora que sus ojos se están adaptando a su nueva visión amplificada y mejorada lo último que necesita es cegarse con la luz o distraerse con las cosas que suceden fuera.
—Alec. —Lo llamo. Hace mucho que no lo llamo con aquel estúpido apodo, y ahora la simple idea de llamarlo así es mucho más ridícula. Él ya no es una simple criatura mortal. Necesito un nuevo apodo. "Gatito en celo" llega a mi mente y debo contener una carcajada. Eso es precisamente lo que él parece ahora. —Alec. —Repito.
Su cuerpo, desnudo y perlado de sudor, es recorrido por pequeños espasmos que lo hacen retorcerse entre las sábanas de mi cama, donde nunca pensé volver a tenerle. Mientras me acerco lentamente hasta él noto cómo sus ojos entrecerrados me miran con furia. Dada su nula respuesta a mis llamadas creí que era incapaz de escucharme por su estado; pero soy yo, y es imposible que ahora él no se percate de mi presencia. O bien me está ignorando o bien está tan absorto en soltar esos gemidos tan encantadores que no puede usar su preciosa boquita para otra cosa. Aunque eso último sería un problema teniendo en cuenta el deseo que está haciéndome perder la razón.
—Se me ha hecho tarde, perdóname. —Sus ojos se abren por completo, mostrándome con total claridad sus emociones. Sus ganas de matarme son claramente perceptibles ahora. Podría resultarme amenazador si no fuese porque sigue gimiendo mientras se restriega contra el colchón.
—Te odio. —Logra articular. Continúa gimiendo, e incluso él parece darse cuenta de que sus palabras lo único que logran transmitir es deseo.
En el estado debilitado en el que se encuentra no me resulta complicado tirar de él hacia mí cuando me siento al borde de la cama. El ruidito que hace, mitad grito de felicidad y mitad gemido, justo antes de rozar mi erección con sus labios casi hace que termine en ese mismo instante. Afortunadamente ochocientos años de práctica me han servido para algo.
—Lo siento. —Gimo. Su bendita boca sigue engulléndome, llevándome hasta el borde de la locura. —Lo siento. —Repito.
Sus ojos cargados de reproches siguen clavados en mí. Sé que esto no es fácil para él, sé lo mal que lo está pasando al sentir esa necesidad aplastante de sexo cada hora que pasa; pero no podía dejar que el Consejo se saliese con la suya, no después de lo que le hicieron. Aunque pensándolo bien tendría que estarles agradecido por haber llegado a esto. Demasiado tarde, supongo.
Su aliento me hacía cosquillas en el cuello mientras él seguía con la nariz enterrada en mi cabello, oliéndolo mientras deja que yo lo masturbe. Me pregunto si cuando toda esta cosa de que mi cuerpo se esté acostumbrando a su nueva condición y mi mente no esté constantemente pensando en el sexo veré su manía de olisquearme como lo que es: algo absoluta y aterradoramente raro y obsesivo.
—¿Te gusta mi olor? —Le pregunto, complacido. Mi voz suena ronca incluso a mis oídos, y no puedo evitar preguntarme si se deberá a mi excitación o a que llevo días sin salir del dormitorio en los que prácticamente no he dejado de gemir.
Magnus gruñe como respuesta, apretando más su cuerpo contra mi espalda. Embelesado por la idea de que mi aroma siga pareciéndole delicioso ahora que ya no es mi condición de Candidato lo que obnubila sus sentidos, aumento la velocidad de los movimientos de mi mano, deseoso de complacerle del mismo modo que él lleva complaciéndome a mí todos estos días.
Su cuerpo cae rendido sobre mí cuando acaba, respirando pesadamente. Todavía no me siento completamente saciado, pero me niego a decirle nada. No se trata de timidez o vergüenza, y tampoco de orgullo; simplemente me resulta molesto tener que alimentarme de él así. El sexo debe de ser algo que se haga por placer, no por obligación de ningún tipo. Es como si ahora repentinamente Simon tuviese que alimentarse jugando a la Xbox, o Jace peleándose por cualquier idiotez, o Will mirándose al espejo. Es raro. Ruego para que el momento en el que solo necesite alimentarme cada varios días llegue pronto.
—Hace unos meses me dijiste que hacer eso era asqueroso. —Murmura contra mi nuca con voz divertida.
No puedo evitar sentir una profunda vergüenza al centrar mi mente y darme cuenta de que he estado lamiendo la mano que está manchada con su semen. No es como si no lo hubiese tragado antes, ni mucho menos, pero hacer algo así de forma inconsciente, como si me estuviese tomando un pastelillo después del almuerzo… Esto no hace más que empeorar el sentimiento que oprime mi pecho.
—Era una broma, Alexander. Es encantador verte tragar mis fluidos. —Mi expresión debió de ser lo suficientemente esclarecedora sobre lo que pensaba, porque en seguida cambió de tema para ahorrarme más vergüenza. Tierno. —Tengo un regalo para ti.
—¿Un regalo?
Me volteo entre sus brazos hasta que quedamos frente a frente. Magnus me mira con el rostro lleno de preocupación, algo que no debería estar sintiendo si lo que quisiera es hacerme un regalo normal.
—Sí. Pero antes necesito que tú también recuerdes, Alec. —¿Recordar? —Sé que esto va a sonarte raro, pero necesito que me creas y que trates de asimilarlo lo más rápidamente posible, porque me está matando no poder compartirlo contigo.
Asentí suavemente, tratando de demostrarle que estoy a su lado. Total, igualmente creí que llegados a este punto nada de lo que él me dijese podría parecerme más surrealista que todo por lo que habíamos pasado.
Me equivoqué.
..
—¿Recuerdas esto?
—Más bien creo que tú recuerdas esto. —Le respondí.
Miré a nuestro alrededor, complacido por la casa. Ya la escogí una vez, creo. O la escogeré, tal vez. Todo esto es…
—Alec, —Escuché su voz desde dentro del estudio. — ven a ver la sorpresa que te he traído.
¿Otra más? Creí que una casa en Londres que ya fue mía pero no lo fue porque aún no ha pasado o no debería haber pasado sería más que suficiente por unos años.
El estudio seguía tan pequeño e iluminado como siempre, lo que no hizo más que asustarme. Yo nunca he estado aquí; no debería saber cómo es este sitio. Una imagen viene a mi cabeza y se va tan rápido como ha llegado, haciéndome parpadear varias veces para tratar de comprender qué es real. Cuando finalmente me centro veo a Magnus en medio de una habitación vacía, con una cesta en sus manos. Sin embargo el recuerdo persiste, atormentándome. He visto el estudio decorado con colores brillantes, con mis libros de la universidad ordenados sobre un escritorio mientras cientos de revistas de moda y cocina estaban esparcidas por encima de la otra mesa. Magnus estaba acostado en el suelo, con la cabeza apoyada en mi regazo. He visto a ese Magnus desde mis ojos. No eran sus recuerdos, sino los míos. Supuestamente yo no debería poder recordar eso.
—¿Te encuentras bien? —Estoy tan ensimismado en lo que no tendría que haber visto que me pierdo lo que sí tendría que ver. Cuando repentinamente Magnus está frente a mí me sorprendo tanto que estoy a punto de dejar caer la cesta que debo suponer que él ha puesto en mis manos.
No, no estoy bien.
En lugar de contestarle bajo la mirada para que ni siquiera mis ojos puedan delatarme, fingiendo interés en… anda.
—¿Cómo se llama? —Pregunté mientras tomaba al diminuto gato con una mano y dejaba caer la cesta al suelo.
El minino se retorció entre mis brazos, ronroneando encantado. Se supone que esta es la primera vez que me ve, pero es como si me conociese de toda la vida. Supuestamente solo Magnus y yo recordamos lo que sucedió (O lo que no sucedió. O lo que pudo haber sucedido), ¿cierto?
—¿A ti qué te parece? —Lo miré sin comprender, con el ceño fruncido exageradamente, como siempre que él pretendía que yo pudiese leerle la mente o algo así. —"Presidente Miau", Alexander.
Miré al pequeño roedor felino, que ahora restregaba su diminuta cabeza contra mi pecho.
—Es un nombre horrible. —Demasiado raro y pretencioso. Demasiado Magnus.
—Lo escogiste tú.
Sí, eso se supone. Todo lo que puedo recordar sobre aquello es lo que Magnus recuerda, desde su perspectiva, y todo porque él me permitió acceder a esa parte de su mente para que ambos pudiésemos ser conscientes de ello. No puedo recordar qué narices se me pasó por la cabeza como para cometer tal crueldad al llamarle así. El tiempo de cautiverio y todo lo que ello conllevó sigue asustándome por razones evidentes, pero ahora tengo que añadirle la pérdida de neuronas que al parecer provocó.
—Técnicamente eso nunca sucedió. —Lo que es cierto. Al menos literalmente. Todavía espero que Magnus me diga que es una broma de mal gusto. —Ahora lo has escogido tú, la culpa es tuya.
Él me había ofrecido la opción de recordar, pero yo me negué categóricamente desde el principio. A través de sus recuerdos pude ver cómo acabó aquello y, pese a que todo lo que ha pasado él hasta llegar hasta aquí me enternece sobremanera, no me creo lo suficientemente preparado para sufrir lo que seguramente sufrí entonces. Me es suficiente con recordar el sobrecogedor sentimiento de dolor que embargaba a Magnus mientras él tomaba mi cuerpo sin vida entre sus brazos.
—¿Quieres que cancele nuestros planes con James y su mascota? Podemos hacer esto otro día.
—No, tranquilo. Estoy bien.
La mirada de Magnus me dejó bien claro que no se había creído ni una palabra, pero no insistió.
Necesito atar todos los cabos sueltos lo antes posible.
..
—Espera, ¿desde cuándo se supone que empezáis a contar? Los años, quiero decir.
James había traído a Will hasta Londres del mismo modo que antes Magnus me trasladaba a mí de un lugar a otro, mediante sus poderes raros de demonio. O creo que él hacía eso en aquel otro lugar cuando se cansaba del transporte público. Y no creo que esté bien seguir llamándoles de forma despectiva "demonio" como si yo mismo no lo fuese ahora.
En todo caso ambos nos habían ayudado a limpiar y acomodar de nuevo la casa. Lo más curioso es que Magnus se ha negado a aceptar mi oferta de, en esta ocasión, comprar muebles más "de su estilo". Él asegura que quiere su hogar tal y como era. Cuando le escucho hablar así me gustaría poder recordar a mí también, pues está claro que no todo fue horrible. Me gustaría tener mis propios recuerdos, sobre todo de los últimos días.
—Desde que comenzó nuestra nueva vida, por supuesto. Dejamos el pasado atrás y todo lo que ello conlleva, incluidos nuestros años como humanos. —Contestó Jem mientras mi íncubo seguía jugueteando animadamente con el gato al que antes odiaba. Tengo que acordarme de preguntarle cómo supo dónde encontrarlo esta vez.
—¿Me estás diciendo que ahora mismo, según vosotros, tengo cero años?
—Eres un precioso y babeante recién nacido, qué mono. —Se rió Will. Sigo sin saber por qué, de entre todos los humanos, Jem decidió quedarse junto a éste. Con lo calmado y pragmático que es el íncubo no sé cómo no se vuelve loco con la loca vitalidad de Will. O puede que sea precisamente eso lo que los una. —¿Tú también te alimentas de leche?
Acto seguido el muy imbécil se puso a reírse a carcajadas, llegando a faltarle incluso el aire y teniendo que doblarse por la risa. Jem se llevó la mano a la cara, cubriéndose el rostro por la vergüenza mientras murmuraba palabras de disculpa. Magnus seguía jugando con Presi, pero pude notar el atisbo de una sonrisa divertida en su rostro. Capullo.
—¿Cuántos años tienes tú, Jem? —Intenté volver a la conversación seria, entre adultos.
—Muchos. —Respondió misteriosamente. Repentinamente parecía muy interesado en las cortinas del salón (que él mismo había colocado).
—Es más viejo que la pirámide de Keops, seguro. —Intervino Magnus mientras se palmeaba las piernas, como queriendo invitarme a ir a su regazo ahora que el gato se había ido a merodear por ahí para conocer su nuevo hogar. —Tiene tantos años que ya ni se preocupa de contarlos, ¿a que sí?
Jem lo ignoró, del mismo modo que comenzó a ignorar los comentarios de Will sobre el hecho de que el peliblanco no había conocido lo que era realmente el buen sexo hasta que lo conoció a él. A veces admiro su cabeza hueca y su narcisismo. De vez en cuando me gustaría poder mostrar tanta seguridad en mí mismo como él.
—Ahora ni siquiera puedes contarte todavía como demonio; eres demasiado débil. —Eso es un cumplido, supongo. Imagina lo que pasará cuando mis retrógrados padres, a los que casi mato cuando les dije que era homosexual, se enteren de que soy un demonio. Espera, creo que según ellos yo ya lo era... —Poco a poco irás mejorando, con la edad. Solo los años podrán hacerte más fuerte, dado que lo de mantener relaciones con un Candidato, ser Invocado y acostarte con otros en general está fuera de tu alance. Como humano tenías sangre de ángel, y me temo que eso te hace más débil como demonio.
Pues mira tú que bien.
—No me interesa adquirir poder.
De reojo pude ver cómo Magnus sonreía, complacido, antes de tirar de mí en un abrazo.
—Eso fue justo lo que Magnus dijo cuando le estuve explicando lo que ahora te cuento a ti. —Sonrió Jem. Acto seguido añadió, más para sí mismo que para nosotros: —Y curiosamente ha acabado convertido en el más poderoso de nuestra raza.
Él me había explicado eso, al menos por encima.
Actualmente, con el rápido avance cultural de los humanos, cosas como las invocaciones y los sacrificios a demonios y dioses están prácticamente olvidados o relegados a alocados fanáticos o a idiotas aburridos como mis hermanos. Yo acepté cumplir con el pacto para poder liberar a mis seres queridos de él, y una vez que nos hubimos acostado ello le dio más poder. También sé que, debido a su fuerte apetito sexual, a los demonios como ell-… nosotros nos resulta extremadamente complicado aguantar cerca de un humano el tiempo suficiente como para lograr que se enamore. Magnus consiguió eso también. Luego tenemos lo de ser Candidato, que me vino de serie, al parecer. Ah, y lo de ser virgen. Al final va a resultar que la Iglesia Católica lleva razón y debes guardar tu pureza hasta que llegue la persona indicada, el matrimonio y demás (porque supongo que ahora que estoy unido a él de por vida mi Sello en el pecho podría considerarse como una alianza en el dedo). Me gustaría saber qué opinarían sobre que esa "persona" fuese un demonio ¿seguiría siendo correcto según sus arcaicos pensamientos?
—Creí que el demonio que te Convertía era el que tenía que explicarte las cosas. —Me arrepentí de mis palabras nada más decirlas. Odio lo tenso que se pone Magnus cuando la menciono a ella.
En esta ocasión fue totalmente diferente. A veces creo que su humor y sus acciones son tan variables solo para desquiciarme.
—Eso era demasiado mundano para Camille. A ella cualquier tarea le parecía demasiado sucia como para hacerla en persona. Una lástima saber cómo acabó. —Obviamente su voz "lástima" transmitía poca. Se regodeaba en lo que hizo hace tan solo unas horas.
No me siento cómodo con ello del mismo modo que tampoco puedo echárselo en cara. Sé lo que es la venganza, y sé que sea lo que sea lo que me pasó allí tuvo unas horribles consecuencias que lo dejaron muy trastornado. No me parece correcto lo que hizo, pero no puedo estar cien por cien seguro de que yo no hubiese hecho lo mismo si hubiese sido él el que acabó de aquella forma. Mi cuerpo sin vida siendo cargado en sus brazos es un recuerdo difícil de olvidar.
Otro fragmento de memoria se instauró en mi mente. Era mucho más breve que el resto y al mismo tiempo mucho más intenso, importante.
Una habitación casi completamente desnuda de muebles, con cadenas sujetas de las paredes de piedra negra como único elemento decorativo. Una mujer con esmeraldas como ojos que se acerca a mí con intención de herirme, aunque se me escapa el motivo por el que lo haría. Un arma blanca salida de la nada que yo dirijo hacia su corazón, clavándola en su carne hasta la empuñadura. La mujer parece sorprendida, y es esa expresión de desconcierto la que se queda perpetuamente en su rostro cuando le corto la cabeza.
Y rio.
Grito.
Me alejo de Magnus lo más rápido que puedo, asustado. En otro momento me hubiese preocupado hacer el ridículo, pero cuando en mi intento de huir caigo de culo del sofá no podría importarme menos. He matado a alguien, a una persona. Y disfruté de ello.
—Oh, por el Ángel. —Gimo mientras me llevo las manos a la cabeza.
No me hace falta alzar el rostro ni escuchar para saber quién es el que está inclinado sobre mí susurrándome palabras tranquilizadoras llenas de amor.
Necesito saberlo todo. Necesito saber lo que hice y por qué lo hice .Y, más importante aún: necesito saberlo por mí mismo.
—Está asustado. No sé si es la mejor condición para hacerle recuperar sus recuerdos.
Magnus me miró con rabia contenida.
—Él ha escogido. No pienso volver a tratarle como a un simple muñeco sin voluntad al que manejo a mi antojo sin dejarle decidir. Es bastante mayorcito como para tomar sus propias decisiones. —En eso lleva razón, al menos. —Ya ni siquiera es humano, James. Y a mí ni siquiera me diste la opción de escoger, por cierto.
Me impulsé lejos de la mesada donde había estado apoyado, encogiéndome de hombros.
—Alec me cae bien. —Le contesté. —Su bienestar emocional sí me preocupa. Tú ya no tienes arreglo.
Escuché sus balbuceos disconformes y sus quejas mientras ambos nos dirigíamos de nuevo hacia el salón, donde Alec estaba sentado sobre el sillón, todavía hecho un ovillo. Will lo miraba con preocupación e impotencia, sin saber qué hacer o decir para hacerle sentir mejor.
Acaricié sutilmente la mejilla de mi compañero para transmitirle serenidad antes de ponerme en cuclillas frente a Alec. El nuevo íncubo abrió los ojos y pareció relajarse un poco cuando me vio frente a él. Su relajación fue mucho más evidente cuando Magnus se acercó hasta nosotros y lo abrazo por la espalda.
—¿Estás listo? —Le pregunté.
No fue fácil darle mi consentimiento a Magnus cuando me pidió mi cuerpo para poder enseñar a Alec, y supuso un gran reto para mí cederle la confianza oportuna. No obstante, y pese a que todo fue orquestado por Magnus y es culpa suya, no puedo evitar sentirme algo culpable por la situación actual de Alexander. Nunca quise verlo convertido en uno de los nuestros, y mucho menos quise inmiscuirle en algo tan complicado como esto. Solo espero que Magnus sepa lo que está haciendo.
—Sí. —Respondió.
Suceda lo que suceda a partir de ahora será un asunto solo entre ellos dos.
Jem y Will se había marchado, dejándonos privacidad. Magnus no se había despegado de mí durante más de cinco minutos, asegurándose de estar cerca cuando yo lo necesitaba. Él había recordado todo de golpe, pero Jem tuvo la delicadeza de dejar que mis recuerdos no vividos volviesen a mi mente de forma lenta y ordenada, dejándome tiempo para procesarlos y adaptarme a ellos.
Los días en la dimensión de Magnus fueron un dolor de cabeza constante, porque me daban ganas de golpear al íncubo cada vez que recordaba las gilipolleces que había hecho. Por no hablar de los celos que me invadieron al recordar los primeros días, cuando él todavía se acostaba con otros humanos. Poco a poco las cosas fueron a mejor hasta llegar a una vida feliz que me encantaría poder volver a compartir con él.
Ahora es distinto.
Sentía el cuerpo tan entumecido que el dolor no era más que un eco mudo. Todavía continuaba sangrando por el profundo corte en el antebrazo y podría asegurar que las costillas que me habían roto a golpes estaban haciendo alguna travesura maliciosa perforando algún órgano o tejido interno. El resto de magulladuras y cortes me parecían incluso insignificantes. Todo me parecía insignificante salvo la falta de aire puro. No sé si todo el aire aquí está tan viciado o si están haciendo esto para desquiciarme. Si se trata del segundo caso lo están haciendo a la perfección. Necesito respirar.
Cuando leía sobre secuestros o cautiverios había algo que solía repetirse hasta la saciedad: nunca sabían cuánto llevaban encerrados, "el tiempo se hacía infinito, pareciendo incluso años". Cuando Magnus me mantuvo en su casa fue así los primeros días, más o menos. Nunca sentí que el tiempo se me hiciese eterno por la tortura, por lo menos hasta que empezaba a pensar en mi familia y los segundos se transformaban en horas de dolor.
Los demonios se encargan de decirme la hora y el día, añadiendo la innecesaria información sobre cuántos minutos y segundos hace desde que me trajeron aquí. Estoy seguro de que saben que no me importa el tiempo por mí, sino por él. El simple pensamiento de que él esté sufriendo me carcome las entrañas y me da ganas de hacerme un ovillo en cualquier esquina para ponerme a llorar como un bebé.
Llorar. A ellos les molesta mucho que no llore y prácticamente ni grite cuando me torturan. No es que no tenga ganas de hacerlo ni que crea que ello me convertirá en un ser más débil. Es cabezonería pura y dura al estilo Lightwood: no pienso rendirme y darles lo que desean.
—Cinco días, veintitrés horas, siete minutos y medio.
El súcubo que hace guardia junto a mi puerta es la más tranquila de todos los que han estado conmigo en los últimos días. No parece disfrutar teniéndome aquí, aunque tampoco parece estar disgustada por ello. Sigue unas normas que le han impuesto y las sigue a rajatabla. Estoy agradecido por ello. Camille y Jonathan son los peores. Ella no ataca física, sino mentalmente, metiendo ideas, dudas y temores en mi mente y haciéndolos crecer hasta dejarme al borde de la locura. Luego está Jonathan. Cuando él está aquí solo rezo con estar lo suficientemente fuerte como para ignorar el dolor que sé que vendrá.
Magnus apareció por la puerta del dormitorio con un bol de fresas y un bote de nata levitando a su lado. Su rostro sonriente desaparece en cuanto se centra en mí. No quiero ni saber qué tipo de expresión estoy mostrando.
—¿Ya has llegado hasta ahí? —Pregunta.
Asiento con la cabeza, sin saber muy bien qué otra cosa decir. Las fresas y la nata desaparecen mientras él se acerca a mí con pasos meditadamente tranquilos. No quiere asustarme más de lo que estoy.
El sonido y las sensaciones fantasmas de los latigazos al azotar mi piel se entremezclan con la mirada de sus ojos.
—Hubiese preferido que nunca recordases eso.
Una herida particularmente dolorosa sobre mi hombro hace que me muerda el labio con fuerza para no gritar. Tal y como hice en aquella ocasión.
—Alec, voy a detener esto.
—¡No! —Le imploro. Utilizo el agarre que él tiene en mis muñecas para atraerlo a mi cuerpo, colocándolo sobre mí. —Tengo que recordarlo todo. Por favor.
Magnus gruñe, pero no vuelve a interferir.
—Seis días, catorce horas, treinta y dos minutos y diez segundos.
Saben que Magnus ha averiguado que no han sido los cazadores de sombras los que me tienen. Les he escuchado discutiendo sobre ello esta mañana. Tienen miedo de que no sea solo él el que se rebele contra ellos, sino que avise a los nefilims para que los ayude y éstos tengan la excusa que buscaban hace mucho para destruir su raza. Sigo siendo humano, al fin y al cabo. Sangre nefilim corre por mis venas.
Estoy cansado de esto. No quiero seguir aquí.
Presidente sube a un salto a la cómoda y se enrosca sobre ella para echarse una siesta. Magnus sigue tarareando alguna canción de cuna en tailandés mientras acaricia mi rostro con una mano y forma patrones en mi clavícula con la otra.
Tailandés.
—Cintaku. —Murmuro.
Él arquea una ceja.
—¿Qué?
—Es tailandés. —Susurro.
Nunca supe el significado de la palabra porque, cuando entré en su cabeza, Magnus la decía inconscientemente, sin prestar demasiada atención en ella del mismo modo que yo no pienso en el significado de la palabra "silla" antes de pronunciarla.
—Lo es. —Asegura con una sonrisa.
Camille me está hablando sobre mis hermanos en el fondo de mi mente. Clary tendrá un bebé al que yo nunca podré ver. Las lágrimas se me saltan por primera vez al saber que Jace decidió el nombre que tendría: Alexander. Él ni siquiera sabe quién soy, pero su hijo llevará mi nombre.
—¿Qué significa? —No es la primera vez que se lo pregunto, tanto allí como aquí.
Magnus sonríe.
—Mi amor. —Susurra contra mi boca.
Amo su sabor, pero odio sus formas de evitar mis preguntas.
—¿Qué significa? —Le repito, enfurruñado, mientras me aparto de sus labios.
Otra sonrisa.
—Significa "mi amor".
Oigo murmullos en la estancia y entreabro los ojos lo suficiente como para distinguir varias siluetas moviéndose de un lado a otro con prisas. Abro los ojos del todo cuando una luz conocida parpadea al borde de mi visión. Camille sostiene una estela nefilim entre sus dedos y la quiebra con la fuerza de sus manos, tirándola al suelo. La acción me desconcierta hasta que desvío la mirada y encuentro el cuerpo de dos cazadores de sombras tirados sobre el suelo.
Un demonio al que nunca he visto se agacha junto a uno de los cadáveres y le saca una especie de aparato cilíndrico del cinto. Sé lo que es por los libros que estudiaba en la biblioteca de Magnus, ¿pero por qué…? La respuesta es tan evidente que me parece idiota. No es más que un plan orquestado por unos niños de cinco años.
—Magnus no se creerá nada de esto. —Digo.
Y me sorprendo a mí mismo al ser capaz de hablar teniendo la garganta tan dolorida. Mi voz suena magullada, como el sonido de unas uñas arañando la pizarra.
No me había percatado de la sombría presencia de Jonathan hasta que habla.
—¿Creérselo?
—Vuestra estupidez. —Le contesto. —No se creerá que los nefilims estuviesen aquí reteniéndome y mágicamente alguien los matase. Es demasiado idiota incluso para tu cerebro.
—Oh, tierno y dulce humano… Los nefilims no son para Magnus. Cuando él entre aquí desesperado por recuperar su juguetito será su fin. Un lamentable final para un ser que podría haber llegado tan alto si hubiese seguido las normas y te hubiese Convertido, pero qué se le va a hacer… —Camille sonríe con su hermoso rostro carente de humor o emoción alguna. —Los nefilims, junto con otros humanos y tú, seréis hallados por los cazadores de sombras en su hogar. Un demonio que se fue de las manos y actuó a espaldas del Consejo. Nosotros lo habremos ajusticiado por el bien de la paz, obviamente.
—Eso es incluso más estúpido y ridículo. Los nefilim no se creerán nada de eso; no se quedarán conformes con la muerte de uno solo de vosotros.
—Puede…
Magnus deslizó su lengua dentro de mi boca, saboreándome, degustando mi sabor. Él colocó sus manos a ambos lados de mi rostro y profundizó el beso. No pude evitar gemir dentro de su boca, subiendo mi pierna hasta enroscarla en su cadera, presionándole para que su cuerpo cayese sobre el mío. Podía sentir su erección frotarse contra mi muslo a través de la ropa, lo que envió una oleada de lujuria que se extendió por mi cuerpo.
El íncubo desconocido está jugueteando con la piel de mi rostro. Me da golpecitos en la mandíbula con el objeto que tiene en la mano y sonríe con malicia. Fue el mismo íncubo que intentó violarme cuando le tocó la guardia. Aún recuerdo sus gritos de agonía al tocar mi piel, marcada por Magnus para pertenecerle. Eso de ser "de su propiedad" me había resultado repugnante hasta entonces.
—Magnus ha llegado a una de las entradas laterales del Consejo. —Informa mi vigilante favorita mientras entra por la puerta. La llaman Jocelyn, creo.
—Dejad que se acerque hasta aquí: quiero que vea morir a la criatura antes de que le llegue su turno.
Algo estalla dentro de mí. No quiero morir, quiero seguir vivo y volver a ser feliz. No quiero morir, pero no les otorgaré la diversión de intentar evitarlo cuando sé que es imposible que yo pueda vencerles.
O eso pensaba hasta que amenazaron a lo que más me importa.
—Basta, Alec. —Dice cuando se separa unos milímetros. —Déjate llevar, pero no dejes que la lujuria te ciegue.
Eso es precisamente lo que todo este tumulto de emociones estaba provocando, que cediese a mi lado demoníaco.
Asiento, agradecido por su preocupación por mí. Aunque que no quiera llevar las cosas más lejos no significa que no necesite tenerle cerca.
Vuelvo a besarle, asegurándome de tener la cabeza clara para no perderme a mí mismo.
Mis movimientos rápidos me sorprenden lo suficiente como para no saber qué hacer cuando mi patada y mi puñetazo aciertan en el ser que tengo delante y lo hacen perder el equilibrio. Los otros tres pares de ojos se centran en mí, mirándome con curiosidad. La sorpresa desaparece y el íncubo empieza a recuperarse, aunque no lo suficientemente rápido como para que yo no le arrebate lo que tiene entre manos.
—¿A qué estás jugando, criaturita? —Sonríe Camille mientras se acerca a mí con altanería. Hay un puñal en su mano; uno que yo ya había visto con anterioridad en casa de Magnus, decorando la chimenea. Un recuerdo de un viaje con Ragnor. —Es hora de dormir.
Ragnor.
—¡Raphael! —Grito por acto instintivo.
Camille ni siquiera chilla cuando el cuchillo serafín se clava en sus entrañas. Su expresión sigue llena de sorpresa cuando retiro el arma con rapidez y la alzo hasta cercenarle la cabeza. Un grito de júbilo abandona mi garganta, influenciado por el poder que tengo ahora en mis manos. Mi alegría se esfuma de inmediato cuando tanto Jonathan como su compañero se abalanzan sobre mí.
Magnus sigue besándome dulcemente. Repentinamente mis recuerdos se mezclan con los suyos y la dulzura me resulta ineficiente. Sé qué ocurrirá ahora.
Alzo los brazos hasta enroscarlos en su nuca y le atraigo más hacia mí, profundizando el beso. Su boca se abre para dar cabida a mi lengua, dejándome llevar el control que sabe que necesito ahora mismo.
El pecho me arde y siento las lágrimas deslizarse por mis ojos. Me fuerzo a formar una sonrisa cuando me percato de que Jonathan está muerto a mis pies y nunca ha conseguido verme llorar. La felicidad solo es momentánea.
—Perdóname. —Me dice el súcubo mientras retuerce una vez más su arma en mi estómago. —Tengo que hacer lo que me ordenen o matarán a mi hija.
Un súcubo no puede tener hijos. Quiero gritarle, pero las palabras no me salen. En su lugar siento la sangre ascendiendo por mi garganta, ahogándome.
—Perdóname. —Me repite antes de marcharse a toda prisa.
Seguramente irá a dar la alarma.
Magnus acaricia mi rostro, borrando el rastro de lágrimas que desciende por mis mejillas. Sus labios se deslizan hasta mi frente, dejando mi boca libre para que deje salir los sollozos que me atormentaban por sus ansias de huir hacia el exterior.
Las afiladas paredes rocosas me hacen daño cuando me dejo caer al suelo apoyando mi espalda contra una de ellas.
Pensaba que morir era de otro modo. Supuse que vería a mis hermanos o que recordaría los momentos más hermosos de mi vida y me iría con ellos en mente. Supuse que tendría miedo o sentiría, no sé, algo.
Lo último que recuerdo es sentir el lazo que me une a Magnus quebrándose en mil pedazos.
Magnus me miraba con preocupación mientras yo parpadeaba repetidas veces, intentando eliminar las últimas escenas residuales que se aferraban a mi mente para confundir pasado y presente. Finalmente mi mente se centró y yo pude hacer lo propio con Magnus.
—¿Cómo ha ido? —Parecía incluso más nervioso que yo.
Aunque no puedo culparle por ello. Aquel otro lugar para mí terminó en ese momento, pero para Magnus continuó hasta hace unos días. Protegiéndome, cuidando de mí para poder volver a estar juntos.
Cuando dejó que me metiese en su mente y fui capaz de ver todos aquellos recuerdos sentí un enorme malestar en el cuerpo. Ya no solo por las situaciones vividas ni por lo que esto conllevaba, sino porque sentía que aquel Alec no era yo. Ambos éramos distintas personas en diferentes momentos. Ahora somos uno solo.
—Mejor de lo que esperaba. —Parecía más tranquilo, aunque no lo suficiente. Sonreí porque sabía qué era lo que él necesitaba que yo dijese. —En ningún momento pensé que fuese culpa tuya.
Sus brazos se envolvieron a mi alrededor, tirando de mí hacia su pecho y abrazándome con fuerza.
—¿Sufriste?
Hice una mueca al no saber exactamente qué contestar.
—Sí. —De nuevo la culpa volvió a llenar sus facciones, por lo que me apresuré a añadir: —Sabía que tú debías estar sufriendo, cosa que confirmé cuando vi tus recuerdos, así que yo sufría por ti. —Magnus estuvo a punto de añadir algo, pero lo corté. —El dolor físico fue terrible, y también el emocional, pero nada que no pudiese soportar.
—Siempre fuiste muy fuerte para ser un humano. Puede que tuvieses más sangre nefilim de la esperada.
Besé sus labios delicadamente, tanteando por si él decidía que no era el momento para algo así. Magnus acarició la zona baja de mi espalda, instándome a seguir. Fui guiando su cuerpo hasta quedar acostado sobre él, intentando transmitirle con mis gestos lo que yo pretendía. Si él se percató de mis intenciones no puso ninguna pega.
Unos ruiditos de pasos diminutos me alertaron de que nuestro gato había salido del dormitorio y de que mi oído empezaba a hacerse tan afinado como el de Jem y Magnus ¿Iré cambiando conforme me vaya alimentando? Supongo que a eso se refería el peliblanco.
Aumenté la presión y sus labios se abrieron voluntariamente, como por instinto. Una oleada de excitación que nada tenía que ver con mi nueva condición de íncubo sacudió mi cuerpo. Magnus pareció reaccionar a mí del mismo modo. Inclinó la cabeza hacia la izquierda, proporcionándome una posición idónea para seguir dominando su boca. Las emociones y sensaciones se arremolinaron a mi alrededor en un torrente que casi me hizo perder la consciencia, similar a cuando mis recuerdos-no-vividos volvieron a mi mente.
Colé mi mano bajo la ajustada camisa que cubría su pecho, deleitándome con la tibia dureza que acariciaban mis dedos. Su tacto era suave, aterciopelado. Me entretuve un buen rato jugueteando en la zona plana donde debería haber un ombligo que lo marcase como humano.
—Siempre te ha gustado esa zona. —Ronroneó cuando dejé ir sus labios para deslizar mi lengua hasta su cuello.
Me molestaba verle tan entero cuando tanto mi cuerpo como mi mente parecían estar derritiéndose por el deseo. Ahora más que nunca, mi inexperiencia me resultó sobrecogedora.
—Ni se te ocurra parar. —Gruñó. Su mano presionó mi cadera y me empujó hasta estrellarme sobre su cuerpo, haciéndome soltar un gemido mezcla de dolor, placer y sorpresa. —Deja de pensar en ello.
Era fácil para él decirlo. Ni tan siquiera en aquel otro lugar, donde ambos habíamos tenido tanto sexo que mi mente se nublaba por el recuerdo, hice esto. Es demasiada responsabilidad, demasiado complicado.
Tentativamente, deslicé la palma hacia abajo, disfrutando al máximo de las sensaciones que era capaz de sentir simplemente rozando su piel. Detuve la mano sobre su ingle, a escasos milímetros de su marcada erección todavía cubierta. Magnus dejó escapar un pequeño gemido que me hizo sonreír débilmente. Por algo se empieza.
—Sé que te sientes incómodo por tu inexperiencia, pero no tienes de qué preocuparte. Nada que tú hagas podrá desagradarme, Alec.
A regañadientes dejé ir la piel de su cuello. Me aparté lo suficiente y le miré a los ojos. Magnus me miraba con amor y comprensión, y eso no hacía más que crear una enorme inquietud en mi interior. Pese a que no le guste lo que le transmito físicamente él no se quejará, se conformará porque me ama y no quiere hacerme daño. La idea me nubla la vista.
—Alec.
Su mano hace presión en mi barbilla, obligándome a girar la cabeza. Sus humedecidos labios recorren la piel de mi rostro hasta llegar a la línea de mi mandíbula, que mordisquea juguetonamente. Sigo indeciso y temeroso. Estoy cansado de ser así. Nadie es perfecto en nada la primera vez que lo hace.
—No eres tú quien va a tener que competir con miles de personas. —Intento excusarme.
—No es una competición, cintaku. Si lo fuese, tú estarías tan adelantado del resto que sus siluetas no serían ni tan siquiera visibles en la lejanía, a tus espaldas.
Deslicé mi mano hasta que finalmente llegó a su destino. Magnus dejó ir mi rostro y volvió a aferrarse con ambas manos a mi cadera, soltando un gruñido.
—Te quiero dentro de mí. —Magnus hizo hincapié en sus palabras presionándome tanto contra su cuerpo que casi podría resultar doloroso. Casi. —Ahora.
No me estaba preguntando si deseaba tener sexo con él, sino que me lo estaba ordenando. Cuando fue él quien realizó el Sello fueron pocas las cosas que me ordenó, pero tuve que cumplirlas a rajatabla. Supuse que esa era una de las cosas que habían cambiado cuando fui yo quien realizó la Marca, pero no. O quizá me engañe y simplemente deseo obedecerle.
—Creí que debíamos controlarnos y no hacer esto a menudo. —Bromeé para intentar controlar mi excitación. Nuestra ropa había desaparecido por completo, y en esta ocasión no por mi culpa.
Magnus no respondió. En su lugar flexionó sus piernas, abriéndolas y quedando completamente expuesto ante mí. Tuve que luchar ante mi parte tímida, que pretendía desviar la vista, y mi parte de íncubo recién convertido, que me impulsaba a abalanzarme sobre él. Magnus decidió por mí.
—Dentro. —Ordenó.
No hizo falta que me lo dijese dos veces.
Sabía que no era necesario en absoluto, pero mi mente se negaba a hacerlo de otro modo pese a las súplicas de mi subconsciente de querer llevar las cosas a un ritmo más acelerado. Magnus tampoco llegó a quejarse en ningún momento. Para mi alivio fue justo al revés.
Dejé que su cuerpo siguiese adaptándose a la intromisión, pasando más minutos de los necesarios penetrando su interior con un único dedo. A veces, cuando Magnus se tomaba las cosas con excesiva calma y le gustaba hacerlo de forma tortuosamente lenta, me encontraba con su mirada maravillada contemplando cómo mi entrada era invadida por sus dígitos y me preguntaba qué era lo que veía de grandioso en ello si por razones obvias él no estaba sintiendo el placer que yo sentía. Ahora podía comprenderlo. Magnus tampoco ayudaba mucho a que mi concentración se mantuviese centrada, jadeando en busca de aire con los ojos entrecerrados cargados de lujuria clavados en mí. La vista completa de tan maravillosa escena me hizo sentirme seguro, fuerte. En ese momento comprendí que no se trataba de ser el mejor, sino de conseguir hacer que la experiencia fuese buena para ambos.
Introduje un segundo dedo para hacer compañía al otro. Magnus no se quejó en ningún momento ni pareció tenso como yo lo parecía mientras mi entrada se iba dilatando. En su lugar él cerró los ojos del todo y comenzó a empujar sus caderas hacia mí, soltando pequeños gemidos escasamente audibles cada vez que volvía a hundirme en su cuerpo. Y entonces alcancé aquello que a mí me hacía perder la razón. Un único y certero empuje en su próstata y Magnus gruñó, apretando en puños las sábanas que había bajo sus manos.
—¿Se siente bien?
Otro gruñido como respuesta. Él no era el único necesitado. Saqué mis dedos y volví a entrar con fuerza, intentando acertar de lleno en el mismo lugar. Magnus alzó sus caderas, empujando más su cuerpo hacía mí y permitiéndome tener un mejor acceso a su entrada. Sus pequeños jadeos y sus escasos gemidos eran la cosa más sexy que había escuchado nunca. O eso creía.
—No lo soporto más. —Se quejó. —Te necesito a ti.
Tragué saliva con fuerza, tratando de controlar a mi parte animal, que pugnaba por salir a la superficie y tomar a Magnus con brutalidad sobre el colchón.
Oh, pronto dejaría que esa parte de mi hiciese realidad sus deseos, por supuesto. Pero no ahora.
El tercer dedo solo hizo que Magnus se impacientase, moviendo sus caderas de forma errática y repitiendo tan rápidamente dos únicas palabras que parecía estar canturreando algo en otro idioma.
—Alec penétrame. —Repetía sin cesar.
Cerré los ojos con fuerza cuando mis dedos abandonaron su estrecha cavidad. La necesidad y el hambre se agolparon junto al amor y la lujuria. Luché por seguir manteniéndome a raya mientras tomaba las piernas de Magnus y las doblaba hasta guiarlas hasta su pecho. Por un momento me quedé momentáneamente atontado, embelesado, mirando con total claridad lo expuesta que quedaba su entrada para mí. Aquello terminó de echar fuera de mi cuerpo cualquier rastro de duda que pudiera quedar en mi mente.
Magnus no hizo ni un solo movimiento mientras llevaba sus piernas hasta apoyarlas en mis hombros y alineaba mi erección con su entrada. Tan suavemente como mi autocontrol me permitió me deslicé en su interior.
Sus músculos tensos rodearon mi miembro, haciéndome contener la respiración. Poco a poco fui irrumpiendo a través del anillo, soltando un largo gemido al sentir la insoportablemente placentera presión y el calor que me rodeaban.
Me quedé quieto unos instantes. No por darle espacio a Magnus para acostumbrarse, sino para poder adaptarme yo. Por un instante creí perder la razón.
—Oh, joder. —Dije. O al menos creí haber dicho. Cuando me percaté de que no había abierto la boca enfoqué mis ojos en el rostro de Magnus, que parecía estar intentando decir algo pero se deshacía entre gemiditos silenciosos y palabras a medio decir.
Comencé moverme. Al principio poco a poco, conformándome con estocadas poco profundas para intentar habituarme a la maravillosa sensación sin perder la cabeza, e incrementando gradualmente el ritmo. Magnus seguía haciendo preciosas expresiones, pero no conseguí sacar ningún sonido de su boca, que mantenía fuertemente apretada.
Una idea repentina cruzó por mi mente. Detuve por completo mis movimientos.
—¿Te duele?
Un gruñido molesto escapó de sus labios antes de responder.
—Estoy intentando no perder la cordura, Alec. —Gimió, rogando. En ese momento me di cuenta de por qué no abría la boca. Magnus no gemía, lloriqueaba; como un bebé anhelando más atención. —Como no empieces a moverte de nuevo no pienso responder de mis actos.
En esta ocasión fui yo quien gruñó. Volví a salir de su cuerpo y me empujé con fuerza para volver a sentirme rodeado de su calidez. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que mi nuevo ritmo me hacía acertar en su próstata con casi cada embiste.
—Alec. Oh, infiernos, Alec. —Los sonidos de lloriqueo comenzaron a mezclarse con salvajes gemidos, la extraña combinación amenazando con llevarme al orgasmo en ese instante. —No puedes-… No quiero-…Nunca-…
Otro fuerte gemido interrumpió sus balbuceos. Yo no era capaz de saber qué me excitaba más, si tenerle en la cama gimoteando por mí, si ver su pecaminoso cuerpo bajo el mío retorciéndose de placer, o las sensaciones que obtenía al penetrarle. Tampoco es que importase demasiado.
—¿Qué es lo que no quieres? —Sonreí. —¿No quieres que siga?
Continué moviendo mis caderas rítmicamente, disfrutando de cómo él parecía ahogarse en sus gemidos cada vez que intentaba hablar. Sus salvajes ojos se abrieron repentinamente, clavándose en mí y haciéndome perder el aliento. Así, con esos preciosos ojos, las mejillas sonrojadas y su boca entreabierta soltando excitantes sonidos, era la criatura más hermosa que hubiese visto en mi vida. Saber que era yo quien lo mantenía en ese estado me hacía rebosar de orgullo, y por primera vez comprendí por qué él insistía tanto en que alguna vez lo dejase fotografiarme durante el acto.
—No puedes-…
"No puedes dejarme", "No quiero que vuelvas a dejarme solo", "Nunca vuelvas a alejarte de mí". Esas frases lo significaban todo para mí, y al mismo tiempo no significaban nada ante la inmensidad de sensaciones que mi ángel me estaba provocando. Alec no podía ser un demonio, era imposible. Un demonio no podría hacerme tocar el cielo
Alec seguía gruñendo por encima de mí, como un animal al que han privado demasiado tiempo de la libertad que tanto ansiaba. Llevé mi mano hacia adelante y me agarré de su cadera para ayudarle a empujarse contra mí con más fuerza, consiguiendo que su erección se enterrase hasta la empuñadura. Tuve que volver a morder mis labios para no gritar y poder ayudarme a controlar mis sensaciones.
Pero ese autocontrol que me afanaba por mantener desapareció del todo cuando una de sus manos comenzó a masturbarme. Mi pecho comenzó a subir y a bajar de forma agitada y supe que mis restricciones habían desaparecido. Mi agarre sobre su cadera se hizo más fuerte y Alec soltó un gritito cuando me miró a los ojos, alarmado por lo que vio allí aunque ya lo había visto en más de una ocasión, en otro lugar y momento.
Mi íncubo ha salido a la luz. Ahora soy yo quien tiene hambre.
..
Sentir mi interior lleno de su semen es una de esas cosas que suenan repugnantes cuando las pienso y que son jodidamente deliciosas cuando las siento. Y espero volver a sentirlo de nuevo dentro de poco. Delicioso.
—¿Sabes? Legalmente te he ganado.
Le miré con el ceño fruncido, enfadado porque me sacase de mi estado de trance tras el mejor orgasmo de mi vida. No quiero ni imaginar cómo será cuando tenga más práctica. Se me cae la baba solo de pensarlo.
—¿Eres mejor en el sexo que yo?
—Oh, no. No es eso. O por lo menos no de momento, porque lo seré. —Reí ante aquello, teniendo muy claro que tenía razón y que eso, literalmente, me hará el ser más satisfecho del mundo. —Jonathan y Camille. Yo me ocupé de ellos antes que tú.
Los cuerpos sin vida en la celda.
Igualmente no fui capaz de saber quién se supone que era Jonathan hasta que no recordé haber distinguido una mata de pelo casi albino entre el caos y la muerte que reinaron en aquella sala. El íncubo del Pandemonium.
—¿Fuiste tú? ¿Aquellas muertes fueron cosa tuya?
Alec se estremeció.
—No todas. Había dos nefilims muertos a los que ellos arrastraron hasta allí.
Me mantuve en silencio, pensando en todo lo sucedido mientras con mis dedos desenredaba pequeños mechones de su cabello. Alec se apretujó más contra mí y comenzó a acariciar mi piel. Creo que sabía qué pregunta venía a continuación.
—¿Cuál de ellos te mató? ¿Recuerdas algún nombre?
Internamente rogué para que no hubiese sido ninguno de los miembros del Consejo. Me gustaría que fuese quien fuese siguiese vivo; me gustaría torturarle durante días por algo que en este mundo ni tan siquiera llegó a hacer. Se merece cualquier sufrimiento que yo pueda ocasionarle.
—Se llamaba Jocelyn. —No pertenecía al Consejo. Cuando Alec se duerma iré de caza. De nuevo él pareció leer mis pensamientos, porque me pegó un manotazo en el pecho. —No creo que fuese una mala persona. Cuidó bien de mí, pero tenía órdenes.
—Eso no me importa.
—Quería proteger a su hija de la ira del Consejo.
Estuve a punto de rebatirle su estúpida afirmación antes de recordar unos rumores a los que nunca había prestado atención anteriormente.
Los Candidatos no suelen llegar más allá de los veinte a no ser que tengan ayuda externa de personas que ya saben a lo que se enfrentan, tal y como pasó con Tessa o como hubiese pasado con Alec si yo no hubiese estado tan débil y hubiese podido matar a Jonathan sin mayores consecuencias. No hace demasiados años un cazador de sombras se enamoró de una candidata e intentó formar una familia con ella antes de que todo se echase por tierra. Esa mujer tuvo dos hijos antes de ser convertida en súcubo. El mayor de ellos fue el candidato anterior a Alexander, pero parece que la pequeña pudo escapar de la locura de su familia ¿Será cazadora de sombras, pues? No… Ellos no aceptarían a una niña cuya madre es un demonio…
—La dejaré estar por el momento, pero no he olvidado esto, Alec.
Es imposible que jamás pueda olvidarlo.
El abrazo que Jace le dio a Alec pudo sorprender al resto, pero no a mí.
Estos días habían sido un auténtico infierno para nosotros. Solo podíamos fiarnos de la palabra de Jem para estar seguros de que Alec estaba bien y de que las cosas no habían ido tan mal como creímos al principio. Yo no pude hacer más que mantenerme escéptica, pues pese a mi furia inicial todavía seguía creyendo firmemente que mi hermano mayor no hubiese hecho ninguna tontería así sin tener todo pensado. Jace por su parte seguía intentando matar a Jem cada vez que lo veía aparecer por la puerta.
Jonathan Herondale no me había dejado sola en ningún momento.
Y tampoco Simon.
—El bicho raro con cosplay de Gamora no para de mirarte. —Refunfuñó éste a mi lado.
A veces los hombres son unos paranoicos. Seguí la dirección de su mirada y me encontré con los negros ojos del amigo brujo de Magnus, que más que mirarme a mí parecía estar concentrado en un punto al azar para intentar no cerrar los ojos y lograr mantenerse despierto.
—Es atractivo. —Dije fingiendo desinterés, solo por molestarle y divertirme con sus inocentes reacciones. —Y esa cosa de ser verde lo hace interesante.
Simon gruñó. Se apretujó más contra mí en el sillón e intentó comenzar una batalla de miradas con el peliblanco de cuernos en la cabeza.
Tal y como pensaba, Ragnor solo intentaba no quedarse dormido en pie. No lo consiguió. Su batacazo contra el suelo pareció devolverle a Simon su buen humor.
—Te he visto antes hablando con mi hermana. ¿Te ha pedido perdón por lo que te hizo el otro día? —Alec me miraba con preocupación en el rostro, ¿quizá temiendo una mala relación entre su pareja y sus familiares? Ni que el rubito y yo nos hubiésemos llevado bien antes.
—En realidad no; me ha pegado otra bofetada y me ha dicho que me la debía por no haber aparecido contigo antes para que supiesen que estabas bien. Ninguno de tus cabezotas hermanos parece comprender que tú no podías salir de la cama.
Ni yo tampoco, dicho sea de paso. Después de meses sin alimentarme mi cuerpo tenía que recuperar las comidas perdidas, y tener al ser más sexy del planeta rogando por tener sexo conmigo no ayudaba demasiado. Acabé haciendo que Alec estuviese más necesitado de lo que debería haber estado. Tengo que intentar controlar eso de que mi hambre se mezcle con la suya si no quiero que se vuelva loco.
—¿Le has dicho eso? ¿Que no podía levantarme de la cama? —Frunció el ceño.
—Le he dicho que estabas enfermo. Por los cambios y demás.
—¿Se lo ha creído?
—¿A ti qué te parece?
Alec soltó una risita que no pude distinguir demasiado bien si era de nerviosismo o diversión. Seguramente de ambas cosas a la vez.
Los gritos de Jace y William llegaron hasta aquí, a los que se sumaron los de un recién conocido, un tal Gabriel, primo de Alexander y novio de Cecily, la otra chica presente en mi Invocación. Ahora que el grupo crece agradezco a todos los dioses de todas las religiones que Alec y yo tengamos nuestra propia casa muy lejos de aquí. Ambos podremos movernos hasta Nueva York cuando deseemos, pero no tendremos visitas sorpresas ni interrupciones cada dos por tres ¿Podría el mundo ser más perfecto?
Últimamente estoy tan feliz que no puedo parar de sonreír. Ragnor asegura que doy grima.
Alexander acercó su boca a mi oído, llevando una mano a mi cintura. Mi cuerpo reaccionó de inmediato a su toque, como siempre.
—¿Una última vez en este piso, por los buenos tiempos?
Prefiero pensar que los buenos tiempos todavía están por llegar. Y también quiero creer que esta no será la última vez que lo hagamos en esta casa; tenemos muchísimos años por delante para disfrutar de todos los lugares que se nos pasen por la cabeza.
—Con tal de que no grites más que esos tres todo irá bien. —Le contesté, intentando hacerle poner nervioso.
La jugada se volvió en mi contra. Alexander mordió juguetonamente mi lóbulo antes de separarse. Su sonrisa ladeada hizo que por un segundo se me parase el corazón. Otra parte de mi anatomía, sin embargo, lo que hizo es despertar.
—¿Y quién dice que vaya a ser yo el que grite? —Se burló mientras tiraba de mí en dirección a su antiguo dormitorio.
Santo infierno. Me ha tocado la lotería
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Las imágenes de este día se superponen unas con otras mientras me escabullo entre el gentío como hice antaño y me dirijo a las escaleras que conducen al ático.
La fiesta en casa de Malcolm Fade fue donde acabó todo. O donde empezó. A partir de mañana cada recuerdo de cada día será nuevo. Nunca más me despertaré por la mañana con la sensación de tener que repetir un mismo día con diferentes acciones que me llevarán a unos resultados similares pero no idénticos. Nunca más mi mente vagará durante la noche hacia mis recuerdos de lo ocurrido durante el día y se pondrá a comprar qué día fue mejor ("¿el 21 de abril fue mejor la primera vez? ¿O tal vez la segunda? Al menos la primera vez Alec no se enfadó porque no renové la arena del gato").
La puerta se abre a mis espaldas y durante un fragmento de segundo espero escuchar los gráciles pasos de Catarina, que vendrá a verme porque está preocupada de que haga cualquier locura. Sonrió ante el recuerdo, extendiendo la mano hacia el cielo como si tratase de alcanzarlo. La última vez que estuve aquí miraba al cielo con ansias porque de algún modo creía que Alec estaría allí, en alguna parte. Ahora me dan ganas de enseñarle el dedo corazón con chulería porque he conseguido arrebatarle a uno de sus ángeles.
Sus brazos me rodean desde atrás, haciéndome soltar un suspiro agradecido cuando me recuesto contra su pecho.
—¿En qué piensas? —Me pregunta.
Su aliento huele a vayas y a alcohol. Seguramente Jace haya intentado divertirse una vez más probando a emborracharle. La última vez se acabó contentando cuando mi preciosidad ingirió cerca de diez litros de vodka y seguía tan tranquilo.
—En ti.
Su abrazo se hace más apretado.
—Feliz aniversario. —Dice contra mi pelo. —Te amo.
No puedo evitar sonreír ante aquello. Supuestamente hoy harían seis meses desde que nos conocimos, sin embargo nosotros nos hemos conocido en dos ocasiones y hemos pasado dos veces esos primeros seis meses. Para mí era algo obvio, pero no esperaba que él se percatase o le diese importancia.
—Desde aquellos 31 de octubre siempre pensé que eras mío; una especie de regalo divino que había llegado a mi vida para aliviar todo el mal que me había ido corrompiendo. —Digo. Alec entrelaza sus dedos con mi mano derecha, que todavía mantengo en alto. A la luz de la luna nuestros tonos de piel se difuminan hasta convertirse ambos en una sombra plateada, haciéndonos ver como lo que siempre hemos sido: iguales. —Ahora sé lo equivocado que estaba, lo idiota que fui. Tú nunca fuiste mío, Alec. Desde el mismo momento en el que vi tus ojos azules yo he sido tuyo.
Mi cabeza siempre comienza a hacer las casas por el tejado.
Solo he escrito dos fics, pero ambos están basados totalmente en lo que sucede en el epílogo, que es lo primero que mi mente imagina. Puede parecer un final enrevesado (y realmente lo es, para qué mentirme a mí misma), pero el fic se basó en esta alocada idea desde un principio y por mucho que ahora lo lea y piense "qué lío, por Dios, no se va a enterar de nada ni la cotilla de mi vecina" simplemente no podía cambiarlo.
Echadle las culpas a mi infinito amor al orden y la organización y a mi sentimentalismo barato.
La idea surgió mientras leía "Ciudad de fuego celestial", cuando me tomé un descanso de la lectura y los personajes justo habían llegado a "la segunda Ciudad de Cristal" en su misión de rescate.
Siempre me ha gustado eso de los mundos paralelos, y las diferentes explicaciones que se les atribuye dependiendo del libro/película/serie… Me parecen muy curiosos, al igual que los viajes al pasado (¿Si alguien viajase al pasado podría cambiarlo, o supuestamente estaría haciendo algo que ya había ocurrido? ¿Sería incluso posible materializarse físicamente de forma material siendo nosotros mismos?)
Ñé, siento fascinación sobre el tema, y mi mente quiso añadir su propio granito de arena.
El extraño (según Magnus) poder sobre las dimensiones que tiene Ragnor Fell ya fue la única pieza que me faltaba por encajar cuando me puse a planear el resto de la historia. Aish, amo a esa cosita verde.
Tendría que dedicarle el fic a él...
¿Alguien conoce fics con Ragnor de prota? Me interesan mucho :D
En fin xD
Gracias de nuevo por llegar hasta aquí. Simplemente que se me brinde la oportunidad de compartir cosas que de otro modo se quedarían para siempre vagando por mi mente me hace enormemente feliz.
Simplemente gracias, gracias, gracias.
Hasta siempreeeeee n.n
PD:
Dato curioso: En mi desbaratado cerebro, cuando toda esta idea vino a mi mente, tenía ideadas 3 versiones distintas, no solo "A" y "B". Dado que tenía pensado actualizar semanalmente me pareció que sería excesivo añadir la tercera, ya que no estaba interconectada con las otras dos y era innecesaria para el desarrollo del fic. Igualmente, mientras escribía este capi, me ha entrado el gusanillo y me arrepiento de no haber escrito nada sobre "C"… Ahora tengo doble depresión post-parto... Ay...
