Lecciones de Esgrima para la Princesa.

Por Fox McCloude

Disclaimer: The Legend of Zelda y todos sus personajes son propiedad de Nintendo.

Parte II: Enfrentamiento


Castillo de Hyrule…

Habían transcurrido casi dos meses después de que concluyera el entrenamiento de Zelda. Desde aquel día, la princesa no cabía en sí de felicidad ante el pensamiento de haber iniciado una relación romántica con Link. Pero como era obvio, tenían que abstenerse de demostrarse su afecto en público. Las únicas personas que sabían de su relación eran, desde luego, la Reina Selena e Impa, quienes les aconsejaron que lo mejor era mantener su relación en secreto por el momento. Así, él la acompañaba a todas partes como su guardaespaldas, pues ese era su deber, pero mantenía su distancia para que nadie supiera nada de lo que ocurría entre ellos. Solo cuando estaban a solas eran libres de mostrarse su afecto. A veces, la reina les permitía "escaparse" a la ciudadela de incógnitos solo para que pudieran tener algo de tiempo para ellos sin ningún riesgo, pero aun así no era fácil el tener que ocultarse, los dos deseaban poder actuar como una pareja normal y gritar al mundo su gran amor. No obstante, no sería así por mucho más tiempo.

En aquel momento, Zelda se encontraba en los jardines entrenando, pero ahora estaba haciéndolo sola. Ya que Link no tenía más nada que enseñarle, lo que le quedaba era buscar maneras de implementar su poder mágico en su florete para hacer ataques especiales con él. Ya había logrado hacer lo más básico, al imbuir la hoja con su poder mágico aumentaba su poder cortante, pero estaba tratando de ir más allá, usando hechizos elementales. Los estaba probando con los muñecos de entrenamiento de Link, que amablemente se los había prestado.

- Aquí vamos. – dijo, poniéndose frente al primero a una distancia media.

Cerró los ojos para concentrarse y enfocar su poder mágico. Llevó el brazo hacia atrás mientras cargaba una energía verde en el florete, y luego dando un paso al frente, dio una fuerte estocada hacia adelante, extendiendo su brazo por completo. Si bien a esa distancia la hoja no lo alcanzaba, la estocada generó un tornado horizontal que salió hacia el muñeco, empujándolo hacia atrás y derribándolo. Zelda sonrió con satisfacción, ese ataque podría ser muy útil para alejar al enemigo si estaba en problemas. Volvió a ejecutarlo unas cuantas veces más, para medir cuál era su alcance máximo y a qué distancia era mayor su efectividad. El tornado se disipaba aproximadamente a unos diez metros de distancia, y la fuerza de su empuje era máxima en el punto medio de esa distancia. Hizo una nota mental de no olvidar eso.

Terminado esto, se dirigió hacia otro muñeco. Este estaba fuera del césped del jardín y alejado del resto. Se puso frente a él, esta vez a corta distancia. Sujetó el florete con ambas manos y volvió a concentrarse. Esta vez, la hoja comenzó a brillar con una luz roja, y un segundo después se prendió en llamas. La princesa levantó en alto el florete llameante, para luego bajarlo con fuerza, creando una explosión de fuego que redujo al muñeco a cenizas. Tuvo que retroceder de inmediato para evitar recibir daño de su propio ataque. Zelda sabía que podría haber creado una explosión aún más poderosa pero hacerlo era un arma de doble filo pues se arriesgaba a quedar ella misma dentro de su rango. Tenía que tener cuidado al utilizar ese ataque, y asegurarse de nunca ejecutarlo en las cercanías de algo inflamable.

Esperó a que el muñeco terminara de arder y regresó hacia el resto. Le quedaban un par de ataques más que podía practicar con ellos. Nuevamente sujetó la espada con ambas manos, esta vez haciendo una "guardia diagonal" mientras se concentraba. La hoja esta vez adquirió un resplandor azul-blanco, y a su alrededor se podían ver flotando unos pequeños fragmentos de lo que parecía ser hielo o cristal. Se mantuvo así por un tiempo, hasta que finalmente hizo un corte diagonal de revés hacia arriba. La espada dejó una estela azul tras el movimiento, y un segundo después los fragmentos se habían clavado como dardos en el muñeco. Otro ataque de largo alcance, aunque requería más precisión que la estocada con tornado. Sin embargo, el verdadero propósito era más defensivo, pues ese hechizo imbuía la hoja del florete con una barrera protectora que mientras estaba activa, retornaba el impacto recibido repeliendo al atacante. Claro, sin un oponente no podía poner eso en práctica.

Se giró hacia el último muñeco que quedaba en pie. Este sería el más difícil pues requería de una precisión milimétrica. Preparó el florete y comenzó a correr hacia el muñeco, mientras la hoja adquiría un resplandor dorado. Se colocó a distancia para atacar y usando el impulso de la carrera dirigió su arma hacia los ojos del muñeco. La energía mágica se concentró en la punta y al hacer contacto, hubo una pequeña explosión luminosa que hizo que le volara la cabeza.

- Maravilloso. – escuchó la voz de Link. La princesa se volteó a ver, no se notaba nada sorprendida de ver a su guardaespaldas-ahora-prometido observándola. – Perdón por no anunciarme, estaba disfrutando un poco el espectáculo. –

- No te preocupes. – dijo ella con una sonrisa, acercándose para saludarlo como era debido, con un beso. – Extraño un poco entrenar contigo, pero ha valido la pena. –

- Sí, eso puedo verlo. – dijo Link. – Te tengo buenas noticias. Hablé con tu madre, y me dijo que este año se asegurará por todos los medios de que no me perderé tu cumpleaños. –

- Me alegra escuchar eso. – dijo Zelda.

El cumpleaños número 18 de la princesa ya estaba muy próximo, y ambos sabían que sería un día muy importante, por varias razones. Aparte de las más obvias, la reina estaba planeando que en esa fecha se comprometieran oficialmente. Como ese mismo día se celebraría su ceremonia de madurez, sería reconocida oficialmente como una adulta y estaría en todo el derecho de elegir libremente al que sería su futuro esposo. La reina deliberadamente quería hacerlo de esa manera, pues una vez que su hija cumpliera su mayoría de edad, por más que hubiera quienes protestaran (y sin duda así sería) no podrían hacer nada al respecto. La única que legalmente podría poner un veto a la posibilidad de matrimonio de Link con Zelda era la propia reina Selena, pero eso no iba a suceder. Ella sabía mejor que nadie de los sentimientos de su hija, y su confianza en Link estaba fuera de discusión. Sus orígenes podrían ser humildes, pero el joven se había ganado su lugar a pulso. Podría estar tranquila dejándola en sus manos, él sin duda iba a cuidar de ella y a amarla con todo su corazón. De cierta manera, Link era como el hijo varón que hubiesen deseado tener ella y su esposo, pero lamentablemente eso no fue posible debido a su muerte antes de poder concebir a otro hijo después de Zelda. Aunque amaba mucho a su hija, le entristecía un poco el no haber podido tener un noble hijo varón, pero estaba agradecida con las Diosas por traer ante ella un noble potencial yerno.

Sin embargo, había otra cosa que a Zelda le inquietaba un poco. El año anterior, en su cumpleaños número 17, recibió una propuesta de matrimonio de parte del príncipe Zephiel de Bern. Siendo que acababa de conocerlo, era obvio que la idea de casarse con él no le venía para nada. El príncipe no parecía muy dispuesto a dar su brazo a torcer, y le ofreció que le diera un año para conocerse mejor, pero salvo por algunas reuniones menores durante los primeros dos meses, su interacción no fue gran cosa. Y por cuestión de deberes, Zephiel tuvo que viajar todo ese tiempo con su padre por todo el continente, lo que les impidió, para bien o para mal, tener más encuentros el resto de ese año. Ocasionalmente recibía alguna que otra carta suya, pero ella no tenía mucho tiempo para leerlas o ganas de hacerlo en realidad. Por fortuna eran pocas y breves, así que sus respuestas, que las daba solo por cortesía, eran iguales. A pesar de que no se habían visto desde entonces, ella tenía el presentimiento de que, a más tardar el día de su cumpleaños, Zephiel aparecería para escuchar su respuesta. Bien, la respuesta como tal, ya sabía cuál sería. ¿Pero cómo decírselo sin ofenderlo? Una parte de Zelda deseaba que no apareciera hasta después de su cumpleaños, pero la reina Selena sin duda no iba a dejar de enviarles al rey Desmond y a su familia las invitaciones para la fiesta por algo como eso. Tendría que afrontarlo tarde o temprano.

- Y ya que estamos hablando de tu cumpleaños. – prosiguió Link. - ¿Quieres que te regale algo en particular? –

- Link, estar contigo es todo el regalo que necesito. – dijo Zelda con ternura. – En serio, no tienes por qué darme nada. –

- Sabes que me sentiré culpable si no te hago algún detalle. – replicó Link.

- Ya que lo pones de esa manera. – dijo Zelda. – Te lo dejo como desafío personal, sorpréndeme. –

- De acuerdo. – dijo Link resignado. – Mientras tanto, ¿quieres ir a dar un paseo a caballo por la pradera? –

- Eso me encantaría. Solo déjame ir a cambiarme de ropa. – dijo Zelda. – Nos veremos en los establos. –

Zelda se fue a su habitación a buscar sus ropas de montar, mientras Link se dirigía a los establos a preparar los caballos. El dar paseos a caballo era otra de las actividades que habían comenzado a hacer juntos desde que empezaron su relación. Les venía de maravilla cuando necesitaban algo de aire fresco, y como él la acompañaba, se podían alejar de todo y de todos sin que nadie sospechara nada, pues todos pensaban que solo estaba cumpliendo con su deber como guardaespaldas de la princesa.

Ya en los establos, Link pasó de largo a todos los caballos que se encontraban allí, llegando hasta el corral donde estaban los que les pertenecían a él y a la princesa. El caballo de Zelda era un semental completamente blanco, grande y fuerte, al que su dueña le había puesto por nombre Cloud. A su lado estaba una yegua de color canela, con la crin y las patas blancas, que le pertenecía a Link, y su nombre era Epona. Esta yegua había sido prácticamente un regalo, pues los soldados la capturaron en estado salvaje pero no dejó que nadie la montara, resoplando y pataleando cada vez que alguien trataba de ensillarla. Cuando Link se le acercó, sin embargo, se puso de lo más mansa, y se dejó montar sin protestar. En vista de eso, la reina decidió dejar que fuese la montura personal del muchacho, como una recompensa por sus servicios. De eso ya hacían un par de años aproximadamente. Y por curioso que pareciera, poco después que Link y Zelda empezaron su relación, sus caballos empezaron a ponerse extrañamente amigables el uno con el otro también.

- Muy bien, Epona, ¿estás lista para ir a dar un paseo? – le dijo a su yegua.

Esta respondió con un relincho, como si dijera que sí. Le colocó las riendas y la silla, acariciándola detrás de la cabeza por ser una buena chica. Para ahorrarle trabajos a Zelda, decidió preparar a Cloud él mismo también. Por fortuna, el caballo blanco era más dócil que Epona, y si bien no se fiaba de los extraños, se notaba que le tenía confianza a Link también. La yegua, por otro lado, aún no permitía que la princesa la montara, al menos no ella sola. Las pocas veces que lo había hecho era cuando Link iba con ella también. Fue por eso que le dieron poco después su propia montura.

- Perdón por la espera. – escuchó la voz de Zelda. Ya traía puesto su traje de montar, que en lugar de falda tenía unos pantalones blancos, y botas de tacón alto. También usaba una chaqueta rosa oscuro con casaca, así era mucho más cómodo para montar a caballo. Para evitar ser reconocida, traía también una capa con capucha a juego con la chaqueta.

- En marcha. – dijo Link, sacando a la yegua de su corral. Zelda hizo lo propio con su caballo y se colocó su capucha. Una vez afuera la pareja, ambos ensillaron sus monturas y se dirigieron a la puerta externa en la muralla al oeste del castillo. Así podrían salir hacia la pradera sin tener que pasar por la ciudadela, e iniciar su paseo sin contratiempos.


Mientras tanto, en el castillo…

En una de las torres más altas, la reina Selena se encontraba hablando con Impa. Las dos estaban discutiendo un asunto bastante serio.

- Majestad, ¿está usted segura de esto? – preguntó Impa.

- Por supuesto. – dijo la reina. – Desmond ha sido un gran amigo para mí desde hace años, si no lo invito sería un grave insulto. –

- Pero si es cierto lo que dijo la princesa… ¿no será un poco arriesgado? – prosiguió Impa. – Si aún mantiene en pie esa propuesta… -

- Mi hija ya tomó su decisión, y yo también. – dijo la reina con firmeza. – Y Desmond y su familia tendrán que respetarla. –

- Mi reina, con todo respeto, le he servido durante años, y créame que no cuestiono su juicio. – dijo Impa. – Pero no conozco lo suficiente a la familia real de Bern para saber cómo reaccionarán ante esto. –

La reina tuvo que darle la razón en eso último. El año anterior, cuando el rey Desmond y su hijo llegaron para proponerle la unión de sus reinos, la reina le dejó claro que la que tenía la última palabra era su hija. Zelda en ese momento no pudo darle una respuesta definitiva, solo lo aplazó un año. Pero, con lo que ocurrió en ese tiempo, quedaba claro cuál sería la respuesta. La preocupación de Impa no estaba del todo mal infundada. El rey Desmond era en general un hombre justo y honorable, pero a veces podía ser muy orgulloso, y no era del tipo que se daba por vencido con algo tan fácilmente, aunque le llevara toda una vida. También, la diplomacia no era exactamente su punto fuerte, por lo que tampoco era fácil negociar con él.

- Desmond puede ser orgulloso y testarudo a veces, pero sé que es un buen hombre. – dijo la reina. – Estoy segura que entenderá mi decisión. –

- Y… ¿en el caso hipotético (solo hipotético) de que no fuera así? – preguntó Impa de nuevo. La reina se tomó su tiempo para pensar en una respuesta.

- Tomaremos las precauciones debidas. Como dije, no creo que Desmond llegue a tales extremos, pero no estará de más prepararnos para el peor escenario posible. Tú entiendes a lo que me refiero. –

- Por supuesto, Majestad. – dijo Impa. – Con su permiso, me retiro. –

La Sheikah dejó la habitación, dejando a la reina observando por la ventana. A lo lejos, en las praderas, pudo ver dos figuras ecuestres. Aún a esa distancia los colores diferentes de los caballos los delataron, ella sabía perfectamente quienes eran.

- No permitiré un incidente entre nuestros reinos. – dijo con firmeza. – Y tampoco le quitaré su felicidad a mi hija. –

No sería la primera vez que se enfrentaba a algo como eso, y con certeza no sería la última. Pero siempre había alternativas, aunque no fuesen tan obvias a simple vista. Cuando llegara el momento, encontraría la manera.


Al atardecer…

El sol se ocultaba detrás de las montañas al oeste de Hyrule, y el cielo comenzaba a oscurecerse. La princesa y su guardaespaldas regresaban a toda prisa al castillo, pues no querían tentar a su suerte quedándose fuera antes que cayera sobre ellos la noche. Al llegar al portón, ya que nadie les llamó pidiendo que se anunciaran o algo, Link se acercó a ver, y frunció el cejo al darse cuenta que el guardia que se suponía que vigilara el portón se había quedado dormido, de pie. Cuando gritarle no sirvió de nada (quizás porque estaba roncando muy fuerte) tomó una pequeña piedra, y se la arrojó al casco. Eso bastó para que se despertara, cayéndose de bruces por el susto y el golpe. De inmediato y con mucha vergüenza de sí mismo, les abrió el portón para que pudieran entrar de vuelta. Obviamente ambos jóvenes le dirigieron miradas de desaprobación. Se dirigieron hacia los establos para dejar a Cloud y Epona, para luego entrar al castillo.

- Ahhh, qué bien me siento. – dijo Zelda, estirándose un poco. – Tenemos que hacer estos paseos más a menudo, Link. –

- ¿No te basta con tres veces por semana? – sonrió Link. Desde luego, él no se quejaría por aumentarlos un poco, si podía estar con ella.

La princesa solo se rió ante el comentario. Mientras iban caminando, se acordó de algo que tenía que hablar con su prometido, algo muy importante.

- Link, hay algo de lo que necesitamos hablar. – le dijo, deteniéndolo por un momento.

- ¿Qué sucede? – dijo Link. - ¿Te preocupa algo? –

- No, bueno, sí, a decir verdad. – admitió Zelda. – Mi cumpleaños ya se aproxima, y como sabes, mi madre planea anunciar ese día nuestro compromiso. –

- Lo sé, lo estoy esperando con ansias. –

- Sí, yo también, pero… - Zelda tomó un profundo respiro, tenía que ser directa. – Es sobre la propuesta de matrimonio que me hizo el príncipe de Bern hace ya casi un año. –

- Cómo olvidar eso. – Link frunció ligeramente el cejo ante la mención de ese príncipe. No estaba bien juzgar a la gente sin conocerla, pero él no estaba dispuesto a dejar que le quitaran a su princesa.

- También te dije que le pedí que me diera un año antes de darle una respuesta, ¿lo recuerdas? Bien, ese año se cumplirá exactamente en mi próximo cumpleaños, como ya sabrás. –

- Pero también me dijiste que dos meses después se fue en un viaje con su padre, y no lo viste más desde entonces. – dijo Link. – Si quería conocerte mejor, no pudo cumplir muy bien que digamos su parte del trato. –

- Así es. – admitió Zelda. – Pero eso no quita que quizás aparezca ahora. Mi madre y su padre han sido buenos amigos desde hace tiempo, así que es obvio que los invitará, y a menos que tengan algún compromiso apremiante (que lo dudo) no creo que falten. –

- Suenas como si quisieras que no aparecieran. – dijo Link.

- ¿Así de obvio? – Zelda no se molestó en negarlo. No que en realidad quisiera ocultárselo, desde luego.

- Zelda, dime la verdad. – dijo, Link, poniendo sus manos sobre los hombros de ella. – Exactamente, ¿qué es lo que te preocupa? –

- Tal como dijiste, el príncipe Zephiel y yo no llegamos exactamente a conocernos muy bien. – dijo Zelda. – Hasta donde he podido ver, parece ser cortés y educado, pero a veces las apariencias engañan. Si aún tiene intenciones de contraer matrimonio conmigo… estoy preocupada de cómo podrá reaccionar cuando sepa que ya estoy comprometida. –

Link no pudo decir nada para refutar eso. Quizás él no conociera en persona a los miembros de la familia real de Bern, pero hasta él sabía del poderío militar que tenía la nación, y del cual estaban muy orgullosos. Si el heredero tenía temperamento cuando no conseguía lo que quería, no sería difícil que eso fuese la chispa que iniciara un incidente entre los dos reinos. El reino de Bern no era de los que querrías tener como enemigos.

- Y… ¿qué piensas hacer? – le preguntó finalmente.

- Aún no estoy del todo segura. – dijo Zelda. – Solo sé que tendré que afrontarlo cuando aparezca. Pero hay algo que puedo decirte con toda certeza. No pienso permitir que nada, ni nadie, me separe de ti. Eres el amor de mi vida, y eso nadie podrá cambiarlo, ni ahora, ni en mil años. –

El joven sonrió ante las palabras de su prometida. Aunque ella misma no lo viera a veces, era una mujer muy fuerte, y eso, junto con su gran belleza y puro corazón, era una de las cosas que más le atraía de Zelda. Nunca dudaba en defender aquello en lo que creía, ni tampoco lo que era importante para ella. Lo haría hasta las últimas consecuencias.

- ¿Quieres cenar con nosotras esta noche? – le dijo de pronto.

- No lo sé, ¿está bien que yo…? –

- No quiero excusas. – dijo Zelda, poniéndole el dedo en los labios para callarlo. – Mi madre ordenó que hoy prepararan tu platillo favorito para la cena. No creo que quieras perdértelo. –

Si había otra forma de llegar al corazón de Link, sería sin duda a través de su estómago. Él prefería prepararse su propia comida (y de hecho era bastante bueno en ello), pero nunca podía resistirse a una buena invitación, menos cuando los cocineros del castillo eran los mejores en su oficio, y él lo sabía de primera mano. Aparte, si eventualmente estarían cenando juntos todos los días, ¿qué importaba si empezaban a hacerlo un poco antes, solo de vez en cuando?


Tres semanas después…

Quedaban solamente diez días para la celebración del cumpleaños número 18 de la princesa Zelda. Toda la ciudadela estaba en movimiento, los ciudadanos corrían de un lado al otro en busca de los mejores atuendos y demás para verse bien cuando llegara el día. Las posadas estaban repletas de gente, pues los reyes, príncipes y nobles de los reinos vecinos también estaban llegando, muchos de ellos con anticipación, para el gran evento.

Aunque Zelda y Link querían ayudar también con las preparaciones, aquel día la reina Selena decidió darles un descanso, y les dijo que podían ir a la ciudadela a relajarse un poco. "Relajarse" era un término relativo, pues el lugar estaba lleno de actividad por todos lados. Mientras algunos de los sirvientes del castillo colocaban decoraciones, los ciudadanos daban vueltas por todos lados buscando arreglarse lo mejor posible. Algunos incluso se pararon a preguntarle a la princesa su opinión sobre sus atuendos. Finalmente, después de un rato, decidieron sentarse en la fuente de la plaza, que era el único lugar relativamente despejado.

- Esta no era exactamente mi idea de tomar un descanso. – dijo Zelda.

- Lo mismo digo. – agregó Link. – Al menos aquí está un poco más tranquilo. –

- A veces desearía no haber nacido princesa. Todo el alboroto que se arma solo por mi cumpleaños. –

- Oye, velo de esta forma, no todos los días cumples 18. Seas princesa o no, es una fecha importante. –

- Lo sé. – Zelda esbozó una sonrisa. Se sentía algo nerviosa, pero a la vez ansiosa de que pronto sería reconocida como una adulta. Ganaría muchas nuevas responsabilidades con eso, pero también muchos privilegios. Y el principal, desde luego, estaba justo junto a ella. – Por otro lado, Link… piensa que, una vez que nuestro compromiso sea oficial, tú también tendrás muchos deberes adicionales. –

- Si es por ti, lo valen. – respondió Link.

Su plática fue interrumpida cuando el puente levadizo de la entrada fue bajado, dejando entrar una carroza. Esta iba tirada por dos caballos, y sus adornos externos hacían ver que se trataba de personas importantes. Por un instante, ni Link ni Zelda le dieron importancia, hasta que se acercó lo suficiente y la princesa notó la cresta que tenía en la puerta: un dragón alado. Ante esto exhaló un suspiro, sabía perfectamente de quienes se trataba.

Y con toda certeza, la carroza se estacionó muy cerca de allí, y en cuanto el paje les abrió la puerta, salieron el príncipe Zephiel y su padre el rey Desmond. Pero esta vez estaban acompañados por una mujer y una niña pequeña. La mujer aparentaba la misma edad que la reina Selena, tenía cabello rubio algo más oscuro que el de Zephiel y Desmond, aunque la forma de su cara era similar a la de Zephiel. La niña, que parecía tener unos seis o siete años, era como su viva imagen en miniatura, excepto porque su cabello era más ondulado y corto. No pasó mucho antes que los cuatro notaran en dónde estaba Zelda y comenzaran a aproximarse.

- Vaya, pero si esto es una gran sorpresa. – dijo el rey Desmond.

- Bienvenido, rey Desmond. – saludó Zelda cortésmente. – No los esperábamos tan pronto. –

- Terminamos un poco antes de lo esperado con las negociaciones, así que pudimos venir más pronto. – dijo Zephiel. – Y me alegra que haya sido así, estoy muy feliz de verte. –

Dado que Zelda no podía responder de la misma manera con sinceridad, solo se limitó a sonreírle de manera algo forzada. Por su parte, Link estaba luchando con todas sus fuerzas contra el impulso de abalanzarse sobre el príncipe para evitar hacer una escena.

- Hermano, ¿ella es la princesa de la que hablas todo el tiempo? – dijo de pronto la niña.

- Guinivere, más respeto. – la reprendió la mujer, con un tono tranquilo pero estricto. – Primero debemos presentarnos apropiadamente. Mi nombre es Hellene, es un honor conocerte al fin, princesa Zelda. Mi querido esposo aquí presente habla muy bien sobre ti y tu madre. Estaba muy ansiosa por conocerlas. –

- Me honra con sus amables palabras, reina Hellene. – respondió Zelda.

- Y por supuesto, nuestra hija menor, Guinivere. – dijo, señalando a la pequeña. – Espero que disculpes su pequeño arrebato, aún está aprendiendo los protocolos. –

- No se preocupe. – dijo Zelda, inclinándose para saludar a la pequeña. – Hola, Guinivere, es un placer conocerte. –

- Igualmente. – la pequeña sonrió. – Mi hermano habla de ti todo el tiempo, dice que se casarán pronto. –

El inocente pero inapropiado comentario de la niña provocó las reacciones más obvias de parte de cada uno. La reina Hellene se llevó la mano a la boca intentando contenerse la risa, Zephiel se ruborizó levemente, al igual que Zelda, el rey Desmond se dio una palmada en la cara y negó con la cabeza, y Link desvió la mirada para que nadie notara que estaba rechinando los dientes.

- Eso aún… está en tela de juicio, Guinivere. – corrigió Zephiel. – Aún no me ha dado una respuesta. –

Zelda se tranquilizó un poco con eso. Por lo menos Zephiel era lo bastante honesto para no dar por hecho que ya la tenía asegurada, al menos por el momento. Siendo así, quizás sería buena idea dejar las cosas claras ahora mismo, era una buena oportunidad. Pero en ese instante, Zephiel notó al joven que acompañaba a Zelda, que había permanecido al margen de toda la conversación. Se fijó en él por la bufanda que llevaba, con el tapiz de la familia real.

- Oh, discúlpame, tú eres… -

- Ah sí, permítanme presentarlos. – Zelda vio su oportunidad. – Príncipe Zephiel, él es Link, y es mi… -

- Guardaespaldas. Soy el guardaespaldas personal de la princesa Zelda. – completó Link, antes que Zelda tuviera la oportunidad. – Es un honor conocerlos, a todos. –

- Igualmente. – dijo Zephiel. – Debes sentirte muy honrado, al tener bajo tu protección a una persona tan importante. –

- Así es. Daría mi vida por la princesa mil veces si fuera necesario. –

- Bueno, creo que ya hemos tenido suficiente de cortesías y demás. – intervino el rey Desmond. – Ha sido un largo viaje y necesitamos un buen descanso. Esperamos con ansias el día de tu cumpleaños, princesa Zelda. –

La familia real de Bern se dirigió hacia una de las posadas más elegantes de la ciudadela, una de las más concurridas para los reyes, príncipes y nobles que habían sido invitados. Mientras se iban, alcanzaron a escuchar decir a la pequeña Guinivere algo que sonó como "por fin podré tener una hermana". Una vez que se fueron, Zelda por fin se dio cuenta de lo que acababa de suceder. Estaba a punto de aclarar las cosas con Zephiel y su familia, pero Link deliberadamente la interrumpió

- ¿Por qué no me dejaste decírselos? Podríamos haber aclarado todo ahora mismo. –

- Si ibas a decirles que soy tu prometido, ahora no era el momento. – respondió Link, en voz baja para que nadie más los oyera.

- ¿Por qué no? –

- Porque si hablamos legalmente, el compromiso no puede ser oficial hasta que cumplas la mayoría de edad. – señaló Link. – Tu madre nos dio su bendición, es cierto, pero fuera de eso no tenemos nada para respaldarlo. –

- Pero… -

- Zelda, sé que estás preocupada, y te entiendo, yo también lo estoy. – dijo Link, poniendo sus manos sobre los hombros de ella. – Pero no podemos hacer nada precipitado. Si nos mantenemos dentro de la ley, todo saldrá bien, pero un error como ese podría costarnos todo lo por lo que hemos luchado. –

Zelda bajó la mirada, avergonzada consigo misma. Link tenía toda la razón, casi cometió un error garrafal, que podría haberles costado muy caro a los dos. Hasta que la reina no lo anunciara, su compromiso no podía ser oficial, así que no tenían manera de respaldarlo legalmente. En su afán de querer formalizar su relación estuvo a punto de adelantarse a los hechos. ¿Cómo pudo ser tan tonta?

- Perdóname… es solo que, esto es tan frustrante. – La voz de Zelda comenzó a quebrarse. – ¿Por qué tenemos que ocultarlo, como si fuera algo inmoral? –

- Yo también lo detesto, en serio. – Link estuvo de acuerdo. – Pero hemos podido resistir por casi tres meses. ¿Qué son solamente diez días más? –

- No sé si en verdad pueda resistir lo que queda. – dijo Zelda frunciendo la boca.

- Claro que puedes. – Link le regaló su mejor sonrisa. – Estoy hablando con la chica que superó mi entrenamiento con la espada, que me demostró que es una mujer muy fuerte y admirable. Una mujer que estoy seguro puede con esto y más. –

La princesa por fin volvió a alzar la mirada. Él siempre sabía qué decirle, y esta vez no era la excepción. Tenía razón, había podido aguantar la presión durante los meses que siguieron a la conclusión de su entrenamiento (y su primer beso), unos días más darían lo mismo. Debía ser paciente, todo quedaría en su lugar a su debido momento.

- Ya deberíamos volver. – sugirió Link. – Diría que ya descansamos lo suficiente. –

- Pienso lo mismo. – dijo Zelda. – Vámonos. –

Así, la pareja dejó la fuente y emprendió el camino de regreso al castillo. Seguro ya querrían que les ayudaran de vuelta con las preparaciones, y de todos modos si había actividad en cualquiera de los lugares, poco importaba en dónde estuvieran en ese momento.

Ya no les quedaba otra cosa por hacer, solo esperar.


Diez días después…

El sol ascendiendo por el horizonte anunciaba el amanecer del gran día. La joven heredera, que esa fecha cumplía sus 18 primaveras aún dormía plácidamente en su cama. Parecía que nada podría perturbar el sueño de la princesa, que aún dormida se reía levemente y susurraba el nombre de su amado. Solo hasta que un rayo de luz se filtró por el cristal de su ventana y acarició su rostro fue que Zelda abrió sus ojos. Se levantó con algo de pereza, frunciendo el cejo al recordar el hermoso sueño que estaba teniendo, pero rápidamente cayó en cuenta de que, ahora que estaba despierta, podría después hablarle a su prometido de él y volverlo realidad.

Tanto el castillo como la ciudadela estaban en ese momento en completa tranquilidad. Eso se debía a que la celebración empezaría al mediodía. Ya que muchos estuvieron hasta tarde preparando los detalles de último minuto, les permitirían dormir unas cuantas horas más como consideración. Hasta entonces, las puertas del castillo permanecerían cerradas. Zelda se sentía algo tentada a volver a dormir un poco más, pero ya no tenía sueño. Se sorprendió un poco al oír un golpeteo en su ventana, pero cuando vio la silueta contra la luz, supo de quién se trataba. Fue a ponerse su bata, y se dirigió a abrir la ventana para recibirlo.

- Buenos días, preciosa. – le dijo. Traía ya puesto su uniforme de soldado, y llevaba una pequeña cajita en la mano. - ¿Qué tal la noche, lista para tu gran día? –

- Supongo que sí. – dijo Zelda, sonriéndole y dándole un beso en los labios. - ¿Por qué tan temprano? –

- ¿No es obvio? Quería asegurarme de ser el primero en desearle un muy feliz cumpleaños número 18 al amor de mi vida. – respondió Link.

- Me sorprende que aún seas capaz de trepar ese muro sin que nadie te vea. – dijo Zelda, riéndose.

Link también se rió. Incluso desde cuando eran niños, él a veces tenía por costumbre trepar por ese muro hacia la ventana de la habitación de Zelda, que afortunadamente seguía siendo la misma desde hacía tantos años. Generalmente lo hacía durante la noche para que nadie lo viera, en las ocasiones en que ambos querían seguir jugando un poco más luego de que los mandaban a dormir. Nadie los descubrió jamás, afortunadamente.

- Bien, ya que me lo pusiste de desafío personal, aquí te traigo tu regalo. – dijo Link, dándole la cajita. – Feliz cumpleaños, Zelda. –

Zelda tomó la cajita y la abrió con expectación. Era un anillo de plata fina, adornado con una esmeralda en forma de corazón, y a su alrededor había una pequeña inscripción en Hyliano antiguo. La princesa, que había estudiado dicha lengua, pudo leer claramente: "Mi corazón, por siempre tuyo."

- No podría pedir un mejor regalo. – Lo abrazó y lo besó apasionadamente. – Muchas gracias, Link. No solo por esto, sino por estar a mi lado todos estos años. –

- Y serán muchos más, créeme. – dijo Link. – Me encantaría quedarme un poco más, pero es mejor que nadie se dé cuenta de esto, o podrían malinterpretar las cosas. ¿Puedes esperarme hasta la fiesta? –

- Por supuesto, no me importaría descansar una o dos horas más. Te esperaré. –

- Bien, hasta entonces. –

Un último y rápido beso, y Link se dispuso a bajar por el muro. Zelda a su vez cerró la ventana de nuevo y se colocó el anillo en su dedo. Estaba hecho a su medida. Volvió a su cama y se quedó mirándolo. Ya ese era solo el primer paso de convertir en realidad ese hermoso sueño que había tenido.

Entretanto, Link bajó con cuidado por el muro, cuidando de no hacer ruido, de no tirar ninguno de los bloques y de no caerse. Cuando era niño le resultaba relativamente más fácil, pero ahora que era más grande y pesado tenía que ser más cuidadoso. Solo lo hizo aquel día por ser especial, y se prometió a sí mismo que sería la última vez que lo hacía. Al aterrizar a salvo en el césped del jardín, dio un suspiro de alivio. Fue bueno haber elegido esa hora, pues todos seguían dormidos. Nadie lo había visto. Se dispuso a volver a su habitación tranquilamente…

- Cuanto tiempo que no hacías eso. –

Esa voz severa lo frenó en seco cuando dio la vuelta en una esquina. Frente a él se encontraba Impa, también con su uniforme puesto, y los brazos en jarras. Tenía la expresión como de una madre que acababa de pillar en una travesura a su hijo, y estaba a punto de regañarlo.

- Impa… buenos días… - Fue todo lo que alcanzó a decir, tragando en seco.

- Link, ¿se puede saber qué estabas haciendo allá arriba? –

- Creo que tú deberías saberlo. – dijo Link, ya repuesto de la sorpresa se puso algo desafiante. – El año pasado me perdí el cumpleaños de Zelda. Así que para compensar, este año quise estar seguro de ser el primero en decírselo.

- Un motivo admirable, pero entiende que pusiste tu integridad física en peligro. – dijo Impa, y en eso tenía toda la razón. – Y antes que digas nada, estoy consciente de que no es la primera vez que lo haces, te vi en un par de ocasiones hace algunos años. Entiende que ya no eres un niño. –

- Es la última vez, lo prometo. – dijo Link, alzando la mano. – Además, no creo que necesite hacerlo después de hoy, ¿verdad? –

- No, supongo que no. – admitió Impa. – Lo que me recuerda, espero que tengas listo tu traje de gala para la fiesta. Tendrás que verte muy presentable cuando la reina anuncie su compromiso. –

- Por supuesto. – respondió Link. – Es solo que no quiero estropearlo antes de la fiesta, tú entiendes. –

- Es mejor que vayas por él. Yo misma también debo arreglarme. Con tu permiso. –

Impa se fue por su lado, y Link por el suyo, hasta que volvió a su habitación. Se fue hacia su armario para ver su susodicho traje de gala. A decir verdad este tenía un patrón muy similar a su uniforme de soldado, la mayor diferencia era que en vez de una túnica tenía una chaqueta verde esmeralda, con adornos negros y dorados en las muñequeras, y unas hombreras doradas. También tenía unos pantalones blancos ajustados, en contraste con los ligeramente holgados que usaba normalmente, y sus botas tenían tobilleras doradas. Además, en el bolsillo de la chaqueta colgaban un par de guantes blancos. Estos últimos eran lo que menos le gustaba, pues prefería usar guantes sin dedos para mejor agarre, pero tendría que soportarlos. Todo era por Zelda, después de todo.


Al mediodía…

No se hizo esperar el ruido cuando las puertas del castillo se abrieron. Los invitados a la gran fiesta comenzaron a entrar en tropel. Aquel día, príncipes y nobles se codeaban con los ciudadanos comunes, igual que el año pasado. Según la reina Selena, era una buena forma de fortalecer las relaciones entre la familia real y el pueblo, pues su filosofía era que los nobles existían para servir a la gente, y no al revés.

Entre los primeros en llegar estaba la familia real de Bern. Una vez que entraron, los guardias que los escoltaban pidieron retirarse, pues no estaban vestidos para la ocasión, y se unieron a los soldados de Hyrule en vigilar el lugar. La reina Selena e Impa los recibieron en la entrada.

- Desmond, estoy muy feliz de que hayan venido. – dijo inclinándose cortésmente.

- No nos lo perderíamos por nada. – dijo el rey Desmond de la misma manera. – Ya conoces a mi hijo Zephiel. –

- Saludos, Majestad, me complace volver a verla. – dijo Zephiel.

- Mi esposa Hellene, y nuestra hija menor, Guinivere. – dijo haciendo un gesto hacia cada una.

- Por fin te conozco, reina Selena, mi esposo habla mucho sobre ti. – saludó la reina Hellene. – Es un placer conocerte al fin. Espero que podamos ser buenas amigas. –

- El placer es mío. – respondió la reina Selena. Luego se inclinó hacia la pequeña Guinivere, que intentaba esconderse tras las faldas de su madre. – Y tú, pequeña, ¿así que tu nombre es Guinivere? –

La niña, tímidamente, se limitó a asentir con la cabeza. La reina Hellene decidió darle un pequeño empujoncito para que saliera de allí.

- Guinivere, querida, no seas tímida. ¿No ves que la reina Selena es una vieja amiga de tu padre? Salúdala como debe de ser. – le dijo.

- Mucho gusto… reina Selena. – dijo Guinivere, tratando de sonreírle a la reina Selena.

- Igualmente. – respondió la reina. – Dime, Guinivere, ¿cuántos años tienes? –

- Cumpliré siete el próximo mes. Mi madre dijo que, ya que usted nos invitó al cumpleaños de su hija, ¿le gustaría venir al mío? – preguntó la pequeña, ya un poco más tranquila.

- Sería un placer para mí. – sonrió la reina Selena. – Bien, por favor no se queden allí, la fiesta está por comenzar. Impa, si eres tan amable de escoltarlos al salón. –

- Por supuesto, mi reina. – dijo Impa. – Por favor, acompáñenme por aquí. –

Impa les indicó a la familia real de Bern para que la siguieran al interior del castillo. Sin embargo, solo entraron la reina Hellene con sus dos hijos, el rey Desmond se quedó en la entrada, pues aún tenía algo más que decirle a su vieja amiga.

- Bien, tú y tu hija ya han tenido todo un año para pensar nuestra propuesta. – dijo el rey.

- Sí, hemos pensado en ella. – dijo la reina Selena. – Pero ya te lo dije, es mi hija quien tiene la última palabra al respecto. –

- Sigo sin entender por qué no la aceptas de inmediato. – dijo el rey. – No he dejado de hablarte de los beneficios que obtendrías con la unificación de nuestros reinos. –

- Por supuesto que lo has hecho. – respondió la reina. De hecho, tantas veces se lo había repetido que ya estaba un poco fastidiada con ello. – Pero como madre, tengo que pensar también en qué es lo mejor para mi hija. –

- Ya que lo pones de esa manera, imagino que ella también habrá tomado su decisión al respecto, ¿cierto? –

- Así es. – dijo la reina. – Como dije, ella tiene la última palabra, así que espero que tú y Zephiel la acepten pase lo que pase. –

- No debes preocuparte por eso. Supongo que ya podremos entrar, ¿verdad? –

- Desde luego. –

La reina Selena siguió al rey Desmond hacia el interior del castillo, dirigiéndose al gran salón. La fiesta empezaría en cualquier momento, en cuanto Zelda bajara de su habitación. Tal como lo imaginaba, la propuesta del rey Desmond y Zephiel aún seguía en pie. La reina Selena podría haberla rechazado allí mismo, pero había decidido dejarlo en manos de Zelda. Sería una buena prueba de madurez para su hija, una buena forma de determinar si ya era digna de ser reconocida como mujer adulta. Tenía que tener fe en ella.


Arriba, en la habitación de Zelda…

La princesa por fin había terminado de arreglarse para la gran fiesta. Se había puesto su vestido de gala favorito para ese día, de color lavanda, con guantes largos a juego, y manteniendo siempre las hombreras de oro. Había terminado de hacerse la trenza tradicional para sujetar su larga cabellera rubia y estaba ya colocándose su tiara. Un poco de sombra en los ojos y su lápiz labial, y ya estaba lista. Antes de irse, colocó sobre su dedo el anillo que Link le había regalado. Un regalo hermoso y muy apropiado, pues ese día la reina anunciaría su compromiso con el hombre al que tanto amaba. Sus 18 primaveras no le parecían tan importantes en ese momento, el verdadero motivo para celebrar era el poder hacer oficial su relación con el amor de su vida.

¡KNOCK! ¡KNOCK!

- Princesa, todos están esperando. Ya es hora. – Escuchó una voz llamando detrás de su puerta. Ella sabía ya de quién se trataba. Reconocería la voz de Link donde fuera. Por supuesto, si estaba hablando con ese tono formal y llamándola por su título, significaba que afuera había otras personas y debía cubrir apariencias. Por el momento al menos.

- Ya estoy lista. – dijo, y se dirigió de inmediato hacia la puerta.

Al abrirla, se encontró, tal como lo esperaba, con Link. Pero igual que ella, se había ataviado para la ocasión, ya traía puesto su traje de gala, aunque conservaba la bufanda de su uniforme de soldado. Zelda decidió tomarse su tiempo para admirarlo, pues rara vez tenía la oportunidad de verlo así. Además, y para complementar, Link se había peinado y amarrado su cabello en una coleta. Eso iba bien con el atuendo, no podía negarlo, pero en el fondo a ella le gustaba más cuando lo tenía salvaje y desordenado, reflejaba más la personalidad real del joven, la que la había enamorado.

A su vez, Link también se tomó un instante para admirar a su princesa. Zelda era el tipo de mujer que no importaba lo que se pusiera, siempre se veía hermosa, pero los vestidos de gala lo acentuaban aún más, pues le agregaban ese aire de elegancia y nobleza que la identificaba como princesa y heredera.

- Wow, estás muy hermosa este día. – dijo Link sin poder evitarlo.

- Gracias. – Zelda se sonrojó levemente, pero le sonrió. – Tú también te ves muy guapo hoy, Link. Hace mucho que no te veía con tu traje de gala. –

- Je, este es uno nuevo, de hecho. El último empezaba a quedarme pequeño. – confesó Link. – Pero sé lo mucho que te gustaba, así que lo mandé confeccionar igual. Bueno, ¿nos vamos? – agregó ofreciéndole su brazo.

- Por favor, guíame. – dijo Zelda, aceptándolo.

El joven soldado acompañó a la princesa por el corredor, mientras los sirvientes que estaban por allí les dirigían miradas algo extrañas. Sabían que Link era el guardaespaldas de la princesa, así que escoltarla era parte de su tarea usual, pero ir tomados del brazo ya era un poco pasarse, seguro era lo que estaban pensando. Pero eso a ellos no les importaba. Siguieron bajando las escaleras del castillo hasta llegar a la que llevaba al gran salón. Una vez allí fue que se soltaron, para que Zelda pudiese bajar hacia la fiesta. No querían sorprender a los invitados antes de tiempo. Mientras la princesa bajaba por la escalera, seguida de cerca por su guardaespaldas, todo el salón estalló en gritos y aplausos. Ella solo se limitó a sonreír y saludar. Oficialmente había comenzado la fiesta.

Durante las siguientes dos horas, Zelda no hizo otra cosa que bailar con quienes la invitaron. Esta vez se notaba bastante más animada que el año anterior, pero nadie tenía idea del por qué. En parte se debía a que Link esta vez sí estaba presente, y a que él no le quitaba los ojos de encima. De algún modo, lo que estaba esperando era la oportunidad de bailar con él, ya como una pareja comprometida. Ocasionalmente, también le daba una que otra mirada a su madre, como si le preguntara: "¿Cuándo vas a anunciarlo?" La reina le enviaba su respuesta no verbal: "Paciencia, cuando llegue el momento".

Cuando ya eran las cuatro de la tarde, todos se habían sentado a la mesa para tomar aperitivos, y la reina ya estaba planeando hacer su anuncio, sin embargo, ocurrió lo impensable: el rey Desmond se le adelantó.

- ¡Su atención por favor! – dijo con voz atronadora, mientras sonaba su copa con la cuchara. – Quisiera hacer a todos un anuncio importante. O más bien, darle la oportunidad a mi hijo mayor, Zephiel, de hacerlo, pues esto le concierne a su futuro, y también al de nuestros reinos. Zephiel, si tienes la bondad. -

- Gracias, padre. – dijo Zephiel, poniéndose de pie. – Quizás muchos de ustedes ya lo sepan, pero desde hace muchos años, mi padre, el rey Desmond, desea que nuestro reino y el reino de Hyrule se unifiquen de manera definitiva, y llevar a nuestros pueblos a una nueva era de paz y prosperidad. Hace exactamente un año tuve la dicha de conocer a la heredera del reino de Hyrule, la princesa Zelda, a quien hoy le celebramos sus 18 primaveras. Permítanme decirles a todos que nunca en mi vida vi una mujer de tal belleza y gracia. –

Zelda suspiró por dentro. Ya sabía perfectamente a donde iría eso. Ya tenía su respuesta preparada, pero una parte de ella hubiera deseado no tener que darla cuando los ojos y oídos de todos los invitados estaban fijos en ella. Del otro lado de la mesa, Link intentaba con todas sus fuerzas reprimir el impulso de lanzarse sobre el príncipe de Bern mientras daba su discurso. En cuanto hizo una pausa, Zephiel caminó hacia la princesa, y Link se vio forzado a dejar en la mesa la copa que tenía en la mano, para no sentirse tentado a apretarla hasta romperla.

- Princesa Zelda, cuando te hice mi propuesta, me pediste, y con razones válidas, que te diera un año para considerarla. Hoy quiero renovarla, y ofrecerte además la corona de Bern para que podamos gobernar juntos sobre ambos reinos en el futuro. ¿Aceptarías convertirte en mi esposa? –

Todo mundo se puso expectante. Había llegado el momento de la verdad. Pero solo unos cuantos sabían cuál sería la respuesta de la princesa. Entre los murmullos de la multitud, Link alcanzó a escuchar que la hija menor de los reyes de Bern, Guinivere, hablaba algo con su madre.

- Madre, si la princesa Zelda acepta casarse con mi hermano, eso la convertirá en mi hermana también, ¿verdad? – dijo la pequeña, se notaba muy entusiasmada.

- Je, el término más apropiado sería "hermana política", pero sí, estás en lo correcto, hija. – dijo la reina Hellene amablemente.

- ¡Yupi! ¡Voy a tener una hermana! ¡Voy a tener una hermana! –

Link no pudo más que forzar una media sonrisa y por dentro sentir un poco de pena por la pequeña Guinivere. Parecía muy emocionada ante la idea de tener una hermana mayor, y tratándose de Zelda era más que comprensible. Desde que él podía recordar ella siempre había tenido buena mano con los niños, podría ser una buena hermana para la princesa de Bern. Se sentía un poco egoísta por pensar de esa manera. Pero el pensamiento se fue tan rápido como había llegado en cuanto Zelda se dispuso a dar su respuesta.

- Príncipe Zephiel, nuevamente lo diré, me siento honrada por tu propuesta, y me halaga enormemente que te hayas fijado en mí. – dijo Zelda. – Te pedí un año para considerarlo porque en ese momento no podía dar una respuesta definitiva. De todo corazón, te pido que no tomes esto a mal… pero mi respuesta… es no. –

Excepto por los pocos que sabían de antemano que esa sería su respuesta, todos en el salón hicieron notar su asombro. Especialmente, desde luego, los miembros de la familia real de Bern, Zephiel especialmente.

- ¿Puedo saber, al menos, por qué tu respuesta es no? – preguntó, una vez que recobró la voz, e intentando controlar la intranquilidad en ella.

La princesa simplemente se limitó a levantar su mano, para mostrar el anillo que traía en su dedo. Hasta ese momento, nadie de los que estaba en la fiesta se había fijado en él, pero todos supieron lo que significaba. El príncipe de Bern incluso alcanzó a leer la inscripción al verlo de cerca (también había estudiado Hyliano antiguo), eso sellaba por completo el trato.

- Ya veo, así que estás comprometida con alguien más. – dijo Zephiel.

- Así es. – dijo Zelda con firmeza. – Y antes de que nadie pregunte, mi madre ya nos dio su bendición en nuestra relación. De hecho, hoy planeábamos anunciarla para hacerla oficial. –

Pronto toda la multitud comenzó a murmurar. Algunos seguían sorprendidos por el rechazo de la propuesta, otros se preguntaban quién podría ser el misterioso prometido de la princesa Zelda. Entretanto, el rey Desmond parecía estar luchando por no hacer una escena, mientras la reina Hellene le sujetaba la mano, y Guinivere simplemente no entendía lo que estaba sucediendo. Más bien, se preguntaba por qué Zelda había rechazado a su hermano, que en su reino era muy popular con las mujeres y muchas morirían por comprometerse con él.

- Entiendo. – dijo Zephiel. – Ciertamente no me lo esperaba. Pero no pienso darme por vencido tan fácilmente. Deseo saber quién es el hombre al que has elegido tu prometido. –

- Si nos hubieses dado un poco de tiempo, hubiéramos podido presentarlo. – dijo Zelda, tratando de no mirar hacia donde estaba Link, pues aún no sabía cuáles eran las intenciones de Zephiel.

- Por supuesto, la reina Selena es la que tendría que haberlo hecho oficial al anunciarlo. – dijo Zephiel. – Pero hasta entonces… sigue quedando en el aire, ¿no es verdad? –

Zelda tragó en seco ante esas palabras. Si tan solo su madre hubiese anunciado su compromiso un poco antes. La reina Selena también hizo una mueca de culpabilidad, no debió esperar tanto. Lo mejor hubiera sido anunciarlo al principio de la fiesta.

- En ese caso, solicito el derecho a batirme en un duelo de honor con él, por tu mano en matrimonio. – declaró Zephiel. – Que las espadas resuelvan esto. –

Las últimas palabras del príncipe de Bern provocaron reacciones mezcladas entre los presentes. Por un lado, muchos aún seguían sorprendidos del rumbo que tomaron los acontecimientos, primero la princesa lo rechazó, declarando estar comprometida, y luego pide batirse con su prometido en duelo. Por el otro, alivio de parte de los que querían a toda costa evitar un incidente que perjudicara las relaciones entre los reinos. Reducir el conflicto a un duelo de honor minimizaría a solo dos partes las que lo resolvieran y lo haría rápidamente, pero eso tal vez no fuese algo del todo bueno. Todo dependería del resultado de dicho duelo.

Link estaba a punto de pararse frente a Zephiel para ir y decirle "Aquí me tienes, desenvaina y vamos a empezar de una vez." Pero una mano sobre su hombro lo detuvo. Al voltearse, vio que se trataba de Impa. La Sheikah le hizo una mueca de negación.

- Aguarda. – le dijo. – Deja que la princesa lo resuelva. –

Él no entendió a qué se refería, sino hasta unos instantes después, cuando Zelda respondió a la solicitud del príncipe Zephiel.

- Si es un duelo de honor con espadas lo que deseas, príncipe Zephiel, entonces lo tendrás. – dijo con firmeza. – Pero con una condición. Tu oponente… seré yo. –

Si la gente creyó que no podía sorprenderse más, se dieron cuenta de lo equivocados que estaban. Por supuesto, la mayoría de ellos no tenían idea de lo que la princesa Zelda había estado haciendo durante el último año. Ella no iba a irse con algo como eso tan a la ligera. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

- ¿Es una broma? – dijo Zephiel. - ¿Quieres enfrentarme? ¿Tú? –

- Las reglas de los duelos de honor dictan que cualquiera de las partes involucradas, directa o indirectamente, tiene el derecho de elegir participar personalmente si lo desea. Como princesa de Hyrule, y ya que es mi mano en matrimonio lo que está en juego, elijo pelear para defenderla. – declaró con determinación.

- Apoyo la moción de mi hija. – dijo la reina Selena. – Si ella quiere luchar por defender su mano, está en todo el derecho de hacerlo. –

- ¿Es una broma, Selena? ¿Qué significa esto? – intervino el rey Desmond, poniéndose de pie e ignorando las advertencias de su esposa.

- Todo lo que dijo mi hija es cierto. – dijo la reina Selena. – Desde hace unos meses, tal vez antes, ella ya había elegido al que sería su futuro esposo, y si me permites decirlo, es el mejor prospecto que podría haber encontrado. No obstante, dado que no lo pude hacer oficial antes que tu hijo presentara su propuesta de matrimonio, ahora todo se reduce a esto. Mi hija hoy legalmente cumple su mayoría de edad, así que está el derecho de ser ella quien acepte el reto de tu hijo para defender su mano si así lo desea. –

Zelda miró a su madre. Le estaba dando un voto de confianza con esas palabras. No podía decepcionarla. De inmediato volteó a ver a Zephiel.

- Tú decides, príncipe Zephiel. Si deseas mi mano, tendrás que ganármela en un duelo. – dijo Zelda.

El príncipe se lo estaba considerando. Ciertamente, había sido un giro de acontecimientos inesperado, en especial para él. Y en los registros históricos, nunca se vio que una princesa decidiera batirse en duelo con un pretendiente personalmente para defender su mano, normalmente tenía a alguien para que lo hiciera por ella. En este caso, Zelda podría haber enviado a Link a que lo hiciera, pero ella no obligaría al amor de su vida a pelear una batalla que ella podía afrontar por sí misma.

- Aún dentro del marco legal, me parecería algo injusto batirme en duelo con alguien sin experiencia en el arte de la esgrima. – dijo Zephiel.

- Si es por eso no debes preocuparte. – aseguró Zelda. – Este último año me sometí a un riguroso entrenamiento para aprender a utilizar la espada. Además, permíteme recordarte que fuiste tú quien propuso el reto, si te echas para atrás ahora, eso no te hará ver nada bien. –

Esas palabritas movieron algunos nervios dentro de Zephiel. Zelda sonaba muy segura de sí misma al aceptar tomar el desafío personalmente. En la familia real de Bern aún estaba algo arraigada esa creencia tradicionalista de que las mujeres eran más débiles que los hombres, por lo menos en algunos sentidos, y quizás por eso no le agradaba la idea de pelear contra ella. Pero si tenía que vencerla para poder ganar su mano en matrimonio, ¿qué otras opciones tenía?

- ¿Dónde y cuándo? – dijo finalmente, indicativo de que lo había aceptado.

- Necesitamos un lugar espacioso. Que sea en la plaza de la ciudadela. – dijo Zelda. – En cuanto a mí, necesitaré al menos una hora para prepararme. ¿Es suficiente tiempo para ti? –

- Veo que quieres resolver esto a la brevedad, ¿no es así? – dijo Zephiel resignado. – De acuerdo, solo necesito ir a la posada por mi espada y mi armadura de combate. –

- Está dicho entonces. – dijo Zelda. – La fiesta queda suspendida hasta que termine el duelo de honor. Los que deseen presenciarlo diríjanse a la plaza. –

- Ya escucharon a mi hija. – dijo la reina Selena, luego se dirigió hacia un grupo de guardias. – Quiero que delimiten el perímetro alrededor de la plaza, y se aseguren de que nadie perturbe el duelo mientras se realice. –

- Sí, Majestad. – dijo el guardia líder, y de inmediato salieron a toda prisa hacia la plaza.

Mientras la gente iba saliendo hacia la plaza, Link tuvo que abrirse paso a contracorriente para llegar hasta donde estaba Zelda. Por fortuna, Zephiel, sus padres y su hermana estuvieron entre los primeros en salir del salón, así que no verían que se acercó a ella, y que la escoltaba del brazo de regreso a su habitación.


Habitación de Zelda…

La princesa había entrado a su cuarto para quitarse su vestido de gala y ponerse su equipamiento de combate, mientras Link esperaba afuera, apoyado junto a la pared de la puerta.

- Zelda, ¿estás segura de esto? – le preguntó.

- Para cosas como esta fue que te pedí que me entrenaras. – respondió Zelda desde adentro, mientras se ajustaba sus botas.

- Oye, a mí no me importa ser el que se enfrente a él. – dijo Link. – Es mi deber protegerte después de todo. –

- Esto es algo que tengo que hacer. – dijo Zelda, colocándose el peto y las hombreras frente al espejo. – Es la mejor manera de resolver esto. –

- No discutiré eso, pero… -

- Ya escuchaste a Zephiel. – volvió a interrumpirlo Zelda, esta vez colocándose los brazales. – A decir verdad, me sorprende un poco lo bien que lo tomó. Y de todos modos, ya no hay vuelta atrás, tengo que ganar ese duelo, y eso es todo lo que importa. –

Link no pudo decir más. No le agradaba del todo la idea de dejar que Zelda fuese la que tuviera que enfrentarse a Zephiel, especialmente cuando se suponía que ÉL fuese el que debería protegerla. Al cabo de unos minutos, Zelda salió de la habitación completamente equipada y con el florete en la mano.

- Yo puedo enfrentarlo por ti, no es necesario que hagas esto. – dijo Link.

- Pero quiero hacerlo. – dijo Zelda. – Ya no soy una niña. Si quiero ser vista como una adulta, tengo que ser capaz de proteger lo que es importante para mí. Este duelo es para defender nuestro futuro juntos, nuestra felicidad. Por eso quiero ser yo la que pelee esta batalla. –

- Zelda, tú no tienes por qué probar nada. – dijo Link. – Eres una mujer muy fuerte, me lo demostraste con creces en nuestro entrenamiento. –

- Link, dime con toda sinceridad, ¿crees en mí? – le preguntó, sujetándolo de los hombros.

Link guardó silencio por un momento. No podía decir sí o no tan a la ligera. Una parte de él seguía diciéndole que debería ser él quien decidiera salir a arriesgarse por ella, no al revés. Pero eso significaría estar menospreciándola a ella. La otra le decía que Zelda era una mujer fuerte y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma, y que debería tener más fe en ella, pero eso podría implicar que estaba faltando a su responsabilidad de protegerla, no solo como guardaespaldas, sino como pareja.

- Link, una vez durante el entrenamiento me dijiste que nunca peleara una batalla al menos que estuviera segura de que puedo ganar. – le dijo Zelda. – No quiero sonar arrogante, pero me siento muy segura después de entrenar con el mejor. Además, si es necesario, aún tengo algunos ases bajo la manga, por si acaso. –

- ¿De qué estás…? – Y entonces Link cayó en cuenta. Zelda se refería al entrenamiento que había estado haciendo ella sola por su cuenta durante los últimos meses. Canalizar su poder mágico a través del florete para hacer ataques especiales. Aparte, su propia habilidad natural con la espada seguía mejorando cada vez más. Si combinaba esos dos aspectos, seguro, no, con toda certeza le ganaría. Y no estaban en un torneo, así que nadie podría llamar a que estaba haciendo trampa ni nada por el estilo.

De algún modo, las dos partes en conflicto del cerebro de Link parecieron reconciliarse entre ellas. Volvió a mirar a su princesa. Si los vestidos de gala resaltaban su belleza y elegancia como princesa, el traje de combate de algún modo reflejaba a lo que él llamaría "la verdadera Zelda". Una mujer que quería ser fuerte para defender lo que era importante para ella, y que a pesar de todo seguía siendo hermosa y con un noble corazón. ¿No eran esas las razones de haberse enamorado de ella en primer lugar?

- De acuerdo. – dijo Link finalmente. – Esta es una batalla para defender nuestro amor, así que perder no es una opción. Pero creo en ti. Eres la mujer más bella, fuerte y maravillosa que conozco. Sé que podrás con él. –

- No te decepcionaré. – dijo Zelda. Mirando hacia los dos lados del corredor para cerciorarse que no había nadie, sujetó a Link por la barbilla y se le acercó. - ¿No me das un beso para la buena suerte? –

- Creí que no me lo pedirías. – sonrió Link, concediéndole su petición, dándole su más tierno beso. Al terminar, la tomó de la mano. – Mejor nos damos prisa, no querrás hacerlo esperar. –

- Es cierto. En marcha. –

La princesa y su guardaespaldas caminaron con paso firme para salir del castillo. Al cruzar el sendero hacia la ciudadela, todos los miraban con gran sorpresa, en parte por ir de la mano, y en parte por la expresión seria y llena de determinación que la joven tenía en su rostro, en contraste con la expresión relajada y pacífica que la caracterizaba normalmente. Al llegar a la entrada, Zelda tenía que continuar hacia la plaza, mientras que Link decidió ir a buscar a la reina Selena y a Impa, que sin duda tendrían asientos privilegiados para el duelo. Los dos intercambiaron miradas una última vez, dándose un asentimiento de cabeza como signo de confianza el uno del otro. Cuando Link se fue por su lado, Zelda dio la vuelta y miró hacia la plaza. Los guardias le habían despejado el camino. Tomó un profundo respiro, había llegado la hora de enfrentar su destino.


Plaza de la ciudadela de Hyrule, minutos más tarde…

Los habitantes de la ciudadela de Hyrule se habían congregado alrededor de la plaza central para un evento sin precedentes. Todo el centro de la plaza estaba completamente despejado, la gente miraba expectante desde fuera de los bordes, dejándoles todo el espacio a dos personas.

De un lado se encontraba la princesa de Hyrule. Siempre había sido considerada como una de las jóvenes más hermosas dentro y fuera del reino, pero aquel día, todos estaban apreciando su belleza de una manera… diferente, siendo que había reemplazado su vestido por el traje que utilizó durante su entrenamiento con Link, algo que nadie creyó ver jamás. La gente estaba sorprendida de ver a la princesa vestida de esa manera y con una espada en la mano, aunque nadie negaba que, a pesar de todo, siguiera manteniendo esa belleza y elegancia que la caracterizaba.

Del otro lado, el príncipe Zephiel también se había equipado apropiadamente para el combate. Sobre su traje se había puesto una armadura de peso mediano, de color púrpura con acentos en dorado, y en su pecho también llevaba la cresta de la familia real de Bern. Su espada era de hoja ancha y claramente se podía ver que requería de ambas manos para poder blandirse apropiadamente.

- ¿Estás segura de que quieres hacer esto, Zelda? – habló el príncipe.

- Estoy segura, príncipe Zephiel. – respondió la princesa.

- Podríamos ahorrarnos todo esto, si tan solo aceptaras mi proposición. – dijo Zephiel.

- Con todo respeto, príncipe, hablas como si el resultado ya estuviera decidido. – dijo Zelda, manteniendo la calma y tratando de sonar lo más cortés posible.

- Me disculpo, pero piénsalo bien. – dijo Zephiel. – Por lo que me has dicho, solo has entrenado durante poco menos de un año. Yo en cambio, tengo tras de mí más de 10 años de experiencia como espadachín. –

- No me descartes tan pronto. – dijo Zelda, adoptando una postura defensiva, poniéndose de lado y apuntando su espada hacia el frente. – Te podría sorprender lo que he aprendido en ese tiempo. –

- Es una lástima. Pero si es lo que debo hacer para ganarme tu mano, que así sea. – dijo Zephiel, adoptando su propia postura.

En un sitio de honor, reservado para las personas más importantes que estaban por observar el encuentro, se encontraban sentadas las familias respectivas de los combatientes. La reina Selena ocupaba un trono solitario, parados junto a ella estaban Impa y Link, ambos cruzados de brazos y esperando con ansias el combate. El rey Desmond y su esposa ocupaban un trono doble, con la pequeña Guinivere sentada en el regazo de su madre.

- Tu hija es realmente testaruda. – comentó el rey Desmond. – Mira que habernos convencido de llevar esto a cabo.

- Supongo que es de familia. – replicó la reina Selena, sonriendo. – Yo también lo era a esa edad, ¿no lo recuerdas? –

- Como olvidarlo. – dijo Desmond. – Tengo que estar de acuerdo con mi hijo, esto parece más una pérdida de tiempo. Zephiel es el mejor espadachín en el reino de Bern, ni siquiera los comandantes de nuestra Guardia Real pueden competir con él. –

- No subestimes a mi hija. – dijo Selena. – Te sorprendería de lo que es capaz cuando se propone lograr algo. Y como sabes, ella tiene muchos… talentos ocultos. –

Desmond miró a Selena, que no dejaba de sonreír. Algo de eso era cierto, la princesa Zelda había demostrado ser una niña prodigio en muchos campos. Pero, ¿de allí a aprender el arte de la espada en solo unos pocos meses?

- Pareces estar muy segura. – volvió a comentar Desmond.

- Confío en ella. – dijo Selena. – Y además, en este tiempo tuvo a un buen maestro. Ese es otro punto a favor. –

- Como digas. Solo espero que esto termine pronto, para que podamos pasar a sellar oficialmente nuestra alianza con el compromiso de nuestros herederos. – dijo Desmond.

La reina Selena no estaba tan segura de esa última parte. Y evidentemente, su hija tampoco lo estaba. Después de todo, con los eventos que habían llevado a esto en primer lugar, había muchas cosas en juego.

- ¡Vamos hermano, tú puedes! – gritó la pequeña Guinivere.

- Guinivere, por favor muestra un poco más de respeto. – dijo la reina Hellene.

- Pero madre, yo quiero que mi hermano gane. – dijo Guinivere. – Si gana, podrá casarse con la princesa Zelda, y entonces tendré por fin una hermana mayor. –

La reina Hellene dio un pequeño suspiro de resignación. No podía culpar a su hija por estar tan entusiasmada, al fin y al cabo, la pequeña había visto a algunas de sus amigas con una hermana mayor, y aunque quería mucho a su hermano Zephiel, al ser de sexos diferentes sus intereses generales también lo eran, y ella quería una hermana con la cual compartir igual. Por lo que pudo ver de Zelda, si hubiese tenido otra hija antes de tener a Guinivere, sin duda le hubiese gustado que fuese como ella.

Todo el mundo volvió su atención a la plaza. Por fin iniciaría el combate. Las reglas eran simples: hacer caer al oponente, forzarlo a rendirse o desarmarlo. El primero que lograra cualquiera de las tres sería el ganador. Zephiel de principio pensó en dejar que Zelda hiciera el primer movimiento, pero luego decidió que a ella no le gustaría que ese tipo de cortesías. Así que apuntó la espada al frente y se lanzó con una estocada.

La princesa evadió el ataque usando la maniobra tal como Link le había enseñado. Dejó fija la punta del pie izquierdo para usarlo como pivote y rotar el cuerpo, esquivando la hoja de Zephiel en el último momento y flanqueándolo, para tomar algo de distancia. El príncipe se volteó y volvió a atacarla, esta vez con un corte horizontal. Ella lo detuvo con un bloqueo vertical con el plano de su espada, aunque tuvo que usar ambas manos para poder mover la espada de Zephiel por el peso.

Zephiel continuó a la ofensiva, presionando a Zelda sin parar. Ella se limitaba a evadir o bloquear los ataques sin contraatacar en absoluto. A pesar de todo, él pudo darse cuenta que las técnicas de la princesa eran bastante efectivas. Y no solo eso, ella además se movía con gracia y elegancia, sus movimientos eran fluidos y precisos. No se descuidaba ni un instante.

- Vaya, vaya. Esto está resultando más interesante de lo que esperaba. – dijo Zephiel.

- Te dije que te sorprendería. – sonrió Zelda.

- Lo cumpliste, lo admito. – dijo Zephiel. – Pero si no lo supiera mejor, diría que solo estabas probándome, ¿me equivoco? Te advierto que si no vienes a mí con todo lo que tienes, no podrás vencerme. –

- Si es así como lo deseas. – dijo Zelda, retomando su postura.

El combate se reanudó. Ahora el choque entre las espadas se hizo más intenso. Tanto la reina Selena como el rey Desmond notaron que ahora Zelda ya no se mantenía a la defensiva del todo como antes, ahora sí aprovechaba las aberturas que tenía para contraatacar ocasionalmente. La gente observaba maravillada, no parecía que la princesa estuviera combatiendo, sino más bien era como si danzara alrededor de su oponente.

Por otra parte, mientras que Zelda mantenía la calma, el príncipe Zephiel comenzaba a perder la paciencia. Estaba resultando ser una oponente mucho más formidable de lo que él esperaba. Y por alguna razón, no podía quitarse de encima la extraña sensación de que ella solo estaba jugando con él, y de paso se estaba divirtiendo.

- No, eso no es posible… - se dijo a sí mismo.

Pero aun así, los contraataques de Zelda en varias ocasiones le habían pasado peligrosamente cerca. Estaban peleando con espadas reales y bien afiladas, un ataque a cualquier zona no protegida por las armaduras que llevaban les causaría una herida. En un arranque, sin saber por qué, Zephiel lanzó una estocada hacia la cara de Zelda, al tiempo que daba un furioso grito. Zelda dio un salto hacia atrás para evitarlo, y por primera vez en el encuentro una fugaz expresión de alarma cruzó por sus ojos.

Zephiel, por su parte, parecía tan sorprendido como ella por lo que había estado a punto de hacer.

- Lo… lo siento. – dijo. – Creo que… me dejé llevar un poco… -

- No te preocupes. – dijo Zelda. – Creo que es mejor así.

- Bien, eso significa que debo dejar de jugar. – dijo Zephiel. – Ahora sí es tiempo de ponerse serio. –

- No quisiera que fuera de otro modo. – dijo Zelda. Sonaba muy segura de sí misma.

Dicho y hecho, era tiempo de dejar los juegos. Zephiel comenzó a aumentar la fuerza de sus ataques. A raíz de esto, Zelda comenzó a evadir y tratar de darle estocadas cuando veía una abertura. Habiendo entrenado ya contra un arma similar, aunque más pesada, tuvo la sensación de que el príncipe estaba tratando de romper su defensa, y su arma con ella. Y no se equivocaba. Comenzó a preocuparse un poco, no quería que su florete, que era un regalo especial de su amado, fuese destruido en ese duelo. Zephiel acortó la distancia entre los dos e intentó romper su defensa, mientras ella contrarrestaba desviando los golpes cómo podía. En un descuido, consiguió forzarla a una posición vulnerable, y se disponía a darle un tajo vertical con ambas manos. Instintivamente, Zelda colocó el florete en guardia diagonal, y se concentró.

- ¡¿Pero qué…?! –

Lo siguiente que supo Zephiel fue que en cuanto su espada hizo contacto con el florete de Zelda, una poderosa fuerza lo repelió, enviándolo hacia atrás, y aturdiéndolo por un momento. Y podría jurar que justo antes de eso, vio que la hoja del arma de la princesa estaba irradiando un resplandor azul-blanco, como si estuviera hecha de hielo o algo así. Por un milagro, aterrizó en pie, pero estaba claramente en shock por lo que acababa de suceder.

El público estaba de la misma manera. Los gritos de apoyo ya fueran para el príncipe o la princesa cesaron por un instante. La familia real de Bern también se había quedado con la boca abierta. Los únicos que no parecían sorprendidos eran la reina Selena, Impa y Link. De hecho, estaban sonriendo ampliamente. Por fin todos verían las verdaderas habilidades de Zelda.

- ¿Qué fue eso? ¿Qué hizo Zelda hace un momento? – preguntó la reina Hellene.

- No soy un experto, pero lo que acabo de ver definitivamente fue magia. – dijo el rey Desmond. – Zelda imbuyó su espada con algún poder mágico, ¿no es así, Selena? –

- Estás en lo correcto. – respondió la reina Selena, sin dejar de sonreír.

- ¡Pero eso es ilegal! – protestó el rey. - ¡Tu hija tiene una ventaja injusta! –

- Desmond, con el debido respeto, no estamos en ningún torneo. – dijo la reina Selena con la voz calmada. – Cuando establecimos las reglas de este duelo de honor, nunca se prohibió que alguno de los combatientes pudiera utilizar la magia como apoyo. Eso quiere decir que ambos están en total libertad de utilizar los recursos que tengan a su disposición. –

- Pero eso… -

El rey Desmond quiso protestar algo más, pero su esposa le agarró la mano para llamar su atención, y le hizo un gesto de negación con la cabeza. La reina de Hyrule tenía razón, las reglas que establecieron al inicio no prohibían el uso de magia, solo especificaron las condiciones de victoria, dejando implícito que cualquier cosa que hicieran para lograrlas era legal. Eso explicaba el por qué se veía tan segura de que su hija iba a ganar, ahora todo tenía sentido. Se estaba guardando un as bajo la manga. Frunció el cejo pero se quedó callado.

- Selena, ¿podrías explicarme qué fue eso de hace un momento? ¿Qué clase de ataque utilizó Zelda? – preguntó la reina Hellene, claramente interesada.

- Mi hija acaba de utilizar una variante del hechizo conocido como Amor de Nayru. – explicó la reina Selena. – Nuestras leyendas dicen que la Nayru es la Diosa de la Sabiduría, y la asociamos con el elemento del agua y el hielo, el tiempo y la protección. Ese hechizo crea una barrera protectora hecha de cristales de hielo. Si el oponente golpea la barrera, la energía que utilice en su contra, combinada con la energía generada por la barrera hará que su ataque le sea devuelto al doble. Nayru no era una diosa agresiva por naturaleza, así que ella utilizaba la fuerza de sus enemigos en su contra cuando era agredida. –

De regreso en el duelo, el príncipe Zephiel, ya superando su sorpresa inicial, admitió por dentro que le impresionó. La sorpresa que Zelda acababa de darle le hizo darse cuenta que se confió de más al pensar que tendría una victoria fácil entre las manos. Durante mucho tiempo había esperado tener un oponente que pudiera motivarlo a pelear a su 100%, y al parecer ya lo había encontrado. Nunca había visto algo como eso, combinar la esgrima con la magia.

- ¿Así que te estabas guardando tus mejores trucos? – le dijo.

- No quería utilizarlos tan pronto. – replicó Zelda. – Perdona el empujón, el ataque que acabo de utilizar devuelve la fuerza que el oponente utiliza en mi contra al doble. –

- No te disculpes. Te dije que me dieras todo lo que tienes, después de todo. – admitió Zephiel. – Y ahora que he visto eso, estoy interesado en ver más. –

La princesa volvió a tomar una postura defensiva. Zephiel entendió que no podía volver a lanzarse de esa manera, si le daba tiempo de montar su defensa, su contraataque sería brutal. Y no se necesitaba ser un genio para saber que no sería el único truco que mantenía en reserva.

- Estoy esperando, príncipe Zephiel. – dijo Zelda.

Pero Zephiel no sabía qué hacer, si atacar o esperar. Conocer al oponente equivalía a ganar la mitad de la batalla, y el príncipe creyó haberlo hecho, hasta que Zelda le demostró lo contrario. Por otro lado, ella quizás ya había visto casi todo, si no es que todo, lo que él tenía para ofrecerle.

- Si tú no lo haces… ¡lo haré yo! –

Dicho esto, la princesa comenzó a correr hacia él, lista para dar una estocada. El instinto de supervivencia de Zephiel le dio la patada que necesitaba para moverse hacia atrás. Mientras Zelda corría la distancia, la hoja del florete se envolvió en una energía verde. El príncipe supo que le venía algo, pero no sabía QUÉ sería ese algo, así que no se le ocurrió más nada que mantenerse fuera del alcance de la hoja del florete. Mala suerte, eso no le iba a ayudar mucho.

¡WHOOOSH!

En cuanto Zelda dio la estocada, a pesar de que la hoja no llegó hasta él, la energía mágica generó un tornado que lo empujó. Tuvo suerte de poder afianzarse colocando un pie hacia atrás, de lo contrario hubiese podido irse de espaldas. Pero en ese tiempo, la princesa llegó hasta él y comenzó a bombardearlo con una serie de ataques relámpago. Zephiel logró bloquearlos sin muchas dificultades, pero tuvo la extraña sensación de que de pronto se volvían más rápidos por momentos.

- Otro ataque mágico, esta vez de tipo viento. – comentó la reina Hellene.

- Viento de Farore. – dijo la reina Selena. – Farore es la Diosa del valor, guardiana de los secretos de Hyrule, y asociada con el elemento viento. Se dice que sus corrientes pueden llevarte a donde lo desees, siempre y cuando seas una persona de buen corazón. Si no lo eres, te golpearán con la fuerza de un huracán, y harán que te pierdas. –

En cuanto vio su oportunidad, Zephiel inició su propia ofensiva relámpago, tratando de mantenerse a corta distancia de Zelda para evitar que tuviera tiempo de preparar otro de esos ataques especiales. Pero cuando intentaba rodearla para ponerse en su punto muerto, ella también cambiaba de posición, manteniéndose casi en paralelo con él. En una ocasión, mirando a los pies de la princesa para analizar sus movimientos, podría jurar que reconocía los pasos de un vals.

Sus sospechas fueron confirmadas poco después, cuando al fin decidió atacar, Zelda se movía como si él fuese su pareja de baile. Lo humillante era que, mientras él quedaba en ridículo, ella mantenía ese aire de gracia y elegancia en sus movimientos. Tomó un profundo respiro, si quería ganarle tenía que calmarse.

Mantener la calma le funcionó, pues fue capaz de analizar mejor los movimientos de Zelda y ver su ritmo. Pronto, por un momento pareció ganar una ventaja, pero cuando tuvo una oportunidad, dudó por miedo de que Zelda fuese a utilizar ese contraataque mágico, así que se mantuvo a distancia prudente.

Zelda volvió a disparar su estocada con tornado, y Zephiel se rodó hacia el suelo para evitar la corriente. Trató de llegar hacia ella para volver a atacar. Al darse cuenta de esto, la princesa trató de volver a levantar su barrera, pero Zephiel no cayó en la trampa. Dio un giro completo para rodearla y trató de darle un ataque de revés con el plano hacia la cintura. Era obvio que no iba a lanzar ataques fatales, pero un golpe con esa espada sin duda le dolería. Zelda se tiró al suelo de frente para evitar el ataque y rodó antes de ponerse de pie de nuevo.

Por ahora había evitado usar más magia de la necesaria, solamente en los ataques que había utilizado, y un poco ocasionalmente para potenciar su velocidad. Pero la resistencia natural de Zephiel parecía mayor de lo que ella esperaba, pues en todo el encuentro no había sudado ni una sola gota. Ella aún tenía mucha energía y un par de ataques mágicos en reserva, pero no podía dormirse en los laureles. Solo los podía utilizar cuando fuese absolutamente necesario.

Mientras tanto, Zephiel se encontraba con un enorme conflicto en su interior. Ahora no sabía qué enfoque sería el mejor para tener una oportunidad de ganar la batalla. Los dos estaban más o menos igualados, pero no tenía idea de si Zelda habría utilizado todos sus trucos contra él. No sabía si era mejor obligarla a sacarlos para tener una mejor idea, o intentar terminar el duelo rápidamente antes de darle oportunidad de hacerlo. Visto desde cualquier ángulo, sus posibilidades de triunfo no pintaban del todo a su favor.

- "No seas un cobarde, Zephiel. Aún puedes vencerla, esos ataques mágicos deben de tener un límite." - pensó.

Finalmente se dio cuenta de la clase de oponente a la que se estaba enfrentando. Quizás en un duelo "normal", Zelda hubiese podido pelear de tú a tú con él, pero a la larga hubiese perdido. Él tenía más fuerza y experiencia, que Zelda contrarrestaba con un poco más de agilidad y flexibilidad, lo que también se reflejaba en sus armas. En un par de ocasiones, trató de desarmarla dándole un golpe hacia el brazal para aturdirle el brazo y hacerle soltar el florete. Hubiera funcionado, si no fuese porque la princesa tomó una página del libro de su instructor y lo que hizo fue cambiar el florete de mano. Como era de esperarse, con la mano izquierda no era tan hábil como con la derecha, pero le sirvió para mantenerse en el juego hasta que pudo volver a moverla. Solo en una ocasión utilizó el hechizo de barrera para repeler a su atacante.

- Tu hija está resistiendo mucho. – comentó el rey Desmond. – A estas alturas cualquier otro ya hubiese caído ante Zephiel. –

- Tu hijo también me impresiona. – dijo la reina Selena. – Parece ser que sabe cómo cambiar estrategias y movimientos incluso a mitad del duelo. Mala suerte para él, Zelda es perceptiva y se adapta rápido a su oponente. –

Y así era. Zephiel primero intentó movimientos para terminar el duelo rápidamente, pero Zelda lograba anticiparlos con relativa facilidad. Ahora estaba en una competencia de resistencia, rezando por tener un aguante mayor al de Zelda y resistir hasta que ella colapsara. Pero ella tampoco daba muchos signos de cansancio. Aun así, parecía más viable que arriesgarse con movimientos peligrosos. Por ahora iba a mantenerse de esa manera, hasta que se le ocurriera algo.

Tomando ventaja de la aparente estrategia defensiva de Zephiel, decidió poner en práctica algunos de los ataques combinados que Link le había enseñado, encadenando algunos de los más básicos. Abrió con dos cortes diagonales en X al tiempo que avanzaba, seguido de uno casi vertical desde abajo. Zephiel creyó ver una abertura y no pudo resistir la tentación de mandar un contraataque con una estocada. Zelda adivinó su intención y giró el cuerpo, sujetándole el brazo estirado para darle un pequeño jalón usando su propio peso. Sin que nadie lo viera, la hoja del florete pasó peligrosamente cerca de su nuca. Fue solo por una fracción de segundo, pero Zephiel lo sintió, el metal de la hoja. Sin embargo, nadie más lo vio pues todo lo que vieron fue cuando él se alejó. Por primera vez en el encuentro, un escalofrío recorrió la espina del príncipe, y una gota de sudor frío rodó por su sien. Aunque hubiera sido por solo una fracción de segundo, se dio cuenta de que Zelda en ese momento podría haberle clavado el florete en la nuca para hacerle una herida fatal, pero no lo hizo. Fue descuidado, ella le había tendido una trampa, y él mordió el anzuelo.

- Ya no más juegos. – murmuró para sí mismo.

Sujetó firmemente su espada de mandoble y comenzó a atacar a Zelda tan rápido como podía con un arma de ese tamaño. La repentina ferocidad del ataque tomó a Zelda desprevenida, al punto que le tomó un poco volver a montar bien su defensa. Estuvo a punto de tropezar, y por instinto levantó el hechizo de barrera para intentar repelerlo.

- Ah, no, no lo harás. – dijo Zephiel, saltando hacia atrás para alejarse. Si su espada hacía impacto, lo recibiría al doble de fuerza.

Lo que Zephiel no sabía era que el Amor de Nayru no era un hechizo enteramente ofensivo. Mientras la barrera seguía activa, servía más que para proteger, podía usarse para atacar. Zelda dio un amplio corte horizontal y disparó hacia Zephiel unas cuantas estacas de hielo. Sorprendido, solo atinó a escudarse detrás de donde le permitiera su armadura. Tuvo suerte que ninguna le alcanzó a partes desprotegidas.

- ¿También puede hacer eso con el Amor de Nayru? – preguntó la reina Hellene.

- Nayru es la menos agresiva de las Diosas, pero eso no significa que no sea capaz de pelear. – dijo la reina Selena.

- ¿Eso fue demasiado frío para ti? – preguntó Zelda con un pequeño tono de burla.

- Quizás un poco. – admitió Zephiel, quitándose unos pedazos de estaca que le quedaron en la hombrera.

- Entonces… vamos a entrar en calor. – dijo Zelda, alzando el florete mientras enfocaba su poder mágico. Esta vez la hoja se tornó al rojo vivo, literalmente. Un segundo después se prendió en llamas.

¡BOOOOFF! La princesa dio un corte vertical, en cuanto hizo impacto provocó una pequeña columna de fuego. No muy grande, pero el fuego bastó para asustar a Zephiel lo suficiente para que se desconcentrara.

- Ahora es fuego. – dijo la reina Hellene.

- No cualquier fuego, el Fuego de Din. – dijo la reina Selena. – Din es la Diosa del Poder, asociada con el elemento fuego y protectora de las esencias de la naturaleza. Por sí sola es quizás la más poderosa de las Diosas. –

Y a pesar de haber usado poca potencia en ese ataque, Zelda sabía que a su máximo poder podría ser el más devastador de los hechizos elementales, cosa que tenía sentido al ser de fuego. Tenía que utilizarlo con mucho cuidado, en parte por el peligro, y en parte porque era el hechizo que consumía más poder mágico. No podía desperdiciarlo arriesgándose de esa manera. Reservaría solo para utilizar un ataque más.

El príncipe de Bern estaba oficialmente más allá del término "impresionado" con las habilidades de la princesa de Hyrule. No solo con el florete en sí mismo, sino también con las creativas maneras en que imbuía su poder mágico en él para esos ataques especiales. Ella estaba en un nivel muy diferente que cualquier otro espadachín al que se hubiese enfrentado, de eso no había duda. Ya había intentado casi todo lo que se le ocurría, y para este punto, ya la princesa conocería perfectamente todos sus movimientos. Terminar rápido o alargar la pelea ya estaban fuera de consideración. Lo último que le quedaba era tratar de acorralarla para limitar su radio de movimiento, si es que eso le servía de algo. El hecho de que estuvieran combatiendo en una plaza abierta le daba una cierta ventaja, pues aunque Zephiel se había dado cuenta que los hechizos necesitaban uno o dos segundos para enfocar y concentrar el poder mágico, Zelda siempre se mantenía relativamente fuera de su alcance durante esos intervalos. Si no le daba oportunidad de prepararlos, podría tener aún una posibilidad de ganar el duelo.

Con eso en mente, Zephiel comenzó a rodear a Zelda y a tratar de hacer que se moviera hacia una de las esquinas de la plaza. Por un momento pareció funcionar, pero al cabo de un par de minutos se dio cuenta de su intención. Entre otras cosas, podía perder por default si se salía de los límites del área de combate, delimitada por los soldados. Dejó que el príncipe creyera por un momento que la tenía donde quería, pero cuando se disponía a darle el golpe de gracia, la princesa concentró magia en sus pies para hacer un paso veloz y alejarse del peligro. Frustrado de que su plan había fallado, el príncipe de Bern se fue tras ella. Estando a distancia segura, Zelda comenzó a enfocar su magia nuevamente, el brillo rojo delató que nuevamente utilizaría el Fuego de Din. Pero esta vez las llamas adquirieron un mayor brillo y tamaño. La princesa levantó en alto su florete y lo sujetó con ambas manos, lista para dar un golpe devastador.

- ¡YAAAAAAAAAAAAHHH! – la exclamación de la princesa resonó por toda la plaza, mientras hacía bajar con todas sus fuerzas su arma hacia su oponente.

¡BOOOOOOOOMMMM! Esta vez, no fue una simple columna de fuego, sino una enorme explosión de llamas, con un rango más o menos considerable. Zelda apenas llegó al punto de evitar salir ella misma dañada, conociendo cual era el límite de la explosión, la cual dejó una enorme macha sobre la plaza. Zephiel se aterró al pensar como lo hubiera dejado ese ataque, claramente pudo ver que Zelda falló a propósito pues no tenía intención de matar, solo lo quería obligar a retroceder. Y lo estaba logrando. Llegados a ese punto, el príncipe empezaba a arrepentirse de haberle dicho que le mostrara todo. Podría haber ganado fácilmente contra un espadachín ordinario (y Zelda estaba muy lejos de serlo).

Por su parte, Zelda decidió que tenía que terminar el duelo rápido. Igual que en sus entrenamientos con Link, ya empezaba a sentir el agotamiento físico y mental. Tenía que dar un golpe decisivo, y ya tenía una idea de cómo hacerlo. Solo necesitaba llevar a Zephiel hacia una trampa. Su oportunidad pronto llegó cuando Zephiel, en un arranque de desesperación, se le vino encima para darle un golpe con todo el peso de su espada. Zelda vio su abertura y activó el Amor de Nayru para bloquear el ataque. En cuanto las dos hojas hicieron contacto, la barrera rechazó a Zephiel y devolvió su ataque aturdiéndolo momentáneamente. Inmediatamente Zelda usó la estocada con el Viento de Farore para alejarlo más, y empezó a concentrar su energía restante en el siguiente ataque.

- ¡Esto termina ahora! – gritó Zelda, corriendo hacia Zephiel con el florete listo para el golpe final, resplandeciendo en una luz dorada.

Zephiel apenas se repuso del aturdimiento para ver a la princesa aproximarse hacia él. Cuando la punta de su florete, que estaba brillando en dorado, se dirigió hacia él, apenas pudo reaccionar para poner el plano de su espada y detener la estocada. La punta del florete hizo contacto a escasos centímetros de donde la hoja estaba sujeta de la empuñadura.

¡CRACK! Hubo un pequeño estallido luminoso, y la hoja de la espada de Zephiel salió volando por los aires dando vueltas, yendo a clavarse a pocos metros de donde estaban. Zephiel tardó unos segundos en asimilar lo que había sucedido. Igualmente, toda la plaza se había sumido en un dramático y total silencio. La punta del florete de Zelda, que había dejado ya su anormal brillo dorado, estaba a solo milímetros de su cara. En su mano solo estaba una empuñadura. El resultado era claro. Zelda lo había derrotado al romper su espada. Dejó caer la empuñadura y relajó su postura, para luego inclinarse respetuosamente ante su vencedora.

- He perdido… - dijo.

La plaza entera estalló en vítores y aplausos. El duelo en sí mismo había sido espectacular, pero la victoria de la princesa lo fue aún más. Ella, por su parte, solo estaba feliz de que por fin había terminado.

- Ya puedes levantarte, todo terminó. – dijo Zelda. Zephiel se puso de pie. – Siento mucho haber roto tu espada. –

- No te disculpes. Me venciste justa y limpiamente. Como yo lo veo, tengo que dar gracias por seguir respirando. – dijo Zephiel. – En realidad, incluso sin que utilizaras tu magia, tus habilidades son excepcionales. –

- Tuve un excelente maestro. – dijo Zelda, mirando de reojo hacia donde estaba Link, quien sonreía triunfante.

- Es él, ¿verdad? – dedujo Zephiel. – Él te enseñó. –

- Así es. – dijo Zelda.

El príncipe y la princesa caminaron de regreso al sitio de honor. Sobra decir que la familia real de Bern estaba muy sorprendida de ver que su heredero había perdido el duelo.

- No puede ser, mi hermano nunca pierde. – dijo Guinivere.

- Siempre hay una primera vez, querida. – dijo la reina Hellene. – Pero no te sientas mal. Ambos dieron lo mejor. Fue un excelente duelo. –

- Lo reconozco. – dijo el rey Desmond. – Hijo, me parece que tendremos que replantearnos nuestros métodos de entrenamiento. Habrá que prepararnos mejor para enfrentar algo como esto. –

- Desmond, espero que no hayas olvidado el acuerdo. – intervino la reina Selena.

- No, no lo he olvidado. Soy un hombre de palabra. Tu hija ganó el duelo con todas las de la ley, así que está libre de cualquier compromiso con nosotros. –

- Es una lástima. Me impresionó aún más, tener una esposa que fuese tan fuerte como tú me hubiese encantado. – dijo Zephiel. – Pero mi padre tiene razón, un trato es un trato. De todos modos, creo que al menos tengo derecho a conocer al afortunado que tendrá la dicha de pasar el resto de sus días contigo. –

- De hecho… ya lo conoces. – dijo Zelda, volteando a ver a Link.

Ambos por fin estaban tranquilos porque todo había terminado, y porque ya podrían decirlo sin peligro alguno. Zelda le indicó a Link que se les acercara. La familia real de Bern se sorprendió un poco.

- Tú… tú eres… -

- Antes no pude presentarlos como se debía. – interrumpió Zelda. – Él es Link. Mi guardaespaldas personal, mi instructor en el arte de la espada, mi mejor amigo desde que era niña… y mi prometido. – La última parte la dijo con mucho énfasis.

Los reyes de Bern y sus hijos se quedaron boquiabiertos. El muchacho era solo un soldado, pues lo habían visto con el uniforme estándar cuando llegaron pocos días antes de la fiesta. Sin embargo, por la forma en como hablaba Zelda de él, y que la reina Selena no ponía ninguna objeción al respecto, no se trataba de ninguna clase de broma. Finalmente fue Zephiel el que decidió tomar la palabra para romper el silencio.

- Bien, cualquiera que sea capaz de enseñarle a su futura esposa esa clase de habilidad con la espada en menos de un año, sin duda tiene mi respeto. – dijo Zephiel, extendiendo su mano.

Link observó la mano, después de un poco finalmente decidió estrecharla.

- Fue una excelente aprendiz. – dijo Link. – Yo solo le enseñé cómo utilizar el florete, lo de usar la magia en él fue cosa suya. –

- No hay duda, Zelda es una mujer única. – dijo Zephiel. – Y en retrospectiva, lamento mucho no haber podido conocerla antes. –

- Hermano, ¿eso quiere decir que ya no vas a casarte con la princesa Zelda? – preguntó Guinivere. – ¿Ya no voy a tener una hermana mayor? –

- *Suspiro*, no Guinivere, me temo que no. – dijo Zephiel. – Zelda ya había tomado su decisión desde hace mucho. –

- Lo siento mucho, Guinivere. – dijo Zelda, acariciándole el cabello a la pequeña. – Si te soy sincera, siendo hija única me hubiese gustado tener una linda hermanita como tú. Pero eso no quiere decir que no podamos ser amigas, ¿verdad? –

- Hmm… no, supongo que no. – Guinivere intentó sonreírle. – Si vuelvo a venir de visita, o tú vienes a visitarnos, ¿podemos jugar juntas alguna vez? –

- Eso me encantaría. – le dijo Zelda. – Además, no te entristezcas, estoy seguro de que algún día, tu hermano encontrará una chica que sea perfecta para él. Una que sin duda estará muy feliz de tenerte como hermanita. –

- ¿Lo dices en serio? –

- Te lo aseguro. – dijo Zelda. – Bien, yo diría que con eso quedan atados todos los cabos sueltos. –

- Aun no, yo tengo uno más. – dijo Zephiel, dirigiéndose a Link. - Siendo que el mejor de los dos había ganado desde ya hace mucho, por lo que puedo deducir, ¿puedo pedirte que me prometas algo como hombre? –

- Depende de lo que sea. – dijo Link. Zelda pudo notar que, a pesar de la elección de palabras, la voz de Link no cargaba ni un rastro de animosidad en absoluto.

- No es nada que no puedas hacer. – dijo Zephiel. – Solo quiero que me prometas que cuidarás bien de Zelda. Ya sabes, no quiero sentirme mal si llego a saber que el hombre que me ganó de mano a su corazón falló en darle la vida y felicidad que se merece. –

- Pierde cuidado, Alteza. – dijo Link. – He estado con ella todos estos años, y nunca dejaré que nada malo le pase. –

- Si ya terminó el espectáculo por el duelo, diría que ahora algo más apremia. – intervino la reina Selena. – Impa, que vengan los músicos. Esto amerita una danza de la victoria, para ustedes dos. –

Link y Zelda se miraron uno al otro. Mientras Impa iba a buscar a los músicos, la reina Selena aprovechó la oportunidad de anunciar a todo el pueblo a viva voz el compromiso de su hija. Dado que la mayoría de ellos ya conocía a Link, y sabían todo lo que había hecho por el reino y por su gente, la aceptación y vitoreo fueron unánimes. La reina ordenó a los guardias que mantuvieran la plaza despejada un poco más, y cuando los músicos llegaron, pidió a los músicos que comenzaran a tocar la canción favorita de su hija (NDA: Capítulo anterior para referencia). La reina los acompañó a ambos hasta el centro.

- El escenario es suyo. – les dijo.

La pareja miró a su alrededor, algo confundidos. Se rieron un poco ante lo tontos que seguramente se estaban viendo en ese momento, frente a toda esa multitud.

- Qué ironía, llevaba todo el día esperando poder tener mi primer baile contigo. – dijo Zelda. – Al menos me hubiesen dejado ir por mi vestido otra vez. –

- ¿De qué estás hablando? – dijo Link. – Así estás perfecta para mí. Tengo frente a mis ojos a la Zelda de la cual me enamoré. Y si me permites decirlo, hoy estás más hermosa que nunca. –

Muchos otros podrían ver a la princesa igual todos los días, pero solo Link podía ver más allá de lo evidente cuando se trataba de ella. Y a sus ojos, era verdad, hoy la belleza de Zelda estaba más radiante que nunca, por dos motivos principalmente: primero, que estaba inmensamente feliz, y segundo, que la dulce niña había completado su metamorfosis para convertirse en una mujer adulta. Así, cuando la orquesta comenzó a tocar su canción, los dos se desentendieron por completo del mundo a su alrededor y se enfocaron en el otro. No había nadie más, solo él, ella y la canción que marcaba el inicio de una nueva vida, para los dos.


Aquella noche…

La celebración continuó en la plaza de la ciudadela, y quedaría para la historia como quizás el más ruidoso cumpleaños que le hubieran celebrado a un miembro de la familia real. Aparte de eso, había sido una ceremonia de madurez muy atípica en sí misma, con todo lo que había sucedido. Los sirvientes tuvieron que traer las mesas con los manjares y aperitivos afuera para evitarles molestias a los invitados, y ni hablar del desorden que se armó cuanto trajeron el pastel, o mejor dicho, LOS pasteles de cumpleaños. Originalmente, muchos de los habitantes de la ciudadela habían tenido que dejar a sus niños en casa antes de asistir a la fiesta en el castillo, pero cuando trajeron la fiesta afuera, no perdieron el tiempo para ir a buscar su pedazo.

Cuando el revuelo por fin se calmó, los sirvientes volvieron a llevar las mesas al gran salón del castillo. Habría mucho que limpiar después en la ciudadela, pero decidieron que todos se merecían una buena noche de descanso. Se encargarían de eso en la mañana.

En el gran salón del castillo solo quedaban dos personas. Se trataba de Link y Zelda, la recién comprometida pareja, que estaban disfrutando amenamente los trozos de su pastel, divirtiéndose un poco mientras lo hacían.

- Vamos, di "aaaaahhh". – decía Zelda.

- Jeje, aaaaahhh. – Link abrió la boca grande mientras la princesa le ponía el trozo de pastel en ella. Se estaba divirtiendo de lo lindo, como si hubiera esperado mucho tiempo para hacer algo así.

Desde la entrada, Impa y la reina Selena observaban a la feliz pareja. Ya no eran una princesa y su guardaespaldas, solo eran un par de jóvenes enamorados pasando un rato a gusto juntos. Tuvieron que limpiarse unas cuantas lágrimas de alegría al verlos a ambos tan felices.

- Majestad, por mucho que me alegre por ellos, creo que ya es hora de enviarlos a que descansen. Ha sido un día muy largo, para los dos. – dijo Impa.

- Es cierto. Pero me alegro que todo saliera bien. – dijo la reina. – Es más, salió mejor de lo que esperaba. Zelda fue capaz de tomar control del asunto antes que se saliera de control, y sin necesidad de que yo interviniera. Ha crecido mucho, estoy orgullosa de ella. –

- Ambas lo estamos. – corroboró Impa. – Traer aquí a Link fue quizás lo mejor que pudo haber hecho, le trajo a Zelda mucho más de lo que hubiera imaginado. Es un gran muchacho, podemos dejarla en sus manos. –

La reina estuvo de acuerdo, y le dijo a Impa que les dijera a Link y Zelda que se fueran ya a descansar a sus habitaciones. Zelda quiso protestar, pero Link la convenció de que era mejor así, pues él también estaba algo cansado por todo ese ajetreo. Ya tendrían mucho más tiempo para pasar juntos al día siguiente… mientras ayudaban a limpiar el desorden de la fiesta.

- Link, puedo llegar yo sola a mi habitación, no es necesario que me escoltes todo el camino. – decía Zelda, mientras iban por el corredor del segundo piso, hacia la escalera que iba hacia la torre donde estaban los aposentos.

- ¿Estás bromeando? – dijo Link. - ¿Luego de toda esa magia que utilizaste durante el combate? Habrás engañado a todos, pero no a mí. –

- No estoy tan agotada cómo crees. – aseguró Zelda.

Pero eso era solo de dientes para afuera. El agotamiento por uso de magia no siempre hacía efecto de inmediato, así que Zelda todavía tenía energías para celebrar después de terminar el duelo, pero ya estaba empezando a sentir las secuelas. De hecho, había empezado a ver algo borroso y a tambalearse ligeramente al caminar. Se las arregló para andar por el resto del corredor por sí misma, pero ya empezaba a dolerle un poco la cabeza. Link podía verlo, en cualquier minuto podría colapsar, y así fue, cuando llegaron a la escalera de la torre, Zelda estuvo a punto de desplomarse allí mismo, pero afortunadamente Link la atrapó.

- ¿Todavía dices estar bien? –

- Estoy bien. – le aseguró. – Es cierto, utilicé mucha magia durante el duelo… estoy un poco exhausta, pero aún puedo... –

- No, claro que no puedes... – la interrumpió Link. – No tengo más opción. –

- Oye, ¿qué estás…? ¡Whoah! –

Sin más, Link pasó una mano por debajo de las piernas de Zelda, la levantó y la sujetó como si fueran una pareja de recién casados. Aunque hubiese querido forcejear, no tenía la energía para hacerlo, pero aun así se sintió algo incómoda por el repentino atrevimiento de su prometido.

- Link, ¿qué crees que estás haciendo? – le preguntó mientras caminaba con ella en brazos.

- ¿No es obvio? – dijo él sin detener su marcha. – Te llevo a tus aposentos. –

- Oye, pero no es necesario que me cargues. – dijo Zelda. – Puedo llegar yo sola. –

- Sí, claro. – replicó con sarcasmo Link.

- Link, lo digo en serio, no me trates como a una niña. –

- Sé que no eres una niña, esa pelea contra Zephiel es la prueba de ello. – dijo Link. – Solo una mujer fuerte tendría el valor de pararse allá afuera frente a todos para defender su amor. Pero ahora estás agotada, así que te guste o no tendrás que dejar que te ayude. –

- Pero Link… -

- Sin peros. Diste la batalla allá afuera para defender nuestro amor, así que al menos déjame que te cuide como es debido. No quiero que te pase algo malo. –

La princesa exhaló un suspiro de resignación. Era algo embarazoso, pero el punto de Link era válido por donde se le viera. No querría colapsar mientras iba subiendo las escaleras para luego caer y romperse el cuello. Mientras continuaban, Zelda no podía evitar fijarse en lo fuerte que era Link, caminaba con ella en brazos sin tambalearse en lo más mínimo, y ni porque estuvieran subiendo escaleras. No podía reprocharle nada, él solo se preocupaba por ella y quería cuidarla. Y no era tan malo en realidad, a decir verdad, se sentía muy a gusto y segura en los brazos de su amado. Cualquier chica enamorada moriría por estar en su posición ahora. Sin más qué hacer, rodeó el cuello de su prometido con sus brazos y le dio un pequeño beso en su mejilla.

Al llegar a la puerta de su habitación, Link desocupó la mano con la que sostenía a Zelda por la espalda para abrirla, y entró sin dejar de cargarla, hasta llegar a la cama, dejándola sentada en el borde.

- Pude haber caminado los últimos metros yo misma. – dijo Zelda.

- Lo sé, pero igual quise hacerlo. – respondió Link. – Hace tiempo que quería llevarte en mis brazos de esa manera. –

- No quisiste perder tu oportunidad, ¿cierto? –

- No, en absoluto. – Link se sentó junto a Zelda y la tomó de las manos. – Zelda, en serio estuviste increíble allá afuera. Estoy muy orgulloso de ti. –

- Gracias. – dijo ella. – Tú me diste fuerzas, yo sabía que no podía perder. Estaba en juego nuestro amor, nuestra felicidad. –

- No podría pedir a una mejor esposa. Lo volveré a decir: tengo a la chica más bella, fuerte y maravillosa del mundo. – Dicho esto le dio un tierno beso en los labios. – Te amo, Zelda, te amo como no tienes idea. –

- Y yo a ti. – dijo ella, correspondiéndole de la misma manera.

Luego del beso, los dos se quedaron con la mirada fija en el otro, en silencio por unos minutos, como si estuvieran a la espera de algo. Fue entonces que Link se dio cuenta de la situación en la que estaban, y hacia donde podría llevarlos.

- Creo que… es mejor que me vaya. – le dijo. – Estaremos comprometidos, pero… no sería correcto si… algo pasara entre nosotros esta noche. –

- A mí no me molestaría… si pasara algo esta noche… - dijo Zelda muy quitada de la pena. Link tragó en seco al escuchar esas palabras, pero un segundo más tarde quedó claro que solo las dijo por ver su reacción. – Pero estoy de acuerdo. No esta noche. Podemos esperar. –

- Buenas noches, amor. – le dijo Link, dándole un último beso. – Que tengas dulces sueños. –

- Tú también. – respondió ella.

Con gran esfuerzo, Link se separó de su amada y se dirigió a la puerta para abandonar la habitación. No pudo evitar echar una última mirada a su prometida antes de cerrar la puerta. Zelda por su parte, estaba tan exhausta que no quiso ponerse de pie para ir por su ropa de dormir al guardarropa, así que solo se limitó a quitarse sus protectores, dejándolos a un lado de la cama, y puso su tiara en su mesita de noche, al igual que el sujetador de su cabello. Al recostarse en su cama, sus pensamientos volvieron a las últimas palabras que intercambió con Link. La verdad, la atmósfera del lugar y momento parecía propicia para que ocurriera algo entre los dos aquella noche, y no mintió al decirle que no le molestaría si así fuera. Pero no valía la pena arriesgarse. Después tendrían mucho tiempo, eventualmente podrían intimar con toda tranquilidad, una vez que fuesen marido y mujer.

Su cumpleaños número 18 sería un día para recordar el resto de su vida. El haber ganado aquel duelo significó muchas cosas. Significó su transición de niña a mujer, significó haber superado las barreras para poder consumar su relación con el hombre que amaba, significó la llave para su vida futura. Podía sentirse muy orgullosa de sí misma. El amor la había hecho fuerte, y aunque tal vez no supiera lo que le deparaban los días venideros, de algo estaba segura: con Link a su lado, no habría nada que no pudiera hacer.

FIN.


Notas del autor:

Y con eso concluye la historia. Espero que la hayan disfrutado. Y para quienes pregunten, sí, algunos de los ataques especiales que usó aquí Zelda están basados en los que utilizan los espadachines de Fire Emblem en la serie de Smash Bros. Qué puedo decir, esa es otra de mis series favoritas de Nintendo, me interesé desde que jugué Melee en el cubo, aunque a fechas recientes siento que para representar a Fire Emblem en el Smash abusan mucho poniendo mayormente a héroes espadachines: Marth, Roy, Ike, Lucina, inclusive Lyn, aunque esta última solo sale como ayudante. Por lo menos Robin da algo de variedad usando el libro de magia, pero igual sigue teniendo una espada como arma primaria. Si por mí fuera, yo pondría a Hector de Blazing Sword (que utiliza hachas), o a Ephraim de The Sacred Stones (que utiliza lanzas). De cualquier manera, la recomiendo ampliamente para quienes no hayan jugado ningún título, les aseguro que no se arrepentirán.

Ahora mismo estoy en medio de un pequeño problema con mis computadoras. Logré reparar el CPU de la de escritorio, que tenía varios meses dañado, pero ahora el monitor es el que se fastidió, así que no veo nada. Por otro lado, la laptop parece tener algún problema con dispositivo de tunelización (código 10) ya que no agarra internet, y tampoco las conexiones Wi-Fi por alguna razón. Con lo apretado de mi presupuesto no pienso gastar en internet fuera de lo que sea absolutamente necesario, así que mi prioridad de momento será ver cómo me las arreglo con el monitor (pienso hacerme una escapada la próxima semana si tengo oportunidad para ir por uno que tengo en mi casa). Así que quienes me siguen en deviantArt o alguna otra página disculpen si no estoy activo estos días.

Para concluir, nuevamente le extiendo mis más sinceros y cordiales agradecimientos a Goddess-Artemiss. He tratado en la medida de seguir sus consejos para mejorar mi forma de escribir mis historias, empezando con esta. También le agradezco su review, al igual que a los demás que se tomaron la libertad de dejarlos: kaioshin135, pabloignacio. penaguitierrez (le aconsejo que se cambie el nombre, al ponerlo en el documento se me borró y no me di cuenta), darkdan-sama, Link077, kisara11, Guest y DestinyGirl 009. Si tengo éxito, tal vez me decida a retomar la de La Princesa de los Piratas, aunque quizás me salga un poco más corta de lo que había planeado originalmente. Es todo, me despido por ahora, hasta una próxima oportunidad. Espero haber hecho un buen regreso a Fanfiction con esta historia, y que la hayan disfrutado.