Nada de Vampire Knight me pertenece.

Espero que disfrutéis con la lectura ^^

Capítulo dos

Traición

Cuando volvió a abrir los ojos, Zero se sentía mucho menos pesado pero todavía muy somnoliento. Los músculos de sus brazos seguían cansados y los de sus piernas rugían en protesta cuando los estiraba.

Kaname seguía en la habitación, se había duchado en algún punto de la noche y tenía el pelo suelto y mojado y vestía todavía el amplio yukata borgoña que erizaba de deseo el vello de Zero, en contra de su voluntad. El vampiro estaba sentado en el sillón orejero, con la espalda recta y unos papeles en la mano, que observaba con atención. Cuando lo oyó moverse, al sentarse recargado contra la cabecera de la cama, levantó la vista de los documentos y los clavó en él.

— Buenas noches, Zero ¿has descansado bien?

Aunque estaba enfadado, Zero fue plenamente consciente del tinte suave e interesado que cubría las palabras del vampiro. Le devolvió la mirada con desconfianza. No estaba seguro de lo que Kaname pretendía, pero no había forma de que ellos dos volvieran a acostarse.

— La cama es cómoda —dijo, finalmente—, supongo que tan cómoda como el dinero puede comprar.

— Sin duda esa fue la intención con la que la compré —asintió Kaname, sin entrarle al juego—. Tenía intención de encargar la cena ahora ¿deseas… acompañarme?

Zero supo, no sólo por el leve titubeo, que al vampiro aquél ofrecimiento le había costado como a una madre desprenderse de un hijo. No lo desaprovechó.

— ¿Si lo deseo? ¿Es una nueva manera de darme órdenes? —apuntilló con los ojos entrecerrados—. Avísame bien de esas cosas, Kuran, tengo que entenderlas bien para que esto funcione.

Nuevamente, Kaname no entró en su juego e, ignorándole, descolgó el teléfono junto al sillón y llamó al Servicio.

— Una orden, me lo apunto —le dijo con acidez.

Pero Kaname volvió a ignorarlo y sólo se dedicó a mirarlo intensamente durante un momento antes de volver a sumergirse en los archivos. No levantó la vista ni siquiera cuando las chicas del Servicio volvieron a entrar y a servir la mesa.

Zero había utilizado aquél tiempo para estirarse disimuladamente y tocarse algunos moratones, midiendo los daños. Estaba mucho mejor que al principio de la noche, a fin de cuentas, había bebido de Kaname y después no había sido mordido, de modo que la sangre del vampiro había estado corriendo por sus venas intacta, curando las zonas más castigadas. De todas maneras, las marcas no se estaban curando tan rápidamente con deberían, pero sabía que mientras Kaname fuera quien las hiciera, la curación sería mucho más lenta.

El vampiro se levantó y se acercó a la mesa, destapando la cena oculta en las bandejas de plata. El olor de la comida atrajo a Zero, que se vio obligado a observar con cierto anhelo la carne roja y tierna y la guarnición. El vampiro terminó colocando la tapa de la bandeja sobre la mesa y estudió la botella de vino que las chicas habían traído. Zero se obligó a preguntarse quién cenaba con vino un día de diario, pero el olor atractivo de la carne le estaba haciendo la boca agua y apenas podía pensar en ello.

Decidido a comportarse sin ningún tapujo, se levantó de la cama con la intención de volver a enredarse en la sábana blanca que había estado utilizando. Por suerte, vio la pieza de ropa que el Servicio debía haber colocado mientras dormía a los pies de la cama. Era un yukata similar al que llevaba Kaname, de color negro y con numerosos bordados rojos. Zero tuvo la mala sensación de que era algún tipo de prenda más ceremonial del vampiro y se sintió un poco enfadado por tener que vestirse con su ropa, cuando en los dormitorios del Sol le esperaba su cálido pijama de algodón.

— Es ternera con salsa de mantequilla y orégano… espero que sea de tu agrado.

Zero no se molestó en contestar. Nunca había probado nada parecido, pero olía muy bien. La guarnición era de setas y champiñones al vapor y también tenía una pinta deliciosa. Kaname colocó un plato en su lugar en la mesa mientras Zero se dejaba caer, todavía con cuidado, sobre la silla.

— ¿Un poco de vino? —ofreció el vampiro tras descorchar con un suave "plop" la botella—. Es un vino suave.

— Sí, claro… lo que sea… —masculló a la defensiva. Nunca había cenado con vino, sólo había probado el alcohol dos veces antes, en pequeños sorbos de una cerveza compartida con Yagari el verano anterior durante los entrenamientos. Aún así, no necesitaba advertencias sobre la gradación del vino, no iba a emborracharse.

Kaname asintió suavemente con la cabeza y le sirvió con presteza tres dedos de vino. Zero ya estaba poniendo mala cara cuando el vampiro se sirvió a sí mismo tal cantidad y dejó la botella sobre la mesa, para sentarse él también. Zero podía pasar con sólo tres dedos de vino si Kaname se servía lo mismo. Las largas piernas del vampiro chocaron contra las suyas por debajo de la mesa.

Sin hablar, Zero atacó su filete, que se deshizo bajo el cuchillo con facilidad, dividió en hebras que se teñían de oscuro a medida que la salsa clara las empapaba. Se llevó la ternera a la boca y las papilas casi le dolieron de ansiedad, locas y desquiciadas por el nuevo y confortable sabor que las impregnaba de golpe. Sin querer, gimió.

— Me alegro de que al menos la cena sí sea de tu agrado.

Nuevamente, Zero se vio arrancado de su burbuja de felicidad y tranquilidad y buscó algún deje de maldad en las palabras de Kaname pero desde que se había levantado, el vampiro actuaba con calma y cierta deferencia hacia él.

Dos bocados más de carne precedieron a las setas, tan deliciosas y acordes con la ternera que Zero se encontró encogiendo brevemente las piernas. Para disimular su azoro, tomó la copa de vino y bebió. No era lo que esperaba. Era amargo o ácido o algún sabor desagradable que no podía definir a caballo entre ambos. Intentó no arrugar el gesto y se obligó a terminarlo de un trago, no pensaba dejar que Kaname tuviera algún motivo más con el que despreciarle. Ya era bastante que no conociera toda la enrevesada etiqueta que el vampiro usaba en la mesa, como para sumarle que no supiera beber.

— ¿Un poco más? —le ofreció, en cuanto volvió a dejar la copa en su lugar.

Fieramente, Zero asintió con la cabeza y murmuró un gracias.

Tres copas de vino después, la cabeza le pesaba y sólo quedaba un último trozo de filete de ternera. Sentía un leve mareo y un calor despreocupado que le había permitido cenar con el cuello del yukata caído del hombro derecho, enseñando su pecho firme y blanco y su pezón mordido.

— Mañana por la noche, antes de que vayan a clase, hablaremos con los chicos. Takuma los ha mantenido alejados, pero deben saber que… algo ha ocurrido —le dijo Kaname, dejando los cubiertos sobre su plato y esperando a que terminara de cenar.

— ¿Mañana es hoy?

Aunque asintió, con la espalda recta y el mismo gesto serio, Zero detectó algún tipo de cambio en su expresión. Si no se hubiera sentido tan lento y la cabeza no le hubiera pesado tanto, habría podido detectar cierta curiosidad en Kaname.

— Umm… claro que saben algo —continuó Zero. Se llevó el último trozo de ternera a la boza y lo degustó. Al terminar, continuó—. Y Seiren posiblemente hasta sabe exactamente qué y nos ha visto… —hizo un gesto con la cabeza hacia la cama— ya sabes.

— Seiren lo sabe. Se lo conté antes de hacerlo para evitar que intentara vernos.

— ¡Oh!

En su tonta pesadez, Zero sólo podía repetirse a sí mismo que debía comportarse con total seriedad. Era consciente de que estaba actuando y sintiéndose… raro, pero seguía manteniendo el férreo autocontrol sobre sí mismo. Por eso decidió seguir hablando, evitando que Kaname sospechara que no podía pensar con claridad. Maldito vínculo.

— También deberíamos acostarnos ahora. Todavía tengo marcas por todo el cuerpo, debemos aprovechar. Cuando se vayan querrás hacerlas otra vez ¿verdad? Me gustaría que lo hiciéramos cuando el vínculo no te esté obligando a tratarme como a un trapo.

Afrontar el problema claramente y de forma directa apartaría cualquier sospecha de Kaname y le demostraría la madurez de Zero.

Sin entenderlo, Zero vio a Kaname sonreír desde el otro lado de la mesa. El vampiro se puso en pie y apuró el final de su copa de vino antes de volver a dejarla sobre la mesa y cernirse sobre él en la pequeña mesa.

— ¿Quieres que nos acostemos, Zero?

— ¡N-no! Sólo digo…

— ¿No te ha gustado lo que hemos hecho hasta ahora? ¿Has sentido que… tu posición estaba demasiado decidida?

— Ummm…

Zero no sabía qué contestar. Kaname estaba demasiado cerca y usaba un tonto de voz bajo y vibrante que le estaba poniendo el vello de punta y erizándole el pelo de la nuca. Sabía, porque era capaz de saberlo pese a la niebla en su cerebro, que había algo además de fuerza de atracción tras las palabras de Kaname, pero sus labios estaban rojos y sus ojos también.

De pronto, sin saber cómo lo había hecho, Zero se encontró a sí mismo agarrando el cuello del yukata de Kaname, medio levantado de la silla y con sus labios luchando contra los del vampiro.

— Probaremos otras cosas, Zero, todo lo que tú quieras —le dijo, mordisqueándole la oreja—. Tenemos toda la eternidad para ello…

Finalmente, Zero se puso totalmente de pie y se soltó del vampiro, queriendo llegar a la cama y continuar con aquello, pero el mundo giró hacia la derecha cuando él mismo lo hizo, sin pararse y hacia abajo.

— No te alejes tanto… —le murmuró Kaname. Lo había abrazado por detrás y había conseguido que se mantuviera recto, pero a cambio había enterrado la nariz en la curva de su cuello y la paseaba sobre la piel blanca con los ojos cerrados.

— ¿No es mejor…? ¿Cama?

Kaname no respondió, pero deslizó sus manos hasta las caderas de Zero y lo condujo hasta el borde de la cama. Todavía a su espalda, jugueteó con el nudo del yukata negro y lo deshizo. Zero movió los hombros y la ropa cayó al suelo con un ruido sordo y suave, arremolinándose a los pies de ex-humano.

— Precioso…

Sorprendido por la palabra, Zero se giró rápidamente para mirar a Kaname, que se había alejado casi un metro para observarlo. El mareo lo arrastró hacia el suelo de nuevo y cayó sobre la cama, llegando a apoyarse en los codos. Kaname sonrió con auténtico deleite y se quitó su propio yukata.

Se acercó de nuevo a la cama, bajo la mirada atenta y el rostro sonrojado de Zero, y se colocó entre sus piernas. La cama era alta y pudo deslizar sus uñas perfectas por la rodilla se Zero, causando escalofríos.

— Vamos a probar algo distinto —le sugirió.

Zero se encogió de hombros. Tenía la cabeza un poco ida y su pene empezaba a alzarse y a sonrojarse vergonzosamente. Lo que Kaname le propusiera estaría bien.

El vampiro se acercó a la cabecera de la cama y tiró de las sábanas y el edredón hacia atrás, igualando su lado con la parte abierta que había dejado Zero al despertarse y se situó en el centro de la cama, sentado contra la cabecera entre el montón de almohadas y cojines, totalmente desnudo y sin ninguna vergüenza, dueño de aquella situación, rey de la habitación.

— Ven…

Con una sonrisa depredadora, Zero obedeció. Todavía no lo habían hecho así, pero era capaz de adivinar cuál era la propuesta de Kaname.

Se colocó sobre él a horcajadas, dejándose caer en su pecho duro y definido, demasiado aturdido como para aguantar la sangre huyendo de su cerebro. Kaname le permitió que se acomodara sobre él y deslizó sus manos a lo largo de su espalda, hasta perderlas en el interior de sus muslos. Zero gimió y se apartó para besarlo.

— Bebe de mi —le dijo, separándose un poco de él, rozando sus labios y sintiendo un dedo índice, curioso, colarse entre sus nalgas abiertas y juguetear—, no bebiste antes… bebe ahora.

Había una necesidad en la parte de atrás de su cabeza que le hacía suplicarle que bebiera. Un escalofrío de placer le recorrió la espalda cuando el dedo índice se deslizó dentro de él, frotando con la yema un lugar, algo, que le hacía bizquear. Si Kaname bebiera ahora…

No necesitó volver a pedírselo, aunque se había alejado para suplicar otra vez. Kaname hundió sus colmillos, largos y afilados, en su clavícula izquierda. Distanciado de él, Zero se arqueó y gimió al aire, sin más contacto con Kaname que sus manos en sus hombros, sus muslos abiertos sobre las piernas del vampiro y el índice dentro de él, pronto acompañado por un dedo corazón.

De repente, Zero se puso rígido y se giró sobre Kaname. El vampiro seguía mordiéndole, apenas había empezado a beber, y le desgarró la piel del cuello y de la garganta. Furioso, con la sed de sangre brillando en sus ojos y el vínculo resentido, Kaname lo giró otra vez con brusquedad.

— ¡Yuki!

Zero seguía con la vista clavada en la puerta de la habitación. Kaname, henchido de furia, gruñó desde lo más profundo de su garganta y le clavó las uñas en la espalda, obligándolo, acercándolo a él y reclamando su atención.

— ¡Kaname! — le espetó, con los ojos lilas abiertos y el pánico tras ellos — ¡Kaname! ¡Es Yuki!

Zero podría haber dicho cualquier cosa, haber declarado el más oscuro de sus secretos, haberle jurado que iba a matarlo y Kaname habría seguido forzándolo a girarse y a dejar que bebiera de él, pero el miedo en sus facciones, la palidez repentina en su semblante y el escalofrío terrible que lo recorrió al decir aquello, vencieron la fuerza de la sed. No fue inmediato, pero cuando Kaname parpadeó, algo de comprensión apareció en sus ojos, que seguía rojos, y lentamente abandonó su vista de Zero, desplazándola con cuidado a la puerta, que todavía estaba cerrada.

El entendimiento llegó a Kaname como un espíritu fiero. No había soltado todavía a Zero y seguía ejerciendo presión sobre él. Observó sus ojos asustados, la vergüenza en la comisura de sus labios, la herida escandalosa y sangrante en su cuello, en su hombro, en su pecho. Respiró y apretó los dientes, lo empujó hacia sí.

— Mío —le dijo.

Deslizando finalmente el agarre sobre su espalda, llevó una mano a la nuca de cero y levantó la otra. Se mordió con rabia en la muñeca y la colocó con firmeza en la boca de Zero, expuesta cuando él tiró con fuerza de su cabello. Ahora, con la larga herida sangrante ante él, la lamió esperando que dejase de sangrar, pero los dos surcos paralelos eran profundos y se los había hecho él. Y el vínculo mantenía las marcas de posesión tanto tiempo como fuera posible.

Zero gimió sorprendido, la sangre de Kaname entraba en su boca y un ligero hilo se deslizó por su barbilla antes de que pudiera sacar la lengua y beber correctamente. Si no hubiera estado tan preocupado, habría caído nuevamente en la lujuria y se habría entregado como los días anteriores.

Un nuevo gruñido precedió a que la muñeca fuera apartada de él y su pelo liberado. La herida lacerante de su cuello, que bajaba hasta el centro del esternón, había dejado de sangrar, pero estaba inflamada, hinchada y en carne viva. Sólo la saliva de Kaname la había detenido.

El vampiro buscó sus ojos y los enfrentó desde sus profundidades rojas. Tenía sangre en los labios y en la punta de la nariz, y en cualquier otra circunstancia Zero lo habría encontrado divertido.

— No salgas de la cama — le gruñó, apartándolo a un lado y poniéndose en pie.

Al dejar de tocarlo, un escalofrío fuerte y destemplado se llevó parte de la vitalidad de Zero como castigo. Empezó a temblar y apenas fue capaz de mantenerse erguido, apoyado con fuerza sobre sus antebrazos, boca abajo.

Las manos del vampiro volvieron a su cintura como un bálsamo, lo giró y lo obligaba a sentarse, mientras le pasaba el yukata negro por los brazos y lo cerraba con fuerza.

— No puedes salir de la cama — volvió a decirle, empotrándolo sin delicadeza contra las almohadas del cabecero —. No puedes dejar mi cama.

Con un nudo en el pecho y la debilidad cada vez más palpable, Zero asintió y la cabeza le calló de lado sin fuerzas, como si estuviera agotado y dormido. Kaname lo agarró con aspereza del pelo una vez más y lo besó con demasiada lengua.

Zero volvió a caer sentado contra el cabecero cuando el vampiro se alejó y se colocó su propio yukata. Los pasos de Yuki se escuchaban recorriendo el pasillo hacia su habitación. Eran rápidos, inquietos, Zero pensó que venía corriendo.

Impaciente, Kaname atravesó la habitación y abrió la puerta de tirón cuando ella se disponía a llamar.

Desde la cama, Zero veía la imagen entrecortada por el dosel corrido a los pies. La columna de la balaustrada cortaba la figura de Yuki, pero el olor de la sal de sus lágrimas y los sollozos entrecortados que le parecía haber oído antes, cuando ella todavía recorría el camino de grava hacia los dormitorios de la Luna, fueron suficiente para asegurarse de que había llegado llorando.

— ¡Kaname! ¡Kaname, por favor! — gimió y se echo a los brazos del vampiro.

Sorprendido, Kaname la recibió y le pasó las manos por el pelo oscuro, con la sed de sangre descendiendo lentamente.

— Claro, Yuki, dime — le susurró, dispuesto a hacer lo que estuviera en su mano.

— ¡Kaname! No lo entiendes… ¡Es Zero! ¡Zero no aparece! Cross no sabe dónde está, Yagari no sabe dónde está — le gritó ella, desesperada —. ¡Hace cinco días, Kaname! ¡Él necesita beber! ¡Sabes que necesita beber!

Histérica, ella siguió llorando. Kaname, todavía abrazándola, giró la cabeza y miró a Zero, que los observaba en silencio con un nudo en la garganta. Era inadecuado en aquél momento, pero Kaname pensó que estaba precioso recostado en el centro de su cama, vestido con su ropa más lujosa y manchado de sangre pecaminosa. Parpadeó y volvió a centrarse en Yuki. No había previsto aquello, pero tampoco habían tenido tiempo de cerrar todas las posibilidades cuando había comenzado todo.

— Encuéntralo, Kaname, ¡encuéntralo por mí, te lo supli…!

El silencio repentino fue como un golpe, duro y sintético.

— ¿Zero? — murmuró, soltándose de Kaname y dando dos pasos hacia él.

Tratando de sentarse mejor, mareado, Zero abrió la boca para explicarse, pero el entendimiento llegó a Yuki antes de lo que ninguno de los dos podría haber imaginado. Miró el yukata que llevaba Zero como si fuera una ofensa, después el edredón negro, un poco descolocado sobre él, la mesa con la botella de vino… y la comprensión inundó sus ojos de lágrimas. Se giró temblando hacia Kaname y preguntó:

— ¿P-por qué?

— Yuki, como has dicho, Zero necesita beber, pero la sangre de los humanos no es suficiente para él.

La voz de Kaname era inexpresiva, pero lenta y pausada para que pudiera entenderlo bien. Yuki lo miró con horror y una chispa de ira le hizo arrugar la nariz.

— ¿La sangre de los humanos? — repitió.

— Zero es un cazador de vampiros, si se convierte en un Nivel E, su poder le haría destruir cientos de vidas antes de que pudiéramos hacer algo.

Los ojos de Yuki se entrecerraron y la ira se extendió por sus facciones. Pálida y temblando, se dio la vuelta de nuevo y recorrió la distancia que la separaba de la cama. Aunque la miraba fijamente, angustiado y avergonzado, Zero pudo ver la sombra oscura y peligrosa que se formó en los ojos de Kaname al verla acercarse a él.

— ¿Tú has dejado… que esto pase? — le preguntó con acritud.

Zero sintió el golpe en mitad del pecho, justo debajo del nudo que notaba. Frunció el ceño, osco, y apretó los dientes.

— ¿Crees que hubiera podido pasar si yo no lo hubiera permitido? — le espetó, con la furia venciendo su cansancio castigador.

Aunque deseaba decirle aquello, no había medido correctamente el impacto que sus palabras tendrían en Yuki.

La chica se tambaleó, como si le hubieran dado un golpe, entonces apretó los puños, se puso blanca y soltó un alarido que le puso los pelos de punta a Zero. Los leves sonidos que llegaban del resto de los dormitorios y de la planta de abajo se detuvieron inmediatamente.

— ¡Monstruo! — gritó, con los ojos enceguecidos de furia — ¡Eres un maldito monstruo! ¡Y tú! — le chilló a Kaname, girándose para apuntarlo con el dedo — ¡ABOMINABLES CRIATURAS! ¡MONSTRUOS! ¡¿Qué es esto?! ¡¿Cómo habéis podido jugar así conmigo?! ¡MONSTRUOS!

Zero se quedó lívido y pensó que Kaname iba a matarla, a despedazarla, pero Yuki volvió a gritar al aire y abandonó la habitación con un portazo tras ella.

La oyeron salir de los dormitorios y detenerse en la puerta de entrada. Entonces volvió a gritar cortando la noche como una cuchilla afilada y llevándose todo el calor del ambiente. Un nuevo portazo les indicó que había salido al bosque.

Pálido y con los ojos abiertos, Zero buscó la mirada de Kaname, que estaba todavía en pie, cerca de la habitación y envuelto en las sombras ahora que el pasillo no dejaba pasar la luz. Sus ojos rojos brillaban en la oscuridad, pero Zero no fue capaz de detectar ni un soplo del arrepentimiento que él estaba sintiendo, ni siquiera un deje de remordimiento.