¡Hola, chicas! Un martes más... os dejo con el capítulo.

Por favor, leed las notas finales. ¡Disfrutad de la lectura!

Capítulo ocho

Soledad

Se despertó solo en la inmensa cama, cubierto de sudor por el sueño agitado, con el pijama de Kaname pegado a la piel. Nervioso, miró a ambos lados, buscando alguna sombra acechándolo.

Al darse cuenta de lo que estaba haciendo, la angustia lo invadió. Zero era un chico fuerte, un cazador de vampiros que había sentido el terror de la indefensión de niño. No debía asustarse.

Pero estaba muerto de miedo.

Enterró la cabeza entre las rodillas y las yemas de los dedos entre los cabellos claros. No podía seguir comportándose como un tonto. Habían pasado tres días desde que saliera de aquél calabozo. Tendría que estar totalmente recuperado. Físicamente lo estaba. Y era lo único que necesitaba: poder defenderse.

Se giró rápidamente cuando algo entró en la periferia de su visión. Al otro lado de las puertas de cristal que daban al balcón, un pequeño zorzal se había posado en la barandilla y comenzaba su canto. Zero gimió y volvió a bajar la cabeza.

Las puertas de cristal permanecían siempre cerradas, porque la incertidumbre no le dejaba dormir con ellas de otro modo. De las poquísimas conversaciones que había tenido con Kaname aquellos días, esa había sido una de las más recurrentes. El vampiro apenas le hablaba, habiendo regresado al comportamiento distante y callado que Zero conocía antes del vínculo, y pasaba toda la noche fuera. Zero sabía que dormía en su cama porque las pesadillas lo despertaban tres o cuatro veces cada día y Kaname estaba junto a él.

Era al despertarse Zero asustado cuando el vampiro solía permitirse hablar con él. Lo obligaba a tumbarse otra vez y el exhumano cedía, porque normalmente no estaba seguro de si seguía dormido o ya estaba despierto, y Kaname se mantenía sentado junto a él en silencio, pero respondía a sus preguntas si las formulaba y le aseguraba que no había nada al otro lado de la habitación si lo sentía inquieto.

No le tocaba, salvo para volver a recostarlo.

Ahogado por sus pensamientos, Zero brincó en la cama y se puso de pie. Tras él, creyó que otra sombra se movía y eso fue el punto y final. No podía seguir encerrado allí, presa del miedo.

Se dirigió sin pensarlo al armario y abrió todas las puertas de golpe. Cross le había traído algunas de sus cosas, apenas un poco de ropa informal, y Zero cogió un pantalón vaquero oscuro y gustoso y una sudadera amarilla. Se vistió en un momento, sintiéndose tonto por hacerlo de espaldas al vestidor, vigilando toda la habitación, y, sin reparos, tomó la caja donde el director había guardado la Bloody Rose.

— Sólo por precaución… —murmuró.

La pistola le dio una descarga dolorosa cuando la rozó con los dedos, pero Zero apretó la mandíbula y la agarró con fuerza para guardarla en el cinturón del pantalón, oculta por la sudadera.

Se hizo crujir el cuello, torciendo la cabeza de un lado a otro y cruzó la puerta de la habitación.

Se había sentido atraído por las notas del piano y había terminado apareciendo en el salón donde el grupo de nobles estaba reunido.

Había terminado pasando el final de la noche con el pretencioso Aidou, con el divertido Kain y con la extravagante Rima Toya. Seiren y Ruka, quien tocaba el piano, apenas se habían molestado en dirigirle la palabra. Incluso había hecho con ellos la última comida de la noche, disfrutando por primera vez en mucho, mucho tiempo, de cenar; fuera de la vigilancia y de las órdenes de Kaname.

— Ummm…

El movimiento lento de Aidou, que dejó los palillos para mirar fijamente hacia la puerta cerrada del pequeño comedor -a donde se habían movido-, no pasó desapercibida para Zero. Esforzándose en usar sus pequeñas e inestables habilidades vampíricas, trató de encontrar qué había llamado la atención del noble, aunque ya lo suponía.

La sensación de que Kaname atravesaba en esos momentos el hall de los dormitorios de la Luna, al otro lado de la puerta, le llegó como un eco lejano pero inconfundible. El vínculo, que permanecía dormido desde hacía dos días, ni siquiera se inmutó.

Los chicos regresaron al salón y Zero los acompañó, aunque su humor estaba decaído. Cuando empezaron a despedirse para dormir, se sorprendió un poco del ofrecimiento hecho a que volviera a unirse a ellos al día siguiente.

— Zero-kun no habla mucho y eso está bien. Aidou es un boca floja y Kain siempre tiene la lengua inquieta… Una compañía silenciosa es lo mejor que podemos sumarle al grupo… —le había dicho Rima mientras subían las escaleras.

Zero, sin poder evitarlo, se sintió divertido por el comentario y fue capaz de terminar de recorrer él solo el resto del pasillo hasta la puerta de la habitación de Kaname. Incluso de pasar junto a las inmensas ventanas de corte gótico, que le permitían ver el aterrador bosque oscuro al otro lado.

Entró con cierta duda y diciéndose a sí mismo que nada horrible le esperaba al otro lado. Cualquiera de los vampiros habría notado a Rido si hubiera podido volver. Y no tuvo sentido haberse preocupado; Rido, por supuesto, no estaba allí.

De hecho, la habitación estaba vacía.

El sonido del agua de la ducha en funcionamiento era lo único que llenaba de vida el quieto lugar.

Un ramalazo de odio hacia Kaname lo recorrió. Se estaba duchando. No se había molestado en acercarse a saludar cuando volvió y ahora estaba duchándose.

La furia sin sentido lo llenó y el orgullo le dijo que se largara. El vampiro lo ignoraba, el vínculo parecía roto y él estaba siempre asustado en aquél lugar. No era su habitación, era la de Kaname, no era su cama, era la de Kaname, no era su gente, era la de Kaname… él no tenía nada allí. Debería cruzar el bosque e irse a dormir a su habitación, a su cama, junto al idiota de Cross que se alegraría por su regreso y cenaría siempre con él y con Yagari, que le revolvería el pelo y se lo tomaría enserio.

La Academia había sido su hogar, era todo lo que tenía. Debería estar allí y no lejos, en los Dormitorios de la Luna, donde todo era miedo y soledad.

Pero amanecería en tan poco tiempo… y Kaname no entendería porqué se había ido. Pensaría que era un cobarde que trataba de esconderse de Rido. Zero lo sabía porque lo conocía. Estaba viviendo en carne propia su desidia y su desprecio.

No. No podía irse sin más. Además, Kaname había cerrado un vínculo con él que tal vez se hubiera roto tras las violaciones, pero que le confería también algunas responsabilidades, entre ellas, la de permanecer al lado de Zero aunque ninguno de los dos quisiera. Y si iban a tomar una decisión así, deberían afrontarlo y Kaname debería decirle a la cara que se largara. Aunque al vampiro no iba a costarle nada hacerlo…

Con movimientos bruscos se puso el nuevo pijama que el servicio había dispuesto para él. Volvía a ser uno de Kaname y sintió otra vez la ira al tocar la tela suave.

Furioso, lo dejó sobre la mesa y sacó uno suyo, de franela gastada y al que le falta un botón, y se metió en la cama con él puesto.

No supo cómo, pero se durmió demasiado rápido y cuando se despertó, estaba cansadísimo.

Se sentía como si hubiera corrido un maratón y se hubiera liado con alguien a golpes. Pero al menos no se había despertado durante el día por las pesadillas. Enfurruñado, se giró en la cama para ver el espacio vacío donde Kaname parecía haber dormido, aunque él no lo había visto acostarse y ahora ya no estuviera allí.

El gran reloj pendular de la pared marcaba que eran a penas las seis de la tarde y Zero se acurrucó para volver a dormir.

Lo que Zero nunca supo fue que si no hubiera estado tan cansado, si no hubiera necesitado tanto reposo, tal vez se habría despertado cuatro o cinco minutos antes, cuando Kaname había empezado, sentado a su lado al borde de la cama, a repasarle el rostro con las yemas de los dedos, a acariciarle la nariz con los labios y a mimar con las pestañas la curva de su cuello, cuello que había besado con reverencia y anhelo antes de irse y sacarlo de su sueño al levantarse del colchón.

—… una falta imperdonable. El Consejo se pondría furioso si lo supiera.

Al otro lado de la puerta del salón los nobles hablaban exaltados. Zero, inquietantemente inseguro, ralentizó el paso y trató de escuchar antes de que notaran su presencia.

— Ruka, Kaname-sama es libre de hacer lo que quiera —dijo la voz de Ichijou—. Es un sangre pura. Da igual lo que otros piensen que debe o no hacer, puede hacer lo que quiera.

— ¡Pero Takuma-san! ¡Está trabajando como un peón…!

Cuando ya no fue capaz de fingir que estaba acercándose sólo a la puerta, Zero se vio obligado a abrirla y la conversación se detuvo. Ante él, Ruka paseaba nerviosa sobre la gruesa alfombra, impidiendo que sus tacones resonaran contra el suelo; Aidou la observaba con atención tirado sobre el diván en el que él se había sentado la última vez, mientras Ruka y Kain ocupaban el sofá. Además, Shiki había salido de su habitación y ocupaba el exiguo sillón con Takuma.

Zero no pudo evitar un estremecimiento al ver al chico, que estaba todavía muy delgado y al que le faltaba casi la mitad del pelo, el lado izquierdo parecía haber sido arrancado.

— Zero-sama, qué sorpresa, siéntese con nosotros.

Incapaz de acostumbrarse al trato de máxima cortesía que Takuma usaba, Zero apartó un momento la mirada y asintió, buscando donde sentarse. Aidou se levantó y le ofreció su sitio.

— Eee… no hace…

— Es el lugar de Kaname-sama, está bien que lo use usted.

Incómodo, mucho más que el día anterior cuando los nobles habían parecido más accesibles, Zero se sentó muy recto en el diván y murmuró un tenue "gracias".

— Kiryu-kun… —le saludó Shiki, con voz cansada y la cabeza apoyada en el hombro de Takuma.

Zero asintió como respuesta y ambos se miraron atentamente durante largos minutos, hasta que parecieron entender que ninguno contaría lo que había visto padecer al otro allí. Aunque Zero tendría mucho más que perder si se supiera.

— Ayudante del presidente… ¿podemos jugar Kiryuu-kun y yo al ajedrez? —terminó murmurando el vampiro con desgana hacia Takuma. El chico rubio lo miró un poco sorprendido, pero sonrió y le pasó el tablero y la caja con las figuras que reposaban a sus pies. Shiki la tomó y se levantó con mucha pereza, estirándose sin pudor—. Vamos, Kiryuu-kun, juguemos sobre la mesa junto a la ventana.

Zero volvió a asentir y siguió al muchacho hasta el fondo de la habitación. Fue consciente de las miradas de todos sobre ellos, pero las ignoró y se sentó, otra vez, muy recto en la silla. Se había vuelto a poner su propia ropa, en un acto de rebeldía y de búsqueda personal y Bloody Rose estaba oculta bajo la camisa azul celeste, enganchada en el claro pantalón vaquero.

— ¿Blancas o negras, Kiryuu-kun?

Zero, mirando el tablero fijamente, frunció el ceño con molestia:

— "Zero" está bien.

— Ummm… —Shiki no le contestó nada más, pero asintió y él mismo decidió coger las fichas blancas.

Juagaron en silencio toda la partida, escuchando a medias las conversaciones de los demás y encontrando Zero una paz tranquila que no había disfrutado en mucho tiempo.

Rima se acercó un rato a observarlos jugar y les ofreció una caja con Mikados. Shiki aceptó el dulce con mirada vaga pero se hizo con dos más antes de que la chica se fuera. Zero, en cambio, encontró un poco asqueroso el olor a chocolate.

Yuki solía oler a chocolate.

Tembló.

— Shiki —dijo suavemente la voz de Takuma, que se había colocado detrás de Rima—, han pasado dos horas y media ¿quieres seguir…?

Shiki asintió.

— No me siento cansado.

— Bostezas todo el tiempo.

El moreno le sacó la lengua a Rima y movió su pieza. Zero vio perfectamente el camino a seguir y anunció jaque en tres movimientos.

— Oh, Zero… qué interesante es esto…

Había tanta apatía en la voz del chico al decirlo que el exhumano sintió hasta ganas de reír.

Efectivamente, Zero hizo jaque mate en tres movimientos. Ichijou aplaudió su estrategia:

— Va a tener que jugar con Kaname-sama, no creo que ninguno de nosotros pueda ganarle…

Con un aguijonazo en el pecho, que subió hasta su tatuaje en el cuello, Zero fue capaz de murmurar:

— Cross es un gran jugador. Ha intentado enseñarnos…

Cuanto dolor en una sola frase. Cross, que sufría por él al verlo convertirse contra su voluntad, el recuerdo de la niñez, que había sido dulce y amarga y dura, y Yuki. Yuki, a quien había matado.

— Shiki ¿seguro que estás bien?

La preocupación de Takuma era palpable en sus palabras amables. El vampiro moreno, a ojos de Zero, estaba igual de mal que hacía un rato, pero si se fijaba con mucha atención, podía ver pequeñas arrugas en torno a sus ojos, normalmente sólo invadidos por el sueño. Además, se había recostado en la silla, pero no tenía las manos en la nuca y su habitual pose aburrida y displicente. Parecía, en cambio, cansado de verdad y un poco destemplado.

— No llevo ni tres horas fuera de la cama, Ichijou-san…

— Shiki…

Bostezó sonoramente.

— Dormiré un rato en el diván. A mi primo no le importará y Zero me da su permiso… muchas gracias… —le dijo a él, como si de verdad lo hubieran hablado.

Se levantó y se dejó caer sin fuerza sobre la cara tapicería, dejándose llevar por el sueño.

— Usted también debería dormir un poco, Kiryuu-sama. Parece más recuperado que Shiki, pero eso se debe a la sangre pura en sus venas… En realidad, está tan agotado como él.

La sonrisa amable de Takuma lo enfadó por algún motivo. El rubio miraba fijamente la figura desmadejada de Shiki y un halo suave y cariñoso inundaba sus ojos.

— Puedes volver a llamarme Zero, Ichijou-kun… todos podéis. Deberíais hacerlo, de hecho —masculló, sintiéndose asqueado de sí mismo e inmerecedor de cualquier cortesía.

Con desgana, él también se puso en pie y cruzó el salón con pasos largos pero lentos, casi arrastrando tras de sí sus hombros, que se apoyaba en las manos en los bolsillos de vaquero. Les hizo un rápido gesto con la cabeza justo antes de salir y trató de escuchar el murmullo de la conversación creada a su partida, pero ningún noble abrió la boca.

Se sentía cansado y asqueado, lleno de resentimiento. Era tan… injusto y desagradable y lo llenaba tanto de furia… Allí estaba él, solo como siempre, vagando por los corredores oscuros de una gran casa, con la noche como única compañía y su miedo como conversador; y mientras, Shiki, que había sufrido algo similar a él, era reconfortado y mantenido a salvo, junto a una chimenea cálida, aunque apagada, y envuelto en sedas caras y en la conversación amena de sus amigos.

Y él, cuyo único deseo en aquél momento, su única petición, era un toque de piel con piel…

No pedía nada en concreto. No necesitaba que Kaname lo abrazara o lo besara, ni siquiera que lo mordiera, aunque había llegado a anhelar con desesperación ese trato del vampiro. Sólo un roce de manos desnudas, el toque de piel con piel… pero no tenía nada.

Lo entendía, claro, Zero no era un idiota. No necesitaba que nadie le explicara que lo que había en él, en su piel, no lo había en la de Shiki, el vampiro noble torturado por su padre. Él era un cazador de vampiros dependiente de la sangre de Kaname con quien su tío se había divertido hasta la saciedad mientras él se doblegaba bajo sus manos. Había permitido que Rido hiciera con él cosas inconcebibles y ahora pagaba el precio.

Pero la parte del vínculo que había en su cabeza no dejaba de rebelarse. Aunque el hechizo pareciera dormido y muerto y ya no reclamara la sangre ni los toques de Kaname, no dejaba de murmurarle que él se merecía algo más, que Kaname había llegado a un acuerdo con él y que debería estar compartiendo un pequeño porcentaje de su vida con Zero, porque los dos lo habían pactado.

Enfadado, dio una patada al suelo y se balanceó con las manos en los bolsillos. La Bloody Rose presionaba contra su cintura y le daba cierta seguridad en el hall oscuro. Miró hacia ambos lados y supo lo que tenía que hacer.

Kaname se lo había estado diciendo durante días y él no había sabido verlo.

El vínculo estaba roto.

Todo había terminado. Él ya no necesitaba la sangre de Kaname, tal vez hasta pudiera utilizar las pastillas como los vampiros de verdad. Era libre, no tenía que estar atado a Kaname y no tenía que obligarlo a él a atarse.

Era algo tan lógico…

Sin pensarlo, giró sobre sus talones y enfiló hacia la puerta de salida. Miró un momento tras su hombro mientras cruzaba el patio, diciéndose a sí mismo que no lo hacía para asegurarse de que nadie lo seguía, y por los grandes ventanales pudo ver las figuras de los nobles hablando tranquilamente en la salita.

Cuadró los hombros y terminó de pasar el patio. Le hizo un gesto al guardián al salir y se negó a dejar que el miedo lo gobernase.

No había nada en la academia. No había una figura andando justo detrás de él en el camino del bosque. Lo que se oía era el murmullo del viento entre las hojas. ¡Él había hecho aquél recorrido cientos de veces! ¡No había nada!

Un paso.

Zero se detuvo.

Había oído un paso a la derecha. Una bota contra las rocas del pasillo. No había ningún pasillo, estaba en la Academia. Pero lo había oído.

Sacó la Bloody Rose y apuntó hacia los árboles de donde había venido el ruido, pero el corrientazo de dolor le hizo soltarla.

Gimió.

Estaba indefenso.

Los pasos sonaron otra vez. Se acercaban.

Ciego de miedo echó a correr saliéndose del camino. El camino no era seguro, todos podían verle y él no podía ver a nadie. No. Necesitaba ser más listo.

La Bloody Rose daba tumbos tras él, atada a su pantalón por la cadena de hierro. La Bloody Rose que lo había traicionado.

Corrió sin rumbo durante algunos minutos, hasta que el cansancio que aparecía y desaparecía en su cuerpo hizo que trastabillase y tuviera que agarrarse al tronco de un árbol. Se dejó caer agarrado a él y se acurrucó a sus pies. Incapaz de hacer algo más que cerrar fuertemente los ojos y desear que toda aquella pesadilla terminara.

Se estaba yendo. Zero estaba alejándose de los Dormitorios de la Luna. Kaname lo podía sentir a través del vínculo, que clamaba furioso y desatendido en todo momento, persiguiendo a Kaname como una sombra de dolor omnipresente.

Pero estaba bien que doliera, le recordaba a Kaname dónde había fallado. Era su penitencia mientras esperaba a que Zero mejorara.

Aun así, Zero no podía huir.

¿Cómo se atrevía? ¡Tenían un vínculo!

La ira lo recorrió y antes de darse cuenta se había abalanzado hacia el bosque, saltando grandes distancias para atraparlo antes de que, siquiera, creyera que podía escapar de él.

Kaname había cometido el error de dejar que Rido se lo llevara y de no haber sido capaz de encontrarlo antes, pero Zero no podía dejarlo. Era suyo. El vínculo hacía que fuera suyo. Kaname jamás iba a volver a estar solo porque Zero estaría para siempre con él. Para siempre.

Estrechó los ojos y dos árboles estallaron cuando saltó a sus ramas. No le importó. Seiren había quedado atrás, en la muralla, revisando las labores de fortalecimiento de la entrada. Podía ser destructivo sin que nadie le temiera.

Nadie salvo Zero, a quien iba a encerrar bajo llave, sobre quien iba a dejar que el vínculo drenase todo su poder, obligándolo por siempre a mantenerse a su lado.

Llegó a él antes de darse cuenta, lo alcanzó entre el bosque, a menos de doscientos metros de la entrada a los Dormitorios de la Luna. De pronto, se sintió frío y la ira le carcomió por dentro, guardándose en su interior y estrujándole el corazón ¿por qué quería huir?

— Ibas a irte… —dijo, casi por el simple hecho de exponerlo.

— ¡No! ¡No! Yo… yo iba…

Desde el suelo, en posición fetal, Zero levantó la vista buscando la manera de explicarse. Tenía los ojos vidriosos y grandes y la nariz roja.

A Kaname le faltó un latido.

Lo quería tanto y estaba llorando en el suelo de tierra… Con dos pasos largos llegó junto a él y lo obligó a levantarse hasta encerrarlo en sus brazos con fuerza, dejando que Zero apoyara la frente contra su hombro, aguantando el llanto nervioso e histérico.

— Claro que ibas a irte —le aseguró, la ira olvidada y la calma en su voz—, pero ahora no te irás.

Las manos de Zero se levantaron y agarraron con fuerza la chaqueta de Kaname al rodearlo en un abrazo abierto y distante que significó más de lo que ninguno podía esperar. Kaname cerró los ojos y suspiró, inhalando la menta a la que siempre parecía oler Zero.

En algún momento se separaron y entraron de nuevo juntos en los Dormitorios de la Luna.


¿Qué? ¿Quién se lo esperaba? ¿Qué pensáis? Esta escena del final, Zero aterrorizado y Kaname siendo duro, lleva esperando a ser escrita desde el segundo capítulo. Sabía, claro, que tenía que esperar, pero... ¡por fin está aquí! Creo que al final no es tan impactante como la imaginaba y que queda un poco coja, pero espero que os haya gustado y que empiece a aclarar cómo funciona el Vínculo.
Es decir, Zero lleva sin sentir el vínculo un montón de tiempo, sin embargo... ¡Kaname lo tiene encima de él a cada paso! ¿por qué será? jujuju a lo mejor alguien está incumpliendo parte de lo acordado -intercambio de sangre- y el vínculo está avisándolo... ¿quién sabe?
Otra escena que quería haber contado antes es la de la relación de Takuma y Shiki y el contraste con la de Kaname y Zero... son carácteres tan distitnos...

Ahora, en otro orden de cosas... chicas, aunque tengo la intención de seguir actualizando los martes los capítulos que queden, voy a empezar un voluntariado y es posible que mis horarios de escritura se resientan. Tal vez algunas sabréis que además de esta historia estoy publicando otra: Regreso al único lugar feliz del fandom de XMen y no quiero poner una sobre la otra.
¿Quiere decir esto que el fic se queda aquí? NOOOO es justo para deciros lo contrario: si un martes no veis actualización, no lo deis por abandonado. Y ni siquiera es seguro que me vaya a retrasar xD es sólo para prevenir.

Espero que el capítulo os haya gustado y que me contéis lo que os ha parecido ^^

¡Muchos besos!