¡Muy buenos días, chicas!
Pues... aquí está, el capítulo undécimo, que regresa un poco al lado más oscuro y cadencioso del fic. Sí, sí, aquél con el que empezó todo esto, si es que alguien se acuerda todavía :)
Quiero darle las gracias de modo especial a nickyLOL31 y a maru ryu por sus reviews. Después del parón, y tal y como ha pasado en el fic de XMen, tenía un poco de miedo a que os hubierais enfadado todas y encontrarme con una pared de frío silencio. Aunque eso ocurriera, mi idea es seguir publicando por si en el futuro alguien se anima a seguir con la historia, pero ha sido muy agradable y reconfortante recivir noticias y comentarios vuestros :) además de que habéis sido súper amables. Por eso, muchas gracias ^^
En fin, os dejo ya con el nuevo capítulo, espero que os guste a todas:
Capítulo once
Escombros
Zero estaba asqueado. Arto. Aborrecido.
Los nobles hablaban en voz baja en el salón ante los listados a ordenador que había revisado una y otra vez. Él y Kaname volvían a ocupar el diván frente a la chimenea, pero cada uno a un extremo, casi separados por un cuerpo invisible. Había sido el vampiro quien se había levantado del sofá del despacho y se había vuelto a alejar de Zero, dejándolo solo, apartado en una burbuja.
— Ochenta y tres bajas: cincuenta y un humanos y treinta y dos vampiros de doscientos treinta alumnos… Y sólo cuento a los de la Academia —murmuró, finalmente Aidou.
— No podemos saber cuántos luchaban para Rido. El Consejo diseñará unas tablas en función de los que ya no vuelvan a aparecer, pero es imposible contabilizar a todos los Niveles E, incluso a algunos Niveles C si no estaban integrados.
Takuma hablaba despacio y serio. Aunque se había cambiado y duchado, seguía portando su espada, envainada y colgando de su cinturón y apoyaba una mano en la rodilla de Shiki, que se había recostado sobre el respaldo del sillón que siempre compartían.
— Los periodistas humanos han empezado a informar de una fuga de gas y una explosión —le dijo Kaname—, el Consejo ha accedido a continuar con la mentira. Antes del amanecer enviaré un mensaje a todas las grandes familiar hablando de lo ocurrido, dando mis condolencias y pidiendo fidelidad… —con cansancio, el chico inclinó el rostro y apoyó la frente en la mano que se levantaba desde el reposabrazos del diván.
— ¿Y un mensaje por televisión, Kaname-sama?
La pregunta de Rima, que tenía los dedos perdidos en el pelo castaño de Shiki y se asomaba por encima del sillón, atrajo las miradas de todos los presentes. Incluso Kaname la observó fijamente aunque no levantase la cabeza.
— No.
Zero, por primera vez, sintió un ramalazo de verdadera curiosidad y alzó la mirada para observar al sangrepura. Kaname no había variado su postura, pero su negativa rotunda había sido inapelable.
— Ummm… —se oyó decir a sí mismo— ¿un mensaje por televisión?
— No —volvió a decir Kaname, con los ojos cerrados otra vez y el ceño fruncido.
— Ya, pero… —quiso preguntar a qué se referían.
— ¡He dicho que no!
Zero giró de todo el rostro, cabreado, y se levantó dispuesto a irse y tumbarse a dormir, alejado de todo aquello, pero el suelo se deslizó bajo sus pies y empezó a caer hacia la derecha. Buscó apoyo, por puro instinto, en el respaldo del diván, pero como no tenía, estuvo a punto de caer sin remedio y sólo los reflejos vampíricos de los presentes lo evitaron.
Fue Kaname quien lo atrajo hacia sí, por supuesto, pero Takuma también se había levantado y Aidou y Akatsuki habían reaccionado acercándose y alargando las manos hacia él.
Confundido y enfadado, Zero frunció el ceño y se apartó bruscamente. Levantó la vista para soltarle una frase mordaz pero no fue capaz. Kaname lo miraba con algo cercano al horror tras sus pupilas, y retrocedió dos pasos, casi asustado. El ambiente se hizo pesado y los nobles se tensaron en sus lugares, quietos.
— ¿Kaname? —le llamó, dubitativo.
El chico no hizo nada, se quedó quieto, mirándolo desde lejos.
— Kiryuu-kun… está… sangrando.
La voz de Takuma llegó a él muy suave, como si le estuviera contando un secreto. Por inercia, Zero levantó la mano y se tocó el labio superior, sintiendo el líquido caliente que era su sangre deslizándose desde su nariz.
Confundido, buscó la mirada de los nobles, ya que Kaname se había apartado hasta quedar bajo las sombras de la entrada de la salita, y descubrió siete pares de ojos rojos observándolo fijamente.
— Tal vez debería irse, Kiryuu-kun… su sangre…
Takuma no pudo terminar sus palabras cuando, al haberse acercado a Zero para guiarlo fuera de la estancia, había despertado a la bestia recluida dentro de Kaname.
El sangrepura lo empujó con violencia, tirándolo contra el sillón del que se había levantado y haciendo que este girara, incluso con Shiki sentado todavía en él. Después, agarró fuertemente del pelo de la nuca a Zero y le susurró con los dientes apretados:
— Mío. Mío. No los mires. No pueden tocarte. ¡No lo permitas!
Un tirón fuerte le hizo exclamar de dolor, pero Zero notaba la palpitación del sello en su cuello y entendió que el Vínculo, después de aquél estado de medio letargo, había vuelto. Al menos, para Kaname. Ay de él, que ignoraba que nunca se había ido.
El vampiro apretó con fuerza los mechones antes de encontrar la calma suficiente para deslizar su mano hacia abajo y agarrarlo por el hombro. Le clavó las uñas sin piedad y tiró de él fuera del salón. Zero, que esta vez no se encontraba obnubilado por el poder del vínculo, sintió la amargura de saber lo que le esperaba cuando alcanzaran la habitación.
Alguien había hecho perfectamente la cama con sábanas negras y un edredón que no había visto antes, negro también y con filigranas rojas como la sangre. El dosel de la cama, sin embargo, seguía roto y colgaba hecho girones que no podían atarse a las pilastras.
— Fuera… —masculló Kaname, alcanzado el interior de la habitación, mientras tironeaba del cinturón de Zero, que sujetaba sus gastados pantalones vaqueros, con intención de bajarlos.
No se estaban besando y Kaname sólo lo sujetaba por un hombro, pero había tensión en cada uno de los músculos del vampiro, como si estuviera luchando contra la fuerza de un río bravo que trataba de engullirlo. Zero jadeó, mas no hizo ningún movimiento cuando sus pantalones cayeron con fuerza al suelo y se arremolinaron entorno a sus pies.
Una mano lenta pero dura se deslizó sobre su cadera, presionando con la palma la piel expuesta y girando y subiendo sin importarle pasar sobre la ropa interior -un simple calzoncillo blanco, ridículamente gastado- y colarse bajo la gran sudadera roja hasta detenerse en la curva de su espalda.
Kaname apretó entonces, con mucha fuerza, el hombro que todavía agarraba. Inspiró dos veces, cerrando los ojos en busca de tranquilidad.
Zero, simplemente, se dejó hacer, con los pantalones en los pies y los brazos caídos lánguidos.
Fue muy lento. Casi estúpidamente lento. Fue, en realidad, la misma inercia que los movía siempre, la misma fuerza de los imanes gastados, lo que comenzó a acercarlos, aproximando ambos cuerpos hasta que sus pechos se tocaron.
Kaname se dejó caer. Su rostro quedó sumergido en la curva que formaba el cuello de Zero y su hombro, el que no sujetaba.
— N-necesito…
Tembloroso, asustado, un secreto.
— Lo siento… yo…
Con la clarividencia que da la calma, llegó a Zero el entendimiento. Y con él, una sensación electrizante, parecida al triunfo pero descarnada.
— Bebe, Kaname, bebe de mí…
Y fue sugerente y cadencioso como un pecado. Levantó las manos y acarició la espalda del vampiro hasta perder ambas en su cabello oscuro. Tiró y sus miradas se encontraron, casi nariz con nariz.
— Bebe —ordenó.
Kaname se abalanzó sobre su cuello. Mordió el centro del tatuaje.
Zero se estremeció.
Y Kaname… Kaname se corrió en sus pantalones.
Lo había deseado tanto y por tanto tiempo… Había querido su sangre, su piel, su olor. Apretó los dientes, acallando cualquier sonido, y la herida de Zero le pintó los labios y la barbilla. Embistió como reflejo tres veces contra la cadera del exhumano y para cuando volvió a ser medianamente consciente de sí, lo había envuelto en un abrazo sin espacio y bebía de él con pasión desmedida.
Tenía una mano entre sus cabellos claros y la otra se había deslizado bajo la sudadera hasta encontrar un hombro al que asir, de modo que ambos estaban inclinados hacia atrás y un simple empujó los hizo caer sobre el sofá en el que había visto a Zero, una tarde hacía demasiado tiempo, envuelto pecaminosamente en una sábana y preciosamente marcado por él.
Hizo más fuerte su agarre al recordar el mordisco que había lucido el chico sobre su pezón izquierdo y dentro de la fiebre del vínculo se juró que le haría otro.
Entendió que estaba bebiendo demasiado y dejó de hacerlo, aunque no se sentía saciado. Lamió con codicia, una y otra vez, la marca de sus dientes esperando que se cerrara, al menos un poco. A su vez, subió la sudadera roja y en cuanto se apartó del cuello blanco, tiró de ella y se sintió satisfecho al ser ayudado por Zero.
Zero, el bello Zero, cuyos ojos se estaban pintando de rojo y mostraba una mirada un poco nublada, tal vez por el vínculo, tal vez por la pérdida de sangre.
— Mío… —le murmuró otra vez.
Se fundieron, por primera vez en mucho tiempo, en un beso que tuvo el sabor de la sangre de Zero. Kaname rasgó la seda del sofá victoriano cuando sus lenguas se encontraron, sintiendo un placer que superaba al físico pero que no pudo o quiso catalogar. Bajo él, el exhumano respondía con fervor, pero los movimientos de sus manos eran laxos y calmados, subordinados al poder y a la decisión de Kaname.
Tiró de él para colocarse un poco más adelante, alejadas las rodillas de ambos del altísimo reposabrazos pues, aunque algo aullaba dentro de Kaname al sentir las piernas de Zero abiertas y elevadas a su alrededor, no era una posición cómoda para envestirlo. Y Kaname pensaba follárselo hasta gastar la tapicería bajo ellos.
Se desgarró a sí mismo la camisa y la lanzó lejos, cuando perdió las manos entre ambos para quitarse los pantalones, lo hizo deslizando las uñas sobre el pecho blanco y expuesto bajo él, ganándose una respiración entrecortada. Desabrochó y bajó sus pantalones, su pene lleno, pero todavía no duro después de haberse corrido momentos atrás.
Finalmente, rompió el beso y se levantó para desnudarse del todo y desnudar a Zero, que simplemente lo observó desde el sofá, con una pierna caída y la otra doblada contra el respaldo. Estaba deliciosamente sonrojado y su pecho se elevaba y bajaba en busca de más aire del habitual. Además sus ojos rojos lo seguían y observaban sus movimientos. Estaban brumosos, efectivamente, y aquella indefensión alimenta el ansia del vínculo por poseerlo.
Tiró con fuerza de los calzoncillos blancos y Zero terminó medio sentado. Tenía la cabeza un poco atontada, pero el vínculo sólo ronroneaba feliz y enviaba corrientes gustosas a lo largo de su espalda cada vez que Kaname lo tocaba.
Eso sí, cuando Kaname se arrodilló entre sus piernas, él sentado, el vampiro arrodillado en el suelo, y las aupó hasta dejar sus muslos sobre sus hombros, el estómago se le contrajo como en una montaña rusa.
La lengua de Kaname fue directa hacia su ano, sin dudar. Allí lamió golosa y se introdujo, tanto como pudo, en aquél olvidado agujero. Zero sintió que sus gemelos se contraían y su cabeza cayó hacia la izquierda. La saliva escurría lentamente por el pliegue de sus glúteos y vaticinaba el recorrido que podría hacer el semen de Kaname al salir lentamente de él unas horas después, cuando el vampiro se diera por satisfecho aquella noche.
Kaname lamió, subiendo tan sólo hasta el perineo, y Zero sintió que se perdía. Se oyó a sí mismo gemir y elevó una mano para acallarse. El vampiro siguió con su tarea, acariciando sus muslos con el cabello oscuro y elevando más y más arriba a Zero, que iba a romperse. Y se rompió.
El orgasmo llegó a él imparable y contrajo con fuerza sus músculos, sus glúteos, sus muslos, su abdomen. La espalda se le arqueó y sus pezones vibraron, anhelantes de atención. Pero el dolor se mezcló con aquella explosión de placer y le arrancó un gemido largo y disconforme.
Para evitar que se corriera, Kaname había apretado con fuerza justo debajo de su glande. Y había introducido su lengua, disfrutando de las contracciones de placer.
Quiso recriminarle sus acciones, pero entonces Kaname estaba otra vez sobre él, tumbándolo de nuevo a lo largo en el sillón y colocándole una pierna sobre el respaldo para darse sitio e introducir su erección, ya plena, en su palpitante ano.
— Kaname…
No supo por qué lo dijo, pero mientras se arqueaba y en él entraba el pene duro del vampiro parecía lo correcto.
— Mío… sí…
Se dio cuenta de que tenía los ojos cerrados y los abrió al tiempo que Kaname salía un poco y jugueteaba a probar el ángulo. Al abrirlos, se dio cuenta de que, sobre él, Kaname había perdido el control. Todavía había rastros de sangre en su barbilla y tenía los labios obscenamente hinchados. Los ojos le brillaban todavía rojos, aunque había bebido y sólo la lujuria los empañaba, tenía los músculos de los brazos y estómago contraídos, marcándose perfectamente en la piel suave. Resoplaba lentamente, buscando mantener atada a la bestia, pero Zero presintió que no sería capaz de dominarse mucho más.
Y así fue.
La primera envestida pareció romper el dique. Cernido sobre él, Kaname llevó un ritmo imposible que lo arrastró hasta que sus hombros chocaron contra el reposabrazos. El calor se concentró en su estómago estocada tras estocada, con el golpeo rápido y duro contra su próstata.
— Tan bien… mío… —mascullaba palabra al aire y terminó clavándole las uñas en un brazo.
Zero sintió el orgasmo acercándose otra vez, necesitaba arquearse pero la posición y la fuerza de Kaname no le dejaban. Gimoteó un poco cuando superó la barrera y se rindió a aceptar que fuera así.
Se corrió con fuerza entre ambos, pocos minutos después de haber tenido un orgasmo seco, y Kaname continuó con sus envestidas, casi ajeno a la tensión y los movimientos bajo él.
— Precioso…
Zero se dejó hacer, un poco confundido por la situación, hasta que el propio Kaname se detuvo y se arrodilló en el sofá, llevándolo a él consigo. La nueva posición causó el deseado arqueamiento de Zero cuando se deslizó a lo largo de toda la erección, sin dejar nada fuera.
— E-está… toda… l-la siento dentro…
De pronto, se sintió tan lleno que habló sin pensar.
Las uñas de Kaname le rasgaron la espalda como respuesta, atrayéndolo totalmente hacia sí en aquél apretado abrazo y comenzando un vaivén cadencioso en el que Zero no tenía que moverse.
Casi media cabeza por encima de Kaname, respondió al abrazo y colocó la frente en su hombro, encorvándose. Suspiró de placer y disfrutó de la lenta subida a la que le estaba arrastrando otra vez el vampiro. Piel con piel, el frotar rítmico de su próstata inflamada, los gruñidos de Kaname reclamándolo como suyo…
Estuvieron así largo rato, hasta que el inevitable orgasmo los alcanzó a ambos, esta vez suave para Zero y muy largo para Kaname, que inundó de semen el interior de Zero.
— Mío… —le murmuró por enésima vez al oído y se inclinó sobre él hasta que volvieron a yacer acostados. Entonces salió de su interior y se puso en pie.
Zero estaba cansado y húmedo por la actividad reciente, además de somnoliento por haber sido llevado al orgasmo tres veces sin estimulación directa del pene, así que no sintió vergüenza bajo el escrutinio al que fue sometido. De un tirón, Kaname lo obligó a levantarse y lo acompañó hasta la cama. Allí lo empujó sobre el edredón, cuyos bordados rozaban la piel, y ninguno de los dos lo abandonó hasta la media tarde del día siguiente, cuando Kaname, agotado por las exigencias del vínculo, se corrió por última vez en su interior, sintiéndose satisfecho por la marca que sus dientes acababan de dejarle en el pezón izquierdo.
Los doseles rotos les habían obligado a utilizar sólo la esquina de la cama que solía corresponder a Kaname y a dormir muy pegados las últimas horas del día. Cuando Zero despertó con el sol todavía en cielo, lo hizo mirando hacia el centro de la cama, colocado en el borde contrario al que ocupaba normalmente y mirando directamente a Kaname, quien lo cubría de sus rayos.
Kaname lo abrazaba fieramente, como había hecho durante toda la noche y gran parte del día, con sus manos grandes colocadas en los omóplatos de Zero. Pero el chico se sorprendió al darse cuenta de que él abrazaba de un modo similar al vampiro, sólo que una de sus manos jugaba con su cabello y la otra atraía su cintura.
Observó, con la calma del que sabe al otro dormido, el rostro sereno de Kaname. Se dio cuenta, desconcertado, de que sus pómulos estaban adelgazados y de que había unas ligeras arrugas de preocupación entorno a sus ojos.
Se estremeció al entender de donde venía aquello.
Sin darse cuenta, los ojos volvieron a cerrársele y se quedó dormido.
Volvió a despertar horas más tarde y se encontró en la misma posición. Fuera, la tarde casi se había extinguido y si agudizaba el oído, podía percibir los primeros sonidos del despertar de los vampiros.
Al despertar de todo, fue consciente del dolor reconfortante de su cuerpo, de la tensión en sus glúteos, de los arañazos en su espalda y en sus brazos. Azorado, se dio cuenta de que disfrutaba sintiéndose así, cansado y todavía lleno de semen, que no había terminado de escurrir por sus piernas y se mantenía líquido en su interior, no como el que se había deslizado y formado un pecaminoso camino alrededor de sus muslos y que ahora estaba seco.
El suave movimiento que había realizado al apretar su ano y sentir las corridas en su interior, se ganó un ligero cambio en la postura del dormido Kaname.
Atento a él otra vez y consciente del palpitar de su pezón mordido y del chupetón en el interior de uno de sus muslos, pensó en lo ocurrido. El vínculo, al menos para Zero, apenas había estado presente en toda aquella acción. Había pulsado para que se doblegara un poco, sólo un poco, al principio y después había sido la debilidad de la pérdida de sangre la que había bajado todas sus defensas y le había permitido que se dejara hacer.
Suspiró.
Volvió a mirar al vampiro, fijamente.
Se había corrido al morderlo.
El controlado Kaname, el señor de los vampiros, se había corrido por morderlo.
Zero no podía creerlo. Dejó que sus dedos bailaran un momento más entre el cabello largo y oscuro y permitió que el momento lo guiase hasta una acción ridícula: besó la mejilla de Kaname, cerca de la comisura de sus labios.
Avergonzado por aquello, se alejó rápidamente y unos golpes en la puerta lo salvaron de cualquier otra repercusión.
De inmediato, los ojos de Kaname se abrieron y no estaban rojos. Recorrió a Zero con la vista, que se había sentado, y se puso en pie.
— Tápate.
Instintivamente, Zero se encontró a sí mismo obedeciendo, levantando el edredón y cubriéndose con él mientras se sentaba contra el respaldo de la cama y observaba a Kaname sacar del armario su yukata y tapar con él su desnudez.
— Adelante, Aidou.
Arrugando la nariz al saber que el vampiro vería a Kaname así vestido, Zero pensó gruñirle para que hablara desde el otro lado de la puerta, pero Aidou ya estaba dentro de la habitación.
Tratando de mantener las formas, el vampiro se aclaró la garganta y habló mirando exclusivamente a Kaname:
— Han llegado ya todos los padres de los estudiantes de la Clase Diurna… vienen a llevarse los cuerpos. Y el Consejo ha regresado, tienen las listas que fueron solicitadas para…
— Gracias, Aidou, ahora bajo, me uniré a los padres antes de la cena —le dijo, con su suave tono de voz, tan distinto al que había estado usando en el oído de Zero.
Con una pequeña reverencia, Aidou se marchó sin deleitarse a contemplar el cuerpo del sangrepura. Zero se sintió satisfecho.
— Duchémonos. Tal vez quieras despedirte del cuerpo de Wakaba-kun y presentar tus respetos a sus padres.
No quería, por supuesto, pero lo haría. Lo haría porque Yori había corrido a salvar a Cross y porque le guardaba un sitio con ella y con Yuki en clase cuando la otra se olvidaba.
Se levantó con pereza y caminó desnudo hasta el baño. La invitación había sido explícita, pero Kaname se había quedado quieto en mitad de la habitación, mirando con el ceño fruncido un punto en el suelo.
Zero pasó casi a su lado, pero no le dijo nada. No iba a pedirle a Kaname que lo acompañara, no iba a dar pie él a que… ocurriera cualquier cosa. Al final, el vampiro entró en el baño mientras él abría las llaves de la ducha.
No se dijeron nada mientras esperaban a que el agua se entibiara, quietos uno junto al otro después de que Kaname arrojase el yukata sobre el cesto de la ropa sucia. Y entonces Zero empezó a sonrojarse.
A sonrojarse mucho, fuertemente.
Y es que el semen que quedaba dentro de él había comenzado a escurrirse a lo largo de su pierna. Y era mucho, más que suficiente como para ser notorio a la vista y, sobre todo, al olfato de un vampiro.
Y lo fue, porque Kaname se giró en redondo hacia él y los ojos se le tiñeron de rojo.
Sin importarle la temperatura, Zero se metió apresuradamente bajo el chorro, que afortunadamente ya estaba en su punto perfecto. Haciéndose el indiferente, buscó su esponja y la embadurnó en gel con olor a coco. El que era suyo.
Tardó un momento en darse cuenta de que Kaname no había entrado en la ducha y, con mucho disimulo, se giró y entornó los párpados para observarlo.
El vampiro seguía en el baño y estaba quieto en el mismo lugar. Miraba fijamente a Zero, pero su postura era desconocida en él, con los hombros caídos casi en derrota y los brazos yermos a ambos lados.
Zero lo enfrentó, con el ceño fruncido en desconcierto.
— ¿Qué…?
Y entonces lo vio.
O lo sintió, no estaba seguro.
Un tirón leve en Kaname que el vampiro debía haber notado muy fuerte. Una exigencia del vínculo.
Vio también, en los ojos todavía rojos del vampiro, el momento en que su voluntad fracasó y el vínculo se hizo con el control. Al instante, Zero había sido envuelto por los brazos de Kaname.
— Después de… —empezó a decirle, como siempre, incapaz de mirarlo a los ojos, colocándolos sien con sien dentro del abrazo—. No debí... no… no iba a hacerlo así. Tú no debías… acelerar el proceso de curación. No…
Tal vez era el vapor de la ducha, pero Zero sintió que se ahogaba.
—… al menos tres meses para los primeros contactos. Tal vez más tiempo siendo un vampiro… No debí haber sucumbido ayer. Yo… —Kaname lo apretó más hacia sí y sus palabras siguientes fueron inaudibles con el agua de la ducha— lo siento.
Zero se cabreó.
— ¿De qué mierda hablas, Kuran? —rugió, mientras forcejeaba para soltarse, sus fuerzas casi iguales.
Cuando se alejó un par de pasos, Kaname no apartó la mirada, pero tampoco contestó.
— Me tiré a tu tío, sí ¿ahora te sientes mal por haberme follado todo el puto día? Pues haberlo pensado antes de correrte en mi culo ¡que habías lamido antes!
Y el vínculo volvió.
TANAN
¿Qué os ha parecido? xDDD Después de tanto tiempo hasta me da algo de vergüenza volver al lemon descarnado xD
Personalmente, la charla en el sofá me gusta mucho... cuando Kaname busca refugio y apoyo en Zero. Sé que el fic gira mucho más entorno al dolor y los problemas de Zero, pero siempre trato de dejar una huella sobre cómo las cosas son difíciles también para Kaname. Creo que no conseguirlo es el mayor fallo del fic ò.ó ¡pero seguiré intentándolo! Muajajajaja
Sé que en general ha dado mucha pena la muerte de Yori y de Seiren, pero era algo que tenía planeado desde el principio, cuando todo esto no era más que una protohistoria que iba a ocurrir durante las vacaciones en un apartamento lujosísimo de Kaname en Shanghái.
¡Ya me diréis qué os parece!
¡Muchos, muchos besos a todas y muchas gracias por lee!
