Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

PERVERSAMENTE PROHIBIDO

CAPITULO 7

Tres días después Edward y Bella volaron juntos a Alemania.

Llegaron al aeropuerto de Frankfurt a media tarde. Para cuando finalmente se encontraron instalados en el Steigenberger Frankfurter Hof, ya era casi la hora de la cena.

Cuando bella bajó al restaurante después de una ducha reparadora, Edward ya estaba allí.

Al verla entrar, la llamó invitándola a compartir su mesa.

Se mostró indecisa pero aceptó y se sentó frente a su jefe.

Pidieron la cena mientras Edward le explicaba el estado de las negociaciones con los directores que se reunirían al día siguiente.

En el transcurso de la velada, la conversación se volvió más personal.

—¿Tu familia es de Seattle? —preguntó Edward interesado a la vez que daba un bocado a su filete.

— La familia de mi madre lo era. Mi padre y su familia eran de Forks. Allí viví con ellos hasta que cumplí dieciséis.

—¿Qué sucedió cuando cumpliste dieciséis?

—Mis padres murieron en un accidente de tráfico y yo quedé a cargo de una tía de mi madre.

—Oh, vaya —exclamó consternado —Lo siento, no lo sabía.

—No hay problema —sonrió con sinceridad —Ya lo he superado o aceptado al menos.

—Lo imagino. ¿Entonces vives con tu tía aún?

—No. Mi tía era una mujer bastante mayor y murió cuando yo tenía veinte.

—Vaya, parece que no hago más que comentarios desafortunados —sonrió incómodo

—No te preocupes. De verdad estoy contenta con mi vida. Heredé de mi tía Marie una casa bastante grande y actualmente la comparto con tres amigas.

—Bueno, supongo que será divertido.

—Sí, lo es. Son mis mejores amigas y como ninguna tenemos familia en la ciudad, somos como hermanas.

—Los hermanos no siempre se llevan bien —comentó él pensando en sus hijos.

—¿Tú no te llevas bien con tu hermano?

—Oh, no, yo sí. En realidad pensaba en mis hijos.

—Oh, claro. No conozco a tu hija realmente, pero por lo poco que conozco a Alec, creo saber cuáles son sus sentimientos al respecto —dijo arrepintiéndose al instante de haber hablado de más.

—¿Por qué lo dices? —preguntó curioso —¿Alec te ha dicho algo sobre su hermana?

—Oh, no, lo siento —se sonrojó hundiéndose en su asiento —Discúlpame, no quise sonar entrometida.

—No lo has hecho pero, dime ¿a qué te referías?

—Oh, no, olvídalo, por favor

—No, venga, cuéntame. No me veas como el jefe. Esto es una conversación de amigos. Dime a qué te referías. Tal vez eso me ayude a comprenderles mejor —la instó

Bella se lo pensó un momento antes de hablar.

—Bueno, de acuerdo —suspiró por fin —No sé exactamente a qué se refería, pero Alec dijo alguna vez que su hermana era una consentida que no tenía obligaciones, y viendo lo poco que a él le gusta trabajar, imagino que siente celos por ello —explicó cada vez más sonrojada

—Sí, creo que sí. Cuando acabaron el instituto, Alec se negó a ir a la universidad y yo me negué a permitir que fuera un vago. Le di a elegir entre la universidad o trabajar en la empresa. Supongo que pensó que por ser una empresa familiar no tendría que esforzarse, pero se equivocó. Así que ahora me odia por no pagarle sólo por ser quien es. Jane prefirió ir a la universidad ya que eso le aseguraba al menos unos cuatro o cinco años de manutención. Alec dice que Jane obtiene lo que quiere sin tener que hacer nada. Según él la consiento por ser mi niñita.

—¿Y lo haces? —indagó

—Supongo que tal vez un poco —reconoció —Pero Alec tuvo su oportunidad de estudiar y no quiso tomarla.

—Entiendo.

—De todos modos, ambos recibieron un coche nuevo al cumplir los dieciséis y en su cumpleaños número veinte un departamento de dos ambientes como regalo. Jane no quería vivir sola así que lo alquila y recibe buenos ingresos mientras sigue viviendo con su madre. Alec por su parte quería tener un lugar donde llevar sus citas y organizar fiestas para sus amigos así que vive allí con sus consiguientes gastos.

—Entiendo —comentó pensativa

—Crees que son unos consentidos, ¿verdad?

—Un poco, sí. Cuando conocí a Alec, fue fácil ver que es el típico chico guapo y rico que nunca tiene que esforzarse por nada.

—Sí, supongo que lo es —suspiró apenado —Diría que su madre siempre ha creído que debíamos darles todos sus caprichos sin exigirles nada. No voy a negar mi parte de responsabilidad. Supongo que fuimos padres demasiado jóvenes y lo hicimos lo mejor que pudimos. Yo trabajaba todo el tiempo. Chelsea estaba todo el tiempo con ellos... qué sé yo... —se quejó —Supongo que ahora lo haría diferente. Intentaría que aprendiesen a valorar más las cosas que tienen y sobre todo, a luchar por conseguirlas.

—¿Nunca te planteaste tener más hijos?

—No. Cuando los chicos nacieron me sumergí en el trabajo y me preocupé por mantener la familia que teníamos. Para cuando por fin sentí que me podía relajar, mi padre se retiró y me hice cargo de la empresa. Mi matrimonio, ya acabado, terminó de desmoronarse y nos divorciamos.

—Pero tienes pareja ahora —comentó Bella aprovechándose de la camaradería que se había instalado entre ellos.

—Sí, pero Tanya tiene dos hijas de su matrimonio anterior, así que la maternidad no es una necesidad para ella y yo, sinceramente, a veces me siento un poco mayor para volver a cambiar pañales —confesó sonriente.

—No creo que seas tan mayor. Lo haces ver como si fueras un anciano.

—Lo soy —sonrió a su vez y su sonrisa desestabilizó a la chica —Ya he cumplido cuarenta y tres.

—¡Qué va!

—Podría ser tu padre —explicó arqueando una ceja, y ese reconocimiento en voz alta le disgustó.

—No lo creo. Eres más joven de lo que era mi padre cuando yo nací.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Mi madre no tuvo fácil embarazarse. Cuando finalmente lo consiguió tenía treinta y siete y mi padre cuarenta y cuatro. Ya no me esperaban.

—Oh, vaya. Supongo que debiste hacerles infinitamente felices al tener tan pocas esperanzas.

—Sí. Y ellos me hicieron feliz a mí, los pocos años que les tuve conmigo.

—Lo siento.

—No lo hagas. Yo fui feliz mientras les tuve.

—Imagino que tenían justificado haberte consentido.

—¿Crees que soy una consentida? —preguntó indignada

—No, todo lo contrario. Y el hecho de que no lo seas me hace sentir más culpable por la forma en que malcrié a mis hijos.

—No te culpes. Uno lo hace lo mejor que puede y teniendo en cuenta todo lo que tenías en contra, creo que tú lo hiciste bastante bien.

—Eres sabia para ser tan joven —comentó sintiéndose frustrado por no poder tener quince años menos.

—No soy tan joven —replicó indignada

—No, supongo que yo soy viejo —comentó antes de dejar la taza de café vacía y levantarse de su asiento para volver a su habitación.

Caminaron juntos hasta los ascensores.

Cuando la puerta del elevador se abrió ante ellos, apareció una pareja comiéndose a besos.

La chica se recostaba sobre el hombre que tenía su mano bajo la amplia falda de la joven.

El timbre del ascensor les sobresaltó y sonrojándose furiosamente ante ellos abandonaron el ascensor disculpándose.

Bella entró en la cabina y Edward se paró detrás.

—¿Qué tendrán los ascensores? —comentó ella cuando las puertas se cerraron.

Edward no podía hablar. La visión erótica de la pareja, más la proximidad de Bella y el perfume a fresas que emanaba de su cabello le estaban volviendo loco.

Ante su silencio Bella se volteó a verle y la mirada lasciva en los ojos verdes de su jefe le desestabilizó.

Se giró de frente a él sin dejar de mirarle fijamente.

—No sé qué tendrán los ascensores —susurró él acercándose a ella para dejarla acorralada contra una de las esquinas del ascensor.

Estiró la mano para posarla sobre su cuello y con su pulgar acariciar la suave piel de porcelana.

Bella arqueó su cuello ofreciéndole los labios temblorosos cuando el ascensor se detuvo en la tercera planta.

Una pareja de ancianos entró dándoles las buenas noches y cortando el momento íntimo.

Al llegar a la quinta planta salieron del elevador y caminaron en silencio hasta la habitación de Bella, ya que la de Edward estaba tres puertas más adelante.

Bella se detuvo e introdujo su tarjeta en la cerradura.

Cuando la puerta se abrió, se volteó hacia él.

—¿Quieres entrar? —ofreció sugerente y deseosa a la vez.

Edward cerró los ojos e inspiró intentando aclarar sus pensamientos.

Quería. En ese momento no había nada que desease más pero sabía que no debía.

La miró finalmente sabiendo que la chica se merecía una disculpa.

—Lo siento, Bella. No sé lo que me pasó —explicó haciéndola estremecer —Discúlpame, por favor. No sé en qué estaba pensando.

—¿Qué quieres decir? ¿A qué te refieres?

—Ya sabes, ese momento en el ascensor. No sé qué me sucedió. Me confundí.

—No creo que te confundieras —discutió —Querías besarme y yo quería que lo hicieras.

—No, no es lo que quería. Supongo que sólo fue un momento de excitación provocado por el vino, nuestra grata camaradería de esta noche y la excitación de esa pareja...

—¿De qué hablas? ¿Grata camaradería? ¿Vas a decirme que no me deseas? —esgrimió furiosa por momentos.

—¿Cómo no desearte? Eres preciosa, simpática, inteligente —reconoció —Tendría que ser de piedra para no desearte.

—¿Entonces?

—Pero eres mi empleada, además de tener edad suficiente para ser mi hija y, por si eso no bastara, yo tengo novia. Una novia preciosa y adecuada para mí, con quien además disfruto de un muy buen sexo —explicó con una dureza que la hirió profundamente —Siendo lo adultos que somos ambos, podemos entender que eso fuera sólo un deseo momentáneo que no significa nada. De hecho nada sucedió.

—Habría sucedido si esa pareja no hubiera interrumpido —discutió

—Yo creo que no.

—Sabes bien que sí. Yo te deseo y tú me deseas.

La observó condescendiente sabiendo que las palabras de Bella eran ciertas, pero negándose a aceptarlas.

—Descansa, Bella —se despidió sin decir más —Mañana tenemos una reunión muy temprano.

Sin darle tiempo a replica, se alejó y se dirigió a su habitación temeroso de caer en la tentación que esa chica le suponía.


Gracias a todos por los reviews, alertas, favoritos y por recomendar este fic. Y sobre todo gracias por leer.

Dejo el adelanto del próximo capítulo:

—Grata camaradería, le llamó —explicó indignada —¿Podéis creerlo? ¡Grata camaradería! ¡Qué coño! Allí había una calentura digna de provocar el calentamiento global, y él lo llamó grata camaradería. Ese tipo es un inmaduro y ridículo capullo arrogante.

—Tienes que hacer lo que él hace. Provócalo, excítalo, caliéntalo y luego déjalo duro como martillo pilón. Y que se tenga que follar con sus propias manitas.

—¿De verdad lo crees, Jessica? —inquirió apenada —Tiene una novia preciosa con la cual, según sus propias palabras, disfruta de un sexo maravilloso. ¿De verdad crees que tendría que autosatisfacerse?

—Sí, tal vez no deberías dejárselo caliente a esa mujer.

Os recomiendo pasaros por el grupo de Facebook, Las Sex Tensas de Kiki, donde hay adelantos, imágenes, encuestas, etc, sobre mis historias.

Besitos y a leer!

Recuerdo los días de actualización: LUNES - RANCHO MASEN; MIÉRCOLES - DETRÁS DEL OBJETIVO; VIERNES - PERVERSAMENTE PROHIBIDO