Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

PERVERSAMENTE PROHIBIDO

CAPITULO 33

Bella abrió la puerta de su casa y entró en silencio, con el rostro angustiado.

Sus amigas cenaban, sentadas en el sofá del salón, viendo una comedia en la pantalla plana.

Las tres se voltearon hacia la puerta al escuchar el sonido de ésta abriéndose, y las tres se envararon al ver entrar a Bella con el semblante acongojado.

—¡Mierda! —gruñó Jessica dejando su plato sobre la mesita del café —Maldito cabrón —soltó levantándose de inmediato para acercarse a Bella y rodearla con sus brazos.

Su cálido abrazo fue lo único que Bella necesitó para soltar el desgarrador llanto que venía conteniendo desde que había salido del departamento de Edward.

Sin decir palabra, Jessica la guió al salón y ambas se sentaron junto a Alice y Angela que la observaban preocupadas.

—Bells... —le llamó Angela en voz baja tomando la mano de su amiga entre las suyas —Bells, ¿qué sucedió? —preguntó

—Maldito cabrón —rugió Jessica manteniendo a Bella entre sus brazos —Seguramente se negó a ocuparse del bebé.

—Maldito bastardo —espetó Alice sintiéndose furiosa. —Todo lo honorable y adulto que fue a los veinte años no ha podido serlo a los cuarenta. Cabrón.

Angela les dedicó a sus amigas sendas miradas reprobadoras, haciéndolas callar.

—Bella, cariño —repitió Angela —¿Qué sucedió, Bells? ¿Fue por lo del niño? ¿No lo ha querido aceptar?

Bella se sorbió y se limpió con una servilleta de papel que cogió de la mesa, mientras negaba con la cabeza, sin poder hablar sin dificultad.

—No. No ha sido eso. Ni siquiera pude decirle que estaba embarazada —explicó ganándose tres miradas confusas.

—¿Entonces?

—Me dejó —dijo y el llanto volvió a asaltarla.

—¿Te dejó? ¿Qué quieres decir con eso? —inquirió Alice extrañada —¿Antes de que le dijeras lo del bebé?

—Sí.

—Pero ¿por qué?

—Por sus hijos. —declaró —Hoy se reunió con sus hijos. Ellos no lo aceptan. No aceptan nuestra relación y él prefiere plegarse a sus deseos antes que enfrentarse a ellos para defender lo nuestro.

—Maldito cabrón y gilipollas —rezongó Jessica molesta.

—Me dijo que sus hijos son más importantes para él que cualquier otra cosa. Dijo que yo lo comprendería cuando tuviera mis propios hijos.

—¡Ya vas a tener a tu propio hijo! —gritó Alice frustrada —En menos de nueve meses tendrás a tu hijo, y da la casualidad que también es suyo. ¿O acaso sus hijos mayores son más importantes que el que está por nacer? Debiste decirle lo de tu embarazo. Debes llamarle y decírselo —insistió.

—No, Alice, no voy a hacerlo. No puedo hacerlo.

—¿Por qué no? Debes hacerlo.

—No. No quiero que se quede conmigo solo porque voy a tener un hijo suyo. Ya lo hizo una vez y no fue feliz. No fue feliz él, no hizo feliz a su mujer, ni siquiera a sus hijos. Yo no quiero eso para mí. No quiero ser como Chelsea. Me merezco más que eso. Y mi hijo también. Nos merecemos alguien que nos ame, más allá de cualquier compromiso que se vea obligado a aceptar. Yo también buscaré la felicidad de mi hijo, y no creo que sea feliz sabiendo que su padre está con él por obligación o algún estúpido sentido del honor. Sé que en algún momento se lo diré, pero no todavía.

—Tienes razón —reconoció Jessica —No le necesitas, Bella. No le necesitamos. Tu hijo será el más feliz del mundo. Nosotras le cuidaremos y nos ocuparemos de todo lo que él necesite. Tú y él. Sabes que cuentas con nosotras. ¿Quién coño necesita tener un cabrón como padre cuando puede tener tres maravillosas tías, que darían todo por él? —agregó con satisfacción haciéndola sonreír.

—Gracias, Jess.

—No tienes nada que agradecer. Sabes que estamos y estaremos aquí para ti y para ese pequeñín. Y Edward Cullen que se vaya a hacer puñetas.

—Jessica tiene razón —concordó Alice efusiva —Que se vaya al diablo. Él y sus malcriados hijos.

—No sé qué voy a hacer —se quejó —¿Cómo voy a seguir? ¿Cómo voy a poder verle cada día en el despacho?

—Hey, Bells —le tranquilizó Angela —No pienses en eso ahora. Tienes mucho que evaluar y decidir. Por lo pronto, tómate unos días libres. Estoy segura de que entenderá que lo hagas y ni siquiera te pedirá explicaciones. Luego ya decidirás qué hacer.

—Bella, sigues siendo una excelente abogada que se graduó en Yale con honores —le recordó Jessica —Ahora además tienes una excelente experiencia en una empresa importante. No te será difícil encontrar otro puesto en la ciudad.

—Exacto —concordó Alice —No tienes que seguir trabajando para ese cabrón malnacido.

—No lo soportaría. —reconoció —No soportaría verle a él o a Alec. Me imagino que el muy maldito se sentirá muy feliz ahora —gimió indignada —Lo peor es que él mismo me lo dijo. El mismo Alec me dijo que su padre no me elegiría a mí por encima de ellos.

—Cabrón. Ya no pienses más en los malditos Cullen —aconsejó Alice —Te diría que podríamos emborracharnos para olvidarnos de todo, pero no es conveniente en tu estado.

—¡Mierda! Ni siquiera puedo emborracharme. —se quejó

—No, pero puedes comer todo el chocolate y helado que desees —ofreció Jessica en su lugar antes de dirigirse a la cocina para volver al salón cargada de golosinas.

Esa noche Jessica compartió su cama, pero fue difícil lograr dormirse.

Cuando la mañana del domingo llegó, no se sentía mucho mejor, pero sus amigas hicieron todo por distraerla, lográndolo por momentos.

La situación en el departamento de Edward no era muy diferente.

La noche anterior, sólo había cogido una botella de whisky y la había acabado en el sofá, intentando apagar las voces en su interior que le recriminaban estar cometiendo el mayor error de su vida.

Cuando se despertó por la mañana, la cabeza parecía a punto de estallarle, pero su dolor se incrementó cuando entró en la cocina dispuesto a preparar café.

La comida que Bella había estado preparando para su cena especial, aún seguía allí, intacta. La mesa del comedor, todavía estaba puesta para dos, con velas y flores.

Los indicios de que la mujer a la que amaba se había ido, le partieron el corazón en dos.

No podía soportar quedarse en el departamento.

Intentando no echar un vistazo sobre la ausencia de las pertenencias de Bella, se metió en la ducha.

Después de vestirse dejó el departamento, compró un café largo y negro y se dirigió al despacho.

Sumergirse en el trabajo era lo mejor que sabía hacer para olvidarse de todo.

Llamó a su asistenta para pedirle que pasara por el departamento y se encargara de limpiar todo asomo de la cena que el día anterior había quedado pendiente, y se dedicó a preparar sus próximas reuniones.

Pasado el medio día su teléfono sonó.

Ver en el identificador el nombre de Jane le enfureció.

—Jane —contestó con rudeza

—Hola, papi —saludó la chica con un tono culpable que a él no le ablandó —¿Cómo estás?

—No muy bien. ¿Qué sucede? —indagó con acritud

—Bueno, nada. En realidad quería saber cómo estabas después de nuestra charla de ayer.

—No estoy bien, Jane. No estoy feliz —reconoció —Ni creo que vaya a estarlo por mucho tiempo, pero al menos vosotros sí lo estaréis.

—¿Qué quieres decir?

—Que lo habéis logrado. Os habéis salido con la vuestra, como siempre hacéis. He roto con Bella.

—¿Has roto con ella? —inquirió la chica emocionada

—Sí, lo he hecho. Y ahora mismo me siento el hombre más desgraciado de este lado del país. Pero eso a vosotros no os importa, porque lo único que deseabais era que yo cumpliera vuestros deseos sin importar lo infeliz que eso pudiera hacerme a mí —recriminó con dureza.

—Oh, papá... no es así —gimoteó la chica —Nos importa tu felicidad...

—Esa mujer era mi felicidad, pero para vosotros vuestras caprichosas necesidades superan cualquier cosa.

—No entendiste nada —discutió Jane —Sabemos que esa chica no te haría feliz. —aseguró —Tú no veías las cosas con claridad.

—Ya basta, Jane. No voy a aceptar que digáis absolutamente nada más sobre Bella. Ni tan solo que lo insinuéis. Esa mujer es la primera mujer que he amado en mi vida, y le he dejado por satisfacer vuestro egoísmo. Y lo que es peor, le he herido, le he hecho mucho daño a la primera persona en mi vida que me ha amado por mí mismo, y me querido y respetado. Espero que os sintáis felices.

—Papá...

—No quiero hablar más sobre este tema, Jane, y si no tienes nada más que decir, ahora mismo no tengo ganas de hablar contigo o con Alec. Espero que no te importe.

—Pero papá...

—Adiós, Jane. Ya hablaremos en otro momento, y espero que mañana te presentes en el despacho a las ocho para comenzar a trabajar, tal como has dicho que deseabas hacer. —dijo antes de cortar la comunicación, sintiéndose furioso.

Se fue a casa lo suficientemente tarde y exhausto como para meterse en la cama y dormir sin pensar en nada más.

Cuando el lunes se presentó en el despacho, recibió la noticia de que Bella no iría ese día a la empresa alegando no encontrarse bien de salud.

Sabía que no era un problema médico pero no pudo resistirse y le llamó.

—¿Sí? —respondió Bella envuelta aún entre las mantas de su cama.

—¿Bella? Soy Edward.

—Edward —contestó con dureza sintiendo su corazón oprimirse

—¿Cómo estás? —preguntó con preocupación y ternura.

—¿Cómo coño crees que estoy? —espetó furiosa e indignada —¿Qué coño te importa a ti cómo estoy? —gritó

—Lo siento, Bella— se disculpó sintiéndose compungido y fuera de lugar —Sé que soy el causante de que no estés bien, pero...

—Edward —le cortó —Te suplico que no digas nada. Ya has dicho suficiente. Comunicaré a recursos humanos el momento en el que pueda reincorporarme al trabajo.

—No hay prisa, Bella... —dijo pero ella ya había cortado la comunicación.

Jessica entró en la habitación alertada por la voz furiosa de Bella, y se encontró a su amiga hundiendo el rostro en las almohadas mientras lloraba desconsolada.

—Bells, ¿estás bien? —inquirió preocupada —¿Qué pasó, Bells?

—Me acaba de llamar Edward. —explicó sollozante.

—¿Qué diablos quería ahora? —gruñó su amiga con indignación

—En la empresa le dijeron que yo no iría porque no me encontraba bien y él quería saber cómo estaba.

—Es que ese tío es gilipollas. ¿Acaso no se hace una idea de cómo estás?

—Lo sé. No entiendo qué más quiere de mí. ¿No ha sido ya suficientemente humillante? ¡Que me deje en paz!

—¿Qué vas a hacer, Bella?

—¿Con qué?

—Ya sabes, tu trabajo, tu puesto en Cullen.

—Voy a dejarlo —expuso con firmeza

—Vas a dejar el trabajo.

—Sí. No puedo trabajar allí con Edward y sus hijos. No lo necesito. Estoy segura de que con mi currículo podré conseguir algo más, y de todos modos tengo algunos ahorros. Sé que será difícil encontrar un puesto estando embarazada, pero podré hacerlo.

—Desde luego que sí. De cualquier forma sabes que cuentas con nosotras.

—Gracias, Jess, sé que es así, aunque también sé que cada una de nosotras tenemos nuestros préstamos estudiantiles por pagar, así que estoy segura de que algo tendré que conseguir.

—Sé que lo tendrás fácil para conseguir otro trabajo, pero más allá de nuestros gastos, sabes que nos las arreglaremos bien para cuidar de ti y del bebé.

—Lo sé —sonrió aunque con tristeza.

No había creído que las cosas salieran de ese modo. Había estado segura que después del shock inicial, Edward habría estado feliz ante la idea de tener un bebé, y en ese momento ambos estarían haciendo planes para su hijo.

Pero la realidad había sido muy diferente. Edward ni siquiera había llegado a enterarse de que sería padre nuevamente. En su lugar la había echado de su vida, perdiéndose la oportunidad de planear juntos la vida del niño.

Después de haber tenido un día que hubiese preferido olvidar, Edward se encontraba en su despacho reunido con tres de sus ejecutivos, ultimando datos de sus últimas adquisiciones, cuando la puerta del despacho se abrió estrepitosamente.

Seguida por una nerviosa Zafrina que se disculpaba con su jefe por la intromisión, se encontró a Jessica Stanley, la amiga de Bella, que le observaba furiosa.

—Jessica —le llamó poniéndose en pie tras su escritorio.

Ignorando a los hombres sentados frente a Edward, Jessica se acercó al escritorio y apoyó sus puños sobre él de forma amenazadora.

—Déjala. En. Paz. —gruñó entre dientes

—¿Disculpa?

—Que dejes en paz a Bella. Ya has hecho suficiente. Ya le has hecho suficiente daño y no vamos a permitir que sigas haciéndolo.

—Mi relación con Bella no es de tu incumbencia —intentó cortarla poniendo su tono más arrogante, pero la joven no era de las que se dejasen amilanar.

—Bella, es de mi incumbencia. Mucho más que de la tuya por lo que has demostrado. Y como ya te lo dije una vez, no está sola y no vamos a permitir que le lastimes aún más de lo que ya lo has hecho. Déjala en paz, ella no te necesita. Nadie te necesita. —espetó molesta antes de voltearse decidida y altanera y abandonar el despacho ante el gesto estupefacto de los presentes, incluido el mismo director general de Cullen Holdings.


Después de la hecatombe que generó el capítulo anterior (el más comentado en lo que va del fic), aquí dejo la actu de hoy, bastante más tranquila.

Gracias por los reviews, alertas, favoritos y por leer y gracias a todos por el apoyo.

Dejo un pequeño adelanto:

—Lo siento, Bella —reconoció apenado mesándose los cabellos en un gesto desesperado —Te aseguro que lo haría diferente si pudiera pero…

—No he venido a hablar sobre eso, Edward —le cortó indignada.

La entendió. Supo que tal vez era demasiado pronto para hablar sobre ellos.

—¿Qué necesitas? ¿Quieres tomarte unos días? Puedes tomarte los días que necesites —ofreció.

Bella le observó desdeñosa antes de hablar.

—No hará falta

En el grupo de Facebook, Las Sex Tensas de Kiki, hay adelantos, imágenes, encuestas, etc, sobre mis historias.

Besitos y a leer!

Días de actualización: LUNES - RANCHO MASEN; JUEVES - PERVERSAMENTE PROHIBIDO

En mi perfil encuentran el link del tráiler que Emmaly Swallen hizo para este fic.

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