Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

PERVERSAMENTE PROHIBIDO

CAPITULO 37

Bella iba sumida en sus pensamientos, mientras su jefe, de tanto en tanto le dedicaba miradas especuladoras.

—¿Está todo bien, Bella? —preguntó por fin sacándola de sus cavilaciones

—¿Eh? Sí, perfectamente. —aseguró volviéndose hacia él con una sonrisa que no reflejaba más que dudas y confusión.

Amaba a Edward por sobre todas las cosas, y ese mes que habían pasado separados no había servido para levantar sus defensas o enseñarle al menos cómo resistirse a él. Pero sabía que no quería acabar siendo humillada más de lo que ya se sentía.

Edward había dicho las palabras que creía que ella deseaba escuchar, pero había estado equivocado.

Desde luego que ella quería volver con él, pero no creía que pudiera fiarse de sus promesas, ya que le habían sonado vacías.

Edward iba a solucionarlo, estaba solucionándolo, había dicho. Pero ¿qué le había dado en realidad? ¿Qué le había dado para permitirle confiar en él? Sus hijos siempre serían sus hijos, y Bella dudaba que fueran a cambiar de opinión respecto a ella en el corto plazo.

Y ella, no tenía mucho tiempo. En un par de meses su embarazo sería notorio e inocultable y, si entonces Edward volviese con ella, nunca podría confiar en que lo hacía porque la amaba y no porque llevaba a su hijo en su vientre.

Y si de algo estaba segura, era que quería un hombre que la amara por ella misma y no por sentirse obligado o responsable.

Cuando llegaron al restaurante, fueron guiados hasta una mesa en un acogedor rincón.

La conversación inicial resultó bastante trivial, mientras comentaban la carta y hablaban sobre el restaurante.

No fue sino hasta que el camarero les entregara sus primeros platos, que Quil no soportó más la incertidumbre.

—Perdona, Bella, pero ¿puedo preguntarte qué hacía Edward Cullen en tu casa esta noche? —inquirió observándola con atención.

El sonrojo de Bella no tardó en llegar y su mirada se demoró un momento en su ensalada Cesar, antes de fijarse en su jefe.

—Nada en especial —respondió evasiva —Sólo quería hablar conmigo.

—No me malinterpretes, no quiero parecer entrometido, solo me preguntaba si su visita estaba relacionada con el acuerdo de Seattle Woods.

—Oh, no, en absoluto...

—No, quiero decir, si es así, deberías decírmelo. No quisiera que los de Cullen pudieran presionarnos a través de ti, ya sabes... como fueron tus jefes...

—No, no te preocupes. No creo que Edward intentase algo así.

—Bien —aceptó el hombre más calmo —Mejor así. Nunca pensé que fuesen de los que juegan sucio, pero aún así, no hay que ser demasiado confiado. Si crees que los Cullen pudieran intentar presionarte, tal vez deberías quedarte fuera del caso... —ofreció y Bella vio la oportunidad de evitar más encuentros con Edward.

—En realidad, no creo que lo intentaran pero sí, preferiría, si a ti no te importa, quedar por fuera de esta negociación.

—Me gustaría saber por qué. Según tu carta de recomendación, te tienen en gran consideración, y tengo entendido que saliste de su empresa en muy buenos términos, ¿me equivoco?

—No —aceptó por fin con un profundo suspiro —Es verdad que abandoné Cullen en buenos términos laborales, pero Edward y yo... diría que no terminamos en buenos términos personales... —explicó ruborizándose aún más si cabía.

—¿Tuviste algún problema personal con Edward Cullen? —indagó su jefe con curiosidad

—Sí. Algo así.

—Cuéntame, ¿qué sucedió?

—Preferiría no hablar sobre ello.

—Venga —insistió el hombre curioso y sonriente —Sabes que si no me lo explicas imaginaré que es algo mucho peor de lo que es en realidad.

—De verdad preferiría no hablar de ello...

—Cuéntame. ¿Qué? ¿Se te insinuó? ¿Intentó propasarse contigo? Sabes que podemos demandarle si quieres.

—No, no fue así.

—¿Entonces? —repitió Quil insistente incomodándola

—Estuvimos saliendo durante una temporada —soltó por fin sorprendiéndole.

—¿Estuviste saliendo con Edward Cullen? ¿Como su novia?

—Sí. Lo dejamos hace poco más de un mes.

—Oh, vaya —exclamó impresionado —¿O sea que cuando dijiste que acababas de romper con tu novio, te referías a él?

—Sí.

—¿Es Edward Cullen el padre del niño que esperas? —inquirió Quil atando los cabos sueltos que habían alrededor de su abogada.

—Sí —confesó ruborosa.

—Vaya. Nunca lo hubiera imaginado. Entiendo que prefieras no tener que trabajar con él, así que no tienes que preocuparte. No te pediré que asistas a ninguna otra reunión con los Cullen. Si requiero de tu opinión, ya podemos hacerlo en el despacho sin necesidad de que tú asistas a las reuniones.

—Gracias, Quil. Eso sería muy importante para mí.

—Entiendo que no tengas ánimos para salir con nadie si tu última relación acabó tan recientemente y además afectó incluso tu vida laboral.

—Exacto —confirmó —No estoy preparada para involucrarme en ningún tipo de relación sentimental ahora mismo.

—Entiendo —aceptó el hombre —No te preocupes por eso, Bella. Era sincero al decir que podías tomar esta cena como una cena de amigos.

—¿Eso significa que me dejarás pagar la mitad? —inquirió sonriente y quitándole un poco de hierro a la conversación.

—Eso no lo creo —rió el hombre —Sigo siendo un hombre chapado a la antigua.

Mientras Bella cenaba con su jefe, y su cita se volvía realmente divertida, al otro lado de la ciudad, Edward, furioso, bebía su tercera copa de whisky en el bar al que había acostumbrado acudir antes de empezar a ver a sus hijos frecuentándolo y haciéndole sentir demasiado viejo.

Llevaba más de dos horas allí, cuando vio entrar a Alec acompañado por un par de amigos y una chica.

Alec rodeaba con su brazo la cintura de una preciosa jovencita pelirroja, enfundada en un diminuto vestido verde.

Reía de algo que sus amigos decían cuando se sentó junto a la chica en una mesa un tanto oscura.

Sus amigos se acercaron a la barra y pidieron un par de cervezas antes de alejarse en dirección a la mesa de billar.

Alec y su acompañante esperaron que la camarera se acercara a tomarles su pedido, mientras se comían a besos sin ningún pudor.

La chica estaba sentada en el regazo de su hijo, mientras las manos de él iban de sus pechos hasta alguna parte que a Edward le quedaba oculta por la mesa.

Su furia por haber presenciado el momento en que la mujer que amaba salía con otro hombre, se incrementó al ver que el chico que le había obligado a dejarla por estar enamorado de ella, se olvidaba tan pronto de sus sentimientos.

Sintiéndose asqueado dio un último trago a su copa, soltó unos billetes sobre la barra y se acercó a su hijo.

Sin que ninguno de los jóvenes se percatara de su presencia se sentó frente a ellos al otro lado de la mesa.

—Hola, Alec —saludó llamando la atención de su hijo, que alejó sus labios de los de la chica para mirarle sorprendido

—Papá —saludó arqueando una ceja —Hey, ¿qué haces tú por aquí?

—Nada. Ya me iba para casa y decidí parar a tomar una copa.

—Oh, bien, vale. Déjame invitarte una copa —ofreció su hijo ganándose de su padre una mirada petulante.

—On, no, no lo creo, Alec, gracias.

—¿Por qué no?

—No hace falta que gastes —le sonrió sintiéndose cada vez más molesto —¿No vas a presentarme a tu amiga? —preguntó dedicándole una mirada apreciativa a la chica.

La joven le devolvió la mirada sonriendo seductora, mientras se movía del regazo de Alec para sentarse junto a él.

—Eh, sí, claro —contestó Alec mirando a la joven —Papá, ella es Maggie Barnes. Maggie, este es mi padre, Edward Cullen.

—Encantada, señor Cullen —dijo la chica estirando su mano sobre la mesa para estrechar la de Edward.

—Es un placer conocerte, Maggie —respondió apretando suavemente su mano —Y bien, ¿hace mucho que salís juntos? —indagó y vio el claro nerviosismo de Alec.

—Un par de meses —respondió el joven dubitativo.

—Hace ya ocho meses —rió la jovencita dándole un suave codazo a su pareja.

—¿Ocho meses? —preguntó Edward arqueando sus cejas, a la vez que sentía que la ira lo invadía.

Alec mantenía una relación con esa chica, desde mucho antes que él y Bella comenzaran la suya.

Había estado insinuándosele a Bella, mientras salía con alguien más. Y había tenido el descaro de decirle a su padre que tenía que dejar a su novia porque él sufría al saberlos juntos.

El profundo amor que decía sentir por Bella, era tan efímero y falso, que llevaba meses saliendo con otra persona.

Y él había sido tan tonto como para realmente creer que Alec podía estarlo pasando mal por su causa.

—Ocho meses —repitió dirigiéndole a su hijo una mirada cargada de significado que le hizo tremolar —Bastante tiempo.

—Un poco, sí —aceptó Alec bajando la mirada al sentirse atrapado.

—No imaginas lo bien que me hace ver a mi hijo feliz en su relación —sonrió con sarcasmo —Bien, chicos —agregó poniéndose en pie —yo debería marcharme.

—¿Tan pronto? —preguntó la joven con amabilidad.

—Sí —sonrió —Para un tipo de mi edad ya es un poco tarde. Vosotros divertíos. Ha sido un placer conocerte, Maggie —se despidió —Estoy seguro que nos veremos en otro momento.

—Igualmente, señor Cullen.

—Nos vemos, Alec— se despidió de su hijo dejándole en claro sus pensamientos con tan solo sonreírle de forma socarrona.

Alec conocía a su padre lo suficientemente bien, como para saber que aquel le dedicaría una larga charla a la menor oportunidad.

Y Edward era consciente de ello.

Para cuando llegó a su departamento, la decisión estaba tomada.

No iba a permitir que ese tal Ateara le robara a su mujer.

No iba a permitir que el egoísmo de sus hijos le impidiera ser feliz.

Esa noche Bella no se había mostrado muy receptiva con él, respecto a sus intenciones de recuperarla, pero iba a luchar por ello.

Ese fin de semana llamó a Bella la cantidad de veces suficientes para que ella acabara desconectando el teléfono sin haber contestado ni una sola vez.

Decidió no insistir seguro de que el miércoles siguiente la vería en la reunión que tenían prevista con los de la empresa maderera.

Pero sus planes fracasaron cuando ese miércoles Bella no se presentó en la audiencia con su jefe, Quil Ateara.

No pudo evitar notar las miradas especuladoras que Ateara le dirigía, pero con esfuerzo se resistió a interrogarle.

A última hora, al acabar la reunión, se dirigió donde Bella sin detenerse siquiera a pensarlo.

Bella acababa de volver a casa del despacho cuando llamaron al timbre.

Aún vestida con su falda y camisa y descalza bajó a abrir.

—Edward, ¿qué haces aquí? —preguntó con voz cansina.

—Tenemos que hablar —le respondió adentrándose en la casa.

—Estoy agotada, Edward —explicó deseosa de que se marchara —Creo que ya nos hemos dicho suficiente.

—Yo creo que no —replicó acorralándola contra la pared de la entrada —¿Estás saliendo con tu jefe?

—Eso a ti no te importa. —respondió altanera —Parece que se me da bien eso de salir con los jefes.

—No digas tonterías —reclamó acercándose más a ella —Tú eres mía, mi mujer, y que ni se le ocurra a ese tipo que va a quitarme a mi mujer.

—¿Tu mujer? Tú te deshiciste de tu mujer.

—Voy a volver a tenerte conmigo, Bella. Tienes que perdonarme, porque tú y yo tenemos que estar juntos —ordenó rodeando su cintura con sus manos.

—Déjame en paz —gruñó Bella intentando separarse de él, pero los labios de él recorriendo su rostro la confundieron.

—Te quiero, Bella —confesó sintiéndose excitado —Te quiero y necesito tenerte conmigo.

Bella quería resistirse, pero había echado tanto de menos sus caricias y sus besos, que no encontraba en su interior la fuerza necesaria para alejarlo de ella.

Los labios de Edward se posaron en los suyos para devorarla en un beso ardiente y necesitado, mientras su mano se colaba bajo las pequeñas bragas para acariciar con ansiedad los labios húmedos de su sexo.

—Te necesito, Bella. —repitió bajando la cremallera de sus pantalones para liberar su erección —Te he necesitado tanto este último mes —murmuró mientras hacía a un lado sus bragas para golpear con su miembro su vulva palpitante.

Completamente desconcertada ante sus propias reacciones, separó sus piernas dispuesta a albergar a Edward en su interior.

Edward enganchó sus piernas con los brazos, alzándola para recostarla en la pared.

La penetró de una estocada arrancándole un jadeo, y la embistió con prisa llevándolos a ambos a un orgasmo anhelado y ávido.

Antes de que se hubieran recuperado, escucharon el sonido de una llave abriendo la puerta.

Confusa y espantada, Bella se separó de él arreglando su falda, mientras él acomodaba su pantalón.

En el momento que la puerta se abrió dejando paso a Jessica y Angela, la mano de Bella se estrelló en la mejilla de Edward con una sonora bofetada.

Corrió escaleras arriba a la vez que Edward se veía obligado a salir de la casa, ante las miradas acusatorias de las chicas.


Gracias a todos por las palabras de apoyo referidas a mi nota del capítulo pasado. Es importante para mí contar con vuestro apoyo.

Si bien sé que se me complicará un poco escribir de aquí en más, no tengo intenciones de dejar el fic, y tampoco tengo intenciones de irme de FF por algunas opiniones por demás desagradables e irrespetuosas, aunque en algún momento lo he pensado. Pero no quiero pensar que me han ganado algunas personas malintencionadas, siendo que tengo tan buenas lectoras.

Me han preguntado cada cuánto pienso actualizar este fic, y en realidad, deseo seguir publicando como hasta ahora, pero no creo que me vaya a ser posible, por lo que puede que no todos los jueves tenga capítulo. No obstante lo intentaré. Doy mi palabra de que haré todo lo posible por no retrasarme mucho.

Gracias por los reviews, alertas, favoritos y por leer.

Les recuerdo que en el grupo de Facebook, Las Sex Tensas de Kiki, hay adelantos, imágenes, encuestas, etc, sobre todas mis historias.

Besitos y a leer!

En mi perfil encuentran el link del tráiler que Emmaly Swallen hizo para este fic.

MirI: No me llegó tu dirección de correo. En principio estoy actualizando los jueves, y aunque no puedo garantizar que pueda seguir haciéndolo, es mi intención. Ya que no tienes cuenta en FF si quieres puedo enviarte un msj cuando actualice, pero tendrás que volver a enviarme la dirección con este formato: kikicullenswan arroba Hotmail punto com.
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