Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

PERVERSAMENTE PROHIBIDO

CAPITULO 41

Aún sin estar completamente segura de lo que estaba haciendo, Bella aceptó la oferta de Edward y, después de pasar por su casa para recoger una maleta, se instaló con el padre de su hijo en el departamento de aquel.

En todo momento, Jessica mostró su total desacuerdo, Alice le animó y Angela le propuso que no dudara en volver si creía que era lo más conveniente.

Edward intentaba mostrarse calmado pero se sentía exultante.

—Debería instalarme en la habitación de invitados —sugirió Bella cuando entraron en el departamento y Edward cargó su maleta al interior.

Edward se volteó a verla con atención.

—¿Es lo que quieres, Bella? —inquirió —¿Prefieres instalarte en la habitación de invitados?

No lo prefería en absoluto, pero su orgullo, vestido con un traje de pequeña Bella diablillo, le gritaba con fuerza que no claudicara, que se lo pusiera un poco más difícil a Edward, a fin de hacerle sufrir por haberla lastimado.

La pequeña Bella ángel, por otra parte, le sugería que perdonara al hombre, ya que sería la única forma en que ambos serían más felices.

—Es lo que debería hacer —respondió sin atreverse a ser completamente sincera.

—No voy a obligarte a nada, Bella —le aseguró él.

—Ya me has obligado a venir aquí —retrucó caprichosa.

—No lo he hecho, dije que podíamos instalarnos en tu casa si lo preferías. Solo he querido ocuparme de cuidar de ti y de nuestro hijo. ¿Vas a condenarme por querer cuidar de mi hijo cuando me necesita? —dijo levantando una ceja.

—No, claro que no —reconoció ella sintiéndose vergonzosa.

—¿Entonces? ¿Quieres instalarte en la habitación de invitados? —insistió —Y no pregunto lo que piensas que deberías hacer, sino lo que realmente quieres y deseas.

No podía negarle lo que ambos sabían con certeza. Llevaba meses deseando volver a compartir la cama con él, y dormir entre sus brazos, aun cuando, de momento y debido a su prescripción médica de reposo, el sexo les estuviera vedado.

—Quiero compartir tu cama contigo —murmuró bajando la mirada.

La sonrisa de Edward partió su rostro por la mitad.

Se acercó a ella y la rodeó con su brazo estrechándola contra él.

—Perfecto, nena —susurró hundiendo el rostro en el fragante cabello de la chica —Vamos a la habitación.

Después de obligarla a meterse en la cama, Edward se ocupó de vaciar la maleta, guardando todas sus pertenencias en los lugares correspondientes.

Mientras Bella dormitaba en su cama, él se encargó de preparar la cena.

Finalmente después de tantas semanas, por fin volvía a sentirse completo.

La mujer que amaba, su mujer, volvía a estar durmiendo en su cama y allí iba a quedarse, si por él fuera, durante el resto de su vida.

Aunque tenía la certeza que dentro de unos cuantos meses, y durante años a partir entonces, tendrían un pequeñín que se colaría en su cama entre ambos a mitad de la noche.

Pensar en ello le hizo sonreír y así fue como le vio Bella al despertar.

De pie en la puerta de la habitación, con una bandeja en las manos y mirándola con una sonrisa soñadora.

—¿Qué haces? —le preguntó sacándole de su trance.

—Hola, cariño —saludó sonriente —¿Descansaste? —entró en la habitación y dejó la bandeja sobre la cama para ayudarla a sentarse. —Te he traído algo de comer. ¿Tienes hambre?

—Sí, un poco. Gracias.

Edward puso sobre sus piernas su almuerzo; un tazón con sopa y una ensalada de salmón.

—Espero que te guste.

—Sí, gracias —aceptó la cuchara que Edward le entregó. —¿Qué hacías allí de pie?

—Te observaba —explicó estirando su mano para tomar un mechón de cabello castaño y enredarlo en su dedo —Y pensaba.

—¿En qué pensabas?

—Que probablemente, dentro de un año o dos, tendremos un pequeñito o pequeñita colándose en nuestra cama por las noches.

Bella sonrió cuando la imagen se coló en su cabeza.

—¿Lo hacían tus hijos?

—Sí. Muy a menudo. Muchas veces yo acababa marchando de la cama, ya que cuatro personas a veces éramos demasiados.

—Lo puedo imaginar.

—Jane siguió haciéndolo incluso después del divorcio. Cuando dormían en mi casa, Jane venía a mi cama casi cada noche.

—¿Cuándo dejó de hacerlo?

—Cuando tenía catorce. Tenía un novio en el colegio. Solía chatear con él hasta la madrugada y yo no se lo hubiera permitido si hubiese estado en mi cama, así que simplemente dejó de dormir conmigo.

—¿No sentiste celos de que te cambiara por otro chico?

—Desde luego que sí —aseguró con indignación —Especialmente porque él era un vago de melena rubia y piercings en la ceja y la nariz.

—¿Eres un padre celoso?

—Soy un hombre celoso —rectificó él —Celoso de todo lo que me pertenece. Mi hija, mi mujer… Creí que me moriría cuando te vi con el tal Ateara.

Bella no pudo evitar sonreír, mientras acababa su cuenco de sopa y comenzaba a comer la ensalada.

—Quil es solo un amigo.

—Uno que quería meterse en tus bragas.

—Pero yo no lo quería allí.

—Me alegro por ello.

En cuanto Bella acabó su comida, después de retirar el servicio, Edward puso una película en el DVD de la habitación y se tumbó en la cama junto a ella.

A mitad de la película la chica volvió a dormirse. Edward se metió bajo las mantas y la atrajo a sus brazos.

El aroma de su cabello, el calor de su cuerpo, el tibio aliento sobre su pecho, el suave sonido de su respiración…

Llevaba semanas añorándolos, deseándolos nuevamente junto a él, necesitándolos para poder dormir.

Y allí estaban de regreso, de vuelta junto a él. Y fue gracias a esos pequeños detalles que por fin pudo volver a dormir una noche completa y descansar.

Esas primeras semanas, Edward no se movió del lado de Bella. Se tomó algo así como unas vacaciones y se dedicó a trabajar desde casa.

Se escapaba a su estudio en cuanto Bella se dormía, lo cual, debido a su embarazo, hacía muy frecuentemente, y trabajaba sobre los dossiers que Emmett le enviaba y que requerían su urgente intervención.

Cuando Bella estaba despierta, él se quedaba con ella en la habitación haciéndole compañía. Veían televisión, leían, jugaban cartas, parchís o ajedrez y hablaban.

Hablaban mucho, todo el tiempo, sobre todo.

En esas semanas se conocieron más de lo que se habían conocido en todos los meses anteriores.

Edward le habló de su familia, de su juventud, de su adultez. De sus hijos, su ex esposa, sus sueños frustrados, sus sueños conseguidos y sus sueños de futuro.

Bella le contó la historia de su familia. La maravillosa historia de amor que había unido a sus padres, la trágica muerte que se los había llevado en el mismo momento, sabiendo que ninguno habría podido sobrevivir sin el otro.

Le habló sobre la tía Marie, sobre Jacob, sobre sus amigas que se habían convertido en su única familia.

Pero nunca en esas semanas hablaron sobre ellos, sobre su futuro y el de su hijo.

Y nunca, en el correr de esas primeras semanas, siquiera se besaron.

Bella dormía enroscada en el cuerpo de Edward. Edward la sostenía contra su pecho sin atreverse a soltarla. Pero nunca se besaron.

Bella tenía una baja laboral, y aunque en el bufete no habían estado felices por su ausencia, habían asegurado que le esperarían, aunque ella no estaba segura de que lo hicieran.

Cuando se cumplieron tres semanas desde el pequeño accidente que la había llevado a tener que hacer reposo, Edward la llevó al hospital para una de sus visitas rutinarias.

—Todo va perfectamente, Bella —le dijo su médico después de hacerle su control —No ha habido sangrado, y el bebé crece fuerte y a buen ritmo.

—Gracias a Dios —suspiró ella apretando la mano que tenía entrelazada con la de Edward.

—Personalmente, creo que podemos levantarte el reposo absoluto.

—¿Eso qué significa?

—Que aunque preferiría que aún no te reintegrases al trabajo y que te lo tomases con calma, creo que no hace falta que te mantengas en reposo.

—¿Puedo hacer vida normal?

—Si para ti lo normal es tomártelo con calma, no hacer grandes esfuerzos ni sobre exigirte, entonces sí —dijo el médico observándola especulativo.

—Oh, gracias a Dios —suspiró —No poder salir de la cama estaba enloqueciéndome.

—Pero debes prometerme que te lo tomarás con calma —insistió el médico.

—Lo haré —prometió.

Cuando estuvieron nuevamente sentados en el coche de Edward, le sorprendió que él no pusiese el motor en marcha.

—¿Edward? —le llamó confundida por su quietud y su silencio —¿Edward, qué sucede?

—Ya no tienes que hacer reposo —le respondió con la mirada perdida a través del parabrisas —¿Quieres volver a tu casa o quieres volver conmigo al departamento? —preguntó con una indiferencia aparente que nadie hubiera creído.

Bella sabía cuáles eran sus deseos, pero sabía también cuáles eran sus miedos. Y en algún momento, los miedos superaban los deseos.

—Debería volver a mi casa —aventuró aunque sus deseos fueran quedarse con él.

—¿Eso es lo que quieres hacer o lo que tu orgullo te pide que hagas? —inquirió Edward volteándose a verla.

—No tiene que ver con mi orgullo —rebatió con indignación —Tiene que ver con no saber qué futuro tenemos tú y yo juntos. No saber ya ni dónde estoy parada en lo que respecta a nuestra relación. No saber a dónde vamos, si es que vamos a alguna parte.

—El futuro es nuestro, Bella —replicó con calma —Es nuestro y es el que nosotros deseemos. Depende de nosotros aunque algo que sí es cierto de momento es que vamos a ser padres. Vamos a tener un hijo juntos.

—¿Eso es todo lo que hay entre nosotros, Edward? —la pena se reflejó en el tono abatido de Bella —Vamos a ser padres y ya está, eso es todo.

—Yo sé lo que quiero, Bella —aseguró Edward —Y lo quiero todo contigo —agregó sacando del bolsillo interior de su americana una pequeña cajita de terciopelo negra —Pero tú, Bella ¿estás dispuesta a darme una oportunidad? ¿Estás dispuesta a intentar todo conmigo? —preguntó ante la mirada atónita de la chica. —¿Quieres casarte conmigo y compartir tu vida conmigo? —preguntó abriendo la cajita para revelar un precioso diamante.


Gracias a todos por los reviews, por los alertas, favoritos y por leer.

Les recuerdo el grupo de Facebook, Las Sex Tensas de Kiki.

En mi perfil encuentran el link del tráiler que Emmaly Swallen hizo para este fic.

Besitos y nos leemos jueves!