Glee y sus personajes no me pertenecen.

Aclaración: Habrán saltos en el tiempo, los cuales aparecerán en letra cursiva. ¡Están avisados!

No es adaptación, es una simple historia que nació luego de una extensa siesta. ¡Larga vida a las siestas!

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Capitulo Dos.

— Oigan chicas, creo que Rachie también se volvió loca — dice Brittany sonriente parada frente a la ventana de Quinn y mirando hacia la mía.

Por supuesto que yo no había enloquecido. Era Quinn que se encargaba de destrozar mi habitación y maldecir a diestra y siniestra dentro de mi cuerpo.

¡Oh por Dios! Las ganas de vomitar volvían.

¿Qué demonios nos sucedió? ¿Cómo es posible que me acueste en mi cómoda cama y despierte siendo Quinn Fabray? Esto tiene que ser un sueño… ¡No! ¡Una pesadilla! Definitivamente, es una pesadilla. La peor de mi vida.

Lo primero que toco una vez que llego frente al espejo, que con anterioridad ocupaba Santana, es la nariz. La pequeña, delgada y perfecta nariz que hay ahora, en mi nuevo rostro y me pertenece. Sonrío nerviosa y bastante asustada recordando las veces que Quinn me ha defendido frente a las burlas frente algunos chicos, o las bromas que solía jugarle cuando acampábamos en nuestra casa del árbol "no tan árbol" que residía en mi patio, donde apretaba su pequeña nariz mientras dormía y yo necesitaba que despertase.

— ¿Y a esta que le pasa ahora? — Murmura Santana parada a un lado de Brittany frente a la ventana — ¿Qué ves Hobbit? — dice una vez que llego junto a ellas. La cara de Quinn se transforma pasando del enojo puro luego confusión para terminar en dolor. Lo que yo sentía cada vez que ella se burlaba de mí. Dejaría de ser un poco Rachel Berry si no pensara que merece una pisca de lo que me ha dado durante años, pero se trata de Lucy. Ahora mismo, viendo su expresión, la que tengo parada a escasos metros frente a mi ventana vuelve a ser la Lucy que conocí a los siete años.

— Deja de molestarla, Santana. — La voz me sale firme pero rasposa a la vez. Mi amiga solo suspira poniendo en blanco sus ojos antes de alejarse de aquí para adentrarse en el baño. — ¿Acaso ella, ella no me enfrentó? — balbuceo nerviosa.

— Claro que no. Ahora eres la nueva Quinnie y debes sacarle provecho al máximo. — dice sonriente y admiro su energía a las casi siete de la mañana.

— Espera… ¿Qué? — pregunto luego de unos segundos tras recibir su beso en la mejilla viéndola marcharse. Ella solo me mira sobre su hombro guiñándome el ojo.

— Lo mejor será saltearte las practicas para porristas. Le diremos a Sue algún cuento. — Camina hasta la puerta de mi habitación — Vamos, Santy o llegaremos tarde.

Vuelvo mi vista hacia mi ventana, la de mi habitación, la de Rachel Berry… es decir yo. Oh Dios, ya me estoy enredando. ¿Cómo se supone que actuare de ahora en más? ¿Y si se me escapa el nombre de Quinn, siendo yo supuestamente Quinn? ¡Lo ven! ¡Una locura! ¿Yo Quinn Fabray? ¡Ja!

Quinn, osea Rachel, pero Quinn dentro de mi cuerpo se toma su oreja derecha tironeándola dos veces hacia abajo del otro lado de la ventana. Sabía perfectamente lo significaba aquello, lo que me sorprende es que ella aun lo recordara y no lo borrara de su mente junto a nuestros recuerdos de niñas. Sin más se da media vuelta y abandona mi habitación. Si quería seguir viva, me convenía hacer exactamente lo mismo y conducir este cuerpo ajeno hasta la salida.

La casa permanecía en silencio en la planta alta, pero una vez que baje las escaleras logre escuchar una voz gruesa, de hombre, relatando las noticias matutinas. No era una opción salir por la puerta de entrada teniendo en cuenta que el padre de Quinn había cerrado el acceso hacia el jardín trasero en los costados de su casa. Camine por la sala reconociendo cada cosa que atravesaba mi camino. Años sin entrar aquí pero las cosas no parecían cambiar con el tiempo. Mis ojos se aguaron un poco al reconocer en lo lejos el cuadro pequeño que descansaba sobre la chimenea con una foto de Quinn y mía en las navidades. Una loca y única navidad en casa de los Fabray. Inhale y volví vista al camino hacia la cocina, la única salida para mi escape pero la espalda de Judith moviéndose al compas de alguna canción que tarareaba me detuvo en seco bajo el umbral de la puerta.

— Buen día, cariño. — Canturrea alegre dejando sus actividades para observar el reloj colgando en una de las paredes — Es muy temprano para ti — bromea caminando hacia mí una vez que gira en su lugar. Dejo de respirar en caso que pueda reconocer que en verdad no soy su hija — ¿Acaso tienes fiebre? — sonríe poniendo una de sus manos en mi frente y luego dejando un beso en mi mejilla — Te estoy preparando el desayuno. Ve a ducharte y luego bajas. — me queda mirando con su rostro alegre frunciendo poco a poco su ceño y entiendo que he permanecido parada como estatua, con mis ojos abiertos de par a par bastante nerviosa.

— Buen, buen día Judy — balbuceo.

— ¿Judy? — frunce su ceño pero manteniendo su sonrisa en todo momento a la vez que niega con su cabeza camino a la mesada donde la esperan tostada y poco mas — Juro que me alegrare el día que salgas de esta etapa, hija. La adolescencia en ti ya comienza a preocuparme — bromea. — Anda, ve a ducharte.

— Tengo, tengo que ir al jardín… — señalo aunque ella no pueda verme — Se me ha perdido algo que necesito.

— De acuerdo… tú manejas tus tiempos pero intenta estar lista en media hora.

— Si, Judy — respondo caminando bastante apresurada hacia la salida.

Una vez que llego al jardín me golpeo mentalmente por el hecho de que aquella casa del árbol no es precisamente aquí, sino en mi jardín. Inclino mi cabeza hacia atrás, mirando hacia el cielo pero cerrando mis ojos por el sol. Curiosamente mis ojos ahora toleraban menos la luz de lo que solían hacerlos los verdaderos, es decir mis ojos marrones. Siempre había admirado en secreto los ojos de Quinn. Había días en que despertaba y los tenia completamente claros, casi amarillos… pero cuando se enojaba. Oh, sabía perfectamente de qué color se ponían. Nunca voy a olvidar su color verde cuando golpeó aquel niño.

— Psss… — bajo mi rostro, parpadeando continuamente para recuperar mi visión algo borrosa — Berry… ven aquí y deja de hacer el tonto. — Si, era ella con su matutino humor pero con mi voz. — ¿Qué te hace tanta gracia? — pregunta colgada de la cerca que divide nuestras casas. Yo solo niego poniendo mis ojos en blanco — ¿Qué hacías parada en medio de mi jardín mientras yo espero como idiota en esa tonta casa? — Frunzo mi ceño mirando mi propio rostro. Lo sé, suena loco pero era mi rostro el que veía ahora mismo. — ¡Ya deja de sonreír, Berry! Estamos en un problema y solo me dan ganas de golpearte.

— Pues hazlo. — digo cruzándome de brazos

— ¿Estás loca? Es mi rostro el que portas.

— Ya decía yo… — niego con mi cabeza.

— El hecho aquí es que llevo diez minutos esperando por ti en esa mugrosa casa mientras tú haces el tonto mirando el cielo en mi jardín. No tenemos tiempo que perder.

— ¿Ya sabes cómo revertir esto? — pregunto repentinamente ansiosa.

— Creo tener una idea — Levanto mi ceja frente a su vacilación — Oye, no me levantes la ceja. Es… intimidante.

Hago el intento de hacerlo de nuevo pero no lo logro — Pues, ya sabes lo que se siente. Ahora… — comienzo a golpear con mi pie la cerca suavemente pero con la suficiente fuerza como para mover algunas maderas.

— No es por aquí… busca mas a tu izquierda — escucho su voz del otro lado sin poder verla. ¿Cómo demonios había logrado treparse con mi diminuto y poco atlético cuerpo? Una cosa era la elíptica pero otra muy diferente eran las cosas extremas, y para Rachel Berry aquello era extremo. Si, una cerca lo era. — Berry, busca la tabla donde hay una pegatina.

— ¿Una pegatina? — pregunto confundida.

— Si, si — escucho como mi voz tiembla del otro lado y ahora lo entiendo perfectamente al ver las pegatinas en forma de estrella.

— ¿De dónde las has sacado? — pregunto sonriente pegándole con mi pie para mover las tablas. Ella las atrapa del otro lado pudiendo ver parte de mis piernas. — ¿Eh? ¿De dónde?

— Ya pasa de una vez, Berry.

— No pasare por ahí, Quinn. Mi cuerpo no es como el tuyo.

— ¿Me estás diciendo gorda, Berry? — Las tablas vuelven a su lugar una vez que había decidido arrodillarme para cruzar la cerca pero agradezco no haberlo hecho salvándome de aquel golpe en toda mi cara. — ¿Me has dicho gorda? ¡Oye! Estas ensuciando mi pijama.

Solo miro hacia arriba asombrándome por verla nuevamente sobre la cerca — Sabes que estás un poco crecida para usar esto ¿no?

— Es muy suave y cómodo.

— Quinn, apenas te queda.

— Entonces quítatelo, lo usare yo. En este cuerpo de duende me entrara hasta la ropa de tienen tus muñecas.

— Ya deja de llamarme enana.

— Y tú gorda.

— No te he dicho gorda — digo levantándome del suelo.

— No es lo que mis oídos acaban de escuchar de este lado de la cerca.

— No pasare por ahí ¿no lo entiendes?

— ¡Ah! ¡Y vuelves a llamarme gorda!

— ¡Quinn, ya para! — Grito tomándome el puente de mi nariz con mis dedos buscando una paciencia que veía inalcanzable cada vez que estaba cerca de ella — tenemos un asunto aquí. Daré la vuelta y entrare por el costado de mi casa.

— No seas dramática — bufa volviendo a bajar de la cerca — Son tres las tablas que están flojas. Prueba.

— ¿Tres? — Frunzo mi ceño viendo hacia el lugar — Pero habíamos logrado aflojar solo dos de ellas.

— Pues ahora son tres, Berry. Deja de hablar y pasa de una condenada vez esa cerca.

Tome aire y lo largue lentamente haciendo el intento de calmar mis ganas de matar a Quinn con mis propias manos, pero rodear mi propio cuello con estas manos no estaba en mis planes. Por el momento eso debería de esperar. Eche un vistazo hacia la casa de Quinn, viendo como Judy solo volvía a sonreírme a través de la ventana. La entiendo. Si mis padres me viesen ahora mismo junto a Quinn sin tironearnos de los pelos, sería algo de admirar y sorprenderse.

— Tendrás que decirme de dónde has sacado esas pegatinas. — digo una vez que logro cruzar.

La oigo suspirar — Realmente es cansador escucharte preguntar una y otra vez la misma cosa pero es más escalofriante escuchar mi voz parlanchina siendo manejada por ti.

— Hare de cuenta que no he oído eso y tendrás que reponer las pegatinas que me has robado.

— ¿Estás loca? — Chilla caminando a mi lado — Tú me has regalado esas pegatinas y no sé porque estamos discutiendo algo tan estúpido como tus pegatinas.

— ¡Mis pegatinas no son estúpidas!

— Te dije que no me levantaras la ceja, Berry.

— Y tú que dejaras de ser tan… — niego con mi cabeza guardándome las palabras para mí misma.

— ¿Gorda? ¿Eso querías decirme? Pues dilo, Berry. Dilo. — Comienzo a reír una vez que llego a la casa del árbol y logro quitarle la traba a la puerta por la terquedad que suele tener Quinn a veces. Era como la vez que había aceptado ir a dormir a casa de Marley.

"¿Ella es mejor amiga Rachel? ¿Ella te ha compartido sus golosinas? Estoy segura que no te ha comprado los ositos que tanto te gustan. ¡Ella ni siquiera puede comer dulces… y tiene los dientes chuecos! ¿Es eso, Rach? ¿Es porque no tengo los dientes chuecos y como muchas golosinas? ¿O los ositos han dejado de gustarte? No comprare más ositos si así lo quieres, pero Rach… no seas su mejor amiga. Tú eres mi mejor amiga ¿recuerdas? Mejores amigas en el mundo entero que comen golosinas a escondidas de nuestros padres."

— ¿Cómo has logrado abrirla? — Su voz me trae de nuevo a la realidad despojándome de aquel recuerdo a los 8 años cuando tuve que quedarme en casa de Marley, nuestra otra vecina.

— Quinn, sigue teniendo la misma trampa. Sacas la traba levantando un poco la puerta y ya. — la veo fruncir su ceño antes de adentrarnos en nuestra casa de árbol, no tan casa del árbol.

— Aun me sigue pareciendo estúpido que conserves esta casa.

— Pues es mi casa del árbol, y yo hare lo que quiera con ella.

— Seria del árbol si estuviese sobre uno, pero estando construida sobre el césped, deja de ser "casa del árbol", miedosa.

— No me llames miedosa y recuerdo que a ti también te parecía buena idea cuando te la mostré.

— Claro, era una mocosa que no sabía nada de nada.

— Lo sigues siendo… — La veo fruncir el ceño y abrir la boca sin poder decir una palabra. La interrumpo antes de comenzar una nueva pelea — ¿Recuerdas que estas en mi cuerpo y yo en el tuyo, Quinn? ¿Cómo demonios haremos para seguir? ¿Y qué idea tenias en mente? Recuerda que solo nos quedan… — miro mi brazo pero allí no hay ningún reloj.

— Siete y media. — dice burlonamente mirando mi reloj. Ella siempre ha querido ese reloj. — ¡Joder! ¡Solo nos quedan menos de veinte minutos para llegar al instituto! ¡Y tú no has ido a las prácticas de porristas! — Grita tomándose la cabeza — ¡Oh Dios…! Mi reputación está literalmente sepultada. Tú destrozaras mi popularidad y yo, yo… — se mira unos segundos — En serio ¿Qué piensas cuando te vistes cada mañana, eh? Calcetines hasta las rodillas, faltas a cuadros y sweater con animales bordados. ¿Estás loca?

— ¿Qué hay con tu traje de porristas?

— Oh, no te atrevas. No hay nada de malo con el.

— ¡Tendré casi al aire mi nalga! — chillo cruzándome de brazos — Bajo ningún punto de vista dejare que los demás vean tu… mi… — niego con mi cabeza confusa — No lo usare.

— Pues yo no usare tu ridículo atuendo.

— ¡Bien! — frunzo mi ceño junto a mis labios.

— ¡Bien! — imita mi gesto dejándonos en un prolongado silencio. — De acuerdo, basta de idioteces — dice viendo nuevamente mi reloj — Llegaremos tarde de todas formas. ¿Podemos solucionar este tema?

— Ilumíname.

Se queda unos segundos mirándome seriamente para luego acomodarse directamente frente a mí, sentándose sobre sus rodillas. — Ponte en la misma posición — pide y yo obedezco enseguida — Bien, bien… esto dolerá, Berry.

— Espera ¡No! — Digo levantando mis manos para que detuviera lo que sea que estaba por hacer — ¿Qué harás?

— Tú solo confía… — responde bajando mis manos.

— Ese es el problema… no confío en absoluto.

Quinn hace una mueca con su boca — Tendrás que hacerlo ahora si quieres que cada una vuelva con su cuerpo.

Suspiro — De acuerdo… hazlo de una vez.

Fue decir aquello y ver como la cabeza de Quinn se echaba hacia atrás tomando envión para estrellarla directo contra la mía. Si. Así se idiota solía ser Quinn Fabray.

— ¡¿Acaso estas de mente?! — grito quejándome, casi lloriqueando aunque el dolor que sentía era casi imperceptible. La peor parte se la había llevado ella definitivamente, teniendo en cuenta mi bajo umbral frente al dolor.

— ¡Joder! — Gritó ya tirada sobre el piso de la pequeña casa — ¡Mierda, mierda, mierda! ¡Esto duele! ¿Qué tienes en la cabeza? ¿Acero?

— ¿Qué tienes tú en la cabeza para intentar de este modo? ¿Crees que golpeándonos de así, como animales, tus ideas se acomodaran en tu cuerpo? Es como si intentásemos chocar nuestros cuerpos en el jardín… — fue decir aquello y ver como Quinn volvía a sentarse aun tomando su cabeza. — Ni de broma. ¡No! — Me apresure a decir tras ver su gesto de estar pensando aquello cuidadosamente — ¡Me voy! — digo saliendo de la casa del árbol.

— Primero tenemos que solucionar este tema. Intentemos eso ultimo que has dicho.

— ¡Estás loca, Quinn! Chocándonos las cabezas o nuestros cuerpos no solucionaremos nada. Entiéndelo. Me largo de aquí. — digo una vez que logro salir de mi casa.

Tuve el impulso, y digo impulso porque no razone, reflexione o me detuve a pensar en lo que hacía trayecto a mi casa. Sí, mi casa. La casa de Rachel Berry y no de Quinn Fabray.

"Perdón, me deje llevar por el impulso."

Aun podía recordar su mirada triste tras no recibir respuesta mía por su repentino y sorpresivo beso. Aun maldecía aquel día, no el beso, sino haberme quedado callada dejando que se fuera de mi lado.

— ¿Quinn? — escuche la voz de mi padre y nuevamente mi impulso me llevo a abrazarlo. Abrazarlo como si no lo hubiese visto en años. Su risa llego hasta mis oídos sintiendo como sus brazos me arropaban. Oh Dios… extrañaba tanto sus abrazos a pesar de solo haber estado menos de un día lejos de él. Mi papi Hiram sabia como calmar mi llanto, mi nerviosismo o simplemente cuando mi día no había sido el mejor. — Que agradable es verte de nuevo, cariño. — El carraspeo de una garganta provoca que mi padre rompa el abrazo pero manteniéndome cerca en todo momento. Ahora lo comprendía bien. Mi cuerpo estaba parado frente a mí. — No te pongas celosa, princesa.

— Yo, yo… me iré — logro decir tras ver la incomodidad en mi propio rostro, es decir Quinn.

— Deberías si no quieres llegar tarde a clases. Rachel, cariño tú también debes apresurarte… quizá consigas que tu padre Leroy te deje camino al trabajo. Yo ya debo marcharme.

— Oh, no te hagas problema — responde Quinn — Tomare mi coche.

— ¿Tu coche? — Mi padre ríe — Ya sabía yo que algo extraño pasaba al verlas de nuevo dentro de esa pequeña casa.

— Tú no tienes coche, Rachel… — digo en voz alta sintiéndome extraña por pronunciar mi propio nombre para hacer referencia a alguien más. Una sonrisa comienza a dibujarse en mi rostro y puedo sentir como casi tocan mis ojos, en cambio Quinn… — Yo si tengo. — levanto mi ceja. — Puedo llevarte si quieres.

— Que dulce de tu parte, querida. — Dice mi padre dejando a Quinn con los ojos abiertos — Debo irme. — deja un beso en la cabeza de Quinn, es decir la mía y luego se despide de mi dejándome un beso en la mejilla. — Maneja con cuidado, Quinn.

— Sí, señor. — respondo haciéndolo sonreír antes de dejarnos a solas en el porche trasero de mi casa.

— Estas loca si piensas que dejare que conduzcas mi auto — dijo cruzándose de brazos — Nadie conduce a Sassy excepto yo.

— ¿Sassy? ¿En serio Quinn? — Me burlo — Pensé que ya habías dejado atrás ese nombre soso.

— ¡Tú eres la sosa! No insultes mi coche. — Solo levante mis hombros restándole importancia escuchando su voz enfadada detrás de mi espalda. Rachel Berry no tenía licencia de conducir pero Quinn Fabray… me divertiría mucho haciéndola sufrir — No vas a conducir mi auto — Y sabía que estaba cruzando la línea de Quinn.

— De acuerdo, tu conduces… — digo deteniéndome frente a mi ventana una vez que llego a ella — Muéstrame su licencia de conducir y dejare que te subas detrás del volante para llevarnos al instituto.

— Yo, yo no sé donde lo tienes Berry… dime donde y lo buscare, pero no conducirás a Sassy. — responde nerviosa.

— Pues tú tampoco porque Rachel Berry no tiene licencia de conducir. — digo triunfante.

— ¡De ninguna manera nos llevaras al instituto!

— Entonces me robare tu auto, aunque no sería robar teniendo en cuenta que ahora es mío.

— Rachel, no te atrevas a montarte en mi coche. — dice una vez que me ve trepar su ventana para introducirme en su habitación. Definitivamente llegaríamos tarde. Rachel Berry tarde por primera vez.

— Quinn, me marchare contigo o sin ti pero lo hare… en tu coche. — Señalo con mi dedo un reloj inexistente en mi muñeca — El tiempo corre…

— ¡Aggg, te odio Rachel Berry!

— Pues lidia con ello, Quinn Fabray. — cerré la ventana escuchando nuevamente su grito.

¿Con cuál de los tres pedales se aceleraba? Pensé.

Estaba definitivamente entre la espada y la pared. Y este lunes de locos apenas había dado comienzo.

— ¡Demonios! — chillo tapándome la boca camino al baño. Las ganas de vomitar habían regresado.