Glee y sus personajes no me pertenecen.
La verdad que cuesta escribir esta historia por el hecho de cuidar que ustedes no se confundan con los personajes sin olvidar que están con los cuerpos cambiados. De todas formas si se les hace lío el fic, ¡por favor avisar!
Consejo: Los reviews ayudan a escribir y subir cap rápido. Jajaja :)
Twitter /heyjudeeok
Capitulo Tres.
— ¡Si le has hecho un solo rasguño, juro que te despellejaré con mis propias manos! — grito abandonando el auto para correr hacia la parte trasera. Rachel había resultado ser lo suficiente descuidada con sassy como para hacerme gritar el trayecto completo hacia el instituto. Era un animal conduciendo.
— No seas exagerada y ya párate del suelo, Quinn. De aquí puedo verte todo y si alguien más estuviese rondando cerca estoy segura que podría apreciar mi trasero al aire gracias a ti.
Frunzo mi ceño echándole un vistazo rápido a Rachel que permanecía parada apoyada contra mi coche antes de volver a mi tarea de inspeccionar los rayones que se había ganado mi pobre sassy.
— Oh Sassy… — me lamento viendo un pequeño pero significante rayón.
— Quinn, es un auto.
— ¡Exacto! — Me levante del suelo — Pudiste habernos matado. No sabes conducir y parece que tienes dos pies izquierdos.
— Solo pensé que era automático.
— Ahogaste el auto todo el camino. Has golpeado nuestro buzón en la entrada y te has pasado tres luces en rojo. ¡Tres! ¿En que estabas pensando, Berry?
— Ya deja de llamarme Berry — pone los ojos en blanco antes de girar en su lugar y emprender camino hacia el instituto.
— Es tu apellido ¿no?
— Si, pero también tengo un nombre ¿sabes? — Me mira unos segundos mientras caminamos — ¿Te has duchado antes de venir?
— ¡Por supuesto que no! — respondo haciendo una mueca con mi boca — Y espero que tú tampoco lo hayas hecho aunque suene asqueroso el hecho de no estar limpias.
— No lo he hecho, pero llegara el momento donde tendremos que hacerlo lo cual he pensado ciertas normas para cuando llegue el momento.
— ¿Normas? ¿De qué hablas? — Le pregunto mientras sigo sus pasos bordeando el instituto. Las clases ya habían dado comienzo y no era opción para ninguna de las dos entrar tarde con los profesores que nos tocaban en la primera hora. Decidí que era buena idea hacer tiempo debajo de las gradas y ella acepto sin protestas… bueno, quizá un poco. No estaríamos hablando de Rachel Berry si no me diera su discurso respecto a saltearme clases y el tema de la puntualidad.
— Bajo ningún punto de vista puedes ducharte sin ropa.
— ¿Cómo demonios hare para higienizarme con la ropa puesta y mojada? — frunzo mi ceño una vez que llegamos al sofá perteneciente a un grupo de chicas badass del instituto. Curiosamente ninguna de ellas estaba cerca hoy.
— Pues no lo sé, pero no quiero que veas mi cuerpo desnudo eso es… es…
— ¡Yo tampoco quiero que veas el mío! — respondo algo alarmada llamando su atención. — ¡Aggg! Quiero mi cuerpo devuelta. — protesto tomando asiento a su lado, algo alejada.
— Y yo el mío, créeme. No me hace ni pisca de gracia usar este uniforme. — dice cruzándose de brazos una vez que apoya su espalda en el sofá cruzándose de piernas.
— Oh vamos, no mientas. Siempre has soñado ponerte uno, no lo niegues.
— ¿Y volverme una perra? No, gracias. — sus palabras salen con total naturalidad dejándome en completo silencio y ella entiende el peso que tuvo en mi, teniendo en cuenta que quien llevaba ese traje era yo. — No quise…
— Esta bien. Tienes razón de todas formas. Lo siento por no pertenecer a un grupo de perdedores que rellenan las horas de sus días cantando canciones pasadas de moda.
— Pues déjame decirte que ese grupo de perdedores saben más sobre valores y respeto que tu sequito de porristas.
Ambas nos quedamos en silencio. Cada una en su propio mundo, quizá repasando mentalmente las palabras que cada una dijo momentos atrás. ¿Qué tanto puede cambiar una persona con el correr del tiempo? ¿Los sentimientos se van o de lo contrario se vuelven más fuertes? Quizá solo se adormecieron volviendo a despertar cuando esa persona esta a tu alrededor.
Aun podía recordar la primera vez que vi y conocí a Rachel.
Allí estaba, sola, pedaleando de una punta a otra, tomando el pequeño sendero que iba de su porche hasta la vereda mientras algunos niños jugaban en la calle con bicicletas, rollers o lo que tuviesen a mano. A Quinn se le iluminaron los ojos cuando vio la bicicleta rosada que llevaba su nueva vecina de un lado a otro. Creía que podría recorrer el mundo entero con ella. Tenía una canasta en el frente, un asiento en la parte trasera para otro acompañante y una lujosa y brillante bocina aferrada al manubrio. ¡Necesitaba manejar esa bicicleta! ¡La quería para ella! Pero había algo que la hizo fruncir su ceño. En la rueda trasera aun seguían colocadas las pequeñas ruedecitas auxiliares para principiantes ¡Pero qué niña ñoña! Quinn era una chica grande. Era inaceptable tener rueditas auxiliares. Y se creía buena conductora por andar y saludar a su papi mientras manejaba. ¡Ja! Ella podía andar con sus pies apoyados en el manubrio y sin ayuda de nadie.
Quinn vio como un niña se le acercaba a la pequeña morena pidiéndole dar una vuelta a cambio de un dulce. La morena miró a su padre antes de bajarse de su propia bicicleta recibiendo una sonrisa y asentimiento de su parte, incitándola a compartir su tesoro. La niña se montó comenzando a dar vueltas, más vueltas de las que le había permitido la dueña de la bicicleta. Quinn la miró con desconfianza aunque de todas formas se permitía reírse de su vecina. Pero los papeles cambiaron cuando intentó detenerla para pedirle de vuelta su bicicleta y la niña no se detuvo tirando a la morena en su trayecto. Era una llorona, si, se dio cuenta de eso de inmediato, pero tras ver como la niña se burlaba de la morena y su padre no estaba fuera para verlo, corrió con todas sus fuerzas abandonando su fuerte en el pórtico.
— ¡Ey! — protestó Rachel sollozando — ¡Devuélvemela! ¡Es mía! — hizo el intento de recuperarla comenzando un forcejeo tomándose del manubrio pero la niña volvió a empujarla y acabó nuevamente sentada en el césped con sus manos llenas de lodo y su vestido manchado.
Fue más rápido que un rayo, o eso solía contar Rachel cada vez que le preguntaban como conoció a su mejor amiga, cuando apareció frente a sus ojos tumbando a la niña molesta a su lado. Una niña desconocida para ella, con su pelo amarillo como el sol se mantenía sentada sobre la niña que le había sacado su bicicleta impidiéndole levantarse para huir.
— Pídele perdón por hacerla llorar — fue todo lo que la niña rubia dijo en un tono no muy amigable aun sobre la pequeña, quien comenzando un puchero, decidió pedir disculpas para huir de ahí.
— Lo siento, Rachel. — lloriqueó quedando libre al fin para incorporarse y correr hasta su casa.
— Gracias — dijo educadamente levantándose del suelo mientras sacudía sus manitas para limpiarse el lodo — Mi nombre es Rachel y si quieres puedo prestártela para…
— Ahora es mía — dijo con el mismo tono de voz que utilizó para asustar a la pequeña minutos atrás. Rachel frunció su ceño algo confundida. ¡Pero si acaba de defenderla!
— Pero es mi bicicleta y es nueva — protestó la morena al verla montarse — Podemos ser amigas y prestártela las veces que quieras. Mi papi me contó que eres nueva aquí y que te llamas Quinn ¿es cierto?
— No quiero ser tu amiga, quiero solo tu bicicleta. — respondió empujando el primer pedal pero la morena interrumpió su huida poniéndose delante.
— ¿Por qué no usas la tuya? ¿No tienes? — frunció su ceño aferrándose al manubrio. Su pequeña vecina nueva no tenía porque quitarle su nueva bicicleta.
— Porque quiero tu bicicleta, la mía está rota.
— Pero es mía. Arregla la tuya. — Vio como Quinn levantó sus dos hombros restándole importancia antes de hacer el intento nuevamente de avanzar haciendo retroceder a Rachel algunos pasos. — Si aceptas ser mi amiga haremos cambio las veces que quieras.
— Que no quiero ser tu amiga y tampoco habrá cambio.
— Pero eres nueva. Te aburrirás sola aquí todo el tiempo ¿sabes? — Quinn frunció su ceño y Rachel entendió que si no ofrecía algo más a cambio, aquella niña se llevaría su bicicleta y tendría que acusarla con su papi. No quería hacer aquello. Demasiado tenía con ser la soplona de la cuadra cuando rompieron un vidrio y ella delató a la persona. ¡No quería quedarse una semana encerrada sin sus musicales! ¿Por qué era tan difícil de entender? Los niños dejaron de invitarla a jugar. — Tengo una casa del árbol. Solo niñas pueden entrar y es nueva. Allí dentro guardo mis golosinas. Puedes quedarte con las que quieras si aceptas ser mi amiga. — ofreció mostrando un dulce, que con anterioridad, la niña le había intercambiado por una vuelta en su bicicleta.
Quinn observó por unos segundos el dulce y luego a Rachel. Rachel y el dulce. Era tan grande que apenas entraría en su boca y se veía apetitoso. Bueno, podría decirle que si a la niña llorona, comerse el dulce, conocer su casa del árbol, obtener un poco mas de golosinas y tomar su bicicleta de todos modos. ¡Salía ganando por donde se lo mirase! ¡Genial plan!
— De acuerdo — respondió bajándose de la bici rosada recibiendo una enorme sonrisa por parte de la morena.
— ¡Genial! — aplaudió tomando su mano para correr por el jardín de la entrada y luego perderse por un costado de su casa. — Tienes que hacer silencio porque papi no me deja venir si no hay nadie que me supervise. — Dice mientras corren, con su voz algo agitada — Es allí — señala una casa de madera debajo de la copa de un árbol.
— ¿Por qué no está en el árbol? ¡Me has mentido!
— Porque me dan miedo las alturas, pero no te he mentido sobre los dulces — responde rápidamente al ver el ceño fruncido de Quinn. — Ya lo veras. — abrió la puerta tras quitar la traba.
Quinn abrió sus ojos sorprendida al ver lo enorme que era. Tenía una mesa con sillas allí dentro, una pequeña cocina y algunos juguetes. Había dibujos colgados por todas partes.
— Ven, siéntate. — dijo Rachel sonriente apartando uno de los peluches que ocupaba la silla.
— Vale — Quinn la vio caminar hacia la pequeña cocina tomando una tetera de juguete regresando rápidamente hasta la mesa para sentarse frente a ella.
— Toma el que quieras. — dijo quitando la tapa y desparramando todos los dulces en el medio de la mesa sorprendiendo a la pequeña Quinn. Había millones de dulces y de todos los tipos ¡Madre mía! ¡Se le hacía agua la boca!
— ¿Te gustan? Mi papi hace unas galletas deliciosas pero en el colegio las intercambio por dulces. ¿Cierto que son ricos? — le preguntó Rachel mientras observaba como Quinn desenvolvía un bombón de chocolate y lo metía en su boca. — Mis favoritos son los ositos.
— Están bien… — se encogió de hombros aun masticando con dificultad — Entonces ¿ahora si me darás tu bicicleta?
— No puedo dártela, es mía. Pero te la prestare las veces que quieras. — Le aseguró la morena — Siempre y cuando seas mi amiga.
— De acuerdo — accedió Quinn tomando un nuevo dulce. Cualquier cosa por tener esa bicicleta lo valía. Hasta fingir ser amiga de esa niña llorona y soplona de la cuadra. Tampoco es que digamos que tenía mucho por hacer. Solo cuidar su pórtico. — Entonces ¿es una promesa?
— Si, una promesa. — aseguró Rachel.
— Promesa — dijo Quinn abriendo la palma de su mano y escupiendo allí mismo antes de estirar su brazo y ofrecérsela a la morena.
— ¡Iuj! ¡No tocare eso! — negó con una mueca de asco.
— Pero así se sellan las promesas. Lo he visto en una película que tiene mi hermana. Si no me das la mano, aquí no hay trato y no seré tu amiga pero de todos modos me llevare la bici.
— ¡Esta bien, está bien! — Accedió de mala gana — Es promesa — imito el gesto de Quinn uniendo por fin sus manos en un apretón amistoso.
— Fue un placer hacer negocios, Rachel. — respondió tomando todos los dulces antes de abandonar la casa del árbol dejando a la morena muda… y aquello era decir mucho.
— Rachel, por fin logro encontrarte ¿Dónde te habías metido? Pensé que no habías venido pero cuando le pregunte a Finn por ti, él me comentó que te vio hablando con Quinn. ¿Puedes explicarme eso? — fruncí el ceño sacando algunos libros pertenecientes a Rachel en su propio casillero, intentando hacer oídos sordos a la voz parlanchina de Kurt. — ¿Me estás oyendo? ¿Qué hacías con Quinn? ¿Esa víbora volvió a molestarte?
Cerré el casillero de un golpe llamando la atención de algunos alumnos que pasaban detrás de nosotros y asustando al propio Kurt que abrió sus ojos alarmado.
— ¿Por qué me hablas? — pregunte molesta pasando a su lado camino hacia la salida. Las clases habían acabado pero debía de esperar a Rachel en mi auto ya que ella había sido llamada por Sue, y estaba bastante segura que no seria para felicitarla por algo teniendo en cuenta que Quinn Fabray no se presentó al primer día de prácticas.
— ¿Eh? — su voz molesta seguía mis pasos camino a la salida — ¿Qué sucede contigo hoy? — seguí caminando sin molestarme en responderle. Kurt era medio hermano del odioso de Finn baboso Hudson, mi peor rival aunque él ni siquiera lo supiese, aparte de ser chismoso solía hablarle mal a Rachel sobre mí. Sé que mucho no debía esforzarse teniendo en cuenta que me he comportado mal con ella, pero de todas formas no lo soportaba.
— Ya deja de seguirme y también no vuelvas hablarme. Tú… — no logre terminar mi reproche en su contra cuando algo helado azotó mi rostro helándome hasta el cerebro. Mi cuerpo no reacciono, ni siquiera cuando escuche risas alrededor sin poder averiguar quién había sido el valiente que se atrevió a tirarme un slushie.
— Rachel, ¿te encuentras bien? — Kurt se acercó a mi pero rápidamente lo aleje con un empujón.
— ¡Déjame en paz! — grite soportando las ganas de llorar en medio del pasillo. Corrí lejos de las risas, limpiando mis ojos, sintiendo ardor dentro pero aun mas fuerte era el sentimiento de ridícula que soportaba sobre mis espaldas al correr en este estado siendo el blanco perfecto de todo McKinley.
El baño estaba desértico y agradecía aquello mentalmente. Teniendo en cuenta que ahora mismo estoy en el cuerpo de Rachel Berry, no tenia poder para echar a alguien de aquí. Trabe la puerta rápidamente antes de lanzarme sobre el lavabo para aliviar el frio que quemaba mi rostro. Me permití ser yo misma por unos segundos, sollozando mientras veía como el lavabo se teñía de un color morado.
— Maldición — murmure furiosa viendo el rostro enrojecido reflejado en el espejo. — Me las pagaran. — suspire apartando furiosa las lagrimas que caían libremente por mi mejilla.
— Ahora sabes lo que se siente. — una voz detrás mío me alerto. La puerta perteneciente a uno de los cubículos se abrió dejándome ver mi propio cuerpo unos metros separado de mí.
— No molestes ahora, Rachel.
— Ya voy de salida. — se acerca al lavamanos de al lado y enjuaga su boca — Te espero en el auto. — dice tomando un poco de papel para secarse las manos y otro poco para darme cuando termine con este desastre que soy ahora mismo. — En mi casillero tienes otra muda de ropa si quieres. Suelo cambiarme antes de llegar a casa así mis padres no me ven en ese estado. Por favor, cámbiate. Yo iré por ella. — dice girando en su lugar para abandonar el baño pero decido interrumpir su huida.
— Espera, Rachel… espera — balbuceo — Yo, yo… — Ella sigue dándome la espalda cuando la oigo suspirar.
— Déjalo, Quinn. No hace falta. — Se adelanta a mis palabras, sabiendo completamente hacia donde intento ir.
— ¿Por qué te cambias antes de llegar a tu casa? Es decir… ¿Todos los días traes una muda extra?
Ella asiente con su cabeza antes de girarse — Mis padres no saben que esto sucede. Ellos piensan que nadie me molesta y que soy amiga de todos.
— ¿Por qué? — Pregunto cerrando mis maños formando un puño — ¿Por qué simplemente no nos acusas?
— ¿Y decir que tú eres quien provoca todo esto? — Asiento con mi ceño fruncido. — No lo hare.
— ¿Por qué no, Rachel? ¡Te he tirado slushies durante dos años! ¡¿Por qué demonios no me delatas?! — grito llegando a su lado.
— ¡Porque eres tú! — me responde con el mismo tono encontrando chocante el hecho de escuchar mi propia voz en ese estado.
Ambas permanecemos observándonos unos segundos, con la respiración agitada antes de decidir romper el silencio. — Rachel… yo lo siento. — susurro apenada comprendiendo el infierno que le he hecho pasar. Vivía arrepentida por hacerlo aquello a Rachel, pero el orgullo no me dejaba decirlo en voz alta.
— Todo está bien, Quinn. Ahora apresúrate, quiero volver a casa. — dice rápidamente sin pensar aquello. Si. Podía ver en su mirada la tristeza. Rachel era fácil de leer para mí y sabia al cien por ciento cuando estaba triste. Ella sabía que no volvería a su casa, mucho menos que vería a sus padres así como yo tampoco vería a mi madre. Y me hacía falta. Necesitaba rodearme de lo mío desesperadamente.
— En verdad lo siento, Rachel — digo tomando una de sus manos — Y hare lo posible para regresarnos nuestros cuerpos.
— Quinn, ni siquiera sabemos porque estamos en esta situación ahora mismo. ¿Cómo haremos para cambiar algo que ni siquiera sabemos cómo se genero? — preguntó manteniendo su mirada en nuestro agarre.
— Lo haremos, Rachel. Lo prometo.
Levantó su mirada, viendo como fruncía su ceño inclinando un poco su cabeza hacia un lado. — ¿Lo prometes?
— S-si. — balbuceo nerviosa. — ¿Por qué lo preguntas?
— No es necesario que lo sellemos con un apretón de manos ¿no?
— Pues depende… — digo levantando uno de mis hombros y no sé porque dije aquello mucho menos porque pensaba en negociar algo con ella.
— ¿Depende de qué?
— De si quieres aceptar mi apretón de manos o de lo contrario te llenare de slushie.
— ¿De qué hablas?
Y fue exacto como se sentía años atrás cuando solía molestar a Rachel persiguiéndola alrededor del jardín con un poco de lodo en cada mano queriendo manchar su rostro, terminando por ensuciarnos mutuamente tiradas en el suelo.
No lo pensé. Me acerque a ella empujando su cuerpo contra el mío rodeándola con mis brazos escuchando su grito tras sentir parte del slushie pegarse contra mi traje de porristas.
— ¡Quinn! ¡No! — Vuelve a gritar pero me aferro mas a mi cuerpo frotándome violentamente para ensuciarla — ¡Quítate! — rompo el abrazo llena de risas antes de liberarla.
— Pero mira que linda me veo — digo — Me queda bien el morado. — me burlo viendo como Rachel comienza a limpiarse el rostro frente al espejo.
— Ahora tendré que lavar tu traje. Lo has arruinado y Sue volverá a patear tu trasero…
— Oh, vamos. Si a ti no te agrada mi traje ¿Qué más da? Es lo que querías ¿no?
— Pues, debo confesarte que hoy ha sido un día bastante extraño para mí. Para empezar logre sentarme en primera fila y he tomado el banco para mi sola — sonrió mirándome a través del espejo — ¿Puedes creerlo, Quinn? — Rió — Y luego en la cafetería conseguí sentarme con los más populares.
— Rachel, eres la capitana de las porristas.
— Tú lo eres. De todas formas se sintió extraño… — levantó sus hombros antes de terminar de limpiarse y tomar más papel acercándose a mí.
— ¿Qué haces? — pregunte nerviosa tras ver como su mano se acercaba a mi rostro.
— ¿Cuándo me lo dirás? — limpió parte de mi oreja derecha bajando hacia el cuello. Mi respiración se volvió errática de un momento a otro sintiendo como mi estomago se endurecía de los nervios. — ¿Quinn?
— ¿Ummm?
— ¿Cuándo me lo dirás? — volvió a preguntar sosteniendo mi mentón con una de sus manos a la vez que limpiaba los restos de slushies.
— ¿Decirte qué? — murmure perdida en sus ojos que ahora me miraban brillantes.
— Que estas embarazada.
