Glee y sus personajes no me pertenecen.

¡No me maten por el final! Los quiero y me encanta leerlos! :)

Me encantaría saber la edad de uds, asique en cada comentario poner la edad por favor :) (si se puede)

Twitter /heyjudeeok


Capitulo siete.

— ¡Ey! Quuu… — deje su nombre en mitad de mi camino. Varios de los alumnos que cruzaba por el pasillo dieron vuelta sus cuellos sin entender porque me dirigía hacia allí. Los entiendo, en verdad lo hago. Si estuviese en mi cuerpo y la líder de las porristas corriese hacia mí como sucedió segundos antes, yo misma estaría con mis ojos abiertos mirando ese milagro, pero Quinn… ella solo prestaba atención en intentar abrir mi casillero. — Aquí estas — solté una vez que llegue a su lado.

— ¿Cuándo dejaran de vernos? ¿Y porque este maldito casillero no abre? — preguntó ofuscada dando un golpe en el mismo. — ¡¿Qué vez tú cuatro ojos?! — gritó frunciendo su ceño hacia un alumno que justo tuvo la mala suerte de pasar en el momento indicado.

Cerré mis ojos y negué con mi cabeza, a continuación susurre cerca de su oído — Lucy, recuerda que eres Rachel Berry ¿de acuerdo? Yo no reaccionaria así.

— Pues créeme que aprenderán a respetarte. Al menos vamos a sacarle algo bueno a toda esta locura ¿no? — levanta su ceja y yo rápidamente asentí con mi cabeza sin querer llevarle la contraria. — ¿Puedes hacer los honores? — señala hacia el casillero. Yo solo lo empujo un poco hacia dentro y luego de algunos toques mágicos el parece abrir sin problema alguno — ¿Cómo haces eso? — niega con su cabeza colocando algunos libros míos dentro. El día de clases ya había finalizado.

— Nunca se te has dado maña con las puertas, Lucy.

— O quizá tú tienes la costumbre de trabarlas — cierra el casillero apoyando su lado derecho del cuerpo en el. — Entonces… ¿nerviosa?

— Un poco — admito — ¿Tú te encuentras bien? — preguntó tras verla aferrarse a la tira de su mochila. Conocía a Quinn como la palma de mi mano y aun más, y podía jurar que estaba nerviosa.

— Claro, claro… es solo todo este tema del control médico. — Balbuceó comenzando a caminar hacia la salida — ¿Qué te ha dicho Puck?

— Él nos esperara allí.

Asiente con su cabeza — Esta bien. — responde manteniendo su mirada en el camino y sus manos en la tira de su mochila. No hubo mas palabras hasta su auto donde me pidió conducir nuevamente, repitiendo como hoy en la mañana camino aquí. Simplemente asentí aunque no estuviese de acuerdo con el tema de la licencia, pero tampoco estaba de acuerdo con ponernos en peligro por mi culpa.

— ¿Todo está bien? — pregunte sin soportar aun más el silencio entre nosotras solo escuchando la radio que había colocado Quinn.

— Claro, Rachel. — miró hacia el semáforo y luego a los lados. Al parecer cualquier cosa era mejor que mirarme a mí. Me sentí un poco de lado teniendo en cuenta que la noche anterior Puck me aseguró que se sentía feliz ahora al poder ver a su sexy mamá y sexy judía juntas nuevamente. — De hecho… — rompió el silencio una vez que le dio luz verde sacándome de mis pensamientos sobre la noche anterior — Quería, quería saber si tú… bueno — balbucea encogiéndose de hombros — ¿Quieres, quieres ir por un helado de fresa luego? — se aclara la garganta. Oh… ella estaba nerviosa. Se había quedado casi sin voz en mitad de su pregunta. Sonreí. Podía volver a sentir como mis mejillas dolían, lo juro. Ella solo deseaba invitarme a pasar el día juntas, así sea por un helado…

— ¡Sí! — Respondí tomándola por sorpresa — Lo siento — ambas reímos — Si, quiero. — asentí con mi cabeza confirmándole aun mas mi respuesta por si quedaban dudas.

— Entonces, un helado de fresa será — se detiene en el estacionamiento una vez que llegamos — Aun te sigue gustando el de fresa ¿verdad?

— Si. Aun es mi favorito — La verdad era que había dejado de escoger ese gusto una vez que me pelee con Quinn. Solía traerme recuerdos en esos momentos donde necesitaba olvidarla. Pero hoy… definitivamente hoy eran de esos días para escribir en un diario íntimo detalle por detalle.

Ella me sonrió — Pues, vamos. No me hagas esperar más. Quiero saber cómo se encuentra mi bebé. — se bajó del coche dejándome con aquellas palabras. De pequeñas uno suele jugar a la casita, mucho más nosotras que teníamos mi casa del árbol, y Quinn siempre le tocaba ser el hombre en nuestro ensayo de boda y luego esposo. Si, ella protestaba pero en el fondo sabía que no le molestaba. ¿Niños? Por todos lados, dentro de la casita y hasta desparramados por mi jardín. Nuestros osos eran nuestros hijos, pero esto… ¡Madre mía! Todo esto me había tomado por sorpresa y al parecer ahora mismo comenzaba a asimilar los hechos. Quinn está embarazada y ahora llevo a su bebé. Yo me tendré que levantar parte del traje de porrista para que puedan colocar gel en la pequeña barriguita de Quinn. Yo.

— ¿Qué esperas? — Preguntó dando dos golpes en el vidrio perteneciente a mi lado de la puerta tomándome desprevenida.

— ¡Lucy! ya deja de asustarme. — frunzo mi ceño tomándome el pecho. Mi corazón va a mil por hora.

— Pero si no te he hecho nada. — protesta como niña mientras me ve bajar. — Puck ya está dentro. — Señala — ¿crees que me dejaran pasar?

— Pues, eres la madre… por supuesto que te dejaran pasar, Lucy.

— Claro, que torpe soy. La madre que ahora mismo le pareció divertido hacer cambios de cuerpos solo para matar el aburrimiento. ¿Te oyes? — murmura lo ultimo llegando hacia la recepción.

— Buenas tardes. Tengo turno a nombre de Lucy Quinn Fabray — Le sonrío a la muchacha del otro lado del mostrador. Ella da unos clics por aquí y otros por allá.

— La doctora ya está esperando por ti. Se ha desocupado antes. Segundo piso a la derecha, puerta 13.

— De acuerdo, gracias. — vuelvo a sonreírle retomando camino hacia Puck quien ya esta abrazándome, es decir a Quinn. Quita las manos de ahí, amigo. — ¿Qué les hace tanta gracia? — pregunto sin detenerme. Ellos caminan apresurados para lograr alcanzarme.

— Nada Quinn. Simplemente que no sabía que Rachel era tan graciosa. — ambos volvieron a reír a mis espaldas. Inhale y exhale. De nada servía exteriorizar mi disconformidad pero al parecer Quinn ya se había dado cuenta al ver mi rostro mientras esperaba por ellos dentro del ascensor.

— Relaja un poco ese ceño — susurró en mi lado derecho tomando con uno de sus dedos mi meñique mientras las puertas se cerraban — ¿Quieres que me salgan arrugas o qué? — bromea y mi reacción es solo hacerle saber que gracias a sus palabras logró adormecer un poco el calor que sentía por verla junto a Puck. Después de todo él era el padre ¿no? Y para eso ellos se habían… ¡Aggg! Ni siquiera puedo pensarlo. Pero Quinn estaba haciendo un buen trabajo al acariciar mi pequeño dedo a escondidas. Lo necesitaba.

— Bienvenidas. ¿Cómo se encuentra la futura mamá? — La doctora nos recibe una vez que llegamos hasta su puerta. Su tono dulce me tranquiliza.

— Perfecta. — le aseguro adentrándome en su consultorio.

— Muy bien, puedes acostarte cómoda mientras lleno algunos datos tuyos ¿de acuerdo? — asentí sonriéndole a Quinn quien no paraba de observar todo a nuestro alrededor. — ¿Tu eres… — la miró a Quinn que ya tomaba asiento a mi lado tomándome la mano y sobre mi cabeza podía sentir las manos de Puck, si miraba un poco más hacia atrás podía ver su cuerpo de la cintura para arriba. Ambos estaban muy ansiosos.

— Su otra mamá — murmura nerviosa recibiendo el gesto de confusión por parte de Puck y mío. Había metido la pata. — Es decir, una tía… — se corrige.

— Pues déjame alcanzarte pañuelos, porque lloraras como una pequeña cría. — los tres reímos y yo me preparo para recibir el famoso gel helado que ponen en el vientre.

¡Santa María! Esto esta heladísimo. Contraigo un poco la panza y ella emite un "lo siento", movió el aparato sobre mi panza — Díganle hola a su bebé.

Puedo sentir como Quinn se aferra a mi mano haciendo el esfuerzo de no romper en llanto. Mi instinto solo me provoca estirar mi brazo y acariciarle su mejilla con mi mano libre para limpiarle las lágrimas que caen sin permiso. Si Lucy, ese es tú bebé.

Nuestro… porque no pensaba hacerla fácil a Fabray si decidía sacarme de sus vidas nuevamente. No esta vez.


— ¿Y has visto como se movía? Parecía un pequeño frijolito saltarín. — continuó hablando Quinn mientras abría la puerta perteneciente a mi casa. Ya habíamos pasado por la heladería decidiendo comerlo en casa. Comenzaba a sentirme cansada haciéndoselo saber rápidamente. Ella no dudo en proponer aquello.

— Si he visto, Lucy.

— Y… — se detuvo tras ver aparecer a mi padre.

— ¿Se puede saber de dónde vienen ustedes? — Nos sonríe — ¿Eso es helado?

— Si pero solo puedes comer un poco. El resto es de Rachel… — respondió aun con su voz ansiosa.

— ¿De Rachel? — Se burla mi padre negando con su cabeza — ¿Te comerás todo eso sola cariño? — Camina hasta acercarse a nosotras y dejar un beso en nuestras cabezas — No voy a preguntar en que andan ustedes dos, pero me alegra verlas juntas nuevamente. Solo voy a pedirles algo… — ambas asentimos — No toquen mi jardín, por favor. — bromea.

— No tocar jardín. Anotado. — bromea Quinn viendo como mi padre toma su abrigo detrás nuestro. Sin más me atrevo a tomar la bolsa que carga Quinn para ir hacia la cocina en busca de las cucharitas.

— Rachel, hija… — giro mi cuello para verlo pero claramente él no me está llamando a mí, sino a Quinn quien ya abrió el pote de helado robando un poco de mi gusto. — Rachel… — vuelve a llamar mi padre y yo me aclaro la garganta mirando hacia Quinn.

— Si, yo… Rachel — responde nerviosa con la cuchara en su boca — Dime.

— Nada, déjalo — niega con su cabeza tomando las llaves de su auto —Adolescentes.

— ¿Crees que se ha dado cuenta? — pregunta Quinn dejando la cuchara rebalsada de helado suspendida en medio camino.

— ¡Nah! — respondemos a la vez comenzando a reír.

Camino hacia las puertas que dan al jardín, quitando la traba para poder salir. Quinn había tenido la idea de comerlo dentro de nuestra casa del árbol. El día estaba lindo y merecíamos ese festejo.

— ¿Aun sigues molesta por el beso de Puck? — pregunto caminando a su lado. Ella solo levanta uno de sus hombros queriéndole restar importancia.

— Nah… supongo que lo entiendo. — responde distante.

— ¿Lo entiendes? — frunzo mi ceño.

— Pues… claro — Balbucea — Es el padre después de todo ¿no? Supongo que se ha dejado llevar por la emoción. Y quien no moriría por un beso de Quinn Fabray. — fanfarronea alegre.

¿Quién no moría por un beso suyo? Aun puedo recordarlo.

Rachel estaba completamente segura de que no era buena idea asistir a aquella fiesta de cumpleaños. Para empezar su padre le había obsequiado un Dvd nuevo sobre un musical y era la noche perfecta para poder mirarlo, pero Quinn había aceptado cuatro días atrás que estarían presentes en la fiesta de Samuel Evans. ¡Sí! ¡El boca de trucha! ¡Increíble! Aun podía recordar el día que se aceró a su banco y puso su mejor cara de galán de telenovelas para invitar a Quinn a su fiesta. Claro, también tuvo que invitar a la morena tras oír como la pequeña rubia alegaba que no iría sin Rachel.

— Lucy… — habló la morena una vez que dejaron estacionadas sus bicicletas en el jardín delantero de Samuel. La madre del niño ya las esperaba en la puerta con una sonrisa en su boca.

— ¿Qué? — preguntó sin prestarle atención tomando los regalos que habían colocado en la canasta perteneciente a la bicicleta de la morena.

— ¿Qué sucede si nos toca besar a un chico? Estoy segura de haber escuchado ayer en los recreos que los niños propondrían jugar a eso.

— Rach, hemos practicado ayer en la noche con nuestros brazos. Lo has hecho bien. — Le aseguró la rubia.

— Entonces ¿tú jugaras?

— Claro. No dejare que me llamen gallina. No puedo permitirlo. — negó con su cabeza como si aquello fuese suficiente motivo.

Rachel se maldijo internamente horas después cuando todos los niños hacían una ronda en la sala de juegos perteneciente al sótano y ella permanecía sentada algo alejada pero en todo momento viendo a su mejor amiga. Había decidido no jugar importándole tres cuernos el apodo "gallina" que había recibido aquella tarde. Por el contrario, Quinn se movía algo inquita en su asiento improvisado sobre el suelo, sentada sobre sus piernas con las rodillas flexionadas. Parecía respirar con calma cada vez que la botella giraba y la pasaba de largo, pero la suerte no correría de su lado durante tanto tiempo, y así fue. La botella se detuvo frente a ella y los gritos de los niños rápidamente se escucharon burlándose de ella, pero Rachel sabía perfectamente que la mitad de ellos moría por su amiga. Era preciosa… ¿Quién es su sano juicio diría lo contrario? La botella volvió a girar cayendo en dirección hacia el cumpleañero y Rachel sabia, sabía perfectamente que él lo había hecho apropósito.

— Debemos irnos dentro del armario — apuntó Samuel hacia su izquierda levantándose del suelo, mostrando donde habían guardado sus abrigos una vez que llegaron a la fiesta.

Rachel abrió sus ojos alarmada y lo bastante enojada como para levantarse de su silla y golpear aquel niño en medio de su rostro.

— ¿Allí? ¿Por qué? — Frunció su ceño Quinn algo confundida — Solo debemos darnos un beso como lo han hecho los demás y fin del juego.

— Ya, pero es mi cumpleaños y quiero cinco minutos en cielo contigo. — Sonrió descaradamente — Todos podemos elegir con quien ir. Solo una vez. — Miró a sus invitados imponiendo aquella nueva regla. Se volvieron a oír los gritos de sus compañeros incitando a Quinn para aceptar aquel desafío. La rubia solo miró sobre su hombro a Rachel que, desapercibida y suavemente, negaba con su cabeza.

— ¡Gallina! — gritó una niña recibiendo las risas por parte de sus amigas.

— Vamos, Samuel. — respondió Quinn envalentonada tomando la mano del niño para adentrarse en aquel armario debajo de la escalera.

¿Cinco minutos en el cielo? ¡Patrañas! Pensó Quinn mientras veía como Samuel le ponía traba al armario. De haber sabido aquello desde un principio habría colocado una silla a un lado de su amiga para sentarse a mirar aquello. ¡La habían estafado!

— Detente ahí, boca de trucha. — utilizando el apodo que le había puesto la morena colocó su mano en la boca del niño, quien decidido, ya apuntaba sus labios hacia los de Quinn. —No te daré un beso mucho menos cinco minutos en el cielo.

— Son las reglas del juego y debes cumplirlas.

— Pues si me tocas yo te daré tantos golpes que terminaras comiendo papilla.

— Serás una gallina. — intentó burlarse de Quinn.

— ¡Lo soy entonces! Y me asegurare de molerte a golpes cada vez que tú o alguien más decida llamarme así en el colegio. Lo mismo va si lo hacen con Rachel… — fue lo último que dijo antes de quitar la traba y salir del armario. Allí todos esperaban su salida, expectantes por el nuevo chisme que daría que hablar. Samuel Evans y Quinn Fabray se habían besado durante cinco minutos. ¡Wow!

Frunció su ceño tras recorrer el lugar y no encontrar a la morena en su silla. ¿Dónde demonios se había metido?

— ¿Dónde está Rachel? — le preguntó a Marley llegando a su lado. Aun seguía detestando a aquella niña.

— Creo que ha ido al baño. — respondió sin prestarle mucha atención tras ver como todos volvían a sentarse en aquella ronda para una nueva sección de besos.

Quinn gruñó por lo bajo subiendo las escaleras a toda velocidad. Quería pedirle a su amiga largarse de allí para poder ver alguna película y burlarse de Samuel. Definitivamente el niño había pasado a su lista negra.

— ¿Qué necesitas cariño? — la madre de Samuel apareció detrás de su espalda. La rubia hacia más de cinco minutos que deambulaba dentro de la casa en busca del baño.

— He perdido a mi amiga, la niña con la que he llegado. Ha ido al baño pero no sé donde está.

— Oh, sí. Sé de quién hablas. Ella se ha ido hace unos minutos. — le sonrió dejando confundida a la pequeña rubia. ¿Rachel la había dejado sola allí? ¿Por qué?

— Gracias… ¿podría darme mi abrigo?

— Claro, cariño. ¿Tú también te irás? — caminó hacia la puerta siguiendo a la mujer.

— Si. Debo volver temprano. — aseguró. — Gracias. — Respondió y pensó en Samuel rápidamente — Sam me ha dicho que le pida que baje un rato. Necesita de su ayuda con algo.

— De acuerdo. Adiós, Quinn. — La rubia le sonrió antes de abandonar aquel apestoso cumpleaños. Hubiese puesto todos sus ahorros para ver el momento donde Samuel es descubierto por su madre jugando aquel juego, pero Rachel era más importante.

— Jaque mate. — murmuró una Quinn sonriente mientras se montaba en su bicicleta escuchando los gritos por parte de la dulce señora.

Quinn logró llegar en tiempo record sin siquiera detenerse en su casa para dejar su bicicleta. Tras ver como la de Rachel permanecía tirada en su jardín delantero, Quinn supo que algo no andaba del todo bien. Rachel nunca dejaba su bicicleta rosada tirada en cualquier lugar. El canasto se veía maltratado, casi salido de su lugar.

— ¿Rach? — gritó con su voz agitada deteniéndose debajo de la ventana. Tiró pequeñas piedritas y volvió a gritar pero la morena no parecía querer dar señales de vida. Quizá ella ni siquiera estaba allí dentro, lo que la derivó hasta la casa del árbol. — ¿Rachel? — volvió a gritar con la voz entrecortada. Aun le duraba la fatiga del pedaleo anterior.

— ¡Vete Quinn! — gritó la morena dejándose oír dentro de la pequeña casa que permanecía cerrada.

La pequeña pero ya no tan pequeña rubia intento abrir la puerta pero esta no cedía, decidiendo que era buena idea aparecerse por la ventana. Se formó un nudo en su garganta tras ver a su mejor amiga llorando desconsolada escondiendo su rostro entre sus piernas, sentada en un rincón lejos de la puerta.

— Rachel… — susurró tomando por sorpresa a la morena.

— ¡He dicho que te vayas! — gritó lanzando un pequeño oso de peluche hacia la ventana.

— ¡No me iré hasta que no me digas porque lloras y porque me has dejado sola en la fiesta! — aseguró pasando una pierna y luego su cabeza, pero no más allá — Rach, oye… ayúdame aquí. — protestó intentando llamar su atención.

—Ya vete, Quinn… — respondió casi rendida.

— No me llames Quinn — gruño volviendo a sacar su cuerpo con dificultad para volver a intentar entrar por la puerta, esta vez teniendo éxito. — No me llames Quinn — volvió a repetir una vez que tomó asiento frente a su amiga — Y no me iré de aquí hasta que no me respondas.

— No pasa nada. — respondió la morena aun con su rostro enterrado entre sus brazos.

— ¡Claro que sí! ¿Recuerdas que Judy siempre nos decía que no debemos mentir sino la nariz nos crecerá? Pues déjame decirte que tú vas por muy mal camino, Rach. — la molestó tras ver que la morena no se la ponía nada fácil.

— ¡Ya deja de molestarme! ¡Deja en paz mi enorme nariz! — sollozó y Quinn rápidamente supo que era el camino equivocado a tomar. Nunca la había visto así antes. La cosa se había puesto seria.

— Entonces dime porque me has dejado sola en la fiesta y ahora te encuentro llorando. — dijo comenzando a sentirse molesta tras intentar tomar el brazo de Rachel y esta alejándola de un manotazo.

— ¡Pues parecías estarlo pasando bien sin mí! ¡Qué más da si te deje con Samuel allí! — respondió saliendo de su escondite, mirando a Quinn con su rostro completamente empapado en lagrimas.

— ¡Pero fuimos juntas, Rachel! Y debíamos volver juntas. Nuestros padres nos han dejado ir solas con esa única condición.

— Ya soy lo suficientemente grande como para volverme sola y tú andar besando niños de boca grande. — se limpió furiosa las lagrimas volviendo a esconder su rostro.

— ¡No quería besar a Samuel! — exclamó desesperada por no ser entendida. La situación comenzaba a exasperarle.

— Ya, claro. ¡No me mientas, Quinn! ¡Has tenido cinco minutos en el cielo con él! ¡Solos! — soltó al fin lo que tanto le molestaba. De nada servía callarse, tarde o temprano Quinn terminaría quitándole aquella confesión. — ¡Tú me dejaste allí sola por él! — fue el último grito de Rachel dejando que la confusión por parte de Quinn y la molestia por parte de la morena quedaran suspendidas en el aire junto al enorme silencio que se creó dentro de la casita. Quinn miraba a Rachel. Rachel miraba a Quinn. En silencio, ambas sintiendo como sus estómagos comenzaban a endurecerse de los nervios.

— Yo, yo… no sabía… — Balbuceó nerviosa la rubia intentando romper aquel silencio que por segundos la desesperaba. ¿Qué estaba sucediendo?

Rachel dejó de respirar tras sentir como la mano de su mejor amiga comenzaba a limpiar los rastros que habían dejado las lágrimas en su rostro. Podía sentir la suavidad de su mano contra su mejilla y como sus dedos acomodaban un mechón de pelo detrás de su oreja. Quinn le sonrió y supo que Samuel no era una amenaza por el momento.

— Quinn… — Si. Fue ella quien se encargó de romper la distancia que las separaba provocando que sus estómagos se endurecieran aun más como si aquello fuese posible. Sus prácticas de beso con el brazo ahora estaban dando frutos.

Rachel cerró sus ojos tras ver como Quinn también lo hacia una vez que sus labios entraron en contacto, permitiéndole a su amiga rubia acomodarse entre sus piernas. Sus pechos latían incontrolablemente, no sabiendo sí prestar atención en los labios de su amiga o intentar no morir en medio del beso. Rachel cerró sus ojos con más fuerza una vez que comenzó a sentir como la mano de Quinn sujetaba la parte trasera de su cuello y sus finos labios comenzaban a moverse con precaución contra los suyos. Con miedo pero ansiosa, respondió imitando sus movimientos sintiéndose un poco torpe al no saber cómo avanzar un poco mas sin entorpecer el beso. ¡Su primer beso! ¡Wow! La sensación que ambas comenzaban a experimentar ni siquiera se acercaba a la primera vez que se conocieron, o que durmieron juntas. Aquello era completamente diferente. Los labios de Rachel sabían a fresa, el brillo labial que se había colocado para ir a la fiesta. Y los de Quinn sabían a Quinn. Ahora ambas estaban seguras. Entendían que sus celos no eran de amigas, sino de algo más. Tanto Quinn como Rachel sabían perfectamente que habían estado aguantando las ganas de besarse.

Quinn sonrió tras sentir como la mano de Rachel comenzaba a moverse tímidamente de arriba abajo por sus costillas. Se separaron unos segundos, ambas con una enorme sonrisa en sus rostros, para acomodarse mejor. Quinn se sentó con sus piernas cruzadas tomando las de su amiga para pasarlas por encima de las suya, Rachel aun manteniendo su trasero en el piso, se le escapó una risa nerviosa. Lo harían de nuevo, de eso no había dudas. Quinn ya comenzaba a prepararse para asaltar nuevamente sus carnosos labios, logrando mantener sus miradas entrelazadas segundos antes de lanzarse sobre sus labios tras recibir el asentimiento por parte de su amiga.

Ambas lo sabían. Ya no habían dudas. Y aquello se sentía condenadamente bien para ser la primera vez.

— ¡Grrr! — pestañe tras sentir el gruñido de Quinn. Había estado en una especie de momento paralelo al que estoy viviendo, recordando una de las últimas veces que hemos estado aquí juntas.

— ¡Grr! — le respondo quitando aquellos pensamientos de mi mente. Quinn frunce su ceño apartando el pote de helado. Ambas permanecíamos sentadas sobre un colchón que había decidido colocar hace unos años con el propósito de darle un hogar a un pronto cachorro que nunca llego.

— No, Rachel. Es ¡Grrrr! — vuelve a imitar el sonido de león que solía hacerme de pequeña cuando me correteaba por el jardín, mirándome unos segundos antes de volver a gruñir — ¡Grrrrr! — levanta sus manos imitando las garras.

— ¡Grrr! — la imito esta vez mostrando mis dientes escuchando a continuación como una carcajada sale de su garganta burlándose de mí. — ¡Ya basta, Lucy! — me quejo fingiendo molestia, dándole un empujón provocando que con su pie derrame el helado, algo derretido que quedaba dentro del pote, sobre el piso de la casa.

— ¡El helado! — Grita tomándose la cabeza — ¡Rachel! ¡Grrr! — muestra sus dientes lanzándose encima de mí, cayendo de espaldas sobre el colchón. Lo próximo que siento son como sus dedos se clavan en mis costados provocándome una risa incontrolable, por momentos entorpeciendo mi respiración.

— Pa-para, para… — Balbuceo removiéndome debajo de ella, apoyando mis manos en sus hombros intentando detenerla.

— ¡Grrr… has tirado mi helado… Grrr! — Pone cara de mala suspendiendo su cuerpo sobre el mío, colocando sus manos a los costados de mi cabeza.

— Lucy… — comienzo a reír tras ver la enorme mancha de chocolate sobre su labio superior, tironeando un poco su pelo, nerviosa, queriendo romper el momento incomodo que comienza a crearse entre nosotras.

— ¡Auuu, Rach! — se queja haciendo el intento de alejarse de mi cuerpo. Digo intento porque mis manos se aferran a sus hombros impidiéndole imponer esa distancia entre nosotras.

Ella solo se mantiene quieta en su lugar manteniendo su mirada en la mía en todo momento. Me permito liberarme al igual que a mis impulsos abandonando uno de sus hombros para llevar mi mano hasta su rostro. Ella cierra sus ojos tras sentir mis dedos en su mejilla, permitiéndome observar como sus labios se entreabren golpeando su aliento a chocolate contra mi nariz, oyendo como sus dedos se aferran al cobertor del colchón. Sus ojos se abren nuevamente mostrándome un color negro intenso en su mirada con sus pupilas completamente dilatadas, atreviéndome a pasar mi dedo pulgar sobre su labio superior, haciendo el intento de quitar los rastros de chocolate que se alojan en el. Descubro como mira intensamente mi boca. Siento el mismo fuego que se creó la vez que me descubrió llorando siendo niñas y desatando lo que sería nuestro primer beso. Mis ojos van hasta su rosada boca entreabierta que es humedecida lentamente por su lengua. El oxigeno comienza a desvanecerse ente nosotras y por segunda vez en mi vida quiero ser besada por una mujer.

¡Bésame, por favor! Le suplico con mi mirada. Ya había olvidado lo bien que se estaba entre sus brazos.

— Rach… — susurra con un hilo de voz.

— Hazlo. — La interrumpo con mi voz entrecortada sintiéndome completamente segura. — Bésame, Lucy.