Glee y sus personajes no me pertenecen.

No hay excusas por el tiempo en que me demore, solo días de ausencia en casa y ocupados con la universidad. ¡Este capitulo se me borró 3 veces!

Respecto a los comentarios, muchas se quejaron por el tema de la decision de Quinn, comentando que las hacia parecer como si tuviesen 10 años. Que levante la mano quien no ha actuado impulsivamente alguna vez.

Por supuesto que se lo demandante que es una carrera, mucho mas medicina, y contando el hecho de tener un bebé, por eso mismo Quinn debe quedarse en Lima pero no quiere que Rachel lidie con eso tambien, por eso mismo no quiere ceder lugar. Esta convencida que los cambios de cuerpos se producirán en algun momento. Rachel es quien, quizas, perdio las esperanzas sobre ello. Lamento muchisimo si no fui clara en el capitulo y no supe reflejarlo.

Respecto a las actualizaciones, mucho mas no puedo hacer. Tengo dias buenos y malos, pero no abandonare el fic. No le quedan mas de 10 caps. A quien le moleste el tema de mi ritmo respecto a eso, es libre de no leer mis fics. Entiendo lo frustrante que es esperar una actualizacion, pero tambien comprendan que de este lado tambien tengo actividades como la mayoria de ustedes, y que, subo capitulos cuando el tiempo me lo permite.

No me extiendo mas. Si tienen una queja, gustosa la recibire en mi twitter o por aca. Siempre con respeto, claro esta.

¡Disfruten! Y queda nada para el gran momento...


Capitulo Doce.

— ¿Has podido hacer lo que te pedí?

— Oh… y soy Quinn. — Q.

— ¿Por qué demonios aun sigues usando el móvil de la enana? Y si… estás hablando con Santana después de todo. — S.

Sonreí. Que Santana le estuviese haciendo un favor a Rachel Berry era cosa de no creer, pero eso sería nuestro pequeño secreto. Volví a teclear rápidamente un texto.

— Entrar en McKinley por la noche no está permitido, Santana. Pero de todas formas gracias. — Q.

— ¿Qué diversión tiene hacerlo sin correr riesgos? Ya quiero ver la cara de todos mañana. Por cierto… Britt te envía saludos. — S.

Volví a sonreír. ¿Cuándo sería el día en que Santana le pidiera ser novias?

— ¿Has podido ver a Rachel hoy? — Q.

Me mordí el labio volviendo hacer una mueca con mi boca tomándome la barriga. Los dolores los últimos días habían comenzado a molestar más de lo normal.

— No. Desaparecida del mapa. — S.

Decidí apartar el móvil cuando una punzada fuerte me tomó por sorpresa. Incline mi cuerpo hacia delante, tomando la parte baja, comenzando a respirar pausadamente.

Joder. Era de no parar. Sentía como la barriga se ponía dura, y los sudores aparecían. ¿Dónde demonios se había metido Quinn? Ya era el segundo día que no sabía nada de ella. La pelea se mantuvo, llegando al punto de ni siquiera querer hablarnos. Yo era cabezota pero ella lo era aun más. Ambas recapacitamos sobre el tema. Lo cierto es que comprendió que estando en cuerpos diferentes, el futuro se cerraba en nuestras narices. No lo he dicho en voz alta, pero en mi mente la idea de no poder revertir toda esta situación ya sonaba más fuerte. Lo poco de esperanza que quedaba ya lo estaba perdiendo.

— Quinn… ¿Qué sucede?

La voz ronca del padre de Quinn atravesó la sala anunciando su llegada. Escuche sin poder ver como tiraba parte de sus pertenencias vaya a saber donde para correr en mi auxilio. Judith había decidido hacer las compras del mes justo este día donde la jodida barriga presentaba problemas.

— Nada… — balbucee a falta de aire — Solo, solo una molestia pequeña. Nada de que… preocuparse — llene mis pulmones de aire apretando mis ojos para soportar el dolor.

— ¿Nada? — Exclama asustado — Pero si te estás muriendo del dolor. — Comenzó a caminar de un lado a otro completamente nervioso — ¿Qué hago? — Se tomó la cabeza — ¿Te llevo al médico? ¿Llamo a Judith? ¿Qué tal Leroy? Él sabrá que hacer… — se alejó de mi línea de visión pero rápidamente volvió corriendo — Joder, pero si está trabajando… ¿Qué hago? — aquello ya me provocaba risa pero no podía burlarme de él en su cara. En verdad lucia aterrado. Pobre Judith — ¿Quieres comer algo? — Fruncí mi ceño arrugando mi cara casi divertida — Olvida lo ultimo… — se sentó a mi lado acariciando mi espalda.

— Tranquilízate, Russel. — Pido aun sorprendida por lo atento y cariñoso que había resultado ser este último tiempo. Era la clase de persona que Quinn siempre describía cuando era pequeña. Su héroe. — Pasara… pronto. — digo un poco mas aliviada poniendo mi espalda recta para apoyarla contra el respaldo del sofá. Él rápidamente pone dos almohadones bien mullidos detrás de mí.

— ¿Acabo de ofrecerte comida? — frunce su ceño un poco más sereno tras ver como recupero mi color. Ambos reímos. — ¿Por qué estás aquí sola? ¿Dónde está tu madre?

— Compras — respondo de modo automático estirando mi brazo para tomar una botella de agua escondida a mi lado, en los pies del sofá. Le doy un sorbo sintiendo como mi garganta y parte de mi pecho se refresca.

— ¿Y Rachel?

La pregunta del millón. ¿Y Rachel? Pues aquí mismo. La pregunta era ¿Y Quinn? No lo sé. Lleva exactamente dos días sin aparecer por aquí. No llamadas. No mensajes. No visitas. Habíamos superado la discusión sobre el futuro, y aquello me tomaba por sorpresa.

— No lo sé. — me encojo de hombros tapando la botella para regresarla a su lugar.

— Quinn… — Russel suspiró. ¿Se aproximaba alguna conversación seria? ¡Joder! Yo no quería tenerla con él. Me aterraba la idea… y la incomodidad. — Ayer he hablado con Hiram. — Clave mis ojos en él — Leroy aun sigue un poco molesto con Rachel por el tema de la audición y el no querer irse a Nueva York.

Me encogí de hombros. ¿Qué podía hacer yo? ¡Nada! Mis padres llevaban enfadados días desde que presione a Quinn para dar la noticia sobre quedarme aquí. Que era mi decisión y nada podría cambiarlo. Muchas veces Quinn apareció en mitad de la noche saturada por los reproches de mi padre sobre el tema de la universidad.

— ¿Recuerdas la veces que hemos tenido a Rachel hablando sin parar sobre cuando seria una estrella reconocida? — Preguntó Russel y yo solo me limite a asentir.

Aun recuerdo las veces que me he quedado a dormir aquí, sometiendo a Quinn a jugar algún juego referido a musicales, karaoke o lo que sea, aclarando que aquello me serviría como practica hacia un brillante futuro como actriz y cantante. Y comprendo que mis padres estén caminando por las paredes sin entender mi repentina decisión, sabiendo que por años, y en los últimos meses, antes de que sucediese todo esto, estaba completamente enfocada en salir de Lima. Parloteando sin parar las cualidades de cada universidad, y buscando residencia para quedarme en Nueva York.

— Sé que existe poco dialogo entre nosotros, hija. Pero… Sabes que Rachel se está quedando por ti, ¿no? — Preguntó con cautela estudiando en todo momento mi rostro. Yo solo permanecía con mis piernas cruzadas, acariciando la barriga. Entendía su preocupación.

— Claro… — murmuro.

— Quinn, cariño… ¿Comprendes que estas siendo un poco injusta con ella? Quedándose aquí solo está perdiendo oportunidades que no se sabe si volverá a tener.

— Aquí también tendrá oportunidades... — Puntualice comenzando a molestarme al entender por donde iba la conversación — No es algo que yo le he pedido. Ella ha tomando la decisión por sí misma y yo no interferiré en ello.

— No quiero que te enfades por esto… — dice haciendo referencia a mi cambio repentino de humor — Y sabemos que quizá tú tenias un futuro planeado junto a ella en New Heaven y Nueva York, pero has tomado tus propias decisiones, hija… y son cosas que no se pueden volver atrás — me observa unos segundos esperando palabras de mi parte. Continua — ¿Ustedes están, ya sabes… juntas? — pregunta nervioso. Yo solo respondo encogiéndome de hombros. Ni siquiera sabía dónde demonios estaba con Quinn en estos momentos — Quizá ella se queda aquí por la relación…

— Yo no la dejaría por nada en el mundo.

— Nadie está hablando de dejar, Quinn… pero estamos preocupados por ustedes. Creemos que no están tomando las decisiones correctas, y como padres… debemos interferir. — confesó.

— ¿Por qué? — pregunte cruzándome de brazos.

— Hija, con tu madre también hemos sido adolescentes aunque yo la he conocido en la universidad. Pero por los trabajos y mi traslado, hemos tenido que separarnos por un tiempo. Pero cuando tenía tu edad recuerdo que pensaba que lo sabía todo, pero créeme que eso solo es una mentira. Quinn no lo sabes todo, y no tienes la verdad absoluta en esto. Ni tú, ni Rachel. Y nos preocupa como padres que ambas se estén perdiendo cosas allí fuera que podrán querer pero que se niegan a tener.

— Yo solo quiero a… Rachel — respondo segura.

— Tiene una audición el lunes por la mañana, ha dicho que no se presentara. Ya estamos a viernes, hija. — señaló Russel provocando que bajase mi mirada. Por supuesto que sabía que el lunes la directora de NYADA vendría para las audiciones. Quinn había aventado por los aires la carta de la universidad antes de dar el portazo que marco el comienzo de nuestro distanciamiento y ruptura.

— Rachel no quiere audicionar. — Remarque.

— ¿Por qué? — Preguntó pero no respondí. Nadie sería capaz de comprender nuestra situación. El camino fácil era ignorar y seguir firme en la decisión. — ¿Te has preguntado qué será de su vida en unos años? ¿Tú la ves aquí, en Lima, desperdiciando su talento para solo ser una simple ama de casa?... Yo no estoy en contra de esa labor, creo que tu madre es una excelente de hecho, pero Rachel… ella tiene talento y tú solías repetirlo a diario hasta el cansancio. — fije la vista en mis manos, jugando con ellas nerviosamente. Russel suspiró — ¿Entiendes nuestro punto, Quinn? Sabemos que se quieren, se que tú lo haces, siempre lo has hecho y no pretendo que te separes de ella, pero es necesario que pienses en ella. En ti también… ¿Qué harías tú en su lugar?

¡Qué pregunta! ¡Parecía una jodida broma!

— Aun recuerdo la vez que vendiste tu cámara por Rachel ¿lo recuerdas? — me pregunta recostándose sobre el sofá, dándome un pequeño empujón en el hombro.

— ¿Su, mi cámara? — Balbucee — ¿De qué hablas?

— ¡De la cámara que te he obsequiado! La que he traído de Europa. — frunce su ceño.

— Pero si esa cámara… se ha dañado.

— ¿Qué dices? — Se burla con una carcajada — Aun recuerdo tu cara de terror cuando fui a pedírtela prestada y tú inventaste una excusa teniendo que confesar la verdad. — me observa un momento. Mi cara seguramente decía ¡¿De qué demonios hablas?! — Has vendido tu cámara para comprarle un regalo a Rachel… — aclara comenzando su historia.

— ¡Mamaaaaaá! — Gritó una pequeña rubia entrando en su casa, tirando su pequeña mochila en mitad de camino hacia la cocina — ¡Mamaaaaaá! — Gritó con más fuerza.

— ¿Q-que sucede… hija? — apareció una agitada Judy detrás de Quinn, con sus pantalones a medio abrochar.

— Nada — Sonríe como un pequeño angelito para no recibir una reprimenda — Necesito dinero.

Judy suspiró. Debía conversar con su hija seriamente. Un día de estos le daría un susto de muerte, literalmente hablando. Debía saber diferenciar casos de urgencia o terminaría como el niño mentiroso del cuento sobre el lobo y las ovejas.

— ¿Dinero? ¿Para qué? — suspiró retomando sus quehaceres domésticos. La comida no se prepararía sola.

— Debo comprarle un regalo a Rach… por su cumpleaños — respondió una sonriente rubia subiéndose al taburete para alcanzar un poco de comida.

— ¡No! ¡Quinn! Eso aun esta crudo, te hará mal… — la alejó agitando el trapo de cocina a su alrededor.

— ¡Pero es rico! — exclamó volviendo a robar un poco de aquella mescla.

— Es masa de galletas… luego tendremos que ir al médico por ti. — Tomó el tazón para alejarlo de las garras de su hija — Respecto al dinero… ya le hemos comprado regalo a Rachel. Ahora vete a bañar si quieres ir a visitarla.

— ¡De ninguna manera le daré una sosa muñeca! — Protestó cruzando sus brazos.

— Quinn, la semana pasada te pareció buena idea. Ahora no podemos ir por otro regalo, ve a ducharte. — señalo el camino.

— ¡Que no, no, no! — Negó con su cabeza — Rach ya es una niña grande. No juega con muñecas.

— ¿Y qué quieres obsequiarle?

— ¡Un micrófono! — Exclamó —Ella cuando me canta lo hace usando un cepillo… definitivamente ese regalo va con ella.

— No, Quinn. Un micrófono es muy costoso. — negó con su cabeza regresando a la tarea de cortar algunas verduras.

— Jooo, ¡Mamá! — Protestó — Pero tú eres grande, tienes dinero, por favor. — Rogó.

— Usa tu mesada. — sugirió.

—No me alcanza. — Por supuesto que Quinn había roto su pequeño cerdito rosado, dándose cuenta que solo debía quitar el tapón en su panza, ya era demasiado tarde. El dinero del cerdo ricachón no le alcanzaba ni siquiera para comprar uno de juguete. Debería comenzar a decirle "no" a Rachel cada vez que se le antojaban dulces.

— Pregúntale a tu padre si puede darte.

— No. Él me enviara a ti de nuevo y tú a él. No caeré en sus juegos. — respondió segura robándole una sonrisa a su madre. ¡Aja! De ninguna manera haría el tonto de un lado a otro.

— Pues, entonces la muñeca parece ser una buena idea.

Se cruzó de brazos y comenzó su camino hacia el estudio de su padre. ¡De ninguna manera! Se encargaría de hacer desaparecer esa muñeca misteriosamente.

— ¡Paaaapi! — cambió su estado anímico en un abrir y cerrar de ojos. Todo sea por dinero. Corrió hasta saltar a los brazos de su padre, quien sentado en su silla, la recibió con sorpresa. — Te quiero mucho — tomó su rostro para dejarle un beso en su mejilla. Russel comenzó a reír.

— ¿Qué quieres pedirme? — dijo viendo como los ojos de su hija se entrecerraban.

— ¿Dinero? — sonrió diabólicamente, mostrando todos sus dientes, con sus labios duros.

— Quita ya esa cara — bromeó pasando la mano por su rostro — Pregúntale a tu m…

— Ella me dijo que estaba bien. — Lo interrumpió — Que viniese a decírtelo — extendió su mano. Russel lo dudo unos segundos antes de responder.

— Lo siento hija, pero no tengo efectivo aquí mismo. ¿Qué hay con tus ahorros? — preguntó retomando su trabajo una vez que Quinn se alejó.

— No me alcanza. — murmuró.

— ¿Por qué no? ¿Para qué quieres dinero de todas formas?

— Regalo de Rach…

— Oh, pero tu madre tiene cubierto eso. Me ha comentado que le compró una hermosa muñeca.

— Olvídalo… — hizo un gesto con sus manos antes de abandonar el estudio de su padre.

Debía de planear algo rápidamente. ¿Cómo demonios conseguía tanto dinero su prima Brittany? Tomó su mentón pensando en aquello. No estaba dentro de sus planes hablar con su gato loco para hacer negocios. ¡Eso! Uno consigue dinero vendiendo cosas.

Corrió rápidamente escaleras arriba escuchando los gritos de madre sobre tener cuidado, que no quería terminar en el médico. ¡¿Pero que tenia aquella mujer con los hospitales?!

Abrió la puerta de su habitación y lo primero que vieron sus ojos fue la cámara que su padre le trajo en uno de sus tantos viajes. Había sacado unas pocas fotos, todas a Rachel. Rachel y su bicicleta. Rachel comiendo helado con su boca sucia. Rachel con su boca llena de galletas. Rachel enviándole un beso con bigotes de leche. Rachel mostrando uno de sus dientes en primer plano y detrás ella con una sonrisa luciendo una pequeña ventanita negra en su dentadura.

Todo sea por aquel micrófono. La tomó entre sus manos, cubriéndola debajo de su sweater antes de regresar a la sala.

— ¡Ya regreso! — gritó dando un portazo sin prestarle atención a las protestas de su madre. Tomó su bicicleta y pedaleo como si el mundo se acabara detrás de su espalda.


— ¡Feliz cumple, Rach! — Saludó una alegre rubia antes de entrar en la casa de su pequeña vecina — ¡Abre el regalo! — exclamó ansiosa provocando la risa en algunos mayores que visitaban a la morena en su día.

— Gracias, Lucy. — respondió una sonriente niña corriendo hacia la sala. Allí estaban sus tíos, algunos amigos de sus padres y sus dos abuelas, que inmediatamente abrieron sus brazos para arropar y besuquear a una loquilla rubia. Quinn no iba a negarlo, las abuelas de Rach le parecían algo locas pero definitivamente sabían hacer las galletas más deliciosas del mundo entero. Solían ponerle extra de chispas de chocolates. ¡Extras! ¡Chocolate! ¡Galletas! Y no se hable más, aquello era suficiente para Quinn.

— ¡AyDiosMio! — chilló una morena completamente sorprendida. Sus hermosos ojos marrones, ahora brillantes, iban del paquete hacia Quinn y de regreso al paquete. — ¡No lo has hecho! ¡Sí! — gritó lanzándose a los brazos de su amiga para llenarla de besos sobre sus mejillas, provocando la risa en la rubia.

— ¿Te gusta?

— ¿Si me gusta? — Chilló — ¡Ella pregunta si me gusta! ¡Me encanta, Lucy! — Se emocionó quitándolo de su empaque — ¡Y es rosado! ¡Miren papis! — mostró con una enorme sonrisa su regalo.

— Iremos por ti cuando mi casa sea un loquero, Quinnie — la señaló Hiram con una sonrisa. — Gracias por eso. — los grandes comenzaron a reír.

— ¿Dónde están los demás niños? — preguntó extrañada mirando a su alrededor, luego de recibir un poco de chocolate para beber.

— ¿Niños? — preguntó Rachel fijando su vista en el micrófono. Se encogió de hombros — ¿A qué te refieres?

— Es una fiesta de cumpleaños, y los niños son un requisito para ello. — Apuntó lo obvio —Es una fiesta sin pastel.

— Pues, yo n he preparado un pastel para hoy — Quinn abrió sus ojos sorprendida — ¡Solo es broma! — le dio un pequeño empujón en su hombro. — Gracias por esto. — susurró cerca de su oído antes de darle un fuerte abrazo.

— No fue nada. — se encogió de hombros. — Y los niños…

— Lucy… nadie quiso venir a mi fiesta. — respondió algo triste. Quinn frunció su ceño. ¿Nadie? Mañana tendría que encargarse de ellos. ¡Nadie osaba de poner triste a su amiga y salir ileso!

— Oye… tengo una idea. —le devolvió el pequeño empujón con su cuerpo.

— ¿Qué? — preguntó cabizbaja.

— Tengo boletos para la feria — Sonrió entusiasta contagiando un poco a su amiga — Y adivina que mas…

— ¿Qué? — se mordió el labio ocultando las ganas de sonreír tras ver la cara emocionada de Quinn.

—Estuve practicando tiro al blanco. Esta vez ganare un oso para ti — le guiño el ojo.

— No lo sé… eso tengo que verlo.

— ¡¿Y que esperamos?! — Exclamó provocando la risa en su amiga.


— ¡Lucy! — gritó una morenita cargando sus peluches algo cansada. — ¡Espérame, Lucy!

— ¡Joo! Rach, solo nos queda media hora. Mira la cola. — Apuntó hacia la atracción. — Quiero montarme en ella.

— Pero… es decir, no sé si eso sea buena idea, Lucy. — respondió nerviosa inclinando su cabeza hacia atrás para mirar lo enorme que era aquella rueda.

— ¡Mira ese Noria, Rach! ¡Es enorme! ¡Debemos subirnos! — exclamó ansiosa señalando hacia la atracción.

Demonios, si. Rachel ya lo había visto, como para no hacerlo pero no quería montarse en esa cosa gigante. Mucho menos quedar como una cobarde, pero ¿Y si se quedaban atascadas allí arriba?

— No podemos… — balbuceó siendo arrastrada por su amiga — N-no… no podemos. — Volvió a repetir capturando su atención — No tenemos la altura. — dijo mas aliviada señalando al muchacho que se encargaba de medir a los niños.

— No importa, pasaremos detrás de él sin que se dé cuenta.

— Pero… pero… — sintió nuevamente como sus piernas corrían sin poder controlarlas detrás de su rubia amiga. Ni siquiera sabía cómo había pasado, o en qué momento ya se encontraban sonrientes, bueno solo Quinn, sentadas abrochando sus cinturones.

— Lucy esto está muy mal… muy mal —dijo en voz baja claramente asustada, aferrándose a la barra de hierro — ¡No quiero morir! —exclamó llamando la atención de algunos niños que ya reían tras ver su cara de espanto cuando la atracción comenzó a moverse.

— ¡¿Qué pasa contigo?! — Gritó alegre y burlona — ¡Esto es genial! — Abrió sus brazos pero siendo tomados rápidamente por la morena para que volviese a agarrarse de la barra. La seguridad ante todo. — Rach… tus ojos se saldrán en cualquier momento. Es como si le tuvieses miedo a las… alturas — balbuceó la última palabra cayendo en la cuenta que si, ¡Su amiga le temía a las alturas! — Oh oh… — hizo una mueca con su boca. — ¿Lo siento?

— Solo… solo déjame… bajar de aquí y sabrás de lo que soy… capaz — dijo nerviosa viendo como las cabezas comenzaban a dibujarse más pequeñas.

— Mírame… — pidió dulcemente — Rach… mírame — Tomó sus manos, desprendiendo con suavidad uno a uno sus dedos de la barra — Todo estará bien ¿de acuerdo? — Rachel negó con su cabeza completamente en estado de shock — ¿Qué pensara oso de peluche de ti? — señaló a un peludo león.

Rachel frunció su ceño — Apestas poniendo nombres.

— Oye… que lo he ganado para ti. — La pequeña morena comenzó a reír por lo bajo — ¿De qué te ríes?

— Lucy… no has tirado un solo patito de hule.

— Ya… pero tienes a oso de peluche contigo ¿no? — La morena negó con su cabeza y una enorme sonrisa. El pobre señor terminó regalándoles aquel león más por pena que por logro propio. Ver a Quinn frustrada, sacando su lengua calculando su tiro, era digno de ver. — Mira, mira… — apuntó a su alrededor.

— No me hagas ver, Lucy. — Susurró tirando de su gorro de lana hacia abajo para tapar sus ojos.

— No, mira Rach… — tomó su mano y acomodo un poco su gorro para que pudiese ver lo que tanto deseaba mostrarle. — ¿Ves todas esas luces allí abajo? — La morena asintió viendo por el rabillo de su ojo. No quería arriesgarse demasiado.

— ¿Qué sucede? ¿Por qué nos detenemos? — chilló sintiendo como su asiento se mecía hacia delante y atrás por la repentina parada.

— Nada, nada… suelen hacer esto. Ahora mira… — La tranquilizó pasando uno de sus brazos sobre su hombro para atraerla hacia ella — Podemos ver el mundo desde aquí arriba.

— Hmmm… Lucy… solo son las afuera de Lima.

— Lo sé… pero mira — sacudió suavemente el cuerpo de su amiga — Es como si estuviésemos en la cima del mundo.

Rachel suspiró. Se estaba bien entre los brazos de su amiga, no podía negarlo.

— Te quiero, Lucy. — sonrió aferrándose a su cuerpo una vez que oyó "yo también"

— Feliz cumpleaños, Rach.


— ¿Quinn? — pregunte una vez que di por terminada la conversación con Russel, decidiendo ir en busca de Quinn para hablar las cosas. Lo comprendí todo, a empujones pero lo hice. Volví a gritar su nombre una vez que me asegure que mi casa estaba desierta. Me extrañaba el hecho de no tener noticias de su parte.

Subí las escaleras, corriendo rápidamente hacia mi puerta cuando oí una tos bastante rasposa.

— ¿Quinn? — pregunte asomando mi cabeza por la puerta. Mi habitación era un completo desastre y Quinn, ella parecía estar viviendo debajo de una montaña de basura y pañuelos.

— ¿R-rach? — susurró aclarando su garganta en todo momento. — No te acerques. — sacó su brazo debajo del acolchado para impedir mis pasos, por supuesto que no le hice caso, ya era demasiado tarde.

— ¡Por dios, Quinn! ¡Estas volando en fiebre! — toque su frente corriendo rápidamente hacia el baño para tomar una toalla y mojarla con agua fría. — Ponte esto… — despeje un poco el flequillo de la frente y coloque la toalla allí.

— No, tengo frio. — balbuceó aferrándose al acolchado.

— Quinn, no puedes estar tan abrigada. Déjame quitar aunque sea esta… — tironeo viendo como rápidamente la libera de su agarre. — ¿Dónde demonios están mis padres? — protestó completamente enfadada con la barriga a cuestas.

— Todavía no han regresado.

— ¿Por eso no has ido a clases? — Asiente — Debiste avisarme para cuidar de ti, Quinn. — suspiro arrojando todos los pañuelos al cesto de basura. — ¿Qué es esto? — pregunto extrañada tomando la caja de un DVD.

— N-no, no lo sé… creo que me lo ha dado Britt para ti hace unos días. — Se acurruca aun más en la cama.

— ¿Has tomado alguna medicación? — Asiente — Iré a prepararte un poco de té. Eso ayudara.

— Rachel, no. Debes estar en reposo… — murmura cansada.

— No me hará nada.

Y así fue. En menos de cinco minutos ya estaba de vuelta, ayudando a Quinn a sentarse en la cama para tomar su té con miel y limón.

— Puedes, puedes sentarte aquí si quieres…

Mentiría si dijese que aquello no me causo ternura con la nariz completamente roja y el pelo revuelto, mi flequillo parado completamente.

— Pondré esto si no te molesta. — Mostré el DVD tomando mi laptop para reproducirlo. Regrese hacia la cama, ocupando el lado izquierdo de Quinn. Ella respiró sobre el té, sintiendo como el calor de la humeante bebida penetraba en su nariz.

— ¿Qué es eso? — Frunzo mi ceño una vez que le doy clic y recuesto mi espalda contra el cabecero de la cama — ¿Es… una ecografía? — miró hacia mi derecha, Quinn parecía tan o más confundida que yo.

— Eso parece… — murmura perdida en la pantalla —Me pregunto de dónde sacara estas cosas Britt.

— ¿Eso es… — ¿acaso era una clínica? Comenzaba a rogar mentalmente que aquello solo sean actrices extras con un decorado de mentira. De ninguna manera podía ser una sala de parto.

— Quita eso ahora mismo — espeta Quinn nerviosa tras escuchar el primer grito de dolor de aquella pobre mujer, mostrando como hacia sus ejercicios de respiración, soportando la contracción.

— No, espera… quiero verlo.

— ¿Te has vuelto loca? ¡Esa mujer es mi tía! Quien la esta torturando es mi prima Brittany — gira su rostro hacia la pared haciendo una mueca de dolor tras dejar la taza sobre la mesa de noche — Me niego rotundamente a ver la… ya sabes, de mi tía.

— No seas bebé, Quinn. Es solo tu tía y Brittany. ¿Qué tan mal puede estar? Solo son las contracciones, ni siquiera ha dado a luz todavía. Vamos, mira… — Empujo de su brazo para que vuelva a su lugar.

— Bebé ni nada, quita eso Rachel. — Tensa su mandíbula — Solo hace que me sienta… ¡Oh, Dios! —Se tapa ambos oídos y yo solo sonrío por lo escandalosa que resulto ser. — ¡Baja el volumen, que deje de gritar!

— No, no… mira… vamos, Quinn. Mira — sacudo ansiosa su brazo — Están preparando a tu tía para dar a luz.

— No mirare eso, quítalo de una maldita vez. — mis sacudidas en su brazo se detienen tras escuchar el primer grito de la mujer. Esto ya no me parece para nada gracioso. Abro mis ojos como platos tragando saliva sin poder creer lo que se reproduce frente a mis ojos.

— Sácala… ¡sácala de una jodida vez! ¡Tú me has hecho esto, Stephen! ¡MALDICIÓN!

La cara de la mujer parece estar siendo poseída por el fantasma más despiadado de este mundo. Su piel se torna de un color bordo por la fuerza sobre humana que hace para ayudar a los médicos a quitar a Brittany de allí. AyDiosMio. Me tapo los ojos instintivamente, no quiero que eso me pase. ¡Quiero ya mismo mi cuerpo de regreso!

— ¡Oh, mierda! — grito asustada

— ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué le hacen? Dime

— No, no, no… no mires, dios. Pobre mujer… sácala, ¡Brittany sal de una vez! — Grito estrujando la mano que Quinn me tiende — Se desgarrara… esa mujer se desgarrara del dolor. ¡Puje, señora! — ¡Te odio Stephen! Los insultos por parte de la rubia siguen oyéndose en los parlantes del mi laptop y yo me tapo los ojos a medias con mis manos

— ¡Díganle a ese bebe que deje de maltratar a mi tía!

— ¿Por qué estamos viendo esto? — chillo consternada. Al parecer la madre de Brittany ha comenzado a dar sus últimos esfuerzos

— Puedo ver la cabecita… vamos mami, tu puedes. — Escucho como la doctora alienta para que prosiga haciendo fuerza.

Quiero vomitar.

— ¿Esa es la cabeza de Brittany? — La voz de Quinn me llama la atención y grito tras mirar su pálida cara.

— ¿Te encuentras bien?... Quinn — sus ojos se tornan blancos y su cuerpo se desvanece en el cama — ¡Lucy! — muevo su cuerpo pero no parece dar señales de vida

— ¿Qué sucede aquí? — entra mi padre Hiram en la habitación, seguramente por escuchar nuestros gritos.

— ¡Papi! — grito desesperada tomándolo por sorpresa. ¡Lo sé, lo sé! — ¡Quita eso! — imploro señalando hacia mi laptop quitándolo de su asombro.

— ¿Qué son todos esos gritos? ¿A quién están matando? — Aparece Leroy desesperado y algo agitado cargando varias bolsas — ¿Hija? — arroja todo al suelo y corre hacia nosotras ocupándose rápidamente del estado de Quinn que permanece aun tendida sobre la cama.

— Mieeeerda. No puedo más… sácala.

Un nuevo grito de la rubia me alerta recordándome que el video aun sigue latente en la pantalla.

— Aww, es una mujer dando a luz. — habla mi padre Hiram luego de ver la pantalla.

— ¡Es horrible! — digo al borde del llanto.

— Quinnie… al final del día tendrás a tu pequeña entre tus brazos. — intenta calmarme mi padre.

— ¡Ni loca! No quiero que salga… — me aferro a la barriga meciéndome en mi lugar. Estoy shockeada.

— ¿Te encuentras bien? — La voz de Quinn, es decir la mía, me saca de mis cavilaciones — Dime que ese demoniaco bebe ya ha terminado de torturar.

Leroy ríe junto a Hiram — Es solo un parto, no es para hacer un alboroto de esto. ¿Qué hay de ti? — le pregunta a Quinn, mi cuerpo, quien cree que es su hija.

— Solo me tomaba una siesta. — Hace el intento de sentarse — Oh, dios… — niega con su cabeza temblándole el mentón — Lo siento tanto por ti, eso es horrible.

— ¡Lo sé! — ambas sollozamos.

— ¡Ey! Miren… por favor mira, Quinnie. Es de lo que estoy hablando…

— ¿Qué? ¿El trasero de esa mujer ya ha explotado? — pregunto con mis ojos cerrados

— No, Quinn, ha nacido… miren — los pequeños llantos de una recién nacida nos ablanda el corazón tanto a mí como a Lucy, permitiéndonos echarle un vistazo al acontecimiento que nos indica mi padre. — Sera maravilloso, cariño. Cuando la tengas en tus brazos todo habrá valido la pena.

— Mira como con sus pequeñas manitos sostiene la mano de su mamá. Lucen hermosas — comenta Quinn besando mi mejilla.

— Oh, al diablo con ustedes. No tendrán que abrir sus piernas y sacar una vida de allí adentro. — exclamó aterrada lanzándome a los brazos de Quinn, provocando las risas en ellos.