Parece que me estás estudiando para decidir por dónde empezar...

Me vuelves a mirar a los ojos, tu respiración parece más un gruñido animal y te abalanzas sobre mí.

Nuestros cuerpos chocan, el sólo contacto de nuestra piel te excita de sobremanera. Lo sé porque gimes desesperada recorriendo mi cuerpo con las manos. Tan pronto me acaricias el pecho como la espalda. Tan pronto me recorres los muslos como el trasero. Yo intento abrazarte, pero es misión imposible, tan rápido como te mueves. Consigo llamar tu atención cuando uso mi mano derecha para masajearte la nuca y el cuello. Me miras, abres la boca e introduces tu lengua en mi boca, que te recibe con sed de ti. Aunque llevemos un buen rato besándonos, parezco no saciarme nunca. Y a ti te pasa lo mismo.

Entonces Kate, sin ningún miramiento, llevas tu mano hasta mi miembro erecto y, sin dejar de mirar mi reacción en mi cara, me acaricias con cierta rudeza que me transporta a las puertas del paraíso. Sé que he gritado. Sé que he gemido. Pero no me doy cuenta conscientemente porque estoy sucumbiendo a un torbellino de sensaciones que atacan a mi cerebro directamente.

Cuando decides que ya me has torturado suficiente, me sueltas y te inclinas hacia la mesilla de noche "¿Qué pasa?" se pregunta una parte de mí. "El condón" le contesta otra parte de mí a la primera. Me lo colocas hábilmente. No quiero pensar dónde has adquirido esa habilidad, pero hay una tercera parte de mí que se lo apunta para pensarlo luego.

Me tumbo derretido de placer mientras siento tus manos comprobar el preservativo. Pero quiero verte, así que clavo los codos en el colchón. Juguetona me acaricias el vello de la zona. Yo no puedo más, me inclino para tomar la iniciativa, pero me pones una mano en el pecho suavemente. "Déjame a mí el primero" yo, deseoso de que hagas de mí lo que quieras, sólo asiento con la cabeza, sonrío y me vuelvo a tumbar. ¡El primero! ¿Es que esperas un segundo? Yo creo que será imposible esta noche, Kate. ¡Creo que moriré de placer con este!

Pasas una pierna al otro lado, te pones a cuatro patas sobre mí. Como tienes unos brazos y unas piernas tan largos, me parece que estás a kilómetros de mí. Siento el ansia de mi miembro al observar tus pechos bambolearse libremente. Muevo las manos para acariciarlos y gimes de placer al sentir mis palmas cubriéndolos con ternura.

Ahora te mueves lentamente bajando tus caderas a mi encuentro. Me estoy conteniendo con todas mis fuerzas para no agarrarte de la cintura y hacerte sentar encima mío de una vez. Mi pene roza tu muslo y yo tengo que dejar la mente en blanco para no eyacular ahí mismo. Mueves una de tus manos para ayudarte, y cuando me quiero dar cuenta siento tu calor que va envolviéndome poco a poco.

Intento no pensar. Intento no recrearme en el inmenso placer que me está produciendo el recorrer tu íntimo camino con mi miembro. Es muy estrecho: estás demasiado excitada Kate... si me dejaras a mí, yo podría... yo podría...Te das cuenta y retrocedes, dejando a mi pene libre otra vez ¡Oh, Dios, Kate, quiero más, quiero más! ¡Te agarro de los muslos desesperadamente! Vuelves a bajar la cadera otra vez, ahora va mejor, mi cabezón amigo se desliza con más facilidad. Llegamos a medio camino, ¡Oh, Kate, por lo que más quieras, siéntate encima mío! ¡Te necesito! Te agarro los muslos firmemente, tu gruñes cuando llegas a la mitad y no consigues avanzar más, me pones las manos en el pecho. Furiosa y excitada te apartas otra vez de mí, gritando de placer cuando mi pene abandona violentamente a tu vagina.

Estás a cuatro patas sobre mí, pero has dejado caer tu cabeza y ahora tu boca casi roza mi pecho, jadeas, respiras torpemente, tiemblas. Déjame a mí, Kate, cariño. No te digo nada, pero ahora voy a llevar las riendas yo un rato... o al menos voy a intentarlo, porque tengo entre las piernas un caballo desbocado.

Deslizo mis manos desde tus muslos a tu redondo, compacto y sensual culete. Te doy un empujoncito hacia mí y te tumbas descansando por un momento encima mío. Mi agitada respiración hace que subas y bajes como si estuvieses en un flotador gigante en medio del mar. Te oigo respirar profundamente una vez. Meto mis manos entre los cabellos despeinados y húmedos de tu cabeza y ambos giramos el cuello para buscar nuestras ansiosas bocas. Ahora mi beso es diferente y quiero que lo notes. Tuerzo al límite mi cuello y te introduzco mi lengua, que choca con la tuya. Intentas moverte, pero no te dejo, te tumbo la lengua con la mía, te obligo a abrir la boca al máximo y a recibirme dentro de ella. Mi pequeño amigo encuentra la similitud y quiere su turno. Estoy seguro de que tu pequeña amiga también estará más cooperadora ahora.

Abandono tu boca rápidamente, dejando un hilillo de saliva entre ambos, que no hace otra cosa más que incrementar mis ganas ahí abajo. Te quedas mirándome durante unos segundos y vuelves a ponerte a cuatro patas sobre mí. Vuelvo a sentir tu maravilloso calor, más húmedo si cabe, y te siento más relajada, más juguetona. Llegamos al mismo punto donde lo habíamos dejado, pero ahora te deslizas sobre mí hasta conseguir sentarte. Exhalas el aire de tus pulmones, sintiéndote victoriosa. Yo simplemente estoy a tu merced.

Empiezas tu sensual danza. Con el primer vaivén yo ya me tengo que aguantar las ganas de dejarme ir, mientras que tú gritas, yo creo que hasta sorprendida de tu propio placer. Pones tus fuertes manos encima de mis costillas y te inclinas hacia delante y noto tu cuerpo tembloroso. Madre mía Kate, creo que vas a terminar tú antes que yo.

Te quiero dejar a tu ritmo, así que me agarro con fuerza al colchón para liberar las ganas que tengo de embestirte. Te mueves con tranquilidad y cuidado, como si quisieras comprobar los límites. Me deleito sintiendo mi pene acariciado y mimado por tu sensual baile. Pero quiero más. Quiero hacerte perder el control, quiero que seas egoísta, que me utilices para tu propio placer, ¡quiero tu locura!... Muevo las caderas haciéndote perder el ritmo, gritas de placer y haces fuerza con las manos para no caerte.

Entonces me doy cuenta de que no te atreves, Kate, no te atreves a sentarte completamente encima mío y dejar actuar a tus instintos. Ya sea en sentido literal, o en sentido figurado, Kate, no te estás dejando llevar. Te voy a ayudar... si consigo no eyacular antes, claro. Flexiono lentamente mis rodillas, haciendo que mis muslos lleguen a rozar tu tembloroso y delicioso culete. Tú te das cuenta y te inclinas hacia mí. Yo pongo mis manos firmemente en tus caderas y te impido avanzar más. Como no puedes hacer otra cosa y te sientes atrapada, giras ligeramente la espalda amoldando tu interior deliciosamente a mi miembro. Gimes y abres la boca y los ojos sorprendida por el efecto de tan sencillo truco. Yo respiro profundamente y me recreo en mis propias sensaciones.

Al cabo de unos segundos estiro mis piernas y tu culito retrocede. Yo te sigo sosteniendo las caderas, de tal manera que sigo profundamente dentro de ti. Sé que me sientes en todo tu ser, sé que te gusta la sensación de estar atrapada encima de mí, estás respirando temblorosamente, me agarras los brazos como pidiéndome más de 'eso' que te hago sentir.

Ahora deslizo mis manos por tus muslos hasta tus rodillas y te las levanto haciéndote perder el equilibrio. Siento como te acomodas completamente en mi dolorida entrepierna, el placer que te provoca te hace gritar con sorpresa y jadear fuertemente, por no hablar de cómo me estás clavando las manos en los muslos, intentando no caerte hacia atrás. Te suelto las rodillas al límite de mi propio placer y vuelves a recuperar el equilibrio.

Durante unos segundos nos miramos a los ojos. Ya sabemos los límites de cada uno. ¡Ahora cabalga, Beckett! ¡Cabalga! Parece que me oyes el pensamiento y empiezas a moverte mucho más enérgicamente, con decisión, con buen ritmo, que acompañas con dulces gritos y gemidos que me llenan de lujuria. Sé que no me podré contener mucho más tiempo.

Eres el ser más bello y sensual que existe, Kate Beckett, incluso en la vorágine de nuestra batalla sexual no pierdes tu elegancia, que me hipnotiza y me deja sin habla. Tus gemidos son profundos y liberadores. Tus movimientos son fluidos y sin reparos.

Eliges inclinarte hacia atrás, buena elección. Veo el sudor reflejándose en tu pecho y el movimiento de tu agitada respiración me invita a acompañarte en tu clímax. Doblo un poco las piernas para que no te caigas. Te agarras a uno de mis muslos con una mano mientras buscas a donde agarrarte con la otra. Me doy cuenta en uno de mis últimos momentos de cordura y te ofrezco mi mano. Tú la tomas, fuerte, muy fuerte.

Y así, cogidos de la mano como habíamos entrado en el dormitorio, ambos nos volvemos dos animales buscando nuestra liberación. Hay gritos, hay jadeos, hay mucho movimiento. Nuestros nudillos se vuelven blancos de la fuerza con que nos agarramos. Locos, estamos los dos sufriendo la locura maravillosa que nos conduce irremediablemente al final del camino.

No sé quien ha llegado primero, lo dejaremos en empate, Kate. Pero sí puedo decir que después de vaciarme violenta y exageradamente, aún agarrado a tu mano, abrí los ojos y tú aún coleteabas unos sensuales y casi desfallecidos embites, dispuesta a sentir mi miembro dentro de ti hasta los últimos momentos de su erección.

Ya está, Kate, amor mío, ya está. Nuestras manos se aflojan y los dos nos resistimos a soltarnos. Nuestra respiración aún es exageradamente fuerte. Nos miramos a los ojos, por primera vez después de nuestros orgasmos. Me sonríes resoplando satisfecha. El blanco de tus dientes ilumina la habitación. Yo también sonrío. Doy un tironcito a tu mano y te dejas caer delicadamente sobre mí, separando nuestros sexos.

Te abrazo. Te acomodas en mi regazo. Miro al techo. Siento tu cuerpo cómo vuelve a la calma poco a poco. No te mueves ni un milímetro, estás agotada y no me extraña. Tengo la sensación de estar en un sueño, Kate, no acabo de creérmelo. Tú y yo. Juntos. Se me emborrona la vista. ¿Qué me pasa?

Unas lágrimas resbalan en silencio por los rabillos de mis ojos. ¿Cómo? ¿Acaso estoy llorando? Ok, esto no me había pasado nunca. No me muevo, no emito ni un sonido. Consigo serenarme, pero por supuesto tú intuyes que algo pasa.

Levantas la cabeza de mi hombro, me secas las lágrimas un poco con la mano y yo te miro a los ojos. Completamente desarmado, vulnerable y me siento reconfortado al sentir tu mirada tranquila y serena.

Suspiro.

Me calmo.

Me dices: "No ha estado tan mal, ¿no?". Con un pelín de chulería, sonriéndome.

Sonrío.

Me inclino y te beso la frente. Te vuelves a recostar sobre mí. ¿Mal? No, tan sólo ha sido... ¡perfecto!.


Fin del primer asalto (pobre Rick, casi le da un pasmo)

Para acelerar la publicación del 'segundo asalto' ya sabéis lo que tenéis que hacer ;)

¿Cómo? ¿Que no lo sabes? Uy... Mal, mal, mal... repásate los capítulos anteriores ;)