Estoy preocupada por la falta de reviews del capítulo anterior. ¿No os gustó? ¿Estáis liados con exámenes? ¿Os fuiste a la CastleCON de Desdren? ¿Pasáis de mis chantajes? jejeje

Bueno sea lo que sea, aquí va el segundo asalto...


SEGUNDO ASALTO

Katherine Beckett abrió los ojos esperando encontrarlo a su lado y sí, ahí estaba. La tenue luz de las lamparitas de noche iluminaban la habitación con unos sugerentes tonos ocre que ella pensó que seguramente estarían muy estudiados para impresionar a sus conquistas. Sonrió al pensar en ello, quizás hace un tiempo se hubiese sentido celosa, pero no ahora, después de su confesión, después de todo este tiempo jugando en el tiovivo de Castle, se había decidido a saltar y ya no había lugar para los celos.

Le oyó inspirar profundamente, giró la cabeza, apartándose un mechón de su incorregible melena y no pudo hacer otra cosa que sonreír al contemplar su cara. Dormido plácidamente, serio, sin ningún atisbo de su perenne sonrisa, estaba extremadamente sexy. Sería también que todavía estaba bajo el embrujo del momento de intimidad, pasión y.. ¿por qué no decirlo? ¡amor! que habían compartido. Porque sí, Kate sonrió pensado que después de todas las noches de sexo que había vivido, ya fuese con parejas más estables o más ocasionales, esta había sido su primera noche de amor. No quería precipitarse, no quería confesárselo aún, pero en el fondo de su corazón sabía que no había sido sólo sexo. Un sexo estupendo, por cierto.

Cogió un poco de sábana para tapar su cuerpo desnudo. Antes de hacerlo se contempló a sí misma, conocía su cuerpo a la perfección y pensó en lo cómoda que se había sentido junto a Castle. La mirada embobada y lujuriosa del escritor le llenó de confianza y ya no le importaron sus cicatrices, su trasero, algo más flaco de lo que a ella le gustaría, sus pechos, menos voluptuosos que hace unos años, cuando no se pasaba horas entrenando combate cuerpo a cuerpo... no le costó desnudarse físicamente, porque ya antes había desnudado su alma, al volver a sus brazos para suplicar perdón.

Se quedó mirando el corpachón de Castle, cubierto por la sábana y, sintiéndose traviesa, la apartó un poco para contemplarlo. Tras días y días sintiendo la presencia de Castle a su lado, se había acostumbrado a su colonia y loción de afeitado. también estaba familiarizada con su impresionante altura y sus anchas espaldas, que en ocasiones no le dejaban ver la escena del crimen, hasta que un día él se dio cuenta e inteligentemente empezó a colocarse siempre detrás de ella. Y, aunque lo hubiese negado, en ocasiones se descubría a sí misma mirándole... el culo. ¡Y le daba una rabia enorme que últimamente lo llevase tan tapado con sus americanas!

Ahora había encajado todas las piezas y había disfrutado como una adolescente, descubriendo nuevas parte del cuerpo de Castle que la tenían fascinada, podría decir que todo en él era grande, con redondeces y músculos que, de estar más trabajados, hubiese podido dedicarse a se jugador de fútbol americano o algo así. Había sido hipnotizada por sus pectorales, de una masculina forma que no quedaba justamente reflejada con las camisas que usaba, cubiertos por un suave vello que no le importaría acariciar durante horas y unos pezones rositas que despertaba en ella unos incontenibles deseos de lamer como una loca. También se había fijado irremediablemente en sus robustos brazos, cubiertos también de fino vello que le había estado haciendo cosquillas en la espalda mientras la abrazaba.

Otra parte que, digámoslo claro: ella no albergaba esperanzas, le había sorprendido gratamente era... su vientre. Dudaba que alguna vez Castle hubiese tenido marcados los abdominales, pero a pesar de lo que pudiese parecer a primera vista, enfundado en esos trajes que se ponía, su barriga ni estaba fofa ni rebosaba, simplemente era la barriga que su corpachón tenía que tener para que el conjunto quedase armonioso. Y ella la había probado, se había tumbado encima suyo y no la cambiaría por ninguna tableta de chocolate que ella hubiese probado antes.

Como leyéndole el pensamiento, Castle dormido, se dio la vuelta en la cama, dándole la espalda, dejando a la vista su fuerte y redondo trasero, que para sí quisiera ella. Kate sonrió pensando que era mejor así, después de estrujárselo con las manos se había dado cuenta que se podía pasar toda la vida achuchando sus glúteos y que no se cansaría nunca. Bajó la mirada y se encontró son sus fuertes piernas, mención especial para sus estupendos muslos. Exagerados. Ya se había dado cuenta cuando se sentaba en comisaría y el pantalón se tensaba marcándole todo. Todo. Lo que le llevaba a otra parte de su anatomía.

El mismo vello suave y fino que cubría su cuerpo, enmarcaba, como si de una obra de arte se tratase, sus atributos masculinos. Era curioso como no lograba ser lo suficientemente oscuro ni abundante así que pudo ver su sonrosada piel y todo lo que se le ocurría decir es que era el pene y los testículos más fotogénicos que había visto ella, propios de un libro de anatomía. Bien se había fijado cuando le había puesto el condón, pero lo que más le había llamado la atención era su calor y su dureza. Se había tenido que reprimir las ganas de apretarlo entre sus manos y llevarlo al orgasmo masturbándolo, simplemente para observarlo, para ver salir su semen y verlo recuperar su flaccidez. Nunca antes había sentido semejante curiosidad, ni siquiera en sus primeros escarceos sexuales, pero con él estaba dispuesta a dejarse llevar en todas sus fantasías, y sabía que Castle también se divertiría con ello.

Él se volvió a mover y se quedó boca arriba, ella observó el perfil de su cara. Esa marcada frente, exageradamente masculina, completada con esa nariz de chico malo. No se pudo resistir y se inclinó para besarle esa misteriosa cicatriz que tenía en la frente y que aún no le había contado cómo se la había hecho. De ser algo heroico ya se lo hubiese contado mil veces, así que supuso que le daba vergüenza. El escritor respiró profundamente. Ella le miró con cierta envidia. Ella habitualmente se quedaba en vela después del sexo, lo único que le hacía entrar en sueño era una ducha caliente y pensó que no sería mala idea, además eso ayudaría a quitarse esa sensación de 'calada hasta los huesos' que aún sentía.


Kate Beckett se dirigió hacia el baño, cogiendo antes una de las toallas con las que Castle le había estado secando tan sensualmente. Sonrió al recordarlo y sintió su vello erizarse de la agradable impresión.

Al entrar en el baño se encontró cara a cara con el muñeco a tamaño real de Boba Fett que el escritor tenía ahí dentro. Puso los ojos en blanco y le echó la toalla por encima de la cabeza, para no sentirse observada. Antes de meterse en la ducha observó sus azulejos de mármol, su transparente mampara y la cantidad de mandos que tenía. Parecía un panel de una nave espacial, muy propio de Castle, por supuesto.

Se metió dentro y le sorprendió gratamente el suelo antideslizante, giró sobre si misma lentamente y se dio cuenta de que sólo la ducha ya era casi del tamaño del baño de su apartamento. Se inclinó sobre los botoncitos, ruedecitas y palancas. Tras unos minutos de estudio, giró una rueda, movió un monomando y una fina lluvia de agua templada empezó a caer sobre su piel. La caricia del agua le evocó irremediablemente la forma de tocarle de Castle. El calor de sus grandes manos recorriendo su helado cuerpo, a través de la ropa, la toalla o en contacto con su piel desnuda, había sido muy reconfortante. La delicadeza de sus abrazos, incluso en los momentos de máxima pasión, dejándola respirar, e incluso moverse un poco, había sido todo un descubrimiento.

Apretó el botón del dispensador de jabón y una pequeña bolita cayó en su mano, que frotó entre sus palmas y empezó a enjabonarse los brazos con un suave masaje. No quería cotillear buscando una esponja o toalla, además no había nada como un automasaje nocturno para relajarse. En su recorrido se encontró las nuevas contusiones que su última pelea le había dejado. Estaba tan acostumbrada a tener siempre algún moratón, ya fuese por los entrenamientos o por su trabajo, que no le dio la menor importancia. A su mente vino como una ráfaga lo cerca que había estado de la muerte y le entraron ganas de volver a la habitación, despertar a Castle y obligarle a que la poseyera salvajemente, para espantar los malos recuerdos de su mente. Sonrió ante las ocurrencias de su cerebro. 'Tranquila' se dijo a sí misma, 'no vayas a asustarlo en vuestra primera noche'.

Se agachó para enjabonarse las piernas. Ya no había marcha atrás. Estaba contenta de haber dado el paso, de presentarse en su casa desesperadamente para pedirle perdón y confesarle que su presencia es más importante en su vida que lo que le había dado a entender ella hasta ahora, o mas bien, que lo que ella había querido reconocer hasta ahora. Sí, se había estado engañando durante años mentalizándose que Castle no le convenía, que le partiría el corazón, pero... su corazón sólo latía con fuerza cuando Castle estaba cerca. En realidad su corazón ya le pertenecía, y sabía que en un futuro, se arrepentiría más de no haberlo intentado que de intentarlo y salir mal.

Sintió un ruido a su espalda, amortiguado por el sonido del agua cayendo furiosamente sobre su cuerpo. Era Castle, por supuesto, que se estaba acercando caminando de medio lado y tapándose la cara, trayendo toallas y un albornoz. Ella rió ante la ternura de su recato, después de lo que había pasado entre ellos.

"Te he oído y he pensado que necesitarías algo de esto y bueno... no venía a mirar, no seas malpensada, ya me voy..." Dejó las cosas encima de un estante próximo a la ducha y puso las manos delante de su cara para volver por donde había venido. Ella sorprendida por su reacción caballeresca y... digámoslo también: decepcionada, le llamó antes de que cruzara la puerta.

"Castle" dijo levantando ligeramente la voz. Él se volvió mirándola aún de reojo, ella estaba frente a la transparente mampara, algo empañada por el vapor. "Ven" fue lo que le dijo Kate, sintiendo inmediatamente su sangre fluir hacia su sexo como preparándose para la batalla. Entonces él se giró y se acercó lentamente a ella, mirándola fijamente a los ojos. Ella se frotaba distraídamente un hombro y el vientre mientras lo observaba acercarse serio, dulce y completamente embobado.

Tan concentrados estaban en su sensaciones que cuando Castle se chocó con la mampara ambos se sobresaltaron. Kate soltó una carcajada, mientras que él dio un paso atrás y rodeó el cristal para entrar en la ducha, mirándolo con venganza por haberlo dejado en ridículo. Ella apretó los labios para no seguir riendo, pero no pudo reprimir una amplia sonrisa.


"Eres un caballero" le digo, intentando retomar el romanticismo del momento. "Siempre" me dice él todavía en el borde de la ducha, yo le miro de arriba a abajo. "Aunque un verdadero caballero no hubiese entrado... para traer toallas... completamente desnudo..." le digo mientras sigo enjabonándome lentamente con las manos. "Touché" me dice acercándose. Da dos pasos y se mete debajo de la ducha, el agua repiquetea en su piel salpicándome. Se acerca peligrosamente hacia mí, alarga la mano y... coge jabón del dispensador.

Me hace una señal para que me dé la vuelta, yo obediente le doy la espalda, aunque me quedo mirándole de reojo con el cuello girado. Él entonces posa sus grandes manos en mi cabeza y comienza a masajearme lentamente. "Relájate" me dice "cierra los ojos". Yo, me he quedado sin habla y le obedezco. No me resulta difícil porque Dios sabe porqué, pero es sentirme tocada por él y me transporta a un mundo de sensaciones nuevo para mí. Con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y agarrada a un asa de la ducha, mi cuerpo entero se balancea cada vez que las yemas de sus dedos se deslizan por mi cuero cabelludo. Me presiona ligeramente cuando llega a la nuca y siento una delicia de placer que baja directamente a mi sexo y me siento lubricada al instante. Gimo. Maldito seas Richard Castle. Ningún hombre me había desarmado como tú lo haces. A ninguno lo había deseado tanto como a ti.

Me aclaras la cabeza manejando la ducha con la mano, con una delicadeza de profesional evitas que me llegue el jabón a los ojos. Cuando terminas de aclarar, me coges la melena en una coleta para escurrir parte del agua. Me da rabia que ya hayas acabado. Me giro con timidez, primero con la mirada baja, para observar tu... vaya, me siento decepcionada porque no tienes una erección y yo estoy sintiendo un palpitar inconfundible en mis partes más íntimas. Bueno, paciencia. Sigo mirando tu cuerpo de camino a tus ojos y cuando me encuentro tu tierna mirada me aguanto las ganas de empotrarte contra la pared de la ducha y obligarte a hacerme el amor, con o sin erección.

Para devolverte el favor y esperando despertar en ti la lujuria que me está recomiendo por dentro, yo también cojo jabón del dispensador, me froto las manos y las poso en tus inmensos pectorales. Los acaricio comprobando que esto me hace sentirme más húmeda ahí abajo. Tú sonríes. "Eso me hará tener un pelo fuerte y vigoroso" me dices. No te entiendo. "Es champú" me aclaras. Yo sonrío. "Es difícil distinguirlo con la cantidad de cosas que tiene esta ducha" te digo enfrascada en el frota-frota pectoral. "Oh, tengo una pastilla de jabón de aloe que es una maravilla." dices alargando el brazo y buscando en un estante alto. "Ups" la pastilla de jabón cae al suelo de la ducha y rebota un par de veces.


Bueno, no os enfadéis porque lo corte aquí...