Hala, venga, voy a ser buena, no os hago esperar más...


Doy pasitos torpes hacia la cama mientras siento el calor de tu boca en mi espalda. ¡No me lo puedo creer! Kate Beckett va a hacerme cosas... cosas...¡Diablos!¡No sé que rayos tienes intención de hacerme!¡Pero sea lo que sea aquí me tienes! Me está ardiendo todo el cuerpo sólo de pensarlo.

Me tensas un poco el brazo, me rodeas con un brazo por la cintura y tiras del cinturoncillo del albornoz. Noto el aire fresco aliviando mi entrepierna, que está empezando a sentirse juguetona cuando aún está dolorida por el último asalto. Me sueltas el brazo y tiras del albornoz con rapidez dejándome desnudo, de pie, en frente de la cama.

Ya tengo problemas para respirar, giro la cabeza pero tú me pones la mano el el cuello, me clavas las yemas de tus dedos y siento un ligero dolor que me avisa de que mejor no me mueva. Me acaricias el hombro con la otra mano mientras siento tus besos recorriendo mi columna. El placer que me provocas me hace suspirar y gemir tu nombre "Kate".

Noto cómo te separas de mí un segundo y tu albornoz roza mi trasero mientras te lo quitas, lo oigo caer al suelo. Te vuelves a acercar a mi espalda, abrazándome. El calor de tu vientre en mis posaderas me sorprende. Aplastas tus duros pezones contra mí y yo cierro los ojos y respiro profundamente. Noto tus labios, tu nariz y tu cara recorriendo el trozo de mi espalda que no alcanzo nunca al rascarme. Muevo mis manos hacia atrás para acariciar tus caderas, pero tú entonces subes las tuyas hasta que llegas a mis erectos pezones y, la manera en que me los agarras, como si fueses a abrir un tapón de botella, me hace gemir de placer y gritar de dolor a partes iguales y entonces retrocedo mi movimiento.

- Última oportunidad... - me dices soltándomelos y acariciándolos con suavidad.

Por un momento me has asustado, pero también me has excitado. Respiro agitadamente mientras echo la cabeza ligeramente hacia atrás.

- Soy todo tuyo. - Digo. Y sólo rezo para aguantar tu ritmo una vez más.


De acuerdo, Castle. Te empujo con fuerza y te dejas caer sobre la cama boca abajo. Yo me lanzo detrás tuyo y te agarro de las muñecas para inmovilizarte. Te quejas un poco. Acerco mi cara a tu espalda y te beso el apetecible surco de tu columna. Te hago doblar uno de tus brazos colocándotelo a la espalda, te vuelves a quejar y beso tus músculos, más marcados por la llave que te estoy haciendo. Gritas un poco más fuerte cuando te muerdo ligeramente. Me tumbo encima tuyo cuan larga soy y te agarro el pelo de la nuca cerrando mi puño y tirando ligeramente. Gimes y tu respiración se agita más. Suelto tu pelo y te beso el cuello por debajo de la nuca.

- ¿He oído... 'manzana'? - te pregunto desafiante mientras recorro con suaves mordiscos tu cuello.

- ¡No!

- ¿Seguro? - digo yo, mientas finjo morderte el hombro.

- Sigue... por favor... - me suplicas mientras intentas clavar una rodilla en el colchón para hacer un poco de hueco. Vaya, eres valiente... y ya te estás poniendo duro. Necesitas espacio ahí abajo. Lo sé.

- Ok. - digo

Agarro una almohada con la mano que tengo libre y te la coloco en la ingle, suspiras aliviado y te relajas. Me coloco justo detrás de ti moldeando mi abdomen a tu impresionante trasero. Es firme, cálido y cómodo. Suspiro entrecortadamente pensando en todas las veces que te he deseado durante estos años. Muevo suavemente mi muslo, para encajarlo justo detrás de tu pierna y empujo con decisión, obligándote a moldearte a mi cuerpo. Se te agita la respiración igual que la mía, estás excitado y quiero pensar que también un poco asustado.

- Castle ... ¿Sabes cuánto he deseado esto? - empujo un poco la cadera contra tu trasero.

Tu no haces otra cosa más que jadear, cada vez mas congestionado. Admiro tu espalda, con rojeces provocadas por mis caricias y mordiscos. Pienso en las palabras que te voy a decir y siento que mi entrepierna se humedece anticipándose a la acción.

- Castle ... Desearía ser un hombre para hacerte mío de esta manera - embisto tus posaderas con mi pelvis y con mi muslo a la vez. Primero gritas sorprendido y luego jadeas lujuriosamente y siento cómo te amoldas a mí, buscando más. Me llena de alegría tu reacción, acabando con cualquier resto de inseguridad.

- Castle ... ¿Te gustaría? ¿Te gustaría que te poseyera? - clavo mi mano en tu glúteo y me restriego contra ti.

- Sssss... ¡Si! - me suplicas entre jadeos.


¿Hablas de poseerme, Kate? ¡Ya me tienes a tu merced! ¡Estoy como un toro! ¡Estaría dispuesto a llevarte a golpe de cadera hasta el séptimo cielo! Pero aquí me tienes, boca abajo, prácticamente inmovilizado, con el muslo apoyado en una almohada para no hacer un agujero al colchón con mi erección y un lado de la cara aplastado contra las sábanas. Estoy ardiendo, estoy sediento. No sólo de agua, sino de tus besos. Es una dulce tortura.

Me sueltas el brazo y noto un movimiento que no identifico hasta que oigo el inconfundible sonido de una bolsita de preservativo siendo rasgada. Te miro con el rabillo del ojo pensando que de tanto desearlo te ha salido y un pene 'espontáneo' y te dispones a usarlo. A estas alturas de la noche, nada me extrañaría y... ¡Qué diablos! ¡Tampoco me importaría! ¡Me vuelves loco! ¡Estoy dispuesto a cualquier cosa, siempre que sea contigo, Kate!

Cuando siento tu caricia cerca de mi ano siento un exótico y nuevo placer que me nubla la mente. Me parece que estoy soñando. No puede ser cierto. ¡Cómo puede ser que existiera semejante placer y yo no lo supiera!. Pienso en tus finas manos con tus largos dedos tocándome y al sentir cómo estás a punto de cruzar mi 'umbral prohibido' grito de placer.

- ¿Manzanas? - preguntas

- ¡Sigue! - te suplico

Colocas estratégicamente la yema de uno de tus dedos - no me preguntes cual- en aquel sitio que nunca ha visto el sol y me presionas ligeramente con un ritmo que acompañas con tus caderas. Y yo no hago otra cosa que gritar sorprendido, maravillado, asombrado y fascinado por este nuevo tipo de placer que me estás regalando.


Te noto tan dispuesto a dejarte llevar por mí fantasía que me siento halagada, siempre he tenido el desenfrenado deseo de hacerte cosas que no he hecho nunca a nadie. ¡Y por fin te las estoy haciendo!

Me deleito moviendo mi cadera como si te estuviera penetrando mientras que con mis dedos índice y corazón, envueltos en un condón, te acaricio el ano al mismo ritmo. Ignoro de dónde saqué esta idea, simplemente un día llegó a mi mente observándote en comisaría, cuando nunca antes había sentido esta necesidad con nadie. Eres tú quien me provoca esta locura y ahora por fin le estoy dando rienda suelta.

Me muevo con suavidad pero decisión. Haciéndote bailar a mi son. Con cada vaivén te noto más relajado, más juguetón, más excitado... Lo estoy consiguiendo, te estoy llevando a mi terreno, y me gusta que dejes llevar. Me siento poderosa. Me siento lujuriosa. Me siento muy sexy. Y aunque parezca increíble me siento muy femenina. Creo que podría llegar al orgasmo sin que me tocaras, simplemente viéndote a ti alcanzarlo de este modo.

Observo tu cuerpo acompañándome en mis movimientos y noto como mi clítoris se hincha buscando participación. Yo lo ignoro y sigo mi juego, intensificando mis movimientos, sintiendo como todo mi cuerpo arde por el esfuerzo, mis rodillas clavadas en el colchón empiezan a dolerme, pero no quiero parar, me tiemblan las piernas, pero yo quiero seguir. Entonces pienso... ¿Es así como se siente un hombre durante el coito? ¿Este sufrir por querer satisfacer a su amante mientras siente que va a desfallecer agotado? ¿Es así como te sientes tú, Castle?

Podría seguir pero...


Estoy a punto.

Hundo la cara en el colchón impotente. El calor de nuestros cuerpos invade la habitación. No me puedo mover y me está volviendo loco. Sólo dependo de lo que tú me estás haciendo, todo mi placer se concentra en un sólo punto.

Estoy a punto.

Bendito sea el momento en el que por tu cabecita pasó esta idea. No puedo verte y es lo más erótico que me ha sucedido nunca. Sólo puedo satisfacer mis ansias con tus movimientos, tus caricias, sólo con lo que tú me quieras dar. ¿Es así cuando una mujer permite que su amante la penetre? ¿Sientes tú esta dulce tortura conmigo, Kate?

Estoy a punto... Y paras.

¿Qué pasa Kate? ¿Qué pasa? ¿Me he reído? ¿Que pasa?

Giro un poco el cuello jadeando como un poseso. Te inclinas sobre mi espalda, y con la mano libre me recorres el muslo haciendo presión con las yemas de los dedos, haciendo unos surcos que me hacen gruñir de placer, desesperado por culminar mi tensión... flexionas los dedos, me clavas las uñas y yo grito -sorprendido y maravillado- mientras mis caderas se mueven instintivamente y embisto la almohada que me habías colocado en la ingle.

Tu gimes lujuriosamente animada por mi reacción, agarras la almohada y la apartas lentamente, yo vuelvo a hincar la rodilla porque estoy tan excitado que me duele. Pero tú, juguetona, acercas tu mano y me la agarras con firmeza. Yo vuelvo a gruñir y hundo la cara en el colchón. Creo que no puedo más. Te oigo emitir una mezcla de jadeo y gemido que no logro distinguir.

"Está... enorme..." dices complacida.

Y rápidamente te incorporas y me haces girarme bocaarriba. Respiro profundamente un par de veces. Yo estoy dolorido, mareado, al borde del orgasmo y creo que si tan solo soplaras sobre mi glande, sería capaz de culminar. Tu opinas otra cosa, te tumbas a mi lado también bocaarriba y estiras un brazo para coger otro preservativo. Me miras. Te miro. El blanco de tu sonrisa y el brillo de tus ojos ilumina la habitación.

Parece que has cambiado el plan a algo más convencional, Kate. Me coges del hombro y me giras para colocarme encima de tí. Yo caigo casi como un saco de arena encima tuyo. Oigo una carcajada. Me abrazas con fuerza. Me vuelves loco. Te deseo. Y te voy a enseñar lo bien que se me dan los clásicos.


Después de tanto fantasear mi cuerpo te desea con urgencia, Castle. Me coges el condón que acabo de abrir y te pones de rodillas sobre la cama para colocártelo con rapidez. Noto mi anatomía estremeciéndose ante semejante escena. Creo que si me dejara llevar alcanzaría un orgasmo ahora mismo, sin que me tocaras, pero no quiero, aún no quiero.

Te tumbas delicadamente sobre mí sin dejar de mirarme a los ojos. Estás ardiendo, sudando, te tiembla el labio inferior, como antes en la ducha. Me llena de alegría pensar que soy yo quien te provoca toda la pasión que veo reflejada en tu mirada. Te abrazo fuertemente y repto acomodándome debajo de ti. No puedo aguantar más. Muevo las piernas. Entra Castle, por favor, entra ahora.

Gimes mientras sientes mis caderas buscándote, mueves una mano que siento acariciando mi muslo hasta la ingle y por un momento dejo de sentir, supongo que estás comprobando que el condón está bien. Buen chico. Pero ahora tómame.

Me lees el pensamiento y sin prisa pero con decisión te deslizas profundamente dentro de mí, mientras cierras los ojos y jadeas. Acompaño tu movimiento clavándote los dedos en la espalda y emitiendo un agudo gemido. Te abrazo con tanta fuerza que te ves obligado a clavar los codos en el colchón para no aplastarme. Pero yo quiero que me aplastes, quiero sentir todo tu peso encima de mí. Lo necesito.

Te deslizas lentamente hacia afuera, pero mi instinto me hace abrazarte con una pierna para que no te vayas muy lejos. Mi movimiento hace variar la curvatura de mi interior. Gimes y aguantas las respiración para intentar no terminar ahí mismo. Yo sólo espero con ansia que vuelvas a profundizar y cuando lo haces yo exhalo una bocanada de aire que suena como una carcajada llena de gozo.

Maravillada por las sensaciones sólo son necesarios unos pocos movimientos para volver a sentir mi interior atrapándote con fuerza. Nos movemos al unísono con cada vaivén. Sólo somos capaces de aguantar el ritmo unas pocas veces. Ambos reímos. Estamos agotados.

Pero cuando yo pensaba que se iba a acabar te oigo gemir y resoplar con tu cara hundida en mi cuello. Te separas un poco, me muerdes ligeramente la oreja. Una sensación indescriptible recorre mi cuerpo, mientras me dices con voz ronca "Soy tuyo, Kate... Tuyo".

Y entonces siento que eres tú, Castle. Reconozco tu voz, tu forma de moverte, tu forma de ser, en la manera en la que me estás dando placer, la manera en la que me haces el amor. Como si nos conociéramos de siempre. Entonces empiezo a sentirlo: el calor sube por mi cuerpo, en pocos segundos estoy sudando, ardiendo, tensa, sedienta. Mi cabeza se inclina hacia atrás, con la boca abierta, intentando respirar. Tú pareces haber sacado fuerzas de algún sitio y no dejas de moverte, de movernos, a los dos.

Abro los ojos pero no veo más que el cabecero de tu cama a punto de chocar con mi cabeza. Giro el cuello y hundo la nariz en tu pelo, me agarro con fuerza a tu espalda. Observo tu inmenso cuerpo moviéndose rítmicamente con fuerza, pero también con delicadeza, acompañado por nuestra acelerada respiración. Siento el calor de tu aliento en mi cuello, quemándome la piel. Me quedo hipnotizada por el placer que siento, recorriendo con la mirada tu hombro, tu cuello, tu oreja tu corto cabello empapado, ahora más de sudor que de agua.

Y caigo en la cuenta. Estoy contigo Castle. Por fin estoy contigo. Y es ese pensamiento el que abre un camino nuevo a un tipo de orgasmo que no había sentido en la vida. Una liberación física y mental que se siente después de entregar tu corazón y tu cuerpo a una persona. Mi ser y mi alma gozando como ninguna vez antes en toda mi vida.

Y cuando siento tu último embite yo aún estoy disfrutando de unas bárbaras y espontáneas contracciones que parecen no acabar nunca. Tu también lo sientes, o eso quiero pensar, por tu forma de abrazarme sin dejar un milímetro entre los dos, por tu forma de temblar, por tus palabras ahogadas y entrecortadas "...siempre tuyo... Kate... mi Kate".


¿Me he muerto? Hubiese sido un épico final para un escritor: estirar la pata tras la primera noche con su musa.

El sudor resbalando por mi sensible piel y mis pulmones ardiendo con cada bocanada de aire me dan las señales de que aún sigo en este mundo. Te observo y estás radiante incluso después de nuestra maratoniana noche. Creo que voy a necesitar mucho entrenamiento para complacerte, Kate.

Aflojo mis manos y me cuesta horrores moverme...


Me resisto a que me abandones, pero sales de mí con delicadeza y acabamos los dos boca arriba, exhaustos. Ambos respiramos agitadamente como si hubiésemos terminado una maratón. Alargo mi mano hasta encontrarme con la tuya. Entrelazamos los dedos y no decimos palabra alguna.

En pocos minutos noto que pierdes fuerza y te oigo respirar profundamente. Te has quedado dormido.

Me acurruco a tu lado y subo la colcha lentamente. Físicamente estoy agotada, mis músculos se niegan a responder, me tiemblan los brazos como si fuesen de goma, me pesan las piernas como si fuesen de plomo. El cálido sudor que recorre mi cuerpo se va enfriando mientras oigo la tormenta que a lo lejos aún retumba, pero que ya se aleja. Mi corazón se va calmando poco a poco, mis partes íntimas van recuperándose de la batalla.

Hay una parte de mi cerebro que se resiste a terminar, unas cuantas neuronas que querrían seguir abrazándote y besándote, Castle, un pequeño reducto de mi inconsciente que gritaría a los cuatro vientos que te ama, que no puede vivir sin ti. Esa pequeña zona que siempre ha estado dentro de mí y que esta noche ha invadido todo mi ser y me ha conducido hasta ti, hasta tu amor, hasta tu vida, a partir de ahora 'nuestra' vida.

Lo sé, Castle. Te quiero.

Sonrío.

Cierro los ojos esperando despertar a tu lado y comprobar, igual que tú, que no ha sido un sueño.


Y con esto terminan los tres asaltos, espero que a pesar de el sexo 'poco convencional' que aquí narro, os haya gustado o que al menos haya quedado elegante y dulce.

Mi idea era concluir la historia aquí, pero la semana que viene publicaré un pequeño epílogo.