¡Buenas tardes a todos y todas! Sé que me tardé mucho en subir un nuevo capítulo, pero tuve cierto problema llamado wifi... (Maravilloso Wifi) En fin... Por eso aproveché ahora para subir un nuevo capítulo... aunque más bien es un extra (lo dice el propio título xD).
Cosas a tener en cuenta:
1. Este extra es todo desde la perspectiva de Natsu.
2. Es por eso que el capítulo tendrá muchas partes que os sonarán... Básicamente sería una transcripción de los dos anteriores capítulos, pero adaptados a la visión de Natsu, por así decirlo... Lo que pasa es que al final hay una sorpresilla, metida a calzador, pero una sorpresilla (¡Uuuh! ¿Qué será? xD)
Pues para descubrirlo hay que leer y por eso os dejo ya con el extra en sí, no sin antes recordaros que la letra en negrita y cursiva son los pensamientos de los personajes y agradecer los seguidores y favoritos de la historia ^^
¡Disfrútenlo!
...
EXTRA:La llegada de la ofrenda (Natsu).
Aquella noche que diera la llegada del siete de julio no descansara del todo bien. Quizás porque alguna parte de mi subconsciente sabía perfectamente lo que implicaría ese día de ese año concreto: otra tragedia más. ¿Y todo por qué? Por ese invento de hace cuarenta años, tan conocido como "ritual de las ofrendas", que se celebraba cada lustro.
Francamente, estaba demasiado harto de aquella pantomima. Lo único que buscaba y ansiaba era un poco de paz… Solo quería vivir de una forma tranquila, cosa que, por cierto, no había logrado por el momento. Habían pasado días y con ellos las semanas, los meses, los años… Muchos años en los que no pude obtener la calma que tanto necesitaba. Fuera adonde fuese acababa teniendo problemas, por esa misma razón desistí de buscar nuevos lugares en los que poder vivir… Visto lo visto, el resultado terminaría siendo siempre el mismo: sería la atracción de feria de todos, al igual que también sería el generador de todos sus miedos.
Agotador… Pensar en todo aquello era muy cansado. Lo único que podría hacer en esos instantes era rezar para que este año no hubiese tales ofrendas, que no existiesen más sacrificios o que, en caso de haberlos, esta vez poseyesen la inteligencia y la astucia para poder huir y sobrevivir. Ahora solo me quedaba esperar a que aquellas sinceras plegarias fuesen escuchadas, aunque en el fondo lo dudaba mucho…
Y cada vez más, al percibir ciertos movimientos inusuales procedentes de los bosques. Sí, es cierto: podía sentir la presencia de la gente a una distancia considerable, una habilidad que adquiriera con el paso de los años. Podía escuchar el movimiento de las hojas provocadas, seguramente, por las pisadas de algún individuo… O de varios, como daba a pensar este caso. Si no me equivocaba, aquellos sujetos venían de la aldea de Magnolia, aquella que, desde hace mucho tiempo a causa de un descuido mío, estaba totalmente en ruinas y que ahora era la principal causante de gran parte de mis males.
Maldita sea…
Giré sobre mi cama, quedando de medio lado mirando a la ventana. No pensaba moverme de allí. Esta vez ni me molestaría en salir de mi guarida, no iba a recibir a nadie. Simplemente la dejaría huir desde el primer segundo… Traté de conciliar el sueño nuevamente, cambiando de posición varias veces, pero se veía que Morfeo no estaba dispuesto a acogerme en sus brazos.
Otro más que me rechazaba… De todos modos… ¿Qué era esta maldita inquietud que estaba sintiendo?
Visto que no iba a ser capaz de dormir, decidí dar una vuelta en busca de hierbas medicinales para los poblados más cercanos, como hacía cada mañana. Me preparé con la indumentaria oscura que solía llevar en esa última temporada, la cual estaba hecha de un material especial ignífugo. Cerciorándome de que todo estaba completamente en su sitio y bien colocado, salí de aquella estructura que podría considerarse como mi "hogar". No era exactamente eso, pero era lo más parecido y lo único a lo que podía aspirar en esos momentos…
Cuando pusiera mi pie fuera de la cabaña, me sorprendió ver a una muchacha vestida de blanco y de cabellos rubios, los cuales brillaban intensamente por el baño de luz procedente de los rayos solares, a pesar de estar cubiertos por aquel absurdo velo. Ella giró sobre sí misma al oír el sonido de la puerta y me miró un poco desconcertada.
Aquella chica se veía bastante joven… Tenía unos grandes ojos marrones bastante expresivos y de un tono achocolatado. No me costaba mucho adivinar la clase de pensamientos que estarían rondando por su mente en esos instantes. Probablemente, no esperaba este tipo de "bestia"…
En cuanto a la chica, había una cosa que debía reconocer y es que era sumamente bella: tenía un cuerpo de infarto, bien formado y bien dotado, con sus debidas curvas. Respecto a su rostro y sus rasgos, lo que podía percibir desde esa distancia me aventuraba a pensar que tampoco iban desencaminados de la palabra perfección. Por si eso fuese poco, la joven sumaba más puntos al no haber huido desde un primer momento, lo que tenía mucho mérito.
- ¿Otra más? – murmuré con una voz demasiado ronca para mi gusto. Notaba una ligera molestia en mi garganta – ¿O te has perdido? – la respuesta evidente era que no. Nadie salía con ese tipo de vestimentas para pararse justamente frente a mi cabaña si no se trataba de la propia ofrenda, pero bueno… Nunca se sabe. Algunas personas tenían unos pasatiempos muy peculiares.
Ella se quedó observándome curiosa durante un buen rato antes de contestar nada. No se movió ni un milímetro de su sitio, pero no parecía estar asustada. Primera rareza que había notado. La chica se tomaba su tiempo con aquel examen visual, por lo que una de tres: o era muy fascinante observarme, cosa que francamente dudaba mucho, o bien hacía tiempo, o simplemente era sorda… O muda… O las dos cosas. Vaya, eso aumentaba el número de opciones… Cuando estuve a punto de decirle algo, ella habló.
- No…– su voz sonaba inesperadamente sensual. Esperaba que fuese más del tipo dulce. Me acerqué a ella mirándola extrañado. Lo único que podría explicar el que ella aún siga aquí es que está loca, jamada…
- Sí, ya lo veo… Ese tipo de ropas te delatan– Vamos, ese vestido blanquecino que le llegaba a la altura de las rodillas, el velo que cubría su rostro, las joyas que llevaba puestas y ese ligero toque de maquillaje que resaltaba sus facciones… En fin, cualquiera que estuviese un poco al tanto de la situación sabría lo que era –… ¿Tienes algún problema en el cerebro?– tenía que ser eso, porque otra explicación no hay – ¿O estás esperando a que te coma? – pregunté mostrando una sonrisa ladina, mientras le quitaba aquel molesto velo que solo obstaculizaba la visión de sus encantos.
Ya que al menos una se atrevía a acercarse al "monstruo" debía de aprovechar un poco y darme algún gusto. Si era sincero, realmente no me importaría "comerme" a esta chica… Cuanto más la observaba, más atractiva era para mí.
- ¿Co-comerme?– repitió nerviosa. Al fin comenzaba a actuar de una forma coherente.
- Claro… ¿No eres el sacrificio, perdón, "la ofrenda" de la aldeucha? – pregunté con un deje irónico. Cada vez que mencionaba ese ritual no podía evitar reír. Eran tan absurdo y tan sin sentido…
- ¿Y qué pasa si lo soy?– respondió… ¿a la defensiva?
¿Estaba a la defensiva? Sería una loca, pero tenía agallas… las cosas como son. Definitivamente, aquella mujer distaba mucho de las ofrendas que me presentaran con anterioridad los aldeanos…
- Que cualquiera que estuviese en tu pellejo huiría despavorida…– se le escapó una mueca que solo me dio la razón.
- Bueno, pues yo no huyo… Porque… ¿De qué sirve huir si me vas a atrapar?
La observé con una ceja enarcada… No me esperaba semejante respuesta, como tampoco me esperaba ese sentimiento de inquietud al oírla. ¿Qué pasaba con aquella rubia? No era quién de entenderla. Por un lado, era combativa, pero, por otro… parecía resignarse con aquella situación.
Mujeres, ¿quién las entiende?
- … Eres rara… – me di la vuelta para dirigirme al bosque que conducía a otro poblado distinto del que provenía la rubia – Haz lo que gustes…– Como si me importara lo que te pueda suceder.
Me había ido de mi hogar para pasear por aquella zona verdosa en la búsqueda de plantas con propiedades curativas. Aunque me abstenía de mantener algún tipo de contacto con la gente, debido a ciertas circunstancias personales, ello no significaba que no conociera sus necesidades.
No sé cuando empecé con todo esto, pero de alguna forma me fui convirtiendo en el proveedor de medicinas para los poblados más cercanos. Quizás se debiera a aquello que había sucedido años atrás, cuando viera a un niño desmayado en medio del bosque en las primeras horas de la noche a punto de fallecer… No pude ignorarlo y, sin darme cuenta, comencé a curarlo. Bueno, en realidad solo le hice primeros auxilios e hice una señal para que pudiese ser encontrado. Desde ese día, me dediqué a ayudar a la gente de manera encubierta. No necesitaba agradecimientos de algún tipo, no lo merecía. Aquello solo lo hacía por propio egoísmo para redimirme de mis pecados.
Cuando recolectara las plantas medicinales, las dejé como siempre metidas en distintos saquitos en la frontera que delimitaba el poblado y el bosque. Después, me quedé un rato observando desde lo alto de la copa de un árbol la vida de aquellos individuos. Era a lo único que podía aspirar, ya que yo no podía entablar algún tipo de relación con la gente.
Los envidiaba. Realmente, envidiaba a aquellas personas. No es que gozasen de muchas riquezas, más bien todo lo contrario. Eran tan solo humildes que luchaban por sobrevivir, pero, no obstante, lo que ellos tenían yo… lo añoraba.
Alguien en quien confiar, alguien con quien compartir las alegrías y las penas. Alguien con quien disfrutar de un poco de compañía… Alguien que pudiese aportar aquella calidez que necesitaba el corazón de toda persona… La soledad era algo que ya estaba muy visto para mí, pero… no me quedaba de otra. Yo no era como ellos… ya no. Desde hacía mucho tiempo había perdido todo signo de humanidad.
No me di cuenta, pero, entre una cosa y otra, llegó la noche. Luego de que reflexionara sobre mi "maravillosa" vida, decidí que lo mejor que podía hacer en esos momentos era regresar a mi guarida. No esperaba que se fuese a producir algún tipo de cambio en mi monótona vida hasta que en mi visión se interceptó la imagen de cierta rubia durmiendo apoyada contra una de las paredes laterales de la cabaña. ¿Sería aquello algún tipo de espejismo creado por mi mente ante mis necesidades sociales? Tenía que ser eso, pues no me creía que la rubia aún permaneciese allí. Me acerqué a lo que creía yo una alucinación y, para mayor sorpresa, descubrí que aquello era real.
¿Qué está pasando, qué significa esto?
- ¿Qué haces todavía aquí? ¿En serio estás esperando a que te coma?– pregunté escéptico.
- Si quisieras comerme ya lo habrías hecho… Estoy sola y no tengo escapatoria… – me reí, no lo pude controlar. Aquella chica era interesante y quizás algo inteligente… O no. Según como se mire, claro.
- ¿Y no puedes pensar que a lo mejor no hice ningún movimiento porque quiero jugar con mi presa?
- ¿Y qué sentido tendría hacer eso? – Verdaderamente fascinante.
- Mujer, son cinco años de sequía a la espera de un nuevo juguete, tengo que entretenerme un poco de alguna forma…
- Pues haz lo que gustes, no pienso huir – ¿Valiente o desinteresada? Esa es la cuestión.
- Ya… Apuesto lo que quieras a que huirás en cualquier momento que tengas oportunidad–¡¿Pero qué puñetas estoy diciendo?!
- Si no lo hice en un principio, dudo mucho que lo haga después… – Punto a su favor.
- A veces la espera a que suceda algo de lo que eres consciente puede martirizar mucho más de lo que crees– Como cuando sabes que un ser querido va a desaparecer y estás obligado a observarlo, impotente, además de soportarlo sin poder hacer nada, quedándote solo con tu frustración.Maldita sea…
- ¿Y qué gano si no huyo?
- Más tiempo de vida, por el momento…
- Bueno… No tengo nada que perder… Tampoco podría volver a la aldea…– la miré durante un fragmento de segundo. Sigo pensando que hay algo que no cuadraba con esta chica.
- No tienes interés por tu vida, ¿verdad?– se me escapó en alto sin querer.
- ¿Me estás llamando suicida? – parecía ofendida.
- Si no te gusta, puedes decir que eres temeraria…
- Bonita forma de tapar lo que realmente quieres decir… – reí con cierto sarcasmo ante la respuesta de la rubia. Era tan contradictoria, pero a la vez tan fascinante…
- ¿Cómo te llamas piquito de oro?
- Lucy – Mmm… el nombre le queda.
- Muy bien Lucy, ¿iniciamos la apuesta?– dije ofreciéndole la mano.
- ¿Cuánto tiempo me regalas?– La joven estaba bien atenta.
- Eso depende de ti… En función de cuanto me entretengas y también en función de si escapas o no…
- Te dije que no iba a huir – Me encantaría creerte hermosura, no sabes cuánto…
- Ya veremos… Entonces qué… ¿Aceptas la oferta?– ella miró pensativa mi mano cubierta por el guante de cuero negro y después acercó la suya para darme un apretón de manos.
Me deshice de su mano rápidamente, no estaba acostumbrado al contacto físico o lo que fuese aquello desde hace años. Sin esperar mucho más, desaparecí de su vista mientras que ella permanecía con una mirada ausente, quizás, asimilando lo que acabara de hacer.
Francamente, por muchas agallas que tuviese la muchacha, nadie me aseguraba el que no se largara esa misma noche… Y no sé por qué me entristecía tanto ese pensamiento. En realidad, eso sería lo mejor para ella: que se fuese y se salvase. Tenía muchas más luces que las anteriores ofrendas, eso no lo dudaba. Se las podría apañar bien y sobrevivir, pero… había algo en mi interior que pedía a gritos que no se fuera de mi lado…
No seas tonto, Natsu.
Fui a hacerme la cena rápidamente, preparando un caldo con los ingredientes que contaba. Dudé de si hacer de más pues, quién sabe, a lo mejor mi "invitada" se dignaba a quedarse a dormir la primera noche. Al final, acabé haciendo de más, si luego sobraba ya vería la forma de dárselo a alguien…
Como me encontraba demasiado cansado, me fui directo a la cama para ver si así podía descansar de este día tan largo. En cierto momento de la noche, sentí a alguien entrar. Probablemente se trate de mi encantadora cautiva… Intentaba ser prudente pero, por muy sigilosa que fuese, mis sentidos eran muy sensibles al más mínimo movimiento y ruido. Y tampoco servía mucho el ser silenciosa si se tenía un organismo tan escandaloso como el que ella poseía. Se me escapó una risita al oír el gimoteo de sus tripas. Eso sí que era una bestia: los rugidos procedentes de su vientre eran propios de un dragón. Me tuve que contener las ganas de salir de mi cuarto para soltar algún comentario al respecto, no quería delatarla…
Cuando dejé de oír ruidos, salí con cuidado de mi cuarto y ahí estaba la rubia: durmiendo en una silla del comedor. La luz de la luna caía directamente sobre su rostro, dándole un aura misteriosa, además de hacerle ver mucho más hermosa de lo que ya era. La miré durante unos cuantos minutos, pensativo.
Ella dormía plácidamente, sin algún tipo de preocupación. Su pecho subía y bajaba lentamente acorde a su lenta respiración y de vez en cuando sus labios emitían un pequeño suspiro. ¿Cómo podía estar durmiendo tan tranquila en la casa de un monstruo? Me resultaba tan novedoso a la vez que desconcertante todo eso que estaba viviendo con ella en menos de un día…
No sé en qué momento había cogido entre mis brazos a la rubia, pero el hecho era que de forma automática la cambié de sitio. Ver que mi cuerpo actuara por sí solo de aquella forma me alarmó, pero me tranquilicé al instante. No debería de haber ningún problema, mi cuerpo estaba cubierto, aislado de cualquier contacto… No iba a pasar nada…
Alejé a Lucy de aquella silla incómoda para dejarla descansar sobre el único sillón que allí había. Era lo más cómodo de lo que disponía… Acto seguido, cogí la colcha blanca que descansaba sobre uno de los reposabrazos del sillón y rodeé con ella su cuerpo. Ella se movió un poco, acurrucándose contra la colcha en un gesto sumamente tierno.
La seguí contemplando un poco más y finalmente regresé a mi habitación, cerrándola con llave. Me desperté en la madrugada y por suerte Lucy no se había levantado aún. Tenía que hacer algo con ella. Visto lo que me provocaba aquella mujer, lo mejor sería apartarme de ella. Tenía que alejarme, evitarla… cualquier cosa era válida. Cuanto menos la viese, mejor… No quería ilusionarme con su compañía, pues ella no iba a permanecer a mi lado y de eso era totalmente consciente. Prefería no encariñarme mucho con Lucy, porque luego la pérdida podría ser mucho más dolorosa y devastadora y yo… no iba aguantar otra más.
Salí de la cabaña en silencio, dejando a la rubia descansar en el sillón y me dirigí al bosque de siempre. Por el camino observé las tumbas que se hallaban desperdigadas en la extensión de aquella zona frondosa. Allí descansaban los cuerpos, o lo que quedara de ellos, de las antiguas ofrendas. Yo mismo me había encargado de hacer esas tumbas con mis propias manos. Estaban un poco descuidadas, algunas más que otras, por lo que decidí limpiarlas. Me deshice de la suciedad de las losas y, acto seguido, corté unas flores silvestres para dejarlas al lado de cada tumba, tratando de honrar la memoria de aquellas mujeres a las que apenas conocía, pero que fallecieran a mi causa… Encendí un poco de incienso, que llevara de casualidad para dejarlo en Fairy Tail. Así se llamaba el poblado que solía visitar a diario. Me quedé unos minutos en silencio, velando por aquellas almas que tuvieron la mala suerte de toparse conmigo, para luego proseguir con mi camino y con mi día a día.
Los días pasaron, completando las semanas y en todo ese tiempo logré lo que buscaba: evitar a Lucy, aquella rubia perseverante que aún no había abandonado mi cabaña. Esa mujer estaba definitivamente loca… ¿Qué la ataba aquí? ¿Por qué no se iba? ¿Qué tenía que hacer para que se alejara de mí y de cualquier tipo de peligro?
Durante esos días, me iba muy temprano en la mañana y volvía muy tarde en la noche y yo seguía viéndola allí, durmiendo en el exterior. Últimamente, en lo alto de la copa de un árbol, lo que me hizo gracia, porque ella ya durmiera dentro de la cabaña… Y yo, cada noche, cogía la colcha blanca para arroparla con ella, para que no se resfriara ya que las noches podían llegar a ser muy frías en el bosque. Después, involuntariamente, me quedaba contemplándola como un completo bobo y, cuando me daba cuenta, volvía de inmediato a mi guarida.
Eso formaba parte de mi nueva rutina, como el preparar comida en grandes cantidades para que a ella no le faltase de nada. Sabía perfectamente que Lucy entraba en la cabaña cuando no estaba en casa, no solo para comer, si no para hacer otras cosas que no me gustaban tanto, como examinar mis pertenencias. Entendía el porqué lo hacía y a la vez no, es decir… ella me estaba investigando, examinando, como si tratase de juzgar algo, pero… ¿Por qué perdía el tiempo haciendo eso en vez de estar huyendo como debería? No sabía lo que estaba pasando por su mente…
Pero eso no era todo. De pronto, ella comenzó a seguirme. Ella, seguirme. Lo más gracioso de todo es que la rubia creyó que no me diera cuenta. Era bastante inocente en ese aspecto… Sin embargo, yo logré despistarla en el último segundo y desaparecí de su vista. Ese era mi secreto. Ella no tenía que saber nada, no tenía que acercarse a mí… no debía darse cuenta de la realidad porque luego pasaría una desgracia.
Esa misma noche, en medio del bosque, encontré un gatito grisáceo con ciertos reflejos azulados maltratado y lleno de heridas. Me dio tanta lástima aquel pobre animalito que sin darme cuenta lo llevé en brazos a mi hogar con el fin de curarlo. Ni podía ignorar a una persona malherida, y por lo que se ve, tampoco podía ignorar a un animal en las mismas condiciones. Cuando llegara a la cabaña, entré al baño a por un botiquín para tratar las heridas del minino. Me senté en el sillón de la sala y dejé al gato entre mis piernas, mientras comenzaba a limpiar la sangre. El gato me miraba de reojo con una expresión adolorida, pero no se movía ni un poco, dejando que hiciese mi labor.
- Lo siento pequeño, pero tienes que aguantar – le dije en un murmullo, mientras realizaba las curas. Este meneó su cabeza contra mi pierna, como si aceptara lo que decía.
Aquel gato era sumamente manso y cariñoso, no pude evitar dejarme llevar por el cariño que mostraba aquel felino y le sonreí abiertamente. El minino me miraba con absoluta devoción lo que me sorprendió. Me hizo sentir bien… Incluso llegó a aliviar una parte de mi solitario corazón. Sentía una tremenda complicidad con aquel gato… Algo extraño, ¿no?
- Ya estás – él maulló y me daba con su patita, como pudo, en mi rodilla. Volví a reír y acaricié su cuello, sin deshacerme de los guantes que cubrían mi mano – Bueno pequeño, yo me tengo que ir a dormir, tú siéntete libre de hacer lo que quieras – dicho eso, dejé al gato sobre el sillón y me fui a mi habitación con el propósito de dormir, no sin antes cubrir a la rubia con la colcha blanca.
Al día siguiente, me desperté en la madrugada y conmigo Lucy, la cual se dispuso a seguirme nuevamente. Qué insistente… La verdad es que desistí casi inmediatamente de hacer cualquier tipo de truco para despistarla. Si no era hoy, sería mañana... A esas alturas, me parecía a mí que esa mujer no se iba a ir nunca, lo que me hizo sentir algo muy contradictorio que iba desde la felicidad más profunda hasta la ansiedad.
Actúe como lo hacía normalmente cada mañana y guié la rubia hasta Fairy Tail, mostrándole un nuevo lugar donde podría vivir su vida lejos de mí. Yo seguía haciendo mi labor de recoger plantas medicinales sin atender a nada más, mientras que la rubia dejó de seguirme desde que la dejara en la frontera de Fairy Tail. Por mi parte, continué con mis visitas a los distintos poblados cercanos, al igual que me dediqué a recoger ciertos víveres para mi hogar.
Como siempre, regresé en la noche y, nada más llegar a mi guarida, mi corazón se sobrecogió al ver a aquella mujer de cabellos rubios durmiendo contra la pared de la cabaña, como la primera noche… ¿Por qué seguía a mi lado? No lo entendía, no comprendía nada… Entré un momento en la casa donde estaba también el gatito que acogiera la noche anterior y fui a por la colcha. Rodeé su cuerpo como muchas otras noches y la vi fijamente.
¿Qué estás haciendo conmigo Lucy? Me estás dando esperanzas…
- Eres persistente, a pesar de que te he dado muchas oportunidades para escapar… Hasta te mostré un poblado donde podrías sobrevivir. Entonces, ¿por qué…? – suspiré… Si esto seguía así, no iba a acabar bien. Era demasiado bonito para ser verdad.
Regresé a la cabaña, preparé la cena y comí algo. Antes de irme a dormir, hice las curas del pequeño minino y este entró a mi habitación para dormir en una esquina de mi cama, hecho bolita. Me desperté temprano, como todas la mañanas, y me dispuse a desayunar. El gato sin nombre paseaba entre el escaso mobiliario del recinto para después pasearse entre mis piernas, jugando con ellas con sus patas. Yo me reí y me levanté para fregar lo sucio, mientras trataba de marear al gato, de vez en cuando, con el dedo. Cuando iba a salir, me vi sorprendido por la puerta, ya que se abriera por sí sola, para después encontrarme con la causante de tal acto: Lucy. De milagro no chocamos…
- Anda, sigues aquí– me hice el tonto.
- Sabes perfectamente que sí– me cortó ella, enfrentándome por primera vez después de todo ese tiempo.
- Sinceramente, no sabía nada.
- Eres un penoso mentiroso – decía ella mirándome de una forma que no supe descifrar.
- ¿Tú crees?– expresé con cierta burla. Necesitaba alejarla.
- ¿Qué escondes? – preguntó de pronto, pillándome desprevenido.
- ¿A qué te refieres? – murmuré confuso.
- A mí no me engañas… – ¿Qué diablos…?– Te he estado observando. Tú no eres ningún monstruo, no comes a nadie… De hecho… Eres amable. Solo que lo muestras con torpeza.
- ¿Qué? – cada vez estaba más desconcertado.
- El gato…
- ¿El gato?– ¿Qué tiene que ver el pequeño felino?
- Lo acogiste cuando estaba herido. Reconozco que en un primer momento pensé que te lo ibas a comer… – rió sin ganas – Mi error.
- ¿Qué yo qué?– estuve a punto de soltar una carcajada por aquella idea disparatada de la rubia, mientras que ella solo pudo desviar la mirada avergonzada.
- Y luego están los niños de ese poblado… – prosiguió – Les diste la medicina que necesitaban y a mí… Me cuidaste. Solo que no fui capaz de darme cuenta desde un principio, porque fui necia y una prejuiciosa – decía mostrando desprecio a sí misma.
- Lucy…
- Desde el primer momento que te vi – me cortó ella – sentí que algo no encajaba en toda la historia. Y, finalmente, lo pude probar… ¿Quién eres? ¿Por qué surgió el ritual?
- … Vaya, has estado estudiándome a fondo… ¿Acaso te intereso? – decía tratando de evadir el tema en cuestión.
- ¿Estás huyendo de mí?– parecía decepcionada.
- … Realmente eres tenaz…
- ¿Quién eres Salamander? – ella pedía sinceridad con su mirada.
- Para empezar no me llamo Salamander, me llamo Natsu.
- Eres humano, ¿verdad?
- Eso creo… – murmuré apartando la vista.
- ¿Crees? Esa mirada… – ¿Por qué se veía tan dolida?
- ¿Qué pasa con mi mirada?– pregunté a duras penas.
- Siempre te ves tan solitario… No entiendo como alguien tan amable ha acabado así… – ella acercó su delicada mano, temerosa, a mi cara… ¿Estaba a punto de hacer lo que yo creía que iba a hacer? Me quedé en shock durante un segundo, pero reaccioné a tiempo apartándome casi al instante, impidiendo tal contacto. ¿Pero en qué estaba pensando esa chica?– Ya veo… – su rostro se contrajo, como si estuviese a punto de llorar y yo entendía cada vez menos lo que estaba pasando. Sin embargo, cuando vi su intento de huir de la cabaña, la detuve con mi mano sin pensarlo.
- No es lo que piensas…
- ¿Entonces qué es? – solté su brazo cabizbajo… Tenía que contarle la verdad.
- … Te voy a explicar mi historia… Y su relación con el ritual de tu pueblo. Todo comenzó hace 150 años… – me miró escéptica. Se me escapó una risotada amarga al verla así – Sí, no me equivoqué. 150. Te explicaré todo, pero a cambio te pido que no me interrumpas…– me miró fijamente, mientras que yo proseguía con la historia – Provenía de una familia humilde y me había enamorado de una chica noble. Su hermana, una hechicera inmersa en las artes oscuras, estaba encaprichada de mí y no pudo aceptar ese hecho. Nos dio un ultimátum y como no respondimos como quería me maldijo.
- … ¿Te maldijo? – repitió confusa. No me creía… ¿Y qué esperabas?
- Son 150 años Lucy… Congeló mi tiempo. Me hizo un ser inmortal… Yo no moriría, pero ello no implicaba que no sintiera dolor. Sufriría cualquier tipo de tormento, pero yo no moriría por nada… Había detenido mi tiempo y me atrapó en este cuerpo joven que ahora no me correspondería.
- Eso es…
- ¿Una locura?– completé lo que seguramente pasó por su mente – No te lo niego, vivir más de 150 años te puede llevar a la locura. Sobre todo cuando caminas hacia delante sin avanzar. Pero ahí no se quedó én maldijo mi cuerpo de otro modo... – ella me miraba como si se estuviese produciendo un debate interno en su mente.
- ¿En qué sentido? – Un momento… ¿Creía lo que le decía?
Miré un momento al pequeño arbusto que había al lado de la cabaña. Me quité el guante que siempre ocultaba mi mano y cogí una hoja rápidamente. Esta comenzó a arder en llamas a causa de mi segunda maldición. A Lucy se le escapó un grito ahogado al ver tal fenómeno.
- Todo lo que toco se quema, se seca, se destruye bajo mis llamas. Traté de controlarlo, pero me resultó imposible. Solo lo puedo mantener aislado con esta indumentaria específica. Este "poder" me llevó al camino de la soledad… Estuve vagando mucho tiempo viendo cosas que no quería ver, observando las distintas perspectivas y viendo cómo iba siendo abandonado por todos aquellos por los que llegué a sentir algún tipo de afecto llegado el momento final. Hace cuarenta años llegué a este lugar… Me pareció el más adecuado para mí. Vivir como un ermitaño en una aldea olvidada… Sin embargo, me descuidé y sin querer incendié la aldea. La destruí y ya viste cual fue el resultado… Por eso evito el contacto. No quiero hacer daño… – rectifiqué – no quiero hacerte daño.
Quería acabar con todo ese dolor que llevaba cargando todos esos años. Quería acabar con todo aquel daño que había provocado durante demasiado tiempo. Solo quería paz, nada más… Ya no pedía absolutamente nada más.
- Y fue por eso que nació el ritual…– reflexionó la rubia en alto.
- …El Jefe de tu pueblo inició esa pantomima de las ofrendas. Yo no quería nada de eso… Lo que sucedió fue un descuido que no tiene perdón, pero no lo hice con un propósito. No buscaba atemorizar al poblado. Después del incendio empezaron con las ofrendas – solté haciendo una mueca – Ofrecieron a una chica joven y como vieron que no sucedía nada malo, creyendo que era por esa causa, comenzaron con ese absurdo ritual cada lustro…
- ¿Y qué fueron de ellas?– tragué duro.
- La primera se suicidó en el momento que llegó. Estaba aterrada… Aún recuerdo el temor que revelaba su rostro y su angustia– acordarme de aquella mujer de cabellos castaños siempre me ponía los nervios de punta. Como se hirió a sí misma hasta tal punto de matarse para evitar estar cerca de mí – La gente teme lo desconocido… – reflexioné –Las siguientes se movieron entre el suicidio y la muerte accidental.
- ¿Muerte accidental?
- Escaparon el primer día, pero no sabían desarrollarse bien en los bosques. Se perdían y acababan siendo el alimento de los animales salvajes… Lobos, para que me entiendas. Por eso, algunos llegaron a ver sus restos y pensaron que había sido yo… – restos que estaban en pésimas condiciones. Aquello parecía un matadero, con todos sus cuerpos descuartizados…
Mis recuerdos se vieron interrumpidos por las lágrimas que comenzaron a brotar de los ojos de aquella rubia al escuchar mi historia completa. Probablemente sea por miedo y por pena hacia esas mujeres… ¿Por qué más podría ser?
- No es justo… – murmuró de pronto entre sollozos.
- ¿Lucy? – la llamé preocupado.
- No es justo todo el dolor que has tenido que cargar –¿Cómo?– No es justo que te hayan obligado a seguir tal vida… Si solo… si solo se diesen cuenta de la verdad… Si solo hubiese llegado antes… –¿Estaba oyendo bien? ¿Se estaba lamentando por mí?Era increíble, esa mujer era demasiado buena conmigo. Una bondad que no merecía tener…
- Eres tan extraña – solté con tanto cariño que me sorprendió, pero era lógico. ¿Cómo no iba a sentir afecto por esa rubia siendo como era?–pero es lo que me gusta de ti. No huiste de mí cuando esperaba que lo hicieras. Y no solo no huyes, sino que lloras por mí… Realmente eres una persona muy en un principio te traté mal, me diste una oportunidad y eso no lo voy a olvidar. Gracias, Lucy… Pero siempre me he preguntado, ¿por qué no huiste? ¿Por qué permaneciste a mi lado?
- Yo tampoco lo sé… Supongo porque quería conocer un poco más el origen de todo esto y lo que escondía tu soledad…
- ¿Acaso nunca sentiste miedo?– esta mujer cada vez me sorprendía más.
- Nunca, es más… De hecho…– decía en un susurro mientras se acercaba lentamente a mí.
- ¿Qué?– murmuré confuso, observando sus pasos.
- Te quiero – Mentira. No es posible… No es verdad.
- … ¿Estás loca?– me puse nervioso. ¿Cómo iba a ser eso cierto?
- Lo sé, estoy tan sorprendida como tú, pero me enamoré de ti– insistía.
- ¿Pero no me has escuchado? – Por Dios, Lucy… ¿Qué estás diciendo?
- Te he oído y más me he enamorado… Lo que le pasó a la aldea no fue tu culpa… Fue un accidente y ya has pagado tu condena hace mucho tiempo Natsu…
No podía más… Lucy había derribado mis defensas. Sus sentimientos me habían alcanzado. Mi mano, por primera vez desnuda después de cuarenta años, se iba acercando temerosa al rostro de Lucy, mientras que yo no podía parar de contemplar su rostro. Sin embargo, en un momento frené el avance, justo cuando mi cerebro me advirtiera del peligro que podría correr Lucy si mi mano llegaba a tocar su rostro. Aparté mi mano en el último segundo, no iba a hacerle daño. Ella me miró decepcionada y yo solo pude cerrar los ojos.
- Realmente ahora mismo me encantaría abrazarte, Lucy.
- Entonces hazlo–lo dijo casi a modo de súplica.
- No quiero hacerte daño.
- No me harás daño– murmuró con tal certeza que me aturdió.
- Eso nadie lo puede asegurar.
- Te lo aseguro yo, no me vas a hacer daño, lo sé – dudé. Pero la duda se disipó en el momento en que ella tomó la iniciativa con el abrazo. Me sorprendió, pero lo acepté de inmediato, aunque evitaba tocarla con mi mano descubierta. Pude percibir como las lágrimas caían de mis ojos. Me abrumaban las acciones de aquella chica. Me abrumaban todavía más sus sentimientos y los míos. Ella se había acercado a mí voluntariamente y me había dado lo que tanto necesitaba: amor, calor humano, afecto... Ella acercó sus manos a mi rostro sin ningún temor e hizo un gesto sumamente tierno limpiando mis lágrimas. Por mi parte, reuniendo todo el valor que me quedaba, acerqué mi mano temblorosa a su rostro – No tengas miedo Natsu – me dijo la rubia con tal tranquilidad que borró el rastro de miedo que pudiese tener.
Pasé mi mano por su rostro en una rápida, pero tierna, caricia para después acercar mis labios a los suyos, depositando un pequeño beso sobre estos. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que había hecho tal gesto? ¿Cuánto había pasado desde la última vez que había querido a una mujer como quería yo a Lucy? Aquel ligero contacto me resultó tremendamente agradable, e incluso me dejé llevar… Pero en cierto momento deshice aquella unión… No había sucedido nada. No pasara nada, no la había quemado, nada… ¿Entonces…? Me separé repentinamente de ella, dirigiéndome al arbusto.
- ¿Qué pasa?– preguntó ella perdida con mis acciones.
Cogí una de las hojas del arbusto, mientras ella se quedaba viendo lo que hacía. Los dos miramos sorprendidos a la hoja. No había sucedido nada. No se había quemado, estaba intacta. No me lo podía creer… Comencé a reírme embriagado por una felicidad que jamás creí volver a tener. Había dejado de ser un monstruo… había recuperado mi humanidad, al menos en ese aspecto. Lucy se acercó a mí y me volvió a abrazar con todas sus fuerzas, compartiendo mi alegría, llorando de felicidad. Yo rodeé la espalda de la chica fuertemente, sintiendo la calidez humana que tanto había añorado tiempo atrás. Era libre… Podría vivir como una persona normal. Esta vez sí… Así lo sentía y todo gracias a la persona que tenía frente a mí. Todo fue gracias a ella.
- Gracias Lucy, gracias… – dije contra su oído profundamente agradecido, manteniendo aquel abrazo.
- Natsu… – la besé en los labios con absoluta devoción. Ella se aferraba a mi cuello, profundizando el beso.
Nuestras lenguas se entrelazaban, reconociéndose, explorándose la una a la otra en un baile lento, pausado y lleno de calidez. Una de mis manos fue a parar a su cuello, acariciándolo suavemente, mientras apartaba uno de sus mechones rubios. Ella suspiraba contra mis labios mientras seguíamos con aquel beso y se aferraba cada vez más a mi cuello, en un abrazo anhelante. La conduje al interior de la cabaña y la guié hasta mi cuarto, el cual dejara abierto. Cerré la puerta como pude, sin todavía abandonar el beso, y recosté a la rubia en mi cama, comenzando a desnudarnos.
Lucy me quitaba la camiseta de manga larga oscura que cubría me cuerpo, aprovechando tal acto para explorar tímidamente cada músculo de mi torso. Por mi parte, yo acariciaba sus largas piernas sin despojarla de su vestido, dejando que ella hiciese lo que más deseara. Cuando ella se deshiciera de mi camiseta, yo me deshice torpemente de su vestido dejando a la vista sus generosos atributos. Me separé de sus labios para depositar pequeños besos en la curvatura de su cuello, llegando hasta su clavícula y descendiendo a la zona de sus pechos, intercambiando caricias a lo largo de todo su cuerpo.
Ella examinaba e investigaba mi cuerpo con sus brazos, recorriendo mi pecho y cada músculo de mi espalda con tiernas caricias, mientras que yo me dispuse a atacar uno de sus pechos con mi lengua. Ella arqueó su espalda al notar el contacto de mi lengua sobre su montículo, la cual lo acariciaba trazando pequeños círculos, mientras que mi otra mano masajeaba con delicadeza el otro desatendido. Realicé los mismos movimientos alternado un pecho y otro y atrapaba con mis dientes la parte más sensible de aquella zona, lo que provocó un pequeño grito de la rubia que trató de ocultar con su mano.
Dirigí una de mis manos a su intimidad para lubricarla con el movimiento de mis dedos y ella solo jadeaba con timidez ante mis caricias en su parte más íntima. Aparté la mano blanquecina de la rubia de su boca para poder oír sus gemidos. Quería oírla, necesitaba escucharla… Cuando viera que estaba lo suficientemente húmeda, me deshice de la última prenda que la cubría parcialmente, al igual que me quitara los pantalones y junto a ellos, la ropa interior, dejando a la vista mi virilidad ya erecta.
Introduje mi miembro en su sexo, tratando de ser lo más suave posible, y ella, en ese mismo instante, enredó sus piernas en mi cintura. Para mi sorpresa, aquella persona que parecía tan inocente, no era virgen y, cuando ella se percatara de mi rostro, apartó la vista hacia otro lado para no verme a los ojos. Volteé su cara y la besé en los labios con ternura, mientras iniciaba el vaivén de mis caderas a un ritmo lento pero profundo, totalmente placentero.
- ¿No te importa?– susurró ella de pronto. Realmente aquella chica llegaba a ser muy tierna cuando se lo proponía.
- No me preocupa Luce, ahora el tiempo es nuestro – ella me agarró el rostro y me besó.
Seguía metiéndome más en ella, incrementando el ritmo de las embestidas de una forma gradual hasta que llegó un momento en el que dejé de pensar y de ser tan cuidadoso, siendo algo más brusco con las estocadas. Ella como respuesta arañaba mi espalda, jadeando contra mis labios. Aprensé sus labios en un beso mucho más salvaje que los que nos lleváramos dando y contrasté aquella agresividad con el agarre suave de su mano, entrelazando mis dedos junto con los de ella en el momento en que llegamos al culmen de nuestro placer, invocando cada uno el nombre del otro.
- Te quiero – dijo Luce con los ojos todavía entrecerrados, con su cuerpo sufriendo pequeños temblores ante el orgasmo que acabara de tener. Yo me quedé un rato en la misma posición todavía dentro de ella. Besé las distintas facciones de aquel hermoso rostro y me acerqué a su oído.
- Te amo Lucy… Me has dado todo lo que deseaba y añoraba. Me has devuelto la esperanza y la felicidad que jamás creí recuperar… Me has devuelto la vida.
- Y tú le has dado sentido a la mía.
Sonreímos y finalmente los dos caímos a ambos lados de la cama. Ella se acurrucó contra mí, apoyando su cabeza en mi pecho, quedándonos así dormidos. Por primera vez, en mucho tiempo, descansé tranquilo, sin algún tipo de preocupación ni inquietud. Definitivamente, Lucy era la clave. Ella era la portadora de un futuro distinto. Ella era la llave que me llevaría al fin a la felicidad.
Me ha quedado tan ñoño la última parte, lo sé, lo reconozco... ¡Pero es que tenía el día cupcake en el momento en que lo escribí! jajajaja
Por cierto, la sorpresita era ese lemon, que en su momento no tenía previsto meter ahí, pero como dije en un principio fue algo que se introdujo un poco a calzador jajaja
No obstante, en el siguiente y último extra se volverá a meter lemon (ya advierto) y además os diré que se mostrará un poco el futuro de estos dos tortolitos.
Espero que os haya gustado y como siempre digo: los comentarios son siempre bienvenidos ^^
Os mando un beso, un fuerte abrazo y no sé... suerte, ¿por qué no? Es una gran aliada xD
En fin... ¡Nos veremos en el último capítulo de este fic si así lo queréis! ;D
