- Supongo que puedes abrir tu mismo, ¿no? - dije entre abriendo la puerta para que entrase. Tras él entraron los dos hombres que nos habían guiado hasta el hotel la noche anterior. Me di la vuelta sin mirarlos. - Tu gente nos ha tenido aquí encerrados como si fuésemos ratas.
- Vaya, espero que me disculpéis por sus modales tan poco... refinados. - dijo el Gobernador entrando en la habitación.
- Queremos irnos. - dijo Daryl con tono amenazante. - Es más, VAMOS a irnos.
- Por supuesto, pero antes uno de los dos tendrá que hablar conmigo en privado. Ya sabéis, si sois peligrosos no puedo dejar a dos posibles amenazas para la comunidad libres. - nos explicó él mirandonos a ambos. Después fijó su mirada en mi, y añadió. - Tu pareces la más sensata de los dos. Dejaré que te duches, con agua caliente, por cierto. Y después vendrás a verme.
- No irá a verte sola. - dijo Daryl dando dos pasos hacia el Gobernador.
Lo que sucedió a continuación pasó en una fracción de segundo. Uno de los hombres cogió a Daryl por los brazos, exponiéndolo a las patadas y puñetazos del otro. Uno de ellos le dio en el estómago, lo que le quedó tendido en el suelo, jadeando.
- ¡Ya basta! - grité con lágrimas en los ojos. Aparté a Daryl de aquellos hombres, metiendole un empujón a uno de ellos.
- Ya os dije que mis amigos tenían modales muy rudos. - contestó el Gobernador con simpleza. Miró a ambos hombres. - Esperadme fuera.
- Iré, ¿está bien? - le susurré a Daryl acariciándole el brazo. - Estaré bien.
- Claro que no. - contestó el jadeante. A penas podía hablar debido al esfuerzo.
- Iré. Solo dame 20 minutos para poder ducharme y arreglar las cosas aquí. - esta vez me dirigía al Gobernador. Él asintió y salió despacio por la puerta, quedándola cerrada de nuevo.
- No irás. - me dijo Daryl. Le había ayudado a tumbarse en la cama. Ya estaba recuperado.
- Ya te he dicho que sí. - sentencié, nerviosa. - No necesito una niñera, Dixon. Se arreglármelas sola.
Daryl se quedó unos segundos mirándome en silencio.
- ¿También llamas Dixon a mi hermano cuando te enfadas? - preguntó. Bufé y le di la espalda.
Cuando decidí salir, pese a las protestas de Daryl, los dos hombres de antes me guiaron a través de un largo pasillo hasta llegar a una habitación mucho más grande que las demás. Con un gesto de la cabeza me indicaron que entrase. Abrí despacio la puerta y allí me esperaba el Gobernador. Me señaló con la mano una de las sillas que había detrás del escritorio donde se sentaba él, y me senté. Eché un rápido vistazo a la sala, y me fijé que había un mueble justo detrás del Gobernador. Allí descansaban mis cuchillos y la pistola que me regaló Merle, y la ballesta de Daryl.
- Os devolveré las armas cuando os valláis. - me dijo el Gobernador notando mi miada fija en el mueble. - Nadie salvo los soldados pueden llevar armas dentro, políticas de la comunidad.
- Ya veo que tu eres el que manda aquí... - susurré mirando de nuevo a las armas. Él se encogió de hombros y esbozó media sonrisa. - Nos prometiste seguridad, y tus hombres han dado una paliza a mi amigo.
- Solo fue por seguridad. Tu amigo parece un hombre muy violento.
- ¿Qué necesitas saber para dejarnos salir de aquí? - pregunté sin rodeos.
- Saber si sois peligrosos o no, si nos supondréis un riesgo fuera. - contestó levantándose despacio de la silla. Empezó a caminar en círculos por la habitación. - ¿Cuántos sois? ¿Tenéis un campamento?
- Solo somos tres. - contesté sin mirarlo. No quería poner a los demás en riesgo. - Daryl, su hermano y yo.
- ¿Y por qué no está su hermano aquí?
- Le dijimos que no viniese. - contesté con simpleza. - Se quedó guardando nuestras cosas mientras nosotros veníamos aquí a por víveres.
- ¿El incendio de la licorería lo provocasteis vosotros? - el Gobernador seguía dando vueltas por la habitación, poniéndome nerviosa. Intenté parecer lo más tranquila posible.
- Si, vimos caminantes dentro. Eran muchos, y para prevenir prendimos fuego a la licorería entera.
- Estabais sentados en un muro, mirando a las llamas. Borrachos.
- Queríamos asegurarnos de que acabamos con todos, por eso nos sentamos. Íbamos borrachos por que celebrábamos el cumpleaños del hermano de Daryl. - me encogí de hombros, intentando restarle importancia al asunto.
- Entonces solo dos personas en el lugar equivocado, en el momento menos oportuno. - susurró acercándose a mi. Sentía su mirada en mi nuca. Asentí. - Tu amigo quizá podría irse, pero tu me haces falta aquí aún. Necesito a alguien como tu.
Se agachó hacia mi. Podía sentir su aliento en mi cuello. Estaba asqueada. Se me secó la boca, y los nervios hicieron que mi corazón latiese desbocado. Puso sus manos en mis hombros, masajeandolos levemente. Toqué a través del pantalón el cuchillo envuelto a la toalla.
- No estés tan tensa. Seguro que te gusta estar aquí, no hay caminantes, no hay peligro. - me susurraba.
En un rápido movimiento saqué el cristal del bolsillo de mi pantalón, hundiéndolo en su ojo. Él gritaba de dolor, y yo me levanté rápidamente de la silla yendo hacia el mueble donde tenía nuestras armas. Me guardé rápidamente los cuchillos y me colgué la ballesta al hombro. Le dí un golpe seco en la cabeza con la culata de la pistola que lo quedó inconsciente. Sonreí, recordando que me lo había enseñado Merle, cuando acabamos con tres hombres que querían quitarnos nuestro desayuno en una de las ciudades donde nos parábamos.
Salí disparada de la habitación, corriendo a través del pasillo hacia la habitación donde estaba Daryl. Los gritos del Gobernador aún resonaban en mi cabeza. Entré en la habitación, con las manos y la ropa cubierta de sangre. Daryl corrió hacia mi, mirándome con preocupación. Lo paré con un gesto.
- Luego hablaremos de esto, ¿vale? Ahora no tenemos tiempo. - le lancé la ballesta y él la cogió al vuelo. - Tenemos que salir de aquí, rápido. Le conté que incendiamos la licorería por que había caminantes dentro, y que íbamos borrachos por celebrar el cumpleaños de tu hermano. No quise meter a los otros, le dije que solo eramos tres y que no teníamos campamento.
-¿Y se lo creyó? - me preguntó. Asentí. Él sonrió levemente. - Eres una gran mentirosa.
- Ya me darás las gracias cuando estemos lejos de aquí y a salvo. - contesté cargando mi pistola.
