Era una calurosa mañana de agosto. Mucho más calurosa de lo recomendable para que una mujer con un embarazo de más de ocho meses, y los pies hinchados, caminara al sol. Néfele no había abandonado sus labores como asistente de Shion, ni pretendía hacerlo. Normalmente trabajaba en un ambiente fresco y confortable, en el Templo Papal. Y Shion tenía la deferencia de usar sus poderes para transportarla, evitándole así el tener que subir o bajar la gran escalera. Sólo hasta hacía unos minutos había estado ordenando papeles en el despacho de Shion, mientras su hijo, sentado en el suelo, leía versos de la Odisea en griego antiguo. Se le daba bien la pronunciación erasmiana (1), aunque ella debía corregirle los tamaños de la "o", para que su lectura fuera perfecta.

―¿De qué se trataba lo que leíste? ―preguntó, mientras sacudía el escritorio.

―Odiseo relata todo lo que ha tenido que pasar para poder regresar a su casa, con su esposa y su hijo.

―Así es, continúa leyendo ―dijo, antes de estornudar y dejar caer las carpetas que tenía en la mano.

Aioros se levantó en seguida a recoger las carpetas y ponerlas de nuevo sobre el escritorio. Al hacerlo, se quedó mirando a su madre.

―¿Cuándo volverá mi papá?

―No lo sé.

―¿Por qué no está con nosotros? Pronto nacerá mi hermanito.

―Ya te lo he dicho. Tiene cosas muy importantes que hacer.

―¿Más importantes que nosotros?

Néfele odiaba hablar de ese tema con su hijo. Tanto lo detestaba, que sencillamente guardaba un obstinado silencio, cada vez que él, o que alguien más le preguntaba por su marido, aún considerando que esas preguntas fueran inevitables: había llegado al Santuario hacía unos 3 años, con una sortija en el anular izquierdo y un niño de la mano. Se decía que su hijo estaba destinado a ser caballero y que era muy raro que ella le acompañara: la tradición de orfandad de los caballeros era legendaria. Los murmullos se preguntaban cuánto tardaría el destino en deshacerse de ella o cuánto se tardaría en abandonar al niño. Llegar a tener una posición en el Templo Papal, como asistente del Patriarca, generó también muchos murmullos de diversa índole. Mientras Gigas había pasado años limpiando las botas del Pope con la lengua, una mujer, en apariencia sencilla, estaba ahora a cargo del escritorio del Pontífice. Las malas lenguas decían que el pequeño que la acompañaba podía ser hijo del sacerdote, y más se rumoreaba acerca del bebé que ahora esperaba. Pero Néfele sólo guardaba silencio. Todos sabían que Shion pertenecía a una raza diferente, con la cual Aioros no compartía ningún rasgo. Y ella en específico valorizaba su verdad atersorándola solo para ella.

―Te faltó una carpeta ―le había dicho a Aioros, sin contestar su pregunta―. Recógela.

La casa que habitaba, junto a su hijo, se encontraba a unos veinte minutos del monte sagrado. Y hasta allá debía llevar al forastero.

―¿Quién es? ―preguntó Aioros, mirando hacia atrás, mientras caminaba de la mano de su madre.

―Al parecer se llama Patrick ―respondió Néfele, sin mirarlo.

―Pero, ¿qué hace aquí? Sólo los caballeros pueden estar en el Santuario.

―¿Soy caballero yo acaso? ―preguntó la señora, con tono sombrío.

―Pero eres mi mamá, y yo seré caballero.

Néfele frunció el ceño. Sólo entonces, la caminata comenzó a pesarle. Aioros miró aún al desconocido, que los seguía a unos diez pasos de distancia y, luego, tornó a mirar a su madre. Su rostro estaba rojo y habían gotitas de sudor en su nariz. Se hacía visera con la mano.

―Mamá…

―¿Qué?

―Deberíamos descansar.

―¿Ya te cansaste?

―Lo decía por ti.

―Yo estoy bien ―sentenció la madre, manteniendo la vista al frente.

―Pero mi hermanito…

―Está mejor que yo.

―Mamá…

Néfele se detuvo un instante y descargó en su hijo todo el peso de una mirada seria y dura, a la par que apretaba su mano en la suya hasta el dolor. Aioros la miró asustado, pero no se atrevió a emitir queja alguna acerca de su mano. De un tirón se vio a sí mismo reanudando la marcha, mientras el agarre de la mano de su madre se volvía más suave. El forastero observó la escena, manteniendo la distancia.

Al llegar a la casa, Néfele le indicó que se sentara en un sitial de mimbre y que dejara a un lado el pequeño hato de pertenencias con el que lo habían encontrado los guardias.

―Ve a jugar afuera ―le dijo a Aioros.

Si bien el niño se moría de curiosidad, tomó un camión de juguete y salió, mientras su madre ponía agua en una palangana. Néfele tomó un par de toallas y se aproximó al visitante para cumplir con una especie de ritual mediterráneo atávico de hospitalidad y deferencia: lavarle los pies. Se postró con dificultad y realizó la faena en silencio, evitando mirar al extraño, quien se dejaba hacer, con tranquilidad y hasta placer.

―No sé qué hacer que sea digno de vos… señor ―murmuró cuando ya le secaba los pies.

―Oh no, ¿lo dices por el anillo? ―replicó Patrick―. Yo no soy él, no te confundas. Sólo estoy ayudando a llevar la carga, nada más, supongo que sabes de eso.

Néfele asintió.

―Aléxandros lo cargó alguna vez también, ¿no es así?

La mujer lo quedó mirando fijamente, como si el escuchar aquél nombre le hubiese dado un latigazo. Nunca lo nombraba, ni siquiera para su hijo. Era como estar casada con Eros o con Lohengrin: sin su presencia, sin su rostro, sin su nombre. Ella lo conocía por completo, pero tenía que guardarlo para sí.

―La primera vez que nos visitó, después de dejarnos, lo traía ―dijo.

―¿Dejarlos? ―preguntó Patrick con extrañeza.

―O sea, no… No es que nos dejara ―corrigió Néfele, tornando a mirar al suelo―. Tan sólo… le fue ordenado volver a sus labores y, no pudo vivir más con nosotros.

―¿Cómo? ―la extrañeza en el blanco rostro del forastero se acrecentó―. Eso lo explica todo… ―agregó en un murmullo.

En ese instante, escuchó un ruido que lo hizo voltear. Era Aioros, que hacía correr su camioncito por la pared exterior de la casa, cerca de la puerta y les daba miradas furtivas.

―Se le parece mucho ―afirmó el forastero―. Si de grande se deja crecer el pelo y la barba, no sé si se parecerá más a él o a Jesucristo ―añadió mesándose la suya propia, negra como sus cabellos, pero con pelos rojos en el mentón.

―Bueno ―replicó Néfele con la voz apretada por el esfuerzo de ponerse de pie, luego de, con una mirada, hacer que su hijo se alejara de la puerta―. Seguro queréis asearos. Querreis presentaros ante el Patriarca en forma.

―No vine aquí para hablar con Shion.

Néfele lo miró un instante. Su corazón se agitó un poco, pero decidió silenciar el asunto. El silencio era su gran habilidad. Antes de que se volviera, el extraño atrapó una de sus manos.

―Necesito decirte algo ―dijo y una urgencia honesta y preocupada se pintó en sus ojos azules―. Por favor, siéntate.

Néfele obedeció, mientras el hombre se ponía de pie para revisar su pequeña bolsa, volviéndole la espalda.

―Néfele, por favor extiende tu mano ―dijo el forastero, terminando con aquellos tensos instantes.

La mujer lo miró con desconfianza: ella no le había dicho su nombre. Pero la misma honesta preocupación permanecía en sus ojos, así es que la mujer cedió nuevamente y extendió la mano. Sobre ella cayó un anillo de plata, colgando de una cadena. Era una argolla idéntica a la que había en su anular izquierdo, sólo que más grande.

―Falleció -dijo el forastero―. Lo siento mucho.

(1) Pronunciación Erasmiana: Erasmo de Rotterdam fue quien propuso cómo pronunciar el griego antiguo, aduciendo al sentido común: como salga más natural pronunciarlo, así debe ser. Si se topa un acento, cargue la voz, sin importar si este es agudo, grave o neutro. Si se topa una "eta", lo más probable es que que se pronuncie "e", pues para eso fue creada, aunque actualmente se pronuncie "i" si está al final de una palabra.