Advertencia: Este capítulo contiene una sutil referencia al tema del aborto. Cumplo con avisarles.
La mente de Néfele quedó en blanco unos instantes.
―Fue una buena muerte ―dijo el hombre, con su acento foráneo―. Murió en batalla. Ahora… estoy solo.
―¿Y viniste para reclutar a mi hijo? ―preguntó la mujer, en tono neutro.
Un par de ojos verdes y vacíos se dirigieron al forastero. Néfele estaba pálida y helada.
―No, por supuesto que no ―replicó Patrick―. No es su destino.
―¿Destino?… Destino ―repitió en un susurro, mientras su rostro comenzaba a contraerse en una mueca de dolor.
Los ojos se le inundaron y apretó el anillo en puño cerrado, mientras su cuerpo se sacudía y encogía al embate de sollozos silenciosos.
―Bueno, tal vez no fue muy buena idea decirle a una viuda que su marido tuvo una buena muerte -divagó el forastero―. Es que normalmente…
―¿Cuándo fue? ―preguntó ella, aún con firmeza.
―Hace unos… más de tres meses.
Néfele acabó por cubrirse la cara.
―Debí venir antes, lo sé ―dijo Patrick, mirando al suelo―. Pero yo tampoco pensé que la contaría. Y… penetrar en el Santuario no es tan fácil.
―¿Fue un día martes? ―preguntó la voz de la mujer, sin que sus manos dejaran de cubrir su rostro.
―¿Qué? ―se soprendió el forastero―. Pues… sí, creo que sí.
Un martes, hace tres meses y medio, ¿qué estaba haciendo ella? Cortando hierbas. El Patriarca no se sentía bien, así es que ella fue a renovar sus reservas de hierbas, sola. Aioros sólo la había acompañado hasta la explanada, pero de ahí se había ido a otra parte.
Tenía en la canasta ya una variedad de hierbas, cortadas de todas las maneras posibles: flores, hojas, tallos, raíces. Agachada como estaba, sintió una molestia en su vientre. Sí era una molestia, no era otra cosa, el bebé aún era pequeño como para moverse. Cerraba los ojos, llevándose la muñeca cubierta por una cinta roja a la frente, y se convencía de aquello, como si de alguna forma, el no sentir a su hijo la hiciera estar menos embarazada. Pero ella sabía que lo estaba. Y el padre del niño también lo sabía. Se habían encontrado en el mercado de Rodorio, dos semanas antes y él notó de inmediato el pequeño bulto en su vestido. El lo sabía, ella lo sabía, la gente del Satuario comenzaba a darse cuenta. Shion lo supo desde antes que se notara. Lo había visto en las estrellas y esperaba la llegada de otro aspirante a caballero. Y Aioros también lo sabía y no podía estar más feliz de tener al fin el hermano que tanto había pedido desde que llegó al Santuario y conoció a Saga y a Kanon que andaban juntos todo el día.
Cortó el último cogollo de ajenjo, lo puso en la canasta y sólo entonces se dio cuenta de lo que tenía: melisa, menta, poleo; pero también manzanilla, ruda, ajenjo y borraja. Ella conocía las propiedades de cada una de esas plantas. Miró la canasta, miró su vientre. Recordó su conversación con Shion, pero no pudo maquinar nada más: escuchó la voz de Aioros a lo lejos. Dejó el cuchillo en la canasta. Escuchó la voz de nuevo. Se levantó y comenzó a caminar. La escuchó nuevamente, apuró el paso. En cuanto distinguió con claridad un "mamá", se puso a correr.
Cuando llegó a la escena, vio a su hijo arrinconado, cubriéndose la cabeza con las manos. Frente a él, los gemelos y a su alrededor, flamas y destellos: cosmos, ella sabía lo que era, pues su marido lo dominaba. Aioros estaba sucio y lloraba.
―¡¿Qué están haciendo?! ―gritó acercándose.
Los tres niños la miraron y para Aioros aquello fue la aparición de un ángel vengador, que arrojó una piedra como advertencia y luego una chancla certera, que fue a darle a Kanon en toda la cara.
―¡Chiquillos de mierda! ¡Váyanse a su casa! ―gritó la mujer, sacándose la otra chancla para darle con ella a Saga en unas dos ocasiones.
Kanon se sintió tan humillado, que su energía flameó amenazadora, los puños y los dientes apretados.
―Kanon, es una señora, una mamá ―dijo Saga tirándole la manga―. Vámonos.
Néfele no se inmutó. No iba a temerle a un par de mocosos.
―Mamá ―escuchó un susurro lloroso, en cuanto los gemelos abandonaron la escena.
―Y tú, ¡deja de llorar como niñita! ―exclamó, descargando otro chancletazo en la cabeza de su propio hijo―. Eres un hombre, tienes que comportarte como tal.
Aioros dejó de llorar a la fuerza, en el trance en que su madre lo ponía en pie de un tirón y le sacudía la ropa nada cariñosamente.
―Me dijeron… ―murmuró Aioros.
―No me interesa ―fue la seca respuesta.
―Me dijeron que mi apellido es Eirena (1), así es que nunca seré un caballero ―se envalentonó el niño.
Néfele lo quedó mirando con seriedad.
―Ese es mi apellido ―dijo―. Pero no el tuyo. El tuyo es Eustratios, no Eirena.
―¿Eu… stratios? ―el rostro del niño se iluminó.
La mujer se puso de pie, recogió sus sandalias, la canasta y ofreció la mano a su hijo.
―Sí. Significa "buen guerrero".
―Mi papá es Eustratios. Un buen guerrero ―repitió el pequeño, sonriendo.
―Así es.
Eustratios. Buen guerrero. Desde el vientre materno, que las estrellas le habían dicho a Shion que los hijos de esa pareja estaban destinados a ser guerreros sagrados del más alto orden. Caballeros de Athena, tal como los gemelos peliazules también lo serían. Tal como ella los había visto evolucionar de ser dos cachorros asustados a los que ella ponía aceite de manzanilla en las heridas, por piedad, a ser esos chicos despiadados a los que acababa de golpear.
Albergaba a ratos la esperanza de que el que aún no nacía fuera una niña, pero de todas formas el peso del Santuario caería sobre ella, pues existían los caballeros femeninos. Emprendieron el camino hacia lo alto del Monte Sagrado, por la gran Escalera. Cruzaron en silencio sus templos vacíos. Sus dos hijos parecían destinados a ocupar dos de estas casas. Aioros siempre ansiaba mucho llegar a Sagitario, la casa para la que se entrenaría, en realidad, para la que ya se estaba entrenando. No tenía un maestro que le enseñara a pelear y por ello era presa fácil para los gemelos que tantas veces manifestaban una abierta antipatía por él, como otras lo invitaban a jugar. Pero ello no implicaba que no estuviera recibiendo acondicionamiento físico e instrucción académica. Ya había emprendido el camino que inexorablemente lo llevaría a Sagitario o al fracaso. Y el camino del hijo nonato lo llevaría a Virgo, según sus cálculos. Destino inexorable que ella aceptaba de manera natural, sin inmutarse. Pero él dijo que volvería. "Volveré por ustedes", dijo en el ágora de Rodorio. Lo prometió.
Llegarían al Templo Mayor al atardecer, el sol ya estaba bajando. Ya antes de Cáncer, el camino se había vuelto más pesado. Una lenta pesadumbre comenzaba a dibujarse en el horizonte de Néfele. Era plena primavera, pero corrían unos vientos como de lluvia que los acompañaron todo el camino hasta Leo. El viento bramaba de una manera más que amenazadora cuando llegaron al pórtico del León Dorado. Un relámpago cruzó el cielo ennegrecido y un trueno seco sobrevino unos segundos después.
―Mamá ―dijo Aioros aproximándose a su madre, agarrándose de su vestido para colocar una mano sobre su vientre.
Contrario a lo que siempre ocurría, Néfele no lo apartó de sí. Lo protegió en su cintura, mientras observaba el panorama. El bramido del viento, el sonido del follaje de los árboles a lo lejos, sorprendidos de ser barridos de esa forma cuando las lluvias ya habían cesado.
―Esto arruinará la uva ―dijo la mujer, antes de cerrar los ojos.
En algo podía descifrar la voz de los árboles. Cómo él podía descifrar la canción de los robles. Lo que fuera que dijeran, era triste, como alguien que llora en la derrota. Hojas y tierra se deslizaron escalera arriba. Néfele abrió los ojos para recibir en su pecho una hoja de roble, marchita, que fue a meterse a su escote. El mal presagio acompañó un bramido más fuerte del viento y un nuevo relámpago. Sin dejar de abrazar a su hijo, retrocedió hacia el interior del templo.
Observó la hoja, sintiendo aún aquella enorme pesadumbre del que llora en la derrota, del que no quiere irse y se aferra aunque es empujado por una fuerza superior a la suya. Entonces escucharon el golpe de un rayo en el propio caballete del templo y un trueno reventó justo sobre sus cabezas, como un enorme rugido. Aioros gritó y se escondió detrás de ella. Y el bebé en su interior pateó más fuerte de lo que nunca lo había hecho.
Néfele dejó caer la canasta, tomó la muñeca de Aioros y puso su mano sobre su vientre.
―¡Se mueve! ―exclamó Aioros y aunque la tormenta eléctrica continuaba en el exterior, todo su miedo se había disipado―. ¡Mi hermanito se mueve!
El bebé en su vientre se movía, inquieto. Se había estado moviendo desde hacía ya un par de semanas. Qué diablos, lo sentía en su interior desde hacía mucho más tiempo: un latido, una presencia. Néfele paseó los ojos de las manos a los ojos de su hijo mayor. Y sonrió. El abrazo fue sincero y tierno. El cuidado silencioso y serio con el que lo llevó hacia el ala residencial del templo también lo fue. No había más que una vieja yacija de paja, utilizada tal vez por algún centinela. Como todos los templos del zodiaco, no tenía guardián. Había que pasar la tormenta antes de volver a casa. Shion esperaría a su asistente en vano esa tarde.
Néfele se quitó el manto para envolver más a su hijo que a ella al tenderse en la yacija. Y el niño se adormiló sintiendo los movimientos de su hermano bajo la piel de su madre. Cuando lo notó totalmente dormido, la mujer se levantó, tomó de su canasta la borraja y el ajenjo y los tiró por la ventana.
―Perdóname ―murmuró, acariciando su vientre y la cinta roja que llevaba alrededor de la muñeca.
La misma cinta estaba ahora en su muñeca, mientras se llevaba los puños a la frente, llorando, muy a su pesar.
―Desgraciado ―murmuró con voz apretada, poniéndose de pie―. Infeliz.
―Bueno yo… ―replicó el forastero, sin saber qué hacer.
―¡Infeliz! ¡Hijo de puta! ―exclamó la mujer, arrojando el anillo con su gargantilla y tratando de quitarse la cinta de la muñeca, sin éxito―. ¡Yo esperándolo como una idiota! ¡Confiando en que vendría por nosotros! ¡En que de alguna manera vendría a… a rescatarnos! ¿Qué era lo que me creía? ¿La princesa en la torre?
Mientras hablaba, Néfele se paseaba, gesticulando.
―¡Maldito! -exclamó y de inmediato se llevó una mano al vientre, con una exclamación.
―Néfele, por favor, cálmate ―dijo Patrick, llevándola hasta el sillón―. Debes tranquilizarte, o ese niño llegará antes de tiempo.
―¿Qué se supone que voy a hacer ahora? ―murmuró, encogida en el asiento. Sus quejas habían bajado de la rabia a la pena.
―Ser fuerte, como lo has sido hasta ahora.
―¡Estoy tan cansada de ser fuerte! ―exclamó, sin darse cuenta que, con gran fuerza zarandeaba al forastero y que éste se veía obligado a sujetarle las muñecas.
Eso fue lo que Aioros vio desde la puerta. Se escuchó un "¡mamá!" y acto seguido el irlandés fue apartado de un empujón.
―¡No toque a mi mamá! ¡La hizo llorar! ―exclamó, plantándose frente a ella, los puños apretados.
―La fiereza es de familia ―murmuró Patrick, no sin cierta nota jocosa.
―¿Cree que no le puedo pegar?
El niño estaba furioso, miraba al extraño como un novillo preparándose para embestir, hasta que sintió las manos de su madre rodearlo desde atrás.
―Todo está bien ―la oyó murmurar en su hombro, con la voz quebrada―. Todo está bien -la sintió repetir, mientras apoyaba el mentón en su cabeza, el fuerte aroma a lavanda, a hierbas y a calor, rodeándolo―. No pasó nada, mi hombrecito.
Esa tercera frase ya se oyó entera. Néfele había dejado de llorar. Se puso de pie en silencio, subió a su hijo al sillón, como si fuera un niño pequeño y le hizo señas a ambos para que se quedaran ahí.
―Voy a preparar el baño ―murmuró al salir.
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(1) Eirena es la transliteración de la palabra "paz" en griego. De ahí viene el nombre "Irene".
