La noche vino muy tarde, como era normal en el verano. Las tareas de Néfele el resto del día habían consistido en lavar, curar y remendar al forastero y a su ropa. Como sea, las pocas prendas que portaba no estarían secas a la hora a la que Shion lo había llamado al Templo Mayor, así es que ella le tuvo que facilitar una muda y unos zapatos de su marido. Todo le quedó un poco suelto: el muerto era algo más grande.
Aioros se dedicó a vigilar al forastero, de manera que él y su madre no pudieron intercambiar más palabras. Cuando el niño quiso preguntar qué era lo que había sucedido, Néfele le recordó lo mucho que tenía que estudiar y con eso se lo sacó de encima. Pero, luego de cada párrafo, Aioros alzaba la vista para mantener al extraño en donde sus ojos lo vieran.
El día llegó a su fin. Sin más luz natural, era hora de acostarse. Néfele esperó a que su hijo, en la cama vecina, se quedara dormido. Esperó a que su respiración se volviera lenta y pesada para entregarse a sus negocios.
Aléxandros estaba muerto. No había tumba donde recordarlo, pero tenía su argolla de matrimonio colgando al cuello por una cadena. Sí, la había recogido. Porque sí, lo había amado. Era el momento del recuento. De recordar cómo lo había conocido, diez años atrás, entre los robles sagrados, custodiando el antiguo oráculo, cuando ella estaba aprendiendo el oficio de partera y curandera. Lo estúpido, encantador y guapo que era. Bajo la armadura azulada y la capa, había un sacerdote y un guerrero. Pero también un campesino, un hombre de la tierra.
Los montes entre los que se ubicaba el oráculo, se transformaron en su tercer hogar. Ella había nacido en Esparta, en una familia tan numerosa como pobre. Con apenas 13 años la habían enviado a Atenas, a emplearse como criada, pero no duró mucho en el oficio. No era gracioso trabajar todo el día, puertas adentro y que llegara tu madre todos los meses a llevarse tu sueldo, probablemente para financiar las borracheras de tu padre.
Conoció a una señora de Rodorio, que recetaba hierbas, atendía partos y santiguaba niños. Quiso ser como ella y no tardó en dedicarse en cuerpo y alma a aprender el uso de las hierbas. Y cuando viajó al norte en busca de una hierba que sólo crecía allá, no tardó en dedicarse en cuerpo y alma al hombre que había conocido, quien tradujo sus conocimientos a algo más elaborado. Y que se dejó penetrar poco a poco por el amor de una mozuela impetuosa.
El intercambio de virginidades fue mutuo, aunque él le llevara diez años. Desde la niñez había sido entrenado para resguardar el oráculo y nunca había salido de aquellos montes, aunque en las páginas de sus añosos libros había viajado muy lejos. Cuando ella quedó preñada, él sólo le sonrió. La mano de un bebé nonato tuvo la fuerza para desarraigar a un roble de su suelo y llevárselo lejos, huyendo. La curandera, ya muy anciana, los acogió en su casa y como rito de ruptura con su pasado, Néfele lavó los pies del que ahora no era más un sacerdote guerrero: era su esposo.
Sin herederos, la anciana se fue, dejándoles la casa y el paño de tierra. "Un hombre joven le sacará más provecho", dijo la vieja bruja al morir. Bruja, tal vez, pues la niña que Néfele esperaba, se deslizó como una anguila fuera de su matriz, mucho antes que fuera su momento. La muchacha lloró amargamente, pensando que eso liberaba a su esposo para volver a su vida. Pero él ya era feliz arando y sembrando ese pedacito de mundo. Lo era también arando su piel y sembrando entre sus piernas. Aioros fue buscado, noche a noche como una bendición que los esquivó durante un año, pero que llegó finalmente.
Cuando se cumplía el segundo trimestre de su embarazo, los visitó un anciano. Les dijo que las estrellas habían anunciado que ese niño sería un caballero de Athena. Néfele miró preocupada a su marido. Había un aire de familiaridad entre él y el anciano, pero no precisamente porque se conocieran. Era porque hablaban el mismo idioma. Por la tarde, Aléxandros no trabajó en el campo. Se sentó largo rato bajo el roble que marcaba el linde entre su campo y el del vecino. Entró en la casa, cabizbajo, al anochecer. Dijo que tenía que hacer un viaje.
Volvió días después, rasguñado, barbón y triste. Pero con un suspiro, sus cuidados, y las patadas del inquieto hijo nonato, volvió a sonreír. Habló mucho sobre el destino y sobre lo inevitable que era. Habló mucho sobre la bondad de los dioses. Habló mucho sobre la sagrada Atenea, protectora del mundo y el honor que representaba luchar a su lado. Dijo que nada pasaría. Que, llegado el momento, él entrenaría a su hijo y que juntos lo verían transformarse en un gran defensor de la paz. Néfele confió. Había un guardia del Santuario, de edad madura, llamado Simón, que los visitaba seguido, en busca de hierbas para él y para sus hombres. Era un buen hombre.
Los días de 4 años de matrimonio se deslizaron con la lentitud de los ciclos de la naturaleza, interrumpidos a veces por algún esposo que, nervioso, llegaba a caballo a buscar a la partera y por las personas que buscaban alivio a sus dolencias con sus hierbas.
Cuando esos dos hombres vinieron, Néfele pensó que la buscaban a ella. Lo buscaban a él. Y no eran amables. Lo querían de vuelta. Lo habían encontrado y lo querían de vuelta. Le dijeron que su traición había generado una gran división, que estaban a punto de matarse los unos a los otros. Dos bandos, a favor y en contra del celibato en la orden. Que él no podía estar tranquilo en su casa, mientras sus hermanos se mataban entre sí, que esa casa no era su destino. Que debía volver al oráculo que era su lugar. Allí, metidos en su casa, con ella y con Aioros a la vista, lo convencieron de retomar sus deberes.
Ahora que todo había terminado, a ella todavía le dolía el haber llorado suplicándole que se quedara, mientras él arreglaba sus cosas. No le hizo caso. Casi inmediatamente después de que él se fue, Aioros se enfermó. Lentamente, comenzó a decaer sin importar los esfuerzos de su madre por restablecerlo. Lo llevó al médico, pero no hubo resultados.
Días más tarde, ella supo que su marido había vuelto a pisar Rodorio. Le pidió a Simón que fuera a su posada a avisarle que el niño estaba enfermo. "Por mí, que se muera", había sido la respuesta, en medio de una borrachera de la que participaban más miembros de su gloriosa orden. Fue entonces cuando Simón le sugirió llevar al niño al Santuario. "El Patriarca es muy sabio, seguro sabrá qué hacer". Néfele se resignó.
Efectivamente, Shion sabía qué hacer. El niño se recuperó. Y, de alguna manera, ella terminó siendo la asistente del Patriarca y supervisando la instrucción académica de su hijo, en la espera de que apareciera un maestro para él.
Pasó cerca de un año antes de que viera a Aléxandros de nuevo, en una cita concertada por Simón. Aunque hubiese un extraño presente, ella se le fue encima al marido, lo abofeteó, lo manoteó, lo rasguñó, le rompió la camisa. Lo llamó con todos los insultos que conocía.
―¡Estamos en guerra! ―pudo decir él al fin―. Nos jugamos el futuro de mi orden. Néfele ―agregó en tono suplicante―, yo sólo dije lo que tenía que decir, porque no estaba solo. Y estás más segura aquí, dentro del Santuario de Athena.
Todo quedó entendido entonces, corroborado por Simón. Era el mismo bobo bienintencionado. Era la misma esperanza de volver a ser una familia, de ver al hijo crecer para transformarse en un guerrero de la diosa de la justicia, pues la justicia parecía escapar del seno de otros templos. La vida se transformó en esperar, llena de ilusión, verlo aparecer de nuevo. Esperar tenerlo de nuevo. Pero, por precaución, él decidió desaparecer de la vida del hijo antes de que éste pudiera reconocerlo y recordarlo. Creyó que así le causaría menos daño, en caso de resultar derrotado.
Y así fue. Su lado en esa especie de guerra civil resultó derrotado y sólo un milagro lo mantuvo con vida. Ahora era un fantasma, que aparecía de vez en cuando, de noche. Que entraba y salía de la vida de su familia. Demasiado débil como para llevárselos del Santuario o volver a enfrentarse a sus propios compañeros. Demasiado débil para ser el hombre en la vida de Néfele. El hombre de aquella cabaña en el Santuario era Aioros.
Néfele se volvió en la cama, para darle la espalda a su hijo. Era el momento de la noche en que se permitía ser débil y nadar en sus propias desgracias. Porque la muerte volvía amargo hasta lo que había sido dulce. Cruzó los brazos sobre su pecho, tratando de recordar lo que era su sensación. La última vez que lo tuvo fue en el cumpleaños número siete de Aioros. Se encogió sobre sí misma, todo lo que su barriga se lo permitió. Se había equivocado mucho, pero era un hombre bueno. Ahora se arrepentía tanto de su actitud. Cuando lo vio por última vez en el ágora de Rodorio, meses después, todo había partido tan mal.
La vio desde lejos y corrió hacia ella.
-¡Te estaba buscando! -le dijo, al tomarla del brazo, para llevársela a un callejón.
Ella se dejó conducir seria y maquinalmente. Se dejó besar sin corresponder.
-¿Estás embarazada? -preguntó él.
Ella sólo miró al piso. El le alzó el rostro y la abrazó. Sólo entonces Néfele reaccionó en algo, poniendo sus brazos alrededor de su esposo.
―Por Zeus -murmuró él―. Zeus escuchó a Aioros.
―Zeus escucha a todos ―replicó ella.
―Menos a nosotros ―agregó él, volviendo a mirarla. Habían lágrimas en esos ojos que eran los de Aioros―. ¿Están bien?
Ella asintió.
―La cinta ―dijo Aléxandros, tomando la mano de su esposa―. La conservaste.
―¿Qué haces aquí?
―No… no te lo puedo decir ―murmuró el hombre, desviando la mirada―. Néfele, lo siento tanto.
―Yo también.
La voz neutral de la mujer obligó a una pausa incómoda y dolorosa.
―Aioria ―murmuró el marido, al dirigir la mano al vientre de la esposa―, si es niño, en recuerdo de la región de dónde viene mi familia
―Si con eso estoy marcando su destino, prefiero bautizarlo con otro nombre ―replicó Néfele con dureza―. Shion dijo que también será un caballero.
Aléxandros movió la cabeza a ambos lados.
―Vendré por ustedes ―dijo―. Lo prometo. No importa lo que tenga que hacer, juro que vendré por ustedes.
Ella le otorgó una sonrisa triste. La compasión de aquella mujer podía doler más que su rudeza.
―¿Tienes que irte ya? ―le preguntó.
El asintió, mirando al piso. Acarició su vientre una vez más, besó su mano y se alejó, empequeñecido y derrotado. Ella aún se quedó apoyada en la pared un instante, observándolo.
―¡Aléxandros! ―exclamó de pronto, antes de correr a su encuentro.
De lo único que podía sentirse conforme era de que la última vez que lo vio, lo besó con todas sus fuerzas. Y que volvió a escuchar con devoción las palabras de su boca: "lo prometo, Néfele". Pero entre los pedazos de una promesa rota, ahora sólo podía sacudir su cama con sus sollozos, y fingir que se abrazaba a sí misma, pues nadie nunca más la abrazaría.
En eso se equivocaba. Pronto hubo una manito sobre la suya, en silencio, sin preguntas. El niño sabía que ella era una gata que solía contestar con arañazos, de manera que no preguntaba.
―Papá no volverá nunca ―murmuró ella.
―Te hace llorar ―replicó el hijo después de un silencio.
―Fue un buen hombre.
Aioros sólo se apegó más a ella, en silencio.
