―Saluda a tu maestro, muchacho ―dijo el forastero, al aparecer en la cabaña a la mañana siguiente.

Aioros, que se encontraba afuera, esperando a su madre para partir al Templo Mayor, sólo lo miró, encogiendo los ojos.

―No me mires así, es la verdad ―sonrió Patrick―. Estudiaré las reglas de tu orden, y la próxima semana comenzaré a enseñarte a pelear.

―El Patriarca lo derribó con solo mirarlo ―replicó Aioros, mirando alternativamente al extraño y al suelo―. Sería un pésimo maestro.

Patrick sólo se echó a reír y en ese minuto, Néfele salió de la casa. Su risa se apagó al verla. Con una mirada, la madre le dijo a Aioros que se adelantara. Estaba pálida y ojerosa, se veía hasta más pequeña que el día anterior.

―No eres un caballero de Athena ―murmuró la mujer al ponerse en marcha en dirección al Monte Sagrado―. ¿Cómo fue… que Shion accedió a esto? ―agregó, con lentitud.

―No hay muchos caballeros de Athena en este minuto y formarlos es urgente ―replicó el forastero, caminando junto a la mujer.

―Pero tú eres un…

―Ahora soy un ronin ―la interrumpió el hombre, con un gesto.

―¿Un qué?

―Un guerrero sin amo ―replicó con un dejo de pesadumbre―. Ya no hay nadie para guardar los viejos oráculos, mi orden está acabada, sólo quedo yo. Y aquí me puedo quedar, siempre y cuando olvide mi pasado y no hable de mi orden.

―¿Y tu señor? Llevas su carga.

―Alguien tiene que estar atado, para que otro sea libre. La Nueva Era que ha comenzado está en pañales y Athena encarnará pronto. El problema del mundo siempre ha sido que la luz viene a las tinieblas, pero las tinieblas no la comprenden.

Néfele miró al piso. Esa historia y esa forma de hablar oracular y críptica le eran conocidas. Movió la cabeza de lado a lado.

―Creemos que las tinieblas son como una mujer ―rió el forastero―. Hay que prepararlas antes de penetrarlas.

Néfele se detuvo de golpe y lo miró atónita. Ese humor grosero, en boca del guardián de un oráculo, le era bastante menos familiar.

―Perdón ―articuló el hombre, desviando la mirada.

―¿En qué lado estuviste en la guerra? ―preguntó ella, luego de bajar los ojos nuevamente y reanudar la marcha.

―En ninguno. Yo estaba muy tranquilo en mi isla, cumpliendo mis deberes, cuando me dijeron que las mujeres habían sido expulsadas de la orden y que los demás se estaban matando los unos a los otros.

―Pero, él y tú eran amigos…

―Y yo no tuve nada que ver con su rebelión. Nunca pensé que a él le movería tanto esto de las esposas y los hijos ―dijo, encogiéndose de hombros―. Quiero decir, nunca fuimos santurrones. La iluminación sólo se alcanza a través de la mujer, siempre tuvimos guerreros y sacerdotisas. Por eso me pareció tan extraño que dijeras que Alex te dejó. Digo, cuando volví a verlo, su retórica era tan potente que casi me quise casar yo con él. En fin, entre los tumbos de tu esposo, un superior fanático y una deidad ausente… Por eso hemos caído. A mí el asunto me era indiferente, pero ayudé a Alex a encubrirse una vez que nuestro conflicto interno terminó ―concluyó así su desordenado discurso. Era como si hablara en la medida en que se le ocurrían las cosas.

―¿Y ahora has venido al Santuario a hacer lo que él no pudo?

―Más o menos. Pero no pretendo casarme contigo, ni hacerte más hijos, ¿eh? ―advirtió entre nuevas risas.

La mujer volvió a detenerse y a mirarlo de una manera que él no podía descifrar. Eso debía ser lo que llamaban "ofenderse", arte en el que decían que las mujeres normales eran especialistas, porque se fijaban en asuntos que maestras y guerreras pasarían por alto. Preveía que lidiar con una civil iba a ser difícil. Llegaron al pie del Monte Sagrado en un silencio incómodo. El niño, que había caminado todo ese rato por delante, jugando con una rama, se reunió con su madre y le tomó la mano.

―Su Santidad siempre nos teletransporta desde aquí ―dijo Néfele, mientras Aioros le sacaba la lengua a Patrick.

―"Asensores Shion, barrigonas y niños tienen la preferencia" ―dijo el hombre, sonriendo y haciendo un gesto con las manos, como si su frase hubiese sido un lema―. ¿A qué hora es el almuerzo?

―A la hora en que Vuestra Merced decida cocinárselo ―replicó Néfele, algo picada, justo antes de desaparecer de la vista del odioso irlandés.

Llegaron a la entrada del Templo Mayor en un abrir y cerrar de ojos. Aioros siempre se palmoteaba el cuerpo luego de una teletransportación, la sensación lo divertía mucho.

―No hagas ruido ―le dijo su madre, la mirada seria de siempre, mientras comenzaba a caminar hacia el interior, con el hijo de la mano―. ¿Estudiaste lo suficiente, no es así?

Aioros asintió. Era muy niño para leer por completo lo inquieta que su madre estaba, aunque notó su mano helada.

―Mamá, ¿es verdad que ya voy a empezar a entrenar para ser caballero?

―Le preguntaré al Patriarca.

―Pero ese hombre no me gusta.

―Mmm…

―¿Le puedes decir al Patriarca que no quiero entrenar con ese señor?

―Mmm…

―¿El fue quien te dijo que papá no volverá?

―¡Aioros, ya! ―se detuvo la mujer, mirándolo con impaciencia, para luego reanudar la marcha de un tirón.

Al llegar al despacho del Pope, había allí un buen escándalo. Un insistente y agudo llanto de bebé llenaba el ambiente. Néfele lo reconocía muy diferente a los llantos que ella conocía. Se parecía más al de bebés enfermos que al de bebés sanos, pero tenía todo un algo diferente, característico del origen disímil de la personita que lo emitía.

―Shion debe estar "maternando" otra vez ―murmuró la mujer con fastidio.

Aioros rió por lo bajo, mientras su mamá tocaba la puerta.

―¿Se puede? ―murmuró Néfele.

―Ya, ya, ¿por todos los dioses, qué pasa ahora? ―decía la voz de Shion. Se interrumpió para alzar la voz―. ¡Adelante!

Néfele abrió la puerta lentamente. Shion estaba inclinado hacia su escritorio, donde tenía al pequeño muviano, vestido con un mameluco oscuro, sentado en la orilla, mientras el patriarca lo sostenía con una mano para que no se fuera de punta.

―Buenos días, Su Santidad ―dijo Néfele, tratando de hablar por sobre el llanto del niño―. Hoy terminaré de ordenar las carpetas. Le traje a Aioros para que lo interrogue sobre Homero. Puede que quiera levantar a ese niño, no parece cómodo sentado en el escritorio ―agregó, ya sin poder desviar la mirada del pequeño llorón.

―Eh… sí ―articuló Shion, y su tono confuso contrastaba mucho con la hierática vestidura del Patriarcado: la túnica, el casco y la fría y oscura máscara.

Tomó al niño y lo acomodó en su brazo. El pequeño Mu se quedó callado…. para tomar aire y empezar a gritar más fuerte.

―El brazo del niño, está doblado ―apostilló Néfele.

Shion cambió al pequeño de brazo.

―La cabeza está muy baja ―comentó la asistente, en tono neutral―. ¡Ay, ya! Deme aquí ―agregó finalmente, con impaciencia, alargando los brazos.

Luego de dudarlo un instante, Shion le entregó al niño, que iba gritando a pleno pulmón. La mujer le puso una mano en las asentaderas y lo recargó contra su pecho, antes de comenzar a mecerlo y a caminar, dándole la espalda al Patriarca.

―¿Qué pasó? ¿Qué pasó? ―preguntaba con voz suave.

Mu continuaba llorando, su vocecilla hacía vaivenes por los movimientos con los que era mecido.

―¿Qué pasó? ―volvió a preguntar la mujer, dando la vuelta en su paseo y alejando un poco al niño para mirarlo con expresión cariñosa―. ¿Te asustó el anciano con una pajarera en la cabeza?

Aioros rió de buena gana, y alcanzó con su mano los pies del niño. Néfele le hizo de inmediato un gesto, para que lo dejara.

―Pero a mi hermanito sí lo voy a poder cuidar, ¿cierto? ―preguntó el hijo, aún riendo.

―No veo lo gracioso en esto ―dijo Shion, mirando hacia la ventana―. Los mimos son superfluos en la vida de un santo.

―Son primordiales en la de un niño ―apostilló Néfele de inmediato, sin mirar, mientras secaba las lágrimas del niño en sus brazos.

―¿Qué? ―dijo Shion, en un tono especial, luego de un corto silencio.

―¿Qué? ―dijo también Néfele, mirando la manera en que el Patriarca se había quedado paralizado y en que ella también se paralizó, como quien es atrapado haciendo algo malo. Como quien se atrapa a sí mismo haciendo algo malo. Había hablado sin pensar. Inmediatamente llevó sus ojos del Patriarca a Aioros.

―¿Qué? ―dijo el niño, antes de que una enorme sonrisa llegara hasta sus ojos.

―Yo… los dejaré para que hagan su examen ―murmuró Néfele, confusa, antes de salir, llevándose al bebé que seguía llorando, pero a menor volumen.

La gran puerta resonó en la estancia de mármol al cerrarse. Pero en ese piso de mármol solitario, sus pies envueltos en sandalias no emitían ruido alguno. Los hipidos del bebé la hicieron olvidar el huidizo momento anterior. Caminó por la estancia, meciendo al niño, acariciando su pelambrera de color violáceo, suave como alas de ángel. El bebé que había en su interior se movió, ya algo aprisionado en un habitáculo que se le había hecho estrecho.

―No te pongas celoso ―murmuró ella, acariciando su barriga con una mano.

Sonrió ante la perspectiva. Pronto tendría un hijo en brazos nuevamente. Le pariría, le amamantaría. Olería su cabecita, tendría su pequeño cuerpo entre los brazos. La anticipación la llenó de gusto. Sonreía con sinceridad, pero el bebé que tenía en los brazos aún sollozaba. Ya que no había nadie, la mujer se descubrió el hombro, para apoyar allí al bebé. Tenía varios meses, pero era aún tan pequeño. Apoyando la cabecita de Mu en su clavícula, se puso a tararear abrazando al niño, recordando cómo cargaba a Aioros por el corredor de aquella casa en Rodorio. Consiguió un avance. A solas con ella, Mu ya no lloraba de miedo o de rabia: ahora lloraba de pena, recargado en su hombro. Y pronto la vibración de su cuello lo calmó lo suficiente. Entre beso y beso, las caricias en su espalda y en su nuca, ya no lloraba, pero al observarlo, el niño seguía triste, decaído. La mujer miró profundo en sus ojazos violeta. Ahora su sonrisa fue triste.

―Los echas de menos, ¿no es así? ―murmuró―. Yo también… echo de menos.

Se abrazaron como dos que compartían la misma desgracia. Ella suspiró, apoyando la mejilla en la pequeña cabecita. Cuando parió a Aioros, recibió sólo la ayuda de su esposo: eso había sido suficiente. Echó el lazo de él sobre la viga del techo de la casa y se agarró de ambos extremos. Se hincó en el suelo. Sus fuertes brazos sosteniéndola y entre besos, susurros y gritos, dio a luz al niño, así, en penumbra, una noche de lluvia y caminos intransitables. Lo parió prácticamente de la misma forma en que lo había concebido. Su parto sería muy diferente esta vez.

Antes de que su mente y sus ojos se nublaran, aún le sonrió al pequeño, que ya sujetaba la fíbula abierta de su vestido.

―Qué liviano estás ―le dijo―. Shion no debe tener mucha leche, ¿no?

Se quedó pensando en el tema. Cuando tuvo a Aioros, tuvo mucha leche. Si ahora se repetía el escenario, tal vez… podría… Aún llevando 4 años en el Santuario, no podía terminar de acostumbrarse a ese lugar tan extraño, lleno de huérfanos.

En ese momento salió Aioros.

―¡Dijo que comprendí muy bien a Homero! ¡Y que es verdad que entrenaré para ser un héroe como Aquiles! ―gritó el niño, acercándose a su madre al trote.

Inmediatamente, Néfele le hizo una seña para que bajara el volumen y adquirió una pose más tiesa: tenía que mantener su imagen firme.

―¿No te parece mejor Odiseo? ―preguntó, inclinándose hacia él―. ¿O Héctor? Sostenlo un poco ―agregó, entregándole al bebé.

―¿En serio? ―se iluminó el hijo, al recibir al pequeño―. ¿Así?

Néfele dio su aprobación, mientras volvía a abrochar la fíbula. Mu permaneció relativamente tranquilo. A su corta edad ya había aprendido a adaptarse a muchas cosas, menos a la máscara y la pajarera de Shion.

El entrenamiento físico al que Aioros se había sometido, bajo la tutela del guardia Simón, ya había dado bastantes frutos: sus brazos eran fuertes.

―Quiero ser Aquiles ―dijo el chico, totalmente concentrado en sostener al bebé―. No me gusta Héctor.

―¿Por qué?

―Porque se muere. Aburrido.

Néfele volvió a levantar al muviano, cuando ya comenzaba a hipar nuevamente.

―Ahora vete a entrenar ―dijo la madre―. Nos vemos a mediodía y como tardes ―agregó, moviendo la mano cuyos golpes Aioros conocía bien.

En cuanto se fue, Néfele tocó la puerta del despacho del Patriarca. Esperó confirmación antes de entrar.

―¿Dónde le dejo... esto? ―preguntó, hablando en el idioma del Pope.

―Ahí está la cuna ―señaló el sacerdote un pequeño lecho, en un rincón―. Aioros ya completó la primera parte de su formación académica. Conoce el griego antiguo, lo puede leer y hablar, aunque le cuesta un poco escribirlo. Y entiende bien las obras épicas. Buen trabajo. Ahora corresponde que comience la parte más importante de su entrenamiento. Patrick se hará cargo de él dentro de unos días.

Néfele dejó a Mu en la cuna, miró un momento al Patriarca y luego asintió. Se llevó una mano al vientre y se dio cuenta de que Shion la siguió con la mirada, para luego voltear significativamente y carraspear.

―¿Conoce usted a ese hombre? ―preguntó Néfele―. ¿Es de fiar?

―¿Dudas de mi juicio?

La mujer negó con la cabeza, frunciendo el ceño. Se hizo una pausa.

―Creo que has hecho un buen trabajo con Aioros ―dijo Shion―. Tiene muchas ganas de comenzar su entrenamiento, aunque Patrick no sea santo de su devoción. Ahora bien, me parece que es mejor que seas tú la que le explique que de ahora en adelante, él y tú seguirán caminos separados. Vivirá con su maestro y se dedicará en un cien por ciento a entrenar para cumplir con su destino. No dudo que será un destino glorioso, el muchacho tiene aptitudes.

Néfele abrió mucho sus verdes ojos. Los colores la abandonaron y no fue capaz de decir nada.

―Imagino que eso no es una sorpresa para ti ―continuó Shion―. Lo hablamos desde que llegaste al Santuario.

La mujer aún permaneció paralizada unos instantes.

―No… no lo es ―murmuró, confusa―. Pero… podré verlo, ¿no es así? Quiero decir… es… es mi hijo.

―Es un aspirante a caballero. Siéntete honrada de entregárselo a Athena.

―Pero…

―Los vínculos no hacen más que estorbar en la vida de un guerrero. Ningún guerrero debe partir al campo de batalla preocupado por esposa, hijos o parientes. Eso lo sabes bien. Harás un bien con hacerte a un lado. Por lo demás, esto te facilitará las cosas, te será más fácil cumplir con tus deberes si sólo tienes que ocuparte de un niño. ¿Se lo comunicarás a Aioros?

Luego de un instante más de confusión, Néfele se tragó el trapo que le secaba la boca e ignoró la tela enclenque en la que se habían transformado sus piernas.

―Sí, Su Santidad ―murmuró, con una inclinación de cabeza.