Néfele ordenó las carpetas y luego fue enviada a los archivos, a buscar algunos textos para facilitárselos a Patrick. Aquello significaba tener que interactuar con dos personas indeseables. Gigas, por una parte, encargado del archivo y eterno lamebotas de Shion, siempre la miraba con desprecio y hacía algún comentario desagradable acerca de su embarazo. Siempre expresó, con la mirada de su único ojo, con sus gestos, su tono y sus palabras, un profundo desprecio hacia las doncellas. Si la mujer frente a él no tenía una máscara que la acreditara como guerrera -prácticamente como un "hombre artificial"-, era un ser despreciable y asqueroso para el sacerdote menor. Y más con el embarazo de Néfele. Le parecía una aberración que, en el Santuario de Athena Partenos, pudiera circular libremente una desvergonzada. Más aún en el Templo Mayor. Shion por su parte, se lo tomaba con indiferencia, aunque ella notaba la insistencia con la que se rehusaba a mirar su vientre a referirse a su condición o al hijo que venía en camino.
Néfele sólo guardaba silencio y miraba a Gigas con neutralidad, sabiendo que no había nada que le enojara más. Aunque, de alguna manera, el hombre tenía razón. Tuvo la oportunidad de revisar el archivo, mientras buscaba los documentos que se requerían para Patrick. No pudo encontrar ninguna referencia a una embarazada en el Santuario. Ninguna referencia a una madre en el Santuario. Todos los caballeros eran llevados ya huérfanos y solos a entrenar al recinto o a otros puntos de la Tierra. Ninguno era arrancado de los brazos de su madre directamente. Siempre los hados se encargaban de limpiar el camino de uno que estaba destinado a la gloria de una constelación.
La segunda persona desagradable que se veía obligada a tratar era Patrick, que por la tarde iba a esperarla al pie del Monte Sagrado, para recibir los documentos que debía estudiar. En esa rutina pasaron algunos días.
―Hey, ¿no te parece mucho? ―protestó el irlandés al recibir un pesado libro de tapas azules―. No me vas a tener leyendo tonterías por el resto de la eternidad. Lo básico ya lo domino, lo demás lo aprenderé sobre la marcha. Le dije a Shion que comenzaría mañana.
―¿Mañana? ―preguntó ella clavándole los ojos.
Cuando los de él respondieron a su mirada, Néfele miró primero al frente y luego al suelo. Un escalofrío paseó sus helados dedos por su espalda. Se hizo una pausa en la que ella se sometió al escrutinio de su acompañante, sin volver a mirarlo.
―Le diré que empezaré pasado mañana ―murmuró Patrick, luego de terminar su examen―. Pero en la mañana, ¿eh?
Néfele asintió, antes de tomar un camino distinto al del forastero. Caminó sin pensar en lo que había a su alrededor. No había tenido hasta ese momento el valor de decirle a su hijo que iban a separarse. Se reprochó profundamente esa cobardía; ella era fuerte, tenía que ser valiente y enfrentar la situación de una buena vez. Al mal paso darle prisa. Tenía que preparar al hijo para lo que venía, no hacerlo sería una maldad.
Maldad le pareció que era lo que vio al llegar a casa. Vio el momento exacto en que Aioros celebraba el haber derribado una golondrina con su honda.
―¡Aioros! ―gritó ella.
El niño, que aún sonreía, dejó de hacerlo de inmediato. El tono de su madre era como para salir corriendo en el acto. De hecho, lo intentó, pero ella se aproximaba a grandes zancadas.
―¿Pero qué se supone que estás haciendo? ―dijo ella, marcando el acento de cada palabra con una palmada para su hijo, primero en la cabeza y luego en los brazos que se alzaron como defensa―. ¿No te he dicho que no mates pájaros que no se comen? ―agregó, quitándole la honda y tirándosela al piso.
―Pero… mamá ―murmuraba el niño entre golpe y golpe.
Aioros sintió muchas ganas de llorar cuando su madre se alejó unos pasos para ver el ave muerta.
―¡Y encima es una hembra! ―exclamó, llena de furia―. ¿Que no ves que esos pájaros son monógamos? Si uno muere, su pareja se queda sola. Y es época de anidar, ¿qué tal si la pájara dejó huevos o polluelos? ¿Te gustaría que te pasara a ti?
―¡Al menos sus pollos sí tendrán papá que los cuide! ―exclamó Aioros de manera impulsiva y lamentándolo inmediatamente.
Néfele reaccionó con rapidez. Llegó frente al hijo de un sólo paso y lo hizo tambalear de una bofetada.
―No se te ocurra contestarme, mocoso de mierda ―dijo.
El niño se sujetó la cara. Las ganas de llorar fueron más rápidas que él. Un llanto sonoro se abrió paso hacia afuera, junto con las lágrimas que comenzaron a fluir en abundancia. La necesidad de abrazar a alguien era imperiosa, pero no había nadie más.
―Perdón ―balbuceó haciendo un movimiento para acercarse a la madre.
―¡Desaparece de mi vista! ―exclamó ésta, manteniéndose firme y fuera de su alcance. Así se suponía que había que hacerlo: si se golpeaba a un hijo, luego no se lo podía consolar―. Y deja de llorar como las mujeres.
El niño se tragó el llanto y se alejó, sujetándose aún la cara y sacudiéndose por los sollozos que debía retener adentro tapándose la boca. Néfele lo miró meterse en la casa. Se miró la diestra en la que aún sentía el hormigueo de la bofetada. Sintió su vientre tenso y duro, así es que acarició allí al hijo nonato, que parecía desaprobar la escena. Recogió la golondrina muerta y la puso en la pila de basura de atrás de la casa.
El resto de la tarde transcurrió en silencio. Ella barriendo la casa, el niño leyendo, sentado en la entrada. Cocinó la cena, la sirvió. Fueron un avgolemono y un estofado bastante sabrosos. "Ricos", en palabras del hijo que sonrió ante la buena comida. Ella sólo movió una comisura ante el elogio. Luego se terminó de poner el sol y vino la noche. Aioros se acostó, pero ella siguió ordenando, a la luz de una vela. La casa sólo tenía un ambiente, aunque un tabique separaba "el dormitorio" del resto de la casa. Luego de doblar la ropa y guardarla en el arcón, encendió otras dos velas y se puso a remendar una camiseta de Aioros. No era la luz más adecuada para hacerlo, pero de lo contrario se le iba a olvidar.
El hijo dormía boca arriba. Bajo sus párpados, los ojitos se movían rápidamente, según pudo ver, en alguna ojeada ocasional. Se concentró en la costura, a pesar del vientecillo helado que hubo de pronto. Le pareció escuchar algo, pero lo descartó. Volvió a escucharlo, era como un susurro. Siguió dando puntadas, hasta que descifró claramente la palabra "mamá", aunque dicha sin voz, como quien habla en secreto o con la garganta apretada.
Miró hacia la cama del hijo. Aioros tenía el ceño fruncido y la expresión angustiada. Abría la boca, pero no salía de ella sonido alguno y movía los dedos, como con nerviosismo.
-Ma… má -se escuchó un poco más fuerte.
La mujer se puso de pie, se sentó en la cama del hijo y lo remeció. Fue como si el niño hubiese estado bajo el agua y lo hubiesen sacado a respirar. Se abrazó de ella, jadeando. Ella, en principio, mantuvo las manos en alto, pero luego apoyó una en los ondulados cabellos castaños del niño.
―¿Soñaste algo feo?
―Me aplastaba ―dijo él, temblando aún―. No me podía mover.
―¿Qué cosa?
―Una columna. Se caía. Todo se derrumbaba.
―Ya pasó, fue sólo un sueño.
La mujer miró en todas direcciones. Su marido solía decir que ese tipo de sueños eran generados por malos espíritus que se colaban en las habitaciones para molestar. Abandonó algunas caricias maquinales en la cabeza del hijo.
―Vuelve a dormir ―le dijo al niño.
―Buenas noches, mamá ―replicó él mirándola hacia arriba―. Buenas noches hermanito ―agregó, luego de besar la gran barriga.
―Puede ser una hermanita ―articuló ella, sin convicción.
―¿Cómo se va a llamar?
―Dione si es niña.
―¿Y si es niño?
―No lo he pensado ―dijo la mujer luego de una pausa.
El hijo se volvió para dormir mirando hacia la ventana. Néfele se quedó largo rato mirándolo. Aún tenía una pequeña huella roja en la mejilla.
―Pasado mañana empezarás tu entrenamiento ―murmuró.
―Mmmm ―contestó la voz del niño, al borde del país de los sueños―. ¿Me cocinarás un estofado rico cuando vuelva de entrenar?
Néfele tomó aire antes de hablar.
―Te… te van a separar de mí ―dijo, en un murmullo tembloroso.
―Estofado de carne ―murmuró aún el niño y su respiración se hizo lenta y pesada.
Dejó la cama del hijo. Tendría que decírselo al día siguiente. Apagó las velas y se fue a dormir también, pero luego de un par de horas, la despertó el dolor de espalda. En la generosa penumbra de una luna que apenas comenzaba a menguar, se sentó en la cama, apoyando las manos en su espalda baja. Miró hacia la cama de Aioros: dormía a pierna suelta, vuelto hacia su cama. Y se miró la barriga.
―Por lo menos me quedarás tú ―dijo en voz baja, acariciando su vientre―. Ay, Dione, protege a mis hijos ―agregó, mirando hacia arriba, como si quisiera retener una lágrima.
Pero a esas horas de la noche no era necesario que la retuviera. Cayó de todas formas. Tal vez así la diosa escucharía. Porque sólo la diosa madre podría proteger a sus hijos. Su marido no pudo. Y ella no podría. No debía. Iban a ser santos, pasarían por un entrenamiento duro y doloroso, y deberían estar preparados para herir y matar o morir. Tenían que estar preparados para el dolor. Si los sobreprotegía, sólo les haría las cosas más difíciles. Así opinaba Shion, que era capaz de ignorar a un bebé a su cargo. Así opinaba su marido, que prefirió nunca hablar directamente con su hijo, para que éste no se encariñara con él.
¡Pero qué podían saber ellos, si eran hombres!, pensó al ponerse de pie y empezar a caminar por la habitación, lagrimeando y apretando los labios para no emitir ruido. Eran hombres, no sabían lo que era tener un niño dentro. No sabían lo que era parir con dolor, no sabían lo que era tener las tetas llenas de leche y las entrañas llenas de amor. No sabían lo que era sentirse con una herida permanentemente abierta, que duele cada vez que el hijo sufre. ¡Y que dolía más si era ella la que lo hacía sufrir! Se miró las manos. Las mismas manos con las que remendaba calcetines y amasaba pan, eran las manos que había descargado sobre su hijo tantas veces desde que llegó a ese Santuario. Shion le había dicho "no seas blanda con él, tu deber como madre de un santo es prepararlo para el dolor y la gloria que conlleva". Aléxandros y ella nunca habrían pensado en golpear al hijo antes, cuando vivían en Rodorio, cuando eran felices, cuando el mundo tenía sentido.
Recordaba la primera vez que le había pegado, cuando destruyó las hojas de un filodendro en esa cabaña en el Santuario. Le pegó en las manos. Y le había dolido tanto hacerlo. Con el tiempo se había endurecido, ya le salían más naturales los golpes, las lejanías y los desencuentros. Para él, para el chico de 7 años que dormía en esa cama, no eran naturales, pero aceptaba sin rencores todo lo que venía de ella. Había aceptado los golpes de esa tarde y por la noche aún había buscado cobijo en ella ante el temor.
A esas alturas tuvo que cubrirse la boca para ahogar el sollozo. Ahora lo iban a separar de ella. Y tendría que criar al que venía de la misma forma, guardándose su amor en secreto, fingiendo una frialdad que no era suya, porque el segundo también iba a ser caballero de Athena, diosa de la sabiduría. ¡Que podía saber ella, si había escogido no ser madre! Qué podían saber todos en el Santuario de esa diosa frígida, que habría de arrastrar a sus hijos a la muerte. Eustratios, buenos soldados le había regalado a la desgraciada. Sin padre que los rescatara, ¿qué había hecho ella por sus hijos? Estaba entregando al mayor sin pelear por él. Y había hasta pensado en deshacerse del menor. Su bebé se había tenido que defender a sí mismo, pateando con fuerza durante aquella tormenta, como si gritara que estaba allí.
Se paseó de un lado al otro de la habitación, como una leona enjaulada. Una leona, eso era. Una leona que habría de defender a sus cachorros. Eirena, Eirena, Eirena, no Eustratios. Eirena. ¡Paz!
Llena de determinación, se secó las lágrimas. Y se fue a la cama, para calarse las sandalias. Sí, sus hijos no serían ni heridos ni muertos. Nadie los tocaría. Se quitó el camisón, para ponerse el vestido. Tendría al segundo. Un hermoso varón, ya había hecho pendular el anillo de su esposo sobre su vientre, era un niño. Se vio, vieja y gris, flanqueada por sus dos muchachones, altos y hermosos como su padre.
Encendió una vela solitaria y remeció a Aioros en su cama.
―¿Qué pasa? ―preguntó él, somnoliento.
―Vístete, nos vamos.
