Aclaraciones y advertencias: Recordar que la palabra Néfele significa "nube". Aparece la descripción de un trabajo de parto y algo de violencia obstétrica.


―¿Dónde te dejo? ―preguntó Patrick, mientras Aioros encendía una vela en una palmatoria―. ¿En la cama?

―No, es el último lugar para estar ―replicó Néfele―. Tan sólo déjame caminar.

―Iré a hablar con Shion para que nos permita traer una partera ―dijo el hombre, luego de dejar a la parturienta de pie en su vivienda nuevamente.

―No es necesario y… ―Néfele lo sujetó por la manga y lo miró con ojos decidores.

―Tranquila ―articuló él con una sonrisa―. No diré nada. Con su permiso.

Luego de hacer una inclinación, salió.

―¿Qué pasará ahora? ―preguntó Aioros con la vela en la mano.

―Por de pronto, creo que nacerá tu hermanito ―respondió ella, tratando de permanecer tranquila.

¿Nacería? Estaba un poco adelantado, pero todo apuntaba a que sí. Había roto aguas y habían contracciones. El dolor de espalda que la había despertado podía ser una parte del mismo proceso. No parecía haber marcha atrás, no habrían nuevas oportunidades para huir. Pero no debía pensar en eso ahora. Es más, si era posible, había que acelerar el proceso, antes de que le trajeran la dichosa partera. En casa de herrero, cuchillo de palo: siendo partera, a ella le parecía mejor parir sola. A pesar del susto vivido -y del que quedara por vivir- y de tener las rodillas rasmilladas, ella se sentía bien, lo suficientemente fuerte. Y el bebé también estaba bien: lo sentía moverse.

―¿Te duele? ―preguntó Aioros, sacándola del silencio en el que había estado recorriendo su vientre con las manos.

―A ratos. Ya pasé por aquí antes, no me asusta.

―¿Y si no viene la pantera?

―Partera, tonto, partera ―corrigió ella―. Puedo sola. Sé qué hacer. Aunque claro, tener ayuda es bueno ―agregó, caminando por el trecho que alumbraba la vela.

―¿Quién te ayudó cuando nací yo? ―preguntó el niño situándose a su lado y caminando con ella.

―…Tu padre ―respondió ella en un susurro, antes de sujetar el hombro del hijo para pasar una nueva contracción. Apoyó la otra mano en la pared.

Respiró profundo y cerró los ojos, pero no se quejó ni arrugó el gesto. Capas de sudor comenzaban a envolverla. Era una noche muy cálida.

―¿Qué pasó? ―preguntó el hijo.

―Tuve una contracción ―respondió ella.

―¿Qué es eso?

―Mi barriga se está preparando para dejar salir a tu hermanito.

―¿Te dolió mucho tenerme?

―Más o menos.

―¿Cómo fue?

―Fue una noche de lluvia, de tormenta ―dijo ella tomándole la mano, para reanudar la marcha―. Llovía desde hacía días, los caminos estaban llenos de barro. El Cefiso se desbordó y se llevó el puente que nos conectaba con el resto de Rodorio. Estábamos aislados, pero tu padre… Tu padre era un guerrero, como un caballero de Athena ―dijo mirando al niño, que sólo le devolvió la mirada por algunos instantes―. El me propuso llevarme con una partera o al hospital. El podía. Pero tuvimos miedo que el parto se malograra, ya teníamos una…

Se interrumpió para soltarle la mano al hijo, sujetarse con ambas manos de una de las sillas del pequeño comedor y apoyar también la frente entre las manos. El niño dejó la vela sobre la mesa, para acariciarle un brazo. Cuando pasó el evento, ella lo miró y casi sonrió.

―Tu padre también se ofreció a buscar una partera ―dijo, tomando la vela, para incorporarse―. Pero no quise que me dejara sola. Supongo que era muy joven y muy tonta entonces ―agregó en un susurro al ponerse a andar nuevamente―. Llevábamos unos días aislados, no nos quedaban muchas velas y quedaba muy poca leña seca. Tú naciste de noche, llovía a cántaros, habían rayos y muchos truenos.

Ahora también estaba aislada. Pero en aquel entonces no se sentía sola. Ironías de la vida.

―Tu hermanito también nacerá de noche ―dijo―. Así es que nos vamos a preparar, ¿de acuerdo?

―¿Qué tengo que hacer?

―Busca las velas, todas las que puedas ―respondió ella, hablando un poco apretada por una nueva contracción―. Encenderás los dos candelabros completos y le pondrás aceite a la lámpara.

―Nunca me dejas ponerle aceite a la lámpara.

―Ya eres grande, no te quemarás.

―Ayer era muy pequeño ―sonrió Aioros, jugando con un diente suelto―. ¿Donde están las velas?

―En la parte de abajo de la despensa ―respondió Néfele, sentándose en una silla a pasar el dolor.

Aioros encontró las velas y se quedó encendiéndolas, mientras ella no perdió el tiempo: se puso de pie, fue a la habitación, buscó en el arcón sus pañitos menstruales y se puso dos, para permitirse algo más de libertad de movimientos. Sabía que faltaba todavía un rato antes de tener que dedicarse exclusivamente a parir, así es que podía aprovechar el tiempo. Muchas mujeres de campo a las que había atendido trabajaban la tierra prácticamente hasta último momento. Y a las que tenían muchos hijos, muchas veces no les quedaba más remedio que volver a levantarse poco después de haber parido.

Se dirigió a la cocina, en donde Aioros ya había terminado de encender las velas y ahora llenaba la lámpara de aceite. Abrió la leñera de la cocina para ver el rescoldo. Lo atizó y le puso más leña. Había dejado la tetera llena de agua para el desayuno, pues la huida no estaba prevista. El parto tampoco, pero al menos contaría con agua hervida para la faena.

―Ve a dejar las velas al dormitorio ―le dijo a su hijo, previendo que se avecinaba un gran dolor.

No se equivocaba: fue más grande que los anteriores, tanto así que le arrancó un largo quejido. Se agachó, sujetándose de la parte de la cocina que no estaba caliente.

―¡Mamá! ―exclamó el niño. Vino corriendo desde la habitación, chocando con los sillones y con otras cosas.

Le sobó la espalda a su mamá con preocupación. Ella se dio cuenta de que la intención era consolarla. Al cabo de un rato, al alzarse, la mujer le otorgó un abrazo, sin mirarlo y sin hablar. Apretó los labios y su garganta se quiso apretar también. ¿Qué sería de ellos ahora? ¿Patrick se quedaría callado? ¿Los guardias se habrán tragado lo que Patrick les dijo? ¿Qué haría Shion con ella? Todo era tan incierto, tan atemorizante. Se sentía como un animal en cautiverio, como una fiera en un zoológico, que fue encerrada para producir guerreros para esa orden y que no podía ni luchar ni huir. Se había sentido así desde los primeros meses que pasó en el Santuario, pero luego lo había olvidado. Había ido descargando la presión del cautiverio en el hijo, el mismo que ahora la conducía de la mano a la habitación, hasta dejarla sentada en la cama. El mismo que iba murmurando "tranquila, mamá". Sonrió leve y tristemente a su espalda, recordando que toda su armadura se caía cuando el hijo estaba enfermo. Entonces lo llevaba a acostarse, le daba caricias gruesas con sus manos trabajadoras, le daba remedios de hierbas y le cantaba para dormirlo.

Era guapo, tenía los cabellos y la piel de ella y los ojos del padre. Sin duda sería un hombre apuesto. Sin duda una mujer podría envolverlo con tanto amor como ella amó a Aléxandros. Sin duda sería un buen esposo y un buen padre. Ella siempre le había dicho que tenía que ser el mejor de los hombres. Ella siempre lo había educado para ser su hombrecito, para cargar el agua por ella y matar las arañas en la casa. Su garganta se apretó más al pensar en lo poco probable que sería verlo convertido en padre. ¿Y si se lo hacían sufrir? ¿Y si se lo mataban siendo un niño? ¿Y si le prohibían tener familia como se lo habían prohibido a su padre?

Aioros la dejó para traer el resto de las velas y la lámpara. Luego, se sentó a su lado y se apoyó en ella, mientras ella dejaba coincidir una nueva contracción con la caída de una lágrima.

―Se pone dura ―dijo él, palpando la panza―. Y te duele mucho ―agregó mirándola hacia arriba.

―Nada que no pueda soportar ―mintió ella.

Unos vigorosos golpes en la puerta los interrumpieron. Aioros fue corriendo a ver, para abrirle la puerta a Patrick.

―¿Se puede? ―preguntó el irlandés con un acento aún más fuerte si se podía―. Shion no está ―repuso, muy agitado.

Se agachó un momento a recuperar el aliento.

―Putas escaleras ―murmuró, sujetándose el costado―. El viejo se encuentra en Star Hill, me dijeron que no vuelve hasta la mañana y que no se lo puede molestar. Ni idea de qué será eso, pero pretendo actuar por mi cuenta ―dijo al fin―. Iré por ayuda de todas formas, no te preocupes.

―No me preocupo, soy partera, no necesito una… ―respondió Néfele de manera impasible, pero se interrumpió―. ¿Tienes habilidades curativas? ―preguntó luego, en otro tono.

―Menos que Alex ―respondió el hombre inclinando la cabeza a ambos lados―. ¿Por qué?

―Trae a una partera, por favor ―replicó ella, mirándolo con decisión.

―Haré lo imposible ―murmuró él, respondiendo a su mirada con igual convicción, antes de marcharse.

En cuanto lo hizo, Néfele se levantó y buscó la maltratada maleta. La abrió, extrajo el dinero y las joyas. No podría salvar al mayor de sus hijos, pero podía pagarle a la partera para llevarse al menor. Shion no estaba, Patrick no sabía curar muy bien. Si decían que el niño estaba mal de salud y que necesitaba ser internado en un hospital, luego sería más fácil desaparecerlo a partir de ahí. Le partía el alma, pero más se la partía el futuro de sus niños y el de ella misma.

El tiempo que estaría con su bebé era muy limitado, ahora debía dedicarse a atesorarlo. Paseó por la habitación, acariciando su vientre. Vivió, concentrada, cada contracción, cada movimiento. Era un niño sano y fuerte, que se estaba acomodando perfectamente en sus caderas para salir. Aioros la acompañó, hablándole, caminando con ella, sobándole la espalda, abanicándola. Vamos, era como tener un esposo en pequeño, pero ya que era pequeño, no le permitía la libertad de acción que ella hubiese querido: tenía mucho calor y muchas ganas de gemir o gritar, pero no quería asustarlo.

Nuevos golpes en la puerta. Cuando Aioros abrió, se encontró con una señora algo gorda, con un delantal blanco y un mohín de mal humor. La acompañaba una muchacha de menos de 20 años y rostro tímido y asustado.

―Buenas noches, nos trajeron a mejorar a una señora ―dijo la mujer mayor―. ¿Dónde está la enferma? No importa, la puedo escuchar -agregó, colándose hacia el interior de la casa, al ritmo en que Néfele se quejaba―. ¡No te quedes ahí parada, pasa! ―exclamó al volverse a ver a su ayudante, que, ataviada con un delantal blanco y un pañuelo en la cabeza, se había quedado clavada en la entrada, casi temblando―. Te dije que esta vez tendrías que intervenir, no sólo observar, deberías estar emocionada, traerás un niño al mundo.

―Mentira ―dijo Aioros con expresión de pocos amigos―. La que traerá a mi hermanito al mundo es mi mamá y ella dice que no necesita ayuda.

―Qué niño más gracioso ―respondió la partea, dándole una brusca caricia en la cabeza al pequeño―. Si supiera… ―agregó entredientes.

Afuera estaba Patrick. No quería asomarse más de la cuenta, respetando la intimidad del momento.

―Aproveche de llevarse a su hijo, buen hombre ―dijo la mujer, tomando a Aioros de un brazo para encaminarlo a la puerta.

―¡No es mi padre! ―clamó el niño.

―No es mi hijo ―murmuró el hombre, casi al mismo tiempo.

―De todas formas, el niño no tiene nada que hacer aquí ―insitió la mujer, pero Aioros se resistía con todas sus fuerzas.

―¡Quiero ver nacer a mi hermanito! ¡No me toque! ¡Mamá!

―¡Aioros, vete con Patrick! ―se escuchó la voz de Néfele―. ¡Espera afuera!

Sólo ante eso, el niño se resignó, bajó la cabeza y se dejó empujar puerta afuera. Le sacó el cuerpo a la mano de Patrick, pero no se quejó.

―Somos hombres ―dijo éste, con una sonrisa―. No podemos hacer nada en este caso.

Aioros le otorgó una corta mirada antes de agacharse a jugar con unas piedritas.

Tras el tabique que separaba el dormitorio del resto de la casa, las mujeres encontraron a Néfele, parada, con el vestido arremangado y atado en un nudo a un costado. Estaba sudorosa, jadeando y se quejaba con la voz que ahora, sola con otras mujeres, podía sacar, apoyando una mano en la pared.

―¿Pero qué haces ahí, mamita, por Dios? ―dijo la partera―. Usted ya tiene un niño, debería saber que tiene que estar quietecita, tranquilita ―agregó, tomándola de un brazo, para apartarla de la pared.

―Soy partera ―respondió Néfele, la voz apretada por el esfuerzo, resopló y se quejó de una nueva contracción.

―Ah, partera ―dijo la visita con una sonrisa―. Esto va a ser difícil ―añadió entredientes hacia su ayudante, que tomó a Néfele del otro brazo―. Pero bueno, ahora mamita, se va a tender en la cama para que la revisemos. Mi nombre es Tyro y ella es Maria y te vamos a ayudar. ¿Cuál es su nombre?

―Néfele. ¿Eres partera? ―preguntó Néfele con la voz temblorosa al sentarse en la cama.

―Matrona, mi niña, y la boca le queda donde mismo ―respondió Tyro, recostando a Néfele y quitándole la ropa interior, para luego hacerle señas a Maria de que le entregara el maletín―. Matrona del Asclepeion. Su marido me agarró a la salida del turno y me pagó un buen… ―agregó, extrayendo una botella de alcohol.

―No es mi marido ―dijo Néfele, terminando la frase en un grito involuntario.

―Bueno, bueno, sin quejarse, que cuando le hicieron el niño, bien que no se quejó, ¿no es así? ―sonrió la mujer, mientras se ponía alcohol en las manos, lo encendía brevemente en la llama de una vela, para luego apagarse las manos sacudiéndolas.

Le hizo señas a su ayudante de que hiciera lo mismo, mientras ella se aproximaba a Néfele para hacerle el tacto de rigor. La parturienta la miró como una fiera, ya había decidido cuánta antipatía sentiría por esa mujer blanca y regordeta. Sin embargo, se dejó hacer entre tanto se veía una gran llamarada en donde estaba la ayudante.

―¡Pero, niña tonta! ¡Sacude las manos que te incendias! ―exclamó Tyro, ante lo que Maria obedeció con rapidez―. No creo que esta niña vaya a durar mucho en el oficio, nunca había tenido una auxiliar más aturdida ―agregó vuelta hacia Néfele, pero sin bajar la voz―. Estás lista, mamita, si te quedas un rato más de pie, se te cae el niño, ¿eh?

―Era la idea ―murmuró Néfele por lo bajo.

―Maria, saca las cosas ―dijo Tyro, vuelta hacia su ayudante―. Bueno, ahora me abres las piernas y me vas a pujar bien fuerte cuando yo te diga, ¿de acuerdo?

Agotada como estaba, por algunos momentos, Néfele optó por hacerle caso. Se estiró hasta alcanzar el respaldo de la cama con las manos y abrió las piernas. A cada pulso de su trabajo de parto, pensamientos que no podía controlar llegaban en oleadas, como el oleaje del dolor, el calor y el sudor le mojaba el cuerpo. Como el oleaje del placer, cuando estaba con él y se sujetaba fuertemente de la cama, abriendo las piernas para el hombre que amaba.

Sintió una mano en su vientre y escuchó la orden de pujar, a la par que el dolor inauguraba un nuevo ciclo. Lo hizo, con todas sus fuerzas, pero en silencio: Aioros estaba afuera, no quería que la escuchara. Creyó que su cabeza iba a estallar, pero no sintió que el niño avanzara. En el siguiente intento, se acodó en la cama y se inclinó hacia adelante, de nuevo en silencio.

―Grita, niña, grita, aprovecha ―dijo la matrona, observando con preocupación la falta de avance y el cansancio de la mujer.

―Preferiría respirar ―resopló Néfele, tragando saliva para seguir en la trabajosa labor.

―Deja eso y límpiale el sudor ―le dijo a la ayudante, que venía llegando de la cocina con una palangana y la tetera humeante.

La muchacha obedeció, pero en el momento en que lo hacía, una contracción hizo que Néfele se pusiera a dar pujos cortos, acompañados de quejidos abiertos y dolorosos. Maria llegó a dar un salto.

―Niña, no te desgastes ―dijo Tyro, luego de otorgar una mirada desaprobatoria a la auxiliar―. Cuando yo te diga, puja.

Néfele echó la cabeza hacia atrás con un gran gemido. La parte más dolorosa del parto estaba en curso, la parte más atemorizante, en que los huesos de ella y su hijo se rozarían, corriendo el riesgo de trabarse. El trabajo para llegar allí fue mucho más corto que la vez anterior, pero ahora estaba sola. Sola no, pero no estaba Alex. Tal vez entonces sólo fue capaz de dar a luz a Aioros porque estaba él para darle ánimos, para acariciarla, para decirle que todo saldría bien. Para prestar las palabras y las manos, sólo cuando era necesario, como sabía ella que debía hacer cualquiera que asistiera a una mujer en un momento tan íntimo. Más si se trataba de la mujer amada y de la propia familia la que pendía de aquellos esfuerzos. Cuánto quería escucharlo, sosternerse en él. Cuánto deseaba sus manos que sabían golpear y herir, pero también bendecir, cultivar, acariciar y calmar. El siguiente gemido fue un sollozo, se llevó la mano a la boca y en su muñeca estaba la cinta roja.

―Animo, niña, al menos no te quedará ninguna cicatriz ―dijo Tyro, palpando el vientre de la parturienta―. Vieras cómo me quedó a mí la panza con cuatro cesáreas.

Sobrevinieron nuevos pujos, sin resultados. Entre uno y otro, la matrona buscaba la ubicación del bebé y se veía en su cara el poco avance del parto. Néfele boqueaba por aire, agotada y somnolienta. La muchacha le dio agua a beber y la partera hacía comentarios no del todo amables, cada cierto rato.

―Te voy a tener que ayudar ―dijo la matrona, luego de un nuevo pujo infructuoso.

Extrajo un estuche de su maletín y una especie de navaja desde el estuche.

―Ahora, quédate quietecita ―dijo.

―¿¡Qué!? ―exclamó Néfele, recuperando la energía de súbito y alejándose―. ¿Qué cree que está haciendo?

―Una pequeña incisión, aquí abajo, para ayudar al niño a salir.

―¿Pero qué demonios? ―clamó Néfele con fuerza―. ¿Acaso hizo usted la práctica en los Tagmata Asfaleias (1)? ―agregó, clavándole la mirada, al tiempo en que se bajaba de la cama.

―Pero mamita, yo sólo estoy aquí para ayudarte, no te pongas antipática.

―Está aquí porque Patrick le pagó ―replicó Néfele agachándose bajo el peso de una gran contracción―. ¡Pero en realidad no está aquí! ―exclamó hacia el final del esfuerzo del pujo.

Cayó líquido al suelo y al llevar la mano a su entrepierna, pudo palpar la cabeza del bebé.

―Acuéstate niña, que vas a parir ―dijo Tyro, pero Néfele no la escuchó.

No estaban ahí, sólo estaban ella y su bebé, más una vaga presencia protectora que no estaba en el lugar, sino que ellos estaban en ella. El roce de la cinta en su muñeca parecía envolverla por completo. Se sintió en la mano abierta de alguien, como abierto tenía que estar todo en las puertas de la vida. Se quitó el vestido y arrojó un par de toallas al piso, en un solo movimiento. Vio a las mujeres moverse, a la muchacha persignarse, pero no les prestó atención, ni siquiera las escuchó. El único que requería su atención era su hijo, a medio nacer. La sensación de que iba a partirse en dos era igual a la primera vez que había parido. No escuchaba las órdenes frenéticas de la partera, escuchaba la lluvia de aquella noche de otoño. Escuchaba las palabras del esposo y los gemidos de ella, prolongados en una agonía tan dulce como el amor.

Su hijo necesitaba fuerza para llegar a este mundo y sólo ella se la podía dar. Y ella la tenía. Se sintió poderosa como la tormenta que le trajo a Aioros, y aquella que bautizó al nonato bajo el techo del templo de Leo.

Se asomó la cabeza, pero retrocedió nuevamente. Vio a las mujeres cambiar de sitio, la joven se agachó a esperar al niño, la vieja se situó a su espalda, pero lo que hicieran la tenía sin cuidado. Recordó los truenos, las nubes chocando y retorciéndose, como las entrañas de esta nube, Néfele, ahora se recogían en la resaca que previene un maremoto. Leo, no Virgo como estaba previsto, el que venía era un león. Y ella lo pariría, rugiendo como una leona, a voces de trueno. En el momento mismo en que descargaba todo su poder, sintió los brazos de la partera constriñendo sus costillas.

La cabeza del niño salió por completo. No supo cómo se libró del agarre, pero Néfele privó a la muchacha de recibir a su primer bebé, porque el pequeño debía llegar a las manos de su madre, de esa leona posesiva que no admitiría que nadie tocara a su cachorro. Aún en trance por lo ocurrido, se arrodilló en las toallas, con el niño entre los brazos, tal como la primera vez en que había sido Aléxandros el que se lo había entregado.

―Eres un niño ―murmuró, jadeando―. Un niño, mi niño.

El bebé no lloró de inmediato. Tras unos instantes, soltó los primeros gimoteos.

―¿Qué pasó? Mamá está aquí ―murmuraba mientras las mujeres se desplazaban por la habitación en otros menesteres.

El niño tosió y se revolvió inquieto.

―Ve si tenemos bomba ―ordenó Tyro―. Déjamelo, déjame revisarlo ―le dijo a Néfele.

La madre fulminó a la matrona con la mirada y prácticamente le gruñó. Aún se sentía fiera, poderosa y posesiva. Y, poco a poco, pasado ya el dolor, volvía a ella el pensamiento de que el tiempo en que lo tendría sería tan corto, así es que tornó a mirarlo, a perderse en la pequeña carita que comenzaba a buscar su pecho.

―No tenemos ―dijo Maria.

―¿Qué hacemos? ―murmuró Tyro, indecisa, en el mismo instante en que escuchó un chupetón.

Néfele succionó con la boca la nariz de su pequeño y escupió el líquido que le dificultaba respirar, no una sino dos veces. La matrona la miró asqueada primero, pero luego suspiró con resignación. Era una de las pacientes más indóciles que había tenido, pero hasta aquí todo parecía ir bien.

La madre sentía que se iba a derretir, que se iba a morir de amor ahí mismo por esa cosita rubia y resbalosa que se movía entre sus brazos, entre sus pechos. Esa cosita que ella había hecho, que ella sabía cuándo y cómo había concebido. Cuando el bebé al fin pudo soltar un llanto vigoroso, fuerte como la vida misma, ella no pudo menos que acompañarlo y llorar con él al estrecharlo.

―Ahí está ―dijo Patrick afuera, dándole una palmada en el hombro a Aioros―. Todo salió bien, ya eres hermano mayor.

Aioros se puso de pie como un resorte, pero el hombre lo sujetó de la ropa.

―No entres hasta que te digan, o lo que verás no será muy bonito. Yo ya no tengo nada que hacer aquí, nos vemos.


(1) Los Tagmata Asfaleias son los batallones de seguridad, colaboracionistas con el régimen nazi cuando Grecia fue ocupada en la Segunda Guerra Mundial. Desaparecieron en 1944, pero fueron el germen de nuevos grupos en la posterior Guerra Civil griega. Lo puse porque una amiga mía me dijo una vez que ella le había dicho eso a la matrona que la atendió en su primer parto cuando le salió con el clásico mote de "grita no más, ¿no te gustó que te lo hicieran?". Ella le gritó "acaso hiciste la práctica en el CNI?!" (Central Nacional de Inteligencia, organismo represor de la dictadura de Pinochet)