Minutos después, Néfele dio aún algo de guerra para separarse de su hijo. El niño no paró de llorar en todo el trance en que, luego de cortar y ligar el cordón umbilical, la ayudante lo limpió con agua tibia, lo secó y lo envolvió en una sábana. La partera se ocupó de llevar a Néfele a la cama, vestirla con el camisón que encontró bajo la almohada y cubrirla para que no se enfriara. Notaba con estupor cómo la paciente se movía por inercia, sin despegarle los ojos de encima a su hijo y cómo extendió los brazos con angustia para recibirlo, como si lo hubiese tenido lejos de sí por un siglo. Tyro no entendía bien qué lugar era éste que parecía un museo al aire libre, como los que mostraban en el cine que existían en otros países. No entendía qué podía estar haciendo allí una parturienta con las rodillas rasmilladas. De todas formas, trabajaba en el Asclepion, sabía que habían lugares en los alrededores de Atenas donde aún no había alcantarillado o alumbrado eléctrico.

Y, como fuera, sabía que su labor aún no terminaba. El siguiente paso era crucial para el bienestar de la madre. La tarea no se tornó fácil, sabía que no podía forzarlo, pero, según su percepción, el tiempo corría en su contra. Miraba a Néfele mientras bregaba por propiciar el alumbramiento de la placenta, pero la madre sólo le respondía de reojo, con un aire de tranquilidad casi insufrible. La percepción del tiempo para ella era diferente y eso la hacía permanecer tranquila. Amamantaba al pequeño, jugaba con sus manitos, aunque no sonreía con facilidad.

Tras casi tres cuartos de hora, la cavidad quedó libre. Unos minutos más tarde, Tyro habló.

―Hay un flujo de sangre ―murmuró hacia la ayudante, quien palideció.

Néfele, a pesar de haber escuchado, permaneció impasible. Apretó un poco el gesto, recordando cómo la cabeza del niño había sido casi forzada a salir de manera violenta. Imaginó que aquello le había rebanado las carnes, pero no dejó que el pensamiento la perturbara. Siguió concentrada en memorizar a su nuevo amor, en un idilio que le llenaba el corazón de júbilo, como una flor hermosa que creciera en medio de un pantano.

La sangre seguía corriendo, el flujo no disminuía aún cuando Tyro daba masajes al vientre para que el útero volviese a tomar forma. Comenzaba a formarse una mancha importante en las sábanas.

―Néfele ―habló la matrona con seriedad―. Temo que necesito mandarte al hospital.

La madre se volvió hacia ella en silencio, mientras el pequeño dormía en el calor de su pecho.

―Tu matriz no responde, tendrán que quitarla para que deje de sangrar ―agregó Tyro, mostrándole las sábanas teñidas de sangre―. Tienes dos hijos fuertes, no necesitarás más.

Silencio. La mujer regresó la mirada al bebé que acunaba sin demostrar nada.

―Llamaré a tu marid… Al señor que me trajo ―dijo antes de salir, haciéndole seña a Maria para que se quedara.

―Llama a Aioros ―dijo Néfele con serenidad.

―Pero será mejor si…

―Llama Aioros, sólo a él ―repitió, alzando la vista.

Tyro asintió y salió. Se había establecido al fin una comunión entre las dos mujeres, no una relación médica, pues Néfele no era una paciente. Paciencia no era algo que se pudiera permitir en ese momento: necesitaba hablarle a sus hijos, al menos al que podía entenderle. El tiempo se detuvo. Maria pudo observar cómo la mujer en la cama se quedó paralizada en la misma posición en la que habló por última vez, la mirada congelada y perdida. Mantuvo esa mirada cuando ella le indicó que se recostara, poniendo al bebé a su lado, le puso una compresa entre las piernas y le alzó un poco las caderas con una almohada, tratando de revertir en algo la hemorragia, para luego cubrir y arreglar todo, de manera que no fuera impactante para el niño que iba a entrar.

Y es que la joven enfermera no podía saber aquello de lo que Néfele se dio cuenta cuando vio la sangre en las sábanas. Luego de pasar días, meses y años preocupada de cómo iba a terminar la historia de su maternidad, siendo madre de caballeros, la conclusión se reveló por sí misma. Luego de ser salvada por Patrick y de la fidelidad que éste mostraba hacia su secreto; luego de la poderosa experiencia de ese parto exitoso; luego de amamantar a su bebé y alumbrar la placenta, parecía que todo estaba bien. Que tendría control sobre esa historia y que podría dedicar sus esfuerzos conscientes a sus hijos. Pero la respuesta era clara ahora, el destino hacía su jugada. Tal como su marido y Shion pensaban, era implacable y apartaba de su camino a quien quisiera entorpecerlo. No había madres en el Santuario. Los caballeros de Athena eran huérfanos. Zeus devoró a la madre de Athena y ahora se la tragaría a ella, como a muchas otras.

De alguna manera, no estaba atemorizada. Tal vez la pérdida de sangre comenzaba a adormecer sus percepciones, pero conocer la verdad, conocer el movimiento que hacía el destino en ese juego no la asustaba, pero sí la entristecía. Se le nublaron los ojos y se los restregó antes de que entrara el hijo.

Se escuchó la puerta. Las pequeñas sandalias sobre el piso. La cabeza de Aioros se asomó tímidamente. Una vez que vio lo que había en la cama, una sonrisa se dibujó en su rostro y se acercó.

―Hola ―dijo.

―Hola ―respondió su madre en un susurro―. Necesito que salgas ―alzó la voz para dirigirse a la enfermera.

―Pero… ―murmuró la muchacha.

―Déjame con mis hijos ―la interrumpió Néfele con vehemencia.

―Desde luego ―respondió la muchacha, reteniendo las lágrimas con mucha dificultad, antes de abandonar la casa.

Néfele la siguió con la mirada y esperó escuchar el ruido de la puerta, aún el de sus pasos en la parte de afuera de la casa, antes de volver la mirada hacia Aioros.

―¿Quieres ver a tu hermanito? ―le preguntó con una sonrisa, quitándose la almohada de debajo e incorporándose un poco.

―¡Sí! ―saltó Aioros.

―Aquí está ―dijo Néfele, descubriendo al pequeño―. ¿No es guapo?

―No… no lo es ―respondió Aioros, mirándola como si creyera que era una broma―. Tiene cara de rodilla.

Néfele rió y con eso se atrajo la atención completa de sus hijos: hasta el pequeño abrió los ojos. Aioros no estaba seguro si hasta entonces conocía la risa de su madre.

―¿Quieres sostenerlo?

―¡Sí!

Con mucho cuidado, la madre tomó al bebé y lo puso en brazos de su hijo mayor. El esfuerzo la dejó agotada. En silencio se hundió en la almohada, sin dejar de mirar a aquellos seres por los que sentía que estaba respirando, que guiaban sus latidos y su fuerza.

―¿Lo hago bien? ―preguntó Aioros, con la mirada clavada en el rostro de su hermano.

―Nunca dejes que su cabecita cuelgue y cuida de no aplastarlo ―respondió la madre con suavidad―. Lo haces bien.

El bebé comenzó a quejarse, con ganas de comenzar a gimotear. Aioros miró a su madre con grandes ojos.

―Mécelo, siséalo, cántale, acarícialo ―dijo Néfele, la voz cansada, pero el gesto plácido―. Así se calma a un bebé.

―De acuerdo ―respondió Aioros―. Shhhhh, tranquilo, soy tu hermano mayor. Siempre te voy a cuidar, … ¿cómo se llama mi hermano, mamá?

―Aioria ―respondió Néfele mirando hacia arriba.

―Aioria ―repitió el hermano mayor―. Es como mi nombre.

-Son los nombres que escogió su padre para ustedes. Su familia provenía de Eolia.

Los hijos se callaron. Néfele sintió la vista algo nublada y la sensación de debilidad se acrecentaba.

―Deja al niño aquí ―le dijo a Aioros, incorporándose de nuevo para acomodar al bebé a su lado―. ¿No te parece más bonito ahora que lo cargaste?

―Sigue teniendo cara de rodilla. ¿Yo fui igual cuando nací?

―Sí ―respondió ella con una sonrisa melancólica, ordenando los cabellos del hijo mayor―. En un tiempo comenzarás a distinguir sus rasgos. Se parecerá a ti, ambos se parecen a su padre… Mi hermoso hombrecito ―agregó luego de una pausa, acariciando el rostro de Aioros.

―Me dijeron que estás enferma ―dijo él―. ¿Qué tienes?

―Cosas de mujeres ―sonrió ella.

―¿Te vas a poner bien?

Aioros sintió la mano de su madre alrededor de su brazo, jalándolo más cerca de la cama. La palma estaba un poco fría.

―Quiero que me escuches muy bien ―dijo Néfele, luego de haber juntado valor―. Prométeme que serás un niño bueno. Que te convertirás en el mejor de los hombres.

Aioros asintió, sin saber por qué su madre le decía esas cosas, mirándolo con tanta intensidad. Había mucha fuerza en sus ojos, pero una palidez pacífica teñía su rostro.

―Prométeme que, pase lo que pase, cuidarás de tu hermanito…

―Mamá, yo… yo voy a convertirme en caballero rápidamente para volver con ustedes…

―Prométeme que siempre cuidarás de Aioria ―repitió la mujer, haciendo un gesto para negar lo que el hijo decía.

―Sí, mamá ―murmuró el niño, pues el progresivo cambio en el gesto de su madre comenzaba a afectarlo.

―Hijo… ―articuló ella y sus ojos se tiñeron de rojo y lágrimas―. Yo sé que no fui buena contigo. Te pegué mucho, me callé mucho… permanecí lejos cuando tenía que estar cerca…

―Mamá…

―Yo pensé que lo hacía por ti, pero era mentira ―continuó ella, sacudida por un sollozo―. Lo hice por mí, ¡lo hice por mí! para no sufrir cuando te tuviera que dejar ir. Y ahora que se acerca el final, me arrepiento tanto…

A estas alturas, ambos corazones estaban rotos, una lágrima zurcó cada mejilla, la misma mano helada de la muerte desgarraba las dos gargantas.

―Cuánto te habría acariciado, cuánto te habría sostenido de saber que te iba a tener que dejar así…

―Mamá…

―Cuida muy bien a tu hermanito ―dijo la madre, rearmándose un poco―. Cuida muy bien a Aioria, no te separes de él, no dejes que lo aparten de ti, mantenlo abrazado a ti. Sé para él lo que yo no fui para ti… y… perdóname, mi amor ―agregó dejando que el llanto encogiera su voz, arrugara su gesto, la sacudiera y la llevara directo a los brazos del hijo, en el imperfecto abrazo que la posición les permitía.

Estrechando al pequeño, sintió la fuerza con la que se aferró a ella llorando. Lo sintió tanto más grande que ella, tanto más firme y más valiente, sin saber que él sentía lo mismo, porque su madre era su madre y él no entendía qué era aquello que tenía que hacer o qué tenía que perdonarle. Néfele se apartó de él depositando un beso en su frente. Estaba más calmada, no así él, que seguía llorando en silencio.

Antes de que las fuerzas terminaran de abandonarla, se llevó la mano a la muñeca y se desató la cinta roja que le había dado Aléxandros en su última noche. Cubrió con ella el beso que le había dado a su hijo.

―Era de tu padre ―dijo, terminando de hacer el nudo, por detrás de la nuca del hijo y arreglándosela―. El también los amó mucho, hasta el final de sus días trató de volver con nosotros. Ambos los amamos mucho, por favor, vive sabiendo eso, mi pequeño. Vive.

Néfele se dejó caer exhausta en la almohada. Dejó un brazo blanco colgando fuera de la cama. Sentía palpitaciones y algo de frío. Jadeaba, superada por el esfuerzo. Los colores de la habitación, las voces de mujeres en el exterior de la casa, todo comenzaba a hacerse confuso y a girar.

―Tranquila, mamá ―dijo Aioros, tomando la mano de su madre y volviendo a ponerla sobre la cama, cerca de Aioria.

Néfele le apretó la mano, con un gemido doloroso y volvió la cabeza en su dirección. Lo miró, temerosa y frágil, a las orillas de un abismo del que sabía que no volvería.

―Todo está bien ―dijo el niño, su pequeña voz adquiriendo serenidad de pronto.

Ella sonrió con dulzura, orgullo y dolor al mismo tiempo. Su hombrecito había aprendido de golpe cómo aplacar el miedo. Había esperanzas. Ya no tendría tiempo de hablar con la partera para intentar apartar a Aioria del peligro, pero estaba Aioros. El destino que les esperaba era duro, pero estarían juntos.

―Todo estará bien ―repitió el hijo―. Estaré bien. Estaremos bien. Duerme, mamá.

Aioros rodeó la cabeza de su madre con un brazo y allegó su rostro al de ella. Entre el calor materno que se apagaba y el dolor del hermano mayor, estaba el bebé, haciendo ruido, pero no llorando. Néfele dio un gran suspiro entrecortado. Su hijo era Eustratios, pero también era Eirena. Se había equivocado. No habían mejores manos a las cuales confiar el recién nacido.

―Duerme mamá ―repitió Aioros, besándola, antes de tragar el nudo en la garganta con dificultad.

El bebé comenzó a gimotear.

―Shhhh ―siseó Aioros―. Νάνι- νάνι Καλό μου μωράκι (1) ―canturreó con dificultad lo que la escuchaba cantar cuando fingía dormir para observarla.

―Νάνι- νάνι Κοιμήσου γλυκά ―con una sonrisa y una lágrima, Néfele unió su voz a la de su hijo―. Η μανούλα είναι κοντά Σε παίρνει αγκαλιά Φιλιά να σου δώσει…

―…Πολλά, τρυφερά ―terminó la voz de Aioros en solitario, cuando la quietud llegó a su madre y a su hermano entre sus brazos de niño, sus brazos de hombre. Depositó un beso en ambos rostros y cerró los ojos.


(1) "Duerme, mi pequeño bebé, duerme, duérmete dulcemente. Mami está a tu lado, te sostiene en su abrazo para darte muchos besitos" [*]