Escribí este último capítulo pensando en "The Swan", 13º movimiento de "Carnival of the animals" de Camille Saint-Saens.
Las mujeres se separaron por diferentes direcciones buscando a Patrick. En el camino le explicaron a algunos guardias quienes las ayudaron a buscar. Tyro estaba consciente de que cada minuto contaba, pero ninguno de los guardias parecía dispuesto a abandonar el recinto sin un permiso expreso del tal Pope. "Qué convento ortodoxo más extraño" pensó Tyro, cuando se reunió con Maria. Ella sí había logrado dar con Patrick. Este se manifestó dispuesto a actuar por su cuenta, así es que llegó a la cabaña de la enferma antes que cualquier persona.
Todo estaba en silencio cuando él llegó. La cabaña olía a sangre y a calor y, si bien la sala estaba casi completamente a oscuras, se veía luz en el umbral de la puerta de la habitación. Patrick se acercó con paso silente: un silencio pacífico y reverencial lo envolvía. El sonido de la brisa en los árboles se colaba por las ventanas abiertas, pero no lograba volver más fresco el ambiente. El hombre se asomó a la habitación. Las tres personas en la cama parecían dormir. Cerró los ojos y se concentró. Las vibraciones del hijo mayor clamaban desde un abismo de soledad y tristeza. Las del hermano menor eran limpias y prístinas, como todo recién nacido. Patrick estiró una comisura en una imperceptible sonrisa.
La puerta resonó seguida de dos juegos de pasos apresurados.
―¡Ah, ya está aquí! ―exclamó Tyro―. ¿Cómo lo hizo tan rápido?
―¿Por qué está parado ahí? ¿Es que la señora ya se murió? ―preguntó Maria con voz angustiada.
―Vive aún ―murmuró Patrick pausadamente en un volumen que exigía que las mujeres bajaran el suyo-. Puedo sentirla.
Con el mismo paso reverencial, el guardián de Tor se acercó a la cama. Aioros tenía los ojos cerrados y rodeaba con sus brazos y con su espíritu a la madre y al hermano, como una enredadera se posesiona de una añosa columna. Patrick sonrió conmovido, se inclinó hacia la cama y, luego de dar un suspiro, metió las manos en el lecho, con el fin de extraer de él a la madre. Las mujeres se aproximaron por el otro lado, para contener a los niños. Todos actuaban como si fueran a cometer un rapto en el silencio de la noche.
Patrick levantó a Néfele de la cama. Aioros sintió el tirón, pues no dejó ir la mano de su madre en seguida, sino hasta que ésta se le escapó. El niño protestó, y fue sujetado por Tyro. El bebé comenzó a llorar, las mujeres hacían alboroto, entre la enfermera atontada por toda la situación, Aioros que se revolvía y los chillidos del recién nacido. Un chispazo de cosmos se encendió y los ojos brillantes del niño exigieron su libertad y que su hermano le fuera devuelto. Tyro lo soltó con el movimiento del hierro candente y la muchacha, temblando de miedo, le extendió al bebé.
Tyro protestó un poco más, pero el pequeño aprendiz de guerrero la fulminó con la misma mirada con la que la había fulminado Néfele cuando ella intentó arrebatarle al bebé. "La furia de los cielos habita en esta familia" se escuchó un decir supersticioso, seguido de explicaciones acerca de la necesidad de llevar a la madre a un hospital y otras consideraciones.
Todo se escuchó, sí, pero a nada se le puso atención. Patrick estaba bajo el encantamiento de sentir nuevamente el peso de aquella mujer en sus brazos. Era menos peso, era menos calor. Ya no estaba el olor de las hierbas, sino el de la sangre. Ya no estaban los ojos de la leona, sino el rostro pálido, los cabellos pegados a las sienes por un sudor ya frío. Pero parte de aquella feminidad indómita seguía allí. Una dignidad moribunda, pero serena. Y casi una sonrisa. Patrick sonrió a su vez. "Valiente mujer", pensó mientras encendía la llama de su cosmos, con el fin de mantener encendida la de ella, que flameaba como un candil al viento. No podía hacer más: sabía curar heridas pequeñas, pero nada que comprometiera la vida de la persona y nada que no pudiera ver con sus ojos. La herida de Néfele estaba más allá de su alcance, pero sí podía poner sus manos y sus piernas a su servicio.
Sin mirar, se agachó un poco, para que Maria le echara una manta encima a la mujer y se la arreglara para cubrirla. Miró a los presentes e hizo un pequeño movimiento de cabeza.
―Me la llevo ―dijo, antes de salir caminando, a paso cada vez más rápido, hasta perderse de vista en el horizonte.
Aioros fue obligado a soltar a su hermano recién al interior del Asclepeion, adonde llegaron cuando todavía no aclaraba del todo. Patrick los esperaba. Néfele había sido ingresada y estaba siendo atendida. Tyro se despidió deseándoles suerte y se fue a su casa. Maria se entregó en los brazos de sus compañeras y se perdió hacia el interior del hospital. En la banca del pasillo quedaron sentados el niño y el hombre que no era su padre. Patrick intentó extender un ala hacia Aioros, pero éste le sacó el cuerpo. El cansancio pronto fue más fuerte que su hosquedad: acabó dormitando apoyado en el irlandés que tenía la mirada perdida en las grietas e imperfecciones de la pared del frente. Se preguntaba si Néfele viviría para contarla, pero no se permitía tener muchas esperanzas: al igual que ella, comprendía que la mano del destino había intervenido.
No le sorprendió que con la luz del alba, el niño despertara exaltado en principio y que se tranquilizara de inmediato. "Se la llevó a casa", lo escuchó murmurar, en el momento en que una enfermera se asomaba para darles la noticia que no era noticia. Aioros estuvo tranquilo, tal vez anestesiado por el dolor excesivo o tal vez serenado por el sueño que le había hablado con las voces de sus padres.
Con tranquilidad extrajeron de la aventurera maleta de Néfele sus documentos para arreglar los trámites. "Eustratios, no Eirena", corrigió Aioros al funcionario que registraba la inscripción de nacimiento de Aioria. Patrick le extendió la libreta de matrimonio de la difunta. El funcionario frunció el ceño al mirar a Aioros y analizar la situación de dos niños pequeños, huérfanos de ambos padres y que no estaban acompañados por ningún familiar. Teléfonos se levantaron, se intercambiaron miradas, consultas en voz baja y carreras hacia las entrañas del servicio. Patrick dijo ser amigo de la familia, que él se haría cargo de todo, pero fueron surgiendo diferentes trabas y consideraciones. Tuvo que aplicar sus armas más bajas de persuasión, como la amenaza, el uso solapado de sus poderes y del dinero que había sacado quién sabe de dónde, por lo menos para obtener el pase para retirar el cuerpo y los documentos de Aioria. Ya pensaría más tarde cómo retirar al propio bebé, aunque no descartaba ni le molestaba robárselo del cunero por las malas. Se rascó la cabeza pensando si Néfele estaba consciente de todo el conflicto que dejó su muerte.
Pero ella ya no estaba en conflicto con nada. Cuando Néfele fue arrancada del lado de su bebé y su mano soltó la de su hijo, esa nube comenzó a elevarse, como un nimbo suave, blanco y algodonado. La mano se sentía extraña. Era la izquierda, la del anillo de matrimonio. El brazo colgaba libre, cuando tantas veces había estado encajado con el brazo del novio, del esposo, al pasear por Rodorio o entre los robles del antiguo oráculo.
La mano estaba sola, cuando en diez años nunca lo había estado realmente. La mano del anillo caminó todo ese tiempo en la de Alexandros o en la del hijo. Sí, así había sido: no era habitual que Aioros se cayera. Era la mano de ella la que insistía en no caminar si no lo hacía en la manito de su pequeño. Así recorrían los edificios y las calzadas vetustas de ese Santuario, en la luna resquebrajada de frío, en el sol de cabellera dorada y empalagosa, en la inundación de aromas floridos y en el vuelo de las hojas secas y de las hermosas golondrinas que se marchaban a latitudes lejanas.
Ella también volaba al reencuentro. La dicha le inundaba el corazón, tranquilo y lento, que distanciaba cada vez más un paso del otro, pero que a cada paso se acercaba más a su destino. Se vislumbraba la más dulce paz, pero a ratos reiniciaba la guerra, la nube era forzada a bajar y a llover sobre un cuerpo cada vez más ajeno, una casa cada vez menos agradable. Pero luego el viento volvía a soplar veloz y gentil como el nombre de los hijos y el viaje hacía escalas en diferentes lugares.
"Duerme mi hermoso bebé" le cantaba la voz de una mujer a la que no había visto en años, el escenario más antiguo guardado en su alma, el único recuerdo dulce de una etapa ya ida, pero que hacía imagen especular de la misma melodía entonada entre lágrimas por el hijo, para ella. El ciclo completo de la vida en unas pocas líneas que pasaban de madres a hijos, pero también viceversa. Ya no se haría vieja y gris para verlos convertidos en hombres y entonar aquellas líneas para un nieto, pero podía estar tranquila en el perdón del hijo y en saber que eran fuertes sus hombrecitos y que el amor era fuerte, como el viento que sopla las nubes de un lugar a otro. Más fuerte que las tormentas, los relámpagos y los truenos.
Habían mejores casas que visitar. Había una casa en un lugar, donde se escuchaba el mugir de las vacas y el canto de las tórtolas a lo lejos. La podía ver, pero también la vio alejarse y sus sonidos perderse en el repiquetear rápido de un tambor desesperado, como el que guiaba a los soldados a la última batalla. El tambor batalló su último intento fútil por apagar las luces del alto cielo al que volaba y encender las de un techo desconocido y frío. Pero la batalla cesó.
El tambor no se escuchó más, sólo el canto de las tórtolas enamoradas y fieles y el del gallo. La casa tenía un gallinero y un pequeño estanque para que nadaran los patos. La casa olía a las flores que tanto ella como el marido habían plantado. Era una construcción pequeña, con un corredor que daba al huerto, donde el esposo araba, regaba, sembraba y recogía. Los álamos cantando su canción, como las gallinas cantaban la suya al poner los huevos.
Aromas, sonidos, colores. Texturas. El tacto de la harina con agua mientras se mezclaba la masa a manos llenas para llevar pan a la mesa. El calor de la estufa a leña, el sabor de un buen avgolemono. Las risas en la mesa ante las ocurrencias del hijo. La risa del hombre al que amaba, las carcajadas de un niño. La piel de la pancita del bebé. El tacto de las tres pieles desnudas cuando el bebé era pequeño y tres compartían la misma cama.
Cuánta felicidad en amamantar. Cuánta felicidad en amar. En descansar su mano en la del esposo. En tenderse con él bajo el roble a observar el la luz colarse entre las hojas. En pasear al hijo por el corredor, rozar su cabecita con la mejilla y sentir cómo él saboreaba su hombro. Cubrir el sol levantado al bebé, pues el astro rey palidece ante tanto amor, sentido de manera tan íntima. Las pataditas de escenario alegre del mayor, y de escenario triste e imponente del menor. Acariciar el vientre henchido de vida, a cuatro manos: las suyas y las del labrador; las suyas y las del primogénito.
Al canto del cisne, al vuelo de la golondrina que se encamina al reencuentro, Néfele había llegado a su hogar y la mano del que ya se encontraba allí la invitaba a entrar. Elisium era para los buenos soldados que morían en batalla, codo a codo con la muerte; pero también de las mujeres que morían de parto, codo a codo con la vida. El abrazo de dos, que habían dado origen a otros dos. El abrazo de dos que volvían a ser uno. En casa, finalmente.
Amé crear esta historia. Gracias por el feedback.
