~ Parte VIII ~

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Kent entró en la cocina después de tener un momento de vacilación. Ikki y Sherry le habían deseado lo mejor, aunque no comprendió a que se referían hasta que entró al lugar.

Bonnie estaba sentada frente a la barra de mármol que Ikki usaba como desayunador y le daba la bienvenida con una de sus tímidas pero sinceras sonrisas; la luz era perfecta para que pudiera ver, centímetro a centímetro el pequeño y provocativo disfraz de roedor hembra. Así lo habría catalogado si no estuviera tan endiosado por la imagen. Bonnie se acercó a él y se pegó de su manga derecha. Era obvio que Kent no se había percatado que Bonnie lo había visto ahí de pie, dudando. Pero ella no le diría, no pondría en evidencia algo que pudiera ser vergonzoso para él o que no supiera como explicar sin poner como base algún hecho químico o biológico.

Un escote no le habría provocado más que indiferencia pero ahora, por alguna extraña razón, era diferente. Se presentaron reacciones químicas –y físicas- que jamás había experimentado. Se negó a creer que lo que a Ikki le parecía divertido lo seria para él. Su frente comenzó a humedecerse, su respiración de agitó y de repente tenía ganas de salir huyendo. Vio en la barra una jarra color marrón y un vaso de vidrio. Se sirvió medio vaso, sin mover el brazo que Bonnie sostenía con ansias, Se terminó el contenido. Se volvió a servir, está ves una dosis doble y cerró los ojos mientras bebía, intentando calmarse.

—¿No te gusto? — balbuceó Bonnie con tono lastimero. Toda la lógica y mente fría de Kent se desvanecieron. No supo que hacer, su cuerpo empezaba a reaccionar ante la urgencia de avanzar, a otro nivel, con ella. Bonnie aprovechó su indecisión y se abrazó de su cintura –aparte que no alcazaba más de él sin ponerse de puntitas- sintió las manos de Bonnie desabrochándole los botones del saco. Se agacha a besarla, cayendo en la tentación. Recordó el futón –convenientemente colocado por Ikki- en medio de la cocina y la guía hasta ahí. Bonnie avanza con pasos pequeños, pero agarrada fuertemente a su chico.

—Podemos continuar — le asegura Bonnie, con la certeza de que aquella oportunidad no podría repetirse, trata de hacerle saber a Kent que está lista, que así lo quiere.

Kent se quita en dos segundos el saco y vuelve a besarla. Ambos tienes los labios hinchados de tanto besarse. Le quita el vestido con pausa y ternura. La siente estremecerse con cada centímetro de piel que recorren sus manos. Luego siente la necesidad de recorrerla con su boca y así lo hace. Bonnie arquea la espalda y se aferra con ambas manos a sus hombros. Kent por primera vez en la noche, le dice que la ama. Bonnie no puede hacer más que abrazarlo porque el placer y las nuevas sensaciones la dejan entre la Tierra y el Cielo. El dolor primario fue opacado por la sensación de unión en un solo cuerpo. Sus caderas yendo al encuentro de la otra en un vals interminable y placentero. Bonnie le rodeó la cadera con ambas piernas para sentirlo más profundo. Fue deseo en forma de lava que recorría sus cuerpos sudorosos y anhelantes lo que hizo culminar aquella entrega: Kent deseó conocer la explicación de lo que le hizo inclinar el cuello al cielo y apretar la tela del fotón con los dedos. Aquello debía tener algún procedimiento, una fórmula para llegar al mismo resultado muchas veces. Regresó al plano material y fue consciente del cuerpo bajo él; las mejillas rojas, sonrisa extasiada y un par de ojos cual estrellas brillantes mirándolo.

—Te amo tanto — escuchó decir a Bonnie.

Sintió una oleada de calor recorrerle el cuerpo, distinto al que sentía hace poco, pero ambos con la misma esencia. No pudo responder, sus torpes palabras arruinarían el momento. Sonrió y por última vez, le besó los labios y la rodeo con sus brazos, cubriéndola con su saco que alcanzó con una mano. Apretó contra su pecho el cuerpo adormilado de aquella chica dulce y sincera que lo tenía atrapado.