~ Parte IX ~
.
A Felicita le temblaban las piernas. Agradeció que solo una lámpara en la mesa de centro iluminara el lugar. Eso, y la luz de la ventana eran las únicas fuentes de luz; podía fingir tranquilidad y Ukyo no vería su nerviosismo. Fue al encuentro de Ukyo, que caminaba a paso lento porque no veía muy bien. Lo guio hasta la sala. Ukyo la recibió con un beso tierno y la sentó en su regazo, rodeándola con sus brazos y sintiendo la suave tela que la envolvía. Felicita estiro el brazo u encendió otra lámpara. Ukyo vio su ropa completa: incluida la cola esponjosa al final de su menuda espalda
—¿Acaso no te gusta? — gimió Felicita, al tiempo que Ukyo se ponía de pie y se alejaba de ella. La miró por segunda, por tercera vez, algo estorbaba en su mente y no se atrevía a seguir tocándola. Vio la cara triste de ella aun en penumbras y el corazón se le partió.
—Perdóname... perdóname… soy horrible — trataba sin mucho éxito de calmarla. ¿Era tan estúpido como para haber herido a la Dueña de su Vida? Si, era estúpido y ella lo dejaba en blanco. Le había roto el corazón cuando no pudo lidiar con la ansiedad que le causó verla en esa ropa, tranquila y con una temperatura mayor a la normal. Idiota, imbécil. Se dijo de todo. Sintió caer de nuevo en la perdición de la soledad, pero la mano cálida de ella volvió a agarrarlo.
—No tengas miedo — Felicita lo miraba con ternura, entendiendo todo en su mente —Todo está bien. Yo quiero hacerlo.
Y por primera vez, fue ella quien se acercó para besarlo. La mano que sostenía de él, la llevó hasta la parte alta de su espalda. Ukyo la bajó trémulo, a la espera de ser rechazado por ella pero nunca sucedió. La recostó en el sillón si dejar de besarla. Acarició las orejas de conejo en su cabeza y Felicita rio.
—Fue idea de Sherry — musitó con voz encendida de deseo.
—Me encanta — dijo el —Tú me encantas. Te amo
Liberó el cuerpo de su amada de la prisión que era su vestido y le puso una mano sobre el pecho, sintiendo su respiración agitada. Sus corazones latían como uno solo. Ella gimió al contacto y en un acto que, ahora que descubrieron, jamás se cansarían de repetir, unieron sus cuerpos y se entregaron a lo que muchos llamaban: El Espíritu del Amor.
