ADVERTENCIA

El contenido de este fanfic puede incluir: lenguaje vulgar, contenido sexual, violencia y/o puede resultar ofensivo para terceros. Por ende, se requiere un público calificado como M+16.


Capítulo 3.

La derrota más indigna de todas. Ese trago amargo que sólo le quedaba por transigir.

Bañado por cristalinas gotas de sudor, drenadas por la pura adrenalina. Y todo, ¿para qué? Para caer como un perdedor, una vergüenza con la que debía cargar; pese al ingrato y desfavorable marcador.

Muy en cambio a la victoria. Era esta su dulce y satisfactorio néctar.

Agradable y bien merecido triunfo, tras una reñida partida que no tuvo ninguna tregua y de la cual había resultado vencedor.

—Está bien, lo admito, eres bueno. Pero yo soy mejor —se apresuró a fanfarronear una vez que el otro digiriera su fracaso.

—Imbécil —y arrojando la raqueta con fuerza, el de cabellos cetrinos se dijo a si mismo tal agravio. Había sido humillado por Hiroto, no sólo con su derrota. Sino también por sus palabras y las propias que, al fin y al cabo terminó atragantándose junto con su vanidad. Sin embargo, fue esa misma rabia que lo hizo torcer los labios en una diminuta sonrisa.

Y es que el pelirrojo lo ofendía con ahínco, aun cuando solo permanecía frente a él, sosteniendo su raqueta tras la nuca. Ciertamente su triunfo había sido como un martillazo para el otro, claro, era un regocijo ser quién hiriera a tal pedante. Pese a ello, encontrábase totalmente exultante, hiriendo la pedantería ajena.

Y así animoso, salió del campo, rastreado por la mirada de Ryuuji.

Fue hasta ese momento que la perspectiva del muchacho se veía alterada. Él lo había vencido en su propio juego, —motivo por el cual estaba molesto— pero inexplicablemente, habíale surgido cierta admiración hacia Hiroto.

No obstante, ante todo, necesitaba una ducha; pese a su imagen tan desfavorable y poco tolerable que cargaba.

Terminó yéndose a su habitación. Que anteriormente había mentado, era dividida con Nagumo.

En un sábado como ese, no se podía esperar mucha actividad de los estudiantes, a no ser que tuvieran algún tipo de planes en específico. Y con eso me refiero a su anarquismo y su desmesurada orgía.

Sin embargo no era esta la ocasión. Era más que suficiente ver a parte de la pandilla asentados a las afueras de la abadía para saberlo.

Haruya, Osamu y el líder, compartían un porro —hecho manualmente— de manera respectiva, mientras observaban a los otros dos sobrantes: Midorikawa y Hiromu alejados por completo. Aunque era sólo el último quien practicaba con su tabla cualquier serie de saltos. En tanto, el primero solo le veía con gracia, resaltando entre risas —muy de vez en cuando— sus caídas.

En el ínterin, los separados encontrábanse bajo los efectos de un alucinógeno menor, como lo es la marihuana. Se podía oír a la lejanía su desmedida alegría.

—Entras, disparas y te sales. Eso es tener sexo —una representación tosca hacia Haruya con sus manos. Atribuyendo a su figuración. Por supuesto, era el código de cada hombre. Sus compañeros restallaron en risotadas.

—¡Exacto! —enunció el pelinegro, codeando al originario de semejante idea. Tenía la razón.

Poco más o menos, era el título que les daban a las muchachas y aquello en efecto les agradaba.

Por lo pronto reían aún más a causa de la nueva imagen que presenciaban.

Y es que tras una calamitosa caída, Hiromu habíase inclinado hacia delante. Pese a eso, el de cabello verde (quien permanecía a una corta distancia tras el otro) practicaba un movimiento pélvico y paulatino.

Evidentemente manifestaba una idea libidinosa, aunque Ryuuji no sentía ni un mísero deseo sexual hacia su compañero. Mas bien su actitud se apoyaba en el fin de causar alborozo en los espectadores, aun cuando sustentaba una imagen depravada de sí mismo. Mas Hiromu no era deficiente, con la jugarreta de los presentes había percibido los actos tan inoportunos que se efectuaban a sus espaldas.

Así que su primera reacción, fue volverse al de cabello cetrino y propinarle un golpe en el estómago que sin duda hízolo doblarse.

—Hombre, no te quieras pasar de verga —dijo él al ver a su oyente riendo y rodeando su vientre con los brazos. No estaba enfadado en lo absoluto, se sentía satisfecho al admirar tan blandengue a Ryuuji.

No era de esperarse que entre tanto júbilo, la presencia de un ave negra y grande, hiciera caer a los tres viciados en un conciso temor. Pero así fue, y como consecuente a los efectos del cannabis que habían fumado tiempo antes, comenzaron a cercarse al duplo. Con prisa, alarmados y carcajeando a causa del corto susto que hubieron sufrido. Saginuma, fue en quien causó más sobresalto, así que aun andando habló:

—¡Santa mierda!

—¡¿Qué coño fue eso?! —no paraba de interpelar el pelirrojo de modo ensordecedor. De esta manera, cualquier concurrente podía percibir su transitoria intranquilidad.

—Es la cosa más espantosa de mierda que he visto en mi vida —balbuceó por último el cabecilla entre risas nerviosas y con el habla lento y pausado. Y así se había tornado el de cada quien, pese al estado de intoxicación en el que se encontraban.

Un fin de semana tedioso y nada interesante fue ese.

Acaeció el lunes, el martes y de igual manera el miércoles. De la universidad al residencial, del residencial a la universidad. Hartos y cansados del mismo protocolo.

Desde ese día en el que lo venció no había recibido ninguna de sus cantilenas hostigadoras. Eso era un alivio. No era un área favorable o familiar para Hiroto. Mucho menos estaba ahí por cuestiones de estudio, sino que la biblioteca en ese momento parecía un agradable pasatiempo. Estaba reclinado contra un enorme estante, repleto de libros establecidos en orden alfabético y además de todo iluminaba —con un artefacto láser— a cualquiera que se atravesara por ahí. Esa era la vida perfecta, y al mismo tiempo, se encontraba solo como siempre. No obstante, aquello era propio en él. En ocasiones, (usualmente), resultaba bueno.

Efectivamente hallaba divertido ser la distracción de muchas chicas. La mayoría: rubias con el cerebro tan diminuto como un cacahuate y que buscaban la procedencia de aquel fino y minúsculo punto rojo. En vano era, pues carecían de intelecto o destreza, a lo que a él le constaba.

—¿Te diviertes? —ya había olvidado lo enojoso que era su voz. Quizá por cantar victoria precipitadamente. Sin duda, le había aniquilado la diversión, por lo que su limitación única fue apagar su aparato—. Escucha, no me confundas con ése pedazo de mierda —habló el de cabello verde con relación a Fudou. Por supuesto por el antiguo acotejo realizado por Hiroto.

—¿Qué? Tus problemas, no son mi asunto —se apresuró con su mofa, aprovechando la inquietud de Ryuuji—. A lloriquear a otro lado —para ofenderle con más empeño, comenzó a carcajear sarcásticamente. Por supuesto hizo enfadar —aún más— a su oyente con un concepto célebre: "La verdad duele".

Empero, las miradas de la concurrencia se habían casi abalanzado en ellos dos, acompañándoles con un sonido silenciador. Hubo un instante en lo que aquello funcionó, muy pequeño realmente; por que respetar un precepto típico en toda biblioteca como: "No provocar alboroto" resultaba insignificante para cada cual.

—¡Oye, oye! ¿Qué pasó con lo de: "luces estúpidamente igual a Akio"? —en esta ocasión parodió.

—¡No me metas! ¡No me metas! —le replicó aun cuando Ryuuji hablaba y más exaltado que antes. Nuevamente brotó aquel sonido que los sometía a callar. Sin embargo, el "descendiente" de Cobain sujetó el brazo de su oyente, ya sin ningún decoro.

—¿Fudou igualarse a mí? ¿Cómo, de qué manera? —gritaba en voz baja, y mientras le acorralaba contra uno de los estantes, Hiroto sacudía su hombro implacablemente.

Aquella conversación, desde un rato, habíase transfigurado repulsiva. Tal vez por la falta de empatía del pelirrojo, quien no entendía cuán importante era toda esa situación para su acompañante. Además ya había dejado en claro que sus problemas no eran su asunto, por ende, era total y completamente indignante ser apabullado por el tipo que se la pasaba agraviándolo.

Esa escena tan ultrajante e inoportuna fue cortada por la intromisión de una bibliotecaria del lugar. Cuando no había emitido sonido alguno la mujer, Ryuuji manumitió a su compañero de controversias, intentando aminorar aquel vergonzoso abyecto.

Si quieren hablar pueden ir a fuera, ¿qué no saben leer? —dijo ella recalcando un anuncio que claramente indicaba: "silencio y brevedad".

—Igual ya me iba —declaró el de cabellos carmín, intercambiando miradas con Midorikawa poco antes de salir. Fue la cordialidad de la mujer lo que causó mayor disgusto en los dos.

Aquel coloquio había culminado en su totalidad, aun cuando deambulaban en el mismo pasillo (guardando una gran distancia), no retomarían el tema.

Era el sonido que denotaba la compañía de Ryuuji a unos metros atrás suyo. Un sonido agudo y molesto que provocaba el de cabellos verdes al pasar el aire por su boca. Esa, la viva imagen que se divagaba por su mente. Fue cuestión de un par de zancadas, doblar en una esquina y subir al elevador, para deshacerse del cetrino.

Habiendo logrado tal objetivo, ya cuando las puertas de la máquina estaban a punto de cerrarse, ocurrió que, en último momento Ryuuji introdujo la punta de su calzado dentro de la cabina. Con ello, pudo acceder al ascensor sin ningún problema. También les dio conveniencia a muchos para ingresar. Las puertas se cerraron por completo y el mecanismo comenzó a descender hasta el vestíbulo principal.

Al caer la noche, se podía ver a casi todos los estudiantes y miembros de la universidad, congregados en un magnánimo salón.

Los músicos ambientaban el paraninfo con el tañido de los instrumentos que, sonaban alto y tenue. Era un espléndido cóctel ofrecido por el centro de educación, en vísperas de un proyecto banal e insignificante para esta historia. Los muchachos lucían trajes más rigurosos, adecuados para la ocasión. En el festín sobreabundaban canapés, bebidas y toda clase de mariscos. Y por supuesto, la aparición del grupo liderado por Akio era esencial. Principalmente si la parte femenina relucía fenomenal y claro, si usaban un buen escote. Ese era el único motivo por el cual, se presentaba el tropel.

—Huele a perra —habló el pelirrojo aspirando con fuerza un peculiar olor. A su lado se encontraba Osamu, buscando cualquier respuesta obvia para que el otro dejara aquella futilidad.

—Por supuesto, hay mujeres.

—No esas perras —se negó muy obstinado. Continuó reuniendo cada minúsculo aroma, cualquier esencia que lo llevara a ese hedor. Momentos después vino a él la contestación, que literalmente, estaba frente a sus narices: Hiromu—. Hermano, apestas

—No, eso les gusta a las chicas —sonrió orgulloso y seguro de que cualquier mujer que quisiera, caería en sus excepcionales encantos. Porque esa noche no sólo iluminaría el mal humor de la bandada, ya no sería: "El bufón de la corte" como Fudou lo llamaba, esa noche iría de cacería. Pero antes de continuar con algo más, tomó para sí, un platel colmado de bocas frías. Tenía un apetito que mataba y por eso, habíale arrebatado la bandeja a un afortunado botón—. Hannon le, Hannon le —reiteró continuas veces en un idioma desconocido. Uno que había aprendido en dos semanas desde un sitio Web de expertos en élfico.

Sus compañeros le observaban devorar aquellos aperitivos. La barriga del pelirrojo gruñía por poco inadvertidamente. Así que no era sencillo examinar a Miura con tanto banquete.

—¿Vas a comer todo eso? —la interpelación de Saginuma provocó que el castaño —pese a que aún tenía la boca saturada de comida— asintiera a prisa. Pese a la repudia contra la vulgaridad del bufón, no soportó ni un instante más a su lado. El pedestre, no era de ayuda a su imagen rígida y gélida, que había imitado del adalid. Osamu salió de escena, quizá en busca de su compañera para pasar la noche.

Tiempo después, se hizo presente Ryuuji junto al famoso Fudou, quien al presenciar a Miura con tantos bocadillos, rió suavemente. Ése Hiromu, siempre lo hacía reír de una u otra forma.

—¿Te comerás todo eso? —de los labios del cetrino surgió tal interrogante. Es que el castaño y su actitud —a diferencia de Osamu— le daban más compañerismo que el resto de los integrantes de la pandilla. Hiromu, imaginando que Ryuuji posiblemente respondería de forma similar al de cabello oscuro, simplemente tomó dos o tres de aquellos canapés para engullirlos de una vez. Y es que su buen humor se había ido por un retrete, consecuente al petulante actuar de Saginuma.

Por lo demás, el cóctel marchaba a la perfección. Tal cual diría Aristóteles:

"Lo mejor es salir de la vida como de una fiesta. Ni sediento, ni bebido".

Los camareros circulaban con plateles por todo el lugar; ofreciendo además de bocas, bebidas de grado medio. Y entre tanta sonoridad y armonía, sobresalía la belleza de una chica. Fumiko.

Como recordarán, ésta mujer intentaba seducir a Midorikawa a toda costa. El evento, era un indicio del destino, según ella. Por lo tanto, estaba preparada para la ocasión con su vestido largo, ceñido y de tonalidades índigo. Tenía una fisura elegante y delicada que, le descollaba la pierna y culminaba en su muslo. Hacia un tiempo que su amor platónico, junto a Fudou —dueño de una ancha sonrisa— la había divisado entre toda esa multitud.

—Aquí está lo bueno —masculló el cabecilla sin dejar su mueca, mientras que la muchacha se les acercaba. Midorikawa junto a él, también conservaba el mismo gesto, pero no tan voluminoso.

Estando cerca, la chica se posó frente a su amor —claramente— esperando algún tipo de cumplido. Uno que con tardía surgió, pero más como un compromiso.

—Te ves bien.

—Ryuuji, ¿no te dice nada este vestido? —le dijo ella. El adonis hizo un escrutinio rápido a toda su figura, de pie a cabeza y no emitió ni una palabra—. Habitación 3-2-6. Estaré esperándote —mientras pausaba cada uno de sus vocablos, también tocaba suavemente la camisa del muchacho.

Una vez que terminase con su anuncio se alejo de los dos y sacó del aludido una risita tenue, y luego distraído inquirió:

—¿Qué número dijo? —inmediatamente Miura tragó con fuerza todos los bocadillos de su boca e imitó con voz nasal y femenina:

—3-2-6.

Carcajearon por ello al menos un momento, antes que Haruya interviniese de repente.

—¡Me cansé, tengo que decirlo! ¡La verdad es que, cuando Hiromu se dio la vuelta, me comí su comida! —la voz del pelirrojo sonaba alta y bulliciosa como ninguna otra. En verdad ya sentía que aquello lo asfixiaba, que los demás lo habían notado.

De no ser por la imagen que pudo Midorikawa avizorar, hubiera permanecido junto a ellos durante otro rato.

Al alejarse, dejaba al castaño y al revoltoso taheño discutiendo un poco, y junto a ellos, también a un curioso Akio.

Es que al ver a Hiroto reclinado contra una columna, tuvo deseos de acercarse. Empero, mientras atravesaba el paraninfo hacia el pelirrojo, dos gemelos pendencieros se detuvieron justo frente a él.

Los Fubuki eran muchachos caprichosos y consentidos por sus padres. No eran admiradores suyos, solo les importaba la atención y la popularidad. Y claro, al socializar con Ryuuji obtendrían ambas. Por eso lo habían retenido.

—¡Que tal! Yo soy Atsuya y él es Shirou —dijo el menor del dúo, necio e imprudente tal cual era costumbre. Le dio un extenso apretón de manos y simultáneamente, le agitó el brazo.

—Mas bien, yo soy Shirou y él es Atsuya —dijo el mayor e hizo lo mismo que su gemelo. Así, el moreno parecía estar a punto de alzar vuelo. A todo eso, apenas conservaba una media sonrisa, esos dos no eran de su agrado, sólo le hacían perder el tiempo.

De un pronto a otro, el menor –-quien hace un rato atrás comenzaba a enfadarse por el remedo de su familiar— le propinó un empujón a su simulador. Según él, Shirou era el culpable de incomodar a Ryuuji y esa era la forma de deshacerse de él; sin embargo no contaba con que su hermano le devolviera el impulso con mayor intensidad.

—¡Quita tu fea cara, estúpido! —dándole otro empujón, le renegó el receptor de su última agresión.

—¡Somos gemelos, imbécil! —ya habían ignorado por completo la presencia de Midorikawa ahí.

No he agregado que éstos mellizos únicamente podían convivir ebrios, porque sobrios, se la pasaban en discusiones y peleas, que se tornaban físicas, como en esa ocasión.

Los dos se habían alejado del disque descendiente de Cobain, a costas de fuertes impulsos. Al menos consiguieron más atención y popularidad, pese a que conforme se movían, dejaban una línea de destrucción estrambóticamente masiva para su edad, por supuesto a los ojos de Ryuuji, quien una vez liberado de aquellos hermanos, continuó con su antiguo sendero.

De cerca, el smoking que llevaba Hiroto le hacía ver aun más desaliñado. El moño que le rodeaba su blanquecino cuello, parecía estrujarle el pescuezo, pues en ocasiones y de manera furtiva, intentaba aflojarlo. Lo tenía algo torcido y deforme, eso se podía apreciar a la lejanía. No le era cosa familiar verlo de traje riguroso, quizá por eso, lucía una rareza inusual.

Claro, el descrito no reaccionó de la mejor forma al tener al cetrino cerca. Era de esperarse que tras tantas alienadas disputas, le molestara tener cerca a quien —aún— era perseguido por las mujeres.

—Viejo, esta es mi columna. Muévete —anunció de modo taxativo. Si era posible no cruzar una palabra más con él, mejor aún. No obstante, estaba a la defensiva demasiado pronto, pues Ryuuji no lo había atacado con sus cantilenas. En esa ocasión, venía en son de paz.

—Veamos. Normalmente las columnas sirven para soportar la estructura de un edificio, ¿y tú quieres que me mueva? —con esa mofa (tan poco practicada a diferencia de muchas), hízolo sonreír caústicamente.

—Sí. ¿Por qué no te vas con tu bola de novias? —sugirió señalando a la pandilla, incluido en ella: Fudou. Tras observarlos, Ryuuji se echó a reír leve y de mal gusto. Ambos carcajeaban de igual modo.

Antes de todo, amigos míos, permítanme decir lo maravilloso que era la situación, en especial por la jubilosa sonoridad. Esa noche los ángeles parecían descender del cielo; aun cuando sólo se trataba de la sonata Nº11. Era por poco perfecta, cual Mozart o al menos podía asemejarle.

Muchachos ingratos eran, no sabían apreciar el toque del teclado, suave y mayestático, originario de un piano de cola —ubicado en medio del salón— junto a los músicos.

Mordazmente, era un evento culminado por la tensión entre Hiroto y Ryuuji. Próximo a ellos, encontrábase el entrecano, Suzuno. Descuidado de su imagen e impertérrito cual habitualmente lucía. Por supuesto en un lance de importancia como ese, debía ostentar un aspecto de acuerdo a su posición. Pero con la corbata floja, la camisa remangada y otros pequeños detalles salidos de órbita, lo único que reflejaba era sublevación para la sociedad.

Conforme a Netsuha, Hera y Segata: lucía como un muchachito estúpido. De hecho los tres jóvenes, se habían paseado por todo el paraninfo con críticas fuertes, jocosas y molestas hacia los demás.

Se trataba de personas dedicadas a murmurar, que aprovechaban el pie con el que tambaleaban para hacerlos caer. Eso era lo único que podían hacer con sus vidas inútiles. Pero esa noche, parte de su juicio también era dedicado a Hiroto, claro por su nivel tan alto en aquella comunidad. En efecto hablamos de dinero y en grandes cantidades, tanto como para derrocar a cualquiera de la cumbre financiera.

Su padre —Seijiro— era el dueño de varios centros nucleares alrededor de todo el país. Eso lo hacía (casi) dueño de medio Japón. Por ende, estos muchachos sufrían las consecuencias de su repulsiva aversión para con Hiroto y el hombre, quizá, más opulento del grupo.

Así cerca del pelirrojo, reían a causa de sus agraviantes ocurrencias. Hasta que el originario de aquellas mofas, Netsuha Natsuhiko y sus compañeros, se atrevieron a acercarse a Ryuuji y al de cabello escarlata. A quienes la charla se les había prolongado hablando de futilidades en tono pretencioso y con vano alarde de erudición.

No obstante, cuando aquellos impertinentes entremetidos arrimaron las narices, omitieron el habla sobre todo por la interrupción de uno del grupo.

—Hiroto Kiyama, ¿sabes qué me dijo tu papi? —comenzó Natsuhiko con jugarretas y provocaciones cínicas. Sin embargo al ver a su oyente tan sosegado, prosiguió empeñado en agraviarle el orgullo—. ¿No? Bueno, él dijo que tú eras un maricón y por eso te daba de mamar así… —en vez de proseguir con sus zalamerías, Hera y Segata empezaron a realizar ademanes impúdicos, por supuesto para dar un aspecto más representativo a la situación. Culminaron de esta manera: chocando los puños como niñas de secundaria, así de ridículos lucían.

Todo eso, le había sacado una leve sonrisa a Ryuuji. Y es que a pesar de tener una gran enemistad con el que ofendían —inconscientemente— deseaba y esperaba que se defendiera, como usualmente lo hacía.

Por otro lado, aquello le había indignado a Hiroto aún más que las cantaletas que frecuentemente hacia Midorikawa. Ése hombre del que hablaban habíale dado un hogar y a la vez borróle la pena y desdicha de ser rechazado por sus propios progenitores. Así que no pretendía dejar el asunto impune, por lo que replicar de igual modo no le fue complicado.

—¿Sabes cuánto me costó obtener el número de tu madre? ¿Sabes? —espetó y acto seguido, deslizó la punta de su lengua sobre el labio inferior—…un dólar. Y te diré que gime como una puta, es una buena perra —al concluir, los cómplices de Netsuha liberaron una risa burlesca hacia su jefe y éste los miró con un gesto severo que los hizo cerrar la boca precipitadamente—. Saquen los pitos de sus culos y vayan a joder a otra esquina —el oyente no dijo nada y es que lo único que deseaba era darle una arremetida al pelirrojo, que pese al lugar tan desfavorable en el que se hallaban, debía esperar. Ryuuji comenzó a carcajear y avanzando hacia Natsuhiko pensó en hablarle, pero viendo la expresión del otro rió aun más.

Es casi indecible interpretar lo molesto que estaban Segata y los demás. Con ello, Hiroto había ganado tres nuevos rivales, más el intolerable moreno, la suma llegaba a cuatro. Si, el muchacho tenía tantos enemigos como un presidente.

El paraninfo era de tamaño exorbitante, las mesas redondas, las vajillas blancas sin un solo rasguño. Las servilletas de lino dobladas perfectamente, los miles de cubiertos ordenados acertadamente.

Los músicos y sus instrumentos ubicados justo en el punto núcleo del salón, dividiendo por consecuente, la sala en dos hemisferios. Las lámparas eran en forma de araña y pendían de lo alto. Todo aquello en conjunto, tenía un brillo refulgente y hermoso. Pero ni en un lugar así, los muchachos hacían el esfuerzo de convivir en hermandad, era imposible, aún cuando pertenecían a una misma "manada". Y la imagen más clara, era Haruya y el cabecilla.

—Las chicas aclaman tu nombre gracias a mí. No lo olvides —dijo Akio palmeando la mejilla de Nagumo, con una sonrisa altiva. En un intervalo habían empezado una disputa, claro no era la primera vez que armaban un altercado, sus enfrentamientos se habían dado incluso antes de la llegada de Ryuuji.

El pelirrojo miró a lo alto, a su líder y sin más que decir buscó la salida del lugar. En el camino se le atravesó una de sus mascotas favoritas, y de la rabia empujó fuertemente a ése infortunado: Endou Mamoru.

Está escrito...

MÚSICA:

Andante Graziozo (sonata No. 11.). by Wolfgang Amadeus Mozart.


RECORDATORIO:

Los sucesos adjuntos a este fanfic, es solo ficción, una simulación de la realidad. Fue creado solo para recrear y sin ninguna intención de lucro. NO es la intención del autor alterar los personajes presentados aquí.