ADVERTENCIA
El contenido de este fanfic puede incluir: lenguaje vulgar, contenido sexual, violencia y/o puede resultar ofensivos para terceros. Por ende, se requiere un público calificado como M+16.
Capítulo 4.
«Robert K. Merton, Eerving Goffman, Peter Blau,
Herbert Marcuse, Wright Mills, Pierre Bourdie,
o Niklas Luhman; fueron algunos de los sociólogos más destacados del siglo XX.
¿Y qué es la sociología?
Técnicamente, se encarga de mi comportamiento y su comportamiento
con respecto al entorno social.»
Fueron esas algunas de las palabras del instructor con respecto a la clase de sociología, una de las escasas asignaturas que compartían Ryuuji Midorikawa y Hiroto Kiyama.
Esa mañana la pandilla se hallaba a las afueras de la universidad. El de cabello verde en efecto, hacíase presente con todos ellos. Palabras necias, tales eran las mofas que recibía de sus compañeros a causa de su apariencia matutina. Sólo llevaba el cabello suelto y su gorro de punta para ellos; no obstante su virilidad y feminidad habían participado en una contienda extremista y salvaje, de la cual, la última de aquellas cualidades había sido la vencedora.
Aún así, el muchacho conserva grandes dotes de Adonis. La feminidad no era un defecto, ni mucho menos lo alejaba de su atractivo y perfección. Incluso aquel "dios" hubiese muerto de celos y no capturado en la mandíbula de un jabalí.
Cerca de la manada, y no muy lejos del establecimiento de enseñanza, llegó a Midorikawa una imagen que en primer instante, logró que en su mente, surgieran miles y miles de deducciones. Comenzó a acercarse a la "aparición" (por que si bien, poca diferencia tenía con un fantasma). Él era una copa rebosante de vino, una gota más lo llevaría a perder la cordura. Estaba disgustado, ya que a unos cuantos metros, reclinada a un vehículo Mercedes Benz, se hallaba su progenitora: el mayor de sus demonios y a la vez lo único que no harmonizaba en los matices perfectos de su vida. La formidable combinación de chicas, fiestas y monotonía.
Ella lo miró y en ese instante, supo que no sería sencillo relacionarse con él. Luego le quitó la mirada y esperó hasta que se le aproximara lo necesario.
—¿Qué haces aquí? —fueron las primeras palabras articuladas por el muchacho con el autentico despego que el tiempo le había acumulado.
—¿Puedo hablarte? —le preguntó ella con el mayor recato; pero de su descendiente no recibió otra respuesta que un ligero frunce. Cansada de sus caprichos, en reacción consecutiva, negó y se adentró a su vehículo—. Sube al auto —decretó.
Empero el receptor la contempló impávido. Sin mover ninguna extremidad. Pronto giró el cuello atrás para ver a sus camaradas, que aún le esperaban desde el mismo punto de partida. Pensó en regresar junto a ellos, con su gente. Mas nuevamente retornó la mirada a ella y no tan convencido de sus propias percepciones, optó por acatar los deseos de su madre.
Una vez dentro del coche, ella los guió a una cafetería de Starbucks. Claro que postrecillos y una taza de té no reparaba los años que había permanecido apartada del muchacho, ni mucho menos sus errores del pasado. Eso lo sabía; pero tenía la oportunidad en sus manos de intentarlo. No puedes perder nada, si no tienes nada.
Sin embargo Ryuuji —y su casi "egoísta" desdén a los sentimientos de su progenitora— se había asentado frente a ella con el rostro lleno de amargura.
No le había hablado palabra, ni siquiera había acariciado la taza de café que se hallaba en la mesa de madera nogal. En un local que además de vender bebidas calientes, ofrecer libros, CD, música y películas, el adonis no alzaba los ojos hacia su compañera.
Y es que tras haberle dejado en abandono, su progenitora se había convertido en una persona distante a él. Había construido con sus propias manos un escudo invisible y resistente de norte a sur, este u oeste. A ciencia cierta, creía que la mujer no era digna de su perdón, por que bien, ni aún el gorrión es capaz de desamparar a su polluelo a la merced de la oscuridad y los peligros nocturnos, sino que se aleja por momentos breves en busca de pequeñas semillas. Luego regresa a guarecerse junto a él y lo alimenta al pico. No obstante a causa de perderse su infancia, fue ella quien formó a un buitre narcisista y ahora aquel ave de rapiña aguardaba impasible por desorbitarle los ojos.
Y como en un pozo abismal y mudo, en el que súbitamente sus aguas se ven agitadas, así de inesperado fue para él, oír a la mujer diciéndole:
—Ryuuji, córtate el cabello —con voz de súplica. Pero el aludido no se estremeció de misericordia sino que se abismó en meditaciones y remembranzas, como si el asunto no fuese con él. A raíz de ello su progenitora resopló y retomó su postura—. Deberíamos hacer esto una vez más y aprovechar el tiempo juntos. La situación entre él y yo no tiene que afectarnos.
—¡Santo dios! —exclamó su dialogante de modo irónico y esbozando una sonrisa mordaz. Luego movió la cabeza mostrando desaprobación y habló: —. No me conoces.
De la boca de su madre no salió vocablo más, por que viendo en su rostro lo abstraído que se encontraba, calló también en una pensamiento unánime de reflexionar. Ella lo admiró en mudez. Cuán desarrollado estaba su muchacho: fuerte e inamovible cual roble que crece a la cumbre de una colina y le alimentan la luz del día y la brisa. Que alucinante era que de una minúscula semilla germinara semejante quercus, el mismo que ahora parecía conocer el universo hasta el final.
Tras un mutismo profundo y alargado, Ryuuji prosiguió con aquella entonación de ironía y dureza
—Tu muñeca no salió de la caja hoy. ¿No está herido? —de quien hablaba era el cónyuge de su madre. Un tipo que bien podía ser su hermano mayor —con una diferencia de ocho años— y que en otra ocasión lo golpeó en presencia de su actual compañera, con una intensidad temeraria, que aún siendo tan grande, no abarcaba el rencor que le dedicaba y su madre estaba en consciente conocimiento. A pesar de, no ansiaba otra cosa más que el adonis aceptase su felicidad, aunque esta estuviese pendiendo de las manos de un pobre mamarrachos. Y para consumar por completo ese nido de amor y gozo, de su bolsa extrajo un sobre de una tonalidad ambarina que asemejaba al auténtico oro y deslizó por todo la mesa hasta topar con los dedos de su descendiente, quien al verlo le dedicó un frunce de recelo. Observó fijo el rostro de su compañera que conservaba marcas de un tipo de expectación urgente, como si aquella nueva no pudiesen aguardar más y en consecuencia, no tuvo otra que escudriñar el contenido de dicho sobre.
Maldito era el destino que a sus ojos les dio la oportunidad de admirar, recién impresa, la invitación al desposorio de su madre para contraer matrimonio (por vez segunda) con su "príncipe" gilipollas. Tenía la idea de que la vida lo abría de piernas y le ensartaba el miembro por puro gusto, que además, el retorno de su madre traía bajo las mangas un puñado de decepciones y malas nuevas. De la ira le subió la temperatura al rostro.
—Es una maldita broma —masculló al concluir su lectura.
—Lo que sea que tengas para ese día, puede esperar. Quiero que estés ahí, nada es más importante... —le sonreía a esperas de que el muchacho se regocijara junto a ella; no obstante entre más decía, Ryuuji se negaba a escuchar otra palabra sobre el asunto.
—Vete al diablo —la interrumpió escabrosamente y acto seguido se levantó impasiblemente de la mesa, causando un sonido vulgar y estrepitoso en el local. Su madre sintió una marca de bochorno sobresalir en su rostro; pese a la escena de niño malcriado por la que el adonis la hacía pasar y pensó que él hubiese sido un niño más reservado si de pequeño le hubiera dado unas cuantas palmadas en el trasero.
No mucho después, ella también salió de la cafetería. Estando fuera el muchacho la admiró reclinado en su auto, teniendo fe en que terminara ese encuentro.
Silencio y nada más que eso hubo de camino; pero en ocasiones cuando acarreando el vehículo de regreso a la universidad, echaba miradas furtivas a la estatura de Ryuuji, quien ocultaba su rostro que de indignación era. Otra vez se maravilló de lo agrandado que estaba su niño, y es que había como entrado en un sueño mientras los años transcurrían para Midorikawa. Siendo honestos el mayor pecado de la mujer habría sido regresar a la vida del joven y de forma incauta esperar que éste le abriera los brazos de par en par.
Arribando a la facultad el adonis salió de su auto y asomándose en la vidriera del Mercedes, su mirada encarnó el vocablo: aflicción.
—Mira, tu mejor opción es permanecer lejos —le dijo—
Su madre sintió llevar un peso encima, una estaca que se le había atravesado en el tragadero y apenas le permitía hablar. Así de doloroso era para ella el rechazo de su hijo unigénito. Asintió un par de veces a lo que éste le comunicó y con esfuerzo su última plegaria fue que se cuidara, anhelando que se topara con una suerte excepcional.
De ese modo el automóvil corrió frente al pelicetrino alejando a su madre nuevamente, esa distancia entre ambos entes era necesaria y acogedora. Sin embargo el corazón de Ryuuji habíase turbado irremediablemente, y las olas ásperas correspondientes a sus emociones, colisionaban con los escollos de su mente, sin parar de recriminarle la indiferencia fría con que se había dirigido a ella. Por primera vez en mucho tiempo se veía inmutado, inquieto y abstraído.
Pero se enfadaba al imaginar a su madre desposándose con la muñeca ésa. Para él no significaba otra cosa que el matadero al rojo vivo, el mismo al que ella se dirigía por voluntad propia. ¡Que idiota!
Luego tuvo una visión en la que preveía la angustia que su otro progenitor sufriría al enterarse de aquella noticia que no podía asemejarse más que con un dolor agudo en el hígado.
Su mano fue empuñando con fuerza el embellecido sobre portador de infortunios. Si era ese el pase dorado a las nupcias de su progenitora no tenía deseos de conservarlo, ni de presentarse por esos lares.
Alzó los ojos y chocó su mirada casualmente con el pelirrojo, que de un semblante sereno y mirada absorta, recién lo atisbaba. Su antiguo trayecto era hacia el residencial, pero ahora se había detenido a observar la intranquilidad que dejaba relucir el rostro de la celebridad, quien no hizo más que despedir el resto de la tarjeta ambarina.
Las estrellas oscurecieron de manera que cualquier viajero en la vía láctea hubiese perdido el rumbo. En el cielo hubo silencio de silencios. Todo el universo había suspendido su curso natural tan sólo para admirar el encuentro de dos polos opuestos que danzaban en órbitas dispares.
Tras haberse paralizado Hiroto hizo un escrutinio rápido a toda la figura de Ryuuji, luego prosiguió con su ruta.
El adonis por su parte extendió un ápice más su inmovilidad, no obstante viendo al pelirrojo andar, comenzó a seguirlo.
Con un ligero trote alcanzó el paso del holgazán y él lo vio con una curiosidad indeclarable, por que el muchacho presentaba una irregularidad perceptible. Luego, al tanto que el hijo de Seijiro apartaba la mirada, el adonis sonrió de una forma muda e imperceptible mientras buscaba en sus bolsillos: cigarros y un encendedor.
El humo empezó a hacer su aparición como una intangible nuble blanca mientras deambulaban y en un santiamén Midorikawa le daba al cigarrillo una calada profunda, de esas que alivian cualquier turbación. Soltó una fumarada amplia y ofrecióle a Hiroto participar del vicio. Acompañado por un aire de descuido, el taheño tomó el tabaco y trató de imitarlo dándole un extenso suspiro.
Fumar lucía sencillo para él, ¿saben? Empero fue cuestión de un tris para que comenzara a asfixiarse, pues sentía que en su garganta había iniciado un incendio forestal. Carraspeó un poco de forma oculta, para que no se descubriera su carencia de práctica. Viendo Ryuuji la imagen del muchacho, extendió la palma en busca del cigarrillo al tiempo que reía.
—Dame eso —le dijo y aún carraspeando el receptor le hizo entrega del tabaco. Habiendo recibido dicho objeto le dio un jalón y continuó sonriendo a causa de la actitud osada e incauta de su compañero. Sin embargo él no veía con ojos agradables la burla de Midorikawa. La cuestión es que cada momento al lado suyo era una bomba de tiempo que amenazaba con explotar de imprevisto, por lo que le miró fijo y luego se estampó la palma en medio del rostro.
—Estúpido, hijo de perra —concluyó. Al instante Ryuuji lanzó su cigarrillo y deslizó los ojos hacia el emisor de tal agravio.
—No me digas hijo de perra —alegó de forma inalterada. Lo que generalmente hubiese ofendido a quienes piensan que con una madre no se puede jugar. Estando tan sosegado suspiró hasta lo más profundo del alma—. En fin. ¿Te gusta Starbucks? —prosiguió en un tono pretencioso.
Iniciaba como de costumbre las cortas charlas que entablaba con Hiroto, quien conocía de inicio a fin la rutina de la joven celebridad, por lo que transfiguró su semblante a uno de hastío.
—No —contestó desinteresado—. ¿No tienes otra cosa que hacer?
—Creí que querías hablar. Mira, tú y yo tenemos cosas en común.
—¿Qué? ¿Cagar?
—No creo que lo sepas —al finalizar de hablar, escudriñó de pie a cabeza al pelirrojo.
[…] Una noche Haruya y el resto de la manada, salieron no muy lejos del residencial.
En la oscuridad, los vientos ruidosos veraniegos arrastraban un sinfín de hojas secas, que luego daban origen a pequeños vorágines. Dentro de tanta calma se oían los vehículos transcurrir lejos de las fronteras que dividían la vida caótica de residentes universitarios con el exterior.
Ocurrió entonces que el diablo de la bandada comenzó a hacerle bromas al bufón. Bromas rotundamente pesadas; pero el público reía complacido. Después de una serie de burlas, Hiromu se dispuso a abalanzarse al pelirrojo para jugar igual a las crías de un león.
Mientras tanto Hiroto había terminado de jugar con su PSP y ahora poníase en pie para salir de su alcoba. Sin embargo antes regresó por su libro de liderazgo.
Una mujer fue quien mordió el fruto prohibido en el edén y fue también una mujer la que distrajo al líder de los asuntos de la manada. Se tomó un tiempo para examinar cualquier detalle en ella y a causa de esto, olvidó el cigarrillo que en mano tenía, el cual había producido una especie de ceniza. Después de un tiempo, esta cayó en uno de sus dedos, produciéndole al instante una pequeña quemadura.
Mientras tanto Hiroto bajaba la ancha escalinata del residencial.
Osamu vio de reojo al macho alfa maldiciendo al aire.
Estaba tan aburrido como los otros.
Luego echó una ojeada al de cabello verde que se ubicaba a su diestra y él al sentirse observado, deslizó la mirada hasta dar con Saginuma. Luego se rascó su pequeña y respingada nariz y quiso regresar al residencial, pero al verle el cabecilla, corrió para persuadirlo de quedarse un rato más.
Mientras tanto Hiroto caminaba por el paseo del residencial y lo siguiente que debía hacer era elegir un sendero. Diestra o siniestra: cualquiera que tuviera una visión apetecible.
No obstante su selección, no lo llevó más que a conocer el escarnio.
Hiroto tomó el recorrido equivocado en el cual, la manada y su líder se hallaban mal gastando el tiempo.
Al pasarse el hijo de Seijiro por ahí, Nagumo deambuló precipitadamente en pos de él. Parecía por comparación, a un lobo escuálido y marcado por el hambre corriendo tras su presa. Luego al hallarse frente a frente con el muchacho, lo tomó por los hombros y en su rostro dibujó una sonrisa maliciosa.
—Oigan, yo a éste lo he visto —dijo el depredador a su manada sin emancipar de sus garras al pobre cordero. Y en un aullido su grey de idiotas comenzaron a aproximarse uno a uno al redor de Haruya y el taheño. Sin embargo la presa intentó continuar con su paso, a lo que la fiera contestó empujándolo continuamente—. No, no, no —carcajeó como demente. Lo juegos previos con su víctima, antes de la matanza, eran de su agrado.
De pronto vio los ojos del pálido y sintió que mil demonios lo poseían en cuerpo y alma. Y es que Hiroto lo veía peor que a los restos que son echados a los puercos: con repugnancia y desdén—. ¿Quieres golpearme pendejito? Vamos inténtalo —lo desafió y su dialogador, instintivamente, enarcó el cejo.
—Oye, olvídate del chico —intervino el de cabello castaño con una mueca que podía pasar como compasión. Pero Nagumo no quiso oír consejo.
—Calla —fue su respuesta y nadie volvió a decir más.
Por su parte, Akio no iba a levantar ni un dedo en defensa de su compañero de cuarto. Estaba interesado en la respuesta del novato y en sus destrezas. Lo más divertido era ser un espectador de tan brutal iniquidad. Sonrió de medio lado.
—Quítate del maldito camino (habló súbitamente el holgazán). No soy a quien tienes que masturbar para conseguir drogas. ¡Rayos! Son unos hijos de puta —y echó un escrutinio a cada uno de ellos que estaban en los contornos de él y Haruya, quien lucía en una mezcla indefinida de aversión y como dando un grito mudo de indignación. El resto de la manada tampoco articuló una sílaba, a excepción de Osamu. Pues siendo el único, ardía cual leño alimentado por las llamas de la ira. Y abriendo los labios expuso:
—¿En dónde están tus bolas? No puedes hablarme así —finalizó soltando un espumarajo al suelo. Luego arrugó el entrecejo y sacó el pecho como un gallo en batalla.
Pobre corderito indefenso que fuiste a parar en las garras de un puñado de fieras hambrientas. Después de ser bestialmente liquidado, tu carne será repartida entre los miembros de la manada. Volverá locos tu sangre a tus depredadores y no se cansarán hasta quedar satisfechos. Te devorarán vivo.
En noche de vientos turbulentos y caza inesperada, el orgullo de una presa débil luchaba en contra del miedo al escarnio. Ryuuji no lo sabía con certeza, pero su voz salió en amparo al pelirrojo para posponer su golpiza.
—¿Te sientes especial, pedazo de imbécil? —le dijo a Osamu. Contempló a su receptor a esperas de alguna contestación; pero éste igual a un perro que no muerde, ni siquiera aulló. En contraste a su mirada, que era como una daga recién afilada ansiando atravesar un sinfín de veces la piel del adonis. Pese a aquel mutismo que le provocaba disgusto, Midorikawa deslizó los ojos al diablo de la pandilla—. Y Haruya, no vuelvas a decir una mierda como esa, o seré yo quien golpee tu estúpida cara —el taheño se entumeció en su lugar y presionó la mandíbula furibundo.
—¡Trae tu maldito trasero aquí para que pueda patearlo! —vociferó. Los demás (incluso Hiroto) sólo fueron espectadores de como el pelicetrino obedecía de forma inmediata, diciendo:
—No harás nada, grandísimo idiota —en medio de ambos pelirrojos se colocó.
No obstante ni uno de los presentes logró inferir sus intenciones al enfrentar a uno de los suyos.
Para Haruya fue la llama que lo hizo encender como un explosivo. Dos frente a uno no era algo favorable para él.
Enfurecido miró fijo al culpable del altercado, que estaba tras Ryuuji, el mismo que en ese momento representaba un problema a la hora de ir en contra del holgazán; empero conseguiría aunque fuese arrancarle un pelo carmín.
Cuando el adonis advirtió la malicia en los ojos de luna ámbar, ladeó su rostro hacia atrás.
—Retrocede —le dijo a Hiroto. Se volvió y lo miró nuevamente, con más atención. El taheño con la mirada entre sorprendida y desconfiada, se retiró hacia atrás de manera parsimoniosa.
Viendo aquello, Nagumo se limitó a trazar una mueca de burla en su faz para contener la risa. Miró a Midorikawa de arriba a abajo y mofándose dijo:
—¡Oigan todos, Ryuuji es el maldito defensor de los perdedores! Amigo, no te hagas el héroe —teniendo los ojos posados en el pelicetrino movió la cabeza en denegación—. Deja que quite a éste jodido de mi vista, ¿de acuerdo? —rodó los ojos hasta descubrir a Hiroto e hizo un intento vacilante de acercarse. En consecuencia Ryuuji frunció el ceño y sucumbió a la ira, como quien no quiere ser ignorado.
—No vas a tocarlo —le reprendió dedicándole una mirada exigente. Haruya frenó sus intenciones en vista de que, antes de acometer al pelirrojo, tendría que pasar por encima del de cabello cetrino.
Y en medio de un público que no tenía ni voz ni voto en aquellos asuntos, el adalid conservaba un gesto extraño de indiferencia y fastidio, pese a las cosas que habían declinado y perdido el vigor original. Era hora de poner el control.
Comenzó a carcajear en el preciso momento en el que Haruya iba a emitir palabra y se encaminó a los tres pendencieros palmoteando un número reiterado de veces, y con cada palmeada parecía recoger la atención de cada uno de los ahí presente.
—¡Pero que idiotas! Jódanse los dos, iré por caramelos. Los que quieren, vengan conmigo —dijo Akio a toda la pandilla, que casi al instante empezaron a moverse al son de su orden.
Incluso Nagumo movió sus piernas para ir con su bandada. Con antelación observó especial y fijamente a Hiroto.
—Joder, vales mierda —objetó. Su mirada se deslizó por Ryuuji también y prosiguió con su andar, transitando justo al lado del cabecilla, quien estático en su lugar frunció los ojos al examinar al adonis y al hijo de Seijiro, sin tener idea que desde ese instante sus dominios quedarían desolados, que en su trono totalmente solo, escucharía el eco de lo que alguna vez fueron sus risas, y con un cáliz recogería las migajas de su tiempo próspero. Por que la misma vida se encargaría de pasarle la factura, como a deudor que evade impuestos.
Ya sobrevendrán esos días amargos para el líder: cuando pida de comer a sus caballeros y a su bufón y ellos le den vinagre en vez de pan. Por ahora, la incertidumbre y la tristeza parecen distantes.
Quedando a solas el muchacho holgazán y Midorikawa —una vez que el cardumen de salames se retirara— el último ladeó el rostro para observar al pelirrojo, quien sólo trazó una sonrisa desfigurada y a la vez desagraciada.
Después juntó sus cejas y con gesto de inseguridad rectificó la cabeza. Lo que lo había llevado a poner las manos en el leño por Hiroto fueron grandes y absurdos impulsos, pero lo hecho, estaba hecho y nada podía hacer para cambiarlo.
Suspiró hondo y acto seguido, se volvió al de cabello escarlata comenzando a andar mudo y sin apuro. Los ojos verdes lo escoltaron hasta cierto límite, luego resolvió seguirlo como un lobo persigue a otro en busca de un nuevo territorio.
—Que rollo tan loco, ¿no? —le dijo una vez a su lado.
Miró a su compañero, el cual tras soltar un intento de risa, se pasó por la comisura labial la lengua, dejando a la vista una perforación (de dos dados oscuros y puntos blancos) en dicha extremidad.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó al finalizar su ademán.
—Ayer cumplí diecinueve.
—Feliz cumpleaños —asintió viendo a Hiroto, quien imitó dicha acción como dándole las gracias de forma silenciosa.
No tenían ánimos de sacar a relucir lo recién acontecido; pero a ciencia cierta las circunstancias lo meritaban.
—Hombre, fuiste mi respaldo hace un momento.
El adonis apartó la mirada en un período de mili segundos y al deslizar nuevamente los ojos hacia su compañero los labios los tenía encorvados.
—¿Así suena un gracias tuyo?
Hiroto, como respuesta encogió los hombros sin confirmar si aquello era en verdad un reconocimiento para Ryuuji.
En un gran tiempo mientras andaban al derredor del residencial (sin desear volver ahí dentro), hubo un silencio confortable. Parecía como si sus mentes estuviesen conectadas y por vez primera concordaban con una cosa.
Sin embargo aquello fue cortado por la imagen que vino al adonis y era: Kii, quien estaba cerca, muy cerca. Más de lo que a él le agradaba, por lo cual se intranquilizó.
—Huy mierda —dijo volviendo el rostro hacia Hiroto con el propósito de eludir a la mayor de sus fanáticas. El hijo de Seijiro en cambio, compuso un gesto de incógnita e inconscientemente comenzó a escudriñar el entorno—. Lindo rostro, grandes tetas...
Y con aquella descripción la única pieza correcta que encajaba como en un rompecabezas, era la morena. Habiendo dado con la muchacha, retornó la mirada a Midorikawa al tiempo en que éste continuaba hablando.
—La otra noche dejé que me chupara la verga; pero no soy su pequeño juguete de sexo.
—Perra loca —agregó el holgazán con rastros de una diminuta sonrisa. Los ojos de su compañero llegaron a admirar dicho gesto y ese momento fue como monocromático y silencioso.
—Hablamos como gente civilizada —sonrió. En consecuencia Hiroto enserió sus facciones aún viéndole y pensó.
Pensó en el otro lado de la moneda que no conocía y que en ese instante se le mostraba tan de repente, por que si actuara de esa manera para toda la eternidad de seguro fuese su aliado.
Pensó también en la superficialidad tan molesta de su actual compañero, que la mayoría del tiempo, cuando charlaba con él, prefería ignorarlo. El chico era agradable si no hablaba mierda, o cuando no lucía estúpidamente igual a Akio. Es cierto, había algo diferente en él.
Ryuuji era lo más cercano a un amigo y desde ahora estaba en deuda con él. Le debía sus bolas.
Está escrito...
RECORDATORIO:
Los sucesos adjuntos a éste fanfic, es solo ficción, una simulación de la realidad. Fue creado solo para recrear y sin ninguna intención de lucro. NO es la intención del autor alterar los personajes presentados aquí.
