ADVERTENCIA

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Capítulo 5.

Para ese entonces su mente se hubo convertido en un sitio desventurado e inmerso en tinieblas, desordenado y vacío. Las imponentes murallas de hierro oxidado, rodeaban o protegían su pequeño universo ya consumido. No existía el firmamento ahí, era como si una bandada desmesurada de cuervos, hubiesen pintado las nubes de una oscuridad eterna y la presencia de centellas recalcaban que ese era el mundo de un soñador diabólico. El mecanismo de su cerebro se había estropeado y con ello estaba en el abismo de la locura. Un simple sentimiento habríase alojado en un rincón de su cabeza, un sentimiento que lo cambiaría todo: envidia.

Este monstruo lo mantenía bajo su embrujo noche y día. Le murmuraba al oído y a cada segundo lo convencía de echar a tierra quien fue en algún momento: alfa y omega, el perro viejo colmado de mañas y la criatura perfecta.

Estaba completamente enloquecido por el amor de una mujer hermosa a la que entregó su espíritu entero, a quien escribe cartas de ternura y le cuenta sus miserias una a una. Esta criatura llena de hermosura, al cabo del tiempo, se trasfiguró en una legión de demonios. La ahogó su soberbia y después de corromper su belleza sin mácula, dándole a todos de su vino mortífero, convirtióse en la ramera de los lascivos.

¡Oh, dulce babilonia!

¿Cuándo volverás a los brazos de tu fundador?

El que a gritos te aclama en las noches más oscuras.

DESDE EL CORAZÓN.

— ¡Mierda! Acabo de ensuciar mis pantalones, hombre.

El acostumbrado vocablo soez matutino había repercutido cerca de las nueve menos cuarto. Era semejante al primer canto del gallo anunciando un día nuevo y una mala maniobra al tomar la taza de café, del viejo Tsunami.

La temperatura en la universidad sobrepasaba los 35 grados, es decir que hervían dentro de una cacerola. Solo algunos minutos más y serían guiso de muchachos tediosos. Al menos las jóvenes lucían vestiduras diminutas y ligeras.

—Si la chica sensual te manda directo al diablo, miras al resto del grupo y escoges a la horrible. Terminarás coronando, te lo aseguro —dijo Saginuma.

Alzando el rostro a su compañero y luego ladeando la faz por encima de su hombro, el líder observó a un conjunto de muchachas.

En la cafetería de la facultad, la ornamentación era modesta y sin gracia. Mesas y asientos de gélido metal. Los pórticos vitrificados sin una rasgadura que despojara la sensación de estar dentro de un castillo de cristal, eran las paredes amarillo mostaza, de las cuales pendían a partir de clavos, algunas pinturas de artistas amateur. Posicionado en sentido frontal, se hallaba un expositor en el que los muchachos tomaban su banquete. Había también, al menos dos expendedoras en cada uno de los vértices del alojamiento.

Durante mucho tiempo se había reunido una formación extensa frente a la maquinaria de café. Se oían quejas, respiraciones largas y pesadas que denotaban con vida propia el hastío del emisor, luego al rato, en contestación, escuchábase una respuesta similar creando como un coloquio fortuito de suspiros. Mientras que en el espacio una tonadilla execrable, se reproducía continuamente con el motivo de entretener al cliente durante el periodo de su espera. Las sienes hinchadas eran el sello del estrés rotundo en cada individuo.

En el rostro de Hiroto dicha estampa se acentuaba con mayor viveza. Sobornar a alguno para intercambiar su sitio en la alineación era una de sus ocurrencias, al igual que apropiarse —mediante remuneraciones— de la expendedora de café con el fin de ser el único beneficiario. Además embolsaría una suma de dinero para que el resto pudiese utilizar la maquinaria. Así era el mundo de los negocios dentro de su cabeza. Del monopolio manaba magnificencia, era tan voluptuoso que le confortaba más que la compañía de una mujer.

Se escuchó un sonido como murmullos que más o menos decía así:

— ¡Oye, oye!

Esta ahogada voz penetró dentro de su cabeza distorsionando su ensimismamiento. En un parpadeo rápido, los matices de su imaginación fueron perdiendo color, luego se tornaron monocromáticos y finalmente regresó a una realidad tangible en la que ocupaba la última posición en un laberinto de frenesí.

Deslizó su mirada paulatinamente por todo el emplazamiento con un escrutinio celoso que dejaba ver una mueca de intriga en su rostro.

En el aposento; no obstante, los jóvenes continuaban con sus trajines como si únicamente se hubiese congelado el tiempo para él. Se mantenía inquieto. Tenía una idea en la cabeza: que esta escena intacta y frágil no era la realidad y que se derrumbaría en cualquier segundo. Para cuando tornó su vista hacia la formación, miró un brazo elevado al aire que cual estandarte, se agitaba con el viento en medio de la alineación fantasmagórica. Esta aparición se movió un ápice del grupo de muchachos y con ademanes pedíale al holgazán que se acercase. Siendo Ryuuji quien le extendía semejante invitación —tal vez idiota— resolvió quedarse impávido en su lugar. Que el plagio de Akio y su estupidez estuviesen aislados de él. Sospechaba que aquella acción requería un favor semejante para ser una transacción equivalente.

Pero tal era la angustia por obtener su café que después, finalmente, comenzó a deambular paso a paso y; no obstante de modo suspicaz. Repentinamente aquella asamblea de "fantasmas" regresó a la vida al ver como el taheño volaba por encima de ellos hacia Apolo. Así que vociferando crearon una anarquía iracunda contra ambos. Despedían a Hiroto entre gritos y agravios como si fuese un barrabás, también como a un adivino con malos trucos, etcétera. Únicamente necesitaban hachones y palos para convertirse en una multitud tétrica y colérica.

Por su lado el pelirrojo nada más intercalaba miradas lacónicas entre Ryuuji y los muchachos; empero cada vez que los insultos sucumbían en el aire, una oleada de ansiedad azotaba contra él. Este bullicio era semejante a campanadas relampagueantes, tempestuosas y monótonas.

— ¿Qué tal? —le dijo el príncipe cuando se hubo detenido ante su presencia.

Sin embargo, de sus labios no brotó ni una oración en respuesta, por lo que tras un carraspeo cortísimo, el emisor se apresuró a proseguir—. Puedes quedarte aquí conmigo y conseguir ese estúpido café rápido

Dilatóse con recelo la boca de Hiroto en forma de sonrisa, le tiritó además la comisura de modo involuntario; pero eso se debió con exactitud a su estupefacción repentina. Y es que como cualquiera, no estaba dispuesto a fiarse en el lobo si éste inusualmente lucía igual a un borrego. Las fieras devoran a la presa, así es la cadena alimenticia, empezando por Akio y su pandilla, hasta el último perdedor del residencial.

Mas aunque tenía motivos suficientes para abandonar a Midorikawa, con un ligero encogimiento de hombros, accedió a adentrarse junto a éste en la agrupación.

El silencio era un tempano de hielo imponente entre los dos, una sola palabra era la herramienta que, con un golpe certero, rompería esa masa gigantesca. Aquel silencio fue también, lo que excitó la curiosidad del príncipe, cuya mirada entremetida estaba zambullida en los ojos de su compañero.

—Dime una cosa —dijo frunciendo el entrecejo con sorpresa amable—, ¿qué diablos esta mal en mi? Mejor dame una cifra del uno al diez

—Once.

Y Apolo sonrió.

— ¿Once?

[¡Salte de la fila y llévate a ése colorado, estúpido idiota!]

— ¿Por qué? Creí que éramos amigos —continuó Ryuuji.

Y Hiroto:

—No, ¿de dónde sacaste eso?

Su receptor inmediatamente dio un respingo y luciendo tan ofendido le respondió:

— ¿No somos amigos después de haberte salvado el trasero la otra noche, y también de ahorrarte tiempo aquí?

Y Hiroto reaccionó de igual modo, el respingo y la muestra de recriminación. Comenzaron a desafiarse el uno al otro con la mirada mientras que Apolo iniciaba una tarda caminata en contorno a él para medirlo desde los pies hasta la coronilla y el último cabello escarlata suyo.

—No te obligué, amigo —renegó el pelirrojo. Midorikawa que le rodeaba en ese segundo como un satélite, de repente se detuvo tras su nuca blanquecina y al oído le habló.

—Te hubieran dado una paliza, precioso.

Después por un momento todo quedó tranquilo, salvo el ruido de la cafetería y la voz de un sujeto endemoniado dentro de la alineación.

[¡¿No escuchaste?! ¡Te dije que salieras de la maldita fila!]

Impulsado como por un resorte, el príncipe saltó de su lugar para batirse en duelo con ése, igual a un caballero honorable. Por que un tonto forajido del reino no puede ultrajar así al sucesor del rey.

Vio entre la multitud a aquel que vociferaba iracundo y no tardó en hacerle enmudecer.

— ¡Púdrete! —le dijo Midorikawa.

El otro sujeto estremecido de la ira e impulsado por las ansias de arremeter contra el mejor amigo de Akio, extendió su brazo sólidamente apuntándolo con su dedo índice. También cabrioló como un caballo inquieto, bufó exponiendo su disgusto y no obstante, a pesar de todo cuanto hizo, concluyó saliendo de la fila. Igualmente, he de mencionar que junto a él un puñado de muchachos abandonó la formación abucheando (en el proceso) al origen de la polémica. Este observó aquel cuadro de soslayo ya que por ende, el fruto prohibido, la manzana de la discordia en ese "edén" era él. Apenas movió un ápice sus labios para dirigir un vocablo, sin embargo su compañero pareció hurtar las palabras de su boca.

—Lo sé, que locura. ¡Qué pena que presenciaras esto!

Enseguida, en cuanto hubo culminado de hablar, la alineación se puso en marcha y la tonadilla horripilante fue sustituida por una melodía de ritmo french house, tan fatal que ninguna otra tenía la potestad de una afluencia gravísima como esa. Empero cuando los sentidos del monarca advirtieron el sonido, las cuerdas de sus emociones fueron tocadas de modo inmediato.

—Por un demonio, me gusta esa canción —sonrió. Instintivamente el taheño lo observó con huroneo y se mantuvo inmóvil para reconocer dicha melodía—. [1]I know you don't get a chance to take a break this often

— ¿Cómo fue? —preguntó Hiroto con los labios ligeramente encorvados, aguardando a que el otro entonara nuevamente aquel himno pintoresco.

— [...] here, take my shirt and just go ahead and wipe up all the sweat, sweat, sweat.

Ryuuji desvió los ojos hacia el holgazán, quien había dibujado un ademán de sorpresa tan hilarante que pronto le pareció imposible acopiar y prorrumpió en risas. Ante esto, prevaleció una ligera alegría en Midorikawa luciendo también, confundido. Mientras las sonrisas de su compañero se postergaban, clavábase en su pecho la daga del bochorno. El irreprimible sangrado era el involuntario gozo de su faz, de modo que, cuanto más se prolongaban las risas del pálido, las suyas se transfiguraban en locura.

Pero de nuevo reinó la normalidad, pereció la felicidad de ambos dejando un extenso suspiro hasta la disolución completa. La hilera se movió una vez más hasta que los dos estuvieron de frente a la expendedora. Sucedió que en el mutismo echaron suerte para que alguno avanzara primero. En un momento pareció que ninguno estaba dispuesto a utilizar la vending de café. Mas Ryuuji, fue como un tamo arrebatado por el viento y se apartó a un lado con la palma abierta señalando la maquinaria para que su compañero tomara su lugar. Entonces el holgazán vio que esto era bueno por ende, su señal de aprobación no tardó en surgir.

Introdujo un billete dentro de la expendedora, colocó una taza para reunir su bebida y cerró la cubierta vitrificada. Marcó la opción capuccino moca entre tanto, el monarca observaba el nombrado ritual bajo un suave frunce. Así el café del holgazán estuvo preparado tras un intervalo. Hiroto lo tomó entre sus manos y luego anduvo despaciosamente. Hubo, no obstante un cese en todas sus articulaciones.

Un escozor recorrió toda su estructura desde la cabeza hasta el dedo gordo de su pie. El sentimiento de ingratitud lo martirizaba porque incluso los perros agradecen las migajas que les arrojan al suelo sus amos. ¿Era él menos cortés que una mascota o una bestia del campo?

Reconoció entonces su falla y volvió su faz al monarca, quien tenía los ojos puestos en la vending machine eligiendo entre capuccino original, latte, capuccino moca, moca, capuccino vainilla, latte vainilla, o americano.

Entreabrió la boca para despedir una oración; empero sus pulmones parecieron buscar un medio de salida a través de su trasero, las entrañas de su estómago se le encogieron también en el acto y no hizo más que permanecer mudo. Y es que agradecerle al mayor idiota en el planeta era una idea que su propia esencia rechazaba; pero inclusive extirpando su naturaleza desdeñosa le habló y no digo que sin cierto impedimento.

—Ryuuji, gracias por el café.

Refiero además que el receptor perduró por segundos con el ademán petrificado, sin embargo luego atestado de sorpresa y desconfianza, deslizó la mirada hasta el taheño acompañándolo siempre una sonrisa en forma de media luna.

— ¿Cómo dices? —inquirió.

Pero Hiroto no pronunció una palabra más y enmudecido sólo expuso una única gesticulación en su rostro que bien el monarca pudo traducir como una sonrisa imperceptible, tan impoluta que no dejaba ni la menor duda de la franqueza de su habla. Midorikawa lo admiró por un momento y nada más movió su cabeza en consentimiento del muchacho. Con ello, su objeto consumado era.

Hiroto continuó su marcha.


En ocasiones deseaba ser un personaje más interesante, quizá una celebridad del residencial ya que a su juicio la biografía de esos muchachos lucía sencilla y sobre todo aceptable por los otros. A veces lo llenaba la idea de no ser él quien tuviese un trabajo como cajero de medio tiempo, otras veces estaba a un ápice de acceder a la bacante en la manada de Fudou. Su vida era una paradoja. Y es que era aburrido estar el día entero encubado como mostaza al lado del kétchup, preguntándose acerca de la vida fuera de ese frasco, aislado de los jóvenes y de cualquier muestra de compañerismo. A la larga sería un anciano lleno de desventuras, sin ningún amigo y rodeado de buitres que esperarían su extinción. Como un árbol estéril, sería arrojado al fuego, pues una vida es semejante a una hoja, cuando esa hoja tiene un objeto, se convierte en flor, cuando esa flor tiene un objeto, se convierte en fruto y una planta inerte no sirve para otra cosa que para nada. Cada aspecto de su ser, cada minúsculo fragmento lo transfiguraban en Hiroto: el que teniéndolo todo, nada tiene.

Deambulaba en una galería de la universidad ancha y atestada de jóvenes estudiantes, cuando se reprodujo un rumoreo mujeril que hacía referencia al mejor amigo del macho alfa. ¿Y quién puede escapar de dichos murmullos, que nacen de un alma enamorada? Ni siquiera el más bruto de los hombres, aunque éste tuviera la indeseada capacidad de advertir coloquios ajenos desde los más extravagantes y jugosos, hasta los que descubren la inmoralidad ajena, la vergüenza de la humanidad y todo lo considerado inapropiado por la sociedad. El hombre sólo es una bestia sin corazón, que hace caer al que llama su "hermano" enterrando un puñal en su espalda a través de rumores estrambóticos que siempre emergen a la luz, aun cuando se hace un juramento vano. Pero este rumor era diferente, se podía oír la voz de la muchacha vibrando en el aire, pareciendo un suave ronroneo. Dijo que Ryuuji —personalmente— le había entregado su número telefónico y sus compañeras comenzaron a solicitarlo como si fuese la cura para el cáncer de la soltería. Las hormonas y el enamoramiento flotaban en el espacio, creaban nubes de tempestad para el pelirrojo.

Hiroto pensaba que se trataba de un espectáculo nauseabundo y la verborrea más infinita que hubo escuchado, esperaba llegar cuanto antes al elevador pues un huracán amenazaba con desatarse; sin embargo cuando fueron mencionados los dígitos que componían el dato móvil del príncipe, ardieron sus dedos por tocar la pantalla de su S6 y guardarlo en la agenda telefónica.

Así lo hizo y al concluir lo ocultó de nuevo en el bolsillo de su pantalón. En ese momento sintió que las miradas acusadoras de la gente lo señalaban por ser una marioneta manipulada por la insensatez que nada más provenía de un impulso irracional. Imaginó que todos estaban enterados de lo que hubo hecho.

Desvió su camino de las muchachas que andaban delante de él, conduciéndose hasta el ascensor del nivel No.2. Miró algunos jóvenes acelerar el paso para tomar ese elevador como esclavos del tiempo, temerosos de despilfarrar un segundo; pero él era más listo que el resto, además no tenía ninguna zozobra y no pensaba agitar ni un cabello. Se inclinó por esperar al próximo mecanismo que no tardó menos de un minuto. El era perspicaz.

No obstante, al ingresar dentro del artilugio, lo primero que vio fue a un pálido castaño. Al lado suyo estaba Ryuuji conectando miradas con él y pintando una sonrisa casquivana. Luego Hiroto hizo una mirada parcial en todo el interior y se acomodó frente al pórtico. Se cerró la puerta y el mecanismo comenzó a elevarse, abordo estaban cinco personas incluyendo al taheño, pero sólo se escuchaba la voz de Hiromu.

—Es oficial, Aki tendrá al bastardo de Ichinose. Se supone que no debo contarle a nadie, pero no podía lidiar con esto solo.

Y el príncipe echó una carcajada y respondió:

— ¡Cierra tu boca de vagina mentirosa!

—Siento pena por él.

— ¿Y quién no? Esa tiene síntomas de perra loca.

Repercutió una espiración brusca y forzada dentro, nacida de un muchacho que pensaba que la conversación de ambos era inapropiada y una seria falta de moral hacia su pareja con quien tenía los dedos entrelazados. El castaño y Midorikawa enmudecieron, el último con disgusto, prometiéndose que la próxima vez no bajaría la voz. Hiroto por su parte, ladeó el rostro para observarlos furtivamente.

De pronto un crujido atronó en el corazón del elevador. La vieja polea de la maquinaria se habría averiado por tercera vez a lo largo de la semana y esto hubo provocado que el ascensor se paralizara en medio del tercer y cuarto nivel. Los rostros de los jóvenes se dirigieron en dirección al techo llenos de incertidumbre y no faltaba en sus gesticulaciones un singular frunce de desconcierto, al final hasta al más osado se le pasó por la mente quedar internado en esa máquina el resto de la vida.

— ¡Soy claustrofóbico! —aulló el bufón. Esto alarmó a los demás inclusive hasta erizarles el vello de los brazos, algunos sintieron el soplo de una bruja en su espalda, otros sólo un cosquilleo frío e intenso.

Hiromu corrió hacia el pórtico de metal con los ojos engurruñados y la boca entreabierta de horror. Al verlo, sus acompañantes pudieron despedir un suspiro que aliviaba el histerismo y es que sólo se trataba de un imbécil más, mismo que comenzó a asestar la puerta como implorando que lo sacasen de ahí. Cuando su manoteo no rindió fruto dio la vuelta y se apegó contra la salida cual ave en agonía. Pensó que ese era su fin, así culminaría su vida "ejemplar": atrapado en un elevador igual a una rata en una trampa. Espirando aceleradamente, volvió la faz en dirección del taheño que estaba lo más cercano a él —y que lo miró sin entendimiento alguno— para balbucear tres palabras:

—No puedo respirar.

Pero más bien atemorizó a Hiroto hasta el punto en que el genio se había quedado sin ideas y al igual que los otros simuló sosiego.

—Carajo, cálmate —le dijo y de inmediato el príncipe intervino:

—Tranquilízate o acabarás con todo el oxígeno.

— ¡Cierra la boca! ¡Soy muy guapo y joven... y guapo para morir! —vociferó el bufón.

Los otros dos muchachos que se mantenían al margen observaron a Miura de modo desagradable pese a que habían creado una tormenta en un vaso de agua, quiero decir, en un ascensor estropeado con espacio acotado.

—Viejo, tranquiliza a tu amigo —dijo el hombre que tiempo atrás los hubo acallado dirigiéndose exclusivamente a Ryuuji. El ambiente de intranquilidad se convirtió (en un santiamén) en tensión, sobre todo por la aversión que el monarca sentía por ese hijo de puta al que escasamente dirigió una mirada arrogante. Luego, encogió los hombros sin darle la debida importancia al joven y lo que hizo fue saltar para acobardar más al castaño e irritar al culero y a su noviecilla. La cabina se estremeció en sobremanera como si fuera un elefante el que sacudía todo.

— ¡Para, idiota! —voceó Hiromu con voz muy fina. Regresó al final del elevador resguardándose en una esquina; pero el de cabello cetrino lo escoltaba rebrincando a donde fuese—. ¡No, no! ¡No estoy bromeando, Ryuuji! ¡Sácame de aquí, sácame de aquí! ¡Ryuuji, no estoy bromeando!

Mientras las risotadas del uno y los gritos amaricados del otro se acoplaban perfectamente para dar una jaqueca, el hijo de Seijiro los admiraba sonriendo furtivamente y al mismo tiempo lo abordaba la emoción. El también quería ser parte de eso, quería hablar con el amigo de Akio sobre las muchachas dementes que lo perseguían o estar ahí mofándose de Hiromu. Mientras la chica se aseguraba de su semental con miedo a esos dementes, Hiroto creía ser un tipo de pinocho. Si a pinocho la nariz se le agrandaba por mentiroso, a él se le hincharía la cabeza por hipócrita, por que afirmaba con seguridad su aversión con Ryuuji; sin embargo era como un colega. Entonces recordó lo que había acontecido tiempo atrás y palpando su móvil a través de su bolsillo, se le prendieron las luces para comprobar si era o no el número del monarca. Tomó su galaxy de forma cautelosa, ocultándolo al reverso de su figura y logró ver la pantalla del celular casi nada.

El entristecido bufón entretanto, por poco soltaba el llanto de la fobia, la mujer y su macho tenían el semblante torcido de la ira y para culminar el príncipe no paraba de hastiar al cobarde de Hiromu. Sin ser previsto por Midorikawa el ring-tone de su iphone repercutió dentro de la cabina de gélido metal enfriando el esqueleto de cada uno incluso el portador del móvil sintió un frío descendiendo por toda su espalda. Sacó el teléfono del agujero del pantalón y lo colocó en su oreja con una mirada de intriga.

—Bueno —pero no hubo contestación de ninguna índole y el monarca volvió a interpelar con más tedio e interés—, ¿bueno?

Hiromu que estaba a su lado, se le arrimó —con los ojos destapados y una sonrisa picarda aflorando en sus labios— para fisgonear de que se trataba todo aquello pues el miedo y la cobardía se había ido y ya no existían más.

— ¿Es Mercury? —le preguntó, Ryuuji volvió la mirada hacia él y le amonestó con los ojos indicándole que estaba al teléfono en ese momento y que por ende, una interrupción no hallaba lugar. Pero, ¿qué ocurría de verdad? En su mente el muchacho no se conformaba con navegar en el magnánimo océano de la ignorancia, ni aún en los más diminutos e irrelevantes detalles. Claro que según su criterio tras un anonimato siempre estaría una muchacha que alimentara su alto ego. He aquí el monarca llegó a ofuscarse con esto en sobremanera de modo que la intensidad vibraba en su voz a partir de estas palabras: « ¿Quién es?». Y dentro de su cabeza escuchó el eco de sus mismas palabras « ¿Quién es?». Con el ceño fruncido y el semblante medio airado, volvió los ojos a quienes permanecían ahí. Aquello lo consideraba una burla inexcusable.

De pronto las piezas del rompecabezas comenzaban a unirse, piezas importantísimas para el acoplamiento perfecto del enigma y que el muchacho no debía pasar por alto. Bien lo sabía Hiroto. Sus manos empezaron a empaparse de un rocío de ansiedad, sentía el aliento de la bestia en su cuello reclamando su cabeza. ¡Decapitarle! ¡Decapitarle! Porque su ultraje ha desfavorecido al príncipe y sus manos están manchadas como el autor y consumador del acto.

Estaba entre el sable y la pared. Al borde del peñasco del bochorno y la vergüenza, donde sería arrojado en caso del que el juez lo hallara culpable.

No podía presionar el botón rojo, no podía tampoco guardar el móvil en el agujero del pantalón ni cosa alguna pues los ojos de Ryuuji vigilaban con tal celo que aun el más insignificante agite sería malinterpretado.

Así estuvo durante un pequeño tiempo hasta que el mismo monarca le sirvió de "salvavidas" para salir de ese mar agitado de ofuscación.

Dijo él:

— ¿Eres tú, cabroncito?

Y enseguida levantó mano en contra del castaño. Las risas de éste último subían y bajan en tono y parecía en todo momento que recibía los golpes sintiendo complacencia en la jugarreta.

—Yo no lo hice —espetó.

De pronto la polea del mecanismo crujió de nuevo produciendo un ruido áspero y con ello palideció el rostro de los jóvenes hasta darles un porte espectral. Había sobrevenido el momento más angustioso en la vida de cada uno. Ninguno sabía a ciencia cierta lo siguiente que ocurriría, si algún individuo se había enterado del fallo del elevador y faltaba únicamente un poco más para que viniesen en rescate de ellos o si era todo lo contrario. Finalmente la incertidumbre y la confusión se disiparon en el aire cuando la puerta mecánica se movió en su riel liberándoles del calvario.

Hiromu comenzó a retomar su seguridad y galantería. Ya no lucía como una criatura espantada que tiempo atrás le abatía un diminuto brinco. No. Ahora desfilaba hacia la salida erguido y con el pecho inflado de orgullo y en pos de él: Apolo. Fue el bufón el primero que pasó a la diestra de Hiroto y le fue dedicado por parte del último un soslayo despectivo. Pero al transcurrir el monarca también a su diestra, le soltó una manotada agresiva que explosionó en su brazo acompañada de una melodía picara que parecía el sonido que es provocado cuando dos pieles desnudas chocan entre sí. Los ojos de quien fuese llamado algún día príncipe, se volvieron al extraño que permanecía tras suyo en silencio y con la mirada fija en alguna pared metálica del elevador, apático y distante cual siempre. El rostro divino de Ryuuji era el lienzo donde las acuarelas se fundían juntas para formar un paisaje de sorpresa y fisgoneo continuo.

Y Hiroto:

—Hola.

Las piernas del monarca comenzaron a dar fuertes pisadas y en algún momento —para el hijo de Seijiro— estas comenzaron a mover todo el subsuelo. Si bien es cierto, en un instante Ryuuji se hubo detenido para escudriñar a su más recóndito interlocutor; mas no había pronunciado ni una respuesta a la salutación de éste. Era el orgullo o tal vez la sorpresa de dicho acto, lo que había producido un mutismo que luego interpretó Hiroto como una muestra de arrogancia. La comisura de su boca comenzó a ancharse a un solo extremo, de nuevo una sonrisa de media luna era el himno del triunfo.

Y Ryuuji:

—Hola.


Aún la vida del la lumbrera mayor no acababa cuando Hiromu Miura patinaba en los pasillos acogidos por el eco de la facultad. El negro Tsunami buscaba apoyo en una de las paredes del lugar, mientras la franela a cuadros del bufón se hondeaba escasamente con el viento en cuanto se subía a su tabla de skate y se deslizaba sobre el suelo encerado dejando uno u otro grabado de las ruedas. En ciertas ocasiones aprovechaba la atención que recibía de las muchachas que desfilaban por ahí y se animaba a dedicarles piruetas y saltos, intentando adelantarse en el camino al corazón de alguna. A veces sus malabares rendían frutos, a veces aquellas semillas no segaban nada, salvo reprendas y risas satíricas, de modo que, nunca faltaba una que pensara en Hiromu como un bobo mamarrachos.

El negro le sonreía mostrando sus encías rosadas en cuanto descifraba una mueca de rechazo que fuera arrojada por las muchachas, le pasaba el brazo por encima de sus hombros y de esa forma llegaba a confortarlo. Así los sueños de un simple bufón se reconstruían en las nubes, sueños en los que él hacía de rey y no de payaso, dónde concubinas sublimes le alimentaban a la boca y el pueblo exaltaba su nombre como aquel que consideraban el único.

He aquí una visión por poco celestial le fue mostrada. En ese momento le pareció que sus ojos se habían encontrado con una fuente de fulgor inmensurable que le producía bienestar interno y le brindaba a su pecho calidez, como si aquel resplandor se hubiese transferido a toda su complexión. Le pareció que era la primera vez que conoció la belleza innata e impoluta pues en su mundo ya no quedaban cosas que le embelesaran, ni hermosura que le quitara el sueño. Se había encontrado con una mujer semejante a una delicada palomilla, de esas que pueden hacer cesar los cañones y cualquier síntoma de guerra. Su boca era delgada y fina, su cabello como miles de hilos dorados que a modo de cascada, caían sobre sus pechos perfectos adornando con gran precisión aquella figura que desencadenaba en el pequeño bufón pasiones violentas.

Su mundo comenzó a helar al ver marchar a la doncella. Sintió que su pecho se desquebrajaba dolorosamente, no había un sangrado imparable; pero creyó que le estaban substrayendo su fluido vital.

Entonces se convenció que estaba dispuesto a aventarse a lo desconocido por ella, que podría ser suya ya que visiones como aquella sólo pueden ser mostradas por una divinidad superior que entrelaza vidas para crear destinos. Se colocó la tabla entre el brazo y el costado y empezó a marchar hacia su destino dejando en pos de sí al viejo Tsunami con una millonada de palabras en la punta de la lengua. En lo único que pensaba era en el improvisado cántico que emitiría para atraer a su palomilla, pues este evitaría que visitase el ventanal de alguien más.

De pronto sintió que se hallaba cada vez más distante a su meta cuando la negra Rika lo retuvo desabridamente, ¿era ella a caso un paredón ciclópeo que retenía a un pobre soñador y a sus ansías por amar?

— ¿Cómo estás?

—Guapo —respondió sin mucha meditación.

— ¿Qué?

—Los guapos sólo estamos guapos y ya.

Movió la cabeza a un lado y al otro, luego estiró el cuello como un campechano cisne; sin embargo los últimos rastros de la niña rubia habían desaparecido como polvo en el viento.

Rika comenzó a escudriñarlo paulatina y curiosamente, de forma automática se curvó su boca sin poder descifrar la nueva rareza del muchacho. Su mirada deseaba penetrar hasta lo más profundo de su cuerpo y alma para así conocer la respuesta de aquel acertijo.

—Tienes que venir conmigo y…

—Eso no se podrá ahora, nenita —repuso el bufón de manera tajante. Los ojos de la negra se abrieron de par en par y las palabras empezaron a brotar de su boca sin control; empero la presencia de Hiromu se había convertido para ese entonces en un mito, como ladrón que hurta y destruye sin dejar indicios de su iniquidad. Había echado una carrera en pos de su palomilla.

Su mente se hallaba en blanco mientras corría en las galerías de la universidad y únicamente escuchaba el ruido de su pulso acelerado en sus orejas. De pronto sentía que la magnitud de la universidad le tragaría vivo para extinguir la llama de una esperanza que se debilitaba de a poco frente a la impotencia. Entonces sucedió que mientras observaba todo el nivel, un grupo de jóvenes que abordaban un elevador acaparó su atención, entre ellos le pareció ver a su avecilla y a pesar de que sus teorías no eran concretas, su espíritu ya se encontraba vibrando dentro de su cuerpo. Sus piernas comenzaron a moverse por sí solas reanudando una cabalgata feroz propulsada por el anhelo y la idea de poder amar y ser amado. El frío metal de las escaleras mecánicas parecían entibiarse cuando ofuscando a la concurrencia, el bufón descendía cada escalón igual que un torbellino devastador. Se hubo borrado de su memoria el discurso que había ensayado en silencio para la muchacha de cabello dorado; pero ningún síntoma de angustia llegó a abrumar su corazón porque de alguna forma sabía que las palabras perfectas le caerían del cielo y para ella serían semejantes a un dulce néctar.

Cuando al fin se detuvo frente a un ascensor del primer estrato infló en reiteradas ocasiones sus fosas nasales y tomó bocanadas consecutivas como si el aire fuese escaso para llenar sus pulmones de oxígeno. Al sonar la señal que tanto ansiaba, se paró derecho de tal modo que la chica no percibiera ni imaginara cuan fatigado se encontraba. Las puertas del elevador se abrieron y enseguida la rubia surgió desde la cámara de metal. Hiromu tragó saliva nerviosamente y se aproximó a ella con un poco de gracia.

—Mi nombre es Hiromu; pero me dicen Hiromu.

La muchacha de cabello dorado frunció la mirada con desconcierto y pasmo. Sintió un cosquilleo en la planta de los pies, que si bien, era la señal correcta de que debía huir en presencia de aquel acosador, después observó la fachada completa de éste y finalizó ensanchando los labios.

— ¡Ah! ¡Qué simpático! Mi nombre es Kuri Fuko; pero me dicen…

— ¿Kuri, futura chica de Hiromu? —ella carcajeó suavemente y mientras las risas se mecían en el viento, sus dedos peinaban su melena áurea.

—Ahora tengo clase y no salgo con mujeriegos —repuso e inmediatamente el bufón esbozó una sonrisa picarda. «Te aseguro que no soy así» le fue afirmado por él—. ¿Y ella?

— ¿Quién? —dijo Hiromu sin comprender demasiado los vocablos de Fuko y es que se encontraba embelesado con su presencia, su rostro era una pieza de arte bellísima, en el que pronto se trazó una línea de disgusto.

— ¿Esa no es tu novia? —repuso Fuko creando con su dedo índice una flecha direccional intangible. El bufón dio un suspiro profundo y lento. «No tengo una maldita novia» pensó. Volvió el rostro hacia atrás y admiró unos segundos todo el entorno, luego al dirigir su mirada nuevamente a Fuko, del cerco de su boca echó sutiles carcajadas. Era incuestionable que Rika Urabe rugía cual bestia salvaje a punto de devorarlo; sin embargo llegar a emparejarlo con ésta era una conclusión irrelevante.

—No la he visto en mi vida —dijo naturalmente. Para ese entonces tenía a la fiera encaramada, respirando en su cuello en reclamo de su carne paliducha.

Tras estudiar a la mujer negra, Kuri concluyó que tal propiedad no podría ser mostrada por una desconocida, ¿entonces él la tomaba como estúpida? Y de ser así, ¿por qué no inventar una historia más verisímil, una que no involucrara novias iracundas? Torció el gesto de un modo que exigía a gritos una explicación del bufón—… de acuerdo, es sólo una amiga.

— ¡¿Una amiga?! —exclamó indignadísima la mujer negra. Los ojos de Hiromu se volvieron frenéticos hacia Fuko.

— ¡No sé de qué habla! —le dijo a ésta; pero era tarde ya para aplacar una catástrofe irreversible.

La muchacha de cabello áureo viene,

la muchacha de cabello áureo se va.

Encontró un payaso en lugar de un caballero gallardo,

dentro de la armadura de metal.


Desde el interior del mini market viajaba una intensa nube de exudación junto con aire caliente y una loción más o menos similar a Jean Paul Gaultier. En el mostrador, componiendo una mueca de apremio en su rostro colorado a causa del bochorno, Hiroto Kiyama sacó de su bolsillo un billete rugoso solicitando un paquete de skeattles con voz presurosa y luego deslizó el dinero sobre la repisa como cualquier transición normal. «Un gatorade» escuchó tras su espalda posteriormente a su pedido.

—Oiga, amigo, yo llegué primero —refunfuñó después de soltar un bufo soporífero Ladeó la cabeza con la mirada engurruñada por la ira pero tan pronto como vio la figura de Ryuuji Midorikawa, el mancebo, la lengua se le tornó pesada dejándole un mal sabor de boca. De a poco, las arrugas de su frente fueron desvaneciéndose ante un pequeño ademán que a modo de saludo el príncipe dedicara a él con tanta naturalidad y despreocupación. Hiroto Kiyama estaba lejos de saber lo que ocurría dentro del seso del mancebo, sólo se limitó a observarlo en silencio, esperando gestos innovadores de parte del muchacho, fuera de eso, escasamente podía escuchar lo que ocurría en el exterior, así escudriñaba cautelosamente los movimientos de su interlocutor. Si Ryuuji Midorikawa movía los ojos en una dirección, rápidamente los escoltaba con su mirada pasmosa y jadeíta, si Ryuuji Midorikawa resoplaba ruidosamente, se erizaba tal cual gato a punto de arañar. Vio el brazo del muchacho desplegarse hacia él y sus manos se pusieron rígidas. La extremidad del príncipe continuó avanzando más y más alejándose de la figura de Hiroto Kiyama, hasta topar con el mostrador que se encontraba en pos de él, sobre el cual colocó un billete en pago de su bebida y se adueñó del gatorade y el paquete de caramelos. Plegó nuevamente su brazo y con su otra mano empuñó los dulces del holgazán que sin mucha pulcritud, descargó en el pecho de éste. A Hiroto Kiyama le tomó milisegundos asimilar tal situación: arrugó el entrecejo con recelo y se dispuso a meditar un momento mientras dirigía su mirada a la altura del mentón afilado del mancebo. Entrecerró los parpados con tal sutileza que únicamente podía denotar una cosa: suspicacia y nuevamente, sus ojos serios se concentraron en el paquete de caramelos. Al culminar con dicho ritual, ciñó los dulces entre sus dedos sin abandonar ese porte de reconcomio. Ryuuji Midorikawa comenzó a desperezarse despaciosamente y con calma, el movimiento volvió a sus articulaciones con el mismo síntoma de desgano, en ese instante los pasos del mancebo eran una invitación hacia el hijo de Seijiro, para que lo acompañase en aquella caminata muda.

Repentinamente la campanilla colocada en el dintel de la puerta empezó a estremecerse provocando un sonido agudo y tintineante que delataba la llegada de alguien más.

Tilín, tilín…

Aki Kino, de ojos oscuros, cruzaba recientemente la entrada vistiendo: un floral dress de tonalidad menta con diminutos capullos burdeos esparcidos deliciosamente en toda la ligera telilla. Sus dedos largos se deslizaron escurridizamente sobre su vientre cuando se halló en presencia del príncipe, desasosegada y furtivamente, silenciosos y cómplices. Erguió la espalda y cubrió su abdomen con ambos brazos: si se ocultaba lo suficiente durante un tiempo, ni él, ni nadie debía divisar la pequeña criatura que crecía en su cuerpo. Ryuuji Midorikawa sonrió.

—Tengo algo para ti —le dijo y la búsqueda implacable dentro de su bolsillo comenzó. Aki Kino aguardó en silencio, aguardó el instante concreto en que la bestia afilara la ponzoña, en el que, con su lengua de doble filo diera la primera estocada. El momento se acercaba con forme la boca del mancebo se anchaba de poco en poco hasta que en su rostro pulcro, se plasmó una sonrisa depravada. Muy pronto una mueca de ira se logró entrever en las comisuras rígidas de Aki Kino. ¿Un preservativo? ¡Qué denigrante arma! ¿Qué pérfido había entregado su alma al diablo? ¿Quién con tanto ahínco, había desnudado sus vergüenzas? ¿Quién? Bien lo decía en las escrituras: ¡Maldito el hombre que confía en el hombre! ¿Qué decir? ¿Qué hacer? ¿Extender los brazos y aceptar la deshonra de frente? ¿Romper la nuca de Ryuuji Midorikawa y así acallar sus carcajadas perniciosas? La mirada se le desorbitaba del miedo, de la rabia, pero siempre apuntaban al mancebo con aborrecimiento. Volvió el rostro lejos de éste, intentando divisar algún conocido dentro del minisúper y nadie. Sacó a relucir una carcajada seca y fuerte que desconcertó en gran parte a Ryuuji Midorikawa. ¿No había sido suficiente escarnio para Aki Kino? ¿Qué designios urdían en su seso? Y aún más importante, ¿no estaba ella enfurecida? El entrecejo del mancebo se contrajo tenuemente con suspicacia; no obstante sin dejar ir esa sonrisa de sus labios.

Finalmente Aki Kino reanudó su andanza y nada. Como si no hubiese ocurrido nada…como si su dignidad siguiera intacta.

—Idiota —le masculló la doncella de ojos oscuros. Ryuuji Midorikawa echó una carcajada estrepitosa —sin desviarse de lo bizarro— pero poco fue el gozo antes que concibiese el bestial pie de Aki Kino sobre el suyo. El ardor que abordó sus extremidades le incitó a presionar la boca para reprimir el daño, se estremeció igual que una babosa en contacto con el salero y de su garganta nunca dejaron de brotar rictus ahogados. Aki Kino pasó a su lado encaminándose al mostrador con un gesto neutral y apacible, encontrándose con Hiroto Kiyama en el camino y con un monosílabo desentonado que había soltado el último de modo instintivo, un « ¡uy!» que le daba la bienvenida tardíamente.

El hijo de Seijiro avanzó a la salida, donde el pórtico diáfano rozó la punta de su nariz al cerrarse en pos de Ryuuji Midorikawa, antes de salir del emplazamiento dio una dilatada exhalación.

Tilín, tilín…

Aceleró el paso de sus pies en un trote ligero y a la vez sandunguero para posicionarse hombro a hombro con el otro. Cuando éste concibió la figura de Hiroto Kiyama a su lado lo vio de reojo: medio orgulloso, medio afable.

—Narizón, ¿qué pasa? —gesticuló mientras situaba los ojos adelante, su interlocutor no prorrogó su refunfuño mal articulándole insolencias. Al final, hubo algunos agravios que el mancebo pudo discernir haciéndose el de vista gorda.

El ímpetu con que había iniciado el verano era insufrible. Durante el día las nubes migraban de ese azulenco toldo que llamaban cielo. Ryuuji Midorikawa miró por encima de su hombro y sonrió al fisgar el porte de Hiroto Kiyama: hastiado y abochornado, serio e indiferente, con la boca enjuta y la mirada engurruñada pese a la luz implacable. También su piel blanca cual lana adquiría salpicaduras rosáceas creando un sendero desde los pómulos al cuello. Había una vasta afinidad entre Hiroto Kiyama y los norteamericanos que llegaban de turistas con bolsos de camping en el lomo, bermudas, chinelas havaianas y sombreros boonie. Se quedó por un instante ceñido observando al muchacho llevarse un puñado de dulces a su cavidad bucal y adelantándose, le acercó la mano tendida.

—Quiero de ese producto milagroso —le dijo a Hiroto Kiyama; pero éste se apresuró a engullir los caramelos restantes cuanto antes. La mirada de Ryuuji Midorikawa estuvo constantemente encaramada en él, prestando atención a cada dulce que caía en su boca, con una palma extendida y con la otra sujetando su bebida. El hijo de Seijiro se detuvo y despaciosamente dirigió la mirada al muchacho entre disgustado y compadecido. Sumergió sus dedos dentro del paquete y extrajo una golosina que depositó en la palma del príncipe sin embargo no transcurrió ni un segundo cuando miró otra vez su mano mendingándole.

—¡Ah no, hermano! Consíguete los tuyos —bufó. Ryuuji Midorikawa deslizó los ojos suavemente mientras tomaba un sorbo de la botella y no dijo más.

Ambos anduvieron en silencio hasta entrar al campus, donde una brisa tenue les dio una plácida congratulación. Bajo los árboles melocotoneros, los universitarios dormitaban como marmotas o se congregaban para concebir un momento ameno antes de reanudar las lecciones. En el sendero empedrado en el que transcurrían un conjunto de muchachos llamó la atención de ambos. No acontecieron ni dos minutos para que Ryuuji Midorikawa sonriera con su sonrisa sutil al ver los lentes de Kakeru Megane centellando a la luz del sol. Al transitar uno al lado del otro estrellaron los puños a modo de salutación. Luego el príncipe levantó el mentón, vaciló un momento y dirigió la mirada hacia Hiroto Kiyama.

—Si le pagas a Kakeru, hará tu tarea. Aunque no creo que lo necesites, además —hizo una leve pausa—…Akio o Gouenji son más de su tipo.

El hijo de Seijiro frunció el ceño al percibir una entonación presuntuosa en la voz de Ryuuji Midorikawa. «Kakeru Megane» Consiguió hacer memoria: el muchacho de los trueques. El que realizaba los deberes ajenos por una suma de dinero, el que pasaba restregándose en las muchachas a las que chasqueaba más de una vez con una tarea mal hecha. Hiroto Kiyama echó la cabeza atrás y expulsó una carcajada jocosa.

—Te veré en McDonald's cuando pida mi orden de papas, hermano.

Tales palabras irrumpieron en el seso de su interlocutor, eran tediosas y desagradables de oír; aunque muy en el fondo sabía que aquellos vocablos tenían un peso sumamente importante y sin duda le dispararon el pensamiento como una locomotora. Llevó las yemas de sus dedos a su sien para sobarla con un aire furibundo y escribió en su iphone un mensaje dirigido a Kakeru Megane:

« Quiero mi dinero de vuelta»

Hiroto Kiyama observó con curiosidad al mancebo. Lo vio guardar el teléfono celular en el hueco del pantalón actuando de forma esporádica y no volvió a realizar un comentario sino hasta que, en la entrada del edificio Ryuuji Midorikawa se maravillara con la figura de Touko Zaizen, de hebras bermellón y fanales azulencos.

—Muy pronto, todo eso será mío, ¿sabes lo que digo? —dijo el mancebo con los ojos resplandecientes, su interlocutor lo meditó por un momento y volviéndose al autor de dichos vocablos despidió con mucha naturalidad.

—Ella lo haría antes con Frida Kahlo.

—No es la gran cosa —gruñó. Hiroto Kiyama expulsó un suspiro lánguido al no ser entendido el contexto de su observación, se dispuso a interpretar sus antiguas palabras pero al final se contuvo, cuando al ver el rostro de Ryuuji Midorikawa recordara las aseveraciones antes dichas por él e imaginara el momento engorroso cuando se dispusiera a apasionarse con la muchacha.

No le dio más vuelta al asunto y continuó desplazándose mudo en la universidad al lado del príncipe, abriendo la boca sólo cuando de los labios de éste brotara algún cotilleo al que él pudiera aportar más.

Por dondequiera que iba Ryuuji Midorikawa le escoltaban millares de ojos inquisidores y otros infames, el hijo de Seijiro percatábase de ello y le preguntaba con una mirada al mancebo: si él también lo hacía. En cuanto se adentraron en un corredor concurrido advirtió un violento respingo en Ryuuji Midorikawa al mismo tiempo que, concebía el perfume de Fumiko Kii vagando en el aire como anunciando su presencia. El príncipe intentó curvar los labios desviando con recato la mirada hacia Hiroto Kiyama.

—No jodas —masculló de forma alterada mientras Fumiko Kii al lado de su incondicional Reina Yagami, acortaban la distancia considerada por él: exquisita y sublime.

La primera de ellas se adelantó a tender su brazo al cuello del mancebo.

—Hola —emitió con picardía, como si ambos tuviese un secreto que nadie debía saber. Ryuuji Midorikawa no emitió ni un sonido; pero bien su rostro comenzó a enrojecerse de la ira cuando en más de una ocasión, Fumiko Kii intentara besarlo descaradamente. A veces le abrumaba a ella la belleza del mancebo. Sí, él era un adonis y todo lo que le constituía resultaba una delicia para los ojos; sin embargo sabía también que él era un pajarillo de alto vuelo, que las cadenas no le impedían revolotear. Se quedó casi pasmada observando el rostro tan pulcro que tenía Ryuuji Midorikawa y sintió a penas los brazos de Reina Yagami interponiéndose entre ellos y apartándola de él.

—Tenemos que reunirnos, Ryuuji —dijo la segunda tomando la testa del príncipe entre sus manos y acurrucándolo como un niño en medio de sus senos.

El interlocutor se regocija e intenta sumergirse aún más en el pecho de la muchacha, ella observa el rostro marcado de furor de Fumiko Kii y apenas puede contener la risa aunque su mayor deseo es mofarse en sus barbas. Y en medio de ese instante de júbilo, fiereza e infortunio, las doncellas logran entrever una figura ajena a los tres: logran percibir a Hiroto Kiyama; pero tan pronto como lo ven, lo olvidan, como si nunca hubiese estado ahí. Pasa aquel momento y las adolescentes se alejan de la presencia de Ryuuji Midorikawa vilipendiándose. Una: por falta de decoro. La otra: por falta de agallas.

El príncipe hizo una seña mínima para indicarle al holgazán que podía reanudar el paso, luego agitó los brazos al aire, riendo y palpando con sus manos dos pechos etéreos.

—Los senos de Reina desafían la gravedad: un regalo de papi por su cumpleaños número veinte —dijo Hiroto Kiyama mientras observaba de reojo a su interlocutor.

—Entonces están bien pagados —carcajeó éste raramente fascinado. Sus fanales oscuros habían adoptado un brillo singular que resultaba difícil de ignorar.

De pronto transitó Aki Kino con un tropel comprendido por: Haruna Otonashi y Natsumi Raimon. La primera pasó al lado de Ryuuji Midorikawa colisionando su hombro con el del muchacho; pero eso más que ofenderlo, le causó gracia.

—¡Fea! ¡Fea! ¡Fea! —emitió una vez que ella estuviera lejos. Expulsó una risotada tras otra e instintivamente volvió el rostro al hijo de Seijiro, esperando que soltara la sonrisa que retenía sus labios, tardíamente Hiroto Kiyama se unió al jolgorio; pero luego volteó hacia atrás y ásperamente añadió:

—Debe ser un mal congénito.

Ryuuji Midorikawa cesó de reír.

—Está embarazada, ¿sabes? —el holgazán asintió.

—Pero no es del cornudo —pausó—. ¡Cielos! Tú no sabes nada —el interlocutor enarcó una ceja entre asombrado y molesto porque Hiroto Kiyama estaba más al tanto de lo que pasaba en la vida de sus conocidos que él. El holgazán era un muchacho inteligente, demasiado para un simplón. No era burdo como cualquier débil. Echó un escrutinio rápido a todo el entorno y cuando sus ojos tropezaron con Kazemaru Ichirouta de hebras cerúleas, sintió un sinfín de desdén invadir su cuerpo. Nuevamente miró al holgazán y apuntó al barbilucio.

—¿Qué me dices de él? —dijo con una voz opaca. Hiroto Kiyama miró al seleccionado y se apresuró en decir:

—Es modelo universitario… pero aún trato descubrir si es hombre o mujer.

—¡Es un marica, por supuesto! —exclamó el mancebo torciendo el gesto con disgusto. Sus fanales se quedaron un momento ceñidos en Kazemaru Ichirouta. ¡Qué afeminado tan abominable! ¡Qué horrorosamente delicado era su rostro! Quiso dejar sus cuencas vacías cuando advirtió que el muchacho lo fisgoneaba lascivamente. Pocas veces había intercambiado palabras con él y había escuchado rumores sobre la atracción que sentía el muchacho hacia él, cosa que le sorprendió que Hiroto Kiyama no nombrara tomando en cuenta el vasto conocimiento que tenía de la gente. Los rumores no pasan de ser rumores y aunque los escuchara no podía probar que él era homosexual, por qué no lo era. Trató de apresurar a su compañero antes que su mirada jadeíta intentara entrometerse en el asunto. Se palmeó un poco el rostro y volvió los ojos al hijo de Seijiro, tuvo suerte cuando percibió que otra cosa ocupaba los sentidos de éste. Suspiró pesadamente y sus ojos otra vez se concentraron en el contorno. Aclaró su garganta.

—¿Qué hay del quarterback? — dijo mientras brotaba una sonrisa ancha de su boca. Miró divertidamente a su interlocutor, esperando una reacción que hace tiempo había previsto. Miró al hijo de Seijiro deslizar los ojos como un energúmeno y luego ojear peyorativamente a Shuuya Gouenji. Aquello lo complació.

—No me parece tan brillante —escupió—, sólo es un idiota más que intenta imitarte.

¿Imitar? No era una sorpresa para Ryuuji Midorikawa que más de un adolescente adoptara gestos o modalidades suyas; empero sus ojos jamás habían advertido la semejanzas que lo unían con Shuuya Gouenji, ya fuera por desinterés en el tema o por el buen trabajo que había hecho el mariscal para encubrirlo. Lo miró de pies a cabeza como si estuviera admirándose en el espejo, claro que nunca estarían en mismas condiciones. Él era bendecido con una belleza idónea e inmaculada, eso era algo que Shuuya Gouenji no podía reproducir de igual forma ni aunque el universo fuera reformado desde sus cimientos. La mirada del mancebo se ensombrecía cada vez más mientras lo huroneaba. El mariscal era de complexión fornida de lo cual tenía costumbre de envanecerse, tenía brazos asombrosamente largos y gruesos: como fabricados de un material pesado cual bronce, sus piernas eran ágiles y sólidas esencialmente en el campo: cuando arremetía igual que una bestia. Era un hombre de carácter insoportable y fatuo, a veces llegaba a ser muy taciturno y serio, pero otras reaccionaba con arrebatos de ira a la más mínima palabra. Él era una tormenta tempestuosa, un torbellino atroz. A su lado Ryuuji Midorikawa era un céfiro imperceptible.

Los ojos de Shuuya Gouenji se posicionaron en el mancebo desde la columna titánica que él y su equipo de fútbol acaparaban. La distancia no le permitía apreciar my bien el rostro de Ryuuji Midorikawa ni las muecas que realizaba, lo único que distinguía perfectamente eran esos fanales oscuros y orgullosos que lo retaban sin intención. Pronto las orejas comenzaron a calentársele y a adoptar un aspecto rojizo de la ira, parecían en comparación, una tetera fogosa apunto de expulsar vapor. Al príncipe le pareció que conservaba un aspecto tosco el muchacho, ¿cuándo lo había observado a él actuar de esa forma tan burda e irracional? ¿Era así como él lucía? No logró concebir una imagen de sí mismo semejante a esa, aquel fantoche ni siquiera era una sombra suya. Expulsó una sonrisa burlona y desvió la mirada para descansar sus ojos después de tan nauseabundo espectáculo.

Se encontraba feliz, se encontraba en su mejor momento. Nunca lo había visto más claro que ahora, en esa etapa de su adolescencia: él era una imagen para los muchachos de su misma generación, un líder al que podían seguir pero que nunca alcanzar, ¿quién mejor que él para ocupar ese puesto? ¿Shuuya Gouenji? Era indiscutible que no tenía el calibre para hacerlo. ¿Algún integrante de la pandilla? No, ellos eran simples seguidores…a caso podía, ¿Akio Fudou? No, él ya no representaba lo mismo. Finalmente había rebasado el nivel de su ingenioso mejor amigo y con eso ya no existía nadie más que lo pudiera retener en el segundo lugar. Mientras pensaba en tales cosas, observó a un nuevo ente que le pareció perfecto para continuar con el cotilleo. Inclinó el rostro hacia Hiroto Kiyama pero retuvo las palabras en los labios al verlo tan taciturno, con los ojos fijos en un sitio y la boca suavemente entreabierta. Se preguntó que podía llamar la atención de su lánguido compañero, de hecho llegó a pensar que debía ser una cosa totalmente pintoresca e inhabitual digna de ver; pero se decepcionó cuando encontró —después de seguir la dirección que apuntaban los fanales jadeíta del hijo de Seijiro— a Suzuno Fuusuke, de hebras argentinas y alta estatura.

—¿Y ese? —preguntó Ryuuji Midorikawa mientras observaba al muchacho como si fuera un objeto paradójico.

—No sé quien es —le confesó tajante el holgazán. Se propagó el silencio entre ambos y de pronto, Suzuno Fuusuke volvió su rostro a ellos como si hubiese escuchado su nombre en el aire. Entonces Hiroto Kiyama comenzó a suavizar su expresión impersonal y su entrecejo contraído cuando al ver los fanales cerúleos del muchacho, encontrara un carecimiento de deseo en estos tan recóndito, tan distante y al mismo tiempo, tan familiar. No conocía nada del albino, ni siquiera su nombre, no tenía un expediente y le parecía que —como él— la gente apenas podía percibirlo.

Comenzó a alejarse viendo la figura alta y escuálida de Suzuno Fuusuke distorsionarse más y más a causa de la distancia. Sus ojos con la misma languidez se convirtieron en dos pequeños lunares en el espacio que desaparecieron sin tardar tras una aglomeración de paredes y pasillos extensos.

Ryuuji Midorikawa sin emitir un vocablo se detuvo desabridamente frente a una intersección, vacilante. Sus fanales oscuros empezaron a movilizarse en todas las direcciones inspeccionando el estrato superior, las escaleras mecánicas, las esquinas y por último los elevadores que arribaban. Miró a Hiroto Kiyama con una mirada espectadora y nuevamente volvió a escrutar el espacio. Después de mili segundos sonrió.

—¿Y él? —dijo mientras señalaba a un grupo de jóvenes que se encontraban en una gradilla, riendo y recreándose. Su interlocutor entrecerró la mirada intentando distinguir algún rostro entre los cuales cabe mencionar: Osamu Saginuma, Jousuke Tsunami, Satoshi Mutou, Heigorou Kabeyama, Rika Urabe y Akio Fudou. Se quedó por un momento en silencio, pensativo. Puso los fanales jadeíta en el dedo índice del mancebo que continuaba erguido y después volvió a escrutar los rostros de los muchachos. Finalmente aseveró que la elección del príncipe habría sido Jousuke Tsunami.

—Practica surf y…

—Hablaba de Akio —intervino su interlocutor. Al principio para Hiroto Kiyama no tuvo sentido; pero después todo fue aclarándose: Ryuuji Midorikawa le había tendido una trampa desde un inicio, actuando lento y hábil como una víbora y él no pudo advertirlo a tiempo. Torció el gesto con disgusto y contempló a Akio Fudou con las cejas juntas y un ligero e impaciente encogimiento de hombros. El mandamás reía con vigor y cada movimiento que daba resultaba el más tenaz y vibrante entre todos. Sus fanales calaítas absorbían la luz que se filtraba a través de ellos, apropiándose de ese brillo. Un sentimiento de odio se apoderó de pronto de Hiroto Kiyama cuando concibió la viva imagen del príncipe en él, la misma mirada y hasta las mismas gesticulaciones.

—Es el hijo del senador. Compartimos habitación —emitió el hijo de Seijiro penetrando al cabecilla con los fanales. Luego miró al mancebo y aturdido añadió: —… no tengo nada más que decir.

Una sonrisa satisfactoria brotó de la boca de Ryuuji Midorikawa. Se quedó un momento pensativo y finalmente habló.

—Nadie lo sabe aún: Akio… bueno, su pene está tras el trasero de Otonashi, la hermana de Yuuto. Es un juego arreglado.

—Una apuesta —reafirmó Hiroto Kiyama con naturalidad, su interlocutor asintió—. Akio cree que tiene el mundo en sus manos —repuso tras minutos en silencio. Rodó su mirada hacia el príncipe y percibió cierta tensión en el muchacho que observaba al aludido con una mirada insólita entre molesta y compasiva.

—Sí, pero hace mal en subestimarme —respondió el mancebo mecánicamente, como si estuviera absorto por alguna cosa.

En algún momento pareció tener un viaje espiritual hacia otra dimensión, sus gestos, sus fanales, sus extremidades… todo permanecía estático cual figura de cera. Luego pestañeó suavemente y se volvió a Hiroto Kiyama abatido como si hubiese olvidado algo de suma importancia.

—¿Qué piensan estas personas sobre mí? —dijo colocando una mano sobre el hombro de su interlocutor. El holgazán no supo que decir al instante. Se tomó unos segundos formando un rompecabezas con sus ideas y al final habló:

—Ellas te aman, ellos te odian y en esencia eres igual a Fudou —el rostro de Ryuuji Midorikawa se tornó lívido como si hubiese oído una horrible tragedia. Con dificultad pudo impedir que su cuerpo se abalanzara contra Hiroto Kiyama implorándole que lo salvara de tales ultrajes, que desmintiera de inmediato todo aquello.

—¿Tú piensas lo mismo? —inquirió el príncipe con un tono de preocupación. Una mueca de sorpresa se dejó entrever en la fisonomía de su interlocutor mientras lo escudriñaba con recelo. Rápidamente se propagó un silencio bochornoso. El holgazán sintió la necesidad de expulsar una carcajada ensordecedora, titubeó un momento y después pareció ponerse serio. El príncipe no era tan similar a Akio Fudou como creían, la diferencia estaba en que al último jamás lo verían en una situación en la que le preocupase su reputación, antes se envanecería de ello. Ryuuji Midorikawa tampoco lo conmovía con sus inquisiciones aunque patéticas, cómicas; pero lo cierto, es que él le parecía un tanto más humano que el hijo del senador. Hiroto Kiyama soltó un débil suspiro y tomó la mano del mancebo y la apartó de si mismo.

—¿Importa mi opinión? —dijo secamente. El príncipe lo miró con la boca enjuta sin comprenderlo totalmente y sin embargo cuanto más entrelazaba miradas con el holgazán, una sensación de tranquilidad penetraba su ser de forma inadvertida. Por los labios de Ryuuji Midorikawa se pasó una sonrisa y en los fanales del holgazán una pincelada de altivez.

—Tienes razón —rió suavemente el mancebo—. Los perdedores no saben de estas cosas.

—¡Por supuesto! ¿Qué sabré yo de estas cosas, Akio número dos? ¡Discúlpeme, Akio número dos! —escupió Hiroto Kiyama satíricamente.

Ambos comenzaron a reír con picardía y recelo como dos fieras que en cualquier momento podían aprovechar un descuido para agredir. La voz del cabecilla se esparció en el aire entonando un himno pintoresco para convocar al príncipe. La luz del sol al mediodía se filtró por los ventanales iluminando el rostro de Hiroto Kiyama y ensombreciendo el reverso del otro. Otra vez, la voz de Akio Fudou sonó alto citando el nombre de Ryuuji Midorikawa. Una mueca de satisfacción remplazó las carcajadas del holgazán, presagiando la pronta partida del otro, aseverando que el cabecilla era tan dueño del príncipe que podía moverlo donde quisiera como un simple peón, ni más ni menos.

Lo miró con los ojos entrecerrados mientras que el mancebo inclinaba un poco la cabeza en un gesto de despedida. Sus labios se encorvaron nuevamente; pero esta vez de forma imperceptible, contemplando el andar gallardo y fluido de Ryuuji Midorikawa. Lejos Akio Fudou y el resto de muchachos aguardaban ansiosos, preparándole una grata bienvenida como si hubiesen estado distanciados por largo rato.

Retomó su camino despaciosamente recapitulando el inicio de aquel paseo junto al príncipe. Se sintió igual que un protagonista en esas películas pintorescas que había visto: donde dos enemigos que se odiaban a muerte olvidaban sus diferencias y se convertían en camaradas de por vida. De pronto se detuvo en medio de la galería con un sentimiento de inquietud que golpeaba su pecho vehementemente. Un gélido céfiro meneó su cabellera y con el trajo el viejo recuerdo de dos lunares cerúleos distorsionándose en la nada: los fanales pálidos de Suzuno Fuusuke.

Está escrito….

MÚSICA:

Lose yourself to dance – Daft Punk.


RECORDATORIO:

Los sucesos adjuntos a este fanfic, es solo ficción, una simulación de la realidad. Fue creado solo para recrear y sin ninguna intención de lucro. NO es la intención del autor alterar los personajes presentados aquí.


Bueno, el inicio del capítulo estuvo algo confuso así que voy a tomarme un tiempo para tratar de "explicarlo" en la brevedad posible. La primera parte representa lo que vive el personaje en tiempo presente (ya que la historia está relatada en pretérito y tiene una organización perturbada). Sé que no dije nombres y por eso tal vez se les dificulte un poco comprender el contexto pero si lo analizan muy bien llegarán a la misma conclusión que yo. quería poner algo más sobre Suzuno pero decidí posponerlo como para jugar con la curiosidad del lector...o algo asi. Después de un año o dos al fin actualizo lo que también es una pena para mi, a veces la falta de tiempo e inspiración me dan malas pasadas pero bueno.

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