Nota de la autora: en el capítulo anterior se me olvidó añadir que este cuento formaba parte de un RPG. Katt escribió las partes narradas por Hera y yo, las narradas por Shaka. Para facilitar la fluidez del relato he tenido que hacer algunas alteraciones y he incorporado lo escrito por Katt a mi relato. Espero que os guste.
Capítulo 2
Desde el interior de su hogar en el Olimpo la diosa Hera miraba al bello joven de cabellos rubios como el sol y ojos azules como el cielo mientras sonreía para sí misma porque se sentia orgullosa del hermoso hombre que su pequeño semidiós se había convertido. Cerró sus ojos, levantó su báculo y envió al joven una pequeña flor de loto, que cayó delicadamente a sus pies como una muestra de su eterno cariño.
Ella suspiró y recordó como se había tenido que convertir en su más celosa guardiana cuando él aún se hallaba en el cálido vientre de su madre. Ese día había estado revisando el libro de la vida, que le había sido encomendado para velar de aquellos que gozaban de su favor o bien para castigar a los que desobedecían sus designios, cuando repentinamente algo llamó poderosamente su atención. Hera se levantó y presurosa se encaminó a la parte trasera de su morada con el libro de la vida abierto.
Según el libro una nueva reencarnación estaba por venir al mundo de los mortales y era su prioridad el velar por este ser. Los oráculos lo habían profetizado hacía muchas centurias y no había cabida al error, por lo tanto, debía apresurarse a llegar al pequeño altar oculto en su templo y mirar en la fuente. Quería confirmar si se trataba del elegido por quien había estado esperando por tanto tiempo.
Lentamente se acercó a la fuente de agua clara y esta le presentó la imagen de una hermosa mujer encinta, de cabellos negros como la noche y ojos, cuyo azul intenso fue sin duda la primera confirmación de sus sospechas. Desgraciadamente esta mujer y la criatura que llevaba dentro estaban rodeadas de maldad y de desconfianza, o sea, un presagio terrible. La diosa sintió una profunda tristeza por ella y juró proteger a la criatura de todo peligro y mal porque ella, la diosa Hera, reina del Olimpo, amaba al maravilloso ser que esa joven mortal llevaba en su vientre.
Al regresar al Salón de su templo llamó a uno de sus sirvientes quien presuroso le ofreció frescas frutas y una copa de ambrosía. Necesitaba meditar, tenía que ver de qué forma podría presentarse ante la mujer y ayudarla, para poder asegurar el bienestar de esa criatura a toda costa.
Aún en lo más profundo de su meditación Shaka pudo sentir aquella presencia tan familiar que siempre le había acompañado desde incluso antes de nacer. Poco a poco se fue despertando de su trance y al hacerlo, sin necesidad de abrir los ojos, sonrió al notar que a sus pies había una pequeña flor de loto.
La clase de flor que se hallaba en su manita cuando los monjes lo recibieron en su monasterio y era un bebé recién nacido.
