Capítulo 3

La muchacha veía pesarosa como su esposo parecía más y más distante y le dolía en el alma el saber que la amenaza de guerra no era la única causa que explicara tal comportamiento sino que el motivo principal era la maldad de los parientes de su marido. No tenía en aquella familia a nadie en quien poder confiar, sólo algunos de sus sirvientes le eran fieles y trataban de hacerle la vida lo más agradable posible con pequeñas atenciones que ella agradecía profundamente, a sabiendas de los posibles castigos y represalias que les esperarían por parte de los otros miembros de la familia.

Uno de ellos, un viejo criado que llevaba toda su vida al servicio de aquella familia, oyó una conversación entre su señor y una de sus tías, en la que esta le comentó que era muy extraño y que parecía muchísima causalidad que la fecha prevista para el nacimiento del bebé fuera exactamente nueve meses después de la noche de bodas. Según aquella maliciosa mujer los más seguro era que la joven ya viniera embarazada de otro hombre y añadió que durante la ausencia de su esposo no se confinaba al palacio sino que a menudo se marchaba a visitar a alguien apenas salido el sol y no volvía hasta por la noche.

Aquel sirviente sabía que aquello no eran mas que calumnias contra el honor de su señora pues la dama nunca salía sin escolta, normalmente para visitar a los monjes, dejar algunas ofrendas en el templo y distribuir comida entra las gentes más pobres. El buen hombre se marchó a advertirla de lo ocurrido y la encontró rodeada de sus doncellas, que estaban preparando los enseres necesarios para la llegada del pequeño ser que albergaba en su interior, mientras que también hablaba con un gurú que vivían en aquel país.
El sirviente irrumpió sin ceremonia alguna y se postró a sus pies.
—Señora, perdonad mi irrupción. Debo informaros de algo muy grave...
—Disculpadme, maestro, volveré con vos en unos momentos —la joven se llevó al criado aparte y le habló amablemente pues sabía que algo grave ocurriría para que aquel hombre se comportara así—, ¿qué ocurre, Sanjeev?
—Los familiares de vuestro esposo... —dijo el hombre, que temblaba de rabia e indignación— ... dicen que el hijo que lleváis en vuestro seno no es el de mi señor.

La joven se mostró horrorizada al oír aquellas palabras pero justo cuando iba a preguntar más, una mano se posó firmemente sobre su hombro y al volverse se halló cara a cara con su marido. La joven se armó de valor pues su instinto le decía que al menos debía defender al pequeño que aún no había nacido.
—Esposo mío, ¿de veras creéis que tal cosa sea cierta? —le dijo en una voz pausada y lo miró a los ojos. Su esposo no pudo decir palabra alguna pues su mirada tan directa se le clavó directamente en el alma. Al estar en su presencia sus dudas se disiparon.
—Amada mía, nada me llena de mayor felicidad que nuestra unión haya producido su fruto.

El joven acarició el abultado vientre de su esposa. El gurú se les acercó y pronunció unas palabras que había estado a punto de decir antes de verse interrumpido.
—Vuestro hijo será alguien muy especial, siento su aura y sé que se convertirá en un gran príncipe o un gran sabio.

Unos días más tarde el joven noble tuvo que ausentarse de nuevo y lejos de su esposa sus dudas volvieron a aparecer, cuando uno de sus más allegados estrategas (que también era su hermano menor) volvió a sacar el tema de la supuesta paternidad y le comentó que él habría castigado a cualquier criado que se hubiera atrevido a interferir en una conversación privada.
Tanto le insistió que cuando el mancebo regresó al palacio ordenó que azotaran al viejo sirviente delante de su mujer, que nada pudo hacer por disuadirlo. Por desgracia, aquel hombre ya era de edad avanzada y murió como resultado de aquellos golpes.
Consecuentemente la joven perdió a uno de sus fieles amigos, lo que le causó gran pesar pues debido a su avanzado estado de gestación se hallaba con menor libertad de movimientos que antes. Los familiares de su esposo le seguían poniendo el mayor número de obstáculos posible, aunque delante de su marido se comportaban impecablemente con lo cual éste ignoraba la verdad de lo que ocurría.

Ella comenzó a sentir un miedo atroz por la criaturita que albergaba.