Capítulo 4

Hera sonrió complacida al verlo recoger aquella flor y dirigirse hacia la entrada del monasterio donde habitaba para cumplir con las labores que tenía asignadas a diario. Rogó a las Moiras que lo protegieran y le guiaran por el buen camino; su misión de velar por él por el momento se veía limitada a cuidarle desde su trono, aunque unos años atrás tuviera que intervenir de manera divina para salvarle del grave peligro que corrían tanto él como su madre.

Las cosas estaban entonces tomando un rumbo terrible y los presagios cada vez se volvían más oscuros, así que su intervención era imprescindible si quería garantizar la supervivencia de su protegido. Hera asumió la forma mortal de un gurú y fue a visitar a la joven pareja. Su visita fue un gran motivo de alegría pues les predijo que la criatura sería un ser muy especial y con ello se ganó la confianza de la mujer y especialmente, la de su esposo.

Desgraciadamente la felicidad que ambos sintieron por aquellas buenas nuevas no duró mucho debido a la nefasta influencia de la familia del esposo. Uno de los sirvientes pereció a causa de un terrible castigo, al que fue sometido sólo por haber contado a su señora las habladurías que contra ella se levantaban. Desgraciadamente la diosa no pudo salvar su vida porque al hacerlo habría puesto en evidencia su verdadera identidad en aquel lugar y habría atizado aún más la hoguera del odio que se levantaba contra la madre de pequeño que ya estaba pronto a nacer. Sin embargo, la bella mujer se mantuvo firme aunque sólo estaba amparada por el cariño y la fidelidad que le guardaban unos pocos sirvientes.

La diosa abrió sus ojos de nuevo para ver como unos largos cabellos rubios, mecidos por el atrevido viento, se perdían entre las gigantescas puertas de madera que custodiaban la entrada del Monasterio. Hizo un leve movimiento de su mano a manera de despedida, como un beso que nunca había sido dado, pero que día a día enviaba a aquel joven mortal para acompañar su soledad.

Con la flor en su mano, Shaka, que apenas había cumplido los dieciséis años, vio al monje que lo había encontrado a las puertas del monasterio cuando era un bebé recién nacido y se acercó a saludarlo respetuosamente.

—Namaste, venerable maestro.
—Namaste, Shaka —le sonrió el hombre mayor— espero que tus meditaciones te fueran propicias.
—Al igual que yo espero que lo fueran también para vos.

El mayor puso una cara un poco seria al ver la flor en la mano del chico.
—Shaka, ¿cuántas veces debo decirte que no arranques las flores de su lugar? Una vez que lo haces, mueren y sabes de sobra que nuestra filosofía tiene como base principal el respeto a toda criatura viviente.
—Lo sé, maestro —respondió el joven pausadamente porque en realidad el monje no estaba enfadado con él y era tan sólo una pequeña broma el que pretendiera tanta seriedad, así que pausó dramáticamente— y vos sabéis de sobra que no me engañáis con vuestra cara tan seria.

El monje comenzó a reír pues sentía un afecto paternal por el muchachito y además tenía un gran sentido del humor.
—iJovencito impertinente!, ya no hay respeto por los mayores...
—No exageréis —le contestó el muchacho con una sonrisa.
—Mi querido pupilo, me conoces demasiado bien... —le comentó entre risas antes de cambiar el rumbo de la conversación—. La flor de loto es un mensaje de los dioses, ¿lo has podido descifrar ya?
—Sé que estas flores siempre llegan tras una meditación y en particular últimamente. Hoy he visto imágenes de la mujer y el hombre que me engendraron y he sentido el calor de una tercera presencia, la que he sentido durante toda mi vida. Esta sensación fue intensificada en cuanto apareció la flor.
—Alguien vela por ti. Shaka, quizás pueda ayudarte a encontrar una explicación mucho más precisa, —el monje mayor se puso de pie— pero primero debes cumplir con tus deberes en el monasterio y ayudar con la limpieza y en el jardín. Por la tarde, tú y yo bajaremos al pueblo a repartir comida entre los más necesitados, hay alguien que necesita nuestra ayuda urgentemente.

Durante toda la mañana, Shaka cumplió con sus tareas diligentemente. Su tutor se acercó a él después del almuerzo para recordarle el tema de la visita al pueblo. Ambos repartieron comida a las gentes más humildes del lugar pues en aquel reino a pesar de su prosperidad existía una jerarquía social inamovible y a los más pobres se les consideraba como intocables. No obstante, los monjes hacían caso omiso y socorrían a todo aquel que necesitara ayuda, ya fuera con un plato de comida, algo de ropa, medicinas o simplemente con una palabra de consuelo.

El chico rubio y su maestro se dirigieron hacia una casucha en el límite más alejado del pueblo, donde yacía una mujer que otrora había sido bellísima y cuyo rostro había envejecido prematuramente debido a los sufrimientos que había padecido durante tantos años y la enfermedad mortal que la consumía. Su rostro, sin embargo, se iluminó y pareció recobrar parte de su antigua belleza al ver entrar a los dos hombres. Al ver al muchachito rubio de los ojos cerrados se incorporó y le tendió una delicada mano que el joven tomó entre las suyas.
A la mujer le pareció estar viendo a un hermoso ángel, lleno de amor y compasión.

—Shaka... mi pequeño... —murmuró mientras numerosas lágrimas caían por su rostro.